sábado, 30 de julio de 2022

INTERNADOS DE HAMBRE

 
Cuando vi salir al chibolo a patear el penal decisivo, lo presentí: “Ya fuimos” – dije, mientras el arquero australiano hacía molinos con sus brazos. Mirábamos el repechaje al mundial en el internado de Estrecho, con los diez o doce chicos y chicas residentes, entre risas adolescentes y comiendo canchita. “No quiero verlo” - dijo Yanitza, y se fue.

¿Por qué tan pocos muchachos en un internado que normalmente recibe a más de 80 estudiantes de secundaria? Porque este año el gobierno no ha dado el presupuesto habitual para alimentación, sino que ha decidido que los alumnos coman con lo que llega por Qali Warma. Algunas someras explicaciones bastarán para entender la dimensión de esta barbaridad e injusticia.

En todo el Perú los internados están ubicados en ciudades o cabeceras de distrito, y reciben chicos y chicas de entre 11 y 17 años de zonas rurales pobres y alejadas, a quienes así se les posibilita estudiar la secundaria. El Estado proporciona hospedaje, manutención, reforzamiento escolar y asistencia, garantizando así el derecho a la educación de los jóvenes con menos oportunidades. Hay una partida para alimentos, otra para sueldos de los profesores y cuidadores, para mantenimiento de los edificios, etc.

En 2020 y 2021 los internados estuvieron cerrados por pandemia; la enseñanza fue virtual casi todo ese tiempo. Los alumnos de ríos y quebradas remotos, en comunidades donde no hay conectividad, sencillamente no pudieron estudiar; no tenían whatsapp, ni radio, ni tele… Dos años escolares perdidos para los muchachos más pobres. Justo el año siguiente, este 2022, el gobierno, en lugar de apostar fuerte por ayudar a estos rezagados a igualarse en nivel académico… quita a los internados la dotación para comida. Así de fuerte.

Pero no hay problema, porque se alimentan con Qali Warma. Según su web institucional, El Programa Nacional de Alimentación Escolar Qali Warma “garantiza la alimentación de los estudiantes de colegios públicos del país durante el año escolar, de acuerdo con sus características y las zonas donde viven. Contribuimos a mejorar la atención de los estudiantes durante las horas de clases, el aprendizaje, la asistencia escolar y los hábitos alimenticios, así como a promover la participación y la corresponsabilidad de la comunidad local”.

Bellas teorías, pero vamos a la realidad. Ahora estamos en el internado de Islandia, río Yavarí, sacando fotos de los víveres de los que disponen gracias a Qali Warma: arroz, alverjas, conservas de atún y de pavo, fideos, avena, algún frejol… Lo mismo que una familia lleva a la casa por su hijo colegial, lo recibe el internado por cada uno de sus alumnos. Es decir, nada de productos frescos: nada de huevos, pollo, verduras, carne de res, pescado, fruta… Se tienen que apañar solo con alimentos envasados y secos.

La señora Juanita, la cocinera, me cuenta que se ven obligadas a tratar de vender algunas cosas para comprar al menos tomate o papas; o cambiar en las bodegas paquetes de lentejas o galletas por ají dulce, culantro… o sal. ¡No tienen condimentos, ni siquiera sal para preparar la comida! Las toronjas que se ven en la imagen las ha traído un papá de las comunidades.

En la noche, cuando pregunto a los chicos qué tal les va en el internado, la respuesta es unánime: “Bien, solamente lo más peor la comida”. No se puede comer todos los días lo mismo, aunque el ingenio de las cocineras sea incalculable. Es un insulto pretender que estos muchachones estudien y crezcan sin carne, pescado, fruta o huevos. Tampoco tienen agua, se van a bañar al río… pero ese es otro rubro.

“Visión: Ser un programa eficiente, eficaz y articulado, que fomenta el desarrollo humano a través del servicio alimentario de calidad, en gestión conjunta con la comunidad local”. Vaya chiste en Loreto, donde el dato de anemia y desnutrición infantil rebasa la escalofriante cifra del 50%. Pero no hay miedo, porque cuentan con leche evaporada marca Gloria… supongo que saben que en la Amazonía hay mucha intolerancia a la lactosa, que la leche está ausente de su dieta desde la noche de los tiempos, pero les da igual, con tal que la empresa correspondiente haga el negociazo de vender toneladas de leche al Estado para Qali Warma.

Escribo esto el 28 de julio, día de fiestas patrias. Felicidades Perú, país paradójico donde la desigualdad es una herida abierta por la que te desangras en tus jóvenes. Siento rabia e impotencia, y una tristeza mucho más sólida que cuando aquel marró el penalty. Estamos fuera del mundial, aunque lo peor es que, con estos mimbres, estamos lejos del futuro.

sábado, 23 de julio de 2022

UNA VISITA NO TAN OFICIAL


Estaba muy desentrenado, porque la última vez que me visitaron de mi diócesis era 2016 y yo todavía estaba en Rodríguez de Mendoza, es decir hace seis años. Pero nunca es tarde si la dicha es buena, y al fin llegaron a conocer la selva. Creo que lo han disfrutado.

En la imagen Fede, el delegado diocesano de misiones; Coro, alma mater de la delegación y mujer entusiasmada con el Perú; y con gorro Manolo Vélez, mi compañero misionero en Llacanora, un pueblito cercano a Cajamarca. Estamos en el ponguero rumbo a Gallito, comunidad donde vamos a celebrar la Eucaristía del domingo, justo la mañana del día en que regresan a Lima.

Nos espera en la bodega “Papá Piraña” la señora Nancy, mamá de Merli, ursulina misionera del Vicariato natural de acá. Nos quiere invitar a desayunar y tiene preparado juanes, que nosotros llevamos para más tarde. Gallito es medio grande, así que subimos a un strong que nos transporta rápido para avanzar. Me sorprende agradablemente que la capilla es de concreto, de bonitas proporciones, con sagrario operativo.

Con el aforo casi al completo empezamos; en este puesto de misión no hay sacerdote, pero hoy acá tienen tres curas para ellos solos. Recibimos la acogida y el cariño de nuestra gente preciosa. Inmediatamente los animadores cuentan que el tejado ya necesita una refacción, “quizás tus amigos extranjeros nos podrían apoyar”, y les sugiero que les escriban un oficio. Dos días después ya está el documento en su destino. Esta comunidad está viva, no hay duda.

Pero hubo más aventuras para mis paisanos los días anteriores. Descubrieron algunos animales de la selva en Fundo Pedrito, acasito: la anaconda, la tortuga prehistórica, el pelejo, los lagartos y unos enormes paiches con bocazas que tragaban cuantos pedazos de pan les echábamos. Probaron la gastronomía regional en “El Bufeo Colorado”, y se maravillaron de que el restaurante se mece, porque es una balsa flotante.

Sudaron de lo lindo, un tanto chocados por el calor húmedo amazónico. Montaron en canoa por un brazo del río-mar, y también en deslizador para ir hasta Indiana. Allí conocieron la historia de Monseñor Dámaso Laberge, fundador del Vicariato, rezaron en la catedral, admiraron la gran maloka escenario de las reuniones vicariales, pasearon por el pueblo y degustaron un rico refresco de calambola.

Por supuesto, hubo tiempo para conversar y compartir. Les hice muchas preguntas acerca de la diócesis porque, a pesar de que voy todos los años y leo el semanario Iglesia en camino, pasa el tiempo y me voy desconectando de las cosas de allí. “¿Y dónde está fulanito? ¿Y cómo está beltranito? ¿Y qué pasó con… etc.?”. Escuché, pero también les conté acerca de la misión, el día a día acá, las dificultades por las que atraviesa el Vicariato, cómo estoy viviendo este servicio, las satisfacciones y los sinsabores…

Los misioneros necesitamos que nos visiten. Al recibir el feed back de quienes vienen, sus impresiones y comentarios, podemos objetivarnos, mirarnos desde fuera con ojos culturalmente similares a los nuestros, y así apreciar en su medida cómo vivimos y lo que hacemos. No para envanecernos, sino para ponderar con distancia miserias y aciertos, advertir zonas de penumbra y agradecer las humildes proezas cotidianas.

Lo necesitamos para recordar que somos enviados por la iglesia donde nos criamos, y que seguimos siendo parte de ella. Para sentir que, aunque estemos lejos, somos queridos y significamos algo relevante. Tenemos muchas personas y comunidades detrás, que hacen posible que permanezcamos acá, que gocemos nuestra peripecia misionera y que seamos felices entregándonos lo mejor que podemos.

Gracias Coro, Manolo y Fede por haber pisado esta Amazonía bendita. Gracias por haber traído el abrazo de mi tierra y sus gentes, a quienes debo lo que hoy soy. Gracias por las bromas en extremeño, el pisco sour en la terraza junto al malecón, el cariño y la generosidad. ¡Vuelvan pronto!

viernes, 15 de julio de 2022

LA AMAZONÍA SE DEJA SOÑAR

 
Esta frase me desafió apenas la vi. Estaba decorando el frontal de la maloka de Indiana al llegar al encuentro vicarial de animadores y animadoras; hasta ahora me hace pensar. Esta tierra, aunque explotada y maltratada por décadas, es virgen en muchos aspectos, y en ella es posible soñar y sembrar.

Hemos trabajado fundamentalmente sobre el documento Querida Amazonía dedicando un día a cada uno de los cuatro sueños del Papa. Acá en la selva, cuando alguien te sueña es que algo va a suceder, y los rukus (abuelos, sabios) son capaces de interpretar los sueños para que conozcas y te prepares.

Francisco ha soñado, Dios nos ha soñado, y el sueño de Dios es como su Palabra, crea la realidad con suavidad y eficacia, escribiendo con renglones humanos pero firmes. La Amazonía es el más habitable entorno para el deseo de Diosito, para sus más hondas aspiraciones… para la Iglesia.

Buscamos caminar juntos para alinearnos con su sueño: se llama discernimiento. Y lo hemos hecho estos días con powerpoints, bajo chaparrones de números de QA, entre muchos diálogos de grupo y plenario, produciendo papelotes escritos con la torpe letra de la gente de nuestras chacras, pero preñados de sabiduría, realismo e ilusión.

Los animadores y animadoras resaltan la necesidad de cuidar las raíces (QA 33), de trabajar en la recuperación de las identidades culturales, porque las tradiciones y espiritualidades de nuestros pueblos indígenas son revelaciones del Evangelio. En la noche de fiesta, entre risas y disfraces, se expresó esta inquietud, que dota de contenido a la acción pastoral.

Se contaron muchas experiencias directas de tala ilegal, de dragas, de engaños, de contaminación, de depredación sin escrúpulos. Se habló del manejo sostenible de los recursos (QA 51), de la urgencia de un cambio de hábitos de vida y por supuesto del agua: “nacemos y vivimos en el río, nuestra vida está ligada al agua… pero no tenemos agua para beber”. Una paradoja que es una maldición cotidiana. Estamos obligados a aportar como Iglesia al cuidado y al crecimiento de la Amazonía (QA 60).

Es una entre tantas injusticias que claman al cielo, abusos tan recurrentes que, o bien los hemos naturalizado, o bien están sepultados bajo una losa de silencio por vergüenza o por miedo. Indignarse (QA 15) y alzar la voz: ¿cómo denunciar?, ¿cómo penetrar en esferas de incidencia política? ¿Cómo articular respuestas efectivas ante las violaciones de los derechos humanos (QA 75)? ¿Cómo potenciar la oficina central para que sea como un corazón que recibe, asesora, informa, apoya… pero que también bombea formación en los puestos, acompañamiento, materiales, estrategias…?

Hay un llamado a crecer como comunidades laicales (QA 94) y ministeriales, pasando del paradigma del “animador varón representante del párroco y responsable de todo” al equipo, al consejo de la comunidad, donde se diversifican los servicios y las funciones. De la navaja suiza a la orquesta, del personalismo a la corresponsabilidad. Lo trabajamos a través de dramas que ellos representaron, y en los que, a su manera divertida, evidenciaron la situación no siempre tan ideal de las pequeñas comunidades rurales.

Dar este giro implicará adentrarnos por quebradas desconocidas, tomar riesgos, revolucionar hábitos muy arraigados, transformar procesos formativos y estructuras organizativas… Y necesitamos incluir con determinación en el liderazgo oficial a las mujeres (QA 103), que llevan siglos moviendo todo, pero desde la retaguardia. Pues la Amazonía es femenina, y sin las mujeres la Iglesia no estaría en pie.

No será fácil, pero Dios sueña para que despertemos. La visión de Dios la intuimos al compartirla, la vamos descubriendo y desplegando mano con mano, haciéndonos uno, misioneros y pueblos nativos y ribereños. Es apasionante amanecer a una Iglesia más sinodal, más sencilla, samaritana y valiente. Una Iglesia descalza y con rasgos amazónicos, que sirve con alegría el masato del Buen Vivir -la vida plena (QA 71)- a todos.



sábado, 9 de julio de 2022

TACSHA CURARAY: LA MISIÓN ESTÁ EN PIE

 
Me he quedado dormido en el rápido cuando ya estábamos cerca. Betty, que venía sentada a mi costado, me avisa de que ya he llegado, pero no me ha dado tiempo a pedir al motorista que me deje en Santa María, así que me he bajado en San Luis, bajo la lluvia. He esperado un rato junto a una casa, y cuando ha parado un poco, he comenzado a caminar por la vereda paralela al río, hasta que ¡oh sorpresa!

Veo al fondo a varias personas con paraguas, ¡y resulta que vienen a buscarme a mí! Conozco a don Mauro, que participó en la asamblea vicarial, y las señoras se presentan, y así vamos conversando hasta el salón de Santa María, donde hay veinte personas preparadas para recibirme. Rusbita, la coordinadora de catequesis, me saluda: “vicario, bienvenido”.

Estoy en Tacsha Curaray, en el río Napo, uno de los puestos de misión donde no tenemos misioneros, y lugar que no visito desde la pandemia, en agosto de 2020. En aquel viaje, que relaté acá, no hubo reuniones ni misa, no podía haberlas; sí mucho impacto en mí por el silencio, el deterioro material de casas y capillas, los evidentes estragos del abandono. De hecho, titulé: “Misión en ruinas”.

En cambio, ahora, mientras el almuerzo que compartimos me sabe a gloria, escucho risas, veo caras alegres y detecto buenas vibras por todas partes. Al finalizar comienza la reunión y cada cual se presenta: son los animadores, catequistas y demás responsables de las tres comunidades, porque este puesto son “tres en uno”, tres pueblos conectados por un paseo de apenas veinte minutos. Cambiamos impresiones sobre los objetivos de la visita, hacemos el programa y palante.

El periplo del domingo empieza abajo, en Santa Teresa. La capilla, que estaba pelacha, ya tiene techo gracias a unas ayudas llegadas a través del IMIS mexicano. Pero no la usan todavía porque falta colocar puertas y ventanas, de modo que la Eucaristía es en el salón comunal, cercano. Hay varios papás y padrinos preparando el Bautismo, un par de niños para la Comunión y tres adolescentes que seguirán el proceso de Confirmación en San Luis.

Segunda parada: Santa María. Por fin celebro en esa capilla tan pizpireta, de madera, con sabor a los canadienses de la primera hora. Varios instrumentos musicales adornan la liturgia, y al terminar hay un diálogo con la comunidad. El apu toma la palabra y solicita “que vengan misioneros a quedarse”. En Santa María sienten más ese vacío, si cabe, porque las viejas casas misioneras están acá, junto a la capilla. Una de ellas parece a punto de caerse, en otra dormimos y la tercera necesitaría refacción, pero aún sirve.

Son ya las 11 de la mañana y tomando agüita andamos (siempre me acompaña fray Mahicol, franciscano del equipo de Santa Clotilde, encargado de atender acá) arriba hasta San Luis, la más grande de las tres. El personal está ya esperando y de frente comenzamos la celebración. Aquí existe el consejo de pastoral bien formado y poblado, con diversos servicios: tesorera, catequistas, ambientadora (decoradora) y dos animadores. Es una comunidad con más recursos y potencial, se nota a las claras.

En la tarde hay un último encuentro con ese grupo grande que reúne a los dirigentes de los tres sitios. Vemos los puntos positivos, y ahí les manifiesto que, en la carencia de sacerdotes o religiosos-as, ellos, los laicos locales, se han ido organizando y asumiendo compromisos; la Iglesia está viva y no depende de los misioneros.

Y además lo han logrado viviendo una sinodalidad sencilla y espontánea, que ha fluido con naturalidad de la sabiduría del pueblo menudo: han formado sus consejos de pastoral, a su manera, y han armado una estructura de coordinación de las tres comunidades que ya quisieran otros puestos que sí cuentan con misioneros.

Se lo recalco y les felicito. Pero inmediatamente alguien salta: “Está muy bien… pero por favor, necesitamos que nos envíen misioneros”, y eso me arranca una risa divertida y tierna. Qué linda gente. Con todas las debilidades, la misión en Tacsha no está hundida, continúa saludable gracias a la bondad de la Madre Tierra, que la cuida por medio del ingenio y la mística de sus valerosos hijos. Los escombros se tornan cimientos, y las ausencias, sueños.



sábado, 2 de julio de 2022

COCA, TABACO Y YUCA DULCE

 
Fernando quería que yo conociera a los murui, pero no solo de visita o saludo, sino un poco por dentro, que me asomara a su alma. Para eso, nada mejor que ir a un mambeadero, y allá nos dirigimos, él cargando su morral con todos los implementos y yo con los ojos y el corazón bien abiertos.

El señor Iver tiene su maloka en su casa de Leguízamo, y en ella un lugar para mambear. Allí recibe a amigos, personas que se acercan a compartir la coca, a dialogar, a escuchar. Es un espacio de tranquilidad, de calma, de oración. Nuestro Padre Creador, que los murui llaman Mó, está muy presente. La coca y el tabaco son las plantas que permiten conectar con el mundo espiritual.

Solo estábamos los tres. Iver, con su torso desnudo, tenía dispuestos los elementos ante sí. Nos saludamos y comenzó a hablar. En mitad de su intervención abría el recipiente de la coca y tomaba una cucharada; es un polvo verde, hecho con la hoja sagrada seca y triturada, mezclada con la ceniza de otro vegetal. Seguía platicando con la boca llena y al rato metía su dedo en el tarro de ambil, que es una crema oscura compuesta con tabaco puro y otros ingredientes, y lo chupaba. Continuaba y prendía un cigarro, fumaba. Al rato probaba otro pate con tabaco en agua, o bebía un poco de kawana, hecha con yuca. Y seguía conversando.

No se puede interrumpir al que tiene la palabra; solo asienten con expresiones en murui: “así es”, “de acuerdo”. La coca ayuda a concentrarse, “te da lucidez”, decía Iver. “Para unirse al buen espíritu, y también para estar limpio, para sanarse del mal espíritu, de todo lo que nos hace criticar, lastimar al otro. También para eso hay que dietar; para cortar los hilos con lo malo, con lo inconveniente, con lo ilícito”.

El mambe es un conocimiento. Se mambea para caminar en la luz, para amanecer la palabra. Implica una coherencia de vida, un compromiso en la familia, en el trabajo, siempre. Amor y serenidad. Para que lo que uno dice tenga fuerza y autoridad. Es el nudo por donde pasa toda la espiritualidad de este pueblo: el territorio, la vida, la comunidad, el respeto, la conexión con todo lo viviente a través de las plantas. Amanecer la palabra. Una maravilla.

Continuamos escuchando a Iver con mucha atención. Fernando intercambiaba su coca con él, fumaba, chupaba ambil. Pronunció muchas verdades, de manera sencilla pero contundente, varias se me quedaron grabadas. “No cargar más leña de la que puedes llevar”. Se detuvo en la humildad: “No hay que hablar de ‘yo’, son los demás los que deben decir, ponderar… Hay que decir más bien ‘nosotros’”.

“El ambil es un espejo que te hace ver la realidad. Ya no vives en la imaginación o la fantasía, te miras, te revisas, te puedes corregir”. La humildad es conducirte con conciencia y discernimiento, estar en la verdad. No lo voy a olvidar. “El perdón es importante. Respetar, no juzgar. Para que fluyan la armonía y la paz”. Mambear implica una responsabilidad. Para amanecer.

Cuando Iver terminó le tocaba el turno a Fernando, que es sacerdote misionero de la Consolata en el puesto de Soplín Vargas. Él principalmente dio las gracias por participar en ese espacio y valoró todo lo que le aporta. Estar allí con Fernando me permitió conocerle mejor y entender mucho más lo que vive y dice. Mi admiración para este compañero, encarnación viviente de la interculturalidad a la que el Sínodo de la Amazonía nos invita.

Y al final, Iver me invitó a tomar kawana y a compartir también. Traté de expresar que me sentía impactado, pero a la vez muy sosegado y acogido, no extraño. Me sonaba mucho a lo de Jesús, incluso con sabor ignaciano, notaba que verdaderamente todo está conectado. Agradecí de veras a los dos y a Mó la oportunidad de estar allí y aprender tanto (“hay que ir despacio, ama César”). La huella de la experiencia de esa noche queda sembrada en mí como bendición y tesoro. “Ama” significa “hermano”.