domingo, 21 de enero de 2018

YO ESTUVE EN PUERTO MALDONADO


No podía conciliar el sueño por la reverberación de todo lo vivido durante el día: palabras y silencios, colores, gestos, sonrisas, esperanzas y proyectos compartidos… Y la impresión inequívoca de haber participado en un momento histórico: el encuentro del Papa Francisco con los pueblos indígenas de la Amazonía en Puerto Maldonado.

Es increíble que el Papa haya elegido venir a esta chacra, una pequeña ciudad de 65.000 habitantes situada estratégicamente cerca de las fronteras con Brasil y Bolivia, capital de una región como Madre de Dios, que reúne en sí una muestra de todos los problemas que aquejan a la Amazonía (devastación del medio ambiente, minería ilegal, trata, narcotráfico, liquidación de las culturas ancestrales…). Él quería encontrarse expresamente con los indígenas, para eso vino a esta periferia, y así lo dijo en su discurso. Se trata pues de un acontecimiento que trasciende la mera visita al Perú, pensado desde el principio como pan–amazónico.

Pero antes de hablar, el Papa Francisco sintió y escuchó. Sintió el agradecimiento que se fue adueñado de la gente desde la madrugada, desde la jornada anterior,  en los meses que siguieron al anuncio de que “el Papa viene a nuestra casa”. Gratitud que no necesitó de aplausos para materializarse, y que conectó inmediatamente con esa corriente de cariño que él genera de forma natural. No precisó hablar: bastó con que se colocarse de pie ante nosotros con ese gesto tan suyo, los brazos caídos a los lados, con franqueza, exponiéndose y haciéndonos sentir lo que él sentía: sorpresa ante la bondad de Dios, satisfacción por una aspiración realizada, expectativa ante los retos que se apuntan y las puertas que se abren con el Sínodo amazónico en el horizonte.

Tras entrar en el coliseo Madre de Dios, durante los primeros 35 minutos, el Papa solamente escuchó. Representantes de diferentes pueblos indígenas le saludaron en sus lenguas y le mostraron sus heridas, le contaron sus sufrimientos, las injusticias que soportan, sus luchas y sus deseos. Con gran naturalidad le hablaron de los abusos de las empresas que invaden sus territorios y pretenden arrebatárselos, de la contaminación que hace que escaseen los alimentos, de la marginación y el olvido por parte del Estado, de la necesidad de la educación para sus hijos, pero sin que la escuela borre sus culturas ancestrales, sus tradiciones, sus idiomas y su espiritualidad. En un bellísimo gesto, leyeron ante Francisco sus propias palabras de Laudato Si, una delicada forma de reconocimiento.

Solo después de todo eso oímos por fin la voz del Papa. Comenzó pronunciando los nombres de varios de los pueblos allí presentes, y en las gradas la expresión de las caras transmitía que solo por eso ya había merecido la pena el viaje. En su discurso “dio duro” (como él dice): denunció la gran complicidad que permite las diversas formas de trata de personas, esclavitud sexual o laboral; cargó contra el neo-extractivismo (petróleo, madera, oro, monocultivos) que degrada la naturaleza y asfixia a los pueblos originarios; pidió espacios de respeto y diálogo intercultural, y protección para los pueblos indígenas en aislamiento voluntario. Calificó a los indígenas de “memoria viva de la misión que Dios ha encomendado a todos: cuidar la Casa Común"; los llamó interlocutores y protagonistas en la preservación de sus culturas originarias ante los nuevos colonialismos: “Muchos han escrito y hablado sobre ustedes. Está bien que ahora sean ustedes mismos quienes se autodefinan y nos muestren su identidad”.

En varios momentos el público rompió a aplaudir. Mientras escuchaba yo iba sintiendo una emoción incontenible, Francisco me confirmaba en tantas cosas que pienso y vivo, con lo que significa que el Papa las dijera de esa manera tan clara y rotunda ante mí y también para mí. De hecho habló de los misioneros que se han comprometido con estos pueblos “y han defendido sus culturas” inspirados en el Evangelio. Tenía los ojos llenos de lágrimas cuando escuché que “necesitamos que los pueblos originarios moldeen culturalmente las iglesias locales amazónicas” para plasmar “una Iglesia con rostro amazónico y una Iglesia con rostro indígena”. Ahí están el desafío y la chamba.

No hay vuelta atrás: desde ahora nada será igual para la Iglesia en la Amazonía. Este día pasará a la historia, y las palabras de Francisco serán recordadas por siempre. Citó el libro del Éxodo, cuando Dios dijo a Moisés: “Quítate las sandalias, porque el suelo que pisas es tierra sagrada” (Ex 3, 5), y recordé que esta llamada de Dios me ilumina el corazón desde el día en que puse el pie en la selva, y la veo cada mañana en el corcho que tengo frente a mi mesa. Monseñor David había invitado antes a los misioneros a “permanecer con estos pueblos”. No tengo escapatoria pues.

19 de enero de 2018 en Puerto Maldonado. Yo estuve allí y jamás lo olvidaré.

sábado, 13 de enero de 2018

POR FIN EN SACAMBÚ


Era la tercera vez que lo intentábamos. La primera el bote quedó seco y hubo que dar media vuelta; la segunda, hace un mes, nos perdimos en medio de un lluvión y para casa; así que esta vez me dije: “voy a ir sea como sea”. Vi un hueco de un par de días, busqué a un motorista más conocedor de la zona, pedí a Shucui que me acompañase para no perdernos… y a la quebrada Sacambú. Que es por cierto una de las periferias de este poto del mundo.

La boca de la quebrada está a poco más de dos horas de Islandia, y justo en la entrada hay un albergue turístico. Los deslizadores llegan de Leticia y pasan a 3 de Noviembre, un pequeño pueblito no muy lejos, donde los hermanos Torres tienen algunos animales que los gringos fotografían: una anaconda, guacamayos, paiches y ¡15 monos sueltos! Me explicaron que cada persona paga 10.000 pesos colombianos por la entrada, mientras un mono me abrazaba cariñoso. No sé por qué, estos animales me inquietan. Pero eso fue el último día, ya de salida.

Antes visitamos un lugar llamado Constantino Pinto. Llegar ya es una proeza. Hay que navegar como una hora y media desde los monos eligiendo en sucesivas “Y griegas” de la quebrada el camino correcto; hay una cocha, como una laguna natural, y luego el caño se va estrechando y se convierte en una especie de laberinto de agua. Shucui, que en realidad se llama Edinson y vive en ese sitio, había pedido a sus vecinos que cortaran “algunos palos para que pase el padre”; y menos mal, porque había varios lugares por donde el bote atravesó a duras penas bajo arcos de raíces y troncos, siempre chocando con ramas y palos por esas vueltas, y con la sospecha de que si esta noche llueve y sube el nivel mañana no lograremos regresar. Pero merecía la pena contemplar esa extraña belleza: el agua oscura como un perfecto espejo donde se duplican árboles y muros de selva en una quietud caleidoscópica. La chalupa parece flotar en el vacío…

Esta inmensa quebrada es una “zona roja”, es decir, un lugar por donde los narcos transitan, y con ellos ladrones oportunistas que asaltan sobre todo a los botes de carga. Porque acá todo el mundo cultiva coca, es un secreto a voces que nadie menciona. Y es que en estas fronteras la vida es muy difícil; la gente vive lejos del cauce del Yavarí grande, y en la época de vaciante se quedan casi aislados, solo se puede salir con canoa pequeña y después de caminar un buen trecho por donde en invierno está alagado. ¿Cómo sacar sus productos…?

En Constantino Pinto nos regalaron una papaya con una cuchara (que devolvimos) para cenar y después, con varios vecinos, dialogamos sobre cómo podrían armar su comunidad porque dicen que son católicos; en San Mateo conversamos mucho, Wilder y Elsa nos invitaron a almorzar, pero nos quedamos esperando a la gente que habían avisado para la reunión en la tarde. Le pregunto a Elsa de dónde es y me dice de Huánuco, en el centro del Perú. - Puchaaaa… pero muchacha, ¿qué haces tan lejos de tu tierra? - Esto está lejos de todas partes, padrecito, me dice su esposo. El sacerdote por acá es una rareza, algo casi insólito. Hace como 6 años que no los visitan.

Pasamos a la comunidad 28 de Julio, donde vive “doña Morena”, cristiana de siempre, que educó a sus hijos en el internado del Estrecho;  a Maicol, uno de ellos, lo eligen al toque como animador en la reunión de la noche. Se les nota contentos, quieren empezar el próximo domingo con su celebracioncita, van a invitar a más vecinos, y para la próxima ya les gustaría programar bautismos. Les digo que muy bien, pero que no servirá de mucho si ellos no le dan continuidad a su vida de seguidores de Jesús comprometiéndose a juntarse los domingos para escuchar el Evangelio. De nuevo la iglesia naciente, la chispa de la fe que se prende o las brasas escondidas bajo la ceniza que se avivan.

Nos tratan muy bien; nos invitan a almuerzo, a cena y a desayuno. Duermo en su casa y me siento cómodo. Se nota el reconocimiento por haber venido hasta acá. El sueño me vence bajo mi carpa mientras pienso que el don de Dios es un ofrecimiento permanente en tantas cosas hermosas: la naturaleza (y la amazónica más), el amor seguro de la familia, el compartir siendo iguales, la misma vida… Pero es necesario ir a contarlo, llegar, incluso hasta estos confines; el esfuerzo de venir está relacionado con el agradecimiento de los que te reciben, todo forma parte de la preparación de la tierra para que la Palabra enraíce. “¿Cómo es posible que alguien quiera vivir aquí?”. Sí pues; y “¿cómo es posible que alguien quiera alcanzar estos sitios?”. Esperemos que en todos arraigue el Evangelio.

sábado, 6 de enero de 2018

EN EL YAVARÍ AVENTURAS Y SONRISAS DE NIÑOS


Teóricamente en diciembre el río ha crecido, así que enfilamos el primer furo de surcada para ahorrar vueltas, tiempo y combustible. Pero al toque se ve que hay poco nivel, se hace difícil maniobrar y no tardamos en quedar varados, con lo que hay que bajarse a enderezar el bote con el agua casi hasta la cintura. Reanudamos la marcha y de pronto ¡crac!, un crujido metálico: se ha roto la hélice. Ay Diosito. “¿Qué va a ser de ti lejos de casa?”, jeje.

Siempre hay que estar preparado para cualquier cosa, especialmente en las soledades del silencioso Yavarí, que se torna recóndito en las penumbras de los árboles retorcidos de los furos, flanqueados por impasibles paredes de selva, para luego desparramarse plateado en los tramos anchos, a merced de corrientes, oleajes y el azote del sol desembozado de nubes. El tramo hasta Remanso dura más de lo que mi mapa casero prevé, creo que por no poder tomar algunos atajos y porque la gasolina tiene agua que ralentiza el motor, pero el cansancio merece la pena porque nos están esperando, y eso es una sensible novedad respecto al anterior viaje.

Lino y su esposa María Elena nos reciben muy cariñosos, nos ofrecen la cena y su sala para dormir; es muy tranquilizador sentir que aguardan tu visita y te la agradecen. Sus hijos pequeños, Jhan y Bella, colorean las láminas que Eduardo y Fabio han traído, con dibujos navideños; pasamos un rato muy agradable, como en casa. Más tarde hacemos una sencilla celebración de la Palabra y conversamos: el Bautismo nace en una comunidad que engendra nuevos hijos, es necesario reunirse los domingos para orar juntos e ir cuajando un grupo de seguidores de Jesús.

¿Qué quiénes son Fabio y Eduardo? Pues dos jesuitas estudiantes de teología que nos acompañan estas dos semanas antes de la Navidad para hacer una experiencia de misión amazónica. En medio de conversaciones filosóficas, espirituales, teológicas y psicológicas (ahí Zélia da mucho juego) llegamos al día siguiente a Santa Teresa II zona. También nos acogen muy bien, y aquí en la noche celebraremos la Eucaristía, y para mí será la primera vez en el Yavarí desde que llegué a esta misión. Aparte de nosotros y de nuestro motorista Carlos, un par de personas comulgan. Esta comunidad acaso está un poquito más avanzada que otras, pero poco, como un cuarto de hora.

Al día siguiente toca Santa Teresa I zona, hueso duro de roer. Cuesta llegar con la lluvia y el viento en contra, que parece atrancar el motor o espesar el agua, y también es difícil ir armando algo en este sitio grande y con varias religiones y sectas. Esta vez nos ayuda Mildre, una señora muy dispuesta que avisa a los católicos para las 4 de la tarde. A pesar del fuerte sol, salimos a las 3 y recorremos algunas casas invitando al encuentro; más tarde, a la vista de que nadie llega, empieza el show de Lalo y Cachete en la pista de fut-sal del pueblo: juegos, bailes, caramelos, de nuevo los dibujos… Lo pasamos de maravilla con los niños (varios de ellos israelitas) y quedamos con Mildre que, con su ayuda, la próxima vez trataremos de visitar las casas y conversar con la gente en vez de intentar hacer una reunión. Zélia le pregunta si ella podrá darnos alojamiento y dice que sí: ¡ya tenemos adónde ir!

En Japón encontramos al apu Regner con el pie hinchado porque le pisó una chancha recién paría y se le infectó. No hay acá promotor de salud ni botiquín. ¿Qué podríamos hacer para ayudarles en esta cuestión de la salud? Don Yuri (israelita) nos deja una casa vacía para que nos acomodemos, colaboramos con arroz y fideo, y con su pescadito nos preparan almuerzo. Pasamos una sudorosa siesta aplastados por el calorazo, hasta que nos vamos al río a darnos un baño que sabe a gloria. ¡Qué rico es enjabonarse y luego botarse a nadar! Tras las risas de los niños (me asombra que haya tantísimos, más de 40) en la tarde, la reunión demora en comenzar porque hay otra de la escuela a la misma hora. Finalmente se junta un buen grupo de gente y, como hay una lista de treinta y tantas personas para bautizarse, hablamos de los requisitos, de la responsabilidad de los papás, la función de los padrinos, la preparación… El personal está ilusionado y, lo mismo que en Remanso, les animamos a ir fraguando su comunidad los domingos. Hay que descalzarse porque asistimos a los primeros pasos de la Iglesia por estos lugares. Queremos no estorbar demasiado.


Río arriba y río abajo, en la mañana y en la tarde, se han dejado ver varios bufeos brincando, como si fueran una especie de arco iris amazónico de Diosito, una confirmación, “vais bien, ánimo, estoy con vosotros”, una firma como la que vio Noé y se sintió protegido, elegido y destinado. Por eso, al final del viaje, cuando después de entrar en la quebrada Sacambú la cosa se complicó y anduvimos un poco perdidos en medio de una lluvia fuerte y midiendo la gasolina que nos quedaba, no sentí miedo. Sentí fastidio porque quería seguir conociendo nuevos lugares, pero no temí. Porque la banda musical de las aletas de los pequeños delfines asomando eran las sonrisas de tantos niños de estos días, el compromiso irrevocable de Dios con nosotros y con estos humildes pueblos.

Nos trataron mucho mejor que en las primeras visitas; nos prestaron otra hélice; nos mojamos pero a pesar del vendaval llegamos bien; y Fabio y Lalo merecen una entrada aparte.

sábado, 30 de diciembre de 2017

CHOCOLATADA


Hay universales de la Navidad que se dan incluso en este confín amazónico, como el pino gigante con adornos, los anuncios de colonia, el buen rollo, los juguetes y las luces de colores con melodías insistentes. Ciertos clásicos de la Navidad peruana por acá no existen, como las pastoritas (en la selva muchas ovejas no hay, no), pero el Niño Manuelito, el panetón y los gorros de papá Noel son infalibles. Y por supuesto, la chocolatada.

Nos propusimos armar una en la parroquia. Para ello se reparten unos oficios muy serios solicitando los ingredientes a diferentes instituciones: la municipalidad (que está casi en la obligación de dar), los candidatos a la alcaldía de 2018 (que más vale que den para ganar votos), empresas y tiendas varias. “De mi mayor consideración: Por medio de la presente nos dirigimos a usted para saludarle muy afectuosamente en nombre de toda la comunidad cristiana católica etc… Hemos programado dar a los niños una chocolatada etc. para lo cual solicitamos panetones, juguetes, cocoa etc. De esta forma vamos a ayudar a que los más pequeños disfruten de estas fechas entrañables. Estamos seguros de que usted atenderá nuestro pedido con generosidad y quedamos agradecidos y bla bla bla”. Cocoa es chocolate en barra o instantáneo.

Nos dieron 10 panetones grandes y casi 200 panetoncitos pequeños, además de 5 kilos de azúcar y unos 100 juguetes; el resto lo compramos. A las 10 de la mañana ya estaban en marcha dos enormes ollas con cerca de 80 litros del brebaje preparado por Juanita: clavo de olor, canela, maicena, azúcar y un cola-cao autóctono. A las 12 ya estaba listo, tapamos las ollas y nos turnamos para ir a almorzar; a pesar de que habíamos avisado para las 4 de la tarde, los niños pasaban por delante de la iglesia, nos veían, se enteraban otros amiguitos y llegaban… Total, que a las 2 notamos los primeros síntomas de la muchedumbre que se avecinaba.

Los niños paran los días de Navidad (acá las vacaciones fueron el 15) yendo de una chocolatada a otra. Todo el día se ven bandadas de muchachos jarra en mano (o taza o vaso y hasta biberón), corriendo por esos puentes rumbo a los diferentes lugares donde saben que recibirán lo habitual: chocolate, un buen trozo de panetón untado con mantequilla y, si hay suerte, un juguete. Hay chocolatadas de empresas, de la muni, de los candidatos, de particulares, a veces hay dos el mismo día, pero eso no parece aplacar la ansiedad de los críos, que ya abarrotaban literalmente el piso bajo la iglesia mientras cortábamos los panetones.

Las mamás-comando que reclutamos los contenían como podían mientras ubicábamos todo. Me puse a servir chocolate junto con tres de ellas y ya solo vi una avalancha de recipientes que me llegaban por todos lados, sin tregua, jalándome del polo por la espalda y los costados, cientos de miradas infantiles entre cautelosas e inquietas por si es que no hay suficiente para todos y me voy a quedar sin mi ración. En medio de este trajín se puso a llover, vi el agua entrando en la olla, nos desplazamos un poco debajo del puente pero fue inútil, resultó una versión navideña del diluvio y el aguacero nos empapó sin remedio, lluvia en todas direcciones.

Mientras esto ocurría, Papá Noel y la profe Djeny intentaban repartir los juguetes, que eran a todas luces insuficientes, así que probaron haciendo mini-concursos con preguntas, pruebas… era complicado porque los que ya tenían su panetón formaron un río de niños que bajo la lluvia los cercaban y apretujaban pidiendo su juego. Una caja de de cartón llena de regalos, empapada, se desfondó; yo ya había terminado de servir y, como mi olla estaba enjuagada por el chaparrón, logré recoger algunos camiones, carros y muñecas y guardarlos en la olla, que sostenía por encima de mi cabeza a salvo de un bosque de manos acechantes. Veía algunos bebes en brazos de sus papás o mamás y trataba de darles, pero fue imposible contener a tantísimos niños.

La batalla fue breve: en menos de una hora todo había terminado. Quedamos hechos mazamorra y calados hasta los huesos pero contentos (disculpen que no haya testimonios gráficos). Y no es que los niños no tengan juguetes en Navidad, hay papás que les compran -a muchos tal vez no-, pero veo que ellos desean sentir la emoción de que les regalen. Les voy a pedir a los Reyes que ajusten el GPS para que el año próximo pasen por Islandia trayendo en sus camellos al menos 500 juguetes; como son magos supongo que será pan comido para ellos.

Es una Navidad a 30 grados: acá no hay nieve, ni cabalgata, ni mazapán, ni “Qué bello es vivir” en la tele, ni carrera de San Silvestre, ni doce uvas, solo algún espumillón despistado y en vez de discurso del Rey tenemos indulto del presidente a un antiguo dictador. Escribo esto el 25 de diciembre, un día muy silencioso, sin electricidad hasta las 10 de la mañana, metido en agua, casi nadie por la calle, un día que he pasado solo casi en su totalidad. Pero no estaba triste. Sé que esto forma parte del contrato de misionero y pensaba que muy rápido se dice “me voy a la selva” y hay momentos en que pesa. Menos mal que tenía turrón, un cariño sabor a chocolate que nos ayudó, en palabras de mi madre, a “estar un poco más juntos”.

sábado, 23 de diciembre de 2017

PALOTES DE INCULTURACIÓN


En el silencio de la noche, golpes secos: tchac, tchac… un hacha que prepara leña y una conversación. Miro el reloj dentro de mi carpa… las 3 de la madrugada. Oigo risas y yo también sonrío: qué lejos estoy de comprender algo de la forma de ver la vida de los ticuna. Y eso que anoche dimos un paso modesto pero creo que acertado e ilusionante.

Estamos en Yahúma I Zona, en pleno territorio nativo ticuna del Bajo Amazonas. Es la segunda visita y puedo paladear el placer de regresar, que es una bonita evolución de la alegría de ir. Por la vereda que atraviesa el pueblito la gente nos saluda, me llaman por mi nombre. Tras los saludos y bromas (“los esperábamos ayer, padre”) el altoparlante brama en su lengua anunciando repetidamente que la reunión con los misioneros será a las 7 de la noche en el salón comunal y todos están invitados.

Esta vez, como dicen los manuales de etnografía, he procurado documentarme: he leído los mitos fundacionales de la cultura ticuna, he visto un documental sobre la ceremonia de la pelazón -woxrexcüchiga- he escuchado wiyaegü (canciones), he consultado a Goulard, he buscado en internet y he conversado con otros misioneros. Y antes del encuentro de esta noche mantengo una larga conversa con don Roberto Huanico, el papá de los animadores Armando y Lerín, uno de los mayores de la comunidad y cuya familia nos da alojamiento.

“Llegaron los evangélicos y el pastor empezó a enseñar que no debemos hacer esas cosas, como la pelazón, que son malas, diabólicas. Se quedó solo. Nadie de acá quiere ir a esa religión” - me dice Roberto. Yo había leído ya algunas críticas a las iglesias cristianas como uno de los factores que han contribuido al abandono de los elementos de la cultura ticuna, sus valores, ritos y prácticas tradicionales. Me fastidia y al mismo tiempo temo que eso fue más común en la historia de la evangelización de lo que pensamos. Y recuerdo que la tierra que piso es “lugar sagrado” (Ex 3, 5), así que hay que quitarse las sandalias de mi programación occidental con el máximo respeto y disponerse a dialogar en el terreno espiritual y cultural de los indígenas.

El ambiente está de nuevo repleto: casi toda la comunidad ha respondido a la llamada, y además con gran interés. Me doy cuenta con sorpresa de que estoy casi desacostumbrado a tanto público y lo disfruto. Al comienzo de la celebración les explico (muy lentamente y haciendo traducir cada frase) que Dios nos habla de muchas maneras, por ejemplo en los mitos judíos -el pueblo de Jesús- y en los mitos del pueblo ticuna. Leemos y traducimos la narración de cómo Dios creó al hombre con barro y le dio vida soplando su aliento sobre su nariz (Gn 2, 7. 21-24); luego invitamos a don José, anciano sabio, a contar el mito de los gemelos Ipi y Yoxi, que nacieron de las rodillas de su padre Ngutapax y que originaron el pueblo ticuna, sus conocimientos, costumbres, idioma, ceremonias… su cultura.

Durante la narración de don José, que dura más de media hora, la gente se ríe, comenta, hace bromas…

Rü wüxi i ngunexüa tanatü a Yoxi naxmaxsü ñaa: ¡nuxa rüxauu, rü nuxa rü aux, rü chacuenee cuxna chacuenee! (Un día nuestro padre Yoxi dijo a su mujer: “Quédate aquí, quédate porque yo voy a cazar animales).
Entonces su hermano Ipi la descubrió en su hamaca, y allí mismo la dejó embarazada (Nax Ipi chaxmaxmaa gnexü cuwagüxü natürü ta ixaxacü tá wüxicana i ngema chaxmax cuxü tá).

Luego, siempre con ayuda del traductor, intento conjugar, conectar o compatibilizar ambos mitos:
- Ipi y Yoxi nacieron de Nguxtapax. ¿Él es Dios? (comentarios, algunas discusiones)
- No, no. Tupana (Dios) es anterior a todo eso.
- Ah ya, así que Tupana Dios creó a los gemelos y por medio de ellos formó todo.
- Sí padre, porque Ipi fue sacando a toda la gente del río.

(Para mí es un momento muy especial. Me siento “yo mismo” al máximo, coincidiendo al cien por cien con lo que siempre he soñado. ¡Esto sí!)

- ¿Pero solo a los ticuna o a todos, a los gringos también? (risas).
- A toditos, incluso a los blancos.
- Ajá, es decir que así creó Dios todo. ¿Y Jesús?
- Jesús viene mucho después.

Dios es el origen de todo; la verdad de fe se comprende en la cultura ticuna de esta manera, con estas claves, símbolos, personajes y acciones. La historia de Ipi y Yoxi es un mito que esclarece el principio y dinamiza el presente, como el de Adán y Eva. Así Dios habla, y nunca dejó de hacerlo, en toda época, lugar y grupo humano. El misionero es un “encontrador” que ayuda a reconocer las palabras de Dios que ya estaban presentes en los tesoros culturales del pueblo antes de que él llegase. Con gran humildad, acompaña a estos cristianos en su proceso de sintonizar con el Evangelio el mensaje divino descubierto en sus valores ancestrales. De esta forma el misionero aprende a expresar su fe a la manera indígena y la redescubre en las riquezas de experiencia que Dios le va regalando por donde va.

Estoy como haciendo los primeros palotes en evangelización inculturada (Evangelii Gaudium 68-69). Son solo pobres intentos, pero ¡cómo me entusiasman!