domingo, 30 de diciembre de 2018

8 DÍAS EN UN BUCLE METEOROLÓGICO


En un bote de madera de 9 metros, cerrados los laterales con plásticos como se puede, si dice de llover, te mojas o te mojas. Esto es lo que nos ha pasado en el último recorrido, aventuras pasadas por agua o también misión anfibia por el Yavarí.

De hecho nos adentramos sin saberlo en un bucle meteorológico implacable: lluvia fuerte y persistente por la mañana, cielo cubierto y algún rato de sol por la tarde, y de nuevo diluvio durante la noche. La surcada hasta Limonero la hicimos en dos jornadas de auténtica galerna amazónica: viento racheado, relámpagos en el horizonte y agua por todas partes; hasta el punto de que el motorista tenía que ir achicando y nosotros embutidos en casacas y cortavientos con gorro incluido.

Pero era inútil, navegábamos empapados hasta los calzoncillos, las zapatillas chorreando, un paraguas vertical como frágil parapeto, las mochilas mojadas, el proyector se salvó de milagro. No es que estuviéramos bajo el chubasco, es que fueron ocho días dentro del agua, con los ríos aéreos de la selva rodeándonos bien bravos y los dedos como garbanzos todo el rato.

Hemos visitado un montón de casas invitando a los niños y a los mayores a las actividades y hallábamos a todos, que no habían ido a trabajar a la chacra a causa del aguacero cotidiano. Y justo a las horas de juegos, pintura de láminas o reunión con los adultos, la verdad es que tuvimos suerte y el cielo nos dio una tregua. Han sido en total 11 comunidades (que se dice pronto) con la ayuda de dos jóvenes estudiantes jesuitas, Beto y Gonzalo.

La lucha por mantenerte seco era tan encarnizada como la batalla por secar la ropa, ni siquiera valía el aire acondicionado del bote en marcha, porque el ambiente estaba sobresaturado de humedad. Y había que mirar los agujeros en los techos de hoja de irapay o de calamina para no colgar la hamaca o armar la carpa debajo de una potencial gotera, puesto que los chaparrones nocturnos eran impepinables.

Pero hemos comido muy bien. En Remanso la señora Mª Elena nos ofreció un caldo de gallina que no olvidaremos fácilmente; en Santa Teresa II zona nos pusieron lagarto frito, y en otros lugares varios pescados acompañando los habituales arroces y fideos. Hubo chicha, refrescos, café, botellas de agua… y siempre se puede recurrir a las galletas, fieles amigas que sacan de más de un apuro.

Además de disfrutar que la gente nos va conociendo, registramos decepciones y experimentamos avances. Algún animador que estaba mustio parece haber vuelto a la vida, pero al día siguiente en otro sitio el responsable dice que deja la tarea porque se va a vivir a Benjamin. Aparecen mamás que piden el Bautismo para sus bebes en comunidades supuestamente de otra religión, pero al día siguiente en el caserío vecino la reunión es cancelada por borrachera de los posibles participantes. E incluso encontramos un par de nuevos catequistas de primera comunión dispuestos a preparar a los niños de sus pueblos. Y en Santa Rita, hay de pronto un señor que siguió cursos de formación para animadores hace años en Iquitos, y será el animador de esa comunidad con el tiempo, aunque él aún no lo sabe.

En fin. Que siempre, después de la tormenta, llega la calma. Que todos los días sale el sol, camarón. Y que si te mojas, pues te secas y ya.
Feliz 2019.

martes, 25 de diciembre de 2018

LA GRATUIDAD DE DIOS EN LOS JÓVENES


¿Cómo es posible? Pasan los años, cambia mi edad, cambian el país y el continente, la raza, la época, el clima, la cultura y el idioma, todo es diferente y nuevo, pero el gusto y la necesidad de estar con los jóvenes permanecen siempre, bien vivos en mí, como algo que me define, me impulsa y me calma, un pedazo de mi identidad o un lugar al que constantemente regreso porque es mi patria.

Este año he faltado a muchos de los encuentros semanales, que por cierto no se pueden calificar de demasiado “regulares” o “efectivos”: unas veces vienen unos, el sábado siguiente otros, etc. (el pan nuestro de cada día en todas partes; posiblemente el paradigma de pastoral juvenil basado en “el grupo” nacido en los 70 ya no se sostiene, pero ese es otro debate que acá no toca). No fui porque estaba fuera de Islandia, por las comunidades, pero siempre que he podido he participado, ¡¿cómo me lo iba a perder?! Aun así noto ahí como una insuficiencia espiritual, una anomalía en los marcadores de mi vocación.

De hecho hoy día, en la fiestecita de despedida del año antes de las vacaciones (que acá son de Navidad y verano), me he percatado de que las destrezas de la relación espontánea y simpática se estaban espabilando. Las bromas habituales se desengrasaban y se expandían las risas a sus anchas, porque no se olvida uno nunca de montar en bicicleta: “Con ustedes me encuentro bien”. Entre vasos de guaraná y mordiscos al anticucho de corazón de res pasamos un rato relajado y hermoso.

La música “de obligado cumplimiento” no ayuda a las conversaciones, y hubo momentos en que cada uno tenía la nariz literalmente metida en su celular, pero la entrega de los regalos del amigo secreto fue muy chistosa. Un polo, un portafotos, unos aretes, una gorra o un perfume, cosas sencillas al alcance de sus bolsillos; y a la comida han invitado, sin saberlo, amigos de España, con esas propinas “para lo que tú veas conveniente”. Gracias en nombre de todos porque la parrillada estaba vacán.

Hay un compañero muy radical que me dijo el otro día, hablando de los indígenas: “de la Amazonía lo mejor que podríamos hacer es irnos y dejarlos tranquilos con sus creencias”. Con los jóvenes mi sensibilidad se va inclinando a algo parecido a medida que pasa el tiempo: más que proponerles o transmitirles algo, mi aspiración es acompañarles, tener el privilegio de formar parte de sus vidas apenas incipientes, asistir a los descubrimientos preciosos de quien comienza a fabricar sus sueños.

Mi deseo profundo es que sean personas plenamente logradas y dichosas, que puedan disolver el sufrimiento y vivir aquí y ahora, capaces de relaciones auténticas y con madurez para aportar a la sociedad y entregarse a otros. Lo escribo y me doy cuenta de que esa es la definición del amor. “Sólo puede ser misionero alguien que se sienta bien buscando el bien de los demás, deseando la felicidad de los otros” (Evangelii Gaudium 272).

De modo que era eso. Estar con ellos simplemente porque les amo, porque a su lado todo concuerda, la vida se me aclara y el encuentro conmigo es un acorde armónico. Signos inequívocos de la sorpresa de Dios y su visita perenne en cada joven que se cruza en mi camino, su gratuidad que me conmueve y me sustenta.

Feliz Navidad.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

EL SILENCIO ES LA ACTITUD PROPIA DEL PASTOR


Después de que trajeron el pan y el vino, se acercó la pareja kichua con un baldecito de masato y una bandeja con yucas, los alimentos propios de nuestra selva. Comí un poco de yuca y la warmi me ofreció un pate, que tomé entero; el masato es la bebida de la fiesta y del compartir, la auténtica sangre de las culturas amazónicas. Para nosotros, un honor y una obligación sagrada beberlo. “Señor, te ofrecemos el pan y el vino en los que creemos que estás. Pero más claro te vemos en nuestra yuca y en nuestro masato, y ni que hablar cuando lo compartimos”Y por supuesto, mientras se bebe no se habla.

De hecho, hasta ese momento del ofertorio ya llevaba todita la Eucaristía sin abrir la boca, porque los ritos iniciales al completo los hizo Juan Pablo, animador de Yanashi: “en el nombre del Padre…”, invitación al Gloria, oración colecta… todo menos el perdón, que lo celebramos a la manera del Alto Napo. Llori, animador de Angoteros, con su peto blanco, nos hizo la limpia con unas ramas de pichana, primero a mí y después al resto de la asamblea. También en silencio. Conectando con la profunda espiritualidad de los indígenas. Ellos saben que el silencio es el lenguaje de las plantas.

Escuchamos la Palabra, la comunidad de Indiana y los animadores del encuentro vicarial del CEFAC (Centro de Formación de Animadores Cristianos “Gastón Harvey”). El Evangelio de boca de uno de ellos, y seguidamente la homilía entre dos: Juan Pablo y don José Paredes, también de Yanashi y uno de los rukus (mayores) de la reunión. Habíamos conversado en la tarde sobre las lecturas y el sentido de la fiesta de Cristo Rey, y les animé mucho. “Díganlo a su manera, con sus palabras”. ¿Cómo no, después de varios días pensando y soñando una Iglesia con rostro amazónico e indígena, como pide el Papa?

Seguía en silencio cuando presentaba el cáliz, que se me antojó algo poco selvático, tan “metálico”. Ellos hicieron el prefacio, se cantó “Sumak”, el santo, y por fin el sacerdote habló, solo para contar la historia de aquella noche, cuando Jesús se hizo vida nuestra para siempre. El pastor pasa largos tiempos observando a su rebaño, conociendo a cada oveja, en una cariñosa vigilancia. Apenas silba para indicar el momento, porque sus ovejas conocen el camino, y él va detrás de ellas. “Esto es mi cuerpo”.

Las oraciones siguientes, la intercesión por la Iglesia, por los difuntos… todo fue pronunciado por los animadores. El padrenuestro lo rezamos mita mita en kichua y en castellano. La paz nos la habíamos dado al principio, tras la limpia, al modo del Napo, así que comulgué en silencio y ellos distribuyeron el pan. Así que una vez que había dicho “Hagan esto en memoria mía”, ya no volvió a escucharse mi voz. La oración final y la bendición ellos también. Fui un presidente de la Eucaristía callado, sosegado y contemplativo. Estaba emocionado por vivir algo tan distinto, como dejándome llevar por el río con regocijo y silencioso asombro.

No sé adónde nos llevará este camino hacia una Iglesia con alma amazónica, pero es un sendero sin retorno. Aunque nos empeñemos en generar un cristianismo similar al de Lima o España, no podrá ser y siento que no debe ser. Nos toca a los misioneros acompañar a personas y comunidades que irán gestando su propio modo de seguir a Jesús, con sus cosmovisiones, su espiritualidad y sus gestos. Ponernos en medio y detrás, contemplar, y aprender “su manera”, y en silencio. El pastor pues no es el que instruye, sino el que ama sin comprender, experto en escuchar y dispuesto a llegar adonde vayan sus hermanos, sin jamás separarse de ellos.

Por esta vez, la misa no fue algo “mío”, sino más bien algo de “ellos”, aunque con el esquema romano. No sé por dónde nos llevará el Sínodo, pero disfruto imaginando horizontes en los que Jesús en estos pueblos va a recrear los modos de ser Iglesia, y surgirán los suyos característicos, nuevos, originalesLas crisnejas (hojas de palmera para hacer un techo propio) simbolizaban el aire freso del que habló Juan XXIII. Ojalá los espíritus del bosque y la Madre del Agua me den la simplicidad de formatearme para “ser otro” y siempre yo mismo, y entregar lo único que tengo: mi silencio. Aquí estoy.

martes, 11 de diciembre de 2018

PASIÓN POR EL PUEBLO


Los días posteriores al grito de luz teníamos programado salir al Yavarí, pero nos pareció mejor quedarnos acá para “estar”, y no ausentarnos precisamente en estos momentos de desolación y turbulencia. La gente necesita referencias y liderazgos todavía más cuando se ha visto que la vida está amenazada, sin más glosa. Resultaron ser jornadas de reuniones, conversas y coordinaciones varias, pero sobre todo de presencia.

El suceso salió en la tele, y no hay mejor despertador para los políticos. El ministro del interior llamó inmediatamente al general de la policía de Loreto (me imagino: “Oye cumpa, ese sitio, Islandia, donde han matado a un niño, actúa rápido y resuelve la crisis, que no quede mal la institución”) y al toque llegaron desde Iquitos un coronel, un comandante y varios oficiales de “asuntos internos”, relevaron al desafortunado alférez jefe de acá y ese mismo día se presentó un nuevo responsable para el puesto, el capitán Murillo, hombre curtido en mil batallas desde la época de los terrucos. Todo ventilado en varias reuniones con las autoridades locales (con el padre a la cabeza) donde hubo tiempo para contar cómo fue, expresar quejas, preguntar, pedir y recibir explicaciones, conocer el estado de la investigación, etc.

Se trataba de calmar los ánimos y transmitir a la población un mensaje de confianza. Ayudó la noticia de que el presunto culpable fue enviado “adentro” (como dicen acá), en prisión preventiva mientras continúan las diligencias. Los padres de Michel regresaron de Caballo Cocha y pudimos visitarlos y mostrarles nuestra solidaridad. Vi a la mamá bastante serena, mientras que el papá me pareció más emotivo y sobrepasado por la desgracia. Al mismo tiempo, como habíamos hablado en el coliseo, se fueron reorganizando las juntas vecinales por calles con vistas a la creación de ese comité civil de defensa del pueblo. Y los misioneros, de lleno en el “nudo de la tormenta humana” (Evangelii Gaudium 270).

En esa especie de “tensión de baja intensidad” transcurrió la semana y llegó el sábado. Como era la víspera del referéndum, en la mañana fuimos a pedir permiso a las autoridades electorales (ONPE y JNE) para celebrar el funeral y la reunión fijados para la noche. A pesar de que la luz se cortaba, acudió al coliseo una buena cantidad de vecinos. Las lecturas del segundo domingo de Adviento nos iluminaron: la visión de la tierra sin mal (“Envuélvete en el manto de la justicia”- Ba 5, 2), un don seguro que al mismo tiempo requiere trabajo (“Preparen el camino del Señor” – Lc 3, 4). Una promesa que exige un compromiso, estar unidos y no tener miedo.


Entre discurso y discurso –alguno interminable-, la reunión posterior dio a luz al Frente de Defensa de los Derechos e Intereses del Distrito del Yavarí. Un comité que tratará de poner las pilas a las autoridades para luchar contra los abusos de todo tipo y velar por la seguridad ciudadana, además de reivindicar muchas cosas de las que carecemos: fiscalía, comunicaciones, electrificación, agua… Por supuesto la Iglesia católica, que es el único grupo religioso que ha estado en la vanguardia de este proceso, forma parte de este nuevo organismo popular.

El Papa dice, en esos párrafos de Evangelii Gaudium que tanto me inspiran, que “para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo” (EG 268). Me encantó estar ahí a pesar de esta nueva responsabilidad y la chamba que se avecina. Porque “cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo” (EG 270).

Camino por el puente y más gente me reconoce y me saluda. Claro, porque soy el Secretario de Pesquería y Comercio del Frente Patriótico de Islandia, jaja. Soy parte de este pueblo, pertenezco a este pueblo, y eso me produce un íntimo orgullo. Es más importante para mí que para ellos, pero eso no lo saben. Con la profe Jenny bromeábamos: “Pescador de hombres y vocal de negocios espirituales”. Esperemos que “Dios que comenzó en ustedes una obra buena, la llevará a feliz término” (Flp 1, 6).

miércoles, 5 de diciembre de 2018

SIEMPRE SE PUEDE PRENDER UNA LUZ


La angustia aturdió a Islandia la semana pasada: un niño de 11 años había desaparecido. Lo buscaron por todas partes, en casas de amiguitos, en el puerto, por los puentes, en el río… pero nada. Al día siguiente apareció su cuerpo brutalmente violado y asesinado. De la ansiedad y la desesperación se pasó al asombro y al espanto, y de la tristeza a la indignación. Todo un pueblo consternado puesto en pie.

Acerca de cómo manejaron la situación las autoridades, solo conozco lo que me han contado, porque en el momento en que se desató la desgracia yo estaba en Iquitos, llegué cuando ya habían enterrado a Michel. Hallé a la gente muy sobresaltada, los vecinos en un estado de nerviosismo, ira y pánico que hasta hoy me sorprenden. Reclaman que cuando la familia fue a la policía a denunciar, no les hicieron mucho caso (”ocurre todos los días señora, estará por ahí jugando, ya volverá a la casa”); por otra parte, ese cadáver debió ser llevado al toque a Iquitos en avioneta, para poder practicarle la autopsia y obtener restos biológicos que permitieran identificar al agresor, pero nada de eso se hizo. El caso es que la población está bien irritada.



Sucesos como este ponen de manifiesto la impunidad que cada día sufrimos en la frontera. Tenemos un precario puesto de policía, no hay acá fiscalía para investigar y perseguir los delitos, y las autoridades se muestran inoperantes, sin recursos ni, por lo visto, capacidad para hacer frente a crisis así con determinación y entereza. La corrupción alcanza a todo, el abuso, la trata y la violencia son algo cotidiano, y lo peor es que la gente sabe que en cierto modo es como si el encargado de cuidar a los ratones fuera el gato. Lamentablemente ha hecho falta un crimen tan monstruoso para desbordar todos los diques y empujar a la sociedad civil a despertar, organizarse y actuar.

Agarraron a un hombre cuando pretendía escapar, un tipo raro que andaba por acá, solitario, desconocido… Pero no podía haberlo hecho solo, de modo que los vecinos siguieron indagando por su cuenta, preguntando, hasta hallar a un niño que decía que había visto cómo tres sujetos se llevaban a Michel. Me pidieron que les acompañara a la comisaría en medio de una muchedumbre dolida y encolerizada; los policías, superados y desconfiados, me pidieron que asistiese al interrogatorio del crío. Luego lo enviamos en lancha a Caballo Cocha, de pronto me vi en una posición de mediación entre unos y otros, como una presencia que da seguridad en un momento terrible; y al rato con un megáfono en la mano frente a una multitud clamando justicia y responsabilidad.

Se nos ocurrió armar una vigilia silenciosa. Para orar y para exigir sin palabras. Tomamos la iniciativa, se pasaron las voces y creo que más de media Islandia estaba aquella noche junto al lugar donde descubrieron el cuerpo. Prendimos nuestras velas, cantamos y caminamos en silencio. Más allá, en la plaza, los jóvenes de nuestro grupo habían escrito en el piso “Michel” con letras grandes (el gesto se les ocurrió a ellos); mientras sonaba la canción “Color esperanza”, cada persona fue colocando su vela sobre las letras hasta formar el nombre, un grito de luz, un recuerdo y una decisión: esto no puede pasar nunca más.

El acto acabó en el coliseo, repleto de gente haciendo un enorme y único corro con las manos unidas. Juntos podemos. Y ahí mismo la reunión, que duró hasta las diez de la noche, con muchas ideas e intervenciones. Se tratará de activar las juntas vecinales para organizar rondas de vigilancia; se aportaron reivindicaciones para enviar un memorándum al presidente o a quien corresponda; y se creará el Frente Patriótico de Islandia, un comité civil de defensa de la vida y los derechos. El pueblo, la sociedad civil, se empodera y actúa. Y en primera fila, los misioneros, la Iglesia; qué privilegio y qué orgullo.

No sé hasta dónde llegará este clamor y lo que resultará de él, pero nosotros estamos al lado de la gente incondicionalmente, somos una referencia moral  en esta lucha por la justicia, y ellos lo perciben y agradecen. Tal vez no logremos mucho, pero siempre podremos encender una luz. Y si lo hacemos unidos, la llama será más clara y poderosa, capaz de iluminar, animar, cauterizar y si hace falta incendiar.



viernes, 30 de noviembre de 2018

UN OBISPO BIEN SALAO


Hablando de Adolfo, alguien me hizo alguna vez este comentario: “De todo sus compañeros de estudios, el que menos podría haberse pensado ni remotamente que llegaría a ser obispo, ese es él”. Jaja, me hizo risa y se la haría a cualquiera que conozca a Adolfo Zon y, como yo, no se haya desprendido del todo del esquema clásico de cómo deberían ser los obispos.

La primera vez que lo vi, justamente el día que conocí Islandia, nos abrió la puerta de la casa y nos invitó a un jugo en la terraza. Inmediatamente advertí que es gallego, y tal vez eso le haya venido bien para hablar fluidamente el portugués de este rincón de la Amazonía. Llevaba, como de costumbre, tejanos, una camisa de cuadros, y un par de usb colgados del cuello en lugar de la cruz pectoral. “Cuando quieras te vienes por aquí a pasar algunos días y conversamos” – me dijo. Estamos a menos de una hora en bote rápido.

Y lo cumplí. Pasé un fin de semana en Tabatinga de retiro, y Adolfo me recibió magníficamente. Además de darme alojamiento y suculentas comidas (churasquinho incluido), me hizo conocer varios lugares de la cuidad, me llevó a un par de capillas de comunidades de barrio y me insistió para concelebrar en la catedral. Así pude sentir el carácter y la fuerza de la iglesia brasilera, tan próxima geográficamente y tan diferente; vi los ministros laicos con sus vestimentas litúrgicas, la cuidada música en las celebraciones y el logro de los decimistas, personas que dan a la comunidad el diezmo de sus ingresos… Hasta les cantan el Parabens a vôce (el hapi berdey) al final de la misa.

Durante los recorridos en su utilitario, sentados tomando una cerveza o paseando, me pregunta por mí, que cómo estoy, cómo es la misión en el Yavarí, qué dificultades encuentro… Me escucha y él también entrevera sus propias peripecias, cómo están siendo los primeros años en la diócesis, los problemas que tiene que manejar… Sabe que necesito largar, pero noto que a él también le ayuda desahogarse, y como yo estoy “fuera del circuito” de sus escenarios cotidianos, se relaja y la conversación nos hace bien a los dos. Por momentos olvido que es obispo.

En otros momentos Adolfo ha llegado a un encuentro, como el de la REPAM del mes de abril. Como prelado local, es de ley invitarle a presidir la Eucaristía; esta vez llega con camisa blanca de alzacuellos, pero los vaqueros se mantienen, y están más gastados. La homilía surge desde un misionero  javeriano que durante años ha trabajado en el río y pertenece al mundo de la pastoral de la selva, su organización, su precariedad, su aparente imposibilidad incluso. Así conecta inmediatamente con nuestra sensibilidad, y tiene autoridad para hablarnos de la urgencia de salir y de la misión ecológica. Terminada la misa, Adolfo dobla y guarda su alba y su estola con naturalidad, sin protocolo ni aparato.

No deja nunca la faena de “pescar” gente para su diócesis, y cuando logra que vengan Maristas o Hermanos de la Salle les da libertad y tiempo para discernir en qué campo desean trabajar. Así se plantó una vez en Islandia a visitarnos con un cura navarro; llevaba un pantalón, una gorra y unas botas que le hacían parecer un militar, jeje. Y siempre con su simpatía campechana y una simplicidad que cautivan. ¿Cómo será cuando se tenga que poner solemne, en Roma por ejemplo? No le pega ni con cola, pero seguro que se adapta como persona inteligente que es.

El año pasado supe que venía a Benjamin a presidir la procesión y la misa mayor de la Inmaculada, de modo que, aunque no me gustan mucho esos pifostios, fui por saludarlo. “¡Hombre, el extremeño!”. Me apetecía mucho pasar un rato con él y no precisé vencer mi timidez, porque apenas salimos de la función se me adelantó: “Vamos a tomar una farofa”. Qué buen rato. Pastor sencillo y humano, con olor a oveja, como le gustan al Papa. Con él, el Espíritu Santo acertó y los demás disfrutamos.

domingo, 25 de noviembre de 2018

EVOLUCIÓN


- Que alcen su mano los adultos que en esta Eucaristía van a recibir la comunión.
(Solo una señora levanta la mano)
- Lo sabía, doña Rocío solita. ¿Y por qué razón ustedes no comulgan, si puede saberse?
(Silencio)
Porque no hemos hecho la primera comunión, padredice don Andrade.
Asu.

Hay distintos estadios en la evolución de las comunidades cristianas (pocas, pero todos muy guapos) de nuestra misión. Los hay en la etapa “bautismal”, como vimos en Barranco; hay muchos que ni eso, están apenas entrenando la oreja para el primer anuncio, y de estos, algunos ni lo saben. Pero en Yahuma II Zona están en fase “eucarística”: los niños recién bautizados se preparan para la comunión… y los mayores también.

¿Y de dónde sacamos catequista para esto? Había en el pueblo una chica que quedó nombrada, pero la cosa no prosperó. De modo que apenas bajamos del bote, dejamos las mochilas y ponemos rumbo a casa de Karen, una chivola de 17 años bien simpática que podría hacerse cargo de esta tarea. Allí conocemos a sus papás, a su hermanita y a su bisabuela, y fichamos oficialmente a nuestra nueva catequista. Pasamos luego por la escuela e invitamos a los niños a un encuentro a las 3 de la tarde para retomar el proceso. Las cosas están saliendo tan bien que no nos lo creemos.

Ivanês ha preparado esta reunión con esmero; cantan, pegan papeles con palabras y frases en una tela, participan, hacen el gesto de juntar sus pies con todo y sandalias… Karen hace la lista de los niños (son 14) y revisamos los materiales con ella para que no se pierda. Más tarde, en la noche, el encuentro es una catequesis sobre la Eucaristía junto con la propia celebración. Quedamos de acuerdo en que los adultos se irán preparando los domingos, de modo que en la próxima ocasión, la reconciliación y la comunión. No podemos andar con muchos remilgos con dos visitas al año… Antes de irnos, le pregunto a Karen:
Joven, ¿y tú, has hecho la primera comunión?
- No.
😶.

Bajando por la quebrada hay unos 300 metros donde al surcar días antes pasamos con las justas, la quilla casi dando en tierra, pero ahora salimos con más facilidad. Y ahí se va a terminar la frase “Me encanta que los planes salgan bien” que decía el coronel Hannibal Smith en El Equipo A, porque en el resto del recorrido todo saldrá al revés:

- San Francisco de Yahuma parece un pueblo fantasma, apenas vemos a un par de personas que no saben nada de reunión ni visita, y eso que habíamos avisado. De modo que nos vamos.

- Chinería: logramos conversar con el teniente gobernador y le proponemos hacer una reunión con la comunidad, pero dice que tiene que consultarlo con las demás autoridades. Este pueblo tiene una gran iglesia evangélica, cuyo pastor es… el papá del teniente.

- Gamboa: también damos con las autoridades, que incluso nos invitan a una reunión comunal a las 7 de la mañana (antes de irse a la Copa Municipal de fútbol en Islandia), pero cuando acudimos no aparece nadie. Explicamos al apu y al agente municipal lo que pretendemos, y nos dicen que han de comunicarlo a los demás y ya nos dirán. Esto nos suena…

Ya estamos acostumbrados a estos reveses, pero no regresamos decepcionados: hemos hecho lo que hemos podido. Miro mis notas y descubro que estos dos eran los últimos de un total 33 caseríos a los que hemos llegado para ofrecer un servicio, ya no quedan más lugares “nuevos”. El Amazonas está bravísimo, alguien se pone hasta el chaleco salvavidas, pero los bufeos saltan y sentimos la satisfacción de asistir a la evolución de comunidades cristianas que se van formando, que van progresando y cuajando. Con todas sus debilidades, pero es una hermosa experiencia.

martes, 20 de noviembre de 2018

SI PUDIERA ESQUIVAR EL SIGILO SACRAMENTAL


Si pudiera esquivar el sigilo sacramental, contaría que esta mañana, bastante temprano, se presentaron en casa dos chivolos buscándome. Justo estábamos despidiendo a unos compañeros maristas que nos visitaron y tenían que madrugar para salir a su misión, de modo que me sorprendió la hora.

Y la urgencia. “Necesito conversar un ratito con usted, por favor”. No se permite dar datos del muchacho, pero si pudiera diría que se llama A. y tiene 13 años, una criatura que yo no he creído conocer de entre la cantidad de gente que sabe quién eres tú, pero tú no ubicas. “Toma asiento, joven”.

Se me ha quedado su modo de iniciar la conversa, y si fuera posible reproduciría esas palabras: “He hecho una cosa mala y quiero que me perdones”. Y su tono, que me ha transmitido el candor adolescente de sentirse al mismo tiempo temeroso y culpable. De pronto he echado de menos esa autenticidad en otras muchas confesiones pasadas, más establecidas y mecanizadas; este chaval estaba tan desacostumbrado como yo, pero hablaba la verdad.

No puedo decir nada, pero me gustaría narrar que el pecado trata de un beso, un beso prohibido porque “es la enamorada de mi hermano”, seguido de algún arrumaco más “hasta que la aparté y le dije que eso no se puede”. La gravedad de la materia me hizo sonreír, pero la risa la disuadió el ademán avergonzado del penitente. “Y te sientes mal…” – “Sí, me siento fatal”. El chaval era el vivo retrato del arrepentimiento, y yo me conmoví, me sentí plenamente un padre con la ternura de liberar al hijo de una niñería que se le hace un mundo; un hermosísimo privilegio. Pero claro, la discreción propia del caso me obliga a callar.

Me apetecería referir también que, a medida que fui quitando hierro al asunto y dándole a A. algún consejo fruto de mi larga experiencia en ese campo, advertí cómo el alivio se materializaba en su lenguaje corporal. Me rondó la memoria que es la primera vez que confieso a alguien desde que llegué a la selva (hace más de año y medio) y, aunque desde luego no puedo dar detalles, noté que ese superpoder está bien engrasado, y me sigue enriqueciendo inmensamente cuando las personas muestran sus tesoros interiores intentando descargar sus miserias. Siempre he defendido los beneficios de la reconciliación individual, pero con los jóvenes me pierdo, me van a disculpar.

Fueron apenas unos minutos. Describiría cómo le di la “bendición” que me pedía, explicándole antes que “voy a poner mis manos sobre tu cabeza, rezaré una oración y ahí Diosito ha borrado tus pecados”. Recordaría cómo resopló y, sobre todo, cómo nos miramos sonriéndonos en silencio antes de despedirnos. Lo suyo se quedó conmigo, todo perdonado, y ya ni sé qué mano ha hecho qué. Una preciosura para empezar el día. Me encantaría contarlo, pero claro, no puedo sortear el secreto de confesión.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

DE NUEVO EN EL RÍO


Por fin, lo estaba necesitando, ya era hora, tres meses sin probar la precariedad del bote, sin el reflejo de aguardar lo imprevisible, sin esa emoción entre exaltada y aventurera, y sin disfrutar el gesto protector de las estrellas de la noche amazónica. Pero llegó el momento de regresar al río.

Esta vez programamos chamba gorda porque en Yahuma I zona tocaba Bautismo. Y a la vez vislumbramos incertidumbre ante las visitas a Chinería y Gamboa, dos comunidades ticunas donde solo habíamos paseado sin lograr contactar con casi nadie. El 3 de noviembre el Amazonas está apenas iniciando su creciente, de modo que la isla Yahuma se ve circundada por preciosas playas. Aquella tarde el baño me recordó a Isla Cristina, arena limpia, nada de lodo, y a falta de mis sobrinos lancé por los aires a Sachi y a Licela bajo la mirada preocupada de su mamá.

En la noche comienza el desorden habitual de las inscripciones para el Bautismo: DNIs, datos, lista… Solo damos una corta explicación sobre el sacramento, sus efectos, sus ceremonias y el papel de los papás y padrinos, conectando con los mitos ya trabajados en otras visitas y en todo momento con ayuda de la traducción de Roberto. “Por el Bautismo, el Espíritu de Tupana entra dentro de la persona y le da un espíritu fuerte, para que tenga buena vida”. ¿Habrán comprendido algo? No sabemos, pero somos ya como de casa y nos sentimos a gusto y bien.

Como no es la primera vez entre los indígenas, la celebración me sale más más natural, más “a su manera”. Son 41 niños, y al igual que otras ocasiones los misioneros somos padrinos de algunos. Al terminar hay aplausos, fotos, gaseosa; al rato, cuando tú crees que ya ha terminado, Lerín invita a darse la paz… La frontera entre “celebración” y “no celebración” es más difusa, no se “entra” en un tiempo más formal y “sagrado”, es un continuo, así es como lo hacen ellos, todo es fiesta. Lección de liturgia para misioneros que pretenden ayudar a moldear una iglesia con rostro amazónico, como quiere el Papa.

No había habido cena ni hubo desayuno, pero sí hay almuerzo, y más tarde, tras un rato de descanso, nos ponemos a la ardua tarea de preparar todas las boletas para entregarles antes de irnos. Hace tanto calor que los papeles se mojan con nuestro sudor. Por la noche, a la hora de la cena, nos sentamos por primera vez en la cocina de la casa de esta familia, es un pequeño acercamiento a su intimidad. Ellos comen en círculo, sentados en el suelo junto al fogón, y nosotros un poco más apartados, en sillas, pero en el mismo espacio, conversamos, nos servimos refresco… poco a poco vamos formando parte de su vida.

Al mismo tiempo que se echa de menos el recorrido, da una pereza rica, sobre todo cuando hay que cargar los bultos del bote al pueblo y viceversa. Solo dos días más tarde, donde antes estaba seco ahora sorprendentemente se mojan los pies, porque la subida del río es imparable. En la siguiente escala, Barranco, creen que también habrá bautizos, pero les explicamos que notovía, que en la próxima visita… Cuando llegamos están terminando de pintar la cruz que van a colocar en su cementerio; mientras, con las autoridades, que se han acercado a recibirnos, vamos conversando sobre diferentes necesidades del pueblo, sobre todo acerca de la capilla, que ellos desean construir. A cada rato, como es habitual, Kalin nos invita: refresco, kasabe, tapioca… y el almuerzo.


A las 3 vamos para la escuela, que pronto se ve abarrotada de gente. Hace un calor asfixiante (si en este viaje hubiera recogido el sudor en botellas, ¿cuántos litros tendría?). Cantos, mito, el evangelio, más canciones… y unos instantes de silencio con las manos unidas para orar a Tupana. Y siempre con la traducción de la señora Ruth. Salimos de la escuela para llevar la nueva cruz al cementerio justo cuando se pone a llover. Caminamos sobre el barro. La cruz se coloca ante las tumbas, la bendigo y oramos por todos los difuntos. Siempre en un ambiente de simpatía, hay buena conexión con este pueblo. Ivanês se queda otra media hora con los niños y les enseña algunas oraciones.

Cae la noche y pasamos un rato tranquilo en el hogar de César y Diana, aprovechando la luz eléctrica para charlar y los niños adormecerse viendo una película: Alien vs. Depredador, un miedo tremendo. Aunque menos que los ronquidos de la última vez, que recordamos riendo. Termina así un día compartido con los más pobres de todos, que nos han ofrecido todo: alimento, techo, acogida, cariño… Pero este pedazo de diario de misión continúa en la próxima entrada.


viernes, 9 de noviembre de 2018

SANARME A MÍ MISMO


El cuerpo tiene una asombrosa capacidad para regenerarse, cerrar las heridas, curar los golpes, sanarse del mal.

Me sano a mí mismo aceptando, recibiendo, estando presente, percibiendo la realidad con los ojos abiertos, con limpieza, sin juicio, con compasión, puesto que “todo está conectado”.

Me sano a mí mismo amándome, creyendo en mí a pesar de todo, mirándome con benevolencia y esperanza.

Me sana el amor de los otros, alimenta mi poder para reconstruirme y cicatrizar mis traumas. El amor conecta y activa mi energía de Luz, moviliza la eficacia de la Gracia en mí.

El amor incondicional, la ternura… no hay nada más sanador, nada que te haga sentirte tan realmente aquí y ahora, digno de ser amado, y por tanto merecedor de vivir y ser feliz, más allá de todas las derrotas y de los zarpazos de la ignorancia y del mal.

Ser tocado, acariciado por manos que dan salvación, reencontrar la armonía, moldear mi propio equilibrio y disfrutarlo con gratuidad y sonriendo.

Todo está en mi cuerpo. Escrito en él. Mi historia tatuada en mis músculos, mis articulaciones y órganos, depositada en cada una de mis células.

La memoria de mi camino junto a la expresión de mis posibilidades, emociones ya cristalizadas y esbozos de lo aún no vivido, energía de crecimiento y felicidad futura que mi cuerpo desprende con discreto resplandor…

Para levantarme si caigo, para correr con ligereza y para volar.

viernes, 2 de noviembre de 2018

UNA NOCHE REDONDA


Habitualmente en la iglesia de Islandia estamos dos y el del tambor (que se llama Carlos), pero a veces ocurre que hay llenazo, como el viernes pasado, al final de la novena del Señor de los Milagros. Nos dimos el gusto de planear, trabajar y realizar algo diferente, y salió bien. Hay que contarlo.

Se le ocurrió a Ivanês, que tiene más tiros daos en eventos masivos por su experiencia en parroquias brasileñas gigantes. “Vamos a armar una bendición de las familias”, un día para que traigan su agüita, cantar juntos, con los niños, ser todos bendecidos… esto a la gente le encanta. Es cierto: si este pueblo, incluso los “católicos”, no son de ir a la iglesia ni los domingos… ¿cómo vamos a pretender que vengan a nueve misas nueve días seguidos? No pues. Pero sí podemos inventarnos una noche especial de celebración, tal vez algunos acudan. Así discurrimos.

Así que en el Consejo de Pastoral nos repartimos las calles del pueblo, y por grupos o parejas nos fuimos invitando a todas las familias católicas (o que nos parecía que podían serlo) a esta fiesta. Yo iba con la profe Floralba por mi calle, entrábamos en las casas que ella indicaba, les dábamos la tarjeta recordándoles el día, la hora, y que habrá “refrigerio”; es decir, que se dará de comer, cosa fundamental si queremos que algo funcione en todas las partes del mundo (creo).

No podía ser una misa “muy seria”, así que me acordé de la Nochebuena en La Lapa y tiré palante. Empezó la cosa nombrando a la gente de cada calle, que se ponía de pie y se cantaba el estribillo “Bienvenido lelé, bienvenido lalá, paz y bien para usted, que vino a participar”. Jeje. Se leyó un número del documento preparatorio del Sínodo, se cantó aleluya y al evangelio le siguió como reflexión un cuento. Y enseguida la bendición, con las familias puestas de pie y yo bañando a la gente; como acá no se puede cultivar, todas las flores de la iglesia son de plástico, y Marina me puso de asperje unas tan tiesas que el agua le caía a las personas como proyectiles. Pero las caras estaban sonrientes.

Siguieron unas peticiones-letanías, las ofrendas y una plegaria rápida y adaptada (los liturgistas no lean esto). El padrenuestro todos unidos, y la comunión; pocas oraciones leídas y muchas canciones con palmas. Y aplausos. Al final, la bendición de todas las aguas que trajeron y de los cuadritos del Señor de los Milagros. Y como colofón, la Marinera. Una misa más ligera, participada, musical y divertida. Bueno, al menos eso intentamos.

Para el compartir, la tía Marina se las había apañado para pedir apoyos por aquí y por allá; varias de las familias también trajeron cosas, de modo que, como prevé la ley de los panes y los peces, hubo un montón de comida y sobró: sánguches de pollo, arroz chaufa, chicharrón, empanadas, refresco de cebada, guaraná, keke. Me tocó servir y estaba en mi salsa saludando y bromeando. Había jóvenes, familias enteras, niños por todas partes, abuelitos… Creo que en general contentos y a gusto en la iglesia, y yo satisfecho de una noche redonda. Para repetirlo el año que viene.



martes, 30 de octubre de 2018

LA DURA VIDA DEL MISIONERO


Finaliza el mes del DOMUND. Los misioneros hemos de realizar a menudo esfuerzos enormes y agotadores, con momentos de heroísmo extremo. Advertimos que estas imágenes, por su crudeza, pueden herir la sensibilidad 😆.



Jaja, Hely, compañero, qué recuerdos... Esta foto hasta día de hoy me hace risa




jueves, 25 de octubre de 2018

DETALLES DELICIOSOS


El nivel del río está tan bajo que cada día se discute si las lanchas que bajan desde Iquitos podrán llegar acá o quedarán varadas. Por eso no salimos este mes, y también porque toca fiesta patronal y por tanto chamba en Islandia. Eso es una castaña, y al mismo tiempo permite estar más aquí, aburrirse como ostra y agarrarle el gustillo a estas cuatro casas sobre puentes, que ofrece los detalles chiquitos y primorosos de cualquier pueblo pequeño.

Tenemos un cable de TV pestoso a 35 reales al mes con apenas veintialgo canales, pero eso sí, Latina daba toditos los partidos del mundial. El problema es que cuando no hay luz (o sea, de 1 a 6 de la tarde) el cable tampoco emite. Y España jugaba a la 1. De modo que fui a explicarles a los del cable que quería ver el partido y para ello iba a poner mi motor, pero necesitaba que por favor ellos prendieran también el suyo para hacer funcionar el cable. Les colaboré con 10 realitos para la gasolina, jeje.

Mi peluquero se llama Lucho, y el pobre lo pasa fatal cada vez que voy. Me corta con la máquina por atrás y por los costados de la cabeza, y entonces me saca el trapo y dice: “ahí nomás”, o sea, “servido”, “se terminó”.
- No no no - le digo yo -córtame por arriba.
- Pero si casi no

Y me corta un poquiiiito. “Córtame más, sin miedo”, y lo hace. Cuando llega el momento de pagar, le pregunto cuánto es.
- Cinco reales – me dice
- ¿Pero no había subido a siete?
- No, pero a usted no. Porque da poco trabajo.

Voy con doña Elsa al local de la ONPE (Oficina Nacional de Procesos Electorales) a consultar en qué lugar y mesa le corresponde sufragar. Le piden su DNI y veo que el muchacho escribe algo en su celular. Le pregunto si ingresa el número en la web para averiguar y me dice que no, que la señal es tan lenta que no lo permite: “Le pongo nomás un whatsapp a un compañero en Iquitos y él lo consulta desde allí y me dice”. Jaja.

El “banco” está como de adorno. En realidad es un cuchitril pegado a la Muni, y dentro una señorita a la que llegas y le preguntas: “¿Hay plata?”. La cuestión es imprescindible porque hay días que ya han retirado todo el líquido y no hay más; entonces hay que esperar al día que venga la avioneta de Iquitos con dinero, o que algún vecino deposite para que te puedan dar. Ella timbra: “Amiga, ¿no ibas a venir a depositar 1500? ¡Apúrate, que acá hay un señor que necesitaaa!”. Aunque también ocurre lo contrario: vas a ingresar pero el banco no te recibe porque la chica ha llegado al máximo de lo que puede tener consigo, por si los robos. Pero lo más normal es que “no hay sistema”, y te vuelves por donde has venido, caso cerrado.

Hay un hombre que todas las mañanas va con una carretilla vendiendo plátanos y papayas. “¡El maduritooo! ¡Vamos la papayaaa! ¡Manzanitaaa ricaaa!” (hay un plátano chiquito que sabe a manzana y se llama manzanito). Me lo cruzo muchos días durante el paseo y le digo que pase más tarde por la casa para comprarle. Pero antes de ayer quería unos maduros para sancochar y me lo encontré lejitos; iba sin un real pero sin problema: “Yo se los dejo luego”. Los guardó en una bolsa para no venderlos, y al rato pasó, los recogí y pagué. Toma ya. Fruta delivery, para que aprendan los del Mercadona.

viernes, 19 de octubre de 2018

DOS RATOS CON UN FUERA DE SERIE


Al entrar en la iglesia se ven varios montones de maletas. En los bancos, personas con aspecto de transeúntes, unos sentados, algunos dormitando. Hay carteles por todas partes con frases entrecomilladas, fotos del Papa Francisco y posters, como un collage superpuesto al viejo retablo neoclásico. Las grietas de la mampostería y la vejez de la pintura contrastan con los focos halógenos y las pruebas de sonido que un guitarrista y un bajista están realizando cuando entramos. La banda sonora de San Antón es "Every breathe you take".

Tenemos cita con el padre Ángel García sobre las 5:30 de la tarde, pero hemos llegado antes. Preguntamos a un voluntario con un peto que nos dice que vendrá dentro de un ratito. Nos acomodamos mientras ensayan porque hay un concierto inclusivo. El incensario recobra acá su utilidad original de enmascarar los olores que desprenden el abandono, la soledad, la pobreza y el cansancio, que nos iguala a todos y enseguida me quedo dormido. Hay wc en la iglesia, dispensador de agua bendita y un poco más allá el Sagrario, al que se accede también desde la calle a través de un cristal. El Señor Sacramentado mezclado con los desechos de este mundo sin solución de continuidad; en pocos lugares estará Jesús más a gusto.

Don Bosco está por acá también, y los misioneros, y Pablo VI; Oscar Romero me mira cuando despierto porque el padre Ángel recién ha entrado con su traje y una bufanda roja. Habla poco y bajo, pero sonríe mucho cuando nos presentamos, y al toque nos hace pasar a una especie de despacho que hay junto al baño de la iglesia. Pasan unos segundos mientras alguien le requiere, y entonces mi amigo Morke y yo contemplamos con detenimiento las fotos de este personaje junto a todos los presidentes de la España democrática, o el día en que le dieron el Príncipe de Asturias... Pero allí, con él, eso a uno lo impresiona pero no lo achanta.

El padre Ángel va directamente al grano, aunque no da la impresión de estar apurado. Ya conoce algo del proyecto que venimos a presentarle, pero quiere que le explique un poco. Es de gestos suaves y rostro bondadoso; me parece advertir en él un leve temblor. "Mensajeros de la Paz te va a apoyar con esto; si no con la totalidad, con la mayor parte". Ahí, sin muchos estudios o dictámenes. Cuando le hablo de justificaciones, informes y facturas, me dice que no me preocupe, que basta con un recibo: "Si no confiamos en las personas...". Eso me produce un peculiar asombro dentro del asombro en el que vivo desde que entré en San Antón.

"Mañana voy a estar en Moraleja, con los responsables de Mensajeros en Extremadura. Como tú eres de allí, sería muy bueno que los conocieras para que puedas pedir más ayudas". Así pasamos, como en un parpadeo, de la calle Hortaleza de Madrid a Moraleja, cerca de Coria. Mi padre y mi madre están encantados de conocer a este hombre singular, que desprende a la vez serenidad y determinación, robustez y fragilidad. En la foto, Elena habla por teléfono con su esposo, José Manuel Vidal, el director de Religión Digital, a quien agradeceré siempre haberme puesto en contacto con el padre Ángel. Apenas dos ratitos con él te impactan.

Por su generosidad (Morke incluido), los vecinos de la comunidad indígena y ribereña de Buen Jardín, en el bajo Amazonas, podrán disponer de sanitarios donde hacer sus necesidades, porque allí no hay ni espacio para eso cuando el río crece. Tan pobres como los de Chueca; unos, sin techo pero con wc; otros, sin baños pero rodeados de altos árboles (tal vez allí no haga falta incienso). Nos espera una buena para realizar esa obra, pero seguro que va a merecer la pena. Como este viaje relámpago en el que he conocido al padre Ángel y en el que me siento misionero por los cuatro costados. Feliz día del DOMUND.

viernes, 12 de octubre de 2018

EL ´BACKSTAGE´ DE LA MISIÓN


La misión es muy bonita, entusiasmante, desafiadora, siempre nueva y sorprendente, preciosa en definitiva. Pero, como todo, tiene su trastienda, su reverso, lo que no sale a la luz, lo que ocurre entre bambalinas y tal vez no es tan agradable, lo que no suele contarse.

Preparar unos días de recorrido por el río ya supone una chamba considerable. Hay que ingeniárselas para avisar de nuestra visita, y no es tan sencillo. No hay señal de celular (yo lo dejo en casa), así que tratamos de enviar notas a través de personas que vamos a buscar al puerto o a la muncipalidad, invocando una mijita de fortuna, que haya por acá alguien de esos sitios. Varios pueblos tienen Gilat, teléfono satelital; se llama, se pregunta por el animador y a esperar: “vuelva a timbrar dentro de veinte minutos”. Eso, si hay suerte y entra la llamada, porque como haya nubes el invento se malogra. Estamos considerando hacer un curso de señales de humo.

Se hacen las compras de alimentos necesarios (arroz, espaguetis, galletas, conservas…) que compartimos en las casas donde nos acogen, y agua para beber. Preparamos los materiales (proyector, biblias, cancioneros, fotocopias, luz de batería, etc.) y los juntamos con los equipos de cada uno: mochilas, carpas para dormir protegidos de los zancudos, colchonetas. Se añaden los chalecos salvavidas, botas, platos, tazas y cubiertos… un montonazo tremendo. Y eso hay que cargarlo hasta el bote y envolverlo en un plástico gigante, a pesar del cual algo siempre se mojará.

La travesía no es precisamente un crucero por el mediterráneo. El Amazonas suele estar bravo, las olas de otras embarcaciones hacen temblar la chalupa; si llueve, por más que bajemos los faldones laterales, siempre te mojas, y si el sol está fuerte en la tarde, te sancochas. Cuando el río está alto se pasa por los furos para acortar camino, pero eso no evita que a veces el bote se quede varado; entonces hay que bajarse a sacarlo, a empujar con el agua hasta las rodillas o hasta la cintura, los pies hundidos en el barro del fondo. Al otro día tus piernitas y otras partes aparecen con ronchas.

Aunque eso ocurre en todos los viajes. En invierno, cuando hay  mucha agua, hay moscas que me acribillan los pies y los tobillos. En verano, época de vaciante, como ahora, hay menos zancudos y más pescado, pero el nivel del río es tan bajo que los puertos quedan lejos de las casas, y hay que caminar largo cargados como jacos con toda la impedimenta hasta donde nos vayamos a quedar. Y siempre, al llegar a Islandia, advierto puntos rojos en la piel, picaduras e irritaciones de diversos tipos por toda mi anatomía.

Las esperas son a menudo desesperantes. Llegamos a un sitio a las 9 de la mañana, casi no hay nadie porque están todos en sus chacras trabajando, y hemos de aguardar hasta las 3 o las 4 de la tarde para visitar a alguien, o a las 7 de la noche para que se arme una reunión. Toda una jornada ahí en el salón comunal, casi siempre sin WC ni agua, soportando calores brutos… y para que al final acudan 6 personas. Porque esa también es gorda: los “resultados” hay que aprender a contabilizarlos a la amazónica, olvidar multitudes y valorar lo poco y lo pequeño.

Durante varios días se pone uno a dieta de arroz-fideos-sardinas-galletas con algunas variantes de pescadito, yuca o plátano que en ocasiones nos ofrecen y son bienvenidas. A las 8:30 o las 9 de la noche hay que acostarse porque, si han prendido la luz de algún motorcito, ahí se apaga. Y a las 5 de la madrugada, con los primeros rayos de sol, el personal se pone en marcha y toca levantarse quieras o no quieras. Se duerme regular y el cansancio se te va depositando en el cuerpo sigilosa pero exhaustivamente.

Hasta que se llega a Unión Familiar, un lugar donde el otro día comimos anonas y guabas después de pedir permiso a los dueños, nos bañamos en el río y en la noche escuchamos a Isabel, Quitín y Emérita agradecernos nuestra visita y decir: “estamos alegres por tenerles a ustedes en nuestra comunidad”. Esas sonrisas, las bromas y la nobleza brillando en sus ojos… Esta pobre gente siente que estamos de su parte, y eso lo compensa todo con creces.

viernes, 5 de octubre de 2018

CLARIVIDENCIA



En la Amazonía nos encontramos en estado sinodal, aunque a veces no lo parezca. Los compañeros agustinos Manolo y Miguel me decían un día en Iquitos que no se nota, “es como si no hubiera sínodo”; pero yo más bien creo que, si no nos espabilamos, el sínodo va a ser algo meramente publicitario, compuesto por fotos impactantes de indígenas con plumas, bonitas declaraciones de los protagonistas en páginas de internet y poco más. Por eso me interesa el trabajo con la base, y el encuentro de animadores del fin de semana pasado fue una magnífica oportunidad.

¿Qué ocurre cuando las preguntas del documento preparatorio (en su versión popular, ¿eh?) deben descender a ras de suelo y provocar la reflexión de indígenas, jóvenes, chacreros y amas de casa? Pues que la cosa  se complica y mucho. Las cuestiones, que ya están “vulgarizadas”, hay que traducirlas de nuevo a un lenguaje todavía más sencillo y coloquial, y aun así costó Dios y ayuda que el personal abriera la boca. Pero mereció la pena escuchar y recoger la visión desde abajo, que es muy distinta a la perspectiva desde una oficina de Roma o Lima.

Por ejemplo, la pregunta 4 de la tercera parte: “Uno de los grandes desafíos en la Amazonía es la imposibilidad de celebrar la Eucaristía con frecuencia y en todos los lugares ¿Cómo responder a ello?” En mi grupo estuvimos cavilando y debatiendo. Ellos recordaban, sobre todo los del Yavarí, el viaje tan tremendo que han tenido que padecer para llegar a la reunión en Islandia: diez, doce, catorce horas de bajada en esta época de vaciante en la que no existen furos, y por tanto hay que recorrer toditas las vueltas del río. Así que después de darle vueltas también al asunto, dijeron: la única manera es otorgar a la comunidad (con sus ministerios y servicios, entre ellos el de la presidencia) la facultad para celebrar la Eucaristía.

“Ni aunque tuvieras un helicóptero, padre, podrías llegar a celebrar misa ni en la mitad de los lugares del distrito cada domingo”, bromearon. Y después de un silencio meditativo don Andrade, el más antiguo, dijo: “No hay otra solución. La única manera es que la misa la haga cada comunidad con su animador”. Toma castaña. Traté de avisarles de que eso supondría un cambio total en la teología, en la concepción del sacerdote, incluso en la misma manera de entender la Iglesia… Pero me impresionó la clarividencia de estos cristianos humildes, habitantes de las profundidades de la selva; y también me impactó la incontestable imposición del principio de realidad.

Hubo en los tres bloques del trabajo aportaciones bien interesantes que hemos puesto en común y recopilado. Pero lo mejor llegó en el diálogo final, retomando alguna conversación del refrigerio. Se dijo que se nota que los que han redactado las preguntas no viven en la Amazonía; que “el documento parece suponer que todos somos indígenas con nuestra lengua y cultura, pero hay muchos pueblos que han perdido casi completamente sus señas de identidad”. Esto en el Yavarí es clarísimo.

Evidenciaron también que se ve una idealización de los indígenas, como si solo ellos cuidaran el bosque, no contaminaran, etc. cuando lo cierto es que hay de todo: nativos que depredan la naturaleza y mestizos que tratan de manejar los recursos de manera respetuosa y sostenible. Lino y Tony literalmente descuartizaron el documento, que se cae de las manos en contextos donde en la práctica casi no hay Iglesia, como acá, y por tanto no hay cómo responder a las preguntas sobre sacramentos o ministerios.

El encuentro ha sido en general  excelente. Han acudido de 10 comunidades, lo cual es un éxito total; incluso ha venido un aspirante a animador nuevo. El ambiente ha sido sereno y distendido, se nota que nos vamos conociendo y somos ya como de familia. Las oraciones muy bonitas, y los diplomas del final chéveres. Pero lo mejor ha sido el contacto con esa inteligencia franca, esa sensatez natural de nuestra gente, pegada al día a día. Un master en sabiduría simple que me enseñó y me hizo sonreír.

sábado, 29 de septiembre de 2018

CAMPAÑA ELECTORAL



El 7 de octubre hay elecciones municipales y regionales, de modo que estamos en plena campaña. El ambiente me recuerda que llevo ya una legislatura en el Perú; de hecho, en mi viaje hacia Chachapoyas a mi llegada hice una escala en Trujillo para visitar al obispo auxiliar Javier Travieso, y aquel domingo 5 de octubre lo acompañé a votar. Quién nos iba a decir a los dos que Javier sería mi obispo en la selva cuatro años después.

Que me voy del tema. Islandia, capital del distrito, está forrada de propaganda, concretamente carteles electorales y banderas de los partidos. Bueno, más preciso sería decir de los candidatos, porque en el Perú los candidatos predominan sobre los partidos políticos, los usan de modo oportunista como plataformas para lanzarse. De hecho, dos de los contendientes de acá se cambiaron de partido no hace mucho, uno de ellos en plena precampaña. Súbitamente los carteles mudaron de símbolos, y el polo del aspirante mutó de verde limón a morado como por ensalmo, pero las caras eran las mismitas.

Caretos de postulantes a alcalde distrital y regional, gobernador o consejero hay por todas partes. En algún caso el photoshop ha actuado de manera invasiva y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia (te cruzas con tal candidato por la calle y descubres que en el cartel parece una estrella de Hollywwod…), y otras veces son los fotógrafos los que no se han lucido precisamente, y hay algún afiche que parece más bien un pasquín de “Se busca” (rostros desafiantes, molestos…) de aquellos de las películas del oeste, por seguir con el tema cinematográfico.

Los símbolos de los partidos son cruciales para ayudar al personal a sufragar, que es el verbo que se usa más por acá. “- ¿Por quién vas a votar? – Por la espiga”, se dice por ejemplo. Marca el gallo, el 1000 (MIL=Movimiento Independiente Loretano), el pescadito o la pala (este partido promete hacer obras, recuerdo aquello de “El alcalde roba pero hace obras” y me parto de risa). Los letreros tienen una intención pedagógica, son auténticos minifolletos de instrucciones para que la gente no se equivoque en el proceso: “Marca así” – y aparecen los gallos tachados, toma ya, que no quede duda.

Otro aspecto de la campaña es la batalla acústica: cuñas y melodías ensordecedoras rivalizan por reventar los oídos de los vecinos a cada paso. Hay letras merecedoras del Pulitzer: “Marcando el pescadito / justicia encontrarás / pasa de mentiras / y el pueblo ganará”. Y siempre, igual que en banderines y posters, usando las chapas de los candidatos más que sus nombres: “Vota a Chupo”, “Arriba el profesor Tito”, “Nuestro amigo Coyote será el nuevo alcalde de Yavarí”. Jeje,

Faltan los mítines, que están programados para la semana que viene. Creo que me los voy a perder porque a ellos acuden nomás los seguidores de cada aspirante. Sí hay a menudo cabalgatas con gritos, música y petardos, en las que dan comida y folletos del partido correspondiente. “Los que apoyan” a un postulante esperan luego recibir la recompensa si éste gana, normalmente en forma de empleo en el municipio o en obras, pero también de combustible o plata propiamente dicha. Se acepta como normal que los trabajadores municipales salen toditos cuando termina el periodo del alcalde que los contrató al vencer, que además por ley no puede ser reelegido y por tanto no concurre a los comicios.

Aunque maniobran para perpetuarse en el poder, y así postulan esposas, hijos o socios de actuales mandatarios… Estos días se compran y venden muchos votos; los candidatos hacen inversiones que recuperarán cuando estén en el poder, que es visto más como un medio de enriquecimiento personal que como un servicio a la comunidad. Son las cosas de mi Perú, que supuestamente desde las altas instancias lucha contra la corrupción y busca mecanismos que conduzcan a una mayor madurez institucional y democrática. Bonitas palabras que se estrellan con la realidad: Islandia empapelada y disputada por magnates locales escondidos tras débiles rótulos políticos, mientras el distrito sigue empantanado en la pobreza y paralizado por el abandono del Estado y las instituciones.

sábado, 22 de septiembre de 2018

AMANECE MÁS TEMPRANO


Este año el jet-lag de las vacaciones lo he pasado sin darme cuenta durante los cuatro días completos de viaje desde Mérida a Islandia, y en un 90% durmiendo en el ferry. Nada más llegar, tregua para dar los regalos y al toque reunión: no me da tiempo ni a echar de menos el terruño joé.

Y es que en un mes y pico hay dos chicharrones de chamba: el encuentro de animadores (del 28 al 30 de septiembre, lo tenemos encima) y la fiesta patronal. Lo tenía todo preparado, como los buenos 1s del eneagrama, pero los choros me han quitado un montón de archivos que digo yo que para qué los querrán… Esquema de la novena del Señor de los Milagros, powerpoint del documento preparatorio del Sínodo de la Amazonía, esas cosas no las venden ni poniéndolas en oferta en eBay. De modo que me toca teclear a full copiando lo que había imprimido (menos mal) y recreando lo perdido.

Una señora se sube al mismo bote que yo esta mañana retornando de Benjamin, y nos ponemos a conversar. Le voy preguntando y me cuenta que tiene diez hijos de –solo- dos  compromisos, y que uno es ingeniero, otra está en Lima… lo normal en las madres, presumiendo. Los dos hombres la dejaron sucesivamente, y cuando quisieron volver con ella, les dijo: “Me amas, ¿verdad? Y yo a ti, así que ahí nomá, dejemos las cosas como están”. Que tenía tres balsas, las vendió y les dio a cada esposo el importe de una. “Qué  bueno” – le digo, “que se lleven bonito”, y se pone a contarme historias que ha visto en la tele, maridos que matan a sus mujeres etc. Mientras me aturde un poco, pienso en cuánta sabiduría de la vida sencilla hay escondida por ahí, y yo leyendo tratados de biodescodificación.

Al rato me dice: “¿Tú  has estado un tiempo fuera, no?”. Al ver mi cara de asombro me ofrece una explicación: “Sí, es que hace tiempo no te he  visto”. Asu, y a mí me parece que será la segunda vez que me la encuentro. A ver si voy a ser más conocido que  el Señor Parrilla  y yo con estos pelos. Solo  mi gata no me  ha hecho mucho caso, jo. ¿Cómo va a olvidara su mamá? Pero ya me la estoy ganando a base de piel de chorizo y pancito, en la tarde hasta se vino conmigo  hasta la esquina.

Ella se tiene que acostumbrar, y yo también a este calorón, este 85% de humedad, de nuevo arroz y fideos en la comida, los cortes de luz, el ruido de los israelitas cantando al costado, la destreza al subir y bajar de la canoa, el inodoro manual, el tonillo selvático -ñaño y huambrilla-, Movistar que no se oye ná y la visita de las hermanas arañas y sus primas las cucas. Este es mi mundo, y aunque la he pasado chévere en las vacaciones, estoy feliz de regresar.

A las 5:30 de la madrugada el sol se cuela por los tragaluces de mi cuarto faltos de cortinas, porque ya es de día. Amanece antes que en Lima, se nota que estamos mucho más al Este, y es como si la vida me apremiara a ponerme en funcionamiento cuanto antes, porque hay mucha tarea y no hay tiempo que perder. Ya pues. Mientras recupero algunas fotos de nuestra misión, ¿qué me dicen de estas sonrisas? De momento estos zagales parece que de play, nada; carros de juguete y estamos al corriente. Pero ellos, contentos. Y yo también.

domingo, 16 de septiembre de 2018

"¿CUÁNDO VAS A REGRESAR YA?"


Estoy con la torre encimita, pero muy sereno. En este último día de las vacaciones me recorren el corazón algunas pinceladas de sensaciones y pensamientos a modo de ¿balance? Más bien el regusto o el poso que me deja este mes precioso. Trato de expresarlo y cierro la maleta.

Ha sido completamente diferente al año pasado ("Tengo la torre encima" - 26 de septiembre de 2017). En primer lugar porque solo ha transcurrido un año: mis sobrinos estaban altos, pero podía reconocerlos; las cosas se han movido, pero conservo las destrezas para brujulear, encontrar las balizas vitales y moverme con soltura. El parking de la plaza de San Atón ya no expide tickets, te leen la matrícula automáticamente (cosa que me deja a cuadros y me hace sentirme como Tarzán traído de la jungla a Londres), pero la fuente está donde siempre, no hay dudas, hay consistencia y seguridad.

Yo mismo también llegué esta vez en una situación muy distinta. No estaba tan extenuado física e interiormente como en 2017, ni mucho menos. Aquel verano estuvo marcado por las "reparaciones", que a menudo resultan dolorosas; este año hubo muchas más risas y menos conversaciones terapéuticas, disfrute y no tanto catarsis. Necesitaba y merecía un desquite, y me ha sentado de maravilla.

- ¿Cuándo vas a regresar?
- Pues el año que próximo, si va todo bien.
- No no, que cuándo vas a venirte ya del todo. (Ha sido la pregunta más repetida estas semanas. Curiosamente da por sentado que tengo que retornar a España, y que toca hacerlo pronto).
- Pero si llevo poco tiempo.
- Sihombre, cuatro años. Aquí también hace falta, ¿eh?

La gente quiere manifestarte el cariño, y esta pregunta es una versión popular. Me he ido entrenando en escapar haciendo una pirueta humorística: "En el sitio en el que estoy solo llevo año y medio, ni me he enterado todavía de dónde me he metido. Estoy empezando". No tan humorística...

Participar en el devenir de la vida de mi familia, encontrarme con los amigos, los compañeros curas diocesanos, celebrar algunas misas en Mérida, visitar a mis pueblos... todo se ha dado con naturalidad, como conducir mi viejo carro, igual que siempre, no se olvida, somos el uno para el otro y al toque nos compenetramos. Es lo que tiene pertenecer. Y eso no caduca aunque la distancia se solidifique y los años se amontonen.

Pertenezco a donde he nacido y crecido. Pertenezco a donde estoy. Pertenezco a donde trabajé y enterré la quishibra. Pertenezco a donde regreso a cosechar y entregar cariño y agradecimiento. Pertenezco a donde siempre puedo volver, malherido o medallista, porque estará la mesa dispuesta para mí sin condiciones ni juicios.

De modo que es mejor, si se puede, volver a menudo. Y así la despedida, aunque siempre penosa, es menos "adiós mundo cruel" y más "hasta luego". Ayuda mucho mi momento presente, lleno de certeza, lucidez y paz.

Gracias por estos días y por mí no teman: "Estás muy bien", me han dicho varias veces, y no solo por por los beneficios de las comidas de mi mamá, sino porque "se te nota feliz". Así es; me voy donde quiero estar, mi sitio hoy por hoy, mi "mera libertad y querer". No me planteo otra cosa. Al Perú y a la selva pertenezco también.