viernes, 26 de agosto de 2016

EN TIERRA DE NADIE


Pero antes de Centroamérica hemos de llegar a Palmeras, y de buena mañana afrontamos un rompepiernas de más de cuatro horas. Pronto empezaré a sufrir porque hoy mi cuerpo no tira y al mismo tiempo dando gracias a Diosito: el sol está en lo alto y el camino está seco y menos difícil. Se suceden las quebradas, las rampas, las piedras y las bajadas, y en el silencio de la caminata interminable me pregunto muchas veces "¿Cuándo co... vamos a llegar?".

Al final llegamos, empapados en sudor de pies a cabeza. Mi gorro lo escurro y cae un chorrito, y los calcetines altos que me regaló mi grupo del MRC de Santa Ana los he roto por los talones, qué bestia. Hace dos años que no hay visita parroquial en Palmeras y Wilder no se acuerda de dónde tenemos que ir; intentamos comprar agua embotellada pero no encontramos (¿qué beberán acá, solo trago? - bromeamos). Al toque nos encuentran a nosotros, porque nos estaban esperando. Y nos llevan a casa de Martín.

Vaya si nos esperan. Nos esperan con estas sonrisas de las tres niñas de esta familia, preciosas y reconfortantes. La señora Blanca ha preparado una sopa con unas carachamas tan grandes que ni caben en el plato. Mientras como recuerdo la novela "Como agua para chocolate": el almuerzo me devuelve la vida, pero sobre todo hace sentir a mi corazón gratitud, humildad y alegría por poder servir a esta gente, tener la suerte de darles aunque sea algunos retazos de Evangelio.

¡Qué peazo de carachamas!
En la capillita también nos esperan, Con decoración de globos en la puerta y varios cientos de manos que estrechan la mía. No cabe un alfiler porque la presencia del sacerdote es tremenda novedad. Hacemos de todo: confesiones, bautismo, primera comunión, matrimonio... Y cuando en la plegaria eucarística llega el momento de nombrar al obispo, el lío padre: este pueblo no pertenece a nuestra parroquia ni a la de Soritor, sino a otra dentro del distrito de Huallaga que tiene otro obispo distinto al de Moyobamba. Está lejísimos de todas partes, como en tierra de nadie; por eso nadie se ocupa de ellos. Bueno, nosotros lo intentamos aunque Palmeras no sea "nuestro". En fin, que nadie sabe cómo se llama el obispo y pasamos palante,

Pocas veces como acá me han pedido tanto, al despedirnos, que regresemos. Pero de verdad, con sentimiento. Y así emocionados emprendemos la marcha hacia Centroamérica. Supuestamente nos aguarda el agente municipal del pueblito para acompañarnos a bendecir el cementerio, pero cuando llegamos, hallamos a la gente en las faenas propias del domingo por la tarde: voley, fútbol, distensión, descanso. El hombre sale del partido a preguntar quiénes somos, y un cuarto de hora después está armado el grupo que va a ir al camposanto. Son casi las 6 de la tarde y el sol palidece ya.

"¿Está muy lejos?" - pregunto. "Acasito, padre" - me dicen. Oh Dios mío, esa respuesta me pone los pelos como escarpias... Efectivamente, enfilamos una cuesta terrible de más 40 minutos a toda velocidad antes de que nos gane la noche. El cementerio no cuenta con ningún inquilino todavía (este pueblo no tiene ni cinco años de edad), más bien está ocupado por el monte, así que los hombres tienen que emplearse un buen rato con los machetes para despejar un claro donde por fin hacemos la bendición, de noche y sudando. "Cuando vengan a traer el primer féretro por esa cuesta, el muertito los acaba a ustedes" - les digo. Carcajadas en medio de la oscuridad.

El baño es con un barreño gigante y una jarra, qué rico. Me pongo el pijama térmico y veo que la pulsera canta que hoy he caminado más de 25 kilómetros... No tenía unas ampollas tan gordas en los pies desde el camino de Santiago que hice en 2004. Mientras mi cabeza llega a la frazada que hace de almohada, centellea una ternura en mí: ¿cómo que no? Palmeras es mío por pobre y por apartado. No es tierra de nadie, es tierra de Diosito. Pues claro que voy a regresar, aunque sea a la pata coja.

sábado, 20 de agosto de 2016

YO PENSABA QUE LO HABÍA VISTO TODO


Yo pensaba que lo había visto todo en barros gordos y carreteras feas, pero no: me faltaba conocer la ruta de Garzayacu, en nuestra selva, al noreste de la provincia, en el límite con la región de San Martín, entrando por Rioja. Ha sido una semana extraordinaria, durísima, hermosa, intensa, pero ahora sí: ya conozco toititos los pueblos de mi parroquia.

La huella de las llantas de los carros abre gigantescas cicatrices en la carretera que lleva de Soritor a Paitoja. Nunca he visto camionetas tan altazas, y cuando empezamos a rodar lo comprendo: las ruedas se meten casi por entero en los profundos surcos de barro que estos días están bastante secos (menos mal). Si saco la mano por la ventanilla podría tocar la tierra rojiza, pero no lo hago porque me golpearía la cabeza: el trocoleo del vehículo me recuerda a la cazuela loca de la feria de Mérida cuando era niño, qué bestia.

Casi todo el camino el chofer va en primera y con la 4x4 metida, porque las piedrazas son enormes y el lodo amenaza con tragarnos a cada momento. Hay curvas cerradas donde la llanta patina durísimo echando humo, y el barro despedido me salpica. A veces el carro se echa hacia un lado tanto que parece que vamos a volcar, pero la gente que va en la tolva se ríe como nos divertíamos los de la cazuela y uno acaba por no darle ya importancia a nada, lo que esté de pasar que pase, Diosito.

Llegamos a Paitoja sanos y salvos. Andrés, el agente de pastoral, dice que es mejor almorzar ahora a pesar de que son apenas las 10 de la mañana, así que nos metemos entre pecho y espalda un plato de arroz con papas y cecina de chancho. Porque inmediatamente nos esperan cuatro horas hasta Garzayacu, 17 kilómetros de uno de los caminos más duros y difíciles a los que me he enfrentado. Una cuesta pavorosa, interminable, unos barros enormes, negros y profundos, con problemas constantes para mantener la verticalidad.

Andrés, el "conde de Garzayacu", jaja
Sentir que te están esperando lo compensa todo. Doña Paz nos hidrata con refresco y el cuerpo se apacigua. El almuerzo está listo pero casi es más necesario el baño, el chorro de agua fresca tras la caminata es una de las sensaciones más agradables. Y luego un rato de siesta imprescindible. Las familias de los agentes de pastoral se convierten en nuestras propias familias durante estos días. Yeleni tiene doce años y le gusta conversar, perspicaz y viva en sus preguntas: "Padre, sería mejor que tuvieras esposa, ¿di? Así te esperaría a la vuelta de la gira con la sopita caliente". El sol poniente seca la ropa de caminar antes de dar el turno a las estrellas, que colman un cielo espectacular. Todo es bello y tremendo, así es mi Perú.

También en la iglesita nos esperan: hace más de un año que no celebran la Eucaristía, ni ningún sacramento. Habrá varios bautismos, primera comunión y una pareja se va a casar; desdoblo el expediente que traje en la mochila y allí mismo, sentados en un costado, mientras ensayan las canciones, rellenamos los datos, interrogo a los novios, a los testigos y ensayamos la fórmula del consentimiento. No hay traje blanco ni corbata, ni siquiera anillos, todo es muy sencillo y tiene que ser hoy porque hoy es cuando el sacerdote está aquí. Simple y llanamente.

Tardísimo nos vamos a acostar. "Descansa padre porque mañana nos espera una buena" - me dice Wilder. Estoy reventao pero feliz, porque este día coincide plenamente con el propósito de mi vida: salir, ir, llegar a los más necesitados del Evangelio, a los más apartados en los sitios más remotos. Me duermo sonriendo al pensar que mañana iremos nada menos que a Centroamérica, jaja.

lunes, 15 de agosto de 2016

SOLEDAD EXHAUSTIVA


Hay días y momentos en que me siento terriblemente solo. Es una soledad exhaustiva, material, implacable. Lo infecta todo, torna el cielo pesado y el tiempo severo, y me aboca a esa tristeza que me encierra y me enmudece. Y entonces, curiosamente, solo quiero que me dejen en paz.

Vivo rodeado de gente que me requiere, llegan a todas horas y en todas partes pidiendo plata, o que celebre una misa, que su hermano pueda ser padrino, que por favor saque una partida, que le lleve en el carro, etc. etc. Es imposible atenderlo todo (antes éramos tres curas y ahora solo somos dos), y da la impresión de que todo el mundo reclama y nadie está contento. Y entre tantas solicitudes, ¿a quién le importo yo? ¿Quién viene a buscarme simplemente por mi mismo? No al padrecito, no a la función, sino a la persona.

Lo llamo el "síndrome del limón exprimido" y me agota, hace más cruel esa soledad anchísima, como decía el título de aquel libro de Ángel Moreno. No hay escapatoria: no puedo irme con mis sobrinos a jugar o a burrear, no puedo esconderme a recibir mimos de mi mami en forma de tortilla de patata favorita. No hay dónde ir. Manuel chico me dice por skype: "Tito, ¿cuándo vas a venir?", se me hacen siete nudos en la garganta y me pregunto qué hago yo aquí.

Siempre somos extranjeros. De vez en cuando saca la cabecita ese racismo latente del personal atutóctono, especialmente hacia los españoles, y te lo hace más difícil: "Es que el padre Baltazar, como es peruano, el padre César no le deja hacer nada". Toma, para que no te relajes. Pero duelen más los detalles de cariño esperados y no recibidos que las bofetadas, al menos esas las puedes esquivar.

Echo de menos a mis amigos. Esos encuentros donde bajar la guardia y mostrarme espontáneamente como soy, decir lo que me de la gana sin mantener las formas, descansar profundamente sabiendo que no me juzgarán, sentir que soy y seré querido haga lo que haga, incondicionalmente. Os extraño y a veces el vacío es feroz.

Salvar el mundo cansa mucho, ¿eh? Y lejos de tu casa, más. No hace falta que estén todo el día agradeciéndote, pero algún gesto de vez en cuando anima. Ya sé que existen y que todo esto es muy exagerado; simplemente a veces mi carencia afectiva, o el celibato, o mi psicología, o todo junto me hacen despeñarme por la desolación y la nostalgia. Siempre fue así, y yo sabía que acá se recrudecería. Pero se me pasa pronto. Y a alguien tengo que quejarme.

jueves, 11 de agosto de 2016

FIESTA DE 15 AÑOS


Helí, asesor de la JEC de Huambo y amigo, me invitó a la celebración de los 15 años de su hija Maricarmen, que también pertenece a nuestro grupo juvenilNunca había participado en semejante cosa, ni sabía que existía, así que me coloqué una polera arregladita y unos zapatos y me fui contento como un trucho y con la curiosidad de antropólogo en modo “on”.

Como todos los ritos de paso, los 15 tienen bien establecidos su estética, su vestuario, su música, su terminología y sus ceremonias. La primera parte es la más protocolaria: aparece la protagonista con tremendo vestido a modo de Sissi emperatriz en tonos rosa o pastel, acompañada de sus damas de honor, con vaporosos ternos del mismo color y los amigos del colegio con camisas y corbatas a juego.

A un costado, la orquesta y el control de sonido (en ningún momento para la música), y al frente el presentador micro en mano. Él va dando paso a los distintos discursos, y hablan la homenajeada, su padre (su madre no), y el padrino que lo es también de la fiesta (es decir, que corre con bastantes de los gastos). En cada intervención aparece Dios y la palabra más repetida es “gracias”. En el fondo del local hay una mesa con enormes tortas y fuentes de diferentes dulces, y yo me pregunto cuándo les meteremos mano.

Lo siguiente es el baile de honor. El otro día en Calohuayco me explicaron que las niñas no pueden bailar en guateques públicos antes de cumplir los 15 años; si lo hacen, ya no tienen derecho a celebrar su fiesta. Parece un mecanismo cultural de preservación de la integridad sexual de las chicas, puesto que el festejo social, en el que los hombres sacan a bailar a las muchachas, era tradicionalmente la ocasión del cortejo y el inicio de los noviazgos. Por eso en este evento hay un baile solemne, el vals que Maricarmen danza con su papá mientras todos aplauden, con su padrino, con su hermano mayor, con el párroco (jaja, aaay la de cosas que hay que hacer), con sus tíos y otros familiares. Paparazis salen de todos lados a tomar fotos y vídeos.

Enseguida cambia la música, hay una procesión hacia la mesa con pasteles y Maricarmen entrega pomposamente una muñeca a su hermana pequeña, todavía una niña, para que juegue con ella, puesto que ella ya es señorita y no la necesitará más. Después salen las damas y los compañeros, hacen un corro alrededor de Maricarmen, se le vendan los ojos y suena una melodía para que elija, mientras bailan por turnos con ella, al joven que tendrá el privilegio de calzarle sus zapatos de adulta. Lo hará entre aplausos y emoción de todos los presentes, que festejamos que Maricarmen ha pasado de niña a mujer.

No podía faltar la cena para premiar a los numerosos participantes, que han aceptado la invitación y dan categoría y empaque a la noche. Inmediatamente surgen los habituales descartables con arroz, carne de res y yuca. Para esa hora el salón se ha abarrotado de gente que llega de frente a la juerga saltándose la parte de los ritos, y yo ya tengo una cerveza en mi mano junto con el vaso en el que tomo y paso a otra persona, hasta que regresen a mí botella y recipiente. El volumen de la música invade de cumbias y bachatas los ánimos y la gente se apretuja en la pista que está a full. Corre la bebida.

Varias vueltas de la chela y algún amago de mareo más tarde, entiendo que llega el momento de la retirada. La hermana Alcira y yo recibimos todo tipo de agradecimientos por haber honrado con nuestra presencia este acontecimiento que Maricarmen nunca olvidará y su padre tampoco, sobre todo cuando vea las facturas. En todo ceremonial iniciático se refuerzan los vínculos familiares y sociales, pero el radar antropológico está ya adobao, y más bien salgo pensando“lao, nos vamos antes de que partan la torta, tenía buena pinta”.

viernes, 5 de agosto de 2016

EL CANDOR DE LA PRIMERA VEZ


Hace como un año, un día en La Unión, don Esteban me habló de un lugar llamado Alto Bellavista, a unas tres horas de Nuevo Chirimoto, en la altura. “Tendrían que ir, padrecito, hay harta gente allí y nunca ningún sacerdote les ha visitado. Sentí cómo se activaba mi instinto misionero, me quedé con la copla, lo anoté en la lista de los caseríos y no he parado hasta que he logrado ir.

Propiamente no es un pueblo todavía. Apenas llevan organizándose cinco años, no tienen luz, ni agua, ni escuela ni autoridades. Son un conjunto de familias que han ido llegando de lejos, colonos en busca de madera y tierra donde cultivar café, algunos desde hace tiempo, otros recién y todos con la ilusión de los pioneros reflejada en sus rostros.

Subo con el profe Oriol las tremendas cuestas por el camino que hoy está seco, pero que en época de lluvias debe de ser un barrizal intransitable. Por eso han colocado muchos palos a modo de peldaños para facilitar el paso de personas y bestias de carga. Justo hoy hay faena comunal, y nos encontramos con una cuadrilla de unos treinta hombres chambeando duro, cortando y acarreando leños enormes mientras coquean (mascan hojas de coca) para soportar el esfuerzo. Paramos y nos saludamos, estrecho un montón de manos duras y callosas. “Ahorita nos vemos padre, todos vamos a estar en la misa”.

Cuando hay faena, mientras los hombres trabajan las mujeres cocinan las cosas que traen para compartir. Aparecemos en casa de Orlando sudaditos, nos bebemos varios vasos de freso de naranja y cuando llegan los varones todos almorzamos juntos: locro y arroz con pollo. Mientras como, se posan sobre mí miradas curiosas y hay más silencio del habitual: un cura acá es una rareza y una novedad pasmosa.

Y la misa un acontecimiento. Nos reunimos junto a un ingenioso secadero de café que consiste en un motor que hace pasar aire por una cocina de leña y lo avienta por una tobera artesanal. No hay niños, cosa extraña, porque toditos están en Nuevo Chirimoto en la escuela durante la semana con mamás, tías o abuelas. Mientras preparo los arreos de la Eucaristía tengo la impresión de que me estoy equivocando, pero ni modo, la misa es lo que ellos esperan. La mayoría están bautizados (aunque me cuentan que muchos niños y bebés no) pero Diosito, ¿cuánto tiempo llevarán sin participar en algún “acto religioso”?

El profe hará la lectura y su esposa ha llevado un cancionero. Me presento, les cuento por qué he venido, me preguntan si pueden pedir por sus difuntos y los anotamos. Nada más comenzar me doy cuenta de que no saben responden a nada, ni cantan, ni seguramente entienden “de la misa la mitad”, jeje… ¿Cuándo nos vamos a convencer que no podemos evangelizar de frente con los sacramentos? La Eucaristía es culmen de la iniciación cristiana, pero nosotros nos jalamos los procesos y hala, misas para todo.

Llega el Evangelio y hablamos de la regla de oro: portarse con los demás como quieres que se porten contigo; y si te tratan mal, tú devuelves bien, pones la otra mejilla. Me siento especial, ante un reto precioso: regar con la Palabra una tierra virgen,decirles que Diosito les quiere, que su Reino está acá y su bondad nos acaricia como los rayos del sol y nos empapa como la lluvia, a toititos, seamos como seamos.

“Levanten su mano los que van a recibir la comunión”- les digo. Un hombre se levanta respetuoso y pregunta: “Disculpe, ¿puede explicar qué es eso de la comunión?”. Jaja, si es que estamos pegaos de cómo hacer el primer anuncio, no tenemos herramientas ni resortes. Pero su sinceridad me conmueve, intento explicarlo lo mejor que puedo y al final comulgan tres personas.

Al terminar viene lo más interesante: “vamos a conversar”. Les pregunto por el origen de esta población, me cuentan los inicios, sus luchas y sus problemas, me presentan sus necesidades por si yo les puedo ayudar. Les prometo que hablaré con el alcalde de Omia para que les brinde una máquina que haga un muro que proteja el puente de las crecidas del río; miraré de buscar una platita para apoyarles en la compra de un terreno para que construyan el salón comunal, la escuela y la iglesia. Y cuando me piden: “Padre vas a volver, ¿verdad?”, mi corazón baila un paso de huayno y dice: “¡Por supuesto que sí!”.

Porque por vosotros he dejado mi casa, mi familia y mi país, para llegar a los más pobres y alejados en todos los sentidos (geográficamente, sociológicamente y en la fe), no para dedicarme a la pastoral de mantenimiento. Y si para ello he de salir de los caminos ya transitados y coquear espiritualidad misionera, lo haré.