miércoles, 7 de diciembre de 2016

LAS PALMERAS DE OCOL


Cada vez que voy a Chachapoyas descubro un paisaje fascinante que exhala una hermosura diferente, a la vez inmóvil y siempre nueva. Las palmeras de Ocol me asombran y van seduciendo mi sensibilidad con su pericia de hechiceras vegetales, inexorables en su atractivo.

Cuando el carro pasa por San José y Ocol, me impresiona el convencimiento de que las palmeras nos observan, lo dominan todo desde su circunspecta altivez. Somos intrusos en su territorio, una naturaleza que les pertenece y a la que dotan de singular gracia.

Las hay de diferentes especies de elegancia, preciosas y herméticas, dueñas de un silencio sereno, emergiendo entre las nubes, colonizadoras de la belleza, poblando esos cerros con su quietud viva.

Su tronco se afila y luego se ensancha antes de las hojas, que son como un estallido de fuegos artificiales que se hubiera congelado en la pura delicadeza.

Nos vigilan desde su principesca altura, una especie de esbelta ingravidez. Y yo me dejo mirar por ellas, y deseo que algo de su encanto, a través de mis ojos, invada y rebose mi corazón; para que así mis pesares de ahora y los que vendrán queden mitigados por tal esencia; para que mi vida se hilvane en su sosiego.



viernes, 2 de diciembre de 2016

LA CASA HOGAR


Poco he hablado de ella porque ha sido, durante todo el año, una fuente permanente de dificultades, contratiempos y problemas de todo tipo. Pero siempre entrelazados con risas adolescentes, cuadernos escolares y esperanzas de futuro. Ahora llevamos una época más tranquila, y eso es bueno, porque merece la pena trabajar por estos chicos.

La Casa Hogar "San Francisco de Asís" es una obra social de nuestra parroquia. Antonio León la pensó para ser residencia de ancianos, pero pronto evolucionó para convertirse en una institución de acogida de chicos y chicas procedentes de pueblos lejanos que venían a Mendoza a estudiar la secundaria y sus familias disponían de pocos recursos económicos. Una iniciativa de desarrollo de primera categoría en la que Lolo, el profe Echegaray y Ángel se dejaron la piel.

Los años han pasado y la vida ha ido cambiando en la provincia; ahora hay muchos más colegios y la movilidad ha mejorado notablemente, pero la Casa continúa ofreciendo su servicio a hijos de campesinos pobres que por 150 soles al mes (43 euros) quieren estudiar para poder ir mañana a la universidad y ser profesionales. Tratamos de asegurar las condiciones para que los jóvenes aprovechen el tiempo y la oportunidad; en Mendoza hay muchos compañeros suyos, de los pueblos, que sus padres ponen en cuartos pagando más del doble y sin nadie "que los vea", con los previsibles resultados catastróficos en muchos casos.

El día a día también es diferente respecto a los inicios. Como ahora hay jornada completa, los muchachos almuerzan en el colegio (una mototaxi les lleva los tapers todos los días) y pasan menos tiempo en la Casa; trabajan en el huerto, pero no tanto como antes; salen más a hacer trabajos o a internet, todo es más rápido y más variado. Adelaida es su tutora y la responsable de la Casa, además de cocinera. Ella es la que conversa con los profes, va a las reuniones, lidia con los críos a todas horas, reniega, escucha, aconseja, limpia, organiza... una auténtica todoterreno.

A los papás los llamamos cada tres meses para un día de faena comunal (desherbar la huerta, juntar el café de la chacra que la Casa tiene, acarrear leña, etc.) en el que siempre hay una reunión para informar de cómo van las cosas y cambiar impresiones. Ellos indefectiblemente expresan su agradecimiento a la parroquia por el bien que se les hace a sus hijos. Y es que entre los antiguos alumnos hay de todo, hasta alcaldes e ingenieros. Da gusto encontrarse con alguno, ya grande, que también está agradecido.

La pensión que pagan a duras penas alcanza para los gastos corrientes de alimentación, luz, gas y demás. La Casa afronta gastos extra de reparaciones, compras de mobiliario y obras con las ayudas que llegan de España, de la ONG Yanaptasiñani de Oliva de la Frontera. Gracias a ellos y a otras aportaciones se pueden ir haciendo cositas. Lo digo por si alguien lee esto y se anima a colaborar.

Este año varios jóvenes salieron (querían ser libres...) pero llegaron otros, algunos enviados por la fiscalía y los servicios sociales de la municipalidad por casos de malos tratos o abandono. Está André que es un perla, y Shani una auténtica pishpirilla*; Nilver y Clever mostrando a todas horas su hombría; Heyli un encanto de persona, y Magalit y Lloisy las típicas niñas maduras y responsables. La verdad es que los pocos ratos que tengo para pasar con ellos me divierto mucho. Es como vivir en un eterno campamento de verano, una gozada.

* En quechua: ligerilla, traviesilla.

viernes, 25 de noviembre de 2016

SOLO QUIEN AMA VUELA


El año pasado, Cristina fue con sus amigas de minivacaciones al Cuzco y a Machu Picchu. Durante la estancia, para los traslados a unos sitios y a otros, hay que agarrar combis y carros, normalmente mezclándose con grupos de gente joven que viaja en plan económico. En una de las paradas, no recuerdo si para comprar artesanía o para ver algún monumento, un chico se le acercó y le habló.

Fue el sábado 3 de octubre de 2015, a las 14:50 aproximadamente. Lo digo porque si entras en el whatsapp de Fernando, ves que lo tiene puesto en su estado. En aquel mismo momento él supo que Cristina era la mujer de su vida. No hablo del clásico flechazo no, creo que es más que eso: como una certeza del corazón, que desde ese momento se pone a volar.

Y vaya si voló. Como que es piloto de helicópteros de las FAP (Fuerza Aérea del Perú). En cuanto Cristina regresó a Mendoza, ese fin de semana, Fernando encontró un vuelo militar de esos que llevan la carga en el centro tapada con una red, y se presentó acá. Ahí, sin pensarlo, dejándose llevar por la corriente del amor, que te hace despegar y planear. Cristina me lo contó soprendida y halagada: "¡que viene a Mendoza!". A mí me pareció un gesto muy bonito y galante.

Por supuesto, Fernando no se alojó en la parroquia, le buscamos hospedaje en casa de Miss Amelia. Pero siguió nuestro ritmo, almorzó con nosotros... Vino a la aldea y jugó con los niños como si los conociera de toda la vida. Muy sencillo, de trato agradable y fácil, de buena conversación. Nada creído para ser un piloto de élite de las FAP, ¿eh? Y totalmente decidido a conquistar a Cristina. "Ve, pasea con él, dale una oportunidad, nada puedes perder", le dije yo, pero creo que ella estaba ya un poco persuadida por su convicción sin fisuras.

Así la chispa voló del uno a la otra. Quedaba pasar un fin de semana solos, para conocerse, para aprender el tono de su voz al natural y no por teléfono, para exponerse a la emoción de una maniobra arriesgada en el aire, para fraguar la amistad en un amor de altura. Ahí hubo que armar un operativo de camuflaje fino y necesario, porque nadie podía enterarse. Y mereció la pena. Desde entonces, mensajes, llamadas, canciones, risas, cantidad de risas, puestas de sol, algún enfado, superación en sinceridad, perdón... y mucha fe. Tragos de felicidad, en definitiva.

Y también proyectos. Que exigirán dolorosas renuncias y grandes riesgos, como las piruetas en el cielo. Pero solo quien ama vuela, como dice el verso de Miguel Hernández. El amor hace capaz de todo, impulsa a las mayores locuras y hace vivir de verdad. Hoy que te has ido, Cristina, es el día para escribir esta historia que hace tiempo late en lo profundo de mi cariño por ti; hoy que es tu cumpleaños, Fernando, es el día para ofrecerte este trozo de vida que ambos me habéis permitido compartir. ¡Gracias y felicidades!

sábado, 19 de noviembre de 2016

EL TÍO JEREMÍAS


- Padrecito, a partir de ahora el Jesús me va a ir reemplazando en algunas tareas como agente de pastoral de Chontapampa.
- Me parece muy bien, don Jeremías.
- No es que me vaya a retirar, ¿eh? Lo que pasa es que me siento un poco mayor para algunas cosas: las charlas de Bautismo, las lecturas de la liturgia...
- Claro, don Jeremías, no se preocupe. En la parroquia seguimos contando con usted.

¿"Un poco mayor"? El tío Jeremías tiene ni más ni menos que 88 años como 88 castaños. Lleva 28 como animador de la comunidad de Chonta; pocos si consideramos su edad. Es una persona con una vida larga y peculiar, que suscita respeto por su fidelidad a prueba de bomba, su humildad y sus ademanes de caballero. El otro día, almorzando en su casa, me contaba su historia con gran naturalidad.

"Así que usted empezó en la iglesia ya con 60 años" - le pregunto. "Así es, padre. Y ni se imagina cómo era antes de que el párroco me invitase a colaborar, un libertino". "No sería para tanto". Mientras tomamos la sopa que doña Zoila nos pone, me cuenta que tiene en total 21 hijos: "Dos hijos de mi libertad y el resto con mis dos primeras esposas, esta es la tercera". Diosito lindo, Yeremy Airons no ha perdido el tiempo, me digo, y temo que los plátanos munchillos que cuelgan del adobe de la pobre cocina me adivinen el pensamiento.

"Además me gustaba tomar, ahí gastaba la platita que ganaba en la carpintería y le daba mala vida a mi familia". Su esposa -la primera- se sacaba la mugre chambeando en la chacra y hacía casi magia para sacar adelante a la tropa de retoños que venían como salidos de una cadena de montaje. Hasta que aquella propuesta del sacerdote le hizo reaccionar: "Fui a un retiro, comencé el servicio a mi pueblo como catequista y de ahí no volví a ser el mismo". Algo vio mi compañero en Jeremías, y bastó darle confianza para ayudarle a cambiar. Qué simple y qué hermoso.

No come mucho, apenas pellizca un trozo de pecho de pollo. "No me encuentro últimamente muy bien, solo voy a la chacra un rato en las mañanas". "¿Qué? ¿Que sigue yendo a su chacra?". "Claro. A por mis yuquitas y a rodear mi café. Y tengo mis encargos de sillas y mesas". Jaja. Lo dice como disculpándose por no poder hacer más y me hace risa. "Usted ya ha trabajado bastante, ahora sus hijos le tienen que apoyar". "No creas, padre, no quiero ser una carga. Tengo unos campitos por ahí que iré vendiendo cuando haga falta. Y una vaca".

En la cancilla de la casa nos despedimos. Se llega caminando veinte minutos desde la plaza, subiendo y bajando cuestas, pero don Jeremías lo hace sin bastón. "Entonces así quedamos, padre, ¿di?". "¿El qué?". "Lo del Jesús, mi reemplazante". Sentado ya al volante me doy cuenta de que él, como tantos otros agentes de pastoral, es insustituible. Hombres honestos, robustos en sus limitaciones, leales y creyentes sólidos. Tesoros de nuestra parroquia, de nuestra iglesia peruana.

"Si falto alguna vez a la jornada en Mendoza, usted me disculpará, ¿verdad?". Don Jeremías solo se jubilará cuando le pongan el piyama de madera.

domingo, 13 de noviembre de 2016

154 MISAS EN 2 MESES


Ya sospechaba yo que podía rondar una cifra semejante, y no me he equivocado. Agarra uno el libro gordo de Petete y la programación canta: en septiembre y octubre hemos celebrado un total de 154 misas, a una media de 2,56 por día, jaja. Un registro imbatible (espero) para dos curas que patean una provincia entera, pero sobre todo un número que me hace pensar.

Pienso y no me siento precisamente orgulloso de la proeza. Un montón de misas son obligatorias, nos las solicitan por fiestas patronales, que en esta época del año se celebran en unos 17 pueblos. Otras son las eucaristías de domingo, fijas en las tres sedes parroquiales. Hay misas de honras, misas de aniversario, misas de salud, entierros... Muy a menudo la gente desea adornar o distinguir sus eventos institucionales, populares o familiares con un acto religioso, y eso, en los últimos años (comentábamos el otro día en Leymebamba) se ha "clericalizado", ya no basta un rezo o una liturgia, tiene que ir el padrecito a decir misa. Y si los párrocos nos resistimos, el personal se molesta y comienzan las llamadas a otros curas de fuera... Un par de veces han acudido hasta al obispo.

Resultado: vamos de un lado para otro, gastando muchísimo tiempo y esfuerzo en la eucaristía y los sacramentos. Y alguien dirá: "Pues eso es lo que tenéis que hacer, ¿no? Que para eso sois curas". Sí, pero no absolutamente. Hay otras muchas cosas que creo que deberíamos hacer y para las que no nos abastecemos: un trabajo serio en pastoral social con análisis de la realidad, pronunciamientos parroquiales, denuncia, acciones y trabajo en red; grupos comprometidos con el medio ambiente; apoyo a la mujer rural y a las pequeñas cooperativas campesinas; una pastoral familiar en condiciones, acercándonos a los convivientes y a las familias rotas; etc. etc. etc. Me sobran las ideas.

No es que los sacramentos no sean válidos para evangelizar y transformar, tienen su fuerza y cumplen su función. El problema es que con ellos llegamos a un cierto público, gente muy determinada y masas en algunos momentos puntuales. La misa te permite dirigirte a las personas y eso no hay que despreciarlo, pero son los que vienen nomás. Faltan otras iniciativas, otras reuniones, otros momentos con carga de primer anuncio, con aroma de salida y no de conservación.

La eucaristía es cada dos por tres instrumentalizada con fines económicos, políticos o devocionales, como parte de un tejido cultural donde la secularización tiene que andar todavía sus pasos. La percepción de lo religioso está aquí atravesada de significados antropológicos que van mucho más allá de la fe o de lo eclesial, y se adentran en cuestiones complejas como la cohesión de la comunidad, los grupos de poder o el estatus social. Y de todo eso los sacerdotes no podemos escapar, nos ponemos el alba y to palante. El asunto es que pasamos semanas sin casi quitárnosla.

¿Qué produce esto en mí? Pues según noto, un desgaste. Me veo como secuestrado por esta rutina, un poco mecanizado, repitiendo homilías, confesiones, yendo a almorzar... Para nosotros es una tarea fácil: la misa y ahí nomá, tac tac, sota caballo y rey. Y bastantes las programamos nosotros, en eso hacemos consistir las visitas relámpago a los pueblos. Me siento por momentos algo deshumanizado; ya sé que realizo un servicio que la gente aprecia, pero no puedo evitar la impresión de ser utilizado, y sobre todo cuando te insisiten con lo de: "Pero padrecito, si nosotros vamos a pagar".

De vez en cuando me sale esta queja: "los párrocos somos seres humanos, no somos máquinas, llegamos adonde podemos". En una reunión alguien dijo: "Los padres no son muñecos", y me hizo gracia por la precisión con la que esa persona (no recuerdo quién) describió lo que a veces pasa: pretenden llevarnos y traernos a un lugar y a otro, vestidos con nuestros trapos para que se bendiga este local o este vehículo, se venere esta imagen, se pida por un enfermo grave, se diga una misa... Hasta celulares he bendecido, jaja.

Y también me doy cuenta, con sorpresa y algo de roche, que con tantos festejos he descuidado cosas que para mí son importantes y me hacen bien porque me ayudan a pausar la vida y a privilegiar el encuentro con las personas: visitar a los viejitos y a mis niños de la aldea, dar ejercicios on line (que me encanta), preparar bonito las cosas (temas, charlas, reuniones, homilías, materiales...), contestar los correos de mis amigos, hablar con mis sobrinos por skype, buscar y descargarme libros para leer, escribir más seguido, tomar una cerveza e incluso hasta descansar... Y lo mejor: pasar tiempo con la gente sin más, sin "hacer nada", sin desempeñar un papel ni realizar ningún cometido, solamente estar, conversar, reír, bailar si es preciso y disfrutar de la compañía. Falta me hace.