viernes, 17 de febrero de 2017

SUDANDO POR ESOS RÍOS


Tamshiyacu es un distrito grande, de más de 7000 habitantes en su casco urbano, con mototaxis, señal de internet, Iquitos a hora y media por 10 soles,  y una parroquia pintada de azul con torre puntiaguda que es de las más extensas del Vicariato con más de 100 comunidades. Aquí comienza este diario de viajes de un novato por la Amazonía que va sudando a todas partes.

No voy solo. Estoy muy bien acompañado por los jóvenes y asesores de la JEC de Mendoza (durante una semana, hasta que regresen) y por mi compañero Reinaldo, que llega a estas tierras al mismo tiempo que yo procedente de la diócesis de Trujillo. Se trata de pasear, de tomar contacto y conocer de primera mano algunos puestos de misión. Es un aterrizaje realmente abrasador porque estos días el calor es asfixiante.

Duros trabajo en Tamshiyacu
El fin de semana sustituimos al padre Yvan en los misas de Tamshi. El pueblo es grandazo pero a la iglesia va poca gente, y creo que es lo habitual por estos lugares. A pesar de que nos esforzamos por hacer participar, a la gente le cuesta reaccionar, sonreír. Cuando vamos por la calle notamos eso mismo: la timidez, el carácter más cerrado, menos expresivo. Y nos topamos con la pobreza, las casas de madera, muchas alzadas sobre palos para esquivar la creciente del río, los niños a montones, los escasos servicios. No hay duda de que la población de la selva está más en la periferia de intereses políticos y económicos.

De allí pasamos a Indiana, donde ya estuve el año pasado. El deslizador va que se las pela, y cuando agarra baches en el agua, salta y arranca gritos por ahí; algún gracioso dice que son los rompemuelles del río. Todo me resulta conocido: las calles, los zancudos, el plátano frito del desayuno, el mercado y su alegre desorden, la parsimonia de Paco, las mecedoras… y el espectáculo del Amazonas fluyendo manso pero como agazapado en su hermosura. Una belleza que se cuela por la ventana de mi habitación del piso de arriba y que me hace preferirla a pesar de que es un horno.

Y es que por momentos el calor me abruma. Más que el calor, el sudor. Me paso el día sudando a chorros, secándome la cara con pañuelos que pronto quedan empapados, y temo incomodar a las personas, y eso me fastidia y creo que me hace sudar más. Tengo que aceptar eso: que hace mucho calor, que voy a sudar, y tratar de adaptarme y llevarlo lo mejor posible. A muchos veo con el mismo problema, siempre con una toallita a cuestas. Es como en Togo: el clima condiciona mucho la vida y moldea la mentalidad de la gente, conforma los relieves de estas culturas.

Pero el día que visitamos Orellana es más fresco. Mariana y Darlene nos esperan en el embarcadero (las conocemos del encuentro de la JEC). Nos hacen recorrer el pueblito, pequeño pero coqueto, con un monumento que recuerda que fue acá donde el extremeño Francisco de Orellana, bajando por el Napo, descubrió el Amazonas el 11 de febrero de 1541. Este puesto de misión tiene unas 40 comunidades y hace años que no cuenta con sacerdote estable, igual que Indiana. Mariana es misionera laica y la responsable de todo: la pastoral, las visitas, las celebraciones… En la casa parroquial, viejita y con aspecto de barco de madera, almorzamos arroz con pavo antes de surcar las cuatro horas de regreso a Indiana.

Y ahora es viernes y escribo de nuevo desde Iquitos, en la sede del Vicariato, en mi habitación de misionero que está de paso por la urbe. Me abanico porque el calor no da tregua, y ahorita llamaré a mis muchachos de Mendoza para reunirme con ellos más tarde y despedirme del todo. Ahí sí que me quedaré solito con mi selva. Menos mal que parece que habrá cocos helados con quizá un toque de vodka, porque estaré algunos días en Indiana.

viernes, 10 de febrero de 2017

SHAMECO


Los primeros días en la selva están siendo una sucesión de sorpresas que van cayendo en mi silencio como los confetis de una bombarda festiva, suaves pero con decisión. Silencio que de vez en cuando rompo para preguntar, y todavía me da la impresión de que a veces hablo de más.

Estoy en Iquitos, la capital de Loreto y la mayor urbe de la selva peruana, con más de 600.000 habitantes. Das cuatro pasos y al toque aprecias que es como si el avión hubiera retrocedido en el tiempo veinte años: el desorden, esas veredas de tierra, la basura desparramada, las pobres casas de Punchana, el hospital regional que no tiene médico de emergencia pero está desbordado de gente y de suciedad… y todo aliñado por un estruendoso enjambre de más de 30.000 mototaxis, que se dice pronto.

No había doctor en urgencias cuando llevamos a Sara a las 9 de la noche, después de que se cayera y se hiciera daño en la casa Kanatari, donde estamos celebrando el encuentro nacional de la JEC (Juventud Estudiante Católica). Como siempre, estar con los jóvenes me impulsa, me insufla vida, me renueva y me calma. Es prodigioso porque pasan los años y es una constante. Conversar con ellos personalmente  me ha impactado, cuánta violencia hay en las familias, cuánto maltrato de todo tipo, y cómo afecta eso a los muchachos, les hace llorar apenas empiezan a contarte.

En el encuentro el padre Ángel Saboya, que es el consiliario nacional de la JEC, quiere celebrar sus ¡50 años! de vida sacerdotal y de servicio al movimiento. Armamos una fiesta sencilla pero muy bonita: la Eucaristía, la humilde cena para toditos, el brindis, los discursos, los regalos, los vídeos, el programa… y el baile. Me quedo asombrado cuando aparecen los de las plumas, los tambores, las flautas y el cuerpo pintado, que imprimen una marcha más a la fiesta y le dan un tono puramente selvático.

Y me doy cuenta en mi piel de que estoy en otro mundo: los rostros, los ojos rasgados, los nombres, la manera de hablar, las melodías, los colores, las expresiones, las comidas… ¡todo! Y todo marcado por el río: el agua, los animales, la pesca, el predominio de la naturaleza. Me quedo mudo de admiración y de estupor. Nada menos que acá me ha venido a traer Diosito.

Los jóvenes adoran al padre Ángel, y él sabe conectar con ellos a pesar de sus 75 castañas. No importa la edad, qué alivio. Su chapa es “shameco”, que acá significa cariñosamente tontallo, zonzito, upa diríamos en Mendoza. Así me tiene la selva, shameco, embobado, fascinado. Y eso que no he salido de Iquitos. Mañana empieza mi viaje iniciático, de descubrimiento del Vicariato y más que probable profundización en el silencio; primera parada: Tamshiyacu, Amazonas arriba en dirección a Nauta. Mamá, a buscarlo en el Google.

domingo, 5 de febrero de 2017

"TU VIDA VA A CAMBIAR"


De nuevo duermo poco, de nuevo amanezco en un cuarto sembrado de maletas sin cerrar, de nuevo llegó el momento de partir. Esta vez el periplo no se inicia en Mérida sino en Lima, y durará apenas hora y media hasta Iquitos, pero intuyo que es un viaje más grande y más profundo.

"Tu vida va a cambiar", me espetó Dominik en una conversa durante el curso de teología la semana pasada. Y desde entonces esas palabras sobrevuelan mi ánimo y matizan mis pensamientos. Ah ya, pero "¿es que no había cambiado bastante?". Parece que no. Porque ahorita se me abre un trecho del camino que es como una vuelta de tuerca en esta vida dentro de la vida que es tratar de seguir al Buen Pastor en Perú.

No es solo un traslado geográfico. Es un dejar atrás todo lo conocido hasta ahora y descalzarse la mente y el corazón. La selva creo que me exigirá dejarme formatear el disco duro, deponer criterios pastorales, ralentizar el ritmo de vida, someter palabras y ejercer el silencio, desechar inercias, relativizar modos de ver, de hacer y de ser... Un capítulo de esta aventura, sí, pero mucho más: un salir de mí para ir más adentro de lo que significa ser misionero, más adentro del querer de Dios, más adentro de la pobreza y la insignificancia.

Diosito me lleva, y eso me hace confiar en que lo que me aguarda será aún más hermoso que lo que dejo atrás. Si miro de reojo, tengo tanto que agradecer... Pero al mismo tiempo me pesa el reverso de mi cruz misionera que tengo acá delante, la cruda realidad de ser vasija de barro siempre a punto de quebrarse (2 Cor 4, 7).

Me marcho al Vicariato Apostólico de San José del Amazonas, a vivir y trabajar en la entraña de la selva peruana... y tengo miedo. No se si seré capaz de ser otro más todavía, 3.0. Así que tal vez sea bueno traer aquellos versos de García Calvo:

              Enorgullécete de tu fracaso,
              que sugiere lo limpio de la empresa.

(Por lo que pueda pasar 😬).

Me despido, pues, de momento. Confieso que he considerado seriamente dejar mi blog (demasiado protagonista quizás...), pero un par de mensajes refrescantes me han alentado a continuar: gracias Dani, gracias Toñi. Intentaré seguir contando trozos de vida, aunque reduciré la frecuencia de las entradas, por las limitaciones de conexión que sin duda habrá en el Amazonas y por decisión propia.

Los días atrás he aprendido que el evangelio de Mateo empieza igual que acaba: Dios se llama "Dios-con-nosotros" y Jesús está siempre "con nosotros". Menos mal. Voy a necesitar la mejor compañía. Porque esta travesía es la más rotunda y penetrante; tal vez la definitiva. El gran viaje es hoy.

domingo, 29 de enero de 2017

ENTERRAR LA QUISHIBRA


Seguimos con más palabras de despedida.

Es, pues, un cambio natural lo que va a ocurrir (se marcha uno y llega otro), pero en este caso es un acontecimiento singular e histórico: la época de los sacerdotes españoles en Mendoza ha terminado porque los peruanos ya pueden, por número, por preparación, por capacidad y por experiencia, hacerse cargo de nuestra parroquia. Y aquí he de decirles algo porque sé que hay gente que se alegra de que por fin los españoles nos vayamos (ese racismo que está ahí latente y de vez en cuando aflora): no olviden nunca lo que los padres españoles han hecho por esta parroquia y por esta provincia. El p. Toño, el p. Antonio León, el p. Fede, el p. Lolo, el p. Ángel, el p. César que es el último (“como un aborto” dice San Pablo en 1 Cor 15, 8), el que menos tiempo he estado y el que menos mérito tengo, desde luego. Los padres se marcharon de su país, se despidieron de los suyos y llegaron a un lugar extraño para ellos; tuvieron que acostumbrarse a todo: la forma de hablar, la comida, el clima, las costumbres… Casi “nacer de nuevo” (Jn 3, 3), y les aseguro que es muy difícil: echas terriblemente de menos a la familia, hay momentos en que se te hace durísimo, pero todos hemos amado a esta tierra, a estas gentes, y nos ha merecido la pena el sacrificio.

Los padres, mis compañeros, han hecho mucho por Mendoza. El p. Toño renegón, bravuncho, cuánto trabajó en sus primero años y ahora, apoyó muchísimo, puso luz y agua en hartos pueblos; el p. Antonio León parecido, estuvo 13 años acá, el p. Federico 10 años, con su carisma, ellos armaron la parroquia tal y como es hasta hoy; el p. Lolito en su moto con la perra Luna, el p. Ángel viejito pero valiente y compasivo… Los padres entregaron su vida entera, dejaron sus mejores años en esta tierra bendita de Huayabamba, su quishibra* está enterrada en la entraña del valle para siempre. Recuérdenlos con cariño y con gratitud, jamás los olviden por favor.


Y si a mí me consideran entre ellos, estaré orgulloso y emocionado. En mi caso, he estado poco tiempo y no he logrado nada importante: disculpen la pequeñez. He trabajado un montón, con mucho entusiasmo desde el primer día. Seguro he cometido errores, y de repente he tomado decisiones difíciles que han podido molestar a algunos, o no he tratado a alguien todo lo bien que se merecía… a todos les pido perdón. Nunca puedes caer bien a todo el mundo, pero en general sé que la gente me quiere y me lo ha demostrado, y estoy muy agradecido. Disculpen que me marche; nadie me bota o me obliga, no es porque esté amargado o por nada malo, yo me voy porque creo que es lo que Diosito me pide.

Pero no me voy a España, me quedo en Perú. Porque yo amo el Perú, esta gente, estos cerros, estos ríos, estas sonrisas, este cielo azul. Y lo amo porque he vivido en Mendoza, acá he aprendido a amar el Perú. Tengo un compromiso acá y pienso quedarme muchos años para compartir la vida y el destino de nuestro país, que ya siento como mío. Así que estaré cerquita. Todos están invitados a visitarme en el Amazonas, les voy a poner suri para almorzar y paiche y lagarto para cenar, jaja. Y a mí, ¿me invitan? No hace falta, porque yo pienso venir a verlos, no se van a librar de mí tan fácilmente.

Me siento feliz de haber sido vecino y párroco de Mendoza; es un honor que cuidaré toda mi vida, que me acompañará allá donde vaya. Le doy las gracias a Diosito por el inmenso amor que me ha demostrado poniéndoles en mi camino; les doy las gracias de corazón a todos ustedes, a mi parroquia, a mi país huayacho. Les llevaré siempre en mi corazón.

* "Enterrar la quishibra" en un lugar significa establecerse, permanecer hasta la muerte.


martes, 24 de enero de 2017

DISCULPEN LA PEQUEÑEZ


Eso es lo que la gente te dice cuando te pone la comida en su casa: "Disculpe la pequeñez". Es lo que me ha brotado decir en mi despedida de Mendoza. Ahí va.

Yo jamás había imaginado siquiera venir al Perú. Siempre había querido ser misionero, pero cuando estudiaba y me preparaba, pensaba en África, y de hecho visité allí muchas veces y me entusiasmé, pero en mis primeros 13 años de sacerdocio trabajé en España, en los pueblos de mi diócesis, muy contento. Entonces se planteó el problema de reemplazar al padre Ángel, que ya regresaba. Mi obispo escribió una carta pidiendo voluntarios, y yo me lo pensé; vine de paseo aquel mes de agosto de 2013 y me llevé una tremenda sorpresa. Desde el principio nuestra provincia me encantó: anduve correteando por El Dorado, celebré la fiesta de Zubiate, estuve por Mendoza, en Huambo, visité la cueva de Leo en Omia. Sin miedo, con soltura, muy contento y maravillado sobre todo por el carácter de la gente, su simpatía, su acogida.

De vuelta a España de aquel paseo, reflexioné, recé, fui a Monseñor y le dije que estaba disponible si a él le parecía bien, y me dijo “Te vas”. “¿Así, sin pensarlo más?” – dije yo temblando. “Tú ya lo has pensado, ¿no?”. Jaja, sí, lo había decidido con el corazón y con las tripas. Y me vine. Y estoy feliz del paso que di, a pesar de que es muy doloroso dejar atrás a tu familia, tus amigos, tu tierra.

Pero no me arrepiento. Han sido dos años muy intensos, muy llenos, muy preciosos. He recorrido la provincia entera, he caminado hasta los últimos rincones de nuestra parroquia, conozco más que la mayoría de ustedes. Me gusta el sabor de la guayaba, la chancaca y el guarapo, y contemplar el valle, hermoso en su inmenso verde, desde el Mirador de Trancahuayco. Yo sé hablar en huayacho (vamya, on tas) y también bailo huaynos, aunque reconozco que tengo que mejorar mi estilo. Fui muy bien recibido por todos: los agentes de pastoral, las comunidades, mis compañeros, las religiosas... Me han ocurrido muchas cosas: accidentes con el carro, fiebre tifoidea, caídas de la moto, tropezones por la montaña, parásitos intestinales, nigua en mi dedo, caídas al río con todo y mochila… pero he vivido la experiencia de ser misionero y pastor de mucha gente, de compartir la fe sencilla de nuestro pueblo pobre y alegre, y me siento hoy muy agradecido al Señor por cuánto me ha querido regalándome este tiempo entre ustedes.

“Entonces, ¿por qué te vas padrecito?” Pues en primer lugar porque en nuestra selva peruana, en el Amazonas, hay mucha más necesidad de sacerdotes, son muy pocos allí. Pueblos y comunidades pasan años sin que nadie les visite, sin la Eucaristía, sin la Palabra, sin los sacramentos, y eso es algo que he descubierto y que me duele, y creo que Diosito me llama. Mostré a los obispos mi disponibilidad para ir allí y de nuevo me dijeron: “Te vas”. El Papa Francisco anima a salir a las periferias geográficas y existenciales, allí donde hay más pobreza y hace más falta el Evangelio, y la selva es una periferia dentro de Perú. Se trata de ir más lejos, más adentro, buscando los límites de lo humano, tal vez donde nadie quiere ir, allí donde es urgente una presencia que recuerde que el nombre de Dios es Misericordia. Esa es la razón más importante.

Y la segunda: porque estoy convencido de que es el momento en que los sacerdotes peruanos, los diocesanos nativos de acá, asuman la responsabilidad de la parroquia. Ustedes llevan muchos años, más de 40, con párrocos extranjeros, desde el padre Patricio, y eso ha marcado mucho la vida de nuestras parroquias y comunidades, con sus ventajas y con sus limitaciones. Los misioneros venimos a apoyar a la iglesia naciente y necesitada de personal, y así era la diócesis de Chachapoyas hace 40 años, la mayoría de los sacerdotes eran extranjeros y había muy pocos peruanos. Pero hoy es justo al contrario: la diócesis ha crecido, la mayoría del presbiterio es nacido acá, los misioneros somos apenas 4 o 5, y entonces es hora de retirarse para que los curas nacionales tomen las riendas porque es su diócesis. Cuando la iglesia local alcanza un nivel de desarrollo y se autoabastece de clero, los misioneros nos marchamos adonde hay más escasez. Y eso es algo muy bueno, un motivo de celebración y de acción de gracias a Dios: nuestra iglesia de Chachapoyas está viva, incluso nuestra parroquia de Mendoza es capaz de engendrar nuevos pastores, en este caso el p. Rulli Manuel, su paisano, que es nuestro nuevo párroco. Qué alegría más grande.

(Continúa en la siguiente entrada)