miércoles, 30 de diciembre de 2015

GIRA NAVIDEÑA A FULL


Jueves 24 de diciembre

7pm. La Perla. Aquí la Navidad es su fiesta patronal, y aquí comienza mi periplo manejando en una tarde soleada. Al llegar ya están preparados los nueve niños que van a hacer la comunión, pero antes van a confesarse por primera vez. No hay trajes de Sissi Emperatriz ni de almirante... Todo es muy sencillo, los chivolos comulgan el pan mojado en vino y algunos arrugan la nariz.

9 pm. Limabamba. Al llegar, la iglesia está tomada por las pastoritas, con todo y banda. La tía Merche canta una estrofa que lee en un cuaderno, y a continuación suena el estribillo, y así se va intercalando, como es la tradición. A las 9:30 comienza la misa de Nochebuena, hay hartísima gente. Al terminar nadie se mueve porque llegan el chocolate y el panetón.
Más tarde, la cena con las hermanas pasionistas, que se esmeran: pavo, chicharrón de chancho... y hasta champán. Vamos tomando en vasos pequeños y atacando el panetón antes de que se lo coma Norma, mientras bromeamos y reímos. Flota en el ambiente que todos estamos lejos de nuestra familia, y yo el que más, pero tratamos de acompañarnos para que la ausencia no nos erosione demasiado el corazón.


Viernes 25 de diciembre

10 am. Chirimoto. Está emplazado en el fondo del valle del Shocol: pequeño, pizpireto y rodeado por el agua en esta época del año. La vista desde la cornisa del cerro que baja de Chontapampa es espectacular: gigantescas paredes de piedra revestidas de verde, flanqueadas por nubes nítidas que se arraciman como demorándose en su abrazo a la montaña. Se respira serenidad y la belleza de este paraje te impregna hasta los tuétanos. Durante la misa cae un lluvión que golpea furiosamente la calamina, de manera que el ruido ensordecedor se adueña de la capilla y hay que hacer una pausa; cada cual conversa con el que tiene al lado, yo incluido. En el pueblo hay tan pocos niños que no han podido armarse las pastoritas.

Chirimoto
12 am. Milpuc. Hemos puesto la misa a la hora del almuerzo y viene poca gente, a pesar de que Juan casi revienta la campana tocando la llamada. El soniquete de las luces del pesebre de la capilla se me mete en la oreja y casi me aloca, hasta que lo apago. Acá siempre intentan invitarme a almorzar y nunca puedo, y hoy tampoco; pero no me voy de vacío: llevo una bolsa con choclos y en la retina al Buen Pastor.

Almuerzo en Totora. Los novios de la boda de las 3 me han invitado, así que recojo a Nely al pasar y nos plantamos en la casa. Hay una mesa donde se va almorzando por turno, los que terminan van dejando el sitio a los que van llegando. Son las 2:30 cuando me he jincado el caldo de gallina y llevado el segundo plato en un descartable; la novia está vistiéndose y asoma la cabeza para preguntar si los puedo llevar en el carro. "Ya pues". Y al rato así llegamos a la capilla: el novio en camisa, ella con todo y traje, sus dos hijos, Nely, los papás, varias hermanas y primas vestidas elegantonas montadas en la tolva, y más niños... No hay coche nupcial pituco, hay camioneta del padre con más de 5 personas dentro.

Cafetal en Totora
3 pm. La Perla. Es una mega-celebración: el matrimonio, seis bautismos y procesión con la Sagrada Familia, toma ya. Los novios se cogen de las manos y se dan el "sí quiero", que han aprendido de memoria; luego suben conmigo al altar para el resto de la misa y los flashes casi nos dejan cieguitos. Cuando todo termina nos sirven a toditos un bocadito con dulce, que pa eso estamos de fiesta.

7 pm. Omia. Hay que remontar el cerro hasta la fila y bajar mucho, hasta el mismo río. A estas alturas del día ya me pesa el cansancio, pero hay que hacer un esfuerzo porque también en la catedral hay bautismos, y esta gente se lo merece. La iluminación sigue siendo algo pálida para una iglesia tan grandaza, pero sí hay megafonía y eso me ayuda porque mi voz está ya algo cascadilla. La madrina de Anahí me ha invitado a la cena, y en ella cae otra carne de res y varios brindis. Estoy a gusto y lo paso chévere, pero ya a esta hora tengo puesto el piloto automático, jeje.

Son casi las 12 cuando llego a casa. Ha sido un día de Navidad llenísimo, extenuante y precioso. No ha habido ningún problema a pesar de los kilómetros y creo que todo el mundo se ha quedado contento. Pienso en lo fácil que resulta agradar a la gente, hacer que se rían, que estén relajados y se vayan felices de la iglesia. Eso es lenguaje de Dios, que llega hasta nosotros en esa manera campechana y simple, sin mucha solemnidad... Sonrío en mi habitación acordándome de Manolo Cintas, que habría hecho el recorrido de hoy conduciendo vestido de alba y estola, jaja... pero, como estoy llapchao,  antes de que mi cabeza llegue a la almohada me quedo frito.

jueves, 24 de diciembre de 2015

REMONTAR NOCHEBUENA


Hoy toca una historia entrañable, de esas que te reconcilian con la vida y te animan a confiar más en la bondad del ser humano y a creer que hay un Dios. No es tampoco nada excepcional, pero me hace mucho bien en un día como éste, en el que siempre mis melancolías larvadas se envalentonan y las espinas de todas las desgracias compartidas duelen en su silenciosa fiereza.

Porque en nochebuena, desde hace años, no sé por qué, me acuerdo de quienes se ven obligados a las lágrimas porque han perdido hace poco a un ser querido o han soportado un gran dolor. Y envío unas flores, o una maceta, o paso por una casa un poco de puntillas, titubeando por no saber si mi presencia es un incordio más o alivia un poco el aguacero emocional.

Y así me ha agarrado el whatsapp de mi gran amiga Luisa, compañera de carrera en mis años de Sevilla; química experta en tratamiento de aguas y análisis de calidad de alimentos; y sobre todo persona adornada de una rara sabiduría que la rodea con un aura allí donde va, y se transmuta en calma y sensatez. Su conversación me ha abierto a la Navidad, sin postizos ni espumillón, la Navidad simple en su ternura. Ahí va:

"Tengo que darte una triste noticia. El jueves por la noche falleció mi madre. La leucemia se ha acelerado mucho en los últimos dos meses. Solo una semana de hospital. Campeona hasta el final.

He vivido con ella una semana intensa, día y noche, todo el proceso de su muerte. Una semana de muchos recuerdos compartidos, hemos visto fotos, nos hemos dado mil besos y abrazos y nos hemos dado las gracias mutuamente. Dentro del dolor ha sido sereno y hermoso.

Nos deja un mensaje claro con sus ganas de vivir hasta el final, ha padecido mucho dolor, pero por encima estaba la vida. El dolor no tiene la última palabra, ella se negó a que la tuviera.

El domingo echamos a volar sus cenizas desde el monumento del corazón de Jesús en San Juan de Aznalfarache; desde ese lugar lleno de paz hay unas vistas preciosas de Sevilla, la ciudad que tanto amó.

César, ella ya vuela sin dolor, libre, hacía un poco de aire, con sus cenizas nos dio su último abrazo. Ya le tenía su regalo de reyes apartado para su nieta y sus hijas. Gracias infinitas a mi madre, que me ha enseñado muchas cosas con su vida y con su muerte. Mi mamá Fali".

Ahora sé de dónde le viene a Luisa su genio prudente: de su mamá, una persona pequeña con un alma infinita y hermosa. Gracias Fali, por estar aquí este día luminoso y terrible, y ayudarme a despegar. En el mismo nombre de tu nieta, la hija de Luisa, está ya tu impronta: Sofía.

Feliz Navidad.

viernes, 18 de diciembre de 2015

100 PUEBLOS DENTRO DE MIS OJOS


El carro, más que rodar, se arrastra abriéndose paso por el barrizal. La mañana es brillante y fresca, e invita a ser optimistas incluso si el chofer sale a apretar con un alicate los tornillos de las llantas (...). No he podido ir a Garzayacu, pero me dirijo hacia la zona de Salas, donde mi tobillo sufrirá menos. Son nuestros caseríos de la selva, cerca de Soritor; después de esta gira me faltarán apenas 7 pueblos por visitar, de los casi 100 que tiene la parroquia, cuando voy a cumplir un año en Mendoza.

Miro por la ventanilla el azul del cielo y me doy cuenta de que, a pesar de que nunca he ido a Salas o a Nuevo Jaén o a Alto Amazonas, amo a estos pueblos antes de conocerlos. Como pasó con Valencia y mis Valles, empecé a quererlos sin siquiera poner un pie allí. Quizá sea una predisposición del corazón, o un don... En todo caso es algo muy lindo.

Ahora estoy en el segundo piso de la casa de Delfín, en Salas, y la ventana frente a mí me ofrece la rabiosa hermosura de este bosque, tamizada por la caída suave de la luz de las tres de la tarde. Retrocedo hojeando mi cuaderno y de él brotan imágenes, recuerdos y experiencias de estos meses. Mi pequeña letra (que es como el deambular una hormiga borracha mojada en tinta) me lleva de nuevo a la primera visita a Mashuyacu, o a Milpuc, o a Shihua. He anotado los nombres de los agentes de pastoral, San Martín, Montealegre, Nueva Esperanza. Ha pasado un año. Están mis croquis con perfiles y medidas de tiempos y distancias: Javrulot, Nuevo Chacha, El Paujil. la lista de las cosas que he de llevar en la mochila de la montaña, notas para luego escribir en mi blog y frases sueltas que hoy me hacen risa: "Vaya tela con el puentecito sin agarradero de Nuevo Omia". Jeje.

Hace calor y la calma está adornada discretamente por el cuchicheo ronco del río y moteada por el canto de los pájaros; lo más parecido a la hora de la siesta que he visto, y realmente he dormido como una marmota. Un año en Mendoza ya. ¡Cuántas cosas han pasado! De todo: caminatas por el barro, accidentes de carro y de moto, caída al río, puentes y oroyas, lluvia y sol, baños en quebradas, bailar, arroz-papas-pollo hasta aburrirme, tomar pisco sour, encantarme Corazón Serrano, montar en mulo hasta hacerme mazamorra las posaderas (como hoy), aprender a hablar un poco de guayacho, comer cuy y ceviche, roturas y lesiones varias, colocar una piedra de altar, sobrevivir a varios temblores de tierra, descubrir los tequeños en un restaurante pituco, mover el to-tó, cantar dentro de mi casco y llorar sin consuelo... variadísimo, toda una vida en un año, como una cata de sandía.

(La siesta yace y se dilata. El encargado del Gilat llama a la gente por el parlante, es chistoso: "Wilton Rojas, acérquese al teléfono que tiene llamada en 10 minutos". Me recuerda al colegio mayor de Madrid: "César Caro, le llaman por teléeefono". Jaja).

Un año justo hoy 18 de diciembre. Un año y casi 100 pueblos. No hubiera podido ni imaginar que iba a ser así; ha sido una sorpresa, "a tu manera", Diosito. Un año en el que he tocado "la carne sufriente" del pueblo para contemplar "la fuerza de la ternura", en palabras del Papa Francisco en Evangelii Gaudium 270. He conocido a personas maravillosas pero también me he estrellado con mi propia debilidad como nunca antes, he recorrido mis límites. Mi corazón es quizá más sabio de arrostrar lágrimas, pero también ha degustado la mejor alegría: encontrar amigos, asistir al milagro de echar raicillas en este lugar precioso que es el valle de Huayabamba.

100 pueblos y un año. Mis pueblos, no me canso de mirarlos. Me caben toditos dentro de los ojos. Los amo tanto que los llevo enteros en el corazón, como escribió mi profe Paco Contreras. Y ahorita que los he pateado, los quiero más. Hoy siento esperanza y tengo ganas de caminar (con esguinces también se camina), de crear, de trabajar, de aprender, de dar, de darme. Mi parroquia me entusiasma, me encanta donde vivo. Todo lo acojo, todo lo acepto y con agradecimiento miro al futuro. Confío.

(Voy al baño y... me sorprendo de que ¡esta casa es un coliseo de peleas de gallos!). Un año en Mendoza... y lo que queda: esto no ha hecho más que empezar.

viernes, 11 de diciembre de 2015

TIERRA AZUL MOVIENDO EL TO-TÓ


Ese ha sido el eslogan del Encuentro Región Norte de la JEC en Sullana, girando en torno al cuidado del medio ambiente con la encíclica "Laudato si" del papa Francisco como inspiración. Pero pucha, esta ciudad no es tan azul, es más bien del color pardo del desierto, y por momentos parece un estercolero donde las casitas apenas logran regatear la basura. Otro Perú pobre y extremo.

Es también el título de una canción que hemos repetido hasta aprenderla de memoria. Un grupo de 70 personas, entre jecos y asesores, zanconchándonos en el calorcito de la costa norte y luchando contra los zancudos, sufriendo ponencias, trabajando por grupos, limpiando el comedor, celebrando la Eucaristía... y por supuesto floreando (ligando), tonteando como es propio de chicos de 15 años, riendo a todas horas, llegando tarde y pasándolo pipa puesto que la vida es una.

Y bailando. Mueve el to-tó, mueve el to-tó, to-tó to-tó to-tó to-tó to-tó to-tó to-tó to-tó to-tó to-tó o-tó to-tó to-tó to-tó to-tó to-tó to-tó to-tó to-tó... JajajaNo he podido entrenarme para el plazapiche o la nochevieja porque estoy renqueante de mi tobillo, así que aproveché para ir al hospital de la solidaridad a hacérmelo mirar. Primero la hermana Marita me sacó con antelación la cita para el traumatólogo, 10 soles (3,5 euros), que es a las 3. Entretanto y ganando tiempo, se va uno a hacer la radiografía, 25 soles (multiplica). Las chicas de rayos X, muy simpáticas, me dicen que no ven fisura ni fractura. Empieza la cola del trauma a la 1:30. A toditos nos toman la presión, nos pesan y nos miden como para ir a la mili, y luego nos colocan  en círculo en sillas de plástico; es muy divertido, porque cuando entra uno todos nos tenemos que levantar y mudarnos a la silla contigua, así que parece el juego ese de bailar con una silla menos (to-tó to-tó to-tó...).

Como la cosa demora, te vas haciendo amigos de tus vecinos, que emigran contigo constantemente. Me doy cuenta de que no he almorzado, pero no pasa nada porque la familia de al lado me invita a galleta (¿será porque he pesado 72 kg?). Finalmente a las 4:15 entro y el médico mira la paca y el tobillo a la misma distancia, no hay fisura ni fractura, pero el esguince ha sido fuerte y me quiere enyesar. "Sihombreeeeee" - le digo. "¿Y entonces que pasa con el to-tó?".

Me meto con los muchachos, pongo chapas (motes), por ejemplo a Jenny-qué-roche, madrugo para preparar el desayuno, les hablo en guayacho y se ríen, enseño a lavar los platos, y en la misa les explico que lo mismo que nos une a Dios es lo que nos une a la naturaleza, y se llama amor. Eso no lo dice el Papa, lo digo yo pero no me sé de dónde lo he sacado. Pasan los años, me hago viejo, lidio con mi timidez, pero funciona: me encuentro a gusto con los jóvenes, ellos no lo saben pero me ayudan a curar mis roturas y me hacen ser yo mismo.

Y me enseñan a mover el to-tó.

lunes, 7 de diciembre de 2015

TENEMOS SU CARITA


- Les presento a Cristina, es la hermana del padre Lolo - yo.
- Claaro, se le nota el parecido - casi cualquier persona que la conoce.
- Sí, eso lo dicen toditos cuando ya lo saben - yo, fastidiando al público.
- Lao el padre Lolito, le echamos de menos - Amparo, agente pastoral de La Perla.
- Al menos tenemos su carita - dice Elva aludiendo a la joven psicóloga... y todos nos echamos a reír.

Querida Cristina:

Mientras escribo esto, estamos los dos en mi despacho, como tantos días de estos últimos meses. Tú chateas con tu celular, ese al que le cuesta cargarse, y yo en mis cosas: armo un powerpoint o una homilía, doy ejercicios, me inclino sobre mi agenda a anotar algo... y tú siempre ahí, parte de mi vida y creo que para siempre parte de mí.

He de decirte que al principio, cuando apareciste en agosto, como apenas te había visto un par de veces y de chivola, noté alguna mijita de ffff: había que acompañarte, atenderte, cuidarte... Pero el proyecto de apoyo a los niños discapacitados y a sus maestros era apasionante y yo deseaba formar parte de él de alguna manera; y además estaba el cariño que le tengo a mi compañero Lolo, y a nuestra tierra, con todo lo que eso significa. Pero todas esas motivaciones de pacotilla se las llevó el conocerte.

Porque eres una fresca en el más exacto sentido de la palabra. Eres dispuesta, rápida, receptiva, adaptable y tienes una gran capacidad de encuentro y comunicación. Te mueves por todos lados como pez en el agua, tardas poco en hacerte con el personal, conoces a más gente que yo y siempre desenfundas ligera tu sonrisa, que te abre muchas puertas. Eres como el Señor Parrilla. Pero también puedes entrar con la espada de verdad si la ocasión lo requiere, diciendo las cosas claras y caiga quien caiga. Jaja, eso es muy divertido.

Cuando voy a la aldea, antes que "buenas tardes" escucho: "¿Y la Cristina?" Joé. Los bebés se te abalanzan ansiando tus manos, y Adly se mira en ti, en tu seguridad y tu ternura. Los niños de la escuela especial de Mariscal no hablan, pero te transmiten, los maestros del curso prueban la tortilla española y ríen, tu jefe te ametralla a mensajes porque te extraña... Te nos has ganado a toditos.


Los de la pollería ya son tus amigos, de lo que les has visitado. Eres comedora también de arroz y sopa, aunque sufres una extraña fobia al pescado. Trabajas mucho, pero también sabes elegir tus momentos de descanso. Y me encanta cuando, por las noches, al terminar todas las tareas, nos damos un paseo con el profe, vamos a las salchipapas del coliseo (el chef ya es tu primo casi) o nos tomamos una gelatina mientras conversamos. ¿Recuerdas? Hubo un momento en que se cambiaron las tornas: necesité que me atendieras, que me escucharas y me cuidaras.

Los dos lo sabemos. Cuando uno sufre y comparte, eso une mucho. Aquella noche en Los Olivos dijiste (con algún trago de más, es cierto): "César es como si fuera mi hermano". Y yo, en esa neblina que forma el aguardiente, me sentí orgulloso en silencio. Gracias por comprenderme y estar de mi parte; gracias por ser mi cómplice sin juzgarme. Gracias por creer en mí en todo momento, incluso en mi contradicción. Gracias por aconsejarme y dejarme libre. Gracias por recordarme quién soy y por permitirme soñar. Gracias por protegerme y por levantarme en los momentos peores. Gracias por estar ahí y ser como una hermana.

Te voy a echar mucho de menos. Como tanta gente; Doña Anita, en este día en que llueve tanto y el padrecito está cojo, te lo ha dicho: "No te vayas", pero cuántas veces has escuchado eso estos días... Como yo también soy secuaz de alguno de tus secretos, creo que no te irás muy lejos (...). Por supuesto que no te marcharás de mi corazón, porque formas parte de mis amigos, ese patrimonio precioso de personas que me ayudan a vivir aun en la distancia.

Tenemos tu sonrisa... y tú tienes contigo este pedazo de mi vida. Te quiero mucho, y siempre estaré para ti, acá o donde sea, por si puedo devolverte algo de lo que tú me has dado o necesitas que alguna vez saque del bolsillo alguna de tus palabras para mostrártelas cuando la lluvia arrecie. Buen viaje (...) y no te preocupes por tus cejas, que estás mu guapa.

* ¿Y qué me dices del profe Echegaray, que sale en la foto reflejado en el espejo dándole a la chela?

jueves, 3 de diciembre de 2015

ÉPOCA DE ROTURAS


Glafira desde Lima me pregunta por email qué tal mi rodilla, y yo le contesto que ahora es el tobillo. Son mensajes cortos y directos, eso me divierte. Ella vuelta me dice: "Vaya, así que este tiempo de roturas te está afectando. El cansancio ayuda a las roturas...". Me hace risa, pero es así: temporada de roturas, es lo que toca.

Marisol llega y mete los dedos dentro de la inflamación de mi tobillo, y aaaaaaaaay, veo las estrellas del firmamento entero, ¡qué dolor! Me la han recomendado como fisioterapeuta, y yo quiero pensar que sí, que sabe lo que hace, porque ya la tristeza me abruma por reiterada y trato de no dejarme doblegar. El vendaje que me coloca es bueno, y de hecho en la noche veo que el esguince casi ha desaparecido. Pero a la mañana siguiente, en el segundo masaje, me dice que puedo tener una pequeña fisura. Anda que estamos apañaos.

En el reverso de mi crucifijo misionero Morke me grabó 2 Cor 4, 7: "Llevamos este tesoro en vasijas de barro". Durante las últimas semanas estas palabras me habitan y me duelen. No es un adorno, es la realidad en toda su crudeza. La vasija cae y se maltrata, se fisura, se rompe, casi se hace añicos. Roturas. Fracturas en el ánimo, en la confianza en mí mismo, en los pies... heridas que impiden caminar. El corazón destrozado, la seguridad en ruinas, la tranquilidad hecha pedazos. De San Pablo a Miguel Hernández:

Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.

¿Qué hacer? ¿Me he equivocado, Señor? ¿Así me hablas? ¿No es aquí donde me quieres? Quizá esto me supera... me rompo... ¿De vuelta a los corrales? ¿Otro fracaso? ¿Huir, pues?

Pasa otro día, Marisol vuelve, el tobillo se ha puesto del color de la mazamorra y la grieta sigue ahí. Pero hoy toco mis cimientos, por dentro, mi Raíz; y también estáis mis pilares exteriores, como los contrafuertes que sujetan los muros de la catedral desde fuera: mi familia, mis amigos.

¿Luchar?

Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu Amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.

Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.

Así acaba este soneto, triste pero esperanzado. Otro día detenido; quizá Esperanza me visite, quizá luego en la tarde habrá torta. Tocan roturas, frecuentes en esta estación, el cansancio afecta, dice Glafira. Suena esta canción de Luis Guitarra, Mamen me la envió el otro día. Que en todas partes llueve y hoy tal vez asome el sol.

lunes, 30 de noviembre de 2015

MI DIÓCESIS, MI CASA


Todo me es familiar en la Asamblea Diocesana. Ya conozco a las personas, los lugares, las costumbres, los horarios, cómo funcionan las cosas. Noto con naturalidad que ya he dejado de ser “nuevo”, y me encanta. Es mi diócesis y me siento simplemente uno más; ya lo he vivido antes, pero acá cobra otros matices, tal vez es más difícil pero tiene su punto.

Es un pertenecer que está hecho de detalles. Por ejemplo, yo tengo mi llave de la casa sacerdotal, que abre fatal (una vez tardé más de un cuarto de hora dale que te pego); entro y, como todos, tengo mi habitación, que es la número 13, tradicional de los “padres de Mendoza”. Cruje el suelo, que huele a petróleo del mantenimiento de la madera. Aquí están mi pijama, mis chanclas para la ducha heredadas de Lolo y mis cosas de aseo. Ya se sabe: en casa, hasta el cucu descansa.

Cuando veo a la hermana Gladys, la ataco preguntándole qué pasa con las animaciones, que si va a cantar la de “El diablo está pisado”. Ella se ríe: “Tiene que bailar, padre. Le voy a estar vigilando”. Con unos y con otros van surgiendo bromas habituales para fastidiarnos. A Castinaldo le llamo “torpedo” porque él dice que hay elementos que torpedean el POA diocesano, están en contra y siempre protestan. Jaja.

Esa es otra: el Plan Pastoral Estratégico Diocesano (PPED) y el Plan Operativo Anual (POA). Diosito, una marea de términos que alocan a cualquiera: objetivos operativos, ejes estratégicos, resultados de impacto, misión y visión, hoja de ruta, estrategias, prioridades, tácticas… Ahí nos sumergimos con la divertida sensación de no estar entendiendo ni papa, pero estamos unidos en la confusión y el estupor.

El cafesito de las 11 es el momento para conversar, reirnos con las anécdotas de la jornada, contratar a uno para una misa o deplorar los atentados de París. Siempre hay gente que me dice que lee mi blog y que le gustó tal o cual historia, o nomás comentan de la última entrada. El café siempre me lo encarga Katy, lo traigo de Mendoza y pone el sabor cálido a una bonita convivencia.

Para llegar a la ODEC, donde son las reuniones, pateamos el jirón Amazonas, que es como la calle Santa Eulalia de Mérida: peatonal, en cuesta, abigarrada de tiendas y sembrada de gente; el ombligo de la vida de Chachapoyas. Es parte del encanto de estos días pasear por la plaza, hacer tus compritas, tomar un helado o un chocolate marca Sublime y llenarte de la belleza colonial de la capital.

Ya son las 7 y vamos a concelebrar la Eucaristía en la catedral; busco mi alba, una que Katy ha marcado con mi nombre, y ese detalle me chifla, estoy en mi casa, con mis compañeros.Y por eso mismo al ratito me toca lavar todos los cacharros de la cena, un viaje de platos, vasos y cubiertos. Es lo que tiene: hogar dulce hogar…

miércoles, 25 de noviembre de 2015

¡500 ENTRADAS!


Hace un par de semanas miré el contador de la interfaz de blogger y ¡Diosito! ¡Voy a llegar a 500 publicaciones! Y hoy es el día. 7 años, 2 meses y 3 mudanzas después, aquí estamos celebrando semejante aniversario. Si me dicen que este capítulo de mi vida iba a ser así, jamás lo hubiera creído.

Porque la verdad es que empecé a escribir en una circunstancia difícil, después de un fracaso, de una decisión fallida. La primera entrada, con fecha de 10 de septiembre de 2008, se titula “Encrucijada” y la redacté como un mensaje en una botella que lanza alguien un poco desesperado. Crear este blog fue gritar palabras para mí, para ser engullidas por el mar.

Poco después, durante muchos meses, prácticamente un año, fui incapaz de escribir. Porque contar cosas de mi vida me reclama una cierta paz conmigo mismo que en aquella época me costó sentir. Hasta que llegué a mis Valles, donde hallé “la maravilla y la suerte de estar en libertad, la libertad de tener a quién servir sin que te envidien ni te pisoteen, el privilegio de personas a quienes querer y de quienes aprender...” (14 de septiembre de 2009). En medio de aquella calma encontré redención, saboreé la felicidad y aprendí a escribir en mi blog sin haberlo pretendido.

Pronto me sorprendió que ¡había gente que leía mis historias! Gente de mis pueblos, pero también de otros sitios. Recuerdo que entonces sentí pudor por desvelar a veces zonas de mi intimidad o expresar opiniones personales, pero lo cierto es que la vida de mis Valles se fue adueñando de estas páginas, y siempre con una mirada amable y positiva, que era lo que me salía natural.

Escribir exige una cierta disciplina; por eso, cuando alguna vez me han preguntado por qué no lo intento con un libro, contesto que soy demasiado perro para eso. Aquí el asunto no es tan absorbente, es una afición que me relaja, que me ayuda a reflexionar sobre mis experiencias y a fijarlas para extraer la esencia de vida que contienen. Pero al mismo tiempo, saber que hay lectores al otro lado requiere publicar con frecuencia, narrando hechos, chispazos, sentimientos, sorpresas y ternuras cotidianas que hagan sonreír y sentirse feliz.

Esa es la meta. A veces te dan las tantas, o no hay internet, o te sale un churro… A veces todo empieza por el título y lo demás brota como un hilo. A veces una historia me ronda la cabeza durante semanas, y me da un poco de respeto ponerme a plasmarla por miedo a no acertar en dejarla salir tal cual ella quiere. Y siempre ha de ser breve. Redactar normalmente me permite decir lo que en directo no alcanzo a construir con precisión. Este diario se ha convertido en una especie de “disco duro” de mi respirar, un archivo de los recovecos y las luces de mi vida, de los cansancios y las caídas, los sueños y las sonrisas.


Así se han ido componiendo estos trozos de vida. Miro el archivo y casi no lo puedo creer: 77 entradas en 2010, 84 en 2012… Luego fui bajando un poco el ritmo. Hay hechos y anécdotas  (por ejemplo “Orgulloso de mi pueblo”-23 de enero de 2012-, “Un tierno secreto” -26 de septiembre de 2013-, “Una iglesia en salida” -24 de febrero de 2014-), hay lágrimas cuando alguien se ha marchado (“Vivir sin Cristina” -23 de noviembre de 2009-), reflexiones de cosecha propia (“Alegres eternos perdedores” -30 de noviembre de 2010-, “No sabemos lo que es la homosexualidad” -20 de abril de 2012-, “Te harás perdonar el pan que das” -6 de mayo de 2013-), homilías (“Comer y dar de comer” -26 de junio de 2011, “Seamos esperanza” -1 de diciembre de 2013-), estados de ánimo (“Metástasis de tristeza” -30 de abril de 2012-), poemas (“Renacer” -24 de octubre de 2009-), enormes alegrías (“El centro de mi vida” -18 de noviembre de 2010-), vídeos, imágenes, canciones, despedidas (“Mi pozo blanco” -17 de agosto de 2014-), la llegada a Perú con sus descubrimientos (“Tracción a las cuatro ruedas” -17 de noviembre de 2014-,  “Semana Santa de barro y sudor” -8 de abril de 2015-) y las últimas aventuras y “desventuras”.

En 2013 las palabras pasaron momentáneamente al papel con el libroblog “Qué alegría vivir sintiéndose vivido”, y algunas antes habían ido a alojarse a Religión Digital (http://blogs.periodistadigital.com/diario-cura-de-pueblo.php) en 2011. Después viajaron mensualmente a la revista Militante del Movimiento Rural Cristiano (y por allí siguen, en http://ruralescristianos.org/principal.htm), y últimamente están emigrando a Iglesia en Camino, el semanario de la diócesis de Mérida-Badajoz (http://www.meridabadajoz.net/ arriba a la derecha). Y aquí seguimos. Narrando peripecias en esta etapa apasionante y dura, en la que Kpayo es también alivio contra la soledad. El otro día me comentaron, con mucha razón, que escribo con perspectiva demasiado española, me quedo fuera en cierto modo… Y sí, son tantas las sorpresas que mis ojos de etnógrafo aficionado no paran de vibrar. Pero creo que me voy haciendo peruano poco a poco, así que paciencia.

Gracias a los que leéis estos jirones de existencia. Gracias por pinchar y devolverme cariño en forma de comentarios o de Likes. Mi vida y mis cosas no son muy relevantes, no soy mejor que nadie. Solo un ser humano que aprende e intenta disfrutar del camino, de lo que Diosito le ofrece cada día; unas veces feliz y otras hecho polvo, como todo el mundo. Y lo comparto así.

jueves, 19 de noviembre de 2015

POR SI NO HABÍA BASTANTES EMOCIONES


Siempre me han dado miedo las motos, sobre todo desde que me caí con aquella Puch Caribe que teníamos en casa cuando era adolescente. Jamás me había atrevido a subir a un cacharro de esos de marchas, y cuando conducía en España, las motos que me adelantaban me daban repelús de lo que corrían. Pero... quién te ha visto y quién te ve: como en tantas otras cosas, acá hay que tunearse y hasta recrearse en buena medida.

Cuando llegué a Mendoza me preguntaron si manejo moto. "No"- dije yo sin dudarlo - "me da miedo. Yo manejo carro". (Cuándo voy a aprender a callarme). Lolo, que estaba en enero de visita, me animó mucho explicándome que por estos andurriales es una cosa muy útil; fuimos a la explanada del mercado de ganado para aprender, y ahí ya me caí un par de veces. No sé cómo se atrevió a montarse conmigo aquel mismo día. Quizá se me pegó algo de su temeridad.

Al principio me ocurrió de todo, como corresponde a mis habilidades naturales. Arrancar la moto era una auténtica odisea, aprender dónde estaba el aire, lograr ponerla en punto muerto... Me quedé sin combustible un par de veces porque no tenía ni idea de nada, qué había que echarle (¿gasolina de 90, de 85...?) ni cuándo, ni abrir el tanque, ni si había reserva y cómo funcionaba eso. No sabía ni dejar el casco en sitio seguro cuando no lo llevaba puesto, y de hecho uno se me cayó y me cargué la mica (la visera). Un portento de motorista, vaya.

Capítulo aparte merece la puerta del garaje, ¡qué trabajito me ha costado lograr aprender a guardar la moto! Hay que acelerar para que remonte el sardinel*, pero no mucho porque si no te chocas con el carro aparcado; resultado: me caí varias veces ahí mismo. y no se qué me dolía más, la espinilla por el golpe o el ridículo. Lo peor de caerse es que necesitas que alguien te ayude a levantar la moto, porque pesa un montón.

Un par de veces me atreví a ir a Limabamba, en plena época de las lluvias más gordas desde hace años, así que tuve que conducir aterrorizado sobre barrizales, y ni que decir tiene que también di con mis huesos por tierra. Hasta el punto de que dije "nunca mais" y desde el mes de marzo no he vuelto a llegar allí en dos ruedas (uno se hace consciente de sus limitaciones). Pero lo intenté de nuevo el fin de semana pasado y llegué sano y salvo, toma ya.

Porque veo que ya voy aprendiendo. Ya se arrancar la moto y meterla en el garaje; ya se abrir el tanque, ponerle aceite a la cadena y colocar el casco en el espejo. Cuando voy a Huambo o Longar ya ni me planteo si habrá barro o no, he bajando varias veces por la carretera del valle rodando por esas piedras sin problema, me pongo a 60 por el aeropuerto y la pista de Omia creo que la moto la ha memorizado. Y hasta fui el otro día a Chirimoto y Milpuc, subiendo y bajando tremendo desnivel por Chontapampa bajo un lluvión, y sin problema.

Puede parecer una tontería, pero me siento más orgulloso que cuando aprobé Electricidad y Óptica en tercero de carrera. Además, Ángel tenía razón: "la moto es muy bonita", me decía. Verlo a él de acá para allá, con 70 años en la Honda, me hizo pensar por qué yo no podría. Y ahorita me muevo con libertad, puedo llegar fácilmente a más lugares... y me encanta (aunque a mis padres no tanto). Miedo botado -más o menos- y prueba superada; eso sí, con una medida de la Virgen del Pilar siempre atada al manillar. Lo siguiente: entender de una vez la bolsa y los tipos de interés... ¿seré algún día capaz?

* Escalón que forma el borde exterior de la acera (RAE).

sábado, 14 de noviembre de 2015

HUEVOS EN EL CEPILLO


Hay una serie de detalles que hacen que la celebración de la Eucaristía en nuestro país huayacho sea deliciosa y curiosa a ojos españoles. Así que, antes de que me acostumbre del todo, me apetece contarlos, recordando cosillas que desde el principio me extrañaron, me hicieron sonreír o me emocionaron.

Lo primero: la puntualidad (jeje). La misa “a las 7 de la noche” significa que será en la noche, es decir, cuando la gente ya ha regresado de su chacra, se ha bañado y ha cenado, y comenzará alrededor de las 7:30 o cuarto para las 8 hora peruana. Uno intenta, voluntarioso, llegar con antelación, y a lo más te encuentras a alguna viejita en la puerta de la iglesia, donde suele haber un poyete en el que el personal se va sentando a medida que va acudiendo, y allí nos saludamos, comentamos, etc.

- “¿Empezamos ya?”. – “Sí padrecito, ya no van a venir más”. El canto acá es mucho más importante que en España, no se concibe una misa sin cantar, así que previamente los agentes de pastoral han elegido las canciones, y las van anunciando para que la gente busque en el librito: - “El gloria el número 41”. Y todo quisque, muy serio con su cancionero (los que saben leer, claro), buscando y entonando.

Como lo habitual en la mayoría de las comunidades es que haya una Eucaristía al mes como máximo, todas las misas son de domingo: con gloria, credo, lecturas dominicales… y homilía. ¿Cómo va a haber una misa sin sermón? Impensable. Eso te obliga a prepararte y a predicar toditos los días. Voy dándome cuenta de que normalmente preparo gracias y ocurrencias que no les hacen risa, y en cambio otras palabras y expresiones arrancan del auditorio inesperadas carcajadas (he de aprender el humor de acá). Lo que no falla son los gestos chistosos, las tonterías que hago con la cara, los momentos en que más que un cura parezco un monologuista o un cómico (…).

Luego están las intenciones: a la gente le encanta que nombres sus muertitos. De repente te encuentras con una carrafilera de nombres (más que un equipo de fútbol, toda la liga completa…) que has de leer al principio de la celebración, en las peticiones y en la plegaria eucarística. Y en la consagración, cuando se elevan el pan y el vino, la gente musita alguna letanía como “Jesucristo entregado por nosotros”.

Las ofrendas son muy divertidas porque suele haber de todo, no solo monedas: pansito, fruta (o sea, plátanos), frejoles, yuca, chancaca… y muchas veces, una bolsita con huevos. Porque si se trata de compartir y uno no tiene mucha plata, pues trae productos de la tierra, las cositas con las que subsisten las familias si el precio del café se despeña.

En el ofertorio siempre hay que pedir que “levanten su mano, por favor, las personas que van a comulgar”, porque en muy pocas capillas hay sagrario, de manera que no puede sobrar cantidad. Choca y sorprende que escasa gente se acerca a la comunión, y es porque muchos son convivientes, es decir, no están casados por la Iglesia y por tanto, como viven “en pecado”, no pueden compartir el Pan. Este es un asunto que me indigna y me entristece a partes iguales, y se merece otra entrada mientras el Papa escribe una encíclica fruto del Sínodo.

El canto de la paz suele estar acompañado de palmas (como otros, y hay días que todos), y en los pueblos me dedico a pasar por los bancos y saludar uno por uno si me da tiempo. En Mendoza hay niños que suben al altar y me dan un abrazo con gran naturalidad y cariño.

Después de la comunión, a menudo invito a que “cerramos los ojos y hacemos un silencio para que cada cual en su interior le dé las gracias a Diosito”… y es impresionante qué capacidad de recogimiento tiene la gente. Toditos con los ojos cerrados, se escucha algún grillo en la noche o el rumor de una quebrada cercana, que son como adornos a este precioso silencio. El ratito suele acabar con la oración “Alma de Cristo”.

Tras el “Pueden ir en paz”, casi siempre hay unos cuantos recipientes de agua que voy bendiciendo mientras se canta la copla de despedida (me pregunto qué hará la gente con ella), y a veces otros objetos como medallas, cuadros, imágenes, lápidas y cruces de cementerio (¡!), rosarios, abrebotellas de San Juditas, figuras del belén (en cualquier época del año), llaveros, etc. Bendices como quien come pipas.

Y cuando ya ha acabado todo, resulta que nadie se mueve de su sitio. A mí al principio eso me agobiaba un poco y me daba vergüenza (“¿pero qué pasa, esta gente no quiere irse…?”), toititos ahí callados, sentados viéndome quitarme los trapos. Pero es porque ahorita nos quedamos conversando sobre la marcha de la comunidad (catequesis, la liturgia de los domingos…) y problemas del pueblo; y a veces se invita al mismo tiempo a un cafesito, que es la manera sencilla de decir gracias, la palabra que más sobrevuela cada día nuestro Perú.

lunes, 9 de noviembre de 2015

MISHQUI-RETIRO


Se camina apenas diez minutos desde la aldea hasta una portadita, por donde se baja hacia la orilla del río Leyva, y entonces aparece, como de la nada, una hermosa casa de madera. Los perros nos reciben ladrando, pero el lugar es tan encantador que la admiración ignora el miedo. Es el fundo Calzada, donde hemos venido hoy de retiro.

Lo hemos programado el equipo de catequistas de Confirmación de Mendoza, y hemos invitado a los profesores de religión de varios colegios de la provincia. Hemos coordinado con la UGEL (Unidad de estión Educativa Local) para que los directores dejen salir a los maestros un día de diario, y lo hemos conseguido, algo impensable en España. Y aquí estamos doce personas con una jornada por delante para encontrarnos con Diosito lejos del mundanal ruido. Vaya lujo.

Y es que los habitantes de esta casa, que pertenece a la señora Silvia Domínguez, además de los guardeses, son las mariposas, los caballos, las aves que planean majestuosas sobre el desfiladero, y unos pavos reales bellísimos. Pero el dueño es el silencio. Y en él, desde el inicio, nos sumergimos con avidez y con dedicación, porque verdaderamente lo necesitamos.

Sentados en una de las terrazas de esta preciosa casa rústica, casi sobran las palabras. San Ignacio ya lo había previsto, así que, haciéndole caso, doy al grupo algunos ejercicios “con breve y sumaria declaración” (Ej 2). Y en seguida cada cual busca su espacio, se acomoda y triunfa la calma. Yo la disfruto en la segunda planta mirando a la curva del río, casi acariciado por las nubes que discretamente adornan el cielo.

Su azul suave y el tono rotundo y aristocrático del cuello de los pavos; las chicharras arrullando en su eco, el gorjeo de los pájaros y la conversación errática del mono, allá abajo; el agua inmóvil del estanque, como un monumento relleno de peces; la compañía cálida y fiel de la madera; y el pasar del río, eterno y siempre nuevo. Principio y Fundamento, sentir y gustar, contigo y como túEs una maravilla estar aquí contigo.

Hemos traído el fiambre (que es la misma comida pero en tapers, aquí no existe el bocadillo) y por supuesto nos lo jincamos a mediodía. Descansamos un ratito, hacemos la útima parte y nos reunimos para compartir. Los profes han escrito la experiencia que han vivido hoy, y poco a poco se van expresando. No es un diálogo, es un encuentro orante, cada uno cuenta, con sus palabras, como le ha ido, qué ha sentido, qué se lleva de este día como llamada de Diosito o como descubrimiento.

Mientras escucho, noto el impulso de descalzarme el corazón ante la narrativa de Dios y su capacidad de llegarnos. Hay un nido de shusmisqui abajo, en el muro del poyete donde nos sentamos; son una especie de abejas pequeñas, que hacen una miel muy dulce (en quechua “mishqui”). Sobrevuelan nuestros pies mientras conversamos y siento cómo el agradecimiento me desborda… Señor, tus estratagemas para quererme y enseñarme son a veces misqui y me hacen sonreír como cosquillas.

martes, 3 de noviembre de 2015

SE LLAMA ESPERANZA


Ya le cuesta menos sonreír, e incluso a veces alguna carcajada suya, que es como un tenue susurro, se me cuelga de la oreja y me endulza el aire. Quiere que la marque y me mira a los ojos, y en ese momento mis pátinas de tristeza o cansancio son pulverizadas. Ese es su talento: prender mi ternura y activar mis ganas de vivir.

Llegó a la aldea, junto con otros dos niños awajún, a mitad de septiembre. Recogidos de un burdel, desnutridos, ella con el cuerpito moreno arrasado de picaduras de zancudos, con lo puesto. Tan pobres que no tenían ni nombre. A su hermano, que tiene como cuatro años, Llina y las tías le pusieron Nicolás, quizá por la cercanía con la fiesta del patrón, y a ella la llamaron Esperanza. Sin un documento, sin referencias de edad ni origen, y sin rastro de papá y mamá.

"Padre, ¿sabe que hay niños nuevos en la aldea? ¡Son de la selva!" - me dijeron. Fui al toque a conocerlos y encontré a Nico en un silencio salpicado de onomatopeyas o monosílabos porque solo habla su idioma indígena, y a la bebe llorando sentada en un bacín donde la habían puesto para que fuera aprendiendo a hacer pipí solita. Apenas me vio, me echó los brazos con desesperación como suplicando: "¡Por favor, sálvame de esta tortura!". La cogí y ella me salvó a mí.

Enseguida se calma, recuesta su cabeza en mi pecho y siento que el corazón se me colma de delicadeza y colores, descansa en el cariño puro, un sentimiento gratuito, protector, intenso y suave que me asombra y me construye, me sana y me hace bien. ¿Por qué ella me ha elegido, por qué apenas me ve corre hacia mí para que la cargue, por qué precisamente este viejo barbudo ha sido bendecido con semejante devoción? (https://www.facebook.com/aldea.infanti/videos/935830036500265/?pnref=story)

Es increíble ver cómo Esperanza come solita, ella con su plato. ¿Cuál será su historia? ¿Por qué solo permite que la marquen hombres? Tal vez su mamá nunca la achuchó ni le dio el pecho, quizá no hubo mamá y estuvo en brazos de varones nomás... Sea lo que sea, es una superviviente y su vida ha comenzado entre nosotros, en la aldea; porque la vida auténtica solo despega cuando alguien que te quiere pronuncia tu nombre.

Se llama Esperanza. Me tiene atrapado, me atrae sin remedio, no puedo resistir muchos días sin ir a verla para que esa sonrisa me envuelva todito cuando me pide que la abrace. Estoy enamorado hasta las trancas, esos ojos negros son lo más hermoso que he visto, esta niña se ha apoderado de mi corazón y me devuelve un chubasco de alegría cuando la lanzo por los aires, la boto del tobogán o simplemente la miro dormir después de la leche de las once.

Ojalá la vida me de la oportunidad de hacer algo bueno por ti, hija. Te quiero de verdad y deseo que este amor no se agote, es lo mejor de mi que puedo darte y hace bailar mis entrañas. Aunque aún no puedas entender, te digo gracias.

Mamen, te lo dedico.

jueves, 29 de octubre de 2015

DESVENTURAS 2ª parte


La ducha en casa de Joshé y Gloria debe ser la única en el mundo que no se cierra con un plástico o algo, así que aviso varias veces: "Me voy a bañar, ¿eh?" - como diciendo: "No vengan que me voy a poner calato en medio de esta montaña". Estoy tan cansadito que ya poco me importa, y necesito este agua que bote el sudor que tengo incrustao.

Con poca luz ya, cenamos un poco apurados porque en la noche hay misa en Nuevo Chachapoyas, un pueblo al que Joshé apoya como agente de pastoral. Confiando en que está acasito mismo, empiezo la bajada muy alegre con mis vaqueros, mi palo y sin mi rodillera, error. Pasó lo que tenía que pasar, esas cosas que, mientras no ocurren, vive uno en la ilusión de que no van a suceder, hasta que la realidad te despierta de un porraso: resbalo, piso mal, siento que mi rodilla se sale por un momento de su sitio, me caigo y ya la tenemos liá.

Conozco ese dolor, son ya muchos años los que llevamos juntos mi rodillita y yo, operada dos veces y experta en percances, derrames, inflamaciones y cojeras. Pruebo a apoyar el pie pero no puedo; procuro pensar con calma y pido a Gloria que avance hasta el pueblo a avisar que "el padre va a llegar tarde" (si es que llega), y a Joshé que vaya a la casa a por mi rodillera. Me quedo solo en medio de la selva, en un lugar bastante escarpado por el que solo cuento con mi cuerpo para desplazarme; "¿qué haré si no puedo caminar? ¿podrán traer una bestia? ¿o tendrían que cargarme entre varios hombres...?".

Entonces apago la linterna y ahí sí rozo un cierto límite. Empapado en sudor y lleno de barro, agotado por tantísima caminata, triste y desamparado, noto que me abandona el ánimo y me quedo sin fuerzas. El pantano de pesimismo que todos arrastramos, donde habitan los fantasmas de nuestra inseguridad y respiran los miedos, esa desolación que está guardada en nuestro sótano siempre al acecho, esa materia enemiga construida de recuerdos, fracasos y desgracias... todo eso se levanta y me rodea, y quiero simplemente que me trague la tierra ahorita mismo.

Los mosquitos me pican en la oscuridad, se escuchan chicharras y los mil sonidos de la montaña. Aparece mi rodillera y con ella me siento más abrigado (¡gracias, Mª José!) y me obligo a plantar el pie e intentar caminar poco a poco, en Nuevo Chacha hay un bautizo. Joshé me ayuda y, con gran esfuerzo y hora y media de bajada después, llegamos. Además de agua, se que necesito un antiinflamatorio, pero la técnica de la posta de salud no está y nadie tiene llave, así que la gente comienza una búsqueda de medicinas que puedan servirme.

Aparte de varios paracetamoles y naproxeno (¿qué será eso?) solo encuentran una ampolla de diclofenaco que está caducada, y yo no puedo evitar acordarme de las cajas de Voltarén que velaron anoche mi sueño en Legía. Al fin alguien trae ibuprofeno, unito, y me lo zampo al toque. Eso me ayuda a celebrar la misa y el bautizo, pero queda otra hora - al menos - de subida de vuelta a casa de Joshé. Allí está mi mochila, en ella siempre llevo pastillitas, y con esa esperanza trato de ignorar el dolor y de nuevo camino y sudo bajo la luz de la luna.

Demasiado quizá para un solo día... Demasiada fatiga, demasiadas cuestas, mucho batallar casi por las puras (para nada). Hemos programado con el cucu, sin medir racionalmente distancias, tiempos y esfuerzos, y nunca podemos calcular los estragos del desaliento cuando las cosas no salen y la gente no acude, aunque la misión también consiste en eso, en darlo todo sin resultado, en agotarse sin eficacia.

Falta contar la noche atiborrado de medicinas, las tres horas de brutal descenso, los bautismos de adultos en San Antonio con la escuelita a full (ahí está la foto) y la peripecia para localizar la llanta en Zarumilla. Ya otro día.

sábado, 24 de octubre de 2015

DESVENTURAS 1ª parte


El día arrancó aparentemente bien. En Legía se duerme a pierna suelta, sin ruidos; esta vez me alojaron en casa de Carla, en un cuarto que es botica, y descansé rodeado de medicamentos (Dios mío, ¿estoy enfermo?). Desayuno rico a base de tamales y cecina recién hechos, el sol arriba, respirar hondo ante una bonita jornada de montaña. Pero al llegar al puente para recoger el carro... empezó a torcerse el asunto.

Pasó lo que tenía que pasar, esas cosas que, mientras no ocurren, vive uno en la ilusión de que no van a suceder, hasta que la realidad te despierta de un porraso: se bajó la llanta (se pinchó la rueda) del carro. La de veces que habré pensado en pedirle a alguien que me explique qué hay que hacer en estos casos, cómo se coloca la gata, qué es el seguro de los pernos, etc. Pero son ese tipo de precauciones para las que uno nunca encuentra el momento. En fin.

La señal del celular iba y venía, pero logré preguntar a Nico, y sus explicaciones me animaron todavía más a buscar ayuda. No fue difícil, al rato estaban Martín y su hermano Pancho en la faena de cambiar la llanta. Que por cierto, el ingeniero de la Toyota que ideó el sistema de desenganchar la rueda de repuesto de los bajos del carro se quedó descansadito, ¿eh? ¡Madre mía, qué difícil! Menos mal que Pancho (esposo de Carla) es un hacha, porque mis destrezas innatas para la mecánica me alcanzan nomás para el Exin Castillos.

Entretanto, Joshé Villalobos (hermano de Martín y Pancho, cuñado de Carla) me estaba esperando en otro puente, más allacito, en San Isidro. Antes, al pasar por San Antonio, dejo la llanta vacía para que se la lleven a Zarumilla y traten de inflarla para poder recogerla al día siguiente. Así que llego tarde a mi cita con Joshé, y aún demoramos otro rato en buscar dónde dejar el carro a salvo de graciosos (sospechamos que la rueda la desinflaron en la noche), de manera que casi a las 10 de la mañana, con el calor aplastándonos, iniciamos una tremenda cuesta de tres horas, sin apenas descansos, que nos lleva a casa de Joshé.

A pesar de que tiene una mano convaleciente de un corte feísimo con el machete, él sube cargando un tubo de desagüe y varios fierros, y como si nada, me "saca de punto" y le sigo con la lengua fuera, mi cuerpo no carbura hoy, o la rampa es feroz, o las dos cosas. El caso es que sudo como una fuente, me arden los gemelos, me cuesta respirar y las paso moradas, pero llego. Y pierdo la cuenta de los vasos de agua de soja que Gloria (la esposa de Joshé) me ofrece, y yo acepto.

No hemos hecho aún nada porque hoy se trata de ir a un sitio llamado Nuevo Celendín, donde los padres nunca hemos llegado todavía. Así que, tras el almuerzo (sopa de quinua deliciosa por cierto), agarramos a caminar de nuevo y ascendemos hora y media más hasta la casa donde supuestamente nos esperaban... pero no hallamos a nadie. Solo vemos de camino a un hombre con sus vacas, y escuchamos ahí, en la banda (en la ladera de enfrente, al otro lado del río), voces en una casa que estará a no menos de 45 minutos a pie. Joshé se comunica gritando, al menos para que sepan que hemos venido, y en silencio reemprendemos el camino de vuelta antes de que la noche nos gane, otra hora y media de barrito, subir, bajar y por supuesto sudar.

A estas alturas, cuando son casi las 6 de la tarde y llevo unas 6 horas en mis piernas, uno solo tiene ganas de ducharse y descansar. Pero qué va, el día va a ser tovía muy largo...

¡Vaya sitio más hermoso! Lo he llamado "Un lugar en el mundo"

lunes, 19 de octubre de 2015

UNA TABLA DE SARHUA PARA JAVI Y PILI


¿Se puede vivir intensamente algo hermoso a miles de kilómetros de distancia? ¿Se puede celebrar desde lo más íntimo, festejar sin ver, guiado por la emoción que te une a aquellos que amas? ¿Se puede sonreír a la mañana pidiendo a las nubes que envíen ondas de alegría a quienes sabes que redondean su felicidad? ¡Se puede! Yo lo hice el otro día, mientras Javi y Pili se casaban. Y ahora preparo su regalo.

En Sarhua, un pueblo ubicado en el departamento de Ayacucho, se tiene por tradición regalar una tabla pintada con la historia de la familia que la reciba; el compadre espiritual la obsequiara por motivo de construcción de una nueva casa. Cada integrante de la familia debe verse reflejado en sus labores diarias haciendo una descripción horizontal, que lleva un orden de interpretación pictográfica, de abajo hacia arriba. Las tablas son pintadas con pigmentos naturales extraídos de la tierra y vegetales; se usa la pluma de ave para el delineado de las figuras y hacer los detalles de las vestimentas (https://es.wikipedia.org/wiki/Tablas_de_Sarhua y http://www.tablasdesarhua).

¿Me ayudáis, pareja, a componer vuestra tabla de Sarhua? Veamos:

- ESCENA 1: Javi es niño en Linares y Pili es niña en Córdoba. Ambos buenos, obedientes, estudiosos y creyentes (dibujos de ambos, niños, con los papás y en la escuela).

- ESCENA 2: Pili crece en la casa de Don Bosco, Dios le da el carisma de amor a los jóvenes. Javi escucha la llamada del Señor a ser salesiano y marcha a Córdoba a prepararse. Allí se conocen (dibujo de Pili y Javi, jóvenes, en el patio del colegio, junto a Don Bosco).

- ESCENA 3: Javi termina su formación y se ordena de sacerdote. Pili, al concluir la universidad, es administradora en el colegio salesiano. Sus vidas se separan un poco, pero ya el amor había prendido entre ellos (dibujo de Pili en su despacho trabajando, y Javi celebrando la misa).

- ESCENA 4: Javi no es feliz como salesiano, siente que el Señor le llama a vivir algo diferente. Pili está enamorada de él, pero solo ahorita hablan sobre ello. Javi necesita tiempo para tomar una decisión y ella también; ambos se respetan (dibujo de Javi y Pili arrodillados orando, cada cual en su casa).

- ESCENA 5: Pili y Javi deciden emprender una vida juntos (dibujo de los dos cogidos de las manos con la leyenda: "Las grandes aguas no podrán apagar el amor" Cantar 8, 7).

- ESCENA 6: El matrimonio y la bendición de Diosito (dibujo con la fecha 10 de octubre de 2015 y la leyenda: "El amor asciende entre nosotros", que es un verso de Miguel Hernández tuneado).

Esto es lo que me ha salido, ¿qué os parece? Se admiten sugerencias...


¡Enhorabuena! Dios os ha hecho esperar un poco, es verdad, pero con su peculiar sabiduría ha permitido madurar vuestro amor en delicadeza y verdad. No hay duda de que esto es cosa suya, Él os ha llevado juntos al altar en la palma de su mano. Me siento muy feliz y orgulloso de formar parte de vuestra historia; no creo que llegue a eso de "compadre espiritual", pero tenéis mi amistad incondicional y para siempre. Contad conmigo en todo lo que la vida pueda deparar, os ayudaré en lo que pueda. Todo ha sido para bien. Todo es cariño de Diosito vivido y compartido. ¡Os quiero mucho!

miércoles, 14 de octubre de 2015

EL CORPUS EN OCTUBRE


Así como suena. En Michina, en Omia, en Longar… Son en total once los pueblos que este mes celebran su fiesta patronal, y los padrecitos roando de feria en feria sin ser capaces de abastecer a las peticiones de misas, rezos y ceremonias que nos llueven de los cuatro puntos cardinales de nuestra provincia.

Los pueblos de más tradición conservan el formato antiguo: cuando el cura iba una vez al año con ocasión de la fiesta patronal y ahí se quedaba varios días y hacía de todo: procesiones con todos los santos patronos, sacramentos (bautismos, matrimonios…), bendiciones de todo pelaje… y el Corpus. Y siempre vísperas más día central del santito de turno (misa con procesión).

Así fue, por ejemplo, el otro día en Michina. Es acabar la misa de vísperas y ahí mismo, en la puerta de la iglesia, la banda comienza a alegrar la noche y varia gente se anima a echarse unos bailes. Al rato, explota el castillo de fuegos de artificio y la música continúa en la plaza con la banda (es la retreta) o en un local cerrado con una orquesta (la fiesta social). Siempre el mismo esquema.

El día central del patrón que se trate comienza con el albazo, que equivale a nuestra “diana”: los últimos juerguistas, pasados de rosca, recorren las calles del pueblo con la banda y van despertando a los vecinos aporreando las puertas, cantando, gritando, etc. Yo no me explico cómo los músicos pueden aguantar tantísimas horas de pie machacando los tímpanos sin piedad.

Durante los días festivos llegan paisanos de Lima y de todo el Perú. Me recuerda a los meses de agosto en nuestros pueblos extremeños, cuando los emigrados regresan con motivo de las fiestas para ver a la familia y a los amigos de la infancia, convivir y avivar sus raíces. Hay todo un repertorio de tradiciones que ponen gesto y sabor a ese sentimiento, como hacer dulce de frejol y tortillas de almidón de yuca, con huevos, harina, vainilla, manteca…













Las plazas de armas se siembran de puestos de salchipapas, algodón dulce y vendedores ambulantes. La gente se pone sus mejores galas, y los que celebran bautizos se endeudan si es necesario para dar a sus invitados un buen caldo de gallina con su segundo y un brindis rico. Todo en Pindocucho, en Nueva Esperanza, en Omia o en Ramos sabe especial, todo con esta humildad simpática y cautivadora que le sale al peruano natural.

Velas y más velas flanquean las imágenes de los santos preparadas en sus anditas para la procesión: la Virgen del Rosario, San José, El Señor de los Milagros, el Cautivo, San Antonio, la Virgen de la Merced… Mucha gente acude a la misa mañanera, excusando a los resacosos que no se levantan o que no se acuestan todavía. Y siempre uno de los días es para el Señor Santísimo, o sea, el Corpus. Tengo que acordarme de preparar el viril porque ese día la procesión es con la custodia.


Se recorre nomás la plaza, en todo momento con la banda interpretando canciones de misa. En cada esquina hay un altar donde me arrodillo ante el Señor: “Sea infinitamente alabado” – rezo, “Mi Jesús sacramentado” – contesta la gente. No hace el calor de las doce de la mañana en el Valle, y la custodia, que es chiquita y de latón, no pesa como la de Santa Ana, pero yo me siento igualmente dichoso y en cada parada doy la bendición con cariño.

Luego me invitan a almorzar (¡cómo no!) con gran amabilidad, a veces en algún bautizo, y yo me dejo llevar por la capacidad de esta gente de dar y de agradecer, intentando que se me pegue algo de ese instinto y tratando de merecer ser “uno de los suyos”, aunque no sé si algún día lo lograré.

Renuncio a hacer sesudas reflexiones acerca de la religiosidad popular y sus riesgos y sus oportunidades. Aspiro solo a disfrutar de la experiencia de servir a este pueblo en la expresión tradicional de su fe, aprovechando para hablarles del Evangelio y aprendiendo de su espontaneidad y sencillez. Acá nada es muy solemne, el Cristo está adornado con farolillos que recuerdan a la feria de Sevilla y hay que apartar algún perro durante la procesión. Mientras el Pan sale de la iglesia en su custodia, recuerdo cuando entraba en el horno en la paleta de madera; las manos que consagraron no se diferencian de las que amasaron... Todo está conectado, todo es presencia de Dios pobre, en chanclas y sonriente.

Varias mujeres de la familia Vargas López, de Omia, que me invitó el día de hacer las tortillas

jueves, 8 de octubre de 2015

PIEDRAS EN LA CATEDRAL


Al pasar Nueva Esperanza hay un puente en un lugar llamado Chalua, y junto a la pista una gran piedra blanca y redondeada.
- ¿A qué se parece? - me pregunta Ángel.
- ...
- A dos bueyes con su yunta, ¿verdad? Pues esta piedra sería perfecta para el altar de la nueva iglesia de Omia.

Meses después, siguiente capítulo de la historia. Voy a ver a don Oriol Zumaeta, que es de Omia y gerente de la municipalidad de Mendoza, para ver si nos apoya en el traslado de la piedra, y oyes, dicho y hecho: con gran generosidad y eficacia hace sus coordinaciones con ayuda de Nancy, y en un par de días una retroexcavadora jala la piedra, la pasa a un volquete, que la lleva a la iglesia y la bota en el presbiterio dando un vuelco, cayendo de pie pero rompiendo varios ladrillos de la pared del fondo.

Colocar la piedra en su lugar no fue tan sencillo y llevó casi dos días. Hubo que abrir un cráter en el piso para hundir la piedra de manera que quedara a la altura adecuada. Como no se encontró un retromartillo, tuvieron que romper el cemento a lo bestia, con mazo y mucha moral. Una vez hecho el agujero, resultó arduo ubicar el pedrusco con la uña de la retro, con cadenas, con imaginación y una miaja de suerte. ¡Ahí nomá! - grité cuando me pareció que estaba en el sitio.

Y es que han sido un montón de viajes a Omia, y la semana pasada casi cada día, por la mañana (la moto ya se sabe el camino), para coincidir con el tallador y no perder detalle. Porque la roca, ya en su sitio, había que cortarla y esculpirla, para que fuese un altar y al mismo tiempo no perdiese su aspecto original de piedra con forma de bueyes uncidos. Manuel ha trabajado magníficamente, y aún me asombra cómo ha podido lograr un resultado tan espléndido; le ha ayudado el corte de la amoladora, pero es increíble la habilidad, la fuerza y la paciencia de este hombre para labrar algo tan durísimo.

Que peazo de ambón, madre
Todavía el domingo, a dos días de la bendición, me avisan de que el alcalde, que se llama César, ha llevado otra piedra para que sea el ambón y la quiere colocar. Vuelta a Omia entre misa y misa para asegurarme de que la ponen en su punto... Mucho esfuerzo pero todo ha salido bien: hoy, durante la ceremonia, me sentí muy satisfecho porque me lo he currado. Se tiene uno que reconvertir en improvisado picapedrero o albañil, pero es muy bonito aportar algo de ti para que un pueblo tan simpático como Omia tenga una "catedral" (así la han llamado varias veces desde el micro en los discursos...) preciosa con un altar del todo original.

Y duradero. Yo me marcharé y espero que los de Omia se acuerden de este padrecito cuando hablen de cómo llegó la piedra. Aunque creo que casi nunca funciona así: ni tejados ni suelos ni más bien nos recuerdan porque quisimos a la gente y fuimos buenos, cercanos y serviciales. Y eso es más hermoso aún. Sobre este imponente altar hemos celebrado la Eucaristía y luego en la procesión los danzantes han derramado la fragancia de tradición de este pueblo humilde y encantador, que cada día me enamora más.

Ángel, ya tienes tu piedrita... estarás contento, ¿no? Un gran abrazo.



sábado, 3 de octubre de 2015

LA AMISTAD PROTEGE


Somos raros. Lo hemos comentado muchas veces. Pero eso no nos hizo encontramos, ni siquiera conocernos. Yo sabía que te habían trasladado a mi pueblo, y tú, por tu cargo, tenías noticia de mi existencia y mis avatares. Nomás. Hasta que yo necesité ayuda en un momento crucial. Nos saludamos por la calle Santa Eulalia y ahí empezó todo, acaso tú no te acuerdas, pero yo nunca lo olvidaré.

Raros por habernos criado en otras familias, raros por nuestros planteamientos, filosofías o modos de vivir, no sé. El caso es que, cuando me cayó la hora más decepcionante y pesarosa, apareciste con toda tu generosidad para comprenderme, aconsejarme bien y ayudarme a encontrar ventanas abiertas. Junto con Antonio Becerra, los dos con el conocimiento realista de las cosas puesto a mi servicio.

Todo salió bien, pero tú entendiste que a mí me hacía falta algo más que una resolución práctica de la situación, se trataba de un atolladero personal más agudo, un hundimiento de la confianza en mí mismo, no desorientación, pero sí la autoestima derrocada. El vino que el samaritano aplica a las heridas del caído fue lo que tú me invitaste a compartir como remedio al lamento en muchas noches de conversación, de confidencias, de reconocernos el uno en el otro como amigos.

Sí Paco, así me ayudaste: siendo amigos. Dándome la seguridad que yo tenía extraviada, haciéndome sentir que cuando el cariño aflora los reproches se esfuman y con naturalidad se hallan los puertos comunes. Raros por la prevención o el recelo ante lo desconocido; raros también por las ciegas agresiones de la envidia.

Porque trataron de hacerme daño, ya recuerdas. Pero yo sé que tú me protegiste, primero estando ahí aquel mi primer día en el pueblo del jamón, y luego defendiéndome de las mentiras y los chismes cuando yo no tenía argumento ni capacidad. La maldad no lesiona si el cariño se pone en pie y empuña la honestidad. Lo dice esta frase que vi en el muro de Sonia: "La amistad protege y el amor cura. El odio contagia y hiere. La indiferencia mata" (Lois Pereiro).

Luego llegaron mis Valles, y esa fue la terapia definitiva. Tú seguiste ahí, compartiendo esta vez las horas vivas, como dice Gibrán, riendo con mi alegría, disfrutando de mi pequeña felicidad. En algún momento me tuviste que amparar de nuevo, porque a los raros no nos faltan enemigos, pero sabes que ya era más fácil, yo iba disponiendo de cierto crédito.

Y al final, el crucifijo, que es el símbolo del sueño cumplido y de la victoria. Tú me lo trajiste de Roma, es como el de Francisco, y él lo lleva mientras charla contigo en la celebración de tus bodas de plata de sacerdote. El Papa también es raro, y cuántas veces ha iluminado nuestras conversaciones, ¿verdad? Es una inspiración para ti y para mí.

La foto recoge un momento mágico que tú te mereces por los cuatro costados, Paco. Hoy, en esta víspera de tu santo y el del Papa, el instante se repite con otra melodía en Mérida, entre los tuyos, tu familia, tu comunidad. Yo andaré por Huambo, por Omia... en las faenas del sábado mendocino, pero estaré unido a ti y muy bien representado por Luis y Elena. Enhorabuena por 25 años de entrega al Señor y a los demás. Gracias por todo lo que has hecho por mí. En mi paladar está el buen tinto de nuestra tierra, y sé que quedan muchos momentos por saborear juntos. ¡Felicidades amigo!

martes, 29 de septiembre de 2015

UN AÑO EN PERÚ (POR FIN ME HE COMIDO LA CABEZA DEL CUY)


Amanece en Huambo. La claridad va atravesando dulcemente la ventana, despasito. El silencio se ve apenas moteado por los ecos lejanos de la banda, que llama al pueblo a despertar a la fiesta: hoy es el día de San Miguel. Hoy hace un año que llegue al Perú.

Mi desperezo es una plegaria de agradecimiento y asombro, mientras este tiempo pasea ante mi recuerdo y acaricio su impacto en mi vida. Ha sido muy intenso, repleto de rostros, lugares, experiencias nuevas, surcado de sorpresas. Muy hermoso y muy difícil. Ha habido risas y carcajadas, pero también momentos muy crudos, llenos de lágrimas.

Todito entretejido en tu bondad. La expectativa, el dolor, la extrañeza, el cariño, el trabajo, la dureza, la alegría, el desarraigo, la soledad, el amor. Todo lo acojo, todo viene de ti, todo me ha hecho aprender. Todo es gesto tuyo, destello de tu querer, sonrisa tuya, don tuyo. Tú “me has hecho capaz” (1 Tim 1, 12), me has acompañado en cada instante y me has ayudado a superar miedos, aguantar la fatiga, caer y levantarme, soportar la lejanía.

Servir, participar, escuchar, respetar, ofrecer mis panes y mis peces, esperar, amar y ser amado, caminar. Dejarme llevar… así ha sido. Tratando de adaptarme al río como he podido, a su velocidad, a su carácter, a su sabor.

El encuentro con la gente ha sido bendición desde el primer minuto. Su distintivo es la acogida sencilla, y su idioma es la palabra gracias. Me emociona ese candor, me abruma esa devoción, me calman las miradas limpias, me inclino ante las manos campesinas, fuertes y sinceras.

Veo que he ido afrontando retos que la vida y la misión me han ido planteando: vivir en equipo, hacerme entender, las caminatas extenuantes, hablar un poco de guayacho (“on dstás?”), aprender a comer arroz, los puentes y las oroyas, conducir por el barro y volver a hacerlo después de un accidente, quemar cumbias en la retreta, manejar moto, ir al Paujil… hasta el último: comer la cabeza del cuy, que por cierto está muy rica. Jaja.

Me siento feliz. Satisfecho, tranquilo y agradecido. Eso lo inunda todo. Nunca me has dejado solo, no he dado un paso sin que tu gracia me habitara, me protegiera, me moviera, me abrazara. Así ha sido.

Suena una marinera en la calle. Más tarde, en este día, habrá Eucaristía, procesión, almuerzo, keke de celebración en la parroquia, cena especial… y mi corazón seguirá teniendo ganas de bailar. Gracias por haberme traído a mi Perú lleno de música, de sufrimiento y pequeñez, de pies descalzos, de cerros con nubes, de ríos que te llevan, de pobreza y manos estrechadas, de barro, de sol brillante, de cuy con papas, de altura, de canto de aves, de ahorita, cafesito y acasito. Feliz cumpleaños.

jueves, 24 de septiembre de 2015

EL RETO DEL PAUJIL


Esta serpiente fue la única compañía que encontramos en toda la caminata al Paujil, el lugar más alejado que visitamos en nuestra parroquia, más de ocho horas a pie, un desafío a los límites del cuerpo, una prueba para la inteligencia, un contraste a la paciencia... y un palizón.

Salimos de Primavera, de casa de Eugenio, mi compañero en este episodio, sobre las 8:30 de la mañana. El camino va ascendiendo implacablemente entre espectaculares bosques hasta la punta, donde se alcanzan los 1900 metros de altitud. Esta vez, tras la experiencia del viernes santo, procuro parar a comer y beber casi cada hora, y nos vamos jincando unas barritas energéticas que aún guardo del viaje a España (¡gracias, mamá!). No hay ni una sola casa desde Primavera al Paujil, no vemos absolutamente a nadie, y hablamos de todo un poco: teología, abusos en la apropiación de tierras, trazado de la carretera, los obispos, el medio ambiente... La cosa va de momento bien.

Bajando se alcanza el tambo, que es una cabaña de madera a medio camino para poder descansar resguardados, almorzar e incluso pasar la noche. El sol está alto pero al ambiente en la altura es agradable, atacamos los fiambres que Armandina nos ha preparado (arroz, plátano, pollo, yuca) y dormimos una siestecita rodeados de mariposas, algunas hermosísimas. Todo es acá virgen y salvaje, no hay un gramo de humo de carro, el aire es delicioso.

Pero en el descenso al valle me ataca la fatiga, la tremenda pendiente (se baja hasta los 1000 metros) carga mis rodillas; de modo que, con 28 kilómetros a cuestas, llego pidiendo la hora. Pero llego, que es lo importante. "¿Qué tal, padre? ¿Cómo ha encontrado el camino al Paujil? ¿Para no volver más, quizá?" - me dice Juan, el agente de pastoral, y no estoy seguro de que hable en broma. Pero cómo no regresar, con lo bien que nos han acogido ofreciéndonos chicha de hongos y un plato de arroz con picuro (https://es.wikipedia.org/wiki/Cuniculus_paca) riquísimo que me he ventilado en un suspiro. Y con lo bien que lo hemos pasado por la noche en la misa con bautizos... ¡por supuesto que volveré al Paujil!

En varios momentos del día siguiente me retracté de esas palabras. Esta vez salimos antes de las 7, y enseguida comenzó a diluviar: un lluvión torrencial que prácticamente no nos abandonará durante casi toda la jornada. Durísima es la ascensión de vuelta, una rampa terrible de más de 14 kilómetros que te jala tus fuerzas sin piedad. Chorreando agua y sudor, calado hasta los huesos, con las botas inundadas, luchando por no perder el aliento, necesito recordar por qué estoy acá, qué hago acá. Lo paso mal, me agreden las dudas, pero nunca me vence la sensación de no poder dar un paso más, trato de gestionar el agotamiento con pausas, alguna fruta y un sorbo de agua. Además de los músculos, el sentido común y la calma son verificados.

En la última parte, ya más suave y sin lluvia, me pareció que ya estaba hecho. Pero quedaban las quebradas, cargadísimas. Y atravesando una de ellas por las piedras, ¡plof!, nos caímos al río los dos al mismo tiempo (que ya hay que ser torpes). No pasó nada, apenas algún golpe, y el susto que se trasmuta en risa, y la risa en carcajada al arribar a casa de Eugenio y sentir que lo he logrado: más de nueve horas caminando empapado, 56 tremendos kilómetros en dos días, las piernas en gestación de agujetas, ampollas, heridas por el roce del jebe de las botas, y mi fe más consistente.

Sé que no es una gran hazaña misionera y que más bien parece una crónica de trekking, pero había que contarlo. Han ido cayendo muchos retos en estos meses, y éste era uno de los punteros. Prueba conseguida.

Eugenio y yo en el mirador en medio de la niebla. Una imagen para la posteridad

sábado, 19 de septiembre de 2015

EL OFICIO DE ABRAZAR


Y de besar, y de cosquillar, y de sonreír, bromear, tocar y cariñar en todas las versiones. No te dedicas a otra cosa en cuanto pones el pie en la Aldea Infantil, como si pudieras apaciguar el escozor de los abrazos no dados o suturar la nostalgia de los besos perdidos.

O calmar los gritos silenciosos de estos niños abandonados, maltratados, abusados, heridos hasta el punto que la administración retiró la tutela a sus papás para proteger sus derechos y devolverles al menos una porción de niñez. Pero infancia siempre precaria e incompleta, saqueada por la melancolía de la ausencia del amor que no fue y que tanto se necesitó.

No es suficiente ir, entrar a los cuatro hogares, saludar, bromear, jugar al voley, hacer coreografías, almorzar juntos, marcar (coger en brazos) a los más pequeños... Se te tiran encima, te aplastan, un montón de brazos te requieren, ojos te buscan y risas reclaman tu atención, pero no es suficiente. Nada puede sustituir el cariño íntimo de mamá, forjador de nuestro corazón cuando somos bebés. Por eso siempre sobrevuela la Aldea una especie de muda evocación que lo viene a teñir todo de tristeza.

M. tiene dieciséis años y un trauma que la tiene abotargada. Cuenta que cuando era chica unos hombres viejos le hicieron "muchas cosas malas" (...), la drogaron, la utilizaron para sabe Dios qué. A duras penas sujeta su desbarajuste afectivo, y cuando te descuidas se pone a oler pegamento y comer la cal de las paredes, como si así pudiera sacudirse el asco y la desgracia. No sabe por qué lo hace, pero no puede evitarlo, llora, "yo quiero ser buena"... La Aldea, que acoge a 40 niños de toda la región Amazonas, no cuenta con personal cualificado para ayudar a M., así que hoy la han trasladado a Cajamarca. Nos hemos despedido dentro de una nube de desconcierto y desconsuelo. Pobre M., ¿dónde está su tierra firme?

Las cuidadoras de los niños, las "tías", hacen lo que pueden, y yo intuyo que cada día son incapaces de encajar tantas historias, tanto sufrimiento pegado a la piel de estos niños: los cinco hermanos de Achamal, Doris y su tartamudeo, J. al que no soportan los maestros y que ha vivido recibiendo palos, Adly, Sherlyta, Evelyn, Albeiro, Diana, Shiara, Joaquín, Claribel, Jesús, Loli... todos hasta el bebito Percy. La directora de la Aldea es Llina, que maneja su capacidad de dar amor combinada con resortes para educar a niños con laceraciones interiores muy profundas, muchas todavía dolorosas, todas dejarán cicatrices en su sensibilidad y su raíz.

A veces no existen los papás, pero a veces sí, y pueden ir a ver a sus hijos los domingos. La cruda realidad es que apenas llegan a cinco las visitas, y cuando sale el tema las caras de decepción te parten el alma. Los niños ya fueron botados y en muchos casos el desamparo continúa. Luego están los "padrinos", son (somos) personas que tratamos de hacernos cargo de algún niño, ayudar a su sostenimiento, aconsejarle, visitarle, sacarle de paseo... Unas veces coincide con los padrinos de Bautismo, otras no, y otras es cosa de un día y un regalo (...). Triste de nuevo. Los niños tienen cubiertas sus necesidades materiales, pero están sedientos de amor verdadero.

Suelo ir a la Aldea "por nada", para ver a los niños nomás. Llego creyendo que voy a ejercer el "oficio de consolar" (Ejercicios 224) abrazando a troche y moche, pero lo que ocurre es que ellos me curan los cansancios, me sacan mi mejor sonrisa y hacen rebosar mi propia necesidad de ser querido rescatando de la indigencia a mi corazón. ¿Quién conforta a quién? ¿Cuáles son las manos que acarician y cuáles son estrechadas? ¿Quién de entre todos los niños, incluido yo, siente más intensamente el respiro de la felicidad? Todo el mundo me llama "padre", pero acaso solo en la Aldea lo escucho vibrando mis oídos de sentido y alegría. Soy un "padre sin hijos", pero palpo que esto es lo más parecido.

Anteayer llegaron los últimos niños: Juan Manuel, Nicolás y... Esperanza. Su historia, para otro día. Ahorita antes de terminar esto, me acuerdo del evangelio de mañana: Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: "El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí" (Mc 9, 36-37).

El Bollo de leche tocando los botones del reloj, que es lo que le chifla