“A mí me ayuda mucho esta pausa en la
semana”, dijo León XIV un martes noche a las puertas
de la Villa Barberini, en la habitual conversación informal con los periodistas
antes de regresar a Roma. Lo leo en RD y envidio esa posibilidad o esa
convicción o esa fortuna o esa decisión de lograr tiempos de descanso de manera
regular.
Y me pregunto: si el Papa puede, ¿por qué yo
no? No creo que haya muchas personas en el mundo con tal carga de trabajo y
responsabilidad. Y él ha elegido y conseguido organizar un ámbito en el
que, aunque atiende mensajes o recibe llamadas urgentes, está claro que se
desconecta: "es realmente una oportunidad para relajarse, y no
tiene que llevar su hábito papal todo el tiempo", comenta su hermano
John.
El primer ingrediente es que cambia de
espacio geográfico y se traslada de su entorno habitual (el Vaticano, el
palacio apostólico, los focos y las cámaras) a un lugar tranquilo y privado,
con jardines y altos muros. El segundo y muy importante es el ejercicio
físico: jugar al tenis, nadar o montar a caballo. Con otra indumentaria y
otro ritmo, disfrutar del paseo, la lectura, la meditación… la calma
(tercer aspecto clave).
Además, León XIV también recibe a sus
amigos íntimos, algunos procedentes de Estados Unidos o incluso del Perú.
Eso sugiere diálogos personales, recuerdos, momentos propicios para que Robert
Francis, el experto en escucha, pueda ser escuchado. Por tanto, confianza para dejar caer las
defensas, libertad de poner en stand-by el personaje y contactar con él
mismo. Sin duda ratos agradables.
Todo ello experiencias humanas muy básicas
y necesarias para alcanzar un equilibrio que después se aprecia en las audiencias, apariciones públicas, discursos, liturgias… pero
también en la distancia corta. Él me preguntó cómo lo veía yo, y le dije sin
vacilar que “tranquilo y bien”, porque eso me transmitía su rostro en aquel
encuentro.
Este descanso sistemático y preparado, ese
cuidado de sí mismo convencido y dedicado, le permiten un desempeño eficaz, un
servicio integral y profundo y una capacidad de escucha exhaustiva. Las horas
en Castel Gandolfo son una inversión, un imperativo de salud y seguramente un gustazo.
Y para mí, una inspiración y un cuestionamiento: ¿es realmente responsable
trabajar por encima de las propias posibilidades? ¿No conduce eso a un
agotamiento (burnout) imprudente e innecesario?
¿Cómo podría yo, que tengo obligaciones
menos severas que León, asegurar un reposo parecido? En la misión no es fácil. No hay materialmente dónde escaparse; tal vez dar un salto a Lima, o
como en la pasada Navidad en Yanashi, procurando ir más lento y pidiendo que me
dejen tranquilo… Es complicado. En cuanto al deporte, el clima lo entorpece.
Tiene que ser en la noche o de madrugada; si no, sudas a lo bestia y te
deshidratas… Aun así, tengo mi bicicleta estática y algo intento.
La autoridad te somete a una soledad antes
desconocida para mí. Extraño enormemente a mis amigos,
poder hablar a corazón abierto, expresarme sin cautela, ser comprendido a
fondo, respirar afecto incondicional. El celular ayuda, pero ese acompañamiento
requiere la cercanía, la mirada y el abrazo. Estamos muy lejos…
Y además, el Papa cuenta con una persona encargada
de ser “quien le ayuda en el trabajo diario y quien también lo protege
para que logre realizar su trabajo con tranquilidad. Ayudarle también a
buscar y a conseguir el descanso necesario para que el Santo Padre pueda
continuar con su misión de guiar a la Iglesia”. Es su secretario, el
peruano Edgard Rimaycuna, quien lo explica en una reciente entrevista.
¡Tener a alguien para protegerte y asegurar
tu descanso! (Guau, ahí sí que no le puedo igualar.
Normalmente me dan muchos consejos del estilo “tienes que cuidarte”,
“delega”, “no te quemes”… para inmediatamente pedirte algún servicio, y por
tanto dándote más tareas). ¡Qué suerte! Tengo que rumiarlo y corazonarlo,
junto con la llamada “cuida de tí mismo” de 1 Tim 4, 16. Pero qué hermosura lo
del p. Edgard; seguramente es una definición acabada y original de vivir en
comunidad.


