viernes, 25 de febrero de 2022

DEDICID@ AL 100% (Mc 9, 43-49) (Jueves VII Semana TO C)


Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al abismo, al fuego que no se apaga.
Y si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al abismo.
Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al abismo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.
Todos serán salados a fuego.
Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la sazonaréis? Repartíos la sal y vivid en paz unos con otros.

Que la rotundidad de estas expresiones no te frene ni te asuste.

Aquello que te impide seguir a Jesús, no lo justifiques ni lo aplaces, sino afróntalo con decisión.
Lo que supone para ti un obstáculo para crecer, identifícalo y extírpalo.
No hagas componendas con la mediocridad ni pactes con el mal.

Sin demasiados cálculos, “sin diseños ni intentos”*, con la claridad de la coherencia.

Arranca de raíz todo lo que en tu vida es tropiezo y doblez.
Acepta las consecuencias y las renuncias de tu decisión por Jesús, que no tiene vuelta atrás.
No seas tibi@ ni sos@.

*San Ignacio de Loyola

domingo, 20 de febrero de 2022

CAMBIOS

 
Me toca traslado. De nuevo maleta, cajas, embalaje, despedidas. Pero esta vez no es una parroquia por otra, esta vez es algo nuevo, diferente a todo lo que hasta ahora he vivido. Y la verdad, no sé cómo me irá. Cuando escribo esto llevo una semana en mi flamante destino y batallo por acostumbrarme.
 
He dejado Indiana y me he venido a Punchana, la sede administrativa y logística del Vicariato, en Iquitos capital. Creí que podría compaginar los dos trabajos: párroco y vicario general; pero después de dos años (sobre todo el segundo) por encima de mis posibilidades, corriendo de un lado a otro con la lengua fuera, mi cuerpo me ha dicho que no podía ser. He acabado deshilachado, agotado física y mentalmente y con la sensación de no conseguir hacer nada bien ni dejar a nadie conforme… “El camino es superior a tus fuerzas” (1 Re 19, 7).
 
Tenía que elegir con realismo entre una cosa o la otra. Y no ha sido una decisión fácil: me duele mucho dejar la parroquia. Prácticamente toda mi vida sacerdotal, desde hace más de dieciocho años, he formado parte de una comunidad cristiana a la que servir. Yo soy un pastor, cura de pueblo, me encanta estar en medio de la gente, eso me da vida, me hace gustar el sentido de todo y me concede el don de sentirme feliz.
 
¿Cómo voy a hacer ahora, en este sitio un tanto desangelado, a menudo vacío y solitario en medio de la gran ciudad? Sí, ya sé que escribí aquí mismo que me gusta Punchana, siempre me ha agradado venir… pero vivir acá es harina de otro costal. De hecho, el primer y único fin de semana desde que he llegado me faltó tiempo para irme a Tamshiyacu y a un caserío (Santa Ana se llama, en el Tahuayo) a sustituir al p. Yvan. No concibo un domingo sin la Eucaristía junto a la comunidad, qué triste…
 
Pero este paso era necesario. Lo discerní bien, con sinceridad y libertad, dedicándole varios días y consultando con prudencia a algunas personas. Creo que, considerados todos los elementos y vista en conjunto la situación del Vicariato (personas, momento, problemática…), a pesar de que somos pocos presbíteros, y aunque no sea lo que más me apetezca, esto es lo que Dios me pide: que me entregue a tiempo completo a la tarea de vicario general.
 
Hay una parte de este encargo que tiene que ver con la coordinación de toda la pastoral, con empujar el proceso del plan pastoral, dotar a la misión de un sentido global –sinodal-, caminar hacia una iglesia nueva, con corazón y alma amazónicos… Y el camino es la animación, acompañar a los misioneros y a la gente, visitar los puestos de misión. Esa es la clave: ir, llegar, compartir; el motivo y el remedio. Pierdo la parroquia para eso, para quedar disponible y poder navegar por todito el territorio.
 
Otro rubro es la chamba administrativa: informes, proyectos, trabajo de oficina. Me lo tengo que zampar como peaje desabrido pero imprescindible. Sé muy bien que si meto la cabeza en la computadora y me atornillo al despacho no voy a aguantar. Más bien me anima y me ilusiona tener tiempo y libertad para recorrer ríos y quebradas, voy a realizar mi “vocación al Vicariato”, sobre la que también escribí: “Amo el Vicariato, esta tierra, estas gentes, estos compañeros de camino, nuestro pasado hecho de entrega heroica, las heridas y el “hoy de Dios”. Creo en el futuro y me veo en él poniendo alma y vida”. Para que otra vez me quede calladito, más guapo.
 
Pero cuidado, que yo soy misionero y si dejo de serlo, patino. Se trata de ofrecer el servicio de vicario general  (un “bien mayor”), sí, pero realizarlo “misioneramente”, viviendo una especie de “itinerancia institucional” o “institucionalidad itinerante”. Desarrollar este acompañamiento vicarial me satisfará “siempre que sea desde lo que eres y que lo disfrutes, si no, no merece la pena para ti, ni para la Iglesia”, así dice un gran amigo que me conoce bien. Y cuando termine este tiempo (que ha de ser limitado, por supuesto) de dedicación exclusiva al Vicariato, me vuelvo a la misión directa a pie de río y santas pascuas.
 
Toca remar más adentro. Más accesible, más desinstalado, más misionero. “Si pudiera ser párroco de todos los puestos de misión del Vicariato a la vez, no lo habría más feliz”, dije... Pues llegó el momento.

PS – Cambios también en mi blog: esta preciosa cabecera cuya autora es la artista digital Ana Mª de la Fuente Bellido y el diseño como siempre a cargo de mi gran amigo Antonio Amores Valverde. Gracias a los dos por la delicadeza. 

sábado, 12 de febrero de 2022

CACHUELO SALVADOR


Me apetecía surcar de Pevas a Iquitos en el deslizador “Mons. Laberge”, esa especie de fórmula 1 del río, con su enorme motor de 85 HP. Así que, cuando se planteó el viaje fugaz de los misioneros de Guadalupe, alguien tenía que acompañarlos y me apunté. El plan era bajar en ferry el viernes, llegar de madrugada, trabajar esa mañana y regresar a la una del día para estar en casa sobre las 6 de la noche. No me acabo de enterar de que en la selva es mejor no hacerse programaciones muy ajustadas...

Todo salió bien en el viaje de ida y durante las pocas horas que estuvimos en Pevas. De hecho descendíamos alegres las gradas que llevan a la balsa de los botes de la misión cargados con las bolsas de comida que las hermanas EMJ nos habían preparado. Y hasta comenzamos la travesía tomando unas cervezas fresquitas ya a bordo. El clima favorable, las oladas discretas, la visibilidad excelente, las palizadas normales. Todo iba de perlas.

Hasta que todo se fregó. Solo dos horas después del zarpe, cuando ya habíamos rebasado Yanashi, la embarcación dio una sacudida y el motor se paró. “Acá nos quedamos”, dije yo, es mi broma de siempre cuando hay que reponer gasolina o bombear. Don Félix, el motorista, pasó a popa a mirar y sentenció: “se ha caído la cola”, y al toque se me cayeron también a mí las ganas de guasa porque comprendí que estábamos en problemas y serios.

La cola del fuera de borda, que va sumergida y en cuyo extremo está la hélice, se había desprendido del cuerpo del motor y perdido en el río. No había manera de reparar eso, y peor en mitad del Amazonas. Con todo, tuvimos suerte, porque nos encontrábamos botados cerca de un lugar llamado Colonia, y al ratito de estar a la deriva vimos un peque peque con una pareja de viejitos, les hicimos señas y vinieron a auxiliarnos. Les pedimos si nos podían “hacer un cachuelo”, es decir remolcarnos hasta la comunidad para pedir ayuda. Dicho y hecho.

Por supuesto, durante todo este rato estábamos desconectados por teléfono porque en la inmensidad de la Amazonía no hay señal, solo cerca de núcleos de población medio grandes. Dando las gracias a los amables ancianos, saltamos a tierra a ver qué lográbamos. Ubicamos al teniente gobernador y conversamos con él: ¿sería posible que nos prestaran un 40? “No hay un motor así en toda la comunidad” – nos dijo. Pero sí podrían cachuelearnos de nuevo hasta Orán, a una hora río arriba, donde se capta señal, tenemos conocidos y habría más posibilidades de solución. Y si nos agarra la noche (eran ya más de las cuatro), allí podemos quedarnos.

Menos mal nuestra gente bella de la selva, siempre con la sonrisa puesta, siempre generosos. Con las correspondientes cuerdas se volvió a amarrar el deslizador al peque y pasé una hora de navegación sentado en su proa rastreando la cobertura telefónica para tratar de comunicarme con Orán lo antes posible. Los guadalupanos tenían su vuelo desde Iquitos al día siguiente y no era cosa de perder un segundo. Al fin, tras muchos intentos, el cacharro timbró y Ramón, el seminarista de Orán que está de vacaciones en su pueblo, descolgó.

Durante todo el tramo de quedaba hasta allí, Ramón buscó sin éxito un 40. Cuando me dijo que era imposible, llamé a Yanashi para pedirles que nos trajeran el suyo, poder acomodarlo en el “Mons. Laberge” y continuar viaje aunque fuera más despacio. El párroco Claudio hizo las coordinaciones y se puso en marcha esta idea. Una vez en Orán, tocó esperar un buen rato hasta que los de Yanashi llegaron con el motor de reemplazo; los papás de Ramón nos brindaron sus hamacas y una taza de avena con pan. La noche había caído hacía tiempo, pero al menos, si no podíamos seguir, disponíamos de un lugar seguro donde pernoctar.

Las operaciones de colocación del motor prestado en nuestro bote se me antojaron más sencillas y rápidas que lo que me había imaginado, pero aun así pasaban las 8 de la noche cuando conseguimos zarpar. Comenzaba el episodio más arriesgado de nuestra aventura: surcar hasta Indiana atravesando la boca del Napo, un paraje bien peligroso, y especialmente en esta época de vaciante porque el río hace aparecer playas a su antojo. Ramón iba parado en la proa con un potente foco para guiar a Félix, yo sentado a su costado y los padrecitos dentro, con todo y motor siniestrado: en total siete personas y un peso tremendo.

La nave avanzaba muy despacito, con mucha cautela. Le iba preguntando de tanto en tanto a Ramón si tenía sueño, y me decía “estoy bien”. Inquieto, yo volteaba la cabeza para mirar a los costados y apreciaba una interminable orilla sombría a lo lejos, por todas partes, como si nos rodease la tierra en una laguna gigante. “¿Cómo acertará este muchacho a orientarse acá?” - me preguntaba. Pero sí, iba dando indicaciones: “A la derecha… cuidado… un poco más despacio…”. Hubo un momento en que la hélice topó con el fondo, todo se conmocionó y temí que nos quedáramos atorados y varados en medio de esa nada. Hubiera sido aterrador, el resto de la noche nos hubieran acabado los zancudos y Dios sabe qué hubiera ocurrido.

El trecho más complicado llevó un par de horas. Una vez que Ramón condujo la embarcación a la orilla derecha y yo comencé a reconocer lugares más próximos a Indiana (Capironal, Yanamono…), supe que ya estábamos de nuevo en el Amazonas, que lo peor había pasado y me sentí a salvo. Aun así no arribamos a casa hasta las cuatro de la madrugada, ocho interminables horas de recorrido. Ya ni me acosté recordando Santa Clotilde, la oscuridad y la soledad del Napo, la naturaleza con su fuerza nos zocotrea, en cuántos momentos me veo medio perdido… Pero Diosito siempre está ahí para regalarnos oportunos cachuelos

sábado, 5 de febrero de 2022

LA IRA SILENCIOSA DEL RÍO GOLPEA SANTA CLOTILDE

 
Ocurrió hace tres semanas, el 10 o el 11 de enero. La violencia del río, persistente e incansable, mostró su lado más cruel derrumbando las orillas y sembrando el pánico en la población. Es lo que se llama “desbarranque”, un fenómeno tan amazónico como inevitable que nos hace sentir como muñecos clicks de Playmobil en manos de la naturaleza, ante cuya fuerza nada podemos.

No es un golpe súbito y devastador como la ola de un tsunami, no. El río trabaja despacio, sin cansarse nunca, habitado por todo tipo de criaturas y fieras, trufado de espíritus malos y dominado por la Boa… Va horadando, penetrando la tierra de la ribera, desgastándola sin piedad en alianza con el viento y las corrientes subterráneas de agua.

Es una furia lenta y a la vez implacable, que me recuerda al descenso de la colada de lava en la isla de La Palma. Una destrucción en super slow motion que, curiosamente, siempre sobresalta y sorprende, a pesar de que la amenaza del río está ahí, inamovible como el volcán. Aquella mañana los vecinos se levantaron pisando grietas en paredes y pistas; el nuevo mercado, a punto de ser terminado, apareció resquebrajado por doquier. Un tercio de las casas del pueblo fueron afectadas; entre ellas la de los misioneros.

El día 24 llegué para acompañar, ver, sentir. Los franciscanos me cuentan cómo primero  la escalera de entrada a la casa se separó del tabique porque el terreno cedía. Más tarde, fue la pared la que se vencía hacia la escalera a medida que se iba desfondando toda la base de la construcción. Un día cabían dos dedos por las grietas de las paredes, al día siguiente una mano, y así se podía seguir el ritmo y la magnitud del destrozo.

Un paseo con la hermana Eliana para observar y apreciar. La pista cuarteada y completamente rota en muchos lugares. El salón parroquial-iglesia (en plena reforma y mejora), moteado de rajas y fisuras. Viviendas literalmente partidas en dos, como la de la imagen; franjas enteras de calle totalmente hundidas; inmensos socavones… Mucha gente ha tenido que abandonar sus casas y buscar asilo con familiares ubicados en la loma, más arriba y a salvo de las agresiones del Napo. Una señora miraba cómo varios trabajadores municipales desarmaban lo que quedaba de su vivienda: “Nos han dado terrenos y nos apoyan para rescatar las calaminas buenas, pero ¿cómo voy a levantar mi casita nueva? Mis hermanos están fuera, somos puras mujeres”.

Sor Eliana

La misión ha corrido la misma suerte del pueblo. Aunque las casas de las religiosas se han salvado, y también el colegio y el hospital, los franciscanos se vieron de un día para otro acogidos por las hermanas, y la Eucaristía del domingo se celebra en el internado porque todos los inmuebles siniestrados han sido precintados, templo incluido.

Casa misionera
Conocemos que han llegado varios organismos regionales y gubernamentales para estudiar el alcance real del accidente y el estado de los suelos. Fuimos a la municipalidad a informarnos, pero hay mucha confusión, no se sabe si se podrá volver a levantar edificios junto al río y si necesariamente habrá que tumbar los restos que quedan en pie. De momento la casa misionera está siendo desarmada.

Detecto en la gente una mezcla de fatalismo, susto e inquietud, una especie de conmoción cristalizada desde generaciones a la misma velocidad que la acción del río. Como si esa furia fría hubiera ido carcomiendo las almas a la vez que las arcillas. “Qué se puede hacer”, “así son las cosas”… Es una demolición siempre en proceso, inexorable, no hay contestación ni previsión posible. Qué rabia y qué impotencia.

Los misioneros no damos paso atrás, no huimos, afrontamos la situación y compartimos el destino de nuestra gente. Vamos a luchar para que el Napo no resquebraje sus esperanzas, todo el Vicariato alentando e inspirando valentía y compromiso. Especialmente cuando el piso se hunde y hay sufrimiento por la incertidumbre y la desgracia, nos quedamos con ellos.

El nuevo mercado