martes, 30 de mayo de 2023

YO TAMBIÉN NACÍ EN EL 70


Y concretamente un día como este, 30 de mayo. Sí, gracias a todos los que hoy se acuerdan de mí con cariño. Toca saborear ese milagro de ser querido, de importarle a algunas personas, de significar algo en la vida de alguien… Es tan enigmático como precioso. Gracias de corazón.

Siempre tuve más amigos
De los que pude contar

Estoy en la sede administrativa del Vicariato, en el barrio de Punchana, en Iquitos, la casa donde paro entre viaje y viaje, donde pongo la lavadora, me reencuentro con mi colchón y planto mi poto en la silla un rato. Acá está la oficina, con sus trabajadores (contador, administradora, secretarias…) y los misioneros responsables, y sé que habrá fiesta con cervecita, brindis, y por supuesto torta (que saben que me encanta), happy birthday, discursos y demás homenajes. Y yo me dejaré agasajar, respiro con pudor feliz el hecho de que quienes trabajan conmigo me aprecian, a pesar de mis defectos; y me lo expresan a su estilo sencillo y auténticamente peruano.

Yo también nací en el 53

El otro día recordaba que ahora hace 20 años que fui a echar una mano a Calamonte, y aquella breve experiencia como cura de pueblo me marcó hasta hoy … realmente hace ya bastantes años de casi cualquier cosa en mi vida; incluso el tiempo que llevo en Perú, algo menos de 9 años, me parece muchísimo por lo intenso, sorprendente y decisivo para mi persona.

Y jamás le tuve miedo a vivir

Me siento enormemente afortunado y agradecido por haber llegado a este momento, y de esta manera. No puedo evitar emocionarme y recordar a los amigos y compañeros que también nacieron en el 70 y ya no están. Siento que algo de mí se fue con ellos, y al mismo tiempo que un reflejo de ellos se quedó en mí y forma parte de mi historia en marcha. Sigo sin tenerle miedo a vivir.

No me pesa lo vivido… Hay que ver, en todo he sido aprendiz

Me descubro satisfecho por todo lo vivido. No es que no me pese, es que lo acojo con afecto y serenidad. Diosito me ha regalado mucho: encuentros, lugares, circunstancias, trabajos, personas, culturas, heridas, alegrías… Siempre, hasta ahora, me embarga el asombro en muchos instantes, y sé que será así hasta el final. No creo que pueda dejar de aprender y admirar.

Distinto del que soñé…

Mis sueños de más joven han sido ampliamente superados, y de manera divergente y siempre mayor, como hace Dios. Todo está resultando diferente a como lo imaginé, y estoy encantado con ese desborde lleno de humor y ternura. Últimamente no me atrevo a planificar demasiado, más bien sigo con las luces cortas porque va quedando menos tiempo.

Como tú sintiendo la sangre arder

A pesar de los crujidos y limitaciones de mi cuerpo, noto que mi sangre arde, que mi mente es rápida, que mi corazón late fuerte. Mi amiga Mayte me dice que mi pasión es enorme, a veces me juega malas pasadas… y me conoce bien. Sí, hay fuerzas para unas cuantas vueltas del río todavía. Acá voy a estar. Gracias por compartirlas, aun en la distancia.

jueves, 25 de mayo de 2023

PISHCU CHAQUI (DOMINIK SZKATULA)


A estas horas Domi debe estar surcando el río Napo, como hace todos los años. Son recorridos de entre 12 y 16 días seguidos (sin regresar a casita a dormir, ¿eh?), largos y exigentes, propios de esta misionera de pura raza amazónica, que está cumpliendo 40 años de entrega en el Vicariato. Toda una vida de leyenda, escrita con sonrisas, creatividad y fuerza.

La chapa (el mote) de Domi es Pishcu Chaqui, en kichwa: pishcu=pájaro y chaqui=pie, es decir, pájaro que anda, que va saltando siempre de un sitio a otro. No puede estar más acertado, porque Domi se mueve, viaja; antes, cuando era coordinadora de pastoral del Vicariato, por todo el territorio, y ahora por el Napo y por Angoteros.

Es gracioso, ¿no? Sí, pero para la gente naporuna es algo muy verdadero y muy serio. El barrio donde está la casa misionera, en la distribución urbana de Angoteros, se llama “barrio Pishcu Chaqui”. Sobran los comentarios. Recuerdo que, en Santa María, una comunidad cercana, el kuyllur, que se llama Serapio, al presentar a los que estábamos de visita, mencionó a “la hermana Pishcu Chaqui”; ¿creen que alguien se rio? Nadies. Los moradores bien formales y circunspectos.

Y es que sí, Domi tiene el nervio misionero de ir, de llegar. En sus recorridos logra visitar todas las comunidades del distrito, 35 en total, dos veces al año, sean católicas o no (los evangélicos, como todos, la aprecian y ríen con sus bromas). En ningún otro puesto de misión alcanzan tal nivel de acompañamiento. Y son viajes duros, donde se duerme en el piso, se come con la gente, se han de cargar bultos pesados y a menudo no hay baño. Pues ahí está Pishcu Chaqui con sus 64 primaveras, admirable. El resultado es que todas las comunidades están mínimamente organizadas; de hecho, acuden a la tantarina (encuentro de formación en Angoteros) personas de 20 localidades, lo cual es una muy estimable proporción.

Pishcu Chaqui es más conocida en el Napo que Messi. Se para por la calle con todo el mundo, a la casa está entrando gente constantemente. Hay un niño de un par de años que se llama Joselu que baja la cuesta y no deja de gritar con media lengua: ¡Domi caramelo! Hasta que consigue su objetivo. No hay lugar donde no la reconozca alguien. El otro día, al subir al deslizador, como no habían anotado su apellido en la lista, el muchacho le puso “Domitila Coquinche”: Coquinche es el apellido más habitual en la zona, medio pueblo kichwa se llama así… ¡la consideran uno de ellos!

Domi ha logrado lo máximo para un misionero, qué orgullo y envidia sana. Cuando hace de anfitriona recibes multitud de pequeños detalles: comidas ricas, un ronsito por la noche, preparar keke juntos… Intenta siempre que se trabaje unidos y se esté a gusto en casa, a pesar de las cucas, las goteras que se cuelan entre las hojas de irapay y los crujidos de la pona cuando se camina en la noche.


Aunque tiene un polo que pone “ATEA”, Pischu Chaqui es un ave profundamente creyente que, cada noche, antes de volar al sueño, se remonta al Dios de la vida. Es la suya una fe libre y amazónica, cuyas mediaciones son la belleza de la naturaleza y la nobleza de los indígenas. La foto recoge el momento de “la limpia”, donde el chamán purifica el cuerpo y el alma mediante las hojas en movimiento y el humo del mapacho (tabaco). La veo así, arrodillada de espaldas, y me parece más viejita, casi a merced de los espíritus de la selva.

De hecho, cuando releo lo que ya escribí sobre ella ("Pakrachu Madrina" 21 de agosto de 2017)) y miro nuestros rostros, me asombro de que hayan pasado ¡casi seis años! Es escalofriante pensar que sus responsabilidades de entonces al frente del Vicariato, ahora las tenga yo; una especie de broma del destino. Porque soy “pesca suya”, y hoy, con muchas más experiencias compartidas desde aquel 2017, esas palabras se me quedan cortas.

Siempre me hace falta más de una entrada cuando se trata de ella, su vida es tan intensa y rebosante. Pero no puede estar ya sola en la misión, le va costando. Si hay algún misionero o misionera genuino que desee navegar con Pishcu Chaqui y llevar en equipo sueños y tarea, que me contacte y conversamos. No se arrepentirá.

sábado, 20 de mayo de 2023

UN PEDACITO DE CIELO MISIONERO

 
Hay momentos en que, de pronto, todo coincide, los contornos del sentido germinan, sientes una alegría difícil de describir y sabes, sin dubitar ni poder dubitar, que es exactamente hoy, a esta hora y en este lugar donde deseas estar. Ocurre de vez en cuando, pero pocas veces con tanta nitidez como el otro día en una comunidad llamada Breo, cerca de Pebas, en el bajo Amazonas.

Este es uno de los lugares donde están haciendo su experiencia los seminaristas de los Misioneros de Guadalupe, que tienen a su cargo el puesto de Pebas. Los jóvenes reciben, durante un año, una formación en contexto, con un bloque de espiritualidad y otro de inserción y trabajo en una comunidad del río; al final de su estancia en el Vicariato emiten sus primeros compromisos en el instituto y se marchan a continuar sus estudios.

De modo que, dentro del programa de mi visita, tocaba ir a Breo a calibrar de alguna manera el impacto que tiene la tarea de estos jóvenes (ya bastante mayores algunos de ellos, superando los 30 años). Me interesaba escuchar cómo la comunidad lo está viviendo y qué están aportando, en este caso Anderson y José. Veníamos de Cochiquinas, gran centro poblado, y llegamos una hora tarde, pero eso no emborronó un ápice el cariño con que nos recibieron.

Breo es una pequeña aldea de unas veinte familias, todas indígenas yagua. Tristemente ya no hablan su lengua originaria, excepto el apu, que nos dio la bienvenida ataviado con vestimentas tradicionales. En su discurso y en todos, lo que más resonó fue “gracias”. Uno tras otro, los moradores expresaron su inmenso agradecimiento por haber enviado a los hermanos allí, por su labor con los niños, los jóvenes, por sus consejos en las asambleas comunales… No recuerdo que me hayan llamado por mi nombre tantas veces y con tanta naturalidad personas que recién me conocían.


Tenía en mis manos el primer pate de masato cuando las intervenciones explicaban que los seminaristas han logrado organizar la comunidad, en la que Tercero, el animador, siempre reclamaba que estaba solo, nadie le ayudaba ni a leer, ni con los cantos… Ahora hay todo un equipo pastoral con catequistas, encargados de liturgia… todos ellos identificados con sus polos, entusiasmados y asumiendo responsabilidades, y las primeras las mujeres.

Además, José y Anderson se han ido a los “mañaneos”, es decir, los trabajos comunales típicos de nuestras culturas, las mingas. Han empuñado el machete como uno más y han aprendido a limpiar, a desmontar, a trenzar hojas… Han reído, han caminado, han bromeado y se han cansado sudando junto a sus compañeros, tomando masato para agarrar fuerzas y “haciéndose uno” con este pueblo humilde y precioso. Las familias se han turnado para acogerlos en sus casas y brindarles sus alimentos. Entre ellos y la gente fluye la confianza, hay complicidad y cercanía. Incluso son hasta próximos compadres de algunos.

“Por favor, vicario, queremos que no se vayan, que se queden con nosotros”. Les expliqué que eso no está en mi mano, pero me encantó apreciar esa manifestación tan palpable del puro afecto hacia sus misioneros, porque sabía que un pellizco de eso iba para mí mismo. Y me sentí maravillado y orgulloso, por momentos abrumado y simplemente feliz.

Habían preparado un programa, los niños con sus coronas tradicionales, las niñas bailando una saya. Ya circulaba la segunda ronda de masato, y eso hace que las sonrisas se ensanchen. Nos levantamos de la maloka y nos dirigimos hacia la nueva capilla en construcción, quieren inaugurarla justamente el día en que los seminaristas se despiden, como para cerrar el círculo y mitigar las lágrimas venideras.

Por el camino, mientras los ysangos nos trepaban, besos y apapachos de niños por todas partes y sin disimulo (pensaba que estamos mandando a la wimba el protocolo, o es tal vez que esta devoción limpia y pura no se puede contener). Antes de despedirnos, un tremendo zúngaro de más de 15 kilos, regalo concreto y suculento, muy amazónico. Y, al terminar su danza, las chicas, con sus voces tímidas, suavemente sincronizadas de candor: “bienvenido, padre César”.



domingo, 14 de mayo de 2023

COMO EL ENANO DE “AMÉLIE” (VIAJES Y MÁS VIAJES)


O como “Willy Fog apostador, que se juega con honor la vuelta al mundo”, así estoy. Viajes, viajes y más viajes. Voy de un lugar a otro, muy seguido, intentando visitar casi todos los puestos de misión en estos cuatro meses entre la Semana Santa y las vacaciones. Como dicen en mi pueblo, vivo en un pie, o, más exactamente, en un remo.

Ya he recibido algunas riñas cariñosas y preocupadas porque es un calendario demasiado apretado, con muy poco tiempo entre un desplazamiento y el siguiente. Y tienen razón, he hecho una programación un tanto suicida, que cuadra sobre el papel pero que luego hay que vivirla, y ahí entra a tallar mi cuerpo, que también reclama y me muestra con diferentes evidencias que ahora ya no es igual que hace solo cinco o seis años. La otra semana, por ejemplo, llegué de Yanashi a las 10 de la mañana y salí para San Pablo el mismo día a las 4 de la tarde; reventao.

Hay quien se desorienta y ya no logra ubicarme. “Estoy en Pebas” – le dije hoy a alguien por teléfono. “¡¡¿¿Pero no estabas en Angoteros??!!” – me preguntó entre la sorpresa y el espanto. No todavía domino la habilidad de la bilocación, pero por descontado que me gustaría, tanto como volar como superman, o que el día tuviera 40 horas, o que hubiera un gemelo idéntico con quien poder trabajar en equipo, las mentes conectadas.

Cada vez que recibía una postal con la foto del enano de jardín en un país distinto, al padre de Amélie le salían sabañones en el cerebro: ¿cómo puede esa estatuilla recorrer el mundo a tal velocidad? En mi caso, en embarcaciones públicas que van por los ríos de nuestro territorio, y en avioneta si se trata de llegar a Soplín Vargas y Estrecho. Ferry, pongueros y rápidos cuyos horarios a menudo te obligan a embarcar de madrugada y pasar buena parte del día o de la noche navegando, con el consiguiente desgaste.

Las visitas suelen incluir todo un cronograma de reuniones, encuentros, conversaciones, almuerzos, Eucaristía… En unos puestos de misión la cosa suele ser más exigente y en otros más relajada, dependiendo del volumen de actividades y de los misioneros encargados. A veces todo es muy seguido, con pocas pausas. Y en medio de todo ello, me las tengo que apañar para componer proyectos, preparar cartas, órdenes del día y reportes, y por supuesto debo ir redactando el borrador del informe de visita que trabajamos con el equipo en la sesión conclusiva.

De regreso a Iquitos, después de doce o quince días fuera, me esperan normalmente reuniones de variado pelaje: de los consejos vicariales, del equipo de coordinación pastoral o las áreas pastorales, de la ODEC, de la comisión de becas… Un sinfín de historias en las que estoy implicado o soy directamente responsable, sin contar todas las tareas administrativas, siempre demandantes de chamba. Es decir, que en dos días y medio o tres, hay que lavar un bolo de ropa, atender todo ese cau-cau… e incluso hasta descansar un poco, si se puede, antes del siguiente zarpe.

Ni modo. No da tiempo ni a tirarte un peíto. Pero vale la pena. La visita es la ocasión para estar con nuestra gente linda, y eso me da la vida; este es el cuarto año y ya nos conocemos, nos saludamos por nuestro nombre, por todas partes tengo mis vínculos sin necesidad de pasar por los misioneros, siempre hay quienes quieren conversar e incluso me invitan a su casa. Es como si el Vicariato entero fuera mi parroquia, qué chévere.

Además, este año voy predicando el Plan Pastoral todavía calentito, la necesidad de hacer el POA, y remachando los temas en que estamos centrados: la cultura del cuidado y el protocolo frente a abusos a menores, el trabajo en equipo, convocar nuevos agentes pastorales y entre ellos a las mujeres, la pastoral juvenil, la nueva Oficina de Defensa de la vida y de la cultura… Lo veo necesario.

No puedo quejarme, simplemente porque soy yo mismo el que ha diseñado de esa manera el periplo de estos meses; es un ir y venir frenético, un reto algo loco, una suerte de experimento. Está claro que no puede ser así, que el año próximo debo bajar el ritmo, programar los viajes con más margen y descansar más… Lo comprendo y me sonrío, miro de reojo y silbo porque en el fondo me encanta. Es lo que hay.

sábado, 6 de mayo de 2023

PARIHULLA ALLI KAWSANATA MASKANCHI (“JUNTOS BUSCAMOS EL CAMBIO”)


Tenía pendiente venir a la tantarina (se lee “tandarina” en kichwa), o sea, el encuentro de formación de kuyllur runa, los “animadores” responsables de comunidades cristianas de todo el alto Napo. Están siendo unos días de chamba grande, masato a cada hora, atardeceres bellísimos y valiosos aprendizajes. Aún estoy en Angoteros.
 
Cada vez que llego hasta acá, siento como si ingresara a una especie de “mundo al revés” parecido al de Stranger Things, contemplo espontáneamente mi vida desde una perspectiva nueva y más profunda, la misión fluye y lo colma todo, y especialmente el futuro… Es curioso.
 
Los kuyllur runa son hombres de chacra y canoa que caminan con sus pies descalzos; saben de la pesca nocturna y de las costumbres de la huangana y el sajino; conocen todas las trochas del monte, el rumor del viento que anuncia la lluvia y distinguen la yuca brava a primera vista. Tienen una fe sencilla en Pacha Yaya, aprendida desde niños de manera oral, arraigada en la tradición de su pueblo.
 
Los temas de este taller están plenamente alineados con la programación vicarial. Hay un bloque sobre la violencia en el hogar, especialmente contra la mujer. Tratamos de resquebrajar el machismo que impregna toda esta cultura, y lo hacemos en un ambiente cálido y de comprensión. Las warmis acompañan casi siempre a sus esposos (las parejas suelen mantenerse fieles desde bien jóvenes), pero casi no intervienen en la capacitación, su lugar es la cocina, el cuidado de los niños o alguna actividad artesanal, y así se acepta de forma natural.
 
Pero ¿por qué no podría haber mujeres kuyllur, líderes de una comunidad? Claro que sí. Y más ahora que la sinodalidad se vertebra, la iglesia es parihu, es decir, todos somos iguales frente a Dios y frente a la comunidad, todos valemos lo mismo, nadie está por encima de nadie. Lo entienden muy fácilmente, porque en su cultura el apu (”jefe”) es un cargo rotativo, las autoridades son relativas y temporales.
 
Por supuesto que hay estima hacia el yayapakri (sacerdote) pero sin un gramo de servilismo; en la Eucaristía hago nomás lo que me corresponde según el ritual naporuna, pero no soy el presidente, no me ubico en el centro de la asamblea. Comento un poco el Evangelio después de otras intervenciones en la “homilía”, pronuncio en kichwa las palabras de la consagración y una parte de la plegaria eucarística, eso es todo. Por tanto, la mayoría de las oraciones, las invitaciones al perdón y a la paz, la bendición… todo lo realizan los kuyllur responsables. No hay ni rastro de clericalismo; sí reconocimiento agradecido.


La verdadera devoción la observo en los descansos, cuando las personas aprovechan para acercarse a la pizarra y a los papelotes; muchos tienen serias dificultades para comprender el castellano, y se esfuerzan en escribir las síntesis de lo que se ha explicado, con dedicación y paciencia, y eso me emociona. Al final de cada jornada, Domi hace aflorar qué hemos sacado en claro, qué nos ha quedado, qué hemos aprendido. Para que después eso se pueda ofrecer a sus comunidades de origen. Simple y genuino.
 
Hemos trabajado en equipo a todas horas, porque ese es el camino. Ya no el animador solito, ahora el kuyllur con un equipo: encargado de leer, de limpiar el local, de visitar a los enfermos, de preparar los cantos (¡superimportante!)… y por supuesto, con las mujeres dentro. Imaginamos ministerios, la iglesia sinodal se reinventa en esta zona indígena con creatividad y valentía, buscamos el cambio, no es imposible y ¡es estupendo!
 
Los runa son libres. Nada se puede imponer, las jerarquías ortopédicas les importan un comino, los esquemas piramidales les extrañan. Están a salvo de tentaciones de poder y figurar. Todo se consigue estando con ellos, mostrando que amas y respetas, escuchando. En la noche de despedida hubo cuentos, juegos, canciones polacas, canchita y gaseosa, dinámicas y hasta baile de sevillanas. Juntos. Porque las risas más sabrosas, tal vez las únicas risas posibles, son las que se comparten.
 
Mañana bajamos hacia Iquitos, regreso a “la civilización”, pero en cada viaje noto que me dejo algo más de mí acá…. Me siento kushi (alegre).