sábado, 11 de noviembre de 2017

LLUVIA


Hay días que hace un calor insoportable. No tanto porque la temperatura sea excepcionalmente alta (rara vez llega a 35º) sino porque la humedad y la fuerza de este sol tan rotundo y tan plano, que te aplasta más que quemarte, hacen que el ambiente se vuelva sofocante. Me pongo a sudar a chorros y no soy capaz de concentrarme en nada, ocupado en abanicarme o secarme con una toalla.

En la siesta más o menos la cosa se sobrelleva porque cuelgo la hamaca en mi habitación, que está hacia dentro, al lado contrario de la orientación del sol, y logro dormir un rato (en la cama a esas horas yo no puedo, soy un charco de sudor). Pero a partir de las 2:30 más o menos el sol asoma detrás del edificio de enfrente y pega directo en la pared de mi despacho… todo mi depa se convierte en un horno del que he de escapar obligadamente si no quiero derretirme.

A veces el calor tiene una cualidad como de interior de olla cociendo sin tregua, y entonces la gente dice que pronto va a llover; en cuanto se aprecian dos pellizcos súbitos de viento recortados contra una manta en tonos grises que de pronto ha colonizado el cielo, hay que prepararse para un lluvión como el de esta tarde. No se puede decir que fuese una tormenta, no: era una tempestad con genes de huracán que trastocó en un instante colores y temperaturas y rodeó de agua todos los costados, redentora del Yavarí abrasado.

A Eunice y a mí nos pilló bajando a la balsa camino de Benjamin. No había literalmente posibilidad de resguardarse, porque las oleadas de temporal golpeaban en todas las direcciones, borrando del horizonte casas, embarcaciones y sonidos, como se difumina con el dedo un dibujo al carboncillo. Qué bárbaro. El río se retorcía bravísimo y el bote avanzaba en medio de una cortina de agua, aunque hacía rato que estábamos completamente empapados sin remedio. Pero qué rica lluvia.

La brasilera población vecina no tiene alcantarillas ni desagüe, de modo que para cuando nuestro peque logró acostar, las calles ya eran sucursales del Amazonas por donde solo los motoristas más audaces (que por cierto son bastantes) se atrevían a aventurarse haciendo escorzos con el agua a media llanta. Compras y gestiones resultaron mojadas esta tarde, aunque la borrasca concedió un rato de tregua.

Al regreso, a medida que poníamos rumbo a Islandia se sucedían los relámpagos más enormes que jamás he visto, encendiendo todito el cielo de tonos metálicos realmente espectaculares. Siempre impresiona navegar por la noche, pero en este río encabritado y doliente de intermitencias aterradoras te salen espontaneas oraciones en varios idiomas. Por más que se bajen los plásticos laterales del bote, cuando llueve con semejante tenacidad no hay manera de librarse del remojón, y estas son las aguas que corresponden a la creciente del río, que se empezará a apreciar en serio dentro de un mes.

En mi cuarto la lluvia violenta horizontal se filtra por entre las rendijas de las maderas y hay que retirar los cuatro libros para mantenerlos secos. A pesar de que el termómetro marca 27,5º, el aire es deliciosamente fresco y empiezo con antelación a disfrutar de una noche agradable, sin sofoquinas; me pongo las gafas y no se me caen porque no transpiro, veo un rato la tele tomando un sándwich con un café calentito que me apetece, puedo hasta escribir una mijita, relajado, con la perspectiva de descansar rico mecido por el aguacero que por cierto está arreciando.

Ya en la cama tendré hasta que arroparme con la sábana, como muchas madrugadas, y eso me encanta. El diluvio desatado atiza sin contemplaciones a las calaminas del tejado creando un rumor que me sirve de nana. Hay algunas gotas que saltan por la ventana alta y me rozan como pequeñas cosquillas de lluvia. Recuerdo que José Antonio siempre decía que cuando llueve se duerme mejor; hoy es 7 de noviembre y hace 22 años que nos dejó, pero siempre está ahí, y en esta misión lo percibo aún con más nitidez. Hasta mañana.

sábado, 4 de noviembre de 2017

CHICHARRÓN PARA UN BEBE Y MONDAS DE PAPAS


Tras un mes entero sin salir de Islandia a causa de la fiesta patronal, el Señor de los Milagros, se impone reflexionar y escribir sobre esta experiencia. Pues ha sido en partes proporcionales un impacto con la realidad, un buscar en mis registros algo con que responder y no encontrar nada, una masticación de expectativa, desconocimiento, confusión, estoesloquehay, decepción, sorpresa y la sensación de estar tocando el violín y no saber por dónde meter cabeza.

Lo primero que hay que comprender es que aquí la fiesta patronal no es la fiesta del pueblo. Esa función la cumple el aniversario del distrito (2 de julio), ahí se arman los grandes festejos típicos: deporte, fuegos artificiales, orquesta, reinado, bailes regionales, concursos varios… la municipalidad se pone las pilas, organiza, moviliza a todos, con un gran ambiente. Es una celebración laica. La identidad de Islandia no está en el Señor de los Milagros, su raíz no es católica como por ejemplo en Mendoza, donde el argumento de la fiesta sí es religioso (el patrón San Nicolás hasta le da el nombre al distrito). Y mucho menos desde hace unos 20 años con la llegada de un montón de religiones y sectas, especialmente los israelitas.

Por lo tanto, la fiesta “patronal” es algo prácticamente solo de la “parroquia”, pero curiosamente, le queda adherido algo del triunfalismo católico de los años 40, cuando se inició en Islandia la devoción. Aunque el Perú es un estado aconfesional, la Iglesia conserva una cierta posición de poder institucional incluso cuando está en minoría, como acá. Así que se invitó oficialmente a las instituciones a la novena (la municipalidad, el colegio, el jardín, la policía, el centro de salud…), siguiendo el libreto nacional-católico como en Mendoza. Y sí llegaron y participaron, salieron a leer, trajeron sus ofrendas y algunos incluso invitaron a un lonche, como allí. La diferencia es que cada noche, exceptuando los novenantes de turno, la iglesia estaba prácticamente vacía.

Es decir: no existe algo como una gran devoción en un pueblo mayoritariamente católico que cada noche se vuelca con su patrón llenando la iglesia en el novenario; ni siquiera una comunidad cristiana que, aunque pequeña, celebra a su patrón con entusiasmo en una novena viva, concurrida y participada. Lo que hay es una especie de rotación en la que cada noche aparece un grupo diferente, todos como un poco fuera de lugar (es la única vez que van a la iglesia), sin saber cómo ponerse y qué hacer, la mayoría obligados por el alcalde, el director, el gerente o el superior… y apenas una muestra de los católicos de acá, que no llegarán a veinte, cada vez distintos (tan solo dos personas creo que han hecho la novena completa).

Nos reímos diciendo que hemos preparado 9 temas siguiendo Laudato Si muy bien hechos (las homilías nos las repartimos entre dos compañeras y yo), pero que podríamos haber repetido 9 veces lo mismo porque el público era siempre diferente. Eso sí, la iglesia estuvo varios días llena de gente, pero no nos dejamos llevar por esa falsa impresión de “éxito”, muchos eran de otras religiones y fueron por cumplir con un mandato o una tradición. Podemos seguir autoengañándonos programando más historias así, restos de religiosidad popular que corresponden a épocas pasadas que dan un cierto resultado numérico.

Como en el comic de Luky Luke “El séptimo de caballería”: en el oeste americano, en un fuerte de caballería hay un coronel muy estricto que revisa los uniformes de los jinetes por la mañana y castiga a los que no los lleven impolutos a pelar papas, y tienen que hacer las mondas tan finas que el sargento las revisará mirando al trasluz. Entre sus subordinados está su hijo, y con él este coronel es más duro que con el resto. Resulta que los indios atacan y asedian el fuerte, cortando los abastecimientos; los de la caballería se quedan sin alimentos y casi sin agua. Pero el coronel sigue con sus rutinas, a primera hora pasa revista detenidamente a los soldados, que tienen cara de hambre y sin afeitar; cuando llega a su hijo y le encuentra una mota de polvo en una bota, le castiga como de costumbre a fingir pelar papas (claro, fingir porque de hecho no hay papas), “¡Y fingirá hacer las mondas muy finas! ¡El sargento fingirá examinarlas!”. Jaja genial, me río al escribirlo.

En la Iglesia somos muy dados a instalarnos en la ficción para quedarnos tranquilos, no es la primera vez que lo veo. Vendemos humo. Somos como los de los anuncios de juguetes en Navidad, miras un robot vacanazo en la tele y luego, cuando lo ves en la tienda, te parece que ha encogido. En la pastoral hay mucho de publi, logramos un montón de cosas (la catequesis de Confirmación, los animadores de las comunidades, el consejo de pastoral, ¡la escuela de formación!…) a las que en el día a día hay que hacerles la raíz cuadrada. Y la fiesta del Señor de los Milagros es también un bluff; por supuesto que es positivo que la gente venga, y estoy seguro que a muchos les ha gustado, pero con pim-pam-pums se entretiene, aunque no se evangeliza.

La realidad de esta misión es que no creo que haya comunidad como tal. La Eucaristía del domingo es algo igualmente anecdótico para la gente, un rótulo sin miga, siempre a punto de desmoronarse, nadie es asiduo, unos días vienen unos y otros días otros en un templo siempre despoblado, no consigo saber quién forma parte de la Iglesia católica de verdad, en serio. Por eso pretender que los cristianos acudan durante nueve días seguidos a la novena, cuando no son capaces ni de ir a la misa del domingo es como dar de comer chicharrón de chancho a un bebe.

martes, 31 de octubre de 2017

QUÉ VA A SER DE TÍ


En medio de la reunión del grupo juvenil, llamada de Galileu: hoy no ha llegado porque en la tarde ha muerto su hermanito, que tenía nueve meses. “¿Y qué ha pasado, cómo ha sido?” – le pregunto. “Por maldad. Alguien le ha mandado algo malo”. Al rato nos encajamos toditos en la casa, y sin saberlo comienza una de las historias más extrañas y escalofriantes de mi vida.

La estancia es reducida, de madera, pobrísima. El cuerpo del bebe está sobre una mesa con una especie de mantel que antes debió ser blanco, envuelto en otra tela blanquecina hasta la barbilla, como una pequeña momia. En los costados del cadáver hay sendas tablas donde han colocado de pie algunas velas encendidas. La estampa me impresiona por tétrica, pero lo que la rodea todavía me impacta más.

En un banco desportillado se sientan algunas mujeres: la abuela de Galileu, su hermana que amamanta otro bebe, un par de tías… La mamá del muertito está tirada en el piso, llora mientras se tapa los ojos con un pañuelo. Y junto al cadáver, un montón de niños moviéndose, jugando, comiendo… De vez en cuando alguna primita se acerca para botar los bichos que trepan por el cuerpo del bebe. Dos o tres hombres están sentados en la entradilla, con el torso desnudo, alguno también cena.

Pedimos permiso para orar un momento. La mamá se acerca y mientras rezamos el padrenuestro intenta cerrar completamente los ojos de su hijo muerto, sin conseguirlo. Salen olores de la cocina contigua, alguien trae un par de sillas de plástico más. Por la noche soñaré con el bebe, mi oído visitado por la canción de Serrat “¿Qué va a ser de ti lejos de casa? Nena, qué va a ser de ti?”, que logra desbordar en mí una catarata de ternura triste, y esta vez fúnebre. Allí está, pequeñito, muerto sobre esa mesa, que mañana servirá para el almuerzo; inerte, frío como el barro, pero sin siquiera arrancar un silencio. Se llamaba Fabio.

Pregunto a Galileu qué pasa con el ataúd, y me dice que sus tíos están por llegar y ellos lo van a resolver. El muchacho tiene solo 17 años y ahora también llora, sobrepasado por la situación. Al día siguiente es domingo, en la tarde regresamos y todo se encuentra en el mismo punto: la suciedad y el desorden, la casa repleta, y el bebe tal y como, si acaso con más moscos y botando líquido por la boquita entreabierta, como los ojos. Ya llegó hace horas uno de los tíos del bebe, pero nadie ha hecho nada. Le digo “vamos a buscar un ataúd”.

El encargado de eso está en la canchita viendo el fut-sal del domingo por la tarde. Con su ayuda ubicamos por celular al regidor y quedamos para conversar con él en la casa misionera. Es un hombre joven, y nos explica que la Municipalidad recibe ataúdes de una empresa de Iquitos para familias con pocos medios, pero que para entregarlo necesitan en este caso fotocopias de los DNIs de los padres, del niño, y el acta de defunción. El bebe no tiene papá ni DNI, bastará con el de la mamá, pero el certificado de defunción hay que pedirlo en el Centro de Salud, donde fue atendido el niño por bronconeumonía severa un par de días antes de morir. Salimos a buscarlo.

Esperaste en el sillón y luego en el balcón a la pequeña.
Y de punta a punta de la ciudad
preguntaste a los vecinos y saliste a los caminos.
Quién sabe dónde andará...

La gerente del Centro está en Iquitos; su reemplazante, el doctor Albán, tampoco está. En Emergencias nos dicen que hay que volver al día siguiente. Se lo cuento al regidor y me dice que nos dan el ataúd si le prometo que yo iré a primera hora a pedir ese documento, y así quedamos. Al almacén municipal llega otro tío del bebe, y juntos llevamos el féretro blanco a la casa en una comitiva cuanto menos pintoresca. Al llegar, el operario pide que prueben si el niño cabe, pero resulta que “no le hace”; insiste diciendo que le ubiquen doblándole las piernas, pero una de las mujeres pone mala cara y el trabajador municipal cede y dice que van a ir a por una caja mayor. Todas las operaciones de colocación del cadáver son seguidas por una nube de niños (conté 17) entre curiosos, divertidos y pasmados.

Mientras regresan con otra talla de ataúd bromeamos con los críos, hay una Brenda que me sonríe con una simpatía sin dientes y pienso que no comprendo nada, pero al menos ese encanto le da un respiro a mi corazón. Igual que la noche anterior, se come, se conversa, se convive con la muerte con una naturalidad estremecedora, como si no pasara nada. Galileu no aparece porque está toda la tarde jugando al fútbol; su tío se despide, que se va a bañar. Finalmente llegan, dejan la nueva caja y parece que ahí nomá… Solo porque mi compañera Eunice insiste ponen al bebe en el ataúd, porque no tenían intención (¿para qué habremos andado todo esto pues?).

No todavía acaba. Al día siguiente este bebito será enterrado en Benjamin Constant (acá en Islandia no puede haber cementerio, quedaría cubierto por el río. Todos dan con sus huesos en un país extranjero…) mientras a mí me negarán el acta de defunción porque el niño murió donde un curandero (…) y acabaré haciendo yo mismo un certificado que esperemos que al regidor le sirva. En la noche notaré que estoy agotado. Me conozco y sé que me deja sin fuerzas la contemplación del semblante de la miseria, y aún más cuando está escrita con crueldad implacable en el día a día, ataviada de espontaneidad y hecha pensamiento, valor, costumbre y percepción.

Tu amor… amor sobre las rodillas.
Caballito trotador.
Qué va a ser de ti lejos de casa...

Para Fabio

jueves, 26 de octubre de 2017

HASTA SIEMPRE SANTI


¿Durante la vida somos capaces de expresar todo el afecto que sentimos o lo damos por supuesto? Incluso cuando perdemos a alguien tan íntimo como un amigo de la infancia, las palabras que decimos, ¿fueron pronunciadas antes tal vez de otras maneras más gráficas y espontáneas, menos solemnes y descargadas de tristeza? Ojalá. Para nuestro amigo Santi Cordero, esto fue lo que nos salió a Antonio Amores, a Iñaki Gómez Carrillo y a mí.

Queridos familiares de Santi, amigos, hermanos todos.

Hemos invadido un poco esta Eucaristía de domingo en nuestro colegio para orar por el descanso eterno de nuestro querido amigo, despedirlo de manera más íntima y dedicarle un sencillo homenaje. Si nos estás viendo, Santi, compañero, tranquilo, que sabemos que lo aparatoso no te gusta: tú has sido siempre un hombre discreto, enemigo de protagonismos; pero comprende que necesitamos decirte algunas cosas porque estamos todavía perplejos y como paralizados por la tristeza, no acabamos de creernos que te hayas ido.

Tus amigos coincidimos en la sorpresa que nos causa apreciar estos días lo importante que eres para nosotros y cuánto influiste siempre en nuestra vida. Tanto nos diste y de manera tan auténtica y desinteresada, tal y como tú eres, que te metiste en lo más hondo de nuestros corazones sin que supiéramos percibir hasta el momento en el que nos has faltado lo que significabas realmente para nosotros.

Nuestra niñez fue muy bonita, entre estos patios, a salvo de los videojuegos. Fuimos niños que disfrutamos juntos de juegos como los bolindres, el pinche, y las carreras a policías y ladrones, divirtiéndonos y aprendiendo unos de otros mientras crecíamos e intercambiábamos experiencias. Pronto descubrimos el gusto por leer, por los idiomas, el deporte y la música. Algunos, en tu casa, descubrimos a Alan Parsons, Mike Oldfield y Pink Floyd; no sé cómo pero tú te conocías todos los músicos. Inventamos revistas en las que dibujabas como nadie e hicimos nuestros pinitos en inglés (donde tú siempre destacaste). Éramos adolescentes sanos, capaces de pensar, responsables, con un rico interior, y con inquietudes. Fue una época muy hermosa en la que se formó un grupo de amigos, de compañeros, con un vínculo especial, y tú perteneces a ella; estuviste siempre ahí, lleno de cualidades, siempre un paso por delante en saber, adornado de una inteligencia fina, una humildad sin límites y con capacidades extraordinarias para la escucha, la fidelidad y la amistad.

Luego, el paso de los años nos fue distanciando a unos más, a otros menos. Pero lo sembrado cuando chicos fue cuajando en tu rica personalidad. Nuestro amigo Iñaki lo expresa magníficamente en el mensaje que te dedicó: “tu caballerosa discreción; tu sonrisa apacible; el estoico pecho; el buen juicio que te orientaba; las perlas de humor atinado y elegante; el despiste entrañable que en ocasiones se escapaba de las lindes de tu flemática postura; la fabulosa exposición de conocimientos que desplegabas en las partidas de Trivial; tu inquebrantable compañía en las buenas y en las malas”.

Hace poco que estuvimos juntos. No importaba que llevásemos bastante sin vernos, la magia de los viejos amigos hizo que rápidamente la conversación conectase y nos sintiéramos en casa. Tenemos ese tesoro que se fraguó desde nuestra más tierna infancia; esa facilidad para formar parte unos de la vida de los otros a pesar de distancias, tiempos y ocupaciones. Lo comprendemos estos días en que un poco aturdidos y aún incrédulos lloramos tu pérdida, amigo Santi; lo mismo que vemos con claridad lo que significas para todos nosotros, lo que amamos en ti; igual que el alpinista distingue más claramente los detalles de la belleza de la montaña cuando se aleja que cuando la está escalando, como dice Gibrán.

Te has marchado haciendo lo que más te gustaba, justamente subir montañas. Pero vas a seguir estando siempre en nosotros, tus amigos, porque nunca vamos a olvidarte, Santi. Tu melodía nos acompañará siempre en nuestros encuentros, en el devenir de nuestra vida que esperamos que nos llevará a lo más alto, donde tú estás ahora.

Cuando termine esta misa tus amigos pasaremos a besar el pie de nuestra Virgen, nuestra Auxiliadora, un gesto que hemos repetido cientos de veces en el recreo. No te preocupes que nosotros lo haremos en tu nombre. Ahora tú ya estás con ella.

Gracias por haber sido simplemente Santi. Te queremos.

Hasta siempre, amigo.

sábado, 21 de octubre de 2017

ENCUENTRO DE ANIMADORES


Pues sí que vinieron. Y superando las previsiones más optimistas. Del Bajo Amazonas, los 5 de la semana pasada regresaron y trajeron a uno más, 6; y del Yavarí… ¡8! En total 14 animadores de 11 comunidades, más algunas mujeres e hijos, éxito numérico total e insospechado… Al toque pensaba que este pueblo pobre y tanto tiempo abandonado me sorprende y me funde los esquemas (los que van quedando en pie, que son pocos). Y también que la sorpresa es la señal inequívoca de que algo es de Diosito lindo.

Propiamente animadores con oficio, conocimiento y alguna experiencia, habrá dos o tres. El resto son recientes fichajes, personas con buena voluntad que se ofrecieron para este servicio, o que invitamos, o simplemente gente que es nuestro único contacto de momento en las comunidades. Se ve que aquellas primeras visitas, aunque fueron duras y aventureras, dan su fruto; y eso que han faltado al menos un par de ellos medianamente competentes.

Es la primera vez que hay acá un encuentro como este, y se nota. Las instalaciones son pésimas, no tenemos dónde acogerlos bonito, las comidas son en nuestra propia casa, sentados en bancos en la entrada. Empezamos las reuniones en la escuela pero pronto nos mudamos a la capilla por el mucho ruido. Solo hay un baño, no hay ducha… pero a ellos se les ve contentos de juntarse, de conocer a compañeros de lejos; están acostumbrados a vivir con pocas comodidades, así que no reclaman y más bien suena un “gracias” cada vez que alguien va a lavar su plato. La verdad es que la señora Rosa cocina magníficamente, es una suerte.

Mis compañeras y yo nos volcamos. La impresora echa humo, la decoración de los ambientes es finísima, con telas, carteles, frases, velas (algo muy femenino, menos mal que están ellas, a mí jamás se me habría ocurrido); hay una escenificación que han preparado Eunice y Zélia con los jóvenes, y tiene música y palabras del Papa; Ivanês corre todo el día para que la comida esté lista a su hora, junto con Fatima echa cuentas, se multiplica; Emilia trabaja con los animadores cómo hacer la celebración del domingo; y yo desarrollo mi tema (“La identidad del animador”) lo mejor que puedo, y luego trato de coordinar las visitas, les pido que preparen nuestro hospedaje y alimentación, dejamos atado el calendario… Nos sacamos el ancho pero yo estoy en mi salsa, disfruto, es lo mío, “mi mera libertad y querer” (EE 32).

El domingo de madrugada llega la noticia de que el Papa Francisco ha anunciado un sínodo especial para la Amazonía, que se celebrará dentro de dos años. Cuando les pregunto cómo se sienten, qué les parece, responden: “Muy bien”, “vacán”, “interesante”, “chévere”. Más que lo que dicen, sus rostros expresan satisfacción y asombro, el Papa se ocupa de nosotros, quiere ayudarnos“¿Y qué habría que anotar para que traten en el Sínodo?”. Esta cuestión desata una catarata de opiniones, pedidos y denuncias: “La flora y el agua es lo más valioso que tenemos, y se la están llevando las empresas”. “Hay muchos problemas con la titulación de las tierras, el gobierno friega porque quiere lotizarlas individualmente para que se puedan cargar, vender o conceder”. “En mi comunidad se ve cómo tumban los árboles y avanza la deforestación”. “No vemos que hagan un estudio de impacto ambiental para esa carretera que están proyectando”. Alguno dice que podemos decirle al Papa estas cosas en Puerto Maldonado, porque ya hemos programado antes que dos de nosotros van a ir al encuentro con Francisco allí el 19 de enero. “Vamos a  hablar bonito con él”, yo me encargo.

“¿Y los indígenas?”. Los adjetivos que sobrevuelan la reunión son igualmente despiadados: estamos olvidados por las autoridades, abandonados, desprotegidosno interesamos a nadie. El día anterior, haciendo un análisis de las necesidades de las poblaciones de la misión, comentaron que casi nadie tiene agua, ni desagüe, ni electricidad. Y eso que casi todos tienen un motor proporcionado por el municipio, pero “un motor bamba, motores chinos malos, comprados ya así, baratos, para decir que nos los han dado”; todos están malogrados y ninguna comunidad tiene luz. Los misioneros damos fe.

Hay varios ticunas y yawas, y cuentan que su cultura se está perdiendo, sobre todo en el caso de los segundos, que ya casi no hablan su idioma. A pesar de los esfuerzos, y de que hay poblaciones con la escuela primaria bilingüe, lo cierto es que el acervo cultural indígena se vuelve cada vez más invisible, una rareza, confinado al silencio del pueblito o acaso expuesto como una atracción turística cerca de Iquitos. Necesitan que alguien les ayude a poner en valor su historia, sus costumbres, sus conocimientos, su carácter; reivindicar sus derechos culturales, territoriales, lingüísticos. Poner en pie su dignidad.

De pie estamos, en torno a una mesa con una luz, es la oración del envío. Siento que todo concuerda, que tal vez estoy acá con un propósito, y pienso como en pinceladas que el Evangelio es algo muy sencillo cuando se vive pegado a la realidad de la gente de abajo. El encuentro ha sido… y yo había pensado que… Los colores de las telas decorativas son el humor de Diosito. Casi podía oír sus carcajadas, discretas y cariñosas, invitándome a reírme de mí mismo. Y reía divertido en silencio.