miércoles, 22 de marzo de 2017

EN LA TRIPLE FRONTERA


Cuando se mira el mapa del Perú, en el extremo más oriental, el país acaba en un pico, que es el vértice inferior derecho del llamado trapecio amazónico; éste está construido por dos abruptas líneas geodésicas que bajan de norte a sur formando una especie de pasillo colombiano que se mete en Perú hasta llegar al Amazonas, que hace de base del trapecio. Ese punto de confluencia es una triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú, un lugar único, extraño, hermoso y apasionante.

Bajando por el Amazonas peruano se llega a Santa Rosa, que es una isla adonde ingresas con los pies mojados para que sospeches dónde te has metido. Los dos o tres restaurantes turísticos y la oficina de Migraciones no mitigan la sensación de pobreza que te invade a medida que recorres la calle paralela al río y ves las casas de madera, las hamacas, la mugre afincada, las credenciales de la miseria. Al menos hay capilla del Vicariato, pero está ocupada por el abandono y la desolación, deteriorada, acechada por la ruina. Qué lugar. Acá no hay casi nada.

Tras visitar a Maneca, que es la laica responsable de este puesto, buscamos un bote-taxi que nos cruce al otro lado. Los apenas cinco minutos de navegación resultan ser una distancia humana sideral: de repente te ves en lo más parecido a una ciudad desarrollada desde Iquitos. Leticia, en territorio colombiano, está compuesta por calles rectas que se cruzan perpendicularmente y no tienen nombres, sino números. En la plaza adornan plantas bien cuidadas, hay tiendas pitucas y supermercados, todos los motoristas llevan casco, no se ve basura por el suelo... Otro nivel de vida ahí al lado, otro país enfrente nomás, otro genio, otra moneda, otro mundo.

Los jesuitas viven en la calle 10, y ellos nos reciben en su casa, que nos parece un hotel de cinco estrellas hasta con wifi (qué lujo asiático). Valerio, Alfredo y Pablo dinamizan en esta frontera la REPAM, la Red Eclesial Panamazónica, que es una forma nueva de ser iglesia en la Amazonía, defendiendo los derechos humanos, territoriales y culturales de los pueblos indígenas, el medio ambiente, el buen vivir, el agua, los árboles, el desarrollo sostenible y la vida de esta región de más de 7 millones de kilómetros cuadrados en ocho países. Los jesuitas son unos verdaderos tromes por su conocimiento y su compromiso, y están volcados con la red (http://redamazonica.org/), que me ha parecido, en un primer golpe de vista, un filón, una oportunidad ilusionante para el trabajo misionero en nuestra selva.

En Leticia descubrimos el museo etnográfico, que es pequeño pero explica muy bien la vida de los ticuna de esta zona, y da una panorámica de la panamazonía en paneles bien didácticos. También visitamos al obispo de este vicariato colombiano, que es español, nos ofrece "un tinto" (es decir, un café) y en la conversación se queja de que a estos lugares "nadie quiere venir". Por la noche Valerio nos invita a una pizzería que podría estar en Madrid, y hablamos de inculturación, shamanes, vida misionera, tendencias eclesiales... Un rato tan delicioso como la pizza.

Al día siguiente pasamos a Brasil. Que nadie piense en controles aduaneros o puestos de sellar pasaportes, nada de eso: se agarra una calle (la "Avenida Internacional") y sin más se ingresa en el país de la samba sorteando unos carteles. Y todo cambia en apenas 50 metros: ahora el idioma es el portugués, la moneda es el real y no el peso, las calles son amplias pero tal vez menos elegantes, se ven carros de cuatro ruedas, hay aeropuerto y una Mansão de Chocolate que me quedo con ganas de investigar. Tabatinga y Leticia son una sola ciudad dividida mágicamente por una línea imaginaria que origina dos países contiguos muy distintos, tal poder tiene la mano humana muñidora de fronteras.

El obispo es gallego, muy simpático, y en lugar de cruz pectoral lleva colgados del cuello dos USB. Cuando llegamos ya están con él las cinco nuevas hermanas brasileñas que van a trabajar en la misión de Islandia. Pertenecen a cuatro congregaciones diferentes, son de distintas edades -incluso generaciones- y solo dos hablan español. "Qué valor tienen", pienso mientras subimos al bote con todas sus maletas. Pero aún me queda la sorpresa mayor de este viaje; lo cuento en la siguiente, que esta entrada ya es mu larga.

"Hito de la frontera", al entrar en Brasil

sábado, 11 de marzo de 2017

UN PRIMO GENIAL


La siguiente escala de nuestro viaje es San Pablo de Loreto, a seis horas en rápido Amazonas abajo, Un lugar especial: la población nació cuando en los años 30 el estado decidió comprar una hacienda para traer a los leprosos de Iquitos, y así poder experimentar tratamientos de una enfermedad que entonces era aún un misterio... y seguramente también aislarlos.

El origen de un pueblo condiciona su carácter y moldea su visión de la vida. Todavía hoy están "el pueblo" y "la colonia", el poblado que se creó al mismo tiempo, donde vivían el personal sanitario, los trabajadores y los misioneros... convenientemente cerca (a dos minutos en mototaxi) y a la vez suficientemente lejos. Esa brecha geográfica y la experiencia cotidiana de la enfermedad probablemente articulan todavía hoy la personalidad de esta gente. Me aconsejan que es mejor sustituir la palabra "lepra" por "mal de Hansen", y llamar al leprosorio "Casa San José", a pesar de que la habitan apenas once ancianitos, todos sanos, con apenas secuelas de la antigua dolencia que las religiosas les cuidan con delicadeza.

Aquí trabajó el doctor Kuczynski, eminente médico en los años 50 y padre de PPKuy, el actual presidente del Perú. Hasta aquí llegó un joven estudiante de medicina argentino llamado Ernesto Guevara, de camino hacia Cuba, e incluso te cuentan cómo operó el brazo de un hombre para liberar la tensión del nervio que hacía encogerse su mano. ¡Y está su estatua en la plaza de armas al ladito de la catedral! Diosito, ¿qué habrá pensado el marxista Ché al ver eso? Se habrá quedado como las iguanas que se te cruzan por la calle.

Porque esta iglesia de San Pablo es imponente: nueva, bien concebida y original. Tiene un ambón que es la proa de un barco, y un sagrario en forma de bola del mundo, con la llave en el Perú. El padre Jaime prepara las cosas de la misa con su hábito franciscano, alto y delgado a sus ¡78! años. Yo lo miro con la misma cara de las iguanas y pienso que todo, toda esta mezcla (el sufrimiento, la compasión, la exclusión, la valentía, la fe...), ha forjado la identidad de este pueblo tan peculiar.

José Caro (a la izquierda) y mi compañero Reinaldo Nann
De aquí pasamos a Caballo Cocha, donde nos espera mi primo José Caro, franciscano colombiano que vive y trabaja acá, un auténtico trome: ingeniero agrónomo, químico orgánico, psicólogo social, experto en derechos humanos, creativo, entregado. Le encantan los recorridos por las comunidades nativas, les enseña procedimientos alternativos de cultivo, a preparar abonos naturales, se lleva su mini-proyector y monta películas sobre Jesús para verlas y comentarlas... Cuando habla se le nota entusiasmado con su vida misionera, y destila una gran humildad y amor por estas gentes.

Esta parroquia no es fácil, pero es apasionante: Caballo Cocha es una urbe de unos 30.000 habitantes (la mayor del Vicariato, tiene hasta semáforos) colocada estratégicamente en territorio fronterizo, una especie de ciudad sin ley abigarrada de tiendas variadas, ferreterías blanqueadoras de plata de la coca en cada esquina, israelitas, gente de todo pelaje, barrios de diferentes extracciones sociales... de todo. Y además, unos 100 pueblos a lo largo del Amazonas y afluentes de la zona, algunos a unos cuantos días de navegación. Un mundo.

La misa del domingo por la mañana es abundante comparada con otras ya vistas; la iglesia está bastante llena, hay equipo de liturgia muy competente, que lo tiene todo preparado. En la reunión que hay después, José interviene poco, pero entresaco intuiciones que son de oro: primero escuchar a la gente, conversar... Los misioneros no somos amazónicos, estamos recién llegados, y por tanto se requiere la actitud central de aprender con tiempo para intentar inculturarnos.

Este viaje por el Amazonas me recuerda al libro de Conrad: "El corazón de las tinieblas". Es una travesía hacia lo profundo de la selva, hacia la frontera con su idiosincrasia propia, que es un collage de lejanía, poca presencia del Estado e impunidad. No es solo un hecho geográfico: son los límites de lo humano, en los que el mal se manifiesta a sus anchas y el bien resplandece con elocuencia singular. Hacia allí voy y en los próximos días más me va a sorprender.

San Pablo















Caballo Cocha


jueves, 2 de marzo de 2017

EN EL CORAZÓN DE LA SELVA


Podría decir que es como una inmensa alfombra que despliega todos los posibles matices de verde; o un océano de copas de árboles apenas moteado por las sombras kilométricas de las nubes; o el gemelo infinito del cielo hendido por los trazos pardos y serpenteantes de los gigantescos ríos amazónicos. Podría discurrir imágenes semejantes pero siempre serían afónicas o escasas. Porque lo que se contempla desde la avioneta que une Iquitos con El Estrecho, la capital de la cuenca del Putumayo, es simplemente una belleza prodigiosa e indescriptible.

El vuelo apenas demora 45 minutos en una avioneta de las FAP de 17 pasajeros, que encuentra un inédito trozo de tierra empistado en este pueblo de unos 4000 habitantes. El aeropuerto está lleno de gente, motocarros, parasoles y bultos de todos los tamaños y colores; veo a los niños correr hacia la nave aún no del todo detenida, casi golpeándose con la hélice... Y es que al Estrecho solo se llega por aire o en lancha bajando el Amazonas, entrando en Brasil y remontando luego el Putumayo en un viaje que dura entre 10 y 15 días. La lejanía y el aislamiento marcan la vida acá.

Vamos en mototaxi a la casa de las Misioneras Parroquiales del Niño Jesús de Praga, que son las responsables de la misión desde hace años. No hay carros (solo hay dos, una camioneta de la Marina y otra de la Municipalidad que está malograda), casi todas las casas son de madera, tienen luz 16 horas al día (se corta por la tarde), hay señal de teléfono pero no de internet y la pobreza es visible, aunque sea carnaval y se cubra de barro con el que la gente se embadurna por las calles.

Lupe en acción
En casa nos espera la hermana Lupe, que tiene 82 años y lleva 49 en esta misión. Sí, han leído bien: 49 años "en el corazón de la selva", como le gusta decir. No es solo que sea la párroca de aquí... es que es la abuela del pueblo o la cacique, conoce a todos, a sus padres, a sus hijos, condecorada por el Gobierno por su lucha a favor de los indígenas, y hasta una aldea río arriba lleva su nombre. Está viejita pero todo pasa por ella y puede con todo, inclusive hacer el saque de honor pateando el balón en el campeonato de futbito, toma castaña.

La continuidad da frutos porque el domingo comprobamos que a la iglesia viene bastante gente, hay coro con instrumentos, lectores, monitor y tres ministros que normalmente presiden por turno la liturgia y dan la comunión. Las religiosas han trabajado muy bien dando el protagonismo a los laicos; hay hasta acólitos, pero a la hora del ofertorio no saben qué hacer con el pan, el vino y el agua porque esta parroquia está sin sacerdote desde hace años y la misa es algo muy ocasional. Eso sí, hay solamente dos imágenes: San Antonio el patrón y... ¿quién? ¡María Auxiliadora! Jeje.

El territorio parroquial abarca, además de la sede, un mundo de casi 80 comunidades Putumayo arriba y abajo, que se recorren poco (tal vez una vez al año) a causa de la falta de tiempo y del costo económico que supone salir en bote durante dos o tres semanas; en el Vicariato, con lo que la gente aporta no se cubre ni de lejos la vida de los misioneros ni el trabajo pastoral. Hay varias tribus nativas, asentadas en diferentes lugares adonde habría que llegar, y sobre todo es urgente acompañar a los pocos animadores o catequistas que van quedando.

Todavía sin pisar Colombia
Otra peculiaridad de este sitio es la frontera: el Putumayo separa a Perú de Colombia, de modo que en 2 minutos y 6 segundos cronometrados pasamos de un país a otro en fuera borda. El pueblito colombiano de enfrente se llama Marandúa (fundado por Lupita, claro está), y es pobrísimo. Tiene una sola calle, que en realidad es una pasarela de madera elevada para evitar la creciente del río, que cada año alaga casas, la escuela (única construcción de ladrillo), chacras y las pocas pertenencias de los vecinos. Como toda zona fronteriza, El Estrecho encierra desde siempre una complejidad: narcotráfico, tala ilegal, gente que va y viene, comercio ilícito, las FARC pululando por ahí...

Llueve y hace fresco; incluso por la noche necesito una mantita. El Estrecho podría ser mi destino. Cierro los ojos, recuerdo el vuelo y pienso que, más que en el corazón, estoy en el pulmón del planeta. Lo he entendido con mis ojos. Y respiro.

viernes, 24 de febrero de 2017

INMERSIÓN


Cuando se sale de Iquitos, del puerto de Productores, camino de Indiana, se navega al principio por el río Itaya, de aguas azuladas oscuras; pero a los pocos minutos el bote se acerca al Amazonas, y se ve perfectamente la línea en que el agua se torna parda y barrosa, como una frontera cromática entre los dos ríos, o el lugar donde el Amazonas prevalece. Es prodigioso.

Antes, el embarcadero es un enjambre de gente que viene y va, jóvenes que transportan cargas de la orilla a la pista iquiteña, vendedoras ambulantes, ruido y olor a humedad, puestos de verduras, naranjas, papayas, chicha y pescado. Cuando se baja al nivel del río se camina por tablas que flotan y se inundan, te mojas los pies, el agua que rodea los botes está saturada de suciedad, pero en ella se bañan los niños en las horas de más calor… La belleza natural de la selva convive con la miseria de los seres humanos.

Indiana es la sede del Vicariato desde su creación en 1945, pero solamente hace año y medio no había teléfono ni internet y nomás disponía de tres horas de luz. Con la llegada del progreso ahora la fábrica de luz corta a las 12 de la noche y engancha a las 6 de la mañana. Las horas nocturnas son un remanso de paz al compás de las chicharras y la vigilancia del Amazonas, es delicioso. A las 6 regresa la electricidad y de pronto todo empieza ahí, parece que el pueblo entero se conecta y vuelve a la vida, el silencio es sustituido en cuestión de minutos por la cháchara incansable del parlante de la municipalidad, que combina informaciones útiles y verborrea de avisos ciudadanos con música de Andy y Lucas, el himno nacional, Pimpinela o Perales. Como el almuédano de Níger pero en versión selvática, jeje, ay mi Perú.

Aquí he plantado mi base provisional entre viaje y viaje, porque quieren que haga algo con el archivo del Vicariato, que lleva algunos años un poco abandonado. De momento, antes de visitar la misión de El Estrecho, he dedicado los últimos días a abrir todos los folders, ordenarlos e investigar un poco lo que contienen. Aparentemente una buena castaña, ¿no? Pues… como tantas otras veces, me he llevado una verdadera sorpresa y está siendo una experiencia de lo más interesante.

Actas de reuniones, planificaciones pastorales, reseñas de asambleas, informes de viajes a las comunidades, pastoral indígena, correspondencia, talleres de inculturación, proyectos, encuentros, fotografías, cuentas… de todo. Una auténtica inmersión documental en el Vicariato, en este grupo de gente que lleva años acompañando a este pueblo, trabajando y luchando, con toda su debilidad y el sueño del Reino como estrella. Un archivo muerto… que da vida, que alumbra y enriquece inesperadamente a este recién llegado.

Porque los antropólogos necesitamos alimentarnos de las fuentes escritas tanto como salir a entrar en contacto directo con la realidad (lo aprendí en la estupenda asignatura de Etnografía en la UNED). Y mientras escribo esto se prepara un tremendo lluvión tropical, la nube negra llega casi a tapar la orilla opuesta del río, pero deja una franja de cielo por encima de la pared de árboles, es precioso. Así que bajo al toque a hacer una foto y me encuentro con las hermanas Mª José y Mª Mercedes que justo llegaban a la casa, y las inmortalizo en este instante de hermosura amazónica.

Y al momento, la lluvia. Zambullida en la selva de todos los estilos y por los cuatro costados… ¿O más bien la selva me abraza? Mmmmh, esto no ha hecho más que empezar.


viernes, 17 de febrero de 2017

SUDANDO POR ESOS RÍOS


Tamshiyacu es un distrito grande, de más de 7000 habitantes en su casco urbano, con mototaxis, señal de internet, Iquitos a hora y media por 10 soles,  y una parroquia pintada de azul con torre puntiaguda que es de las más extensas del Vicariato con más de 100 comunidades. Aquí comienza este diario de viajes de un novato por la Amazonía que va sudando a todas partes.

No voy solo. Estoy muy bien acompañado por los jóvenes y asesores de la JEC de Mendoza (durante una semana, hasta que regresen) y por mi compañero Reinaldo, que llega a estas tierras al mismo tiempo que yo procedente de la diócesis de Trujillo. Se trata de pasear, de tomar contacto y conocer de primera mano algunos puestos de misión. Es un aterrizaje realmente abrasador porque estos días el calor es asfixiante.

Duros trabajo en Tamshiyacu
El fin de semana sustituimos al padre Yvan en los misas de Tamshi. El pueblo es grandazo pero a la iglesia va poca gente, y creo que es lo habitual por estos lugares. A pesar de que nos esforzamos por hacer participar, a la gente le cuesta reaccionar, sonreír. Cuando vamos por la calle notamos eso mismo: la timidez, el carácter más cerrado, menos expresivo. Y nos topamos con la pobreza, las casas de madera, muchas alzadas sobre palos para esquivar la creciente del río, los niños a montones, los escasos servicios. No hay duda de que la población de la selva está más en la periferia de intereses políticos y económicos.

De allí pasamos a Indiana, donde ya estuve el año pasado. El deslizador va que se las pela, y cuando agarra baches en el agua, salta y arranca gritos por ahí; algún gracioso dice que son los rompemuelles del río. Todo me resulta conocido: las calles, los zancudos, el plátano frito del desayuno, el mercado y su alegre desorden, la parsimonia de Paco, las mecedoras… y el espectáculo del Amazonas fluyendo manso pero como agazapado en su hermosura. Una belleza que se cuela por la ventana de mi habitación del piso de arriba y que me hace preferirla a pesar de que es un horno.

Y es que por momentos el calor me abruma. Más que el calor, el sudor. Me paso el día sudando a chorros, secándome la cara con pañuelos que pronto quedan empapados, y temo incomodar a las personas, y eso me fastidia y creo que me hace sudar más. Tengo que aceptar eso: que hace mucho calor, que voy a sudar, y tratar de adaptarme y llevarlo lo mejor posible. A muchos veo con el mismo problema, siempre con una toallita a cuestas. Es como en Togo: el clima condiciona mucho la vida y moldea la mentalidad de la gente, conforma los relieves de estas culturas.

Pero el día que visitamos Orellana es más fresco. Mariana y Darlene nos esperan en el embarcadero (las conocemos del encuentro de la JEC). Nos hacen recorrer el pueblito, pequeño pero coqueto, con un monumento que recuerda que fue acá donde el extremeño Francisco de Orellana, bajando por el Napo, descubrió el Amazonas el 11 de febrero de 1541. Este puesto de misión tiene unas 40 comunidades y hace años que no cuenta con sacerdote estable, igual que Indiana. Mariana es misionera laica y la responsable de todo: la pastoral, las visitas, las celebraciones… En la casa parroquial, viejita y con aspecto de barco de madera, almorzamos arroz con pavo antes de surcar las cuatro horas de regreso a Indiana.

Y ahora es viernes y escribo de nuevo desde Iquitos, en la sede del Vicariato, en mi habitación de misionero que está de paso por la urbe. Me abanico porque el calor no da tregua, y ahorita llamaré a mis muchachos de Mendoza para reunirme con ellos más tarde y despedirme del todo. Ahí sí que me quedaré solito con mi selva. Menos mal que parece que habrá cocos helados con quizá un toque de vodka, porque estaré algunos días en Indiana.