domingo, 29 de diciembre de 2019

UNA LUZ FRENTE A LA ADVERSIDAD: LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES AMAZÓNICAS


Por Hna. Jeaneth Andino Granja, gran amiga, psicóloga clínica y misionera dominica del Rosario en Sepahua (Ucayali)

Luz (nombre ficticio), llegó con este pedido: “Necesito que ayude a mi nietita de siete años, porque está triste y no quiere ir al colegio”. Pero antes de indagar en su nietita, opto por centrarme en ella: “Luz, y tú, ¿cómo estás?”. Sus ojos enseguida se llenan de lágrimas. Me cuenta que los padres de su nieta tienen problemas de convivencia y algo más. Seguimos hablando y el testimonio no puede ser más desgarrador. Sus dos hijas, ahora ya casadas y con hijos, fueron abusadas por su propio padre. Fue el motivo por el que ella se separó. Pero en sus ojos pude percibir algo más. Había más dolor ahí adentro. “Luz, ¿a ti te ha pasado algo como eso? No hizo falta respuesta o, mejor dicho, la respuesta fue un llanto. Un grito ahogado y contenido por muchos años, desde niña. Una profunda herida mantenida en silencio, en secreto, sin tener a quién expresarlo, por las huellas que deja, por la culpa que se engendra, por el sentimiento de mancha que queda. Un algo que les hace sentir indignas e impuras. ¡Cuánta violencia y maltrato silenciado! Violencia y maltrato ocultos, sin la oportunidad de poder desahogarlos ni compartirlos con alguien para, desde el compartir, poder intentar superar esta experiencia tan dolorosa.

Historias como la de Luz son comunes en la Amazonía y, a pesar de estar amenazada la suya propia, las mujeres siguen luchando y defendiendo la vida.

Luz no llegó a mí por casualidad. Durante tres años trabajé en la Defensoría Municipal del Niño  y del Adolescente (DEMUNA) del distrito de Sepahua, en Ucayali. Mayoritariamente, a esta ofician recurren mujeres con una solicitud en común: quieren que se invite al padre de sus hijos para firmar la conciliación correspondiente por pensión de alimentos, régimen de visitas y tenencia. En 2017, el año récord, hubo 987 atenciones. Se atendió a 450 mujeres, la inmensa mayoría indígenas llegadas de las comunidades nativas y barrios ribereños. Ellas son amahuacas, matsigenkas, asháninkas, yines, yaminahuas y sharanahuas. Por lo general su pareja les había abandonado y solicitaban pensión de alimentos para sus hijos. Logramos 102 conciliaciones. En los demás casos, por circunstancias diversas, no se pudo hacer nada. A esto se suma la carencia de una entidad judicial que vele por los derechos de niños, niñas y mujeres de las zonas más alejadas de nuestra Amazonía.

En estos lugares son varias las madres, que suelen ser bastante jóvenes, que conviven con su segunda y hasta su tercera pareja. Los hombres migran con facilidad de un lugar a otro. Algunos son contratados para los megaproyectos impulsados  por empresas extractoras y se alejan de su familia. En esa separación son muchos los que se unen a una nueva pareja y dejan atrás su anterior vida.

Hermana Jeaneth Andinoo, durante su labor como psicóloga. Foto: Cedida
Tema aparte es la violencia, casos que algunas también se atreven a denunciar ante la DEMUNA. Violencia de múltiples tipos. Desde mi experiencia constato que esta realidad es la que más sufren las mujeres indígenas de la Amazonía, sin que nadie les haga justicia, se eviten nuevas violaciones a su integridad y se vulneren sus derechos. Están demasiado solas.

La violencia de género es, además de una lacra, una cadena que va de generación en generación. Violencia como la que exponíamos al inicio. A diario conocemos casos de abusos y maltrato y, en la mayoría de los casos, encontramos pocas soluciones. Ellas callan. Tienen miedo a quedarse solas y “desprotegidas”, pues sufren una doble vulneración: por ser mujeres y por ser indígenas. Sin embargo, son las que sostienen el hogar. Ellas te dicen “yo soy papá y mamá para mis hijos”. Son madres, proveedoras, educadoras, parteras, agriculturas, pescadoras, y un buen porcentaje, empleadas domésticas en situaciones de explotación.

Mujeres trabajando por las mujeres

La presencia de las Misioneras Dominicas del Rosario en la selva sur peruana es larga. Más de 100 años desde la llegada a Puerto Maldonado de la Madre Ascensión Nicol y las primeras hermanas. En el caso de Sepahua, las misioneras llevamos más de 60 años, desde 1955. En el Bajo Urubamba nombres como el de Asunción Guerrero, Madre Paulina y tantas otras hermanas iluminan los rostros de los indígenas y, sobre todo, de las mujeres indígenas que han estado bajo su tutela en el internado o bajo sus cuidados en la posta de salud. Con ilusión continuamos, hoy, la labor que nos legaron.

Con nosotras viven, actualmente, cerca de treinta adolescentes mujeres. Aquí las acogemos, pues llegan de comunidades alejadas donde no existe posibilidad, por lo general, de estudiar educación secundaria. Acá residen y conviven durante todo el año escolar, de marzo a diciembre. Sólo en las vacaciones de agosto regresan a sus comunidades. Eso sí, sus padres pueden visitarlas.

Cuando, en marzo, llegan al internado –algunas con evidentes síntomas de desnutrición-, es curioso ver que, como atraídas por un imán, se juntan por grupos en base a sus diferentes etnias o pueblos, sin antes haberse conocido al venir de diferentes comunidades. Cada grupo tiene su propia lengua, su propia cosmovisión, su propio conocimiento ancestral, su manera propia de dar sentido a la vida. Esto, sin duda, les brinda seguridad en un lugar desconocido.

Grupo de jóvenes indígenas que, actualmente, vive junto a las misioneras dominicas en el internado de Sepahua (Ucayali). Foto: Jeaneth Andino
Ser parte de sus vidas no es tarea fácil. Solo la acogida, el cariño, la cercanía silenciosa, el estar con ellas, sin preguntas ni consejos, hace que podamos ganar su confianza e interactuar y acompañar su proceso de vida desde la riqueza, sabiduría y misterio que es cada una. Porque son diferentes, son únicas.

Cuando por reiteradas veces presentan comportamientos inadecuados, llamamos a sus padres mediante un comunicado en Radio Sepahua, emisora del a Misión, o por radiofonía si es que la emisora no alcanza hasta sus comunidades. La familia viaja varias horas por río para llegar hasta nosotras. Si viene la madre, la situación se soluciona ahí mismo, porque es ella la responsable de la educación de los hijos, es ella quien aconseja con cariño y a la vez con gran firmeza, en su propia lengua. Esta es la imagen: la hija se sienta frente a la madre y, mirándose a los ojos, se inicia el monólogo. La hija solo asiente hasta que la madre haya terminado. La adolescente, normalmente, cambia de actitud en lo que queda del año.

Otra situación de excepción se produce en caso de que se enfermen. En esos momentos, muchas deciden regresar a sus casas para curarse según sus ritos y medicina tradicional. Allí generalmente sus abuelas son quienes están al cuidado, pues les hacen “vaporizaciones” y les preparan remedios naturales. Se respeta mucho esa decisión y, con la coordinación respectiva, se les permite ir a su comunidad pues allí están las plantas medicinales, sus ancestros y los espíritus protectores que les devuelven la salud.

Nuestro acompañamiento no termina entre las cuatro paredes de casa, sino que se extiende hasta el mismo colegio ya que estas jovencitas estudian en la institución educativa de convenio entre el Vicariato de Puerto Maldonado y el Ministerio de Educación, donde trabajamos actualmente dos hermanas. Tenemos, pues, la oportunidad para acompañarlas también en ese espacio. Somos testigos en primera persona de cómo, al inicio, les cuesta relacionarse con el resto de estudiantes de Villa Sepahua, un centro poblado habitado por personas de todos lados, muchas llegadas de otros lugares del país. Deben, en esos primeros momentos, hacer frente a la discriminación por las dificultades que tienen para hablar el castellano, por su bajo nivel académico. También hay humillaciones y racismo, por lo que se necesita hacer un buen trabajo para mejorar su autoestima y su capacidad de resiliencia.

Aunque en ese colegio exista un gran porcentaje de estudiantes indígenas, que se incrementa con la presencia de los chicos y chicas de los internados, la influencia de todo lo occidental pone en peligro la vivencia de su propia cultura. Se exponen a graves situaciones de riesgo como el consumo y venta de drogas, la prostitución, la trata, el acoso sexual, la violencia y la explotación laboral. Existe también un alto índice de embarazo precoz y aborto. Todo esto lleva a la deserción escolar. Además, van perdiendo el sentido de la reciprocidad, la vida en grupo, la convivencia y adquieren actitudes individualistas propias del sistema operante. Obviamente, todo esto repercute en su desarrollo integral.

Ellas, responsables y aliadas

A nivel de pastoral en la Iglesia, las mujeres indígenas son el motor en las comunidades. El machismo es fuerte, pues quienes figuran en los cargos de autoridad son casi siempre hombres, pero quienes en realidad lideran son ellas. Las mujeres asumen la responsabilidad de sostenerla vida espiritual de la comunidad. También son líderes activas en los encuentros de formación, su presencia en la Eucaristías es muy significativa.

Reconocen a la Iglesia como su aliada, confían en los sacerdotes y en las hermanas. Incluso aquellas mujeres que acuden a diferentes agrupaciones religiosas, en sus peores momentos, vienen donde el Padre y la hermanas. Saben y agradecen que estemos para ayudarles en todo lo que podemos.
La presencia del Papa Francisco en estos lugares y el Sínodo ha sido una gran oportunidad para sentir que la iglesia está con ellas, que escucha sus gritos, que conoce sus necesidades. Ha sido también una oportunidad para releer su propia realidad con ojos críticos y dar su palabra con la alegría de ser escuchados y tomados en cuenta.

Ahora, después del trabajo en el Vaticano, se inicia el mejor trabajo: poner en práctica lo dicho aquí y lo dicho en Roma y re-comenzar a formar lideresas, mujeres empoderadas de su realidad, dispuestas a defender la vida. No cabe duda, tenemos que patrocinar el protagonismo hacia la mujer indígena. Las mujeres son las que dan vida a las comunidades, a sus hogares y a la Iglesia. Es necesario reconocer su papel y hacer un camino con ellas para que cese la vulneración de sus derechos y alcancen una vida digna, en armonía y en equilibrio con su Amazonía.



domingo, 22 de diciembre de 2019

AL FIN LLEGAMOS A PARAÍSO


A la cuarta fue la vencida. Lo habíamos intentado en tres ocasiones, pero nunca lográbamos nada. Unas veces no estaban las autoridades, en otra ocasión apenas reunimos a cinco personas, y otro día se habían ido toditos a raspar coca. Pero este golpe sí, por fin.

De hecho el bote lo cuadramos junto a otro lleno de costales de hojas de coca. Y es que este paraje es un auténtico paraíso cocalero, por lo oculto, recóndito y silencioso. Cada saco 30 kilos, a un real el kilo, 30 reales (7,5 €) por bulto. Eso resuelve el día a día de una familia, y realmente no hay forma de controlarlo. Un par de embarcaciones con tipos con pinta de narcos se veían por allá.

Se sienten seguros porque no es fácil llegar a Paraíso. En esta época de inicio de la creciente del Amazonas, desde Erené hasta allí hay apenas tres palmos de agua. De hecho, el Laudato Si se quedó varado un par de veces, hubo que bajarse a empujar para sacarlo y poder continuar. Además, no pudimos ir con nuestro motor fuera de borda, tuvimos que tomar prestado un peque peque con cola más adecuado al bajo nivel del caño.

Al pisar tierra tocaba probar a hacer las coordinaciones necesarias, y sí que hallamos al teniente gobernador, que convino convocar a la comunidad a una reunión esa tarde a las 4. En el centro del pueblo destaca una iglesia crucista con su enorme cruz plantada, y al ratito aparece Daniel, que es el pastor y uno de los fundadores de esta población hace unos 22 años. Le explicamos que no pretendemos “quitarle la clientela” 😉, sino nomás conocernos, conversar sobre sus necesidades y cómo podríamos apoyarles. “Ah ya, entonces sean bienvenidos”.

Y en su casa nos acogen muy amablemente y preparan un exquisito almuerzo con las cosas que les compartimos (arroz, fideos y sardinas en lata). Luego la tarde transcurre lenta. Es un auténtico paraíso de silencio. Nado en las aguas oscuras y quietas de la quebrada, todo es tranquilidad. Acá no hay luz eléctrica, ni agua potable, ni saneamientos, ni posta médica, ni señal telefónica… ciento cincuenta personas en medio de la selva profunda, abriéndose paso lo mejor que pueden. Los rayos de sol atraviesan la espesura y me secan cuando salgo del agua, en medio de una fresca brisa… No saben la suerte que tienen.

Llega el momento de la reunión. Hay que esperar más de una hora; las 4 de la tarde significa “cuando ya cae el sol” para gente que no tiene reloj… En torno a las 5:30 hay un gran grupo de personas, creemos que la mayoría del pueblo. Nos presentamos, escuchamos y con sencillez nos van contando sus problemas y carencias, mezclando el ticuna con el español. Rapidito sale el tema del botiquín comunal; yo lo esperaba porque ellos sin duda saben por sus vecinos de Erené que podemos ayudarles a conseguirlo. Les explico cómo van a hacer y mientras me traducen pienso en Antonio y Lupe, la pareja de Montijo que tiene un sobrino que me dio un dinero para medicinas.

Hay que terminar porque es de noche y ya no nos vemos las caras. Muchos vienen a estrechar la mano y despedirse personalmente. El hijo de Daniel, que nos ha traído una bolsa con caimitos, mangos y una piña, quiere presentarme a su esposa y sus hijas. Preguntan si ya hemos comido algo hoy, como ofreciéndonos cena, bonito detalle. Definitivamente los vecinos de este sitio son gente muy simpática y nos sentimos a gusto con ellos. Haremos lo que esté en nuestra mano para que este sea también un paraíso del buen vivir, de la vida digna y plena.

martes, 17 de diciembre de 2019

UN MOMENTO EXTRAORDINARIO


Por azares y recovecos del calendario, me tocó administrar la Confirmación por primera vez en mi vida, y realmente fue algo excepcional por inusual y por espléndido. Siento que, después de esta experiencia, las confirmaciones “normales” que vendrán (en las que no seré yo el ministro), las viviré sin la menor traza de rutina, si es que alguna vez la hubo.

Cuántas veces he ensayado con los muchachos en España y en Mendoza el rito de la Confirmación interpretando yo el papel de obispo, y nos hemos reído con las equivocaciones de un@s y los nervios de otr@s... pues en esta ocasión mi entrenamiento era de verdad, varias veces trabuqué las palabras y me gané alguna burla probando de mi propia medicina. Jaja.

Hay en este sacramento un orgullo ya conocido, el del pastor que ha caminado un tiempo con los jóvenes y llega el momento de recoger un peculiar fruto. Mal que bien se han preparado, los has visto crecer, conoces batallas y algún trauma, son tuyos de alguna manera, y poderlos presentar como capaces de dar con libertad y conciencia el paso de seguir a Jesús es un íntimo regocijo, la contemplación de la acción de Diosito y su promesa de futuro.

Pero ahora, además de acompañarlos hacia la fuente de la Gracia, era yo el instrumento para que ellos la recibieran. Saboreé mucho la impresión de ser un mero sustituto, de tener entre mis manos algo que no me pertenece y que me desborda; era a la vez testigo y canal de la elección del Espíritu, elemento ocasional y tan precario como privilegiado.

¿Acaso no es siempre así? Sí, y nunca lo había visto con esa claridad. Soy una raya en el agua, dueño de nada, solo herramienta provisional, “una palabra vacía en un poema… un segundo en tu sueño”. Solo unas manos que Diosito toma prestadas para bendecir, para consolar, para preferir, para consagrar. Un aceite que contiene misteriosamente la plenitud de su presencia y el perfume de su amor.


Pensé que los confirmandos estarían decepcionados porque claro, el Obispo tiene otra categoría, ¿no? Pues creo que la emoción de compartir algo nuestro superó esa contrariedad. Los vi muy metidos en la celebración, a ellos y a las dos profesoras que también recibían el Crisma. Y yo, a pesar de las imprecisiones del novato, disfruté enormemente y durante la homilía me noté seguro e inspirado como pocas veces.

- Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo.
- Amén.
- La paz sea contigo. Y acá les ponía la mano sobre el hombro como tantas veces he visto hacer, y es un instante hermoso, entrañable y muy personal. Para ellos y para mí.

No sé si se volverá a presentar la oportunidad, pero para mí la Confirmación de 2019 será siempre única. Un momento verdaderamente extraordinario.

domingo, 8 de diciembre de 2019

NO HAY QUIEN LAS PARE


¿Se puede ir un@ de misioner@ a la selva con veinte años, muchas ilusiones, poca experiencia pastoral y sin haber conocido antes al menos un poco la realidad? La respuesta es no… excepto si eres una de las Esclavas Misioneras de Jesús que aparecen en esta foto del mes de agosto en Punchana. Ahí las tienes.

Es una congregación que nuestro obispo Javier halló “por casualidad” (…) en su última vuelta por México, justo antes de escapar de un terremoto apenas por horas. El viaje desde luego fue pródigo en emociones, porque conocer a estas monjitas es una experiencia totalmente shock. De pronto se han venido ¡dos comunidades! a nuestro vicariato, siete hermanas de una tacada nada menos. “¡Qué poderío!” – comentábamos cuando esperábamos su llegada.

Y no nos equivocábamos: hay que ser bien valientes, decididas y un poco locas para dar un salto así siendo tan jóvenes, pero además hay que verlas en acción. En San Pablo asumieron de frente la responsabilidad del puesto de misión y el cuidado de los ancianos de la Casa San José, antiguo leprosorio. Nada fácil para Antonia, Silvia y Fátima. Esta última (28 años) es la “párroca” y encargada de la oficina parroquial; el obispo me encargó darle un cursillo acelerado de documentos, partidas, libros, expedientes… porque todo es nuevo para ella.

En Pevas he estado menos, pero sí he podido trabajar con la hermana Rosalba. Ella es la más “mayor” (tal vez tenga 31 años) y una de las dos únicas profesas perpetuas del grupo, junto a la hermana Marta; el resto son junioras de votos temporales. Este año era mi compañera en la comisión de síntesis de la asamblea vicarial y me dejaba a cuadros la destreza y velocidad de su manejo informático; hasta el punto que es la secretaria mundial de la congregación desde el corazón de la Amazonía. Además no se cansa, es “sor Pilas Duracell”; completan el equipo las hermanas Erika (“Huambrilla”) y Dolores, que es la más joven, llegó con 18 años y su chapa es “Chivola”.

Tampoco son miles, ¿eh? La congregación es de origen español y después de cincuenta años de sequía vocacional, renació en México tal y como había predicho el padre fundador. Eso para que no perdamos tan fácilmente la esperanza en que puede haber repuntes de vocaciones. Y qué mujeres: salen a las comunidades, logran armar grupos grandes de jóvenes, patean el pueblo con sus tocas, tienen un imán con los niños, visitan las familias… ¡Imparables!

En los encuentros de misioneros suele haber un par de coreografías de ellas, y siempre espectaculares. En el último pudimos conocer a Ana Leidy, la madre general, que tendrá como 36 años, y es la que en la imagen está al fondo con gorro negro en vez de blanco. Estaba de visita, trayendo varias novicias, y con ella tuve ocasión de conversar más largamente; me contó algo de la historia de la reciente salida misionera, el sueño cumplido de venir a la selva, la alegría de convivir con las hermanas un mes… Y también algunas inquietudes y preocupaciones que le surgen, y una de ellas es el acompañamiento de las chicas.

Lo comparto plenamente; es más, cada vez tengo más claro que los misioneros necesitamos sentirnos y estar acompañados, y más en estos lugares lejanos, en donde la soledad hace aflorar los propios límites e inconsistencias con crudeza. No hay dónde esconderse, y eso vuelve esencial contar con alguien en quien confiar y con quien conversar en profundidad. Me ofrecí para ayudarlas en lo que pueda.

En la noche, aunque eran más de las 9, fuimos a buscar helados a la plaza de armas porque yo les había prometido invitarlas y no lo olvidaron. Y así pasamos un rato lindo antes de despedirnos de madrugada y partir cada cual a su cortijo. Sentado en el ferry recordaba que la hermana Silvia es capaz de hacer unas perfectas tortas de maíz con sus propias manos… Unas misioneras para todo, llenas de juventud, capacidades y energía; un inmenso caudal para nuestra pequeña iglesia, ¡qué suerte tenemos!


A Domi tampoco hay quien la pare

domingo, 1 de diciembre de 2019

PERIPECIAS CON SABOR A MANGO


Cuando recorremos el río siempre intento mantener los ojos bien abiertos y registrarlo todo, para aprender, no tanto cantidad de datos, sino la cualidad de esta cultura, la forma de vivir del pueblo, el carácter de la gente. Hay cosas que me extrañan, otras me encajan y muchas me sorprenden. Como la marea de mangos que hay por todas partes cuando es su época, ¡qué bestia!

Frecuentar las comunidades repitiendo la visita hasta tres veces en un año permite ensayar un mínimo proceso y hacer algo de seguimiento a cuestiones que quedaron apuntadas o pendientes. Paseando por Buen Jardín observamos que la mitad de los baños que fueron construidos en julio todavía no están cerrados ni los están utilizando: parecen absurdos monumentos surrealistas en medio de la selva. ¿Tal vez no saben usarlos? ¿O es que en realidad no los necesitan porque están acostumbrados a ir al yuyal? Ellos los solicitaron con fuerza, pero… ¿hemos enfocado esta carencia más “desde nosotros” que “desde ellos”?

Llega el bote con el cartel “Transporte escolar”, para movilizar a los colegiales de secundaria cada día a Bellavista; pero no se ven muchachos dentro, sino cargas de leña. El encargado aprovecha como puede, igual que todo quisque, porque la pobreza acecha siempre. Por la noche, la reunión tendrá lugar en la escuela, que tiene motor… pero todos los fluorescentes del salón donde nos encontramos están fundidos, de modo que apenas acertamos a distinguir los rostros. Ay Diosito. Nos invitan a mangos.

En Erené hay un programa del gobierno que coloca en cada hogar una placa solar y una pequeña instalación de tres a cinco focos y tomacorrientes para celular. Los operarios han llamado a la población porque la gente está incumpliendo los acuerdos de: 1) cavar cada familia el agujero donde se plantará el poste y 2) ofrecer a los trabajadores la comida que les corresponda según el momento del día en que estén currando en cada casa: desayuno, almuerzo o cena. ¿La peña quiere que se lo den todo hecho? ¿Valorarán de verdad aquello en lo que no participen, o los paneles se convertirán en chatarra como los tubos de la escuela…?

El taller sobre el cuidado de la Casa Común  atrae a no demasiado público en Yahuma I Zona porque resulta que esa noche hay dos fiestas de cumpleaños simultáneamente, dos. De hecho el ruido es ensordecedor hasta las cuatro de la madrugada, música a full y tremendos petardos. Armando quería acompañarnos a Barranco porque allí toca Bautismo al día siguiente, pero cuando nos levantamos y vamos a avisarle de que salimos vemos que… está borracho como su papá y todos los adultos de la casa menos su mamá. Nada puede competir contra el fútbol, y nada es tan extrañamente destructivo para los indígenas como el trago.

Todos se dirigían hacia Yahuma Callarú, porque era su aniversario y había programado campeonato (¡claro!), pero al menos los de Barranco esperaban en su salón comunal. Y bajo la lluvia llegó “el padre”, los que faltaban acudieron y tuve el placer de bautizar a 35 personas, todos niños y algún adolescente. Fue una celebración algo diferente a como se haría en el Vaticano, me disculparán los puristas de la liturgia, pero muy bonita y espontánea. Por encima de los problemas de traducción está la fuerza del agua como símbolo de vida, especialmente expresivo en la Amazonía. Lo del Crisma supongo que los ticuna lo ven como algo más mágico, artilugios de un chamán bueno como el cura.

Por donde quiera que vayas en el Bajo Amazonas en noviembre encuentras mangos maduros, a veces ya caídos en el piso junto a los árboles. Es el sabor dulce que dejó esta gira, vinculado a la Primera Comunión en Yahuma II Zona. Primera vez que celebramos esta fiesta en una comunidad y ¡qué contentos! El grupo de 11 niños ha superado innumerables dificultades para prepararse: catequistas  que iban desapareciendo (una se fue a vivir a Bogotá), materiales enviados como se podía… Pero lo han conseguido; no habrá sido una catequesis perfecta, pero allí estaban el día previo probando el pancito y confesándose por primera vez. El mismo candor, la emoción peculiar de los niños este día… pero ni trajes, ni almuerzo, ni gaseosa siquiera: de regalo un rosario y un caramelo para cada uno.



lunes, 25 de noviembre de 2019

UN HOMBRE SOLO. CON UN MICRÓFONO


Ahí estaba el tío. De pie en las gradas que hay frente al hotel municipal. Con su micro en la mano. Y más nadie. Solo frente al mundo. Pero quién dijo miedo. Si él lo hace por el Señor, para que los pecadores se conviertan. Éste es el hombre.

Eran las siete de la noche, uno de los días de la novena de la fiesta patronal. De camino a la iglesia me llegó el ruido, y algunos pasos más adelante lo vi. Uno de esos pastores evangélicos, hay muchas marcas pero podría ser del Movimiento Misionero Mundial. Predicando. A voz en grito, sin miramientos, sin anestesia. La hora de la cena, la gente recogiéndose, y qué. ¡Hay que escuchar la Palabra de Dios hermanos!

Y escuchamos queramos o no queramos, qué joé. Muchos días, temprano en la mañana, se ponen en el mercado con sus parlantes. Implacables. Histriónicos. También lo he visto en Iquitos, en el puerto de Productores, en medio de esa barahúnda de gentes que vienen y van, de cargas, puestos de verduras, desayunos al paso: ahí, el predicador, a todo volumen, sin roche, sin vacilar, dando duro.

En el muelle también, de preferencia los domingos. Siempre vestidos impecablemente con terno y corbata, con zapatos, pulcros, peinados. Inasequibles al desaliento. Con un método oratorio estridente, pastores que abusan de las inflexiones de la voz sin jamás retraerse, a potentes bramidos, intercalando muletillas como “¡aleluya!” o “¡gloria a Dios!”. Y un contenido entre amenazador y falsamente sentimentalista, hay que cambiar de vida hermanos porque si no vamos a ir toditos al infierno, aleluya.

Recuerdo la “noche de oración con Dios” de la fiesta del distrito hace dos años. A pesar de que supuestamente las intervenciones solo eran para presentar las canciones que cada grupo interpretaba, uno de los pastores apareció con un tremendo altavoz y se marcó un sermón de media hora que los representantes de las iglesias y el público al completo nos tuvimos que tragar (con esta gente parece que todo es obligatorio). Con ese mismo estilo desgarrado, llegando a un clímax, clamó: “Jesucristo es la solución de todos los problemas”.

Va a ser que Marx no andaba tan desencaminado, hay unas formas de religión que son realmente como el opio, adormecedoras y paralizadoras: vayámonos a alabar a Dios y que las cosas sigan tal y como están. Cada vez que hemos intentado impulsar alguna iniciativa de carácter social, una reivindicación… la única que está ahí es la Iglesia Católica. Menos cantar y más compromiso con las heridas de la realidad, hermanos.

El pata al que no pude resistir la tentación de fotografiar aquella noche no parecía gozar de mucha aceptación; su único seguidor estaba dormido o borracho, como se aprecia en un ángulo de la imagen. Seguro que no le importaba demasiado y más bien está acostumbrado; ¿sería colombiano en misión internacional? Tal vez no había elegido un buen momento, pero oyes, a mí me impactó. Aleluya.

domingo, 17 de noviembre de 2019

CUATRO MARÍAS PARADAS


Cuando la procesión llegó a casa de doña Olga, se me escapó una carcajada. Allí estaban las cuatro, serias, firmes, como escoltando el altarcito del Señor de los Milagros que había alistado su abuela. Qué graciosas, tan solemnes, y qué precioso día de fiesta en Santa Rosa. Por fin buenas noticias.

Habíamos programado celebrar la misa mañanera el domingo. Donde tantas veces han acudido tres o cuatro personas, recibimos con sorpresa a más de treinta feligreses, incluido un grupo grande de niños que se preparan para el Bautismo y algunos jóvenes para la primera comunión. Todo se debe al buen hacer de Marco Salazar, un hermano de la Salle que vive en Tabatinga y que desde hace algunos meses se ha hecho cargo de la coordinación de esta comunidad tan difícil en plena triple frontera.

El hermano cruza el Amazonas varias veces a la semana y está logrando resucitar a esta gente. Los domingos arma su proyector, el parlante nuevo que ha resuelto (por decirlo en cubano), y va desarrollando una celebración interactiva de lo más interesante: niños y mayores siguen los cantos, las lecturas, las respuestas, aparecen imágenes en las que se apoya para explicar... Hay algunos profesores que ayudan, la iglesia está pintada, las colectas han pasado de 2,5 a 47 soles, y a nosotros nos hacen los ojos chiribitas.

Al finalizar la misa, empieza la catequesis, y eso sí que es un espectáculo. Derrochando pedagogía y creatividad, Marco mueve a los críos por toda la capilla, les repasa los hitos de la historia sagrada clavando nombres y fechas con chinches, es un actor que interpreta a Abraham, a José, al faraón, a Moisés, a Esaú y Jacob, a los profetas… Juega con los gestos y los tonos de voz, nos tiene a todos entretenidos y embobados, reímos y aprendemos. Les da a los catequizandos unos cuadernos donde van pegando y coloreando las diferentes escenas, y procura que retengan una idea fundamental de cada una. Es un educador experto y carismático, pleno de recursos y con mucha habilidad con los niños. No cabe duda: hemos dado con un crack.

A la derecha, de azul, el hermano Marco Salazar
Llega la tarde y aparecen los decoradores del paso del Cristo Moreno. Con ingenio acomodan el cuadro, lo aseguran y lo ornamentan usando maderas viejas, telas que encuentran, cintas de por ahí, botellas de plástico, flores naturales… Nosotros casi no intervenimos, no hace falta, es algo de ellos, su procesión, no necesitan cura ni monjas. Me digo que contemplar en vivo la iniciativa de la gente sencilla es reconfortante y “sinodal”, y especialmente en este sitio donde casi no habíamos dado una hasta ahora.

Salimos a la hora señalada (¡!) con el himno al Señor de los Milagros a todo volumen por el altavoz y Marco armado de megáfono invitando y bendiciendo a diestro y siniestro. Nos vamos deteniendo donde algunas familias han preparado su altar; en el colegio han formado una paloma de sal; en el centro de salud el personal sale a recibir el agua bendita con la que voy regando a cualquiera que se pone a tiro, porque lo del agua le encanta a todo el mundo.

La procesión no pierde unidades, es agradable y participada. Cuando retornamos a la iglesia continúa el show, hay unas oraciones, cantos que palmeamos, y finalmente a las cuatro marías les permiten agarrar al Cristo después de estar todo el camino reclamando y haciéndome risa a mí. ¿Existen misas, catequesis y procesiones dinámicas y divertidas? ¡Sí!

La gente se despide muy cariñosa de nosotros. Pasamos a la casa de la misión, que se ha alquilado a una familia y un profesor que la tienen bien cuidada. Nos permiten usar el baño y la ducha. Ya no podemos disponer de la maloka de invitados porque algún chalado la incendió hace unas semanas, así que dormimos en la capilla. Estamos cansados después de un día de un calor asfixiante, pero satisfechos y serenos: por fin parece que Santa Rosa empieza a carburar.

sábado, 9 de noviembre de 2019

POSESIONES DIABÓLICAS


Hace algunas semanas nos llegaron noticias de posesiones diabólicas en Puerto Alegría, una comunidad de apreciable población situada a orillas del Amazonas grande, a una hora río arriba de la triple frontera. El profesor de religión llamó acá sobrepasado por la situación, preguntando qué podía hacer. Hace pocos días, durante la visita allí, tuve ocasión de conocer, comprender y entristecerme. Va a ser que el demonio sí que existe.

Fui a buscar al profe a su casa y me lo encontré como una piedra en su hamaca. Lo desperté y comenzamos a conversar. Me contó que la cosa sucedió de pronto un día de clases; las poseídas son de varios grados de secundaria, es decir, de entre 12 y 16 años, todas chicas. Este dato ya me hizo pensar. Por lo visto apareció un libro “encantado” o “hechizado”, unas versiones dicen que alguien lo llevó y otras que estaba enterrado bajo el colegio. El caso es que la maldad provenía de ese objeto.

Las niñas, seis o siete, estaban en el baño de mujeres. Salieron corriendo, dando fuertes gritos y moviendo los brazos, “convulsionando”. A algunas no se las entendía. Una de ellas es nieta de Homar, el animador, y se llama Genina; me contó más tarde que no podía respirar, notaba que había “algo” dentro de ella. “Mi abuelo se puso a rezar sobre mí y estuve más tranquila, ya no chillaba y eso se fue”. Me confirmó lo del libro maléfico.

Le pregunté al profesor, bajando la voz, si tal vez él sabía si algunas de las muchachas padecen episodios de abuso sexual. El abuso dentro de la familia es un mal muy extendido en el Perú, y sobre todo en zonas alejadas de sierra o selva donde la presencia del Estado es precaria y la impunidad queda amplificada por una losa de silencio y vergüenza. Tras mirar de reojo alrededor, corroboró que hay al menos tres casos, y además un aborto: “Esa es justamente la chica que gritaba que Satanás le decía que se matase”.

En ocasiones, durante la confesión de jóvenes previa a la Confirmación, he escuchado de chicas cosas horribles. Al encontrarse seguras en un ámbito donde saben que impera el secreto, no aguantaban más y se derrumbaban en llanto: “Mi papá… mi tío… mi primo…”. En viviendas mínimas donde duermen tantas personas,  no podían evitar las violaciones sistemáticas, las amenazas si se atrevían a contarlo, muchas veces la complicidad muda de sus mamás.

No me hago a la idea de la tensión a la que estas adolescentes están sometidas, cómo deben sentirse: sucias, usadas, despreciadas… Una chivola a la que embarazan de esa manera y llevan a abortar clandestinamente seguro que tiene ganas de morirse. No me extrañaría que hubieran hablado en el baño, necesitarían desahogarse y habrían oído o supuesto que “tal vez tú también…”. A esa violencia soportada con la boca cerrada durante semanas y meses, a ese miedo reprimido, corresponde un estallido emocional, un desbordamiento de ansiedad, una llamada de atención, un grito de auxilio desgarrado.

Llamaron a varios pastores evangélicos, que estuvieron orando para expulsar al enemigo. Uno de ellos, al ver el rosario que Geni llevaba al cuello, se lo arrebató y se lo llevó diciendo que “en los católicos es todo mentira”. Otro, de otra iglesia, llevó allí a dos de las sanadas, consiguiendo así nuevas adeptas. De estas chivolas se aprovechan todos para sus propios intereses, es normal que sientan que no valen nada y deseen desaparecer para dejar de sufrir.

En nuestro mundo amazónico, habitado por espíritus de todo tipo, su manera de narrar este dolor es un etnorrelato: el diablo ha entrado en ellas. Ya no son ellas mismas, son constantemente utilizadas, han perdido su personalidad; y lo que las obliga y las gobierna las empuja a la angustia, a la aflicción… a la muerte. Soy occidental y considero que por supuesto que están poseídas. Pero en un sueño se me ha revelado que hay que cuidarlas, y de momento tengo localizado un rosario nuevo para Geni.

domingo, 3 de noviembre de 2019

EL APAPACHO DE TREYCI


Era uno de esos días que se hacen cuesta arriba desde por la mañana, que duelen sin motivo definido; días en los que se instala un gusto amargo en tu corazón, un pesar difuso, una neblina de desasosiego amordazadora de sonrisas.

Hay laceraciones en el alma que te aplastan sin violencia, te arrastran hacia mareas de amargura de baja intensidad sin que lo adviertas, como la vaciante imperceptible del río. Y así estaba yo, recién llegado a Islandia pero con mis sentidos en España, trabajando a full seguramente para mantener ocupada mi mente, en uno de esos intentos de huir hacia adelante tan torpes como estériles.

Sentado en mi mesa, silencioso, la penumbra de la tarde cayendo; de pronto sentí unos pequeños brazos que me abarcaban, un abrazo claro, el cariño ofrecido sin fisuras y con nitidez de una niña. Treyci no dijo nada, su rostro contra mi costado, solo me abrazó con tal eficacia que algún dique dentro de mí cedió y varias oscuridades se derritieron. Ella en realidad me apapachó.

“Apapacho” es una palabra de origen indígena náhuatl (México) que la Real Academia Española incorporó y que define como: “Palmadita cariñosa o abrazo”. Proviene del vocablo papachoa, que en su significado original quiere decir “ablandar algo con los dedos” o “dar cariño”. Sin embargo, hay un sentido más profundo que la clase culta de los aztecas le daba: “abrazar o acariciar con el alma”.

Apapachar es dar cariño, amor, apoyo a una persona querida o que tú sientes que lo necesita sinceramente y de la manera más pura. Un apapacho puede ser un abrazo, un beso, una caricia tierna, una acción para curar una herida, o todos ellos juntos.

Un apapacho le da una madre a un hijo que se ha caído de la bicicleta y se ha raspado.
Un apapacho te lo da el amigo cuando tu pareja te ha dejado.
El apapacho puede ser físico, emocional o espiritual. Es un abrazo mucho más cariñoso, más cálido; es alivio, consuelo, ánimo, aliento… amor físico delicadamente comunicado.
Eso es un apapacho, una de las palabras más bellas del castellano*.

Solo tiene cinco años y no pudo ver mi rostro al entrar en la casa, pero posiblemente intuyó mi desazón; no en vano somos energía que titila, y la ternura de un niño es clarividente. Treyci llegó con decisión y, tras un par de meses sin vernos, me apapachó. Ella no se imagina el bien que me hizo; el poder sanador del contacto físico sincero es portentoso, penetra hasta las entrañas y calma, conforta y suaviza. Qué maravilla.

Todo va a ir bien si alguien como Tracy puede apapacharte así. En este mundo lleno de desdén donde la indiferencia es regla, las muestras corporales de amor puro restañan mi fe en que Diosito vive realmente en las personas y el bien es posible. 

* Se puede ver en http://www.vigilangel.com.mx/announcements/el-apapacho-profundo-concepto-de-origen-nahuatl

martes, 29 de octubre de 2019

EL SÍNODO CONTINÚA A PIE DE RÍO


Nos hemos perdido en directo la despedida del Sínodo porque hemos estado en un par de comunidades pasando el fin de semana, pero apenas de vuelta a Islandia el whatsapp y el correo bullían de comentarios, envíos del documento conclusivo, valoraciones… De modo que ayer lunes fue un día de leer, anotar, sentir y gustar la impresión que el Sínodo, y en concreto el texto final, me dejan.

El documento no es una decepción. Creo que se ha llegado a lo máximo que se podía llegar en los temas más controvertidos, y se ha expresado, en líneas generales, el deseo de un cambio profundo en el modo de ser Iglesia en la Amazonía; en el concepto, los contenidos y las estrategias de la misión, en la organización de las comunidades cristianas, en la implementación de una auténtica sensibilidad ambiental, en la propia estructura eclesial. De hecho es una batería de propuestas para recorrer juntos nuevos caminos de conversión: pastoral, cultural, ecológica y sinodal. Y conversión es cambio.

Veo como un acierto la continuidad con Laudato Si, que se cita expresamente (nº 66), porque el argumento principal del Sínodo es ofrecer a la Iglesia universal y al mundo entero inspiraciones acerca de la necesidad urgente de una transformación en nuestra manera de vivir para no acabar nuestro planeta. La Iglesia es una institución mundial que, en este punto, no reacciona con decenios de retraso, sino que va marcando la ruta a movilizaciones globales como las que hemos visto en los últimos meses. El Papa Francisco y Laudato Si suponen un liderazgo moral medioambiental, una punta de lanza, y eso es espléndido.

La espiritualidad de la ecología integral (nº 81) impregna todo el texto. Aparece en los temas de la educación, la salud, la comunicación… Se habla de crear “ministerios para el cuidado de la casa común” (nº 79), conectando con otros nuevos servicios (acogida, etc.) que es necesario crear, diversificar y promover en línea de una ministerialidad cada vez más decididamente laical, y de manera equitativa entre varones y mujeres (nº 95). En este sentido, el número 96 plantea el ministerio de “la cura pastoral”, o sea de “responsable de la comunidad”, con carácter “oficial” y “rotativo”, que el Obispo puede conferir a “una persona” (se entiende pues que varón o mujer) en un “acto ritual” y que gozará de reconocimiento civil. Me alegro mucho, creo que es posible llevarlo a cabo y dará muchos frutos. Lástima que el párrafo acabe apuntillando que “queda siempre el sacerdote, con la potestad y facultad del párroco, como responsable de la comunidad”… Ojalá que la repetición de la palabra “responsable” no recorte ni matice el liderazgo de los laicos, ni eche el freno de mano a una real interpretación de la corresponsabilidad y la subsidiariedad.

Me alivia que la inculturación no solo no está finiquitada, sino que al parecer goza de buena salud. La saludable articulación entre inculturación e interculturalidad que recogía el Instrumentum Laboris se manifiesta acá nítidamente. El término “inculturación” y sus derivados aparece 14 veces en el documento, que incluso se esfuerza en definirlo con precisión: “La inculturación es la encarnación del Evangelio en las culturas autóctonas (“lo que no se asume no se redime”, San Ireneo, cf. Puebla 400) y al mismo tiempo la introducción de estas culturas en la vida de la Iglesia. En este proceso los pueblos son protagonistas y acompañados por sus agentes y pastores” (nº 51). Los números 54 al 58, dedicados a los procesos de interculturalidad (que aparece un total de 8 veces a lo largo del texto), amplían los alcances sobre la inculturación y no tienen desperdicio, recomiendo su estudio y meditación. La interculturalidad evita cualquier reflejo colonialista o proselitista en la misión, la coloca en sus coordenadas correctas. Magnífico.

Dos de los asuntos más polémicos fueron el de las diaconisas y el rito litúrgico para los pueblos originarios. Después de que parece que queda claro que el tipo de ministerio oficial que puede ser otorgado a la mujer es, simplemente, el mismo que al varón, la asamblea tan solo pide con moderación poder compartir “experiencias y reflexiones” (nº 103) con la Comisión de estudio creada en 2016, y que a día de hoy no aporta resultados; era de esperar. Lo del rito amazónico parece que concitó bastantes dudas (fue la tercera sugerencia con más votos en contra, 29, un 15%), y a mí también me las crea. Pienso que requiere más profundización teológica y probablemente un sínodo no es el mejor ámbito para eso.

Pero la proposición que menos votos a favor recibió (128, la única que bajó del 70% de aprobación), fue la recogida en el número 111: “establecer criterios y disposiciones (…) de ordenar sacerdotes a hombres idóneos y reconocidos de la comunidad, que tengan un diaconado permanente fecundo y reciban una formación adecuada para el presbiterado, pudiendo tener familia legítimamente constituida y estable, para sostener la vida de la comunidad cristiana mediante la predicación de la Palabra y la celebración de los Sacramentos en las zonas más remotas de la región amazónica”. Da la impresión de que todo aquel ruido mediático presinodal hizo soslayar el tema del diaconado permanente, que es un camino nuevo en muchas zonas de la Amazonía. La asamblea, con sabiduría, se detiene a darle relevancia (nn. 104-106), porque de hecho es un paso previo a la ordenación de viri probati, que se propone con prudencia pero con claridad.

Un documento, un Sínodo, un momento histórico apasionantes, un día a día ilusionante para todos los que llevamos a la Amazonía en el corazón. Toca a la comisión postsinodal concretar y hacer cristalizar los frutos del discernimiento, para que la corriente no se lleve los nuevos rumbos y el papel no se moje. Pero somos nosotros, los que seguimos acá viviendo en la orilla, quienes hemos de “ser uno” con los pueblos, para generar “procesos claros de inculturación de nuestros métodos y esquemas misioneros” (nº 56) y así navegar de las palabras a los hechos.

jueves, 24 de octubre de 2019

EL SÍNODO A PIE DE RÍO: ¿PARA QUÉ LA MISIÓN?


Me pasan por un par de grupos de whatsapp un llamativo titular de Víctor Codina: “Los misioneros siempre llegan tarde, el Espíritu ha llegado antes”. Está tomado de una excelente entrevista que le ha hecho Luis Miguel Modino en RD*, pero yo había leído anteriormente algo similar en un reciente artículo** de este gran perito sinodal y en otros escritos suyos. Me hace pensar en un debate que, como los bufeos, emerge de vez en cuando en reuniones y asambleas: si es indudable que antes de que llegasen los misioneros a la Amazonía, ya estaba acá el Espíritu de Dios… ¿para qué la misión?

Vaya por delante que estoy plenamente de acuerdo con el pensamiento del p. Codina, una de las mentes teológicas más brillantes de América Latina en los últimos decenios. Lo que nos cuestionamos en algunas conversaciones a pie de río es la necesidad de repensar y de reformular los objetivos, los contenidos y los métodos de la misión, ahora que parece que la interculturalidad ha sustituido como paradigma predominante de la misión a la inculturación, que hay quienes dan por liquidada como algo trasnochado.

En la interculturalidad no hay culturas superioras a otras, se relacionan sin perder sus rasgos diferenciales ni fusionarse; todas tienen mucho que dar y mucho que aprender. Las actitudes centrales son la escucha atenta, total respeto, diálogo simétrico y empatía; los valores de cada cultura se afirman y al mismo tiempo se le da mayor importancia a buscar puntos de encuentro que a subrayar las diferencias. Hasta aquí lo comparto; pero cuando al mismo tiempo se excluye la inculturación, entonces se llega a extremos como “a los indígenas deberíamos dejarlos tranquilos tal y como son; mejor que los misioneros no hubiésemos venido”. Lógica conclusión.

Entonces, ¿para qué la misión? Conviene recordar que la misión es un envío (missio viene del verbo mittere=enviar), un movimiento geográfico (pero no únicamente) de unas personas de una cultura hacia otras personas de otra cultura; unos van a donde están los otros, y no al contrario. Y este dinamismo de salida (EG 24), este desplazamiento… tiene un propósito. ¿Será únicamente el diálogo, el conocimiento mutuo, el encuentro sin más? Ya no más “colonizaciones religiosas” de otras épocas, imposiciones exteriores violentas de doctrinas o prácticas; y estoy de acuerdo. Pero eso puede desenfocar la intención de la misión, su razón última de ser… Los misioneros no nos jugamos la vida por un interés etnográfico, ni somos voluntarios de una ONG dedicada a preservar las civilizaciones originarias.

Dejamos a nuestras familias, cultura y país para anunciar el evangelio de Jesús, como afirma desde siempre y sin fisuras la enseñanza eclesial (por ejemplo Instrumentum laboris 115 y etc. etc.), ese es el empeño y no se puede perder de vista. Este anuncio tiene sus sinónimos: no queremos que las cosas se queden como están, venimos para construir el Reino, hacer que el mundo sea más habitable, luchar por la justicia y la vida abundante para todos. La misión persigue una transformación, y ese cambio se prende con la inculturación. No es una estrategia, en ocasiones meramente cosmética, para “adaptar” la fe cristiana a la cultura de los pueblos; no es tampoco un truco que aparentemente acepta “lo cultural” y desprecia sus religiones ancestrales empujando a abandonarlas… Es un proceso radical, una profundización de la interculturalidad. Se han de ver juntas, como dice con mucha precisión el Instrumentum laboris del Sínodo:

"Inculturación e interculturalidad no se oponen, sino que se complementan. Así como Jesús se encarnó en una cultura determinada (inculturación), sus discípulos misioneros siguen sus pasos. Por ello, los cristianos de una cultura salen al encuentro de personas de otras culturas (interculturalidad). Esto ocurrió desde los comienzos de la Iglesia cuando los apóstoles hebreos llevaron la Buena Noticia a culturas diferentes, como la griega, descubriendo allí “semillas del Verbo”. Desde ese encuentro y diálogo entre culturas surgieron nuevos caminos del Espíritu. Hoy día, en el encuentro y diálogo con las culturas amazónicas, la Iglesia escruta los nuevos caminos” (Nº 108).

No hay que desechar nada, hay que articular. El primero que cambia es el misionero. Cambia de continente, de clima, de costumbres; tiene que aprender un nuevo idioma (Víctor Codina lo reclama), acostumbrarse a otro ritmo, otra manera de comer, otra mentalidad… Hay muchos grados de inculturación, desde los misioneros míticos como Luis Bolla, Vicente Cañas o Juan Marcos Mercier que se convirtieron en unos indígenas más, hasta los pichiruchis que hacemos lo que podemos, pero todos tenemos que adaptarnos a una nueva cultura en alguna medida. Segundo (y central): la inculturación es un proceso que protagonizan los que reciben, “el sujeto activo de la inculturación son los mismos pueblos indígenas” (IL 115); ellos, “haciéndose uno” con los misioneros, descubren las “semillas del Verbo”, la presencia del Espíritu en su cultura desde siempre, y moldean la Iglesia local, encontrando nuevos caminos para vivir el seguimiento de Jesús y enriqueciendo a la Iglesia universal con la visión de nuevas facetas del rostro de Cristo, como dijo el Papa en Puerto Maldonado. Claro que hay una transformación.

Es cierto que no en todos los contextos  se puede proponer explícitamente a Jesús. Muchas situaciones exigen la presencia discreta, la paciencia y el silencio al caminar con el pueblo, sabiendo que Dios hace su tarea a su manera y en sus tiempos. En todo caso creo que cuando una cultura realiza este proceso, no solamente no es “colonizada”, sino que se afianza en su identidad y consolida sus valores; “es más ella misma” reconociendo el Evangelio  como algo que siempre ha sido suyo y encontrando maneras de vivirlo propias, nuevas, creativas y libres. Es un desarrollo de las semillas del Espíritu, que conduce a los pueblos a más plenitud de vida y de humanidad.

Todo en el ser humano es cultural. No hay experiencia de la fe que no esté mediada por la cultura. La interculturalidad es la ruta, el hallazgo de zonas de contacto donde el Espíritu espera para dar fruto; pero sin inculturación no hay misión. Es cierto que los misioneros constantemente llegamos con retraso, pero siempre estamos a tiempo de vislumbrar un horizonte mayor.


https://www.religiondigital.org/luis_miguel_modino-_misionero_en_brasil/Victor-Codina-misioneros-siempre-Espiritu_7_2169453041.html

** “Siete claves teológicas para el Sínodo de la Amazonía” en RD: https://www.religiondigital.org/opinion/claves-teologicas-Sinodo-Amazonia-religion-papa-francisco-dios-vida_0_2160683931.html. Concretamente “El Espíritu de Dios siempre llega antes que los misioneros cristianos, se anticipa a cualquier religión instituida”.

lunes, 21 de octubre de 2019

EL SÍNODO A PIE DE RÍO: RELIGIÓN INSTITUCIONAL Y RELIGIÓN POPULAR


El otro día un animador del Yavarí le dijo a una de mis compañeras: “Voy a armar mi velada al Señor de los Milagros, en mi comunidad. ¿Puedes conseguirme una lámina?”. Bingo – pensé yo: les machacamos la oreja para que hagan los domingos la celebración de la Palabra, y nada; en cambio, la velada con danza ante el santo sale de ellos, con naturalidad, y a nosotros ni se nos ocurre.

Porque es algo suyo, de su cultura, y por tanto aporta en la configuración de su identidad comunitaria y creyente. En cambio “nuestras” ceremonias y sacramentos oficiales son algo en cierto modo foráneo y adosado. Varias veces por la calle alguien me ha preguntado: “Padre, ¿a qué hora es tu misa?”. “No es mía, es de todos”- suelo contestar, pero capto lo que hay detrás de la expresión. La misa es “mía” y las imágenes, las velas, las procesiones y las novenas son “del pueblo”.

El padre Regan habla de “la dialéctica entre la religión oficial y la popular”[1], que ha originado siempre un batiburrillo de elementos yuxtapuestos[2] que se iluminan y reinterpretan mutuamente cuando se incluyen con la armonía y la pausa de los procesos de inculturación sabiamente llevados. Si se queman etapas, los sacramentos son vistos como algo extraño y ocasional, desconectado de la cosmovisión y los usos de la gente.

Los mismos ticunas que ni saben a qué me estoy refiriendo cuando pronuncio la palabra “comunión” son capaces de organizar ellos solitos un via crucis el Viernes Santo. Les ofrecimos a los animadores unas breves indicaciones sobre cómo celebrar en la comunidad el triduo pascual… y lo que salió fue el via crucis “a su manera”, con sus cantos, un chico que hacía de Jesús y cargaba la cruz, etc. No estaba allí para verlo, pero ¡excelente! Y esclarecedor.

Nosotros nos empeñamos en dar forma “eclesiástica” (o sea, occidental) a su religiosidad, y redactamos un esquema exhaustivo de la celebración del domingo, se lo explicamos y se lo entregamos para que lo sigan toditos iguales, y es un error que ahora me hace sonreír. Algo así como fabricar misales-fotocopia selváticos que se les caen encima a los animadores y no saben bien qué hacer con ellos… Es al revés: tienen que hacerlo a su estilo, “como les salga” en el sentido más positivo, con su sensibilidad, con espontaneidad e introduciendo todo lo que sientan sigificativo.

Y así estará bien hecho. Aparecida dice que “No podemos devaluar la espiritualidad popular, o considerarla un modo secundario de la vida cristiana, porque sería olvidar el primado de la acción del Espíritu y la iniciativa gratuita del amor de Dios” (DA 263). Y el Instrumentum Laboris del Sínodo: “Las comunidades piden un mayor aprecio, acompañamiento y promoción de la piedad con la que el pueblo pobre y sencillo expresa su fe a través de imágenes, símbolos, tradiciones, ritos” (IL 126.e). De esta forma, más adelante “procurarán un contacto más directo con la Biblia y una mayor participación en los sacramentos, llegarán a disfrutar de la celebración dominical de la Eucaristía, y vivirán mejor todavía el servicio del amor solidario” (DA 262).

Esta imagen es de ayer, de la procesión del Señor de los Milagros, patrono de Islandia. Si no hubiera misioneros, ¿habría procesión? Por supuesto; de hecho durante muchos años no hubo acá sacerdote ni religiosas ni nadies, pero el Cristo moreno siempre salió en su fiesta; es cierto que acompañaba alguno de los capuchinos de Benjamin Constant, pero todo lo lideraban los laicos del pueblo, es algo “suyo”. Esa es la potencia de las devociones populares, que no podemos desconocer. Don Santiago García Aracil decía siempre: “¿Los curas quieren dejar la presidencia de las procesiones de Semana Santa? Está bien, pero que sepan que otros vendrán inmediatamente a reemplazarlos”.




[1] REGAN, J. “Hacia la Tierra Sin Mal. La religión del pueblo en la Amazonía”, CAAP-CETA 20113, p. 304
[2] Cfr. Ibíd. p. 337

jueves, 17 de octubre de 2019

EL SÍNODO A PIE DE RÍO: RECONOCER Y DESARROLLAR COMUNIDADES EUCARÍSTICAS


“La Iglesia vive de la Eucaristía” y la Eucaristía edifica la Iglesia, lo recoge el número 126 del Instrumentum Laboris y es una verdad que está en el sentir de la Iglesia universal. En la Amazonía, habida cuenta de las inmensas distancias y el escaso número de sacerdotes (en nuestro vicariato somos 13 para un territorio similar a Extremadura, Andalucía y Galicia juntas), se constata la imposibilidad real de que muchas comunidades puedan celebrar la Eucaristía. ¿Cómo hacer?

En primer lugar es procedente una puntualización: ni mucho menos desde todas partes claman por la Eucaristía. En muchos contextos la evangelización es tan inicial o superficial que la Eucaristía es una rareza; recuerdo que la primera vez con los ticunas, celebrando la misa, al llegar a las peticiones le pregunté bajito al animador: “Nadie va a recibir la comunión, ¿verdad?”. Me contestó con cara de asombro: “¿La comunión…?”. Ni sabía a qué me estaba refiriendo. Varios compañeros han narrado episodios semejantes: misas en las que nadie contesta, todos contemplan en silencio al cura comulgar solito… Para mucha gente, la Eucaristía, más que una demanda, es algo extraño, con ese pancito tan chiquito y exótico.

Con todo, para no dejar a las comunidades sin Eucaristía, en el número 129 se propone que: 1) “se cambien los criterios para seleccionar y preparar los ministros autorizados para celebrarla” y 2) “se estudie la posibilidad de la ordenación sacerdotal para personas ancianas”, cosa que es una concreción de lo anterior y ya fue comentado como positivo aunque colindante con el clericalismo. Por otro lado, en el 126 se pidió “que las Conferencias Episcopales adapten el ritual eucarístico a sus culturas”. Todas estas sugerencias son concebidas como acciones “de arriba a abajo”, prerrogativas de la autoridad, lejos de la aspiración del Papa de que los pueblos originarios moldeen las iglesias locales amazónicas “haciéndose uno” con sus pastores y misioneros.

Puesto que se trata de “asegurar los Sacramentos que acompañen y sostengan la vida cristiana” (129),
volvamos al número 127: ¿Podrían pensarse modalidades de jurisdicción en el ámbito sacramental no mediadas por el sacramento del orden? ¿Es posible que las diferentes culturas generen “de abajo arriba” sus propios modos de celebrar y vivir los sacramentos, incluida la Eucaristía? Quizás se me permite soñar en voz alta…

“Adaptar” el rito eucarístico sería como podar un bonsái que recibes ya crecido: le das unos retoques, traduces por acá, pones un símbolo allá, le colocas al cura las plumas y ya, liturgia inculturada. Es cierto que “moldear” alude a dar forma a algo a partir de un material, como hace el escultor con la arcilla, pero la materia prima es únicamente la experiencia original de Jesús. El primer paso debería ser detectar en la espiritualidad de esa cultura concreta los reflejos, las señales, las semillas que Dios “había esparcido en las antiguas culturas antes de la proclamación del Evangelio” (AG 11. 18), la presencia del Espíritu que ya da frutos de buen vivir para esas gentes.

Las culturas amazónicas tienen una clara raíz eucarística. Han sido forjadas durante siglos en el sentido de comunidad, la posesión común de la tierra; el compartir la comida, custodiar y repartir las semillas, convivir de manera respetuosa y sostenible con la naturaleza; la reciprocidad, la solidaridad y la fiesta; el cuidado de la vida y la protección de los más débiles… Es capital reconocer que estas comunidades son eucarísticas, que Dios ya está en ellas aunque “yo no lo sabía” (Gn 28, 16) y, a partir de esta certeza, se podrían arrancar procesos de búqueda y/o creación de las expresiones, los ministros, los símbolos y ritos… que en cada cosmovisión cultural sean significativos porque ayuden a vivir hoy la experiencia de Jesús y su invitación: “hagan esto en memoria mía”.

Desde la base de las raíces culturales podrían crecer y desarrollarse modos propios de celebrar la Eucaristía. Más que unos retoques ceremoniales se necesitaría una verdadera fertilización litúrgica que permitiera desarrollar desde dentro rituales eucarísticos que ya no serían romanos pero sí católicos; serían “suyos” de los indígenas, a su manera y a su estilo, y por tanto elocuentes y característicos; y al mismo tiempo serían patrimonio y riqueza de la Iglesia universal, puesto que “cada cultura y cada cosmovisión que recibe el Evangelio enriquece a la Iglesia con la visión de una nueva faceta del rostro de Cristo” , como dijo el Papa en Puerto Maldonado.

Para asegurar la fidelidad creativa, este modelado de la Eucaristía tendría que ser un proceso de marcado carácter intercultural. Francisco afirmó que la tarea les corresponde a los pueblos originarios como protagonistas, pero “haciéndose uno” con obispos, misioneros y misioneras, “dialogando entre todos”. Ese es el camino: el discernimiento en común, un trayecto sinodal de convergencia de sensibilidades, conocimientos, expectativas, una conversación entre actores que creen en el mismo Dios de Jesús con diferentes visiones culturales, un trabajo en el que varias manos moldean juntas de forma coral sumando destrezas. Una senda comunitaria y espiritual.

Quien se ponga a ello con honestidad deberá renunciar a conocer y controlar los resultados de antemano, abandonándose confiadamente a la acción del Espíritu, a quien no podemos manejar, y por tanto a las sorpresas de Dios. Ello supone amplitud de miras, generosidad y amor a las culturas amazónicas y a la Iglesia, que es como el río que fluye, siempre la misma y siempre nueva.

lunes, 14 de octubre de 2019

EL SÍNODO A PIE DE RÍO: “¿ALGUNOS DE USTEDES DESEARÍAN Y ESTARÍAN DISPUESTOS A SER ORDENADOS SACERDOTES?”


Les pregunté a los animadores: “¿Están de acuerdo con que se ordene a personas mayores como dice el número 129.a2 del Instrumentum Laboris? ¿Algunos de ustedes desearían y estarían dispuestos a ser ordenados sacerdotes?”. Silencio elocuente y cargado… De eso, por ahora y en estos parajes, nada. Lógicamente: si estamos lejos de poder asumir responsabilidades finales mediante un ministerio oficial, más remota se antoja esta otra idea.

- Si yo me ordenase sacerdote, ¿cómo me harían caso los de mi pueblo? Dirían: “pero si a ti te conocemos y sabemos cómo eres, qué nos vas tú a enseñar”… (Eso mismo le pasó a Jesús por cierto).
- Para eso además habría que estudiar mucho y estar muy bien preparados, y yo ni siquiera terminé la secundaria.
- ¿Y eso sería ya para siempre? ¿O solo por un tiempo y luego otro me reemplazaría?

Los animadores, al conversar sobre el asunto, manejan cuestionamientos y objeciones muy pegadas al día a día, a su propia realidad. De hecho, cuando llega el momento de compartir la Eucaristía con la comunidad de Islandia, algunos salen a hacer las lecturas y todos comprobamos que leen con enormes dificultades… Realmente es un sueño que alguno de ellos pudiera ser alguna vez ordenado sacerdote, es algo que nos queda muy grande en el Yavarí.

Pero cuando la conversación trasciende lo inmediato y piensan en compañeros animadores con cuarenta años de servicio, gente formada desde las primeras épocas de esta opción pastoral en el Vicariato, hombres fiables, expertos… ahí la cosa cambia:
- Sí, hay algunos que, si se forman, podrían ser sacerdotes, desde luego.
- Pero están casados, tienen familia – planteo.
- Pero sus hijos ya son grandes, tienen más tiempo para dedicarlo a la Iglesia.

Argumento tan práctico como como contundente. Otra propuesta fue que se les permita ejercer el presbiterado a los que renunciaron y se casaron.

Ahora bien: el Papa se pronunció el miércoles en el aula sinodal en contra de una eventual “clericalización del laicado”. Con toda razón. Si el actual clericalismo que coloniza las cabezas concibe el sacerdocio como un poder que aúna varias facultades (sacramental, administrativa, organizativa), pero el sentir de la gente es más bien que “no se acepta el clericalismo en sus diversas formas de manifestarse” (IL 127), y es preciso “superar cualquier clericalismo para vivir la fraternidad y el servicio como valores evangélicos que animan la relación entre la autoridad y los miembros de la comunidad” (IL 119.c)… ¿no habría que ser extremadamente cuidadosos a la hora de conferir el orden a los famoso viri probati?

Lo digo no porque esté en desacuerdo, al contrario: en principio creo que es una posibilidad que los padres sinodales deberían considerar muy seriamente, especialmente en ciertos pueblos (los achuar, por ejemplo) y atendiendo a las situaciones concretas. Aplicando un sano y “responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares”, por usar la afortunada expresión de Amoris Laetitia nº 300. No hay que cerrar esa puerta, aunque sea vía “excepciones de la regla” como alguien ha dicho, sin negar el valor del celibato y buscando el bien de comunidades acaso más maduras y su vivencia completa de la fe.

Pero hay que reconocer el riesgo de sembrar rangos y categorías, de reproducir esquemas clericales extraños a culturas igualitarias donde la autoridad se entiende como servicio rotativo… No me cuadra. Para que haya la Eucaristía, ¿simplemente se trata de ordenar a algunos hombres casados? ¿Eso es todo? Tal vez la solución para la Amazonía pase por procesos más lentos y elaborados. Nuevos caminos gratuitos y confiados en la acción del Espíritu, porque deberían ser “modelajes culturales” hechos por los propios autóctonos –varones y mujeres- y sin que se sepa de antemano cuáles van a ser los resultados. (Sigue)