martes, 27 de noviembre de 2012

LA LUCHA CONTRA EL FRÍO

Desde que suena el despertador comienza la lucha contra el frío, constante y sin cuartel durante los meses duros del invierno. Saco un dedo de debajo de las sábanas de pelos (me arropo la cabeza porque si no la nariz se pone azul) y la impresión glacial me espabila. Embutido en el chándal y envuelto en la bata, me lanzo sobre la estufa y el brasero aun antes de las aguas menores tempraneras.

El salón de mi casa se va ambientando. Las tres puertas deben estar cerradas para intentar mantener el calor, así que, cuando atravieso la del fondo para ir a la cocina y el baño, la bofetada de aire gélido me transporta al polo norte y temo toparme con algún pingüino por el pasillo.

La cafetera va silbando mientras me lavo la cara, y cuando me siento a la mesa me cubro con la enagua hasta el cuello, sacando el brazo solamente para coger la taza de café calentito. Una vez me puse gorro para rezar, cómo estaría el asunto de "candente".

A la parte delantera de mi casa le da el sol casi toda la mañana, así que te puedes poner en el despacho a trabajar con cierta comodidad. Pero el patio, que está en el lado contrario, permanece en la umbría todo el invierno, así que se vuelve del Betis porque le sale verdín por todas partes. No hay manera de que se seque nada, más bien tiene uno la sensación de cámara frigorífica industrial.

Cuando vuelvo a mediodía, la batalla recomienza, pero es menos cruenta; me siento a comer con todos los calentadores encendidos y para dar la cabezá apago la estufa y me tumbo en el sofá de forma que la falda de camilla me llega hasta las orejas, estoy literalmente metido debajo de la mesa recibiendo el calorcito del brasero, mmmm, como un momentáneo regreso al seno materno pero sin líquido. Si los del satélite me graban, que no se extrañen.

Y ahora, a las 9 de la noche, escribo con un radiador halógeno a 10 centímetros y aún así me quedo helao, los pies pierden sensibilidad por momentos. A las 11 otro radiador empezará a calentar el dormitorio, para que cuando me acueste, con camiseta y calcetines, no me vaya curando como los jamones cada noche un poquito.

¿Cómo van a quitar la mula y el buey del portal de belén, por Dios? Que nooooo, que el Papa no ha dicho eso, solamente que los bichos no aparecen en el Evangelio, y eso ya lo sabíamos, ¿no? No salen, pero se entiende que aquella familia necesitaba calefacción animal, porque era de noche y haría "fresquito", como aquí... Lo que nos faltaba, recortes en las figuras del belén, como si la "sensación térmica" no fuera más bien "escarcha en el ánimo" y "congelación de los bolsillos".

sábado, 24 de noviembre de 2012

LA ANTI-PIEDRA FILOSOFAL

Me pasma la facilidad que tiene el dinero para estropearlo todo, para corromper lo humano y hacernos tropezar. Cuando el dinero aparece preparémonos para discordias y zancadillas. Nos somete a una especie de hipnosis que hace creer que todo hay que dirimirlo aflojando la guita.

Ejemplos no faltan. El otro día, en mi grupo de estudio del Evangelio, veíamos cómo el dinero aparece justo al principio del capítulo 14 de Marcos, en la urdimbre del drama de la pasión de Jesús: el personal se indigna cuando la mujer despilfarra el frasco de perfume (versículo 4) y poco después a Judas “prometieron darle dinero” (v. 11). Vaya hombre.

Me pregunto por qué parece claro y distinto que el dinero ha de mediar en cualquier servicio que se preste. ¿Quién ha dicho que hay que pagar y cobrar por todo? En cuanto las relaciones degeneran en económicas, se pervierten; en cuanto la ayuda mutua se contagia del virus del interés crematístico, a la porra con todo. La gratuidad (yo te doy y tú me das libremente) suele ir acompañada de calma, pero el afán de lucro o el pasar siempre la gorra acarrea disputas, rupturas y malos rollos.

¿O es que acaso no hemos llegado a esta situación de quiebra económica y bancarrota moral a causa de la codicia, la especulación y el afán de ganar y acumular? Y cuanto más desplumados estemos, más tendremos que pagar y más aumentará nuestra irritación. El dinero es como el personaje del tebeo de Astérix titulado “La cizaña”, todo lo emmerde (verbo en francés pero que se entiende perfectamente).

A lo mejor por eso, cuando Jesús envía a sus compañeros a anunciar la Buena Noticia, le dice que vayan con medios pobres: “No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias” (Lc 10, 4). El Reino, que “no vendrá espectacularmente” (Lc 17, 20), no se puede sembrar haciendo alarde de las tecnologías más sofisticadas ni manejando dinerales. Por muy plausible que sea la causa, queda traicionada si pretende realizarse con la lógica de los potentados.

Mucho dinero significa muchos problemas. Abundancia conlleva poder, y por tanto riesgo de abusos y consiguientes polémicas. Como si los alquimistas del siglo I, en lugar de la piedra filosofal que transmuta cualquier metal en oro, hubieran dado con la anti-piedra filosofal, el dinero, que degrada lo humano y lo transforma en virutas despreciables.

jueves, 22 de noviembre de 2012

ENTRE BATAS

Las paredes del hospital están tapizadas de carteles apócrifos, de fotocopias de todos los tamaños y tipos de letra, pegadas con fixo junto a las placas de los boxes o las consultas, arrojando un sinfín de informaciones e instrucciones a veces contradictorias o crípticas, una surte de batiburrillo de avisos superpuestos.

Pero no hacen falta en absoluto para combatir el tedio de la espera, puesto que el espectáculo de tanta gente deambulando por esos pasillos es suficientemente entretenido. Es curioso que, en un lugar tan enorme como el Perpetuo Socorro de Badajoz, la vista se posa siempre en personas que no conoces; como en Mérida. Una sorpresa, porque en el pueblo estamos viendo en todo momento caras conocidas (“en el pueblo nos conocemos tos”).

Son gentes algo postradas, porque el lugar es una especie de invernadero del dolor. Una señora con una muleta dando ostensibles cojetás, una joven en silla de ruedas con el pie como un bote, el ruido de la máquina de cortar las escayolas (estamos en trauma), varios ancianos llegan como sujetándose unos a otros, Josefita que teme que el médico le diga que se debería poner prótesis en las rodillas.

Batas blancas van y vienen. Son símbolo de estatus, confieren un extraño poder a sus poseedores, disparan el miedo que tenemos a los médicos. Me hacen recordar los tiempos de la facultad, cuando dejábamos un rato el laboratorio para ir a la cafetería sin quitarnos las batas, orgullosos aprendices de químicos… Jeje.

Entramos. El traumatólogo es simpático y serio a la vez, y la anima a la operación. La enfermera es de mediana edad, más simpática: “Haga caso a su hijo”. “No, no es mi hijo, es el cura de mi pueblo, que es vecino” (era inevitable). Y el doctor: “¿Conoces a Paco Sayago?”. Leñe - pienso -, Paco es como el Señor Parrilla.

Vamos con el volante a admisión para que pongan a Josefita en la lista de espera. Nos atiende una mujer más o menos de mi edad, muy agradable, como las otras dos funcionarias de la oficina. Teclea con las uñas pintadas de negro y nos dice que “esto va a tardar más o menos un año”. Nos miramos y sonreimos al recordar que anteayer vino el volante para la próxima cita con la neuróloga: 3 de febrero de… ¡2014! Madre mía, ¡2014! ¿Estaremos vivos? Quizá el sistema de salud quiebre antes.

domingo, 18 de noviembre de 2012

CUSCÚS

Hace ya tiempo que Zora, Mimoun y Bushara me habían invitado a comer. Fue un día en que se llevaron unas cajas de cuscús ya preparados al curry que mi compañero José Juan me había pasado en mi viaje veraniego a Pamplona, porque en su barrio los ecuatorianos y rumanos no los quieren. "Pero otro día vas a venir a casa, padre, y vamos a comer cuscús preparado como en Marruecos". Y fue anteayer.

Habían invitado también a sus vecinas Ana y Manoli, a Eva y a Mari Carmen... probablemente una especie de selección de quienes, según ellos más les ayudan. Y es verdad que en su barrio de los Salgueros se portan estupendamente con ellos; en general todo el pueblo, que para esto es realmente espléndido. Así que era una comida de agradecimiento.

¿Quién ayuda más a quién? - me pregunto. Con sus hijas saltando y jugando con Lucía y Aisane, vamos colocando, sobre las dos únicas mesas que hay, platos, cubiertos, vasos, servilletas (la mitad de las cosas hay que traerlas porque somos más de lo habitual, y porque esta familia vive con lo puesto). Tomamos asiento y comienza la conversación, las caras sonrientes, todos muy relajados. Seguramente porque el reconocimiento es mutuo: es muy duro pedir, y es difícil dar sin degradar al otro. Atenderlo sin sustituirlo. Socorrerlo sin salvarlo. Compartir desde su mismo "abajo". Recibir con generosidad, sin resentimiento.

Aparece la fuente de cuscús, enorme, con verduras y pollo, que acompañamos con una salsa deliciosa dispuesta en cuencos. Nos cuentan cosas de su país: cómo es la familia, el trabajo, las costumbres. Su vecina Sabina, la madre de Manoli, murió hace un año; y ayer enterramos al yerno de otra vecina. "¿Cómo es allí el duelo? ¿Y el matrimonio?"... Preguntamos y nos explican, descubrimos que Bushara es universitaria. Me llega de alguna manera su lucha y su esperanza, se me pega al corazón la crudeza de su caminar, la acumulación de amargura y al mismo tiempo su enorme fuerza como personas. Escucho y admiro.

El postre es el té. Té verde preparado a su estilo, que me encanta y me transporta a viajes por Tánger, por Malí, Senegal y Níger. A esta hora las sonrisas son más abiertas. Bromeamos acerca de los idiomas que Anuar, el bebé de Bushara, precioso y simpatiquísimo, dominará cuando crezca. "Mis hijas nunca volverán allí, ellas serán de aquí", y no se sabe bien si es deseo o fatalidad, proyecto o posibilidad.

Pero se me echa la hora encima y he de volver a la parroquia, a la catequesis de confirmación, mi tarea con los que sí son cristianos (jejeje). Aunque en el fondo somos todos iguales, hemos dicho antes de despedirnos. He quedado en que el domingo, o sea, dentro de un rato, pasaré a por un bizcocho para celebrar el cumple de mis sobrinos y una caja de té del suyo. Qué buen rato. Y además, aquella noche, en el funeral de su madre, Manoli tenía mejor cara.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

EL PASEO MAÑANERO

Ser cura de pueblos chicos acarrea muchas cosas tan bonitas como raras en estos tiempos bárbaros; una de ellas es la oportunidad de andar por el campo casi sin querer. Sales de casa, te alejas unos metros, y de la quietud de la calle pasas al envolvente silencio de la dehesa. Es algo delicioso.

Después de varios días de cielo gris, los colores del campo te inundan los ojos en una sorpresa de belleza natural sin paliativos; es como ver la tele en alta definición, con una nitidez que te hace notar cómo fluye por tus venas la dicha de estar vivo. Qué lujo asiático.

Bajo por la carretera de Salvatierra hasta el Arroyal. Son las nueve de la mañana. El sol del otoño se echa sobre las encinas, ancianas y dignas; los rayos no golpean, arrullan con suavidad golosa y horizontal, componiendo una luz dulce, que recorre como acariciando las ondulaciones de las fincas. Los tonos verdes, ocres y pardos, qué maravilla; apenas el piar quedo de los pájaros, y, por ahí arriba, en aquel castañar, un tolón-tolón discreto, casi perdido... Un silencio habitado, una exaltación callada, sin alardes. Todo es humildemente hermoso.

El camino pica hacia arriba, hacia el Valle. Los pulmones perfumados del olor a tierra mojada; un par de vacas pastan poco más allá, con sus etiquetas en las orejas; veo luego unos caballos que parecen escuchar conmigo mi propia respiración, y detrás la belleza majestuosa de castaños y alcornoques. Esta mañana he visto incluso cabras y una piara de guarrinos chicos.

Durante el paseo, mi cabeza cavila; hago mis planes para las parroquias; maquino que "hoy tengo que hacer tal cosa, ver a tal persona"; pienso, comprendo y decido; camino y amo aun a distancia; reconsidero, reflexiono, recuerdo; ... y se me ocurren mil temas para escribir. Hasta que hay un momento en que solo miro y escucho. Y simplemente mi sonrisa se sacia de esta hermosura. Y me siento feliz y sereno.