jueves, 30 de diciembre de 2021

SER ESPERADO, SER APRECIADO, SER AMADO


El mismo día de nochebuena, con toda la tralla que llevaba encima, me tocaba madrugón para ir en bote a Iquitos, y de ahí en avioneta al Estrecho, que carece de sacerdote como la mitad de los puestos de misión de nuestro Vicariato. Se trataba de acompañar en la Navidad a esta comunidad, así que procuré metabolizar el cansancio y tirar palante con un golpe de riñón.

La pasada Navidad ya vine (porque escribo acá, a la orilla del río Putumayo), pero esta vez confieso que me ha costado más. ¿Por qué? Pues muy sencillo: porque en un año he creado lazos en Indiana, y por supuesto me hubiera encantado celebrar estas fiestas con la gente de mi parroquia, por quienes siento el cariño del pastor, un registro entrañable ya antes disfrutado. Un tanto pesaroso pues emprendí este viaje, además de fundido.

Pero los del Estrecho disiparon enseguida cualquier rastro de nostalgia. Roxana fue a buscarme al pequeño aeropuerto y me trajo en motocar a la misión. Sobre la pared de mi cuarto, este cartel tan sencillo y hermoso. Reconforta sentirte esperado y acogido, que se alegren de tu llegada y valoren tu esfuerzo. En mi vida demasiadas veces llego y me encuentro la puerta cerrada, topándome con el rostro desabrido de la soledad.

Meche, la ecoteóloga, la otra Misionera Parroquial, me da un abrazo. Bea no está, y las religiosas me brindan alojamiento en su casa con naturalidad. Queda un rato para la misa de nochebuena y luego han invitado a Florentina y su familia a cenar; hay chamba, ayudo a Chana en la cocina, salimos a comprar unas bebidas y recoger el pollo que la señora Narcisa ha asado. Todo fluye entre ellas y yo, espontáneamente, como hermanos que se cuidan y se aprecian.

Félix está nervioso en la puerta de la iglesia porque llego ya casi a la hora. Es misionero laico local, el responsable del puesto de misión. Un hombre bueno, hábil y trabajador, con un gran prestigio en el pueblo. Cuando se dirige a la comunidad presente me agradece por estar acá y la gente aplaude. Lo mismo a la salida, apretones de manos, “feliz Navidad” por doquier y varias personas que me dan las gracias porque he venido compartir con ellos esta noche. “Con mucho gusto” – respondo, y es la pura verdad.

Danza amazónica de adoración al Niño al final de la Eucaristía

Todo está listo para la cena. Por la tarde, aprovechando que internet surcaba milagrosamente bien, había llamado a toda mi familia, aquellos que me aman incondicionalmente y a los que siempre tendré, aunque hoy la distancia me duela. Es un día difícil, especialmente para quienes hace poco han perdido a uno de esos cuyo amor está asegurado, y siempre me vienen a la memoria personas concretas, como si una hebra de su desolación hiriera hoy mi sensibilidad y conectara con esa tristeza de estar lejos.

Pero es noche de Luz, llegan los invitados y hay que recibirlos como merecen. Enseguida el vino del brindis hace su efecto, el personal se relaja y emergen las risas. Pasamos una agradable velada, ahora los whatsapps ya solo son peruanos, despedimos a la familia, lavamos los platos y recogemos, pero todavía nos quedamos charlando un ratito más, y hasta aparecen regalos. Yo no he comprado nada pero recibo, claro… la generosidad de estas mujeres me deja desarmado.

Como afortunadamente el 27 es el cumpleaños de Chana, encuentro la oportunidad de corresponder de alguna manera al afecto que me dan. Las invito a almorzar ceviche con Cuzqueña negra para reponer fuerzas del trote de las últimas semanas.

Así han transcurrido estas jornadas navideñas, y me han hecho mucho bien. Los misioneros, que por definición somos itinerantes y no echamos raíces, podemos dar a veces la impresión de ser duros, afectivamente cautelosos, como soldados concentrados en su deber. Creo que es solo una pose para protegernos de cuánto implicamos nuestro corazón en las personas y los grupos humanos con quienes vivimos y caminamos. Como cualquiera, necesitamos sentirnos reconocidos, aceptados, valorados y amados. Y que de vez en cuando nos lo expresen.

Ahora que estoy de regreso y termino mi escrito, caigo en la cuenta de por qué vuelvo al Estrecho en Navidad. Se trata nomás que de eso. Feliz año nuevo.

viernes, 24 de diciembre de 2021

IMÁGENES DE UNA TREPIDANTE NAVIDAD


No tengo mucho tiempo para escribir, porque este año hemos programado la Navidad de manera suicida o autodestructiva, atorados de actividades en muy pocos días, pero al menos colgaré algunas fotos para la hemeroteca y regodeo de los chismosos.

12-18 DE DICIEMBRE: GIRA SACRAMENTAL-NAVIDEÑA
Recorrer Yanashi, Pevas, San Pablo y cuatro comunidades en menos de una semana es desde luego un record. La alegría es directamente proporcional al agotamiento; noches de viaje casi sin dormir y sacramentos a porrillo, como dicta la tradición. Bautismo, Confirmación, la primera comunión y hasta el Matrimonio, por estas tierras hay que dar a todos los palos sin remilgos.



19 DE DICIEMBRE: CONVIVENCIA PISCINERA DE FIN DE AÑO CON LOS JÓVENES
El grupo de Pastoral Juvenil ha sido este año toda una experiencia. Se merecía una clausura como Dios manda, de modo que nos fuimos a un recreo turístico pituco (“Milia Amazon Logde”, en Iquique, a media hora río abajo, y esto es una publi) y pasamos un día inolvidable con ahogadillas, vóley acuático, todo tipo de zonzeras, pollo frito con papas y amigo secreto: me regalaron un elegante polo, qué te parece.


20 DE DICIEMBRE: MEGA-CHOCOLATADA DEL BICENTENARIO
Con las ayudas de amigos de España este año hemos podido dar chocolate, panetón y su juguete a más de 400 niños. La maloka estaba repleta, actuaron los payasos Pipo y Panguito, los jóvenes se portaron de nuevo de maravilla y todo transcurrió en un delicioso desorden terminando con karaoke a las 12 del mediodía.


En la noche se desarrollaba el concurso de danza dentro del programa de actividades dela municipalidad, y ahí actué como jurado. Solo pongo la foto porque esto se merece una entrada aparte:


21 DE DICIEMBRE: 60 ANIVERSARIO DEL DISTRITO DE INDIANA
Cuando el Vicariato nació en 1945 y llegaron los primeros misioneros canadienses, Indiana no existía: eran cuatro o cinco familias en un fundo que Mons. Dámaso Laberge compró. Con la misión, el pueblo se desarrolló tan extraordinariamente que solo 16 años después se creó el distrito. El aniversario, cada 21 de diciembre, es un recuerdo agradecido de aquella gesta, de la que yo al menos me siento orgulloso. Esta imagen es de las autoridades a la entrada de la catedral antes de comenzar la misa te deum.


22-23 DE DICIEMBRE: BAUTISMOS EN LAS COMUNIDADES
En Manatí I zona nos esperaban casi 40 bautizandos entre niños, jóvenes y algún adulto, así que dividimos el asunto en dos sesiones, el pase de la mañana y el pase de la tarde. Qué manera de disfrutar con la gente, cuánto extraño salir por ahí y mezclarme con ellos, sin apuros y sin artificios. En la noche, apenas escapando de una lluviaza, pasamos a Manatí II zona a ver a Alecia, la quinceañera que con varios amigos dirige la capilla y arma la celebración del domingo en ese pueblo. Quedamos en que se van a preparar a la primera comunión con ayuda de unos temas que les vamos a facilitar y que ellos trabajarán solitos; en marzo o abril iré un domingo a celebrar la Eucaristía y recibirán por primera vez a Jesús. Será algo digno de vivirse y de contarse.

23 DE DICIEMBRE: CONFIRMACIÓN EN INDIANA
Esta mañana hemos madrugado para surcar de Manatí II a San Rafael a bautizar de yapa; la imagen es del almuerzo al que me han invitado en casa de Lili.


Y por la noche, como fin de fiesta con broche de oro, la Confirmación en mi parroquia, con varios jóvenes de la PJ como protagonistas. Hacía tiempo que no era padrino, y lo he sido por partida doble; y después de la misa los papás y mamás han ofrecido un bonito compartir (todavía tengo en la boca el regusto de la torta).


Así acabo estos días, fundido pero contento. Mañana temprano, a Iquitos, donde subiré a una avioneta rumbo al Estrecho, en el río Putumayo, donde celebraré la Nochebuena. ¡Feliz Navidad!

sábado, 18 de diciembre de 2021

SISMO, ORDENACIÓN Y BAILE TODO EL MISMO DÍA

 
Faltaban pocos minutos para las 6 de la mañana  y yo estaba sentado en el único trono donde nadie te puede sustituir, cuando comenzó a temblar la tierra. Eché un vistazo por la ventana, porque a veces pasa un caterpillar que hace vibrar mucho el piso, pero en vez de máquina había unos niños corriendo y gritando por la calle. Así comenzó aquel domingo: bajando a toda prisa al jardín de la casa.

Y allí nos dimos cita varios misioneros, expresiones a caballo entre recién despertados y asustados, la hermana Mariet con un sari genuinamente indio (como ella) y Dorinha con el sobresalto dibujado en la cara. La casa está llena porque dentro de un rato, para culminar estos días de encuentro, vamos a celebrar la ordenación sacerdotal de Jovino. Entre bromas, mientras nos aseguramos de que el temblor ha terminado y no hay réplicas, se me ocurre que ya sería mala suerte que a Jovino, que lleva esperando este día como siete años, se le fastidiara por un terremoto.

Ha sido de hecho un sismo fuerte y largo, más de minuto y medio y magnitud 7.5 en la escala de Richter. Mientras tomamos el mingado de avena con pan del desayuno (no hay mucha hambre, parece) van llegando noticias e imágenes. Me visto con la secuencia de la torre de la iglesia de la Jalca, en Chachapoyas, cayéndose; el epicentro se ha situado en Nieva, región Amazonas, muy cerca de donde yo pasé los dos primeros años en Perú. Intento comunicarme con algunas personas de allí pero la señal debe haber sido afectada y no lo logro.

En vista de que estamos todos bien y no observamos daños de consideración, y que se acerca la hora señalada, nos dirigimos a la catedral para el evento. Los del Consejo de Pastoral de Indiana se han sacado el ancho decorando la iglesia, y está preciosa; los chicos y chicas de la pastoral juvenil se van a encargar de darle a todo el mundo un vaso de refresco al finalizar, y también llevarán las sillas de regreso a la casa para el almuerzo. Me llena de orgullo que la gente de mi parroquia se implique así, es un signo de vitalidad.

Comienza la Eucaristía, hay un coro de amigos de Jovino que le da solemnidad, varios sacerdotes concelebrantes, nuestros seminaristas… No cabe duda de que es un momento histórico: el cuarto presbítero nacido en estas tierras que se ordena en los 75 años de historia del Vicariato. A mí me toca la presentación del candidato; lo he visto hacer varias veces y siempre me ha impactado: “- Reverendísimo padre: la Santa Madre Iglesia pide que ordenes presbítero… etc.”. Y el obispo dice: “- ¿Sabes si es digno?”. ¡Qué momentazo!:


Desde que me ordené yo mismo, hace 21 años, nunca había tenido la oportunidad de ver tan de cerca los ritos de la postración, la unción de las manos, la entrega del cáliz y la patena… Son realmente hermosos: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras”. Tal vez porque sabía la paciencia y la fe que Jovino ha debido tener, y a la vez porque soy así, confieso que me emocioné detrás de mi mascarilla.

Con un calor tremendo subimos hacia la maloka para la comida. Los misioneros habíamos preparado todo con mucho detalle: los adornos, el menú, el sonido, el brindis… Esta vez no podíamos invitar a muchas personas por las restricciones, por consiguiente hubo espacio y nos acompañaron los jóvenes de la PJ con sus polos verdes. Merli agarró el micrófono y comenzó a animar ese rato con discursos, bendición, canciones. Estaba anotado en el grupo de servir pero me pusieron en la mesa presidencial y no pude… aunque me escapé de vez en cuando.

Con la torta y el helado ya en proceso de digestión, subió el volumen de la música y los más valientes se arrancaron a bailar. Supongo que ahí se desbordaron todas las impresiones del día: seísmo, nuevo presbítero, mi propio sacerdocio misionero y cómo lo estoy viviendo, mi gente de Indiana… De modo que me puse a bailar, con lo que me cuesta y lo mal que se me da (como un pato mareao), pero así fue y hay documentos visuales con carcajadas de asombro de fondo.

Mi madre dice que lo hago fatal, varias personas que muy bien, qué será. Los testigos tienen suerte porque solo bailo los días que hay terremoto y ordenación, todo junto.

sábado, 11 de diciembre de 2021

CONTRA LA MUERTE, FUERZA Y GENEROSIDAD


Siempre he contado que en la muerte se ven muchas cosas, se aprende mucho de las familias, de los pueblos y de la vida. Pero lo que vi el otro día en el entierro de la señora Amadita, mamá de Nimia del Pilar, directora de la ODEC San José, superó cualquier expectativa o registro previo. Mi capacidad de asombro y admiración por nuestra gente de la selva no tiene límite, y eso me enorgullece aunque no tenga mérito.

Hace bien poco me invitaron a un exquisito arroz con pato justo en casa de Amadita, en Timicuro Grande, a una hora en bote desde Indiana. La salud de la mamá estaba débil hacía tiempo, pero en las últimas semanas empeoró: pruebas, hospitalización en Iquitos, tratamientos, más estudios… Su bella familia hizo todo lo humanamente posible, atendiéndola exquisitamente y gastando plata que no tenían, pero al final la muerte es como una lluvia que de pronto ves venir sobre el río y sabes que no te vas a librar de mojarte.

Así que, después de dos noches en vela y ya con todos los hijos presentes, nos fuimos a Timicuro a celebrar el sepelio. Por estos lares no son muy habituales las misas de cuerpo presente, pero aquella, en la casa, fue muy emotiva y participada. Tras los sentidos discursos de Nimia y de su hermano Helber, llegó el momento de dirigirnos al camposanto para la sepultura, y ahí llegó la primera sorpresa: “No padre, acá no hay cementerio porque el pueblo se inunda, la vamos a enterrar en Las Palmas”.

¡! Las Palmas es otro pueblito que está a unos diez minutos, pero en el otro lado de la quebrada, de modo que hay que ir obligadamente en bote. Antes de salir hicimos como una procesión con el féretro por la plaza de armas; me impactaron las maneras de expresar el dolor, sobre todo las mujeres que se tapaban los ojos al paso de la comitiva, o aquellas que lloraban hablando o casi “cantando”. Doña Amadita era bien conocida de todos y una luchadora en la brecha de sacar el pueblo adelante.

Llegamos al puerto, es decir, al barro de la orilla. Había una canoa preparada para trasladar el ataúd y asombrado miré cómo lo ubicaban y se sentaban hasta llenar la embarcación. Comprendo que para los lugareños no sea nada digno de destacar, pero para los de “secano” como yo es muy sorprendente. Había un par de botes más, además del nuestro, y todos se abarrotaron para arribar a Las Palmas.


Una vez allí, resulta que para llegar al cementerio hay que caminar un poquito y atravesar otra quebradita pasando por un puente precario; parece ser que ya está todo el material para construirlo nuevo, pero los encargados son los de la misma comunidad y no lo acaban de hacer. Quienes hemos transportado a hombros un féretro sabemos lo que cuesta eso, pero cuando vi aquel angosto “puente” –apenas unas tablas titubeantes - pensé: “Diosito, ¿pero cómo piensan pasarlo… con lo que pesa…?”.

Los hombres estaban preparados y enseguida colocaron un palo longitudinal y ataron a él el ataúd como llevan los caníbales a los turistas camino de la olla en las películas. Y así, solo dos porteadores con el madero a hombros, uno delante y otro atrás, encabezaron el cortejo sobre el agua hasta el lugar de la inhumación. Confieso que no me lo podía creer, estaba estupefacto. Ni siquiera fui capaz de hacer estas fotos de arriba; menos mal que hubo quien sí.

No había acabado. Los mismos hombres (mis respetos para ellos) habían ido a abrir el hueco en la tierra a las 5 de la madrugada. Hice las oraciones correspondientes y cuando lograron bajar la caja con las sogas se desbordó la emoción, subió el tono de los gritos y lamentos, las lágrimas corrieron. Empezaron a botar esa greda basta y mojada a puras paletadas, la familia parada al borde de la tumba, los niños lanzando su puñado llorando.

A medida que el color blanco del féretro iba desapareciendo bajo la arena, los gemidos y sollozos se iban atenuando, la velocidad de los trabajadores se aminoraba por el cansancio y el silencio se iba adueñando del lugar, abrasado bajo un inclemente sol de las 9 de la mañana. Yo sudaba a chorros ahí de pie, no quiero ni pensar cómo estarían los de las palas.

Cuando el enterramiento se hubo completado y ya se veía el montículo bajo el cual descansan los restos de doña Amadita, aparecieron unas botellas de agua del río. Entonces, para mi estupor, los hombres comenzaron a pulir la superficie de la tumba, como alfareros fúnebres, hasta que la dejaron bien lisita. Y ahí los familiares colocaron las flores traídas desde la casa y por supuesto un montón de velas prendidas.

De vuelta a la ribera, mientras las chalupas se completaban para el regreso, Nimia me contó que estos hombres suelen ir por las comunidades haciendo todo ese trabajo sin cobrar, para ayudar. Me habló de invitarnos a almorzar, pero era ya un poco tarde y había que regresar a Indiana. “Más bien invítalos a ellos, bien que se lo han ganado”. Y así, cerquita del Amazonas, donde la fuerza y la solidaridad de la gente me fascinan, se despidió el duelo. Si la muerte puede aparecer hermosa, fue aquel día.

domingo, 5 de diciembre de 2021

EL ÚNICO CURA QUE CELEBRA MISA CON GORRO EN LA SELVA

No es un gorro como el que lleva en la foto, es una gorrita redonda y marrón, a juego con su hábito, porque es franciscano. Y tiene un forro para el sudor que él mismo le ha compuesto, porque a pesar de que por estos rincones amazónicos siempre hace calorcito, él dice que se le enfría la cabeza. Sin duda el p. Jaime Lalonde es un personaje del todo peculiar.

El otro día le pregunté cuántos años lleva de misionero en el Vicariato. Desayunábamos en la casa de Punchana; él había aparecido de improviso, porque desde hace varios meses permanecía en Lima cuidando su salud. Pero apenas vio la oportunidad, ¡zas!, viajó a la selva, que es donde quiere estar a pesar de que sus superiores le han dicho que llegó la hora de descansar. Con una terquedad acuñada desde sus ochenta y pico de años.

Siempre ha ido un poco por libre, según me cuentan. Iba y venía tranquilamente a sus lugares favoritos: Yanashi, el Estrecho y, sobre todo San Pablo. Allí le conocí hace cuatro años, en mi viaje iniciático por toda la geografía vicarial: estructurado, metódico, a su ritmo, sin prisa pero sin pausa; come siempre lo mismo, sopa y arroz, y le gustan el queso en lata y la mermelada. Es el último superviviente de los misioneros “todistas”, capaces de reparar motores, armar tabiques de madera machimbrada o pescar paiches con tarrafa.

La casa de los franciscanos en San Pablo se habría caído a pedazos si no hubiera sido por los ingenios que el p. Jaime le ha aplicado aquí y allá. Baterías de carro prenden luces led a deshora, un oportuno artilugio da agua al baño… todo está bajo control, simple pero preciso. Un día me he quedado encerrado en el piso de abajo porque la puerta que da acceso a la escalera se ha cerrado en un golpe de viento mientras me duchaba. Estaba seguro de que él lo tendría previsto y busqué la llave por todas partes, pero no hallé nada. Tuve que esperar envuelto en mi toalla viendo un rato la tele hasta que regresó de la misa. “¿Qué ha pasado?” – me miró. Cuando le expliqué, solo esbozó una risa breve y discretamente socarrona (“Je-je”) y me mostró el escondrijo de la llave. “Era evidente”.

Hombre de pocas palabras, pues. “Llegué al Vicariato en 1969”. Diosito: ¡el p. Jaime está acá desde antes de que yo naciese! Mis respetos. Se ha dejado la vida por estas selvas. El otro día me contaron que, cuando estaba en Yanashi (años 80), iba a Pevas cada dos semanas a celebrar la Eucaristía, porque allí por años no tuvieron sacerdote. Seguro que no hizo falta que nadies le nombrase, me lo imagino bajando en su bote una y otra vez, sacándose el ancho por puro celo sacerdotal, porque le salía de dentro.

Llegó un momento, hace un par de años, que se vio que el padre ya necesitaba pasar a un confortable retiro, por su bien y para tranquilidad de todos. A pesar de que se resistió, al final a regañadientes obedeció y se marchó a la capital con vistas a regresar definitivamente al Canadá, su país natal (“Allí hace mucho frío”). Pero a la primera que pudo, se presentó en Iquitos como en un canto del cisne de adiós a su querida Amazonía. En aquel desayuno me entregó un folder con expedientes iniciados de nulidades matrimoniales, “por si usted los pudiera concluir”.

Cuando llegó el día de la partida, probablemente para siempre, le acompañé al aeropuerto. Subimos al motocarro de Shanti los dos solos. Durante el trayecto iba pensando que es curioso: despedimos con grandes fiestas al equipo de gestión COVID después de seis meses de trabajo incesante; decimos adiós en la Asamblea a compañeros que están dos, cuatro, siete años con nosotros; siempre hay homenajes, discursos, brindis y torta. Y al p. Jaime Lalonde no hemos tenido el salero de siquiera agradecerle sus más de 50 años en la misión.

Es el último de los misioneros de la segunda generación. No queda apenas nadie de su época, de sus años jóvenes, los de ahora somos un personal fugaz, estamos corto tiempo, no ponderamos la dimensión de su entrega, no tenemos memoria. Me dio ternura verlo avanzar hacia la puerta de embarque, solo y encorvado con su maleta. Traté de visualizarme a mí mismo dentro de treinta años, pero se me colapsaron los circuitos de la imaginación. Ojalá estas palabras pudieran servir de reconocimiento al p. Jaime Lalonde, pero sé que él merece mucho más. Hasta siempre.