lunes, 24 de abril de 2017

BOTADO EN PLENO AMAZONAS


Ocurrió en el regreso del viaje de reconocimiento a Islandia. El deslizador sale de Santa Rosa a las 4 de la madrugada, así que nos fuimos a dormir a Leticia la noche antes. A las 3, un motocarro vino a recogernos y nos llevó a Tabatinga, donde a su vez un bote nos pasó por 10 reales al muelle de Santa Rosa. El rápido estaba ya casi lleno a las 3:30, de modo que a las 3:40 ya salió. “Vacán – pensé yo- vamos a llegar a Iquitos todavía más temprano”. Jeje, no sabía la que nos esperaba.

El deslizador es un barco grandazo, una especie de autobús fluvial que lleva a unas 80 personas desde Iquitos hasta la triple frontera en 8 o 9 horas (bajando, porque surcando, o sea río arriba, demora unas 12 horas), es decir que va a toda pastilla por el Amazonas formando una olas que fastidian a las canoas y otras embarcaciones domésticas. Te dan el desayuno, el almuerzo y una botella de agua, y algunos hasta te ponen películas; y pagas duro, claro, 170 soles o más.

Nuestra surcada comenzó bien, yo me dormí como de costumbre las primeras 4 horas o así. Hubo una primera parada (no me acuerdo dónde), en la que varios policías entraron, nos jalaron a todos los DNIs, se pusieron a abrir mochilas al azar y a mí me tocó, claro está: la cosa había empezado a torcerse. Aunque desde luego, si quieren interceptar la coca que viaja por el río así, están cagaos, jamás van a dar con un gramo. Lo que sospechamos todos es que realmente no quieren…

Un poco más arriba, ya pasado San Pablo, de pronto se oye un ruido bien feo RRRRRRR!!! y empieza a oler a humo. La nave se detiene en mitad del río, los tripulantes empiezan a recorrerla frenéticamente palante y patrás, traen herramientas, hablan bajito entre ellos, sudan, llaman por teléfono satelital a la empresa. Y mientras los pasajeros, hundidos en un espeso silencio y sancochándonos lentamente bajo el sol tropical, nos tememos lo peor: una pieza del motor se ha tronzao y hay que traer de Iquitos en un fuera borda el repuesto y el mecánico. Piña.

Estábamos cerca de San Isidro, una comunidad ribereña, de modo que comenzaron las operaciones de remoque a ese lugar. Aparecieron cuatro peke-pekes solidarios, se colocaron dos en cada costado, pero como los motores no tenían la misma potencia costaba un mundo dirigir correctamente el deslizador. Hubo dos o tres buenos choques contra la orilla, pero al final, gracias a un tipo subido en el techo dando instrucciones, llegamos al puerto. Habían pasado casi tres horas desde la rotura del motor.

El pueblo debe de ser uno de los más cochinos del Amazonas, con incontables botellas de plástico botadas por todos lados. Allí estuvimos esperando más de seis horas, alternando lluvia con sol, asistiendo al espectáculo de carga y descarga de las lanchas que iban llegando y haciendo un curso intensivo de paciencia. Resulta que el fuera borda salvador se quedó sin gasolina a una hora río arriba; tuvieron que pedir prestado otro fuera borda para ir a salvar el bote salvador y traer el repuesto.

Finalmente, sobre las 6:45, ya casi de noche, el motor resucitó y zarpamos. Yo iba zurrao por los peligros del río a esas horas: palos, ondas sorpresivas, obstáculos, embarcaciones sin luz, lluvia… cada dos por tres el barco se paraba y me parecía que el motor ya se había malogrado de nuevo. Como no podía pegar ojo, pensaba y sentía, y me extrañaba de cómo me decantaba por Islandia de entre todos los lugares visitados. Así hasta que avistamos Iquitos.

Pero cuando estábamos ya en el Nanay, a 300 metros del puerto, pum, otra vez el deslizador detenido. Y es que también se había quedado sin combustible; probablemente dieron gasolina a los peke-pekes remolcadores pero no la repusieron después pensando que tendrían suficiente, en una exhibición híbrida de tacañería y estupidez. Veinte minutos más esperando hasta que por fin llegamos. Eran las 2:15 de la madrugada y el viaje, que debería haber durado 12 horas, duró casi 23. Me he quedado con el nombre de la empresa: Transtur nunca mais

miércoles, 19 de abril de 2017

PASIÓN FLOTANTE


"¿Y si, en vez de lavar los pies yo solo, nos los lavamos todos unos a otros? Total, si somos 15 personas”. Sí, fui yo el que lo dije, pero no era idea mía: se les había ocurrido a los de Islandia los días anteriores, preparando el jueves santo. Me pareció chévere y la exporté a Santa Rosa, la sucursal que tenemos en la trifrontera. Todo en mi nueva misión es nuevo y sorprendente, me impacta pero al mismo tiempo lo recibo con naturalidad, es curioso. “Como gota de agua que entra en una esponja” (Ej 335).

De modo que pusieron cuatro tinas, jarras y toallas, y tras lavar yo varios pies, la gente fue saliendo por parejas a hacer lo propio. El gesto es perfectamente elocuente porque acá todos vamos siempre en sandalias (chanclas en España) y limpiarse los pies manchados de barro o tierra es algo automático antes de entrar en la casa. Que te lave otro tus pies cochinos no cabe en cabeza, y que te los lave Jesús menos. Tal es su pequeñez, de ese talante es su señorío.

El viernes santo discurrimos leer la pasión en movimiento por las calles (perdón, por los puentes) del pueblo como si fuera el via crucis. El profe de religión preparó un drama con los muchachos para acompañar a cada estación. Los chicos aparecieron con sus vestimentas, se habían hecho cascos de romano y corona de espinas de cartón, las santas mujeres tenían velos y Jesús se iba llenando de sangre a medida que le iban pegando y crucificando. La creatividad de los jóvenes es imparable en todas las culturas, y en la acuática Islandia también.

Se sucedieron las paradas, la gente miraba con curiosidad y gran respeto, incluso haciendo fotos. Nadie se burló, creo que el que más me reía era yo, que fastidiaba a las chicas: “las mujeres mucho llorar, pero no hacen nada” jaja. En varias casas habían preparado como altares parecidos a los del Corpus, en una esquina le pedimos al heladero que parase el compresor por el ruido, y en la casa misionera los jóvenes hicieron el sketch debajo de mis calzoncillos tendidos. El cuadro lo completaba Marina entonando cantos de la época de nuestros bisabuelos, “sacando del arca lo viejo y lo nuevo”, como el buen escriba de Mt 13, 52. La cruz caminaba sobre el agua del Yavarí invasor del pueblo, entre motores fuera borda, olor a pescado y balsas, adornada con las risas de los niños nadando a la caída de la tarde. Otro mundo que ahora es el mío.

Al día siguiente (aniversario del inolvidable “Sábado Santo bajo el huayco”) tocaba la Vigilia. La echaba de menos y la cogí a deseo, preparándola con el personal autóctono lo mejor que pudimos. Empezó con el fuego… en el muelle, frente al mercado. Las mujeres que venden cena a esas horas nos miraban silenciosas. Como la misión no tiene plata, la gente llevó sus velas, y de camino a la iglesia cantábamos “Los hijos de la selva te alabamos Señor”. Luego, con todo y guitarra, entoné el pregón pascual, las letanías de los santos y les hice aplaudir (reír de momento les cuesta más).

Por primera vez he bautizado a una adulta en la noche de Pascua, Rocío, una mamá joven. Sus nervios y su cara de felicidad fueron la mejor gala para una celebración hermosa y muy especial, la primera sobre las aguas del Yavarí y el Amazonas. Continuó en casa de la bautizada, que nos invitó a sánguches de pollo, torta ¡de chocolate! y vino semi seco brasilero marca Dom Bosco (jeje). Conversamos en familia sobre cuántas cosas queremos hacer en la parroquia mientras veíamos el clásico peruano: La U 3, Alianza 0, toma ya. Así terminó mi primera semana en Islandia: santa, mojada y entrañable.

sábado, 8 de abril de 2017

ASAMBLEA VICARIAL


En esta tierra de misión que es el vicariato, todo está siempre empezando. Igual que el río, que es siempre nuevo y siempre el mismo, este trozo de iglesia amazónica y fronteriza tiene 72 años, pero con cada fiesta de san José vuelve a nacer, se detiene a pensar, a recrearse y a celebrar. Es la asamblea vicarial, el encuentro anual en Indiana de los misioneros y un buen grupo de laicos.

Una ocasión especial porque es la única vez que nos veremos casi todos debido a las enormes distancias y las dificultades para encontrarse durante el año. Por eso se aprovecha para estar juntos y conversar, intercambiar, compartir. Es un ambiente muy particular, distendido y multicultural, -procedemos de variadas nacionalidades-, y al mismo tiempo apasionadamente selvático. La maloka, que es el espacio donde trabajamos, imita el lugar central de la vida de las comunidades nativas. Está bellamente decorada y la rodean pancartas con los nombres de los 16 puesto de misión (no tanto "parroquias") de nuestro vicariato.

Hay diez o doce nuevos (como cada marzo) y me cuentan que más de la mitad de los misioneros llevan menos de tres años por estos ríos. Así que le dedicamos una tarde entera a la integración: Dominik, con mucho ingenio, nos hace jugar, brincar, cantar y bailar, comunicarnos... en definitiva romper el hielo y convivir. Pronto botas el roche y te sientes parte de un grupo humano, porque al fin y al cabo eso es el vicariato.


A golpe de campana se sucede una semana entera de faena: evaluaciones de los puestos de misión y de las áreas pastorales, temas de formación, rendición de cuentas exhaustiva y transparente, oración y Eucaristía, ejes transversales de trabajo cara a este año, programaciones... Salen cosas muy interesantes: compromiso por los Derechos Humanos, la ecología, la pastoral indígena, las fronteras… Por momentos me sale humo de la cabeza y, a pesar de que las sentadas te dejan el poto cuadrado, acabas estos días hecho mazamorra.

El día del patrón del vicariato, en la noche hay la velada a San José. Un grupo de folklore autóctono ameniza con flauta y tambor la maloka, donde se colocó la imagen del santo el primer día. La gente va saliendo a danzar (que no es bailar, ¿eh?) por parejas o tríos, comienzan santiguándose ante el Patriarca, y luego mantienen una cadencia rítmica: cuatro pasos adelante y cuatro atrás, un pañuelo en las manos; y cuando el tambor redobla, hay que mezclarse unos con otros y regresar a donde antes. Una danza ritual típica de la selva, y tan fácil que hasta yo me inculturé un poquito.

En cada desayuno, almuerzo y cena de los días de asamblea, el obispo se encuentra con el equipo de cada lugar, y ahí se comentan cuestiones del puesto, se barajan fechas y también se bromea y se estrechan lazos. Y además, durante toda la semana está la pequeña emoción de saber dónde irán destinados los nuevos, qué cambios habrá en los servicios vicariales, etc. El misterio se devela el último día, cuando Monseñor Javier sale y nombra los responsables de los puestos, de las áreas y funciones, y los integrantes de los organismos del vicariato. Ahí se leyó: "Islandia - P. César Caro", aunque ya se sabía porque los secretos siempre corren por los pasillos... o trepan por los tamshis (lianas) de la selva.


Lo penúltimo es la Misa Crismal. Hay que celebrarla más de tres semanas antes del jueves santo porque en esa fecha estaremos cada uno en una punta del mapa. Nos juntamos 12 curas con el obispo, creo que falta alguno. De los 16 puestos de misión, 6 no tienen sacerdote, ahora, con la nueva pesca, quedarán en 4; Islandia nunca ha tenido hasta ahora. En mayo cumplo 17 años de ordenado, y esta vez la misa es muy sencilla pero me emociona de veras.

Y lo último es la fiesta, donde reímos con ganas y comemos canchitas. Mientras veo los diferentes números artísticos, pienso que por un lado me da pereza empezar de cero, conocer a nuevas personas, son ya varias veces (Mérida-Badajoz, Chachapoyas…); pero al mismo tiempo estoy orgulloso de ser uno de ellos, de formar parte de este vicariato, casi no me lo creo todavía. Los misioneros me parecen unos tromes, unos cracks, no les llego ni a los talones pero aquí estoy. Sale a actuar La Modelo Cantante, la secretaria Ninfa, siempre tan seria en su oficina detrás de su computadora, y nos sorprende matándonos de risa. Es mi nueva familia, que Diosito me ha dado y yo no merezco. Habrá que enterarse de qué pretende Pachayaya.

sábado, 1 de abril de 2017

ISLANDIA


En apenas 40 minutos, el rápido nos lleva desde la triple frontera al viejo puerto brasilero de Benjamin Constant, justo donde el Yavarí muere en el Amazonas. Enfrente, a solo 5 minutos de navegación Yavarí arriba, hay una isla ya sobre territorio peruano. Al llegar de inmediato quedo atónito, y mi asombro no desaparece hasta ahora. Es como estar en Venecia, pero en medio de la Amazonía y al estilo selvático.

Islandia está armada sobre pilares que sostienen las calles, las cuales son pasarelas de concreto y madera para salvar la creciente que cada año, durante muchos meses, cambia la faz de la tierra por el agua del río invasora y omnipresente. Te pones a pasear y se te acaba el pueblo, y si vas leyendo el periódico y no miras por dónde vas, puedes salir del pasillo y darte un chapuzón involuntario. Las entradas de las casas son también pequeños puentes. En Islandia la gente pasa meses sin pisar suelo firme, sospecho que son una evolución de anfibios inteligentes.

No se ven carros ni mototaxis (...), pero sí canoas para visitar a la familia y los amigos, jeje. La plaza de armas es una especie de piscina gigante que tiene al fondo la municipalidad. Los niños se bañan, nadan y juegan. Por la tarde van con sus mamás al coliseo deportivo (digo yo que no podrán patear la pelota muy fuerte para no tener que botarse al agua a buscarla); también hay escuela, colegio, puesto de salud... y todo flotante. Viví dos días fascinado, nunca había visto nada igual.


También estaban perplejos los que nos vieron bajar del rápido aquella tarde: las cinco religiosas brasileñas de cuatro marcas distintas, un franciscano y dos curas diocesanos bien gringos. La hermana Alcira, que está despidiéndose, había preparado bonito la Eucaristía de bienvenida a Zélia, Eunice, Emilia, Ivanês y Fatima; la iglesia, chiquita, no se llenó, como no se llena casi nunca, pero la gente se mostró muy acogedora y cariñosa. Esta misión solo tiene diez años de existencia (más o menos) y acá nunca ha habido sacerdote residente. Es un territorio con fama de difícil para la tarea de evangelización.

La frontera tiene sus propias leyes, y una de ellas es que la pobreza es un rodillo del que no escapa nadie. Las condiciones de vida en el pueblo son muy modestas: hay luz de 6 de la mañana a 1 de la tarde, y luego de 6 de la tarde a 11:30 de la noche; a pesar de vivir sobre el río, hay restricciones de agua para beber y para uso doméstico cuando las lluvias son cicateras. Hay wifi importado de Benjamin a razón de dos soles por dos horas (o algo así). Los regidores municipales están preocupados por la limpieza para evitar que el río bajo la población se convierta en un vertedero. Y todo hay que traerlo de enfrente, de Tabatinga, Leticia o Caballo Cocha, desde un frigorífico hasta una caja de paracetamol, con lo que eso supone de gasto y complicaciones. Por cierto, se compra en reales, la moneda brasileña, más que en soles. Un lío políglota para terminar de adornar el cuadro.

Otra ley es la supremacía de la impunidad, porque la frontera parece alejar a la autoridad y condenar a los humildes a las infecciones de la lejanía: producción y tráfico de coca, trata de personas, venta de niñas (a veces por su familia) para prostitución, comercio ilegal, empresas madereras y mineras implacables y crueles con la naturaleza, violaciones de los derechos humanos y atropellos contra los derechos territoriales y culturales de los indígenas, devastación del medio ambiente... Un reto enorme para el puesto de misión, un Yavarí inmenso y casi desconocido, donde el Vicariato ha penetrado poco por falta de personal.

Pues hasta allá llegan esas cinco mujeres valientes, que recién he conocido. Ni por un momento había considerado la posibilidad de trabajar yo allí, pero, como pasó cuando puse el pie en la selva, algo me cautivó. Y de hecho, en la asamblea vicarial, que es la siguiente experiencia, se acabó de fraguar y decidir una tremenda sorpresa: Islandia era el final de este viaje portentoso, y será también mi destino, el lugar donde viviré y trabajaré como misionero. Diosito es tan bueno y generoso como bromista. Para mi cumple, un chaleco salvavidas con el escudo del Atleti.

martes, 28 de marzo de 2017

(#UnaSolaFuerza)


Hago un paréntesis de la narración de las peripecias de mi viaje por la selva para contar algo de lo que está pasando en el Perú, la experiencia que estamos viviendo y que, sorprendentemente, nos implica a todos, incluso a los que no estamos sufriendo la catástrofe en primera persona. Las imágenes han dado la vuelta al mundo y, si bien son terribles, concuerdan con la magnitud de la campaña que está poniendo en pie nuestro país y que se llama #UnaSolaFuerza.

Primero una mijita de ciencia. ¿Por qué semejantes lluviones? ¿Qué es eso de El Niño Costero? ¿Pero no era El Niño a secas (si se me permite el chiste malo)? Las lluvias se producen porque el mar se calienta anormalmente y muy rápido, en este caso unos diez grados, pasando de 21 a 30º C de temperatura superficial. ¿Por qué? En El Niño normal se debe a las ondas Kelvin, corrientes calientes que llegan desde Australia pero tardan de tres a cuatro meses, con lo que se pueden prevenir las lluvias y prepararse el personal; pero en El Niño Costero el agua del Pacífico se calienta debido a un fenómeno meteorológico local que tiene que ver con el debilitamiento de los vientos fríos que recorren las costas de Perú y Ecuador de sur a norte y un predominio del aire cálido ecuatorial.


En resumen, de golpe el calentamiento del mar norteño produce más humedad de la común en el cielo debido a la condensación. Dicha humedad no pasa al interior del continente porque no puede superar los tres ramales de los Andes, y por tanto se condensa y produce lluvias muy intensas en las regiones costeras del norte del Perú. Estas costas de Piura, Tumbes, Lambayeque, Trujillo, Ancash... son desiertos donde casi nunca llueve, debido a que los Andes son la barrera natural que impide pasar a la humedad de la selva hacia el mar. Por tanto las ciudades, incluida Lima, no están preparadas para asumir tal cantidad de agua en tan poco tiempo (normalmente tienen que regar sus parques para que no se sequen), y se producen inundaciones, riadas y huaycos (derrumbes, aludes de barro) con los consiguientes desastres y pérdidas humanas y materiales que estamos viendo*.

Ya. Hasta ahí el rollo meteorológico. La plaza de armas de Trujillo inundada, el centro de Piura hecho un barrizal, casas totalmente anegadas con metro y medio de agua, carros llevados por las corrientes, el Amazonas en niveles críticos, volquetes hundidos en el barro, grupos de vecinos atrapados en azoteas, personas colgadas en arneses, canoas que transportan víveres por las calles de Chiclayo convertidas en piscinas, pueblos enteros arrasados, la panamericana cortada hace muchos días, puentes destruidos, cortes de luz, desabastecimiento de agua (¡!) en todo el país, apagones de la señal de telefonía y de internet, personas desaparecidas y decenas de muertos y heridos. Un desastre de proporciones gigantescas que ha asolado el Perú de horror, desconcierto y tristeza.

Lo que está ocurriendo hace visibles varias cosas. La primera es la gran cantidad de infraestructuras deficientes y viviendas precarias que hay en Perú, con muchísimas familias viviendo en condiciones indignas y en emplazamientos inseguros, y especialmente en la costa, donde están las principales concentraciones de población. Los anuncios pitucos de la tele nos hacen creer en un país medio elegante y semidesarrollado, pero de pronto despertamos y nos topamos con la realidad que siempre intuíamos: que Perú es mucho más pobre de lo que muchas veces se pretende aparentar.

El reverso es igualmente elocuente: los peruanos son líderes en capacidad de movilización para hacer concreta la solidaridad y acudir en ayuda de los damnificados. La acción del gobierno junto con la totalidad de la sociedad civil es impresionante, por su amplitud y su unanimidad. La campaña #UnaSolaFuerza la capitanea el presidente, que se pasa los días en helicópteros y aviones recorriendo las zonas dañadas; ha encargado a cada ministro una región en la que coordinar de la ayuda y la prevención, con el mandato de dejar otros asuntos y dar prioridad al apoyo a las poblaciones afectadas.

Todo está invadido por el impulso a la solidaridad: cientos de horas de de televisión, las páginas de internet, mensajes de texto de PPK en los celulares, los murales de las calles, cualquier acto público y hasta este blog Lima está repleta de centros de acopio donde se invita a la población a que lleve agua, alimentos, útiles de aseo, medicinas, mosquiteros, calaminas... La cantidad de sacos azules es increíble, hay varias ONGs comprometidas en la tarea, multitud de marcas comerciales, empresas, famosos, grupos políticos, canales de Youtube, asociaciones de todo pelaje, los equipos de fútbol... Incluso los bancos, en sus apps para móviles han introducido una opción para que dones al toque 20, 50 o 100 soles. Sencillamente extraordinario.

Pero lo mejor es que han conseguido generar una corriente de fraternidad y unión que a todos nos hace sentir parte de un mismo país, con un destino común y un presente doloroso que exige que cada uno responda. Es una corriente más fuerte que las aguas de las riadas y los lodos de los huaycos, sostenida por el tesón de este pueblo peruano y su mejor cualidad: reinventarse a sí mismo y alzar la cabeza sonriendo a la desgracia y tarareando una marinera norteña.

* Para una explicación más detallada, ver http://rpp.pe/blog/mongabay/5-preguntas-para-entender-el-fenomeno-el-nino-costero-que-golpea-peru-noticia-1038554. Y también http://unasolafuerza.pe/.