sábado, 9 de mayo de 2026

ME CAUTIVAN LOS DESCANSOS SEMANALES DEL PAPA EN CASTELGANDOLFO

 
“A mí me ayuda mucho esta pausa en la semana”, dijo León XIV un martes noche a las puertas de la Villa Barberini, en la habitual conversación informal con los periodistas antes de regresar a Roma. Lo leo en RD y envidio esa posibilidad o esa convicción o esa fortuna o esa decisión de lograr tiempos de descanso de manera regular.

Y me pregunto: si el Papa puede, ¿por qué yo no? No creo que haya muchas personas en el mundo con tal carga de trabajo y responsabilidad. Y él ha elegido y conseguido organizar un ámbito en el que, aunque atiende mensajes o recibe llamadas urgentes, está claro que se desconecta: "es realmente una oportunidad para relajarse, y no tiene que llevar su hábito papal todo el tiempo", comenta su hermano John.

El primer ingrediente es que cambia de espacio geográfico y se traslada de su entorno habitual (el Vaticano, el palacio apostólico, los focos y las cámaras) a un lugar tranquilo y privado, con jardines y altos muros. El segundo y muy importante es el ejercicio físico: jugar al tenis, nadar o montar a caballo. Con otra indumentaria y otro ritmo, disfrutar del paseo, la lectura, la meditación… la calma (tercer aspecto clave).

Además, León XIV también recibe a sus amigos íntimos, algunos procedentes de Estados Unidos o incluso del Perú. Eso sugiere diálogos personales, recuerdos, momentos propicios para que Robert Francis, el experto en escucha, pueda ser escuchado.  Por tanto, confianza para dejar caer las defensas, libertad de poner en stand-by el personaje y contactar con él mismo. Sin duda ratos agradables.

Todo ello experiencias humanas muy básicas y necesarias para alcanzar un equilibrio que después se aprecia en las audiencias, apariciones públicas, discursos, liturgias… pero también en la distancia corta. Él me preguntó cómo lo veía yo, y le dije sin vacilar que “tranquilo y bien”, porque eso me transmitía su rostro en aquel encuentro.

Este descanso sistemático y preparado, ese cuidado de sí mismo convencido y dedicado, le permiten un desempeño eficaz, un servicio integral y profundo y una capacidad de escucha exhaustiva. Las horas en Castel Gandolfo son una inversión, un imperativo de salud y seguramente un gustazo. Y para mí, una inspiración y un cuestionamiento: ¿es realmente responsable trabajar por encima de las propias posibilidades? ¿No conduce eso a un agotamiento (burnout) imprudente e innecesario?

¿Cómo podría yo, que tengo obligaciones menos severas que León, asegurar un reposo parecido? En la misión no es fácil. No hay materialmente dónde escaparse; tal vez dar un salto a Lima, o como en la pasada Navidad en Yanashi, procurando ir más lento y pidiendo que me dejen tranquilo… Es complicado. En cuanto al deporte, el clima lo entorpece. Tiene que ser en la noche o de madrugada; si no, sudas a lo bestia y te deshidratas… Aun así, tengo mi bicicleta estática y algo intento.

La autoridad te somete a una soledad antes desconocida para mí. Extraño enormemente a mis amigos, poder hablar a corazón abierto, expresarme sin cautela, ser comprendido a fondo, respirar afecto incondicional. El celular ayuda, pero ese acompañamiento requiere la cercanía, la mirada y el abrazo. Estamos muy lejos…

Y además, el Papa cuenta con una persona encargada de ser “quien le ayuda en el trabajo diario y quien también lo protege para que logre realizar su trabajo con tranquilidad. Ayudarle también a buscar y a conseguir el descanso necesario para que el Santo Padre pueda continuar con su misión de guiar a la Iglesia”. Es su secretario, el peruano Edgard Rimaycuna, quien lo explica en una reciente entrevista.

¡Tener a alguien para protegerte y asegurar tu descanso! (Guau, ahí sí que no le puedo igualar. Normalmente me dan muchos consejos del estilo “tienes que cuidarte”, “delega”, “no te quemes”… para inmediatamente pedirte algún servicio, y por tanto dándote más tareas). ¡Qué suerte! Tengo que rumiarlo y corazonarlo, junto con la llamada “cuida de tí mismo” de 1 Tim 4, 16. Pero qué hermosura lo del p. Edgard; seguramente es una definición acabada y original de vivir en comunidad.

sábado, 2 de mayo de 2026

DERRAME DE TRISTEZA EN EL AMAZONAS

Los vertidos de petróleo, mortíferos para la Amazonía, solo los había visto de lejos. Aun así, me indignaron y me afligieron, como ya conté acá hace casi diez años. Ahora me ha tocado de muy cerca, en el territorio vicarial, en mi querido Yanashi. Y constato que, además de los impactos ambientales, sanitarios, económicos, alimentarios, comunitarios y demás, el principal efecto es la tristeza.

La crónica, difundida desde muchas plataformas, narra que hace tres semanas, la madrugada del sábado 11 de abril, dos chatas (embarcaciones contenedoras de petróleo) chocaron y encallaron en el río Amazonas a la altura de la boca del Napo, a unos 65 kilómetros de Iquitos río abajo. Son enormes barcazas que transportan crudo desde el lote 95 en Bretaña, río Ucayali, hasta Manaos. ¡Estamos hablando de un trayecto de 1.800 kilómetros de río y de al menos 9 días de navegación! Un peligro mastodóntico y letal que no parece importarle a casi nadie.

Desde temprano aquella mañana comenzaron a llegar testimonios, fotos y videos. Los pobladores dieron la alerta y muy rápido contactaron con diferentes organismos e instituciones, con ayuda del Vicariato. La OEFA (Ministerio del Ambiente), el guardacostas y la capitanía del puerto se personaron aquella misma tarde. Pero al día siguiente eran las elecciones generales y no pasó nada. Y por supuesto, la empresa responsable (el operador) no dio señales de vida hasta una semana larga después.

Siempre hay mucha desinformación y confusión en estos episodios. Se hablaba de 285 galones arrojados, lo cual nos hacía sonreír… Luego se convirtieron en 285 barriles (un barril tiene 42 galones, aproximadamente 160 litros), luego estaríamos hablando de 45.600 litros; un horror. El agujero del casco de la nave mide 4,5 metros de largo por 1,5 de ancho. Podría tratarse de mucho más petróleo todavía.

Me lo contaron cuando estuve allá, cinco días más tarde. Se veía la mancha en las orillas, se apreciaba el olor. Había aparecido una empresa de limpieza a hacer una inspección; las autoridades sanitarias habían tomado muestras del agua; incluso les habían llevado, de parte del operador, 119 botellas de 7 litros de agua, en total 819 litros para una población afectada de más de 4000 habitantes, contando las comunidades de las quebradas Oroza y Yanashi, varias de ellas indígenas. Nos reímos por no llorar.

Uno de los representantes de esas comunidades llevó un balde lleno de petróleo, que había recogido de una cocha con sus propias manos: una porción de asquerosidad amenazadora. Les brindé algunas explicaciones después de haber consultado a personas expertas: el IDL (Instituto de Defensa Legal), el defensor del pueblo en Loreto, el obispo de Iquitos… Los noté asustados, perdidos, necesitados de respaldo y orientación. De pronto aparecen por todas partes organizaciones indígenas, entidades, medios de comunicación; todos aconsejan, ofrecen apoyo, pero ¿a quién atender?, ¿qué es lo que hay que hacer?

Ante la magnitud de lo que ha ocurrido y la incertidumbre ante lo que viene, se siente desamparo y angustia. El agua del río es la vida, se usa para todo: para beber, cocinar, bañarse, lavar la ropa… Pero esa agua se ha convertido en un tóxico. Es como estar atrapado. Con el pescado malogrado, los fondos llenos de crudo, las playas que ya no darán arroz en la vaciante. Rodeados de veneno, expuestos a enfermedades y secuelas todavía no bien conocidas, el futuro está comprometido. Con todo, vi a niños nadar y a un par de viejitos tomar su habitual baño.

Lo peor es la impotencia. Porque el daño causado es irremediable. Se podía haber evitado, sin duda ninguna, pero la codicia del ser humano causa víctimas. Esas familias, que navegaban con normalidad sus luchas y su pobreza, han visto trastocada su vida para siempre. Me fui con ellos, aunque fuera por unas horas; por supuesto que eso no resolvió nada, pero como Iglesia creo que hemos de alentar, sostener, acompañar y consolar.

Es un proceso que se presume largo y apenas comienza. Miguel Cadenas dice que lo estamos haciendo muy bien. No lo tengo claro. Sí sé que estamos ante algo lamentable, vergonzoso y profundamente injusto. Siento rabia, amargura, perplejidad y, sobre todo, desconsuelo.