domingo, 16 de julio de 2017

RECAPITULACIÓN ANTES DE LAS VACACIONES


Mari Pepa, desde Cádiz, me hace sonreír dejándome este comentario en una de las últimas entradas:

"Es una tarea casi imposible seguirte mentalmente por el recorrido desde que llegaste a Perú. Pero en el corazón te seguimos y rezamos por ti. ¿Te vas a estabilizar en algún sitio o esto forma parte de la misión?"

Jaja, es verdad... son demasiados sitios en poco tiempo. Por si aclara algo, y ya que estoy en Lima un par de días antes de viajar a España y dispongo de un rato, ahí va este croquis temporal de los -casi- tres años que llevo en el Perú:
  • 29 de septiembre 2014: Llegada a Perú ("El gran viaje")
  • Octubre y noviembre 2014: Viaje de conocimiento de la diócesis de Chachapoyas ("Cuy con papas", "Paseo por Luya", "Maratón de confirmaciones")
  • Diciembre 2014: Mi destino es Mendoza ("Terminó el parto...", "... y ha sido guayacho")
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  • Enero 2015: Ya desde Mendoza,viajo a Lima ("El laberinto (no tan terrible) de los papeleos")
  • Febrero 2015: Vengo al Vicariato San José del Amazonas a la toma de posesión del nuevo obispo, mi paisano Javier Travieso. Es la primera impresión de la selva... y fue mi perdición ("No te guardes ninguna carta")
  • Marzo, abril y mayo 2015: Primeros pasos en Mendoza, visita a las montañas, descubrimiento de la parroquia
  • Junio 2015: viaje a España por un mes para terminar el curso de los Ejercicios Ignacianos ("La emoción del reencuentro", "El amor que desciende de arriba")
  • Julio-diciembre 2015: La vida en Mendoza, las visitas, la fiesta patronal, un año en Perú ("Se lama Esperanza")... hasta la caída de la moto y la lesión en el tobillo ("Época de roturas")
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  • Enero 2016: En Lima, curso de teología con Gustavo Gutiérrez ("Haz tú lo mismo")
  • Febrero 2016: Viaje al Vicariato para conocer más ("Una semana en la selva")
  • Marzo 2016: En Mendoza
  • Abril 2016: Visita de mis padres, viaje al Cuzco ("Un regocijo único en la vida")
  • Mayo-diciembre 2016: En la parroquia trabajando a tope, recorriendo la provincia entera
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  • Enero 2017: Despedida de Mendoza ("Enterrar la quishibra")
  • Febrero 2017: Llegada a la selva ("Shameco")
  • Febrero y marzo 2017: Viaje de conocimiento del Vicariato: Tamshiyacu, Estrecho, San Pablo, Caballo Cocha, Islandia... hasta la asamblea vicarial en Indiana
  • Abril 2017: Semana Santa en Islandia. Durante todo este tiempo, la "base" la tengo en Indiana
  • Mayo 2017: Paso a Ecuador para el curso del CEFIR con los naporuna ("Una kamachina a tiempo es una victoria")
  • 18 de mayo 2017: Llegada a Islandia, en el río Yavarí, que es mi destino definitivo
  • 19 de julio 2017: Vacaciones en España -creo que necesarias y merecidas-
Es decir, han sido dos años y cuatro meses en Mendoza, en la diócesis de Chachapoyas, y seis meses en el Vicariato San José del Amazonas, destinado desde mayo a la misión del Yavarí, en Islandia. Muchos lugares, muchas personas, muchas cosas han pasado, muy intenso, muy lleno... demasiao. Si me lo dicen antes, no me lo creo.
¡¡¡Por fin de vacacioneeeeeees!!!

lunes, 10 de julio de 2017

CUATRO REALES POR CALENTAR EL AGUA


Repasando mis notas para hacer el informe y un croquis veo que hemos visitado 12 comunidades, desde San Sebastián, a unas 4 horas de surcada, hasta Limonero, adonde llegamos al tercer día de navegación. Las distancias son enormes, y eso que aún nos quedó por visitar la comunidad más lejana: Nueva Esperanza, en el Mirim, adonde se llega en cinco jornadas completas. Una inmensidad, un mundo. No es como salir en moto y llegar en media hora a Longar o a Omia…

Nuestro distrito debe ser uno de los más pobres del Perú, con un Índice de Desarrollo Humano que no llega al 0,30, muy por debajo de la media nacional (0,74) y parecido a muchos países africanos. Cualquier persona sentada en una oficina pensaría que no hay agua, ni saneamientos, ni energía eléctrica; que los servicios sanitarios son muy deficientes, el acceso a la educación limitado y las viviendas precarias y ocupadas por muchos miembros de la familia. Pero cuando los datos se traducen en experiencia directa, en conversación, en incomodidad, en olores… golpean con más crudeza.

La gente sobrevive en unas condiciones realmente duras. Moran junto al río con su riqueza, pero solo tienen el agua de lluvia para beber. Las casas son de madera, construidas sobre palos para evitar la creciente; en la de la señora Estefanía, en Buen Suceso, conté doce niños y cinco adultos… ¿cómo harán para dormir? La mayoría de las comunidades no cuentan con botiquín, y muchas tampoco tienen técnico ni promotor de salud. Cuando tienen paludismo frecuentemente deben ir hasta Islandia para que los vea un médico y recibir su tratamiento. Hay dos colegios secundarios en el río, y el resto son escuelas rurales; los maestros se ausentan muchos días, los niños a duras penas aprenden a leer y escribir correctamente, el índice de abandono escolar es elevadísimo y la mayoría de los jóvenes ni se plantea acceder a estudios superiores, dejan la secundaria en segundo o tercero y a trabajar en la chacra.

En todo el Yavarí no hay señal de telefonía móvil, y en muchos sitios ni siquiera hay Gilat, teléfono satelital… la incomunicación es una nueva forma de pobreza. Vivir tantos días errantes en medio de estas condiciones tan miserables exige un considerable esfuerzo físico y psicológico. Como no hay saneamientos, pues directamente no hay baño, así que has de buscar lugares de monte para hacer tus necesidades, y no es tan simple cuando estás rodeado de casas. Tampoco hay ducha, pero como está el río debería ser más sencillo, ¿no? Pues tampoco: en muchos sitios la orilla es un barranco, un desnivel tremendo hecho un barro, y no es nada fácil llegar hasta el agua. Y cuando llegas, has de meter los pies en el lodo hasta las pantorrillas. Dos cosas tan cotidianas como lavarse y hacer caca se vuelven una hazaña.

Cuando atracamos en un pueblo, no sabemos dónde podremos dormir y cómo será para comer. Preguntamos por las autoridades (el apu, es decir, el presidente comunal; o el agente municipal) y solicitamos permiso para visitar e invitar a la gente a una reunión, y que nos ayuden a avisarlos. Casi siempre nos han recibido bien, y nos han brindado el salón comunal para que pasemos la noche. Luego hemos de pedir a alguien que nos deje cocinar en su cocina, y ha habido gente generosa. En Limonero nos invitaron a un par de presas de majás, en Japón a cocos, en otros sitios a pescado, la familia de Nelson en Dos de Mayo mató una gallina, y en Santa Rita la señora Elsa incluso nos propuso dormir en su casa; allí nosotros pusimos arroz y fideo, y ellos boquichico fresco para armar el almuerzo-cena de aquel día. Es una experiencia peculiar, la de ser peregrinos, andar por ahí botados dependiendo de la buena voluntad de las personas. Me ha recordado al camino de Santiago, esa inseguridad de no saber qué pasará y dónde irás a dar con tu hamaca y tus huesos.

Cansa mucho. Las esperas se hacen eternas. Una noche no paró la fiesta, a 100 metros con la música altísima; otra hizo un frío tremendo y estábamos casi a la intemperie, en un lugar sin paredes, me acosté con el cortavientos puesto; varias veces hemos agarrado pan con sardinas en lata para almorzar en el mismo bote; es decir, “Los viajes han sido incontables; con peligros al cruzar los ríos, peligros provenientes de asaltantes (…). Trabajo y fatiga, a menudo noches sin dormir, hambre y sed, días sin comer, frío y desnudez” (cfr. 2 Cor 11, 26-27). Y a veces por las puras. En Santa Teresa primera zona no conseguimos nada, nadie apareció, menos mal que había el tambo, un equipamiento del gobierno, y ahí nos dieron hospedaje. En Santa Rita, donde el bufeo, había un cumpleaños y la gente no quiso venir. En otro sito fuimos a almorzar a una señora que da pensión, muy simpática. Regresamos al otro día, compramos huevos, le pedimos que nos hirviera el agua para el desayuno… y nos cobró por ello 4 reales. Es eso que no sé nombrar, esa especie de reflejo implacable por sobrevivir que no regala nada, que engaña y trampea como puede y menos vacila en cobrarte hasta por respirar, sobre todo con esta cara de gringo. Sospecha uno que si algo te dan, tarde o temprano vendrán a cobrárselo, y eso impide confiar plenamente en casi nadie. Cansa mucho.

También es verdad que hay varios lugares donde en el encuentro con la gente salieron personas voluntarias para ser animadores cristianos de esa comunidad, incluso fijando la hora de la reunión de los domingos para leer un rato el evangelio y orar juntos. No sé qué quedará de eso, pero al menos es un comienzo. Ahora los convocaremos para una sesión de formación y coordinación en Islandia. Y la próxima visita será más sencilla porque ya sabemos qué tierra pisamos y más o menos dónde podemos ir a parar en cada lugar. Diferente es qué intentaremos hacer cuando vayamos. Eso tenemos que cranearlo mucho, conversar, discurrir. Porque si vamos de frente con los sacramentos nos estrellaremos contra un muro de ignorancia, indiferencia y extrañeza.

domingo, 2 de julio de 2017

DE BRUCES CONTRA EL YAVARÍ


Era sábado por la tarde. Estaba terminando nuestro primer recorrido por el Yavarí, y yo nadaba tranquilamente entre los lánguidos rayos del sol adornando con un resplandor bruñido las copas de los árboles de la selva, en una comunidad llamada Santa Rita. Entonces lo vi: un bufeo gris plateado, uno de esos misteriosos delfines de la Amazonía, saltaba sobre el agua a pocos metros de mí. Sonreí pensando en cómo fueron los días atrás, que estuvieron llenos de momentos mucho menos poéticos… Un descubrimiento de nuestro río tal vez demasiado real.

No sabía muy bien por dónde empezar y tampoco sé por dónde seguir. Una experiencia para la que no encuentro calificativos: ¿tremenda? ¿dura? ¿intensa? ¿asombrosa? ¿agotadora? No lo sé. Tal vez habría que llamarla “yavarisiense” inventando una nueva palabra que pudiera reunir todas estas características. Nueve días de gira por el Yavarí significan muchas horas de lentitud en bote con un motor peque-peque de 13 CV, significan adentrarse en un mundo extraño y desconocido no comparable a nada antes visto, significan masticar la pobreza, un batiburrillo de religiones, la lucha sin piedad por la supervivencia, las apariciones habituales de la crueldad y la desconfianza fronterizas, las gotas de humanidad y ternura que permiten la vida y por supuesto el predominio de la miseria con sus habituales secuelas y fealdades.


El río es de una belleza verdaderamente original y arrebatadora. Se va desplegando en vueltas gigantes que, todavía en este mes cuando ya ha comenzado la vaciante severa, los motoristas salvan entrando en los furos, que son pasillos o atajos de agua que simplifican y acortan esos enormes giros. Pasar por los furos es un espectáculo para los sentidos. El cauce se estrecha; a pocos metros se ven los árboles, que llevan meses medio sumergidos (las marcas y los cambios de color lo atestiguan) y ahora se alzan con orgullo, clavados en el agua, deseosos de mostrar el nacimiento de sus raíces y a la vez pacientes, sabiéndose vencedores y al mismo tiempo respetuosos con el ciclo de la naturaleza. En estos caños la vegetación es tan frondosa junto a la línea de agua, que al surcar con reverencia y cuidado, el cielo parece acabarse engullido por las murallas de hojas y bejucos. La tierra se prepara a reaparecer después de medio año, limpia y dura, pero lo que más estremece es el silencio. Impresionante silencio que nace de las entrañas de la selva y lo impregna todo. El silencio de los peces que escoltan el bote y del mirar atento del martín. Una maravilla.

Este viaje por el Yavarí fue un salir sin saber adónde íbamos, como Abraham (en Heb 11, 8), a descubrir tierras, paisajes y gentes. A tomar contacto con las comunidades de nuestro territorio misionero, para conocer un poco la realidad y empezar a imaginar qué podríamos hacer. Y la realidad supera siempre a la ficción, a las conjeturas y a los informes someros: esta misión es más difícil y dura de lo que habíamos supuesto, acá tendremos que remar fuerte y hábilmente si queremos lograr algo. En ningún pueblo hemos encontrado un grupo de cristianos que se reúnan al menos para rezar los domingos. Ninguna persona que medianamente haya hecho de animador-a en la fe de esta gente. Apenas en el Yavarí hay católicos, esa es la verdad. Así que hay que empezar. La cuestión es cómo.

En la mayoría de los sitios no nos reciben precisamente con pancartas. En primer lugar porque a pesar de los intentos de llamar o de avisar con notas escritas, solo en dos o tres comunidades están enterados de nuestra llegada. Y además porque a veces dominan otras religiones y nos miran con recelo. En San Sebastián, los crucistas salieron de su iglesia y se vinieron toditos a ver quiénes éramos, con velas (eran las 7 de la noche). Cuando nos presentamos, nos dijeron que ellos también son católicos, y su pastor se atrevió a poner en duda que soy sacerdote a causa de mi atuendo; además dijo que los apóstoles eran todos varones, y cómo siendo misionero yo iba con dos mujeres. Le contesté que los evangelios dicen que en el grupo de Jesús iban mujeres, y si él no tenía miedo, yo tampoco lo tengo. Por puro instinto tienes que aprender a interaccionar con gente así, con hábitos blancos, las mujeres con tocas y mentalmente en el siglo XIX; no les podía decir que no son católicos porque se podía liar la gorda, pero sí invité a los cristianos que no forman parte de su congregación a organizarse, y les ofrecí nuestro acompañamiento. Estas cosas no nos las enseñaron en Teología, debes improvisar…

Otras veces son los israelitas la mayoría. En Santa Teresa primera zona alguien arrancó el cartel que convocaba a la reunión, y no hubo reunión. Pero en Pobre Alegre, que estaba de fiesta de aniversario, el señor Elías –israelita- nos acogió muy amablemente, nos invitó a masato, a chicha y a juane, y se mostró en todo momento encantador. Ejemplo de que la cuestión no está en el credo, sino en la calidad de las personas. Hay lugares donde hay mu poca gente (2 de Mayo, Remanso…), pero en general en las comunidades registradas como indígenas hemos encontrado más facilidad porque estas religiones tan significadas (israelitas y crucistas) están menos presentes. En Santa Teresa segunda zona fue muy bonito estar entre los yawas, que te llaman “padre” (y no “señor” o “hermano”), te agradecen cien veces la visita, te ofrecen un sabroso tucunaré asado para el almuerzo, te cuelgan hamacas para que duermas la siesta y hacen azaí para la merienda. Qué sonrisas tan limpias… qué gozo, entre tanta secta uniformada, entre tanta indiferencia y sigiloso desprecio, que te esperen y que te cuiden.

Pocas cosas hay tan hermosas como apreciar la aparición de un bufeo surcando al atardecer. Me hace sentir que bajo la epidermis de la vida hay tesoros preciosos. A menudo la superficie también vale la pena, y se disfruta espontáneamente de lo amable de las cosas cotidianas. Otras veces se requiere aguzar la vista y sintonizar el corazón para vislumbrar dónde se encuentran los reflejos de la fuente. Y es un trabajo arduo, no cabe duda. En el siguiente capítulo hablo de ello.

lunes, 26 de junio de 2017

MISIÓN MÁS QUE PARROQUIA


Solo tardé tres o cuatro días en comprender que la parroquia a la que me han enviado no es una parroquia: es una misión. Y eso, que parece una simpleza, tiene un alcance y unas consecuencias que estoy en proceso de encajar, a dos aguas entre la emoción, la sorpresa y el quien-me-mandaría-a-mí-meterme-en-berenjenales-con-lo-bien-que-yo-estaba-donde-estaba. Así, todo junto, porque es un pensamiento o un sentimiento que cada día se me cae encima como un ladrillazo.

Cuando llegas a una parroquia, te encuentras con algo ya hecho, con una estructura, una historia y una identidad, y tú pues entras a formar parte de una familia, con sus grupos y sus responsables, y luego vas trabajando con tu estilo, haciendo algunos cambios, poniendo cosas que no estaban, etc. Aquí prácticamente hay que empezar de cero. Este puesto de misión tiene poco más de doce años, y de ellos solo siete u ocho (no estoy seguro) hubo un equipo acá. El resto del tiempo, y antes de que Islandia se erigiera “canónicamente” fueron los capuchinos de Benjamin Constant los que venían a apoyar con la misa, los sacramentos y algunos viajes por el Yavarí. Los seis años anteriores las hermanas mercedarias hicieron lo que pudieron, con valentía y pocos medios; y el último año y medio aquí estuvo una religiosa solita.

Todo hay que crearlo. Hay que buscar catequistas porque no hay; convocar a los jóvenes para armar un grupo porque no hay. Preguntar quiénes estaban en el consejo de pastoral (llevan más reuniones en dos meses que en toda su vida) e ir a buscarlos. No hemos podido leer ningún informe, ni evaluaciones de años pasados, ni balances económicos, porque nada nos han dejado escrito para que continuemos la tarea. Vamos iniciando cosas por instinto pastoral o por ensayo-error, encontrando de vez en cuando, en medio del caos que es la estantería de la sacristía, algo que nos dé idea de qué se hizo y de cómo fue.

Normalmente los puestos de misión tienen bote y motor, y una mecánica de salidas, con itinerarios conocidos y establecidos. Nosotros no tenemos nada de nada. Hemos tenido que pedir presupuesto a un par de motoristas para que nos alquilen la chalupa. He preguntado por algunas personas que me habían dicho que conocen bien el Yavarí y les he hecho verdaderas entrevistas sobre comunidades, distancias, galones de gasolina necesarios, tiempos, dificultades… Como no hay señal, he enviado notas (esperemos que lleguen) a autoridades y supuestos católicos de esos pueblos que de momento solo son nombres en el mapa, y que nunca he visto, apenas he escuchado la voz de alguno cuando he logrado contactar por teléfono Gilat. Y así, a tientas, he programado el primer recorrido por nuestro río, como Dios me ha dado a entender y con la sensación de diseñar una aventura por etapas rumbo a lo desconocido. Me lo he pasado requetebién como tour-operador de viajes misioneros, pero al regreso cuento qué tal fue.

Y luego está el tema económico. La misión es muy cara. En la parroquia tú agarras el carro, llenas el depósito y chau; aquí hay que buscar el barco y el chofer, comprar la gasolina y llevarla contigo rezando para que no te asalten por ahí. En Mendoza  preparas la mochila sabiendo que los agentes de pastoral asegurarán alojamiento y comida; acá hay que llevar alimentos para varios días, medicamentos, hamaca para dormir en cualquier sitio y mosquitero de obligado cumplimiento. Y a la vuelta, en lugar de ingresar plata por misas, colaboraciones de las comunidades y sacramentos, acá echaremos cuentas de por cuánto nos ha salido este recorrido de 10 días, y estará en torno a los 1500 soles, más de 400 Euros… La parroquia te mantiene; la misión te cuesta, y solo la puedes realizar si te ayudan desde fuera.

Vamos a lugares donde sabemos que hace bastantes años que no llega nadie, y a pesar de los esfuerzos por avisar, no sabemos qué nos vamos a encontrar. Llegar a los más alejados es una prioridad que da forma al conjunto de nuestro trabajo misionero, y eso es algo que colma las aspiraciones de mi vocación y que además me encanta. Como estoy en una misión y no en una parroquia, hay muchas cosas que ya no me atan porque no existen (misas de difuntos, fiestas patronales…) o porque caen ante la necesidad de salir, deber sagrado que caracteriza al misionero, moldea su personalidad y configura su espiritualidad.

Así que tranquilamente la misa del domingo pasa a ser celebración de la Palabra, y la reunión de tal día se hace sin ti, y no pasa un pelo. Los de Islandia ponen cara de vaca cuando les hablo de esto, porque tal vez pensaron que “por fin tenemos un cura aquí para nosotros”, pero creo que lo van entendiendo. De momento, dos expediciones en poco más de mes y medio. Estar en una misión puede ser cansado, aunque muy variado (cada día es diferente) y para mí es apasionante. Me encanta ser párroco, pero creo que más todavía me gusta ser misionero, y ahorita me llamo así sin titubeos ni fisuras, pero con rebozo y humildad.

sábado, 17 de junio de 2017

CHAPO PARA DESAYUNAR


A la mañana siguiente Armando aparece con otro bote, que resulta que es primo del anterior: con vías de agua y tendencia a voltearse en cuanto te mueves un poco. Vamos hacia San Francisco de Yahuma, otra comunidad nativa ticuna donde no hemos podido avisar de ningún modo (a ver cómo nos las aparejamos). Llegamos al puerto, donde hay unos niños en una pequeña canoa amarrada en un palo horizontal, nos acercamos y ¡craaaaac! Chocamos y rompemos el poste… buena manera de presentarse. Nuestro chofer parece tan novato como nosotros, y eso no anima mucho, la verdad.

Después de habernos cargado el puerto, es natural que los de la casa a la que nos acercamos, ahí al ladito, nos miren muy serios y nos reciban fríamente. Descalzos pasamos y Luis (que es casualmente el agente municipal) empieza a hacernos preguntas: “¿quiénes son ustedes? ¿qué quieren?”. A medida que se desarrolla la conversación nos enteramos de que en esta comunidad sufrieron hace algunos meses el secuestro de una chica; se la llevaron unos visitantes que decían ser pastores y enseñar la Palabra de Dios. Y entonces nos explicamos el recelo y las precauciones iniciales, pero ya estamos viendo que Luis y su esposa están más relajados. Ella parece comprender mejor el español y cada vez él la consulta con la mirada (está visto que las mujeres mandan en todas las culturas).

Todavía daremos una vuelta por el pueblo pisando el barro (recién está mermando el río) para visitar al teniente y al apu. Nos dicen que no son de ninguna religión pero que si queremos venir a verlos seremos bienvenidos. Les explicamos que no hablaremos de nada religioso si ellos no quieren, pero que tal vez podemos reunirnos con la comunidad para tratar otras cuestiones, como por ejemplo el problema de la trata de personas que ellos han sufrido tan de cerca. Felizmente en el paseo vemos a la chica raptada, que fue capaz de escapar y regresó con su esposo y su bebé.

Contentos ponemos rumbo a Puerto Alegría, un lugar grande, mestizo, más acostumbrado a las visitas misioneras y donde hemos avisado la noche anterior a su animador Omar. Albergamos esperanzas de que la cosa sea más sencilla, pero nos llevamos un chasco: nadie sabe nada de nuestra llegada y Omar está en Tabatinga. Pedimos por favor que nos permitan guardar las mochilas en una casa, que resulta ser la de María, la hermana de Omar (ni ella estaba enterada). Son las 2 y salimos a buscar algo de almuerzo bajo un sol sofocante. De camino vemos llegar a Omar en un bote; baja y al toque nos acompaña adonde venden comida pero no hace el más mínimo ademán de invitarnos.

Almorzamos pagando unos 40 soles y regresamos donde están nuestras cosas; pasamos a la casa a conversar con Omar… pero no nos ofrecen ni un vaso de agua. Luego me voy a bañar al río, con lodo hasta las pantorrillas. No hay reunión, ni celebración. La capilla está en ruinas. Nos ubican para pasar la noche en una casa a medio construir, al aire libre, diciéndonos que en la familia vecina podemos ir al baño y pedir agua… Hay luz de 6 a 9 de la noche, y mientras se apaga conversamos comentando que no estamos contentos de cómo nos han acogido, no son capaces de darnos nada y ni siquiera nos alojan en casas de verdad. Es una gran desproporción: venimos con esfuerzo, batallando, gastando… y mientras que a los animadores se les pagan los viajes para que vayan a los encuentros, aquí no hay dónde cambiarse de ropa y no nos brindan ni los alimentos de un día. Y sin cenar nos metemos en las hamacas.

Sí hubo desayuno porque mis compañeras charlaron un rato con Omar y el resultado fue que su esposa preparó un chapo de plátano maduro que nosotros completamos con pan para todos. Y así continuamos la bajada por el Amazonas hasta entrar en una quebrada donde se sitúa Gamboa. Aquí las casas están separadas y hay que moverse por el pueblo en bote, a pesar de la vaciante del río, ¡qué sitio! Tampoco conocemos a nadie, así que esta vez procuramos no romper nada y entramos en casa de José y Beatriz, que nos cuentan cosas de la comunidad. No logramos dar con las autoridades pero sí encontramos un albergue turístico que tiene un celular colombiano que agarra señal y se carga con un panel solar, así que les pedimos el número por si en la próxima visita podemos avisar.

Así emprendemos el regreso a casa cinco días después, cansados pero bastante satisfechos: hemos conocido de primera mano un grupo de comunidades, apreciando distancias, situaciones, necesidades y problemáticas. Es apenas el primer contacto, emocionante con los ticunas y algo más árido en otros lados, pero siempre fascinante. La tarea se vislumbra gigantesca. Por cierto, a la otra semana Omar vino a Islandia con su hija; ni que decir tiene que les invitamos a aperitivo, almuerzo, café, copa y puro, y les ofrecimos posada con luz, agua, baño y manzanitos para matar el gusanillo. Quizás así el personal irá captando.