sábado, 14 de octubre de 2017

UN OASIS EN MEDIO DEL DESIERTO


Esta misión es un desierto pastoral empedrado de dificultades: reuniones fallidas, aplazamientos de actividades, convocatorias vacías, descoordinación, “siempre se ha hecho así”-ismos, pero sobre todo gente que no aparece, prácticamente nadie del lugar que sea fiable y comprometido, en quien uno pueda apoyarse.

Todo está siempre atravesado por la duda de si te están diciendo la verdad cuando te responden que “sí hermano, allí voy a estar, esa especie de evanescencia loretana que viene a adornar la proverbial informalidad peruana, y que torpedea sin remedio cualquier iniciativa que requiera el trabajo en equipo y que las personas den un paso adelante y asuman responsabilidades.

El fin de semana pasado teníamos encuentro de animadores. Nuestro territorio tiene dos zonas: el Bajo Amazonas y el Yavarí. Los del Amazonas llegaron durante el viernes, tal y como estaba previsto, pero los del Yavarí telefonearon a media tarde: que no encontraban quien les vendiera gasolina y no podían bajar. Que había que haberles mandado desde Islandia un par de latas día antes, pero no fue posible porque quien tenía que llevarlas llegó a casa a las 8 de la noche, sin posibilidad ya de cargar el bote, que salía de madrugada (y tal vez sin tiempo siquiera de comprar el combustible).

¿Qué hacer? ¿Seguir con el encuentro con los cinco que estaban ya acá o tratar de aplazarlo una semana para dar oportunidad a que vengan los del Yavarí? Conversamos y decidimos intentar esto último. Una hora más tarde llamo al teléfono satelital de Buen Suceso, donde está el bote de Santa Teresa que debería haber traído a la gente, y me dicen que OK, que para dentro de una semana, y que ellos van a avisar a los participantes. Y… que el domingo en la noche están en Islandia bajando una maderita, para que los recibamos, conversemos y ya puedan llevar consigo la gasolina para el próximo viernes.

El lector se estará preguntando por qué hay gasolina para venir el domingo con la madera y no el viernes para traer a los animadores… Buena pregunta, nosotros también nos la hacemos. La respuesta tiene que ver con el cruce de intereses del personal; el viernes el viaje no convenía, probablemente porque la madera no estaba preparada. Lo más desagradable es intuir que intentan aprovecharse de la plata de la misión, cuestionarte si hay alguien en quien de veras puedas confiar en esta selva donde rige con mano de hierro la ley de la selva.

Y si hablamos de la propia Islandia, en pleno proceso de preparación de su fiesta patronal, el asunto se hace más agotador. ¡No hay manera de armar una reunión que sea medianamente efectiva! De los 15 miembros del consejo de pastoral que convocas, unas veces vienen 3, al siguiente día 4 distintos… Recuerdo que en la primera ocasión reclamaban que los anteriores misioneros no les llamaban, que hacían todo solos; y ahora, ¡justo al revés! Tal vez se las gastaban así porque no encontraban personas capaces de compartir las tareas con compromiso y seriedad.

Todo acá es como un parto, difícil y tortuoso. Se salva apenas el bingo del otro día. Y, por supuesto, en medio de tanto despropósito, está el grupo de jóvenes. ¡Eso sí que funciona! En mi ausencia, ellos con mi compañera Eunice programaron sus encuentros, y han trabajado bien. Película, tema, diálogo con las superioras que estaban de visita, preparación de la Eucaristía… Anoche estuvimos juntos, y todo sale con naturalidad, entre risas, con gusto. Meeenos mal: un oasis fresco y agradable en este secarral de fracasos y decepciones apostólicas, jaja.

No sé si es que nos estamos equivocando en los métodos, si vamos un poco deprisa, si esperamos más de lo posible hoy por hoy, o todo a la vez. O quizás este implacable reflejo por sobrevivir a costa de lo que sea ha emborronado las capacidades para la gratuidad, para el dar sin más, perdiendo, sin ganar nada aparentemente tangible. No sé. ¿Y qué pasará con el encuentro de animadores? ¿Vendrán los de Santa Teresa en su bote maderero trayendo a los del Yavarí? ¿Volverán los del Amazonas como han prometido? ¿O no aparecerá nadie…? Lo veremos en el próximo capítulo.

sábado, 7 de octubre de 2017

VIVIR EN UNA BALSA


Llevábamos un rato conversando cuando de pronto todo comenzó a bambolearse. Eeeeeehhhhh!!. “Es ese bote, padre”, dijo la tía Marina. “Cuando pasan cerca, nos mecemos”. Zélia rió, yo reí y entonces sentí el impulso de tomar esta foto para contar la experiencia de estar en una balsa sobre el Yavarí.

“¿Cómo pueden vivir ahí?”, pensé la primera vez que vi semejante cosa. ¡Una casa flotante! Las balsas están construidas sobre gigantescos palos de catahua, una madera que increíblemente no solo no se hunde, sino que soporta pesos enormes, hasta el punto de que hay hospedajes, grifos (gasolineras), restaurantes, almacenes, tiendas (en una acá cerca venden una moto, ¿por dónde rodaría?) y por supuesto hogares flotantes. Yo me parto.

Entrar en casa de Marina es ya una odisea, saltar del bote (hay que ir siempre en taxi, claro) sin resbalarte en la madera húmeda y pasar de frente a la sala. “¿Pero quién vive aquí, tú o tu hermano?”. “Todos”. Son dos casas juntas, una verde y una azul, una supuestamente de Policarpo y su esposa, y la otra suya y de su marido (nunca se sabe cuál es de quién), pero todos viven en la verde. Entramos en una estancia estrecha, con un par de mesas, varios asientos y un millón de enseres, adornos, cachivaches, todo abigarrado, demasiadas cosas para tan poco espacio.

Mientras organizamos cosas de la fiesta patronal veo sobre la cabeza de Marina a todos los santos del altar habidos y por haber, porque Marina y su familia son los católicos viejos de Islandia. De hecho su abuelo es uno de los fundadores, y tengo pendiente preguntarle cómo se les ocurrió crear un pueblo sobre el río y en un cacho de Perú que está dentro de Brasil… Es un enclave de peruanidad en tierra extranjera, y nosotros somos hitos vivientes (el desfile del día de fiestas patrias debió de ser tremendo, yo estaba en Isla Cristina).

Y el Señor de los Milagros, patrono del Perú, emblema de su carácter y su religiosidad, es también el patrono de Islandia, como no podía ser de otra manera. La balsa se trocolea de vez en cuando mientras armamos reuniones, kermés, pergeñamos oficios, imaginamos premios para otro bingo gordo (jeje), Zélia y yo preguntamos, Marina nos explica, y vamos aderezando el guiso de la fiesta que habíamos comenzado a cocinar la noche antes en el Consejo de Pastoral.

Las casas-balsa suelen tener una especie de minicobertizo en un costado donde está el WC, pero seguro que se bañan en la parte de atrás, en el río, como todo el mundo acá. En medio del Yavarí no hay señal, pero es que además la tía Marina vive a menos de 50 metros de donde estaría la línea divisoria entre Perú y Brasil, más cerca de Benjamin Constant que de Islandia. Este mes de octubre viste el hábito morado, como buena devota del Señor de los Milagros. Me ha parecido que en la casa hay luz, pero desde luego agua de la Municipalidad seguro que no.

“¿Pero ustedes tienen título de propiedad?”. “Sí, ya lo tenía mi padre. Los papeles dependen de Capitanía, porque es un terreno fluvial”. Cuando baja el río, como en esta época del año, la casa se retranquea hacia el pie del barranco que es la orilla; hay otras balsas que están más atrás y se quedan en tierra firme, pero la de Marina no, es siempre acuática. ¿Cómo será durante la noche? Habrá un silencio delicioso, con pinceladas de los rumores del río.

También se moverá mientras duermen. Seguro que están acostumbrados y será como cuando se mece una cuna, más rico descansan. Claro que, si comen sopa han de tener cuidado con las sacudidas traicioneras. Se me ocurre que la vida es como habitar una balsa: hay momentos en que todo tiembla y amenaza con hundirse, instantes de gran serenidad entreverados con truenos de tormentas, silencios sembrados de Presencia y, siempre, la alegría de mantenernos a flote y estar juntos en la misma balsa, por muy lejos que diga el mapa.

domingo, 1 de octubre de 2017

EL DÍA EN QUE GANÉ AL BINGO


- Puuchaa padre, ¡a los tiempos! ¿Dónde has estado?
- De vacaciones un par de meses.
- Pero ¿te fuiste a tu país?
- Ajá, y estuve con todita mi familia: mis papás, mis hermanas, mis sobrinos, mis cuñados…
- Qué bueno. Pero dos meses es mucho tiempo. Acá hemos pensado: “capaz el padrecito no vuelve”…

Esta conversación se repite, con más menos variantes, estos primeros días de retorno a Islandia: “Has demorado bastante”, eso significa que tal vez me estaban esperando... En mi cuarto varios carteles me recibieron cuando llegaba con mi maleta: “¡Feliz regreso! La misión tiene nuevo brillo con tu presencia”. Parece que mis compañeras también me extrañaban; hasta había un chocolate aguardándome sobre mi mesa, y duró cero coma.

Pero no solo eso: hay sandwichera, concentrado de jugo de mango que está buenazo, la puerta de la iglesia se abre extrañamente bien (¡!), el tanque de 2000 litros está a full porque llueve en serio (se ducha uno sin tantos remordimientos), hay cubiertos nuevos, sartenes y olla a presión, ¡impresora! y tele recién estrenada porque la otra se quemó. Incuso están colocando las nuevas canalizaciones (podríamos tener agua incluso cuando el río suba), y dicen que para el 1 de enero habrá electricidad 24 horas según unos, o de 6 de la mañana a 11 de la noche según otros. ¡Un montón de avances! Voy a tener que buscar otra misión realmente austera, jeje.

Dos meses después, la vaciante del Yavarí ha modificado el paisaje prodigiosamente, es impresionante. La orilla es ahora un tremendo barranco de cinco metros mientras el río ha retrocedido el ancho de tres o cuatro pistas de tenis. Todo un mundo sumergido reaparece: gradas, canchas de fútbol y vóley, empalizadas, senderos, chacras… La tierra seca bajo nuestra casa sigue produciendo fauna que se empeña en visitarme: en dos días, una rana y una araña han perecido en acto de servicio, ambas tamaño XXL.

Es mi casa, aunque da un poco de reparo decirlo cuando todavía tengo en el paladar el gusto de mi casa y en mi cuerpo el calor del abrazo de los míos. Es misión, y como tal exige que rapidito me ponga las pilas y meta la cuchara: casi sin sacar los regalos, reuniones varias para preparar el encuentro de animadores del fin de semana próximo y armar la fiesta patronal. Así que además de adelantos y bolo de yuca, me esperaban chambas. Y música de los vecinos israelitas casi sin parar. Y una tormenta esta madrugada con unos rayos y truenos que estremecían la tierra, el agua y los cuatro palos entre los que duermo.

Los jóvenes también han cambiado su día de grupo al sábado, así que ayer noche tuvimos la suerte de estar juntos, y esa algarabía, esa bulla, esas bromas, esas sonrisas, ese desbarajuste… eso sí que me hace sentirme como siempre, en mi sitio. Los jóvenes son desde hace muchos años mi patria, allá por donde voy los encuentro, o ellos a mí, y estoy en casa. Gracias.

Pero antes, en la tarde, había programado un bingo a beneficio de la sacha-parroquia. El viernes, en un rato muy serio del Consejo de Pastoral, se vio que se había dejado todo para el final, faltaban premios, varios bingos eran ilocalizables, etc. Pero al final, y en un arrebato muy peruano, todo sale adelante sin que se sepa muy bien cómo. De pronto la puerta de la iglesia se llenó de gente (nunca he visto allí tal multitud), en un plis plas se acabaron toditas las papeletas, Susan agarró el megáfono y empezó a cantar. Regalo sorpresa, juego de vasos, cesta con víveres, otros que no me acuerdo, seis ollas y el último un ventilador. Nunca jamás gano a esto, así que no me sorprendió no sacar nada, hasta que llegó el final; bromeé con que me hace falta un ventilador para la misa, que sudo mucho… ¡y me tocó! Se hizo un silencio cuando canté bingo, y el más sorprendido fui yo.

Con la bajada del río, las balsas toititas se han movido, así que me perdí en Benjamín cargado de equipaje buscando los botes de Islandia, y al pasear por el muelle es como si mi sobrino hubiera cambiado todo de lugar haciendo el zonzo: casas, lanchas, botes, grifos. Estoy en proceso de reubicarme, y no solo geográfica o climáticamente, sino sobre todo personal y emocionalmente. Porque dos años es mucho tiempo… pero dos meses también, jaja. Triunfar en el bingo ayuda.

martes, 26 de septiembre de 2017

TENGO LA TORRE ENCIMA


Llevo viéndola acercarse varios días, cada vez más amenazadora, inexorable en su silencio. Estoy ya bajo su sombra, que emborrona el corazón y le inocula su tristeza característica, la de la despedida. Porque ya me voy.

Estas palabras aparecerán dentro de unos días, cuando ya esté en Iquitos, pero las escribo, como otras veces, en la noche, velando mis maletas a medio cerrar, aprendiendo que marcharse es una rutina que nunca se aprende. Un dolor conocido pero cada vez más temible; una cisura en el corazón, de apariencia pequeña, pero insistente y cruel, por donde la vida palidece y se te marchita.

Estas semanas de vacaciones han sido tremendas. Miro atrás y veo ahora lo cansado que llegué, agotado física y emocionalmente. La principal conclusión es que dos años son demasiado tiempo sin venir a casa. Es necesario regresar con más frecuencia; mi familia lo necesita, mis padres... y yo lo necesito mucho. En dos años te pierdes muchas cosas, mis sobrinos crecen un palmo, ocurren cambios y uno se queda como descolgado.

Dos años después la percepción del paso del tiempo es rotunda y demoledora, de pronto te has hecho más viejo, la vida ha evolucionado, hay un mundo que se te escapa, problemas de los que estás al margen, trechos de camino que no compartes... En dos años puedes perder referencias vitales y afectivas, y acusar más el desgaste de la lejanía y los estragos del aislamiento de aquellos ríos. Tengo que volver antes a beber de la fuente del equilibrio.

De nuevo no me ha dado tiempo a ver a todas las personas que me hubiera gustado, disculpen los que se quedaron esperando y no pudo ser. Solo con su cariño me ayudan en este momento de nostalgia y de miedo. Porque tengo miedo, ¿eh? Creo que porque soy más consciente hoy de lo bonito y lo duro de lo que me espera. La aventura deja paso a la realidad; la ilusión del novato a la lucidez llena de ganas. Y la realidad supera siempre a los sueños.

Sé que no estoy solo. Mientras escribo esto, me llega un whatsapp. Para mí, directamente de Diosito:

Te vas. Te marchas lejos, estarás ausente. Para mí, siempre siempre, muy presente. Esta vez todo será diferente, ya no hay comienzo, no existe el no saber cómo ira todo, aunque existan dudas, miedos...cansancio, NO hay torre.
Hay FE, VALOR, AMOR... hay lucha de sonrisas entre humildad y paciencia, hay estimulo desde lo más profundo del corazón. 
Deberás cuidarte cada segundo, para seguir cumpliendo sueños, destinos… Y a ello le sumo tu misión Yavarí, tú no tienes que hacer nada, solo caminar con ilusión, y ganas de ser feliz.
Todo forma parte de mí. Para ti.
A la vuelta de tu gran pequeñez, espero seguir sintiendo tu sonrisa, cada vez aún más libre de dolor. 
Estoy contigo. A tu lado. Cada instante estaré junto a ti.

jueves, 21 de septiembre de 2017

MISIONERO DE VACACIONES: REPARACIONES


Estar en el terruño le permite a uno someterse a ciertas reparaciones que, con ser necesarias, habitualmente no caben en el ritmo de vida amazónico. Porque no se dan las condiciones o los recursos, no están las personas adecuadas o no se encuentra tiempo... o sea, porque habitualmente soy un dejao más perro que una manta y no le echo cuenta a asuntos que en vacaciones parece que cuadran mejor.

Uno es la salud. Hacerse una analítica completa para comprobar que estoy como una pera. Pasar a revisar algunas caclas leves pero fastidiosas: esa carraspera que me acompaña hace tiempo, algunas manchas en la piel, la visita a la podóloga para que repase mis piececitos y... la cita con el dentista, que temo como una vara verde desde que era niño. Esta vez incluso obligado por la muela rota que ya conté aquí. Una castaña, vaya.

En vacaciones no hay muchas oportunidades para ver a demasiados compañeros, pero se pasa por el obispado y se renueva el sentido diocesano. He conversado un rato con el obispo, que siempre me dice que recuerde que tengo la puerta abierta para regresar a casa; he recibido las atenciones exquisitas de Gabriel Cruz, el delegado de misiones, de Paco Maya y de los capos de la economía, Yolanda Pírez y Julián Peña. A pesar de que me he ido a la selva y no estoy trabajando en las misiones institucionales de Chachapoyas, es refrescante comprobar que somos todos de la misma categoría, ¿eh? Por si alguno piensa divergente, que haberlos haylos.

Resulta muy divertido comprobar que mi equipo de estudio del Evangelio sigue en su camino de reuniones con más o menos quorum, su formación en la metodología de El Prado, las ocurrencias de Pepe Moreno y las habituales bromas y chismes de sobremesa en el Rogelio. Este es un tipo de espacio más relevante de lo que parece y que se echa mucho de menos por aquellas latitudes... los presbíteros del Vicariato somos numéricamente menos que los de mi grupo cuando van todos.

Para ponerse a punto, nada como pasar por mis antiguas parroquias. Celebrar la Eucaristía, saludar a millones de personas (sobre todo si coincide con la fiesta, como en Santa Ana y Valencia), tener presente lo que he vivido y saborear el significado que tienen para mí mis pueblos. Avivar el agradecimiento, que tanto bien nos hace, con la perspectiva de la historia: no sería ahora la persona que soy ni estaría donde estoy si no fuera por tanta gente que me ha modelado. Es tonificante comprobar que la generosidad sigue intacta, la lotería de Navidad que ha hecho la asociación Ardila se ha vendido al toque, incluso en La Lapa y el Valle, adonde en esta ocasión no he podido ir (discúlpenme, por favor).

Muy necesario también restaurarse por dentro, a veces en territorios complejos, y entonces hay que acudir a los expertos como Alfonso López-Fando, para que con su delicadeza y su sabiduría humilde me ayuden a comprenderme, restablecer mis referencias vitales y emocionales, recomponer mis zonas fracturadas y resituarme. Como a todo el mundo, me toca ser a veces como un árbol sin hojas que para rebrotar precisa de cariño, acogida y competencia. En general, junto a personas con un deseo muy grande de que yo esté bien y sea feliz, las reformas son más descansadas y uno mejora con más decisión.

Reajustes, renovaciones, adaptaciones, arreglos, rehabilitaciones. Las vacaciones se hacen tan cortas que parecen un pit stop de fórmula 1: llega Fernando Alonso a los boxes, le cambian las ruedas y le reparan el alerón delantero en 5,8 segundos, y a seguir la carrera como una bala, que pa luego es tarde.

sábado, 16 de septiembre de 2017

MISIONERO DE VACACIONES: AMIGOS


Mi vida cotidiana se desarrolla lejos de mis amigos. Desde esa ausencia se aprecia con nitidez lo primordiales que son en mi vida (tiene razón Khalil Gibrán: "Cuando os separéis de vuestro amigo, no os aflijáis. Pues lo que amáis en él puede tornarse más claro en su ausencia, como para el alpinista aparece la montaña más clara vista desde la planicie"). Por eso, un capítulo central de las vacaciones es el reencuentro con ellos.

Es casi mágico comprobar cómo al toque te sientes en casa y a salvo. Son horas vivas en las que eres completamente tú mismo, con toda tu historia. Están los amigos de siempre, del colegio, de los juegos en la plaza; y también los de la primera juventud, la de los grupos, el teatro y los exámenes de COU. Nos ponemos al día y comprobamos cómo evolucionan los temas de los que hablamos, testigos calibradores del paso del tiempo: de las carreras a los trabajos, de las parejas a los hijos y de acá a la edad de nuestros padres. Aunque hay privacidades que lógicamente no manejamos, disfrutamos de una complicidad inequívoca y única.

Luego están el día de ferreona en Piporra, el pastel de calabacín, el colador en la cabeza y la siesta junto a la piscina con un helado. Los amigos que he encontrado los últimos años, fruto de la vida en mis pueblos, que son más sustanciales para mí de lo que ellos se imaginan. Son como una firma de la bendición de Dios, que me regala nuevas familias allá por donde paso, plantando en mis fibras preciosos tonos de la amistad siempre nuevos. Ellos me siguen ayudando a ser mejor persona.

Con los amigos más íntimos el estar juntos cristaliza en la conversación personal. Ahí caen todas las barreras, no queda ni rastro del personaje y emergen las heridas que todos arrastramos, unas más palpitantes y otras más cicatrizadas. Nos contamos la vida, compartimos experiencias de las que no nos sentimos precisamente orgullosos, y lo hacemos con hambre de silencios comprensivos, miradas capaces de penetrar y sanar, abrazos que regeneran las profundidades a veces erosionadas. Son un seguro para mi corazón "en procura de paz".

Es muy cierto que "vuestro amigo es a la medida de vuestras necesidades", es quien posee el don de trascenderse y reinventarse para ofrecerte lo que tú necesitas, sin juzgarte. Tu amigo sabe que tú eres más importante para él que él mismo, y es feliz por ello. Camina, trabaja y vive en gran medida por ti, y siempre y completamente en ti. Esa sintonía empareja los sueños y permite respirar hacia adelante.Tu corazón continúa escuchando a su corazón todas las horas, y no hay distancia que pueda romper eso, ni marchitarlo, porque este género de amor está conectado directamente con la Fuente.

Por eso estos días es decisivo para mí sembrar este campo, volver a cultivarlo, escuchar los síes y los noes debidos, dar lo que pueda y cosechar con agradecimiento. Así la amistad se reactiva y al mismo tiempo me dispone a seguir enfrentándome a las soledades y a las peripecias que vendrán. Nadie hay más valioso para mí que mi familia y mis amigos. Aspiro a reflejarles algo de lo que de ellos recibo. Y ya tengo la torre encima, porque cuando llega el momento del adiós se paladea lo amargo de marcharse y se teme el desgarrón de la nostalgia. Ahí Khalil Gibrán pide demasiado.

sábado, 9 de septiembre de 2017

MISIONERO DE VACACIONES: CONTACTOS


La primera parte de las vacaciones ha sido un mes de descanso total, tarifa plana de siesta, celular apagado, recuperación corporal con proceso de engorde, conversar con mis padres y mis hermanas, paseos por la playa, algo de lectura y por supuesto trote con mis sobrinos: hacer el burro con barca neumática, tirarnos por los toboganes del parque acuático, ir al pueblo a cenar pizza, jugar al fútbol, etc. La segunda parte de esta estancia en España transcurre en Mérida y alrededores, y en ella disfruto otros encuentros típicos de las vacaciones de un misionero.

Hay que aprovechar la oportunidad para propiciar contactos con personas que puedan ayudar a mi misión de diferentes maneras. En Madrid visité a D. Anastasio Gil, Director Nacional de las Obras Misionales Pontificias, el hombre clave de las Misiones en nuestro país. Quería conocerlo además porque es el responsable de la OCSHA, el cauce de la Conferencia Episcopal Española a través del cual estoy en Perú, y él es, junto con los obispos, quien firma los contratos que me vinculan con el Vicariato.

Don Anastasio me recibió muy amablemente, y me dijo que ya me conocía por otras referencias y por mis escritos 😳. Hablamos de muchos temas: del Yavarí, de la situación de las vocaciones y los envíos misioneros en España, del Vicariato y de la selva, de la asignación que recibimos los misioneros para nuestro sostenimiento personal, de la organización de la OCSHA y sus miembros en el Perú, de la formación, de cuidarse la salud... No está mal sentirte apoyado "institucionalmente", que alguien se acuerde de que existes aunque sea para enviarte una tarjeta de Navidad o la revistilla Carta de Casa.

Quería informarme de cómo solicitar apoyo económico para la misión y al toque me presentó al director del Fondo Nueva Evangelización. Me explicaron mecanismos y plazos, me dieron formularios y también algunos consejos para que las peticiones lleguen a buen puerto. La sede de la Conferencia, lugar elegante, silencioso y lleno de clergymans, impresiona un poco, pero me atendieron muy bien y salí contento.

Magníficamente me trataron en Religión Digital, la web en la que escribo semanalmente desde hace algunos años. Llamé al timbre de la oficina de la calle Asturias, cerca de Plaza de Castilla, y me abrió la puerta el propio José Manuel Vidal, director de la página. Tomamos un café con Jesús Bastante y Cameron Doody comentando cosas que sabemos que luego no escribiremos (al menos en ese tono, jaja), y al ratito ya estábamos Jesús y yo haciendo la entrevista. Como es la segunda vez, me sentía menos nervioso (creo). Ahí hablamos sobre mi misión, la vida allí, la iglesia en salida, el papa Francisco... Me sigo sorprendiendo de que gente de este nivel piense que tengo algo que contar.

Y más todavía me asombran la generosidad y la delicadeza con la que me dedicaron media mañana ¡a mí! Me invitaron a almorzar en el Robin Hood de Bravo Murillo, genial idea del padre Ángel de Mensajeros de la Paz para que las personas sin hogar coman las mismas cosas que comemos los clientes del restaurante. Pidieron un vinito bueno para brindar, charlamos sobre un montón de temas y me animaron a ponerme el chip de periodista, hacer entrevistas y contar más historias. Fue un rato estupendo de verdad, estoy muy agradecido.

En todo momento, como tanta gente, expresaron su admiración hacia los misioneros. Ya dije que las alabanzas y piropos me incomodan porque sé que me vienen grandes (no soy Robin Hood, conozco bien la pasta de que estoy hecho), pero comprendo que no son a mi persona, sino a lo que represento, y así los recibo. A pesar de que pedimos espinacas de primero, durante la comida se me rompió una muela. Fui al baño y pensé que, a pesar de todo, el cariño y el reconocimiento hacen bien si uno tiene la cabeza en su sitio. Y a mí Diosito me apeó del burro, en la caída perdí varios dientes, algunos se pudieron reconstruir, otros me salieron nuevos, y así tiro palante, pero ya siempre con los pies en el suelo. O en el agua del río.

sábado, 2 de septiembre de 2017

DOMINGO EN LOBÓN


Mi compañero Casimiro me envió un mensaje por twitter: "Guarda un domingo para celebrar en Lobón que tenemos un presente que darte". Yo le llamé el día antes: "¿Cómo es lo de la misa de mañana?" - le pregunté. "No te preocupes, que no es ningún 'pifostio' en plan 'padre misionero', será algo muy sencillo". Menos mal, pensé, mientras conducía un poco a tientas porque era la primera vez que iba a la parroquia de Lobón.

Así que, sin que nadie me conociera, allí me encajé. No había demasiada gente porque la víspera había habido un funeral de mes por una persona joven (las cosas de los pueblos), se trataba de la misa normal del domingo con un par de detallitos: la bendición de una imagen de San Judas Tadeo (con todo y cuerno) y el obsequio prometido. De modo que salí, me presenté en treinta segundos y todo discurrió como de costumbre allí. La homilía trató sobre el evangelio, y fue breve; los lectores, el pequeño coro... como siempre. Me gustó la proyección en una pantalla de las oraciones y cantos de la misa, estaba muy bien hecha y era muy pedagógica, se lo curran. Todo el tiempo me sentí muy cómodo; si acaso sufrí un poco por el seseo (parezco de Fuente del Maestre) o por "el Señor esté con ustedes", que a veces se me escapa.

Llegó el momento final. Casimiro salió a explicar que los críos que este año han hecho la primera comunión, junto con sus padres, habían decidido regalarme la mitad de lo compartido aquel día "para ti, para lo que tú creas conveniente". Un grupo de zagales subió a hacerme entrega de un sobre y yo a mi vez les ofrecí unos llaveros con motivos de la selva para ellos y sus compañeros que no estaban. Luego hablé tres minutos en los que agradecí, conté en una pincelada dónde estoy y cómo es más o menos la misión del Yavarí, y pedí oraciones por los misioneros. Ahí nomás. Sin grandes ceremonias.

Ya en la sacristía, cuando Casi y yo nos estábamos despidiendo, entró una señora a preguntarme si podía esperar una mijita, que ella también quería traerme su colaboración; y luego llegó un pareja, muy serios, de la junta directiva de la Hermandad de la Virgen de la Asunción, patrona del pueblo, diciendo que "hemos sabido que venía usted hoy, y queremos también darle un donativo de parte de la Hermandad". Me pasaron su sobre muy discretamente, casi con rubor, y yo lo recibí con más roche todavía, sin saber apenas qué decir porque no tengo en mis registros palabras adecuadas para estos casos. Y eso que no sabía las cantidades; más tarde descubrí que, entre unos y otros, llevé un pastizal.

¿Tú le zamparías un sobre con dinero a un desconocido? Mientras el carro devoraba los kilómetros yo cavilaba sobre lo que había pasado. Sobre lo que suponen para mucha gente los misioneros, y el hecho de que yo lo soy, aunque no me lo acabe de creer. Sobre la responsabilidad tan enorme de que personas, sin conocerte, confíen en ti hasta el punto de compartir a fondo perdido; y la desproporción sideral entre el signo que llevo puesto y mi verdad, entre la vasija de barro y el tesoro, entre la entretela de mi persona, hecha de limitación y pecado, y la gracia que Dios me ha dado, tan hermosa... y a veces tan pesada.

Si supieran, seguramente no serían tan espléndidos. Pero ellos no me dan a mí, dan a la misión, a la Iglesia en salida, a quienes entienden que intentan comprometerse por los más pobres, y es para ellos esa plata. Mi insignificante persona es un pequeño instrumento que pasaba por allí. Gracias a la gente de Lobón y a su párroco Casimiro. Me encantó su generosidad modesta y eficaz, evangélica hasta las trancas, sigan así. Sin aparatos ni postizos: el protagonista es Diosito lindo y solo Él. Y por cierto, ahora que tienen por allí a San Juditas, intercesor de las causas difíciles, pídanle por mí, que buena falta me hace.

sábado, 26 de agosto de 2017

SÍ TENEMOS MIEDO


Neymar siempre sonríe. Es un chivolo que vive dentro de un videojuego, en un mundo de fantasía, acompañado por sus toiss, entre fiestas, fama mundial y un sueldo de 30 millones de euros al año. Pero su primer partido con el PSG fue a los dos días del atentado terrorista de Barcelona, y durante el minuto de silencio previo se le vio llorar. Dominado por el desconsuelo y la tristeza, como todos. Porque todos tenemos miedo.

Es duro sentir que en cualquier momento unos locos pueden agarrar una furgoneta y acabar con tu vida, así, arbitrariamente, como quien se toma un helado. Es más espeluznante si además los asesinos lo hacen en nombre de Dios, su Dios, y en contra del nuestro: “A los cristianos españoles, no os olvidéis la sangre derramada de los musulmanes de la inquisición española. Vengaremos vuestra matanza, la que estáis haciendo ahora actual con el Estado Islámico”. Aterrador. Pero lo que más impresiona es comprobar que los terroristas están logrando su objetivo.

El primero es hacernos creer que es una cuestión religiosa, cuando es una cuestión económica. El Enemigo no es Alá, es el de siempre, es el dinero. El escritor argelino Mohamed Moulessehoul lo expresa con claridad: "Lo que hacen los terroristas no es por dios, es por el dinero, la soberanía. Es un golpe de Estado. Se disfrazan de la yihad, pero en realidad, los jóvenes que son devorados por este movimiento son unos mercenarios. Quieren violar, asesinar, pero dios no está en este combate. Hay que dejar de asociar el Islam a este tipo de cosas. Los yihadistas sobrepasan mucho el carácter religioso"*.

Cualquier extranjero hoy en España no podrá evitar encogerse ante al ola de xenofobia que nos envuelve. Ayer por la mañana pasé junto a tres chicos sentados en la plazoleta frente a la delegación de Hacienda; serían inmigrantes porque hablaban en árabe, y una de las dos muchachas llevaba hiyab. Les miré y al toque hicieron silencio. La atmósfera de este país está envenenada de prejuicios tan agresivos como falsos: "Todos los musulmanes son unos terroristas". Y con él vuelve el clásico: "Los extranjeros que se vayan a su país, que nos quitan el trabajo". Ahí está otra vez el Enemigo asomando su cola serpentina.

En ese clima llegó el evangelio del domingo pasado, Mt 15, 21-28, en el que Jesús supera su propio rechazo a la mujer extranjera y reconoce que ya no hay "perros", sino que todos somos "hijos" del mismo Padre, que a todos nos invita a la salvación sea cual sea nuestra raza, cultura o religión. Mi compañero Paco Sayago lo comentó más o menos así: "No es cristiano cerrar las puertas a los refugiados ni a los inmigrantes. La curación de la cananea, una malnacida para los judíos nos muestra que la salvación de Cristo es para todos, todos, sin exclusión alguna.Y, como cristiano, o tengo las puertas abiertas a todos, o mejor que pida la baja entre los seguidores del Nazareno, Crucificado y Resucitado". Yo dije algo parecido en la homilía de la capilla de la playa y un hombre se levantó y se fue.

Los terroristas nos están venciendo. Siembran muerte y cosechan odio, e intoxican nuestra sociedad de división. El conseller de interior, detallando las procedencias de las víctimas de la matanza, distinguía entre "dos personas catalanas y dos personas de nacionalidad española". Jaja, todavía me hace sonreír... ¿Cómo no va a haber islamofobia si nos empeñamos en diferenciar hasta ese punto? En línea con Puigdemont, que dice que los atentados no van a cambiar la agenda separatista, pues según él "solo un Estado independiente catalán podría luchar eficazmente contra el terrorismo". Su paisano Serrat canta "Cada loco con su tema", pero que nadie olvide que el tema catalán también es una cuestión económica.

Y para ayudar, interrumpiendo los mutuos reconocimientos de las administraciones y los varios cuerpos de seguridad del estado por haber abatido a la mitad de los criminales (lo cual a todo el mundo le ha parecido muy bien, que los maten nomá), el sacerdote Santiago Martín se descuelga en otra homilía diciendo que "Una parte de culpa, y seguramente los abogados de las víctimas lo recordarán, es de la alcaldesa de Barcelona"**. El arzobispado de Madrid se apresuró a desautorizar esa burda politización de los muertos de la Rambla, pero eso no impidió el sonrojo de los católicos. El 90% de los musulmanes estarán tan horrorizados como nosotros ante el conjunto del espectáculo.

Llora Neymar. Se fue del Barça porque el jeque qatarí Nasser Al-Khelaïfi pagó los 222 millones de su cláusula. Una barbaridad de plata que proviene del petróleo que Qatar y Arabia Saudí venden a occidente; dinero que financia el wahabismo extremista en España***. Tal vez esas lágrimas intuyen ese parentesco entre lo que él cobra y lo que compra los explosivos y las armas de los terroristas. Mientras esto escribo, veo la manifestación de Barcelona. Esta el Rey. Me emociono al ver tal muchedumbre y este artículo es mi aportación, pero no me identifico con el eslogan "Non tenim por". Sí que tenemos miedo, pero no dejaremos que el miedo nos venza, ni nos descomponga como sociedad, ni levante fronteras en nuestros corazones. De modo que "Menos lágrimas y más hacer cosas", ahí el cura sí acierta.



*https://elpais.com/internacional/2014/11/26/actualidad/1417035903_857051.html

** http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2017/08/21/santiago-martin-culpa-a-ada-colau-del-atentado-de-barcelona-iglesia-religion-dios-jesus-barcelona.shtml

*** http://www.lamarea.com/2017/08/19/dinero-del-wahabismo-arabia-saudi-qatar-espana-parte-1/

lunes, 21 de agosto de 2017

PAKRACHU MADRINA


Estábamos entrando en Punchana, la sede del Vicariato en Iquitos, aquel día de finales de enero. Javier iba a iniciar su servicio como obispo de San José del Amazonas, y yo le acompañaba junto con otras personas, en parte para apoyarle en este gran cambio en su vida y en parte atraído por la ocasión de conocer la selva. Había unos cedazos de mimbre decorando la puerta grande del garaje, cada uno con una letra, que formaban la palabra “Bienvenido”. Al frente del grupo de misioneros y trabajadores que recibían al nuevo obispo me sorprendió ver a una mujer alta, delgada y rubia, con guitarra en la mano y acento centroeuropeo, llevando la voz cantante. ¿Te acuerdas, Madrina? Esa imagen está en mí para siempre.

Me figuro que, igual de asombrados que yo, estarían en Tamshiyacu o San Pablo los primeros años: esa ñañita gringa, de ojos verdes y pelo amarillo, blandiendo el machete en la chacra, tan chivola, remando por el río, o sirviendo masato a los hombres bajo el sol el día de la minga. Llamativa e inolvidable hace treinta y tantos años, igual que hoy, porque llevas más de la mitad de tu vida en el Vicariato y has pasado por infinidad de experiencias, curtida en mil batallas y superviviente de cuántas crisis y hecatombes. Memoria viviente y al mismo tiempo motor y corazón de nuestro pedazo de iglesia selvática.

Formas parte, por antigüedad y relevancia, del paisaje loretano. Es chistoso comprobar cómo todo el mundo te conoce, por todas partes te encuentras gente que te saluda, jaja. En Iquitos los mototaxistas me hablan de la hermana Domi, te paran por todo el Amazonas, en Pantoja, en Soplín, ¡hasta en Rocafuerte, que está en Ecuador! Todos te recuerdan (es difícil que pases desapercibida), pero como tú no puedes acordarte de tantos nombres, a todas las mujeres las llamas “Josefa” por si suena la flauta, yo me mato de risa; un día, me cuentas, acertaste… ¡y había que ver la cara de satisfacción de la señora!

El curso del CEFIR fue una buena introducción a la vida misionera en la Amazonía (¡pakrachu por invitarme!), pero también fue una oportunidad para convivir contigo más tiempo. ¿Cómo es posible que siempre tengas temas de conversación? ¿De dónde sale ese arsenal de bromas y chistes para reírte tú y hacernos reír a los demás? En el bote, en el partido de fútbol, en clase, en el almuerzo, en la oración… ¡en la fiesta! Muchacha, ¿cuál es el secreto de esa energía? ¿Quinua, maca, LL, RC*…? Diosito lindo. Aunque observo maravillado que también tienes harta clientela para diálogos del alma, acompañamientos en situaciones delicadas, consejos y confidencias. La tuya es una profundidad muy inculturada: simpática pero auténtica.

Mi fascinación por ti es gemela de mi fascinación por la selva: las dos comenzaron aquel día como un flechazo insensato. ¡Cuántas preguntas te habré hecho (y las que me quedan)! En las noches de vodka y derrotas en las damas chinas, procuro abrir todos los poros de mi entendimiento y mi intuición para aprender y hacer tesoro de tus aventuras, tus puntos de vista, tus posiciones teológicas, tus esperanzas de futuro. Me enorgullece y me pasma que en muchas cosas opinemos igual… ¿Sabes qué? Varias veces, cuando hemos comentado algo, he notado que estábamos pensando exactamente lo mismo.Y eso que yo todavía no he tomado ayawashka, jaja.

Siempre tengo presente que te viniste como misionera al Vicariato “para siempre”, como tú dices. Eras casi una niña pero ya lo tenías claro, y aquí sigues. En estos tiempos de turismo solidario y de misioneros con contratos temporales, tú eres el icono de lo que dice Monseñor Gerardo: “el misionero es como el pistolero: hasta el final”. Eres una inspiracióń, a mí tu vida me interpela, y cuando dices que soy “tu pesca”, me siento afortunado y desafiado en la misma medida. Porque al Vicariato llegué por mi propio pie y a la vez cautivado por ti. Ser pesca tuya es una denominación de origen, un certificado de calidad, como el vino de Ica; implica de alguna manera seguir tu estela, parecerme a ti, y creo que me viene grande.

Todo esto te lo digo ahora que no nos oye nadie, tú en Polonia y yo en España. Espero que estés descansando y al mismo tiempo cuidando a tu mami. Nos veremos en Lima, listos para más peripecias por el Napo y el Yavarí. Te deseo sumak kawsay mientras tanto. ¡Gracias Madrina!

*Iniciales de ciertas potentes bebidas iquiteñas. Interesados preguntar de frente a Dominik…

domingo, 13 de agosto de 2017

LA FUENTE DEL EQUILIBRIO


No me di cuenta hasta que tuve treinta años y hube de enfrentarme con la primera gran encrucijada real de mi vida (las anteriores opciones fueron tomadas en buena medida con el piloto automático puesto, en estados de inercia más o menos consciente o infantil). Ahí, cuando había que cambiar la espada de madera por la de verdad, sentí cuál es el único territorio seguro: mi familia. Hoy, tanto tiempo después, en estas vacaciones, veo que aquello que percibí está aprendido definitivamente, escrito en mi corazón.

Durante las lentas horas en bote por el Yavarí leí el libro de John Carlin y Rafael Nadal “Rafa. Mi historia”. Me pareció simple y repetitivo como el ruido del motor (peque-peque-peque…), pero entre tanta imposible descripción de golpes en finales contra Federer, captó mi atención la insistencia en que la columna que sostiene a Nadal como persona y como deportista es su familia. Su fisioterapeuta, Rafael Maymó, dice en el capítulo 1 que “nunca se insistirá suficiente en la importancia que tiene la familia en su vida, ni en lo unidos que están todos”.

Se hacen largos dos años sin volver a casa. Antonio Sáenz siempre lo decía, y también que, cuando regresas al Perú, en vez de acostumbrarte a la despedida, cada vez es peor, y eso ya lo comprobé amargamente. En casa no queda ni rastro del personaje que se hace el protagonista en internet o que por momentos se cree especial enredado por el fino embrujo de la vanidad. Aquí solo soy el hijo, el hermano, el amigo, el cuñado… y el tito. Les pongo el desayuno a mis sobrinos (todos con las marcas de las sábanas en la cara), nos vamos a la playa a hacer el burro y a montarnos en la barca de plástico, les compro un helado pasando de lo que digan las madres y le encargo a Pilar que me haga un marcapáginas antes de jugar a las palas al atardecer.

Ellos no saben muy bien por qué estoy en el Perú ni a qué me dedico, solo reclaman que regrese ya de una vez. Con ellos desaparecen el sacerdote, el misionero en la selva o el supuesto héroe que intenta salvar el mundo. Porque siguen creyendo que soy igual que ellos, quieren que me monte en todos los toboganes del parque acuático y que eche el partido de fútbol con ellos, nos peleamos por comernos las galletas y los helados que compra mi madre, nos metemos en la ducha haciendo el bestia al volver de la playa y discutimos por los programas de televisión. Incluso me tengo que afeitar la barba porque dicen que les pincho.

Solo soy yo mismo, el tonto de siempre, no tengo que satisfacer ninguna expectativa porque soy y seré querido haga lo que haga. No hay nada que tenga tal poder para reconstruirnos por dentro que esa libertad, nada que me procure un descanso más radical y me ayude a encontrarme conmigo mismo, resetearme en donde necesito, reconocer las balizas de mis referencias vitales, ser simplemente yo, sin escorzos o cosméticos.

Es el cariño que no te pide nada a cambio, que respeta todas tus decisiones y te apoya siempre, incluso cuando los caminos que eliges te alejan de las personas que te quieren así. Se llama amor incondicional y es la verdadera fuente del equilibrio, que me alimenta constantemente, incluso en la distancia, y adonde es imprescindible volver siempre si no quiero perderme entre los rayos hermosos y abrasadores de la vida. Son mi familia y mis amigos, los auténticos. Ahora lo veo con toda claridad.

Los largos paseos por la playa son tiempos de conversaciones y confidencias y, cuando voy solo, de comprensión y reconciliación, de sueños y proyectos en diálogo con el Mar. La inmensidad siempre distinta e igual a sí misma, como cada persona, como yo. Belleza hecha brisa, marea y sol. Un azul gemelo del cielo que me descubre por qué este amor es la raíz: porque es el que más se parece al de Dios.

domingo, 16 de julio de 2017

RECAPITULACIÓN ANTES DE LAS VACACIONES


Mari Pepa, desde Cádiz, me hace sonreír dejándome este comentario en una de las últimas entradas:

"Es una tarea casi imposible seguirte mentalmente por el recorrido desde que llegaste a Perú. Pero en el corazón te seguimos y rezamos por ti. ¿Te vas a estabilizar en algún sitio o esto forma parte de la misión?"

Jaja, es verdad... son demasiados sitios en poco tiempo. Por si aclara algo, y ya que estoy en Lima un par de días antes de viajar a España y dispongo de un rato, ahí va este croquis temporal de los -casi- tres años que llevo en el Perú:
  • 29 de septiembre 2014: Llegada a Perú ("El gran viaje")
  • Octubre y noviembre 2014: Viaje de conocimiento de la diócesis de Chachapoyas ("Cuy con papas", "Paseo por Luya", "Maratón de confirmaciones")
  • Diciembre 2014: Mi destino es Mendoza ("Terminó el parto...", "... y ha sido guayacho")
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  • Enero 2015: Ya desde Mendoza,viajo a Lima ("El laberinto (no tan terrible) de los papeleos")
  • Febrero 2015: Vengo al Vicariato San José del Amazonas a la toma de posesión del nuevo obispo, mi paisano Javier Travieso. Es la primera impresión de la selva... y fue mi perdición ("No te guardes ninguna carta")
  • Marzo, abril y mayo 2015: Primeros pasos en Mendoza, visita a las montañas, descubrimiento de la parroquia
  • Junio 2015: viaje a España por un mes para terminar el curso de los Ejercicios Ignacianos ("La emoción del reencuentro", "El amor que desciende de arriba")
  • Julio-diciembre 2015: La vida en Mendoza, las visitas, la fiesta patronal, un año en Perú ("Se lama Esperanza")... hasta la caída de la moto y la lesión en el tobillo ("Época de roturas")
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  • Enero 2016: En Lima, curso de teología con Gustavo Gutiérrez ("Haz tú lo mismo")
  • Febrero 2016: Viaje al Vicariato para conocer más ("Una semana en la selva")
  • Marzo 2016: En Mendoza
  • Abril 2016: Visita de mis padres, viaje al Cuzco ("Un regocijo único en la vida")
  • Mayo-diciembre 2016: En la parroquia trabajando a tope, recorriendo la provincia entera
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  • Enero 2017: Despedida de Mendoza ("Enterrar la quishibra")
  • Febrero 2017: Llegada a la selva ("Shameco")
  • Febrero y marzo 2017: Viaje de conocimiento del Vicariato: Tamshiyacu, Estrecho, San Pablo, Caballo Cocha, Islandia... hasta la asamblea vicarial en Indiana
  • Abril 2017: Semana Santa en Islandia. Durante todo este tiempo, la "base" la tengo en Indiana
  • Mayo 2017: Paso a Ecuador para el curso del CEFIR con los naporuna ("Una kamachina a tiempo es una victoria")
  • 18 de mayo 2017: Llegada a Islandia, en el río Yavarí, que es mi destino definitivo
  • 19 de julio 2017: Vacaciones en España -creo que necesarias y merecidas-
Es decir, han sido dos años y cuatro meses en Mendoza, en la diócesis de Chachapoyas, y seis meses en el Vicariato San José del Amazonas, destinado desde mayo a la misión del Yavarí, en Islandia. Muchos lugares, muchas personas, muchas cosas han pasado, muy intenso, muy lleno... demasiao. Si me lo dicen antes, no me lo creo.
¡¡¡Por fin de vacacioneeeeeees!!!

lunes, 10 de julio de 2017

CUATRO REALES POR CALENTAR EL AGUA


Repasando mis notas para hacer el informe y un croquis veo que hemos visitado 12 comunidades, desde San Sebastián, a unas 4 horas de surcada, hasta Limonero, adonde llegamos al tercer día de navegación. Las distancias son enormes, y eso que aún nos quedó por visitar la comunidad más lejana: Nueva Esperanza, en el Mirim, adonde se llega en cinco jornadas completas. Una inmensidad, un mundo. No es como salir en moto y llegar en media hora a Longar o a Omia…

Nuestro distrito debe ser uno de los más pobres del Perú, con un Índice de Desarrollo Humano que no llega al 0,30, muy por debajo de la media nacional (0,74) y parecido a muchos países africanos. Cualquier persona sentada en una oficina pensaría que no hay agua, ni saneamientos, ni energía eléctrica; que los servicios sanitarios son muy deficientes, el acceso a la educación limitado y las viviendas precarias y ocupadas por muchos miembros de la familia. Pero cuando los datos se traducen en experiencia directa, en conversación, en incomodidad, en olores… golpean con más crudeza.

La gente sobrevive en unas condiciones realmente duras. Moran junto al río con su riqueza, pero solo tienen el agua de lluvia para beber. Las casas son de madera, construidas sobre palos para evitar la creciente; en la de la señora Estefanía, en Buen Suceso, conté doce niños y cinco adultos… ¿cómo harán para dormir? La mayoría de las comunidades no cuentan con botiquín, y muchas tampoco tienen técnico ni promotor de salud. Cuando tienen paludismo frecuentemente deben ir hasta Islandia para que los vea un médico y recibir su tratamiento. Hay dos colegios secundarios en el río, y el resto son escuelas rurales; los maestros se ausentan muchos días, los niños a duras penas aprenden a leer y escribir correctamente, el índice de abandono escolar es elevadísimo y la mayoría de los jóvenes ni se plantea acceder a estudios superiores, dejan la secundaria en segundo o tercero y a trabajar en la chacra.

En todo el Yavarí no hay señal de telefonía móvil, y en muchos sitios ni siquiera hay Gilat, teléfono satelital… la incomunicación es una nueva forma de pobreza. Vivir tantos días errantes en medio de estas condiciones tan miserables exige un considerable esfuerzo físico y psicológico. Como no hay saneamientos, pues directamente no hay baño, así que has de buscar lugares de monte para hacer tus necesidades, y no es tan simple cuando estás rodeado de casas. Tampoco hay ducha, pero como está el río debería ser más sencillo, ¿no? Pues tampoco: en muchos sitios la orilla es un barranco, un desnivel tremendo hecho un barro, y no es nada fácil llegar hasta el agua. Y cuando llegas, has de meter los pies en el lodo hasta las pantorrillas. Dos cosas tan cotidianas como lavarse y hacer caca se vuelven una hazaña.

Cuando atracamos en un pueblo, no sabemos dónde podremos dormir y cómo será para comer. Preguntamos por las autoridades (el apu, es decir, el presidente comunal; o el agente municipal) y solicitamos permiso para visitar e invitar a la gente a una reunión, y que nos ayuden a avisarlos. Casi siempre nos han recibido bien, y nos han brindado el salón comunal para que pasemos la noche. Luego hemos de pedir a alguien que nos deje cocinar en su cocina, y ha habido gente generosa. En Limonero nos invitaron a un par de presas de majás, en Japón a cocos, en otros sitios a pescado, la familia de Nelson en Dos de Mayo mató una gallina, y en Santa Rita la señora Elsa incluso nos propuso dormir en su casa; allí nosotros pusimos arroz y fideo, y ellos boquichico fresco para armar el almuerzo-cena de aquel día. Es una experiencia peculiar, la de ser peregrinos, andar por ahí botados dependiendo de la buena voluntad de las personas. Me ha recordado al camino de Santiago, esa inseguridad de no saber qué pasará y dónde irás a dar con tu hamaca y tus huesos.

Cansa mucho. Las esperas se hacen eternas. Una noche no paró la fiesta, a 100 metros con la música altísima; otra hizo un frío tremendo y estábamos casi a la intemperie, en un lugar sin paredes, me acosté con el cortavientos puesto; varias veces hemos agarrado pan con sardinas en lata para almorzar en el mismo bote; es decir, “Los viajes han sido incontables; con peligros al cruzar los ríos, peligros provenientes de asaltantes (…). Trabajo y fatiga, a menudo noches sin dormir, hambre y sed, días sin comer, frío y desnudez” (cfr. 2 Cor 11, 26-27). Y a veces por las puras. En Santa Teresa primera zona no conseguimos nada, nadie apareció, menos mal que había el tambo, un equipamiento del gobierno, y ahí nos dieron hospedaje. En Santa Rita, donde el bufeo, había un cumpleaños y la gente no quiso venir. En otro sito fuimos a almorzar a una señora que da pensión, muy simpática. Regresamos al otro día, compramos huevos, le pedimos que nos hirviera el agua para el desayuno… y nos cobró por ello 4 reales. Es eso que no sé nombrar, esa especie de reflejo implacable por sobrevivir que no regala nada, que engaña y trampea como puede y menos vacila en cobrarte hasta por respirar, sobre todo con esta cara de gringo. Sospecha uno que si algo te dan, tarde o temprano vendrán a cobrárselo, y eso impide confiar plenamente en casi nadie. Cansa mucho.

También es verdad que hay varios lugares donde en el encuentro con la gente salieron personas voluntarias para ser animadores cristianos de esa comunidad, incluso fijando la hora de la reunión de los domingos para leer un rato el evangelio y orar juntos. No sé qué quedará de eso, pero al menos es un comienzo. Ahora los convocaremos para una sesión de formación y coordinación en Islandia. Y la próxima visita será más sencilla porque ya sabemos qué tierra pisamos y más o menos dónde podemos ir a parar en cada lugar. Diferente es qué intentaremos hacer cuando vayamos. Eso tenemos que cranearlo mucho, conversar, discurrir. Porque si vamos de frente con los sacramentos nos estrellaremos contra un muro de ignorancia, indiferencia y extrañeza.

domingo, 2 de julio de 2017

DE BRUCES CONTRA EL YAVARÍ


Era sábado por la tarde. Estaba terminando nuestro primer recorrido por el Yavarí, y yo nadaba tranquilamente entre los lánguidos rayos del sol adornando con un resplandor bruñido las copas de los árboles de la selva, en una comunidad llamada Santa Rita. Entonces lo vi: un bufeo gris plateado, uno de esos misteriosos delfines de la Amazonía, saltaba sobre el agua a pocos metros de mí. Sonreí pensando en cómo fueron los días atrás, que estuvieron llenos de momentos mucho menos poéticos… Un descubrimiento de nuestro río tal vez demasiado real.

No sabía muy bien por dónde empezar y tampoco sé por dónde seguir. Una experiencia para la que no encuentro calificativos: ¿tremenda? ¿dura? ¿intensa? ¿asombrosa? ¿agotadora? No lo sé. Tal vez habría que llamarla “yavarisiense” inventando una nueva palabra que pudiera reunir todas estas características. Nueve días de gira por el Yavarí significan muchas horas de lentitud en bote con un motor peque-peque de 13 CV, significan adentrarse en un mundo extraño y desconocido no comparable a nada antes visto, significan masticar la pobreza, un batiburrillo de religiones, la lucha sin piedad por la supervivencia, las apariciones habituales de la crueldad y la desconfianza fronterizas, las gotas de humanidad y ternura que permiten la vida y por supuesto el predominio de la miseria con sus habituales secuelas y fealdades.


El río es de una belleza verdaderamente original y arrebatadora. Se va desplegando en vueltas gigantes que, todavía en este mes cuando ya ha comenzado la vaciante severa, los motoristas salvan entrando en los furos, que son pasillos o atajos de agua que simplifican y acortan esos enormes giros. Pasar por los furos es un espectáculo para los sentidos. El cauce se estrecha; a pocos metros se ven los árboles, que llevan meses medio sumergidos (las marcas y los cambios de color lo atestiguan) y ahora se alzan con orgullo, clavados en el agua, deseosos de mostrar el nacimiento de sus raíces y a la vez pacientes, sabiéndose vencedores y al mismo tiempo respetuosos con el ciclo de la naturaleza. En estos caños la vegetación es tan frondosa junto a la línea de agua, que al surcar con reverencia y cuidado, el cielo parece acabarse engullido por las murallas de hojas y bejucos. La tierra se prepara a reaparecer después de medio año, limpia y dura, pero lo que más estremece es el silencio. Impresionante silencio que nace de las entrañas de la selva y lo impregna todo. El silencio de los peces que escoltan el bote y del mirar atento del martín. Una maravilla.

Este viaje por el Yavarí fue un salir sin saber adónde íbamos, como Abraham (en Heb 11, 8), a descubrir tierras, paisajes y gentes. A tomar contacto con las comunidades de nuestro territorio misionero, para conocer un poco la realidad y empezar a imaginar qué podríamos hacer. Y la realidad supera siempre a la ficción, a las conjeturas y a los informes someros: esta misión es más difícil y dura de lo que habíamos supuesto, acá tendremos que remar fuerte y hábilmente si queremos lograr algo. En ningún pueblo hemos encontrado un grupo de cristianos que se reúnan al menos para rezar los domingos. Ninguna persona que medianamente haya hecho de animador-a en la fe de esta gente. Apenas en el Yavarí hay católicos, esa es la verdad. Así que hay que empezar. La cuestión es cómo.

En la mayoría de los sitios no nos reciben precisamente con pancartas. En primer lugar porque a pesar de los intentos de llamar o de avisar con notas escritas, solo en dos o tres comunidades están enterados de nuestra llegada. Y además porque a veces dominan otras religiones y nos miran con recelo. En San Sebastián, los crucistas salieron de su iglesia y se vinieron toditos a ver quiénes éramos, con velas (eran las 7 de la noche). Cuando nos presentamos, nos dijeron que ellos también son católicos, y su pastor se atrevió a poner en duda que soy sacerdote a causa de mi atuendo; además dijo que los apóstoles eran todos varones, y cómo siendo misionero yo iba con dos mujeres. Le contesté que los evangelios dicen que en el grupo de Jesús iban mujeres, y si él no tenía miedo, yo tampoco lo tengo. Por puro instinto tienes que aprender a interaccionar con gente así, con hábitos blancos, las mujeres con tocas y mentalmente en el siglo XIX; no les podía decir que no son católicos porque se podía liar la gorda, pero sí invité a los cristianos que no forman parte de su congregación a organizarse, y les ofrecí nuestro acompañamiento. Estas cosas no nos las enseñaron en Teología, debes improvisar…

Otras veces son los israelitas la mayoría. En Santa Teresa primera zona alguien arrancó el cartel que convocaba a la reunión, y no hubo reunión. Pero en Pobre Alegre, que estaba de fiesta de aniversario, el señor Elías –israelita- nos acogió muy amablemente, nos invitó a masato, a chicha y a juane, y se mostró en todo momento encantador. Ejemplo de que la cuestión no está en el credo, sino en la calidad de las personas. Hay lugares donde hay mu poca gente (2 de Mayo, Remanso…), pero en general en las comunidades registradas como indígenas hemos encontrado más facilidad porque estas religiones tan significadas (israelitas y crucistas) están menos presentes. En Santa Teresa segunda zona fue muy bonito estar entre los yawas, que te llaman “padre” (y no “señor” o “hermano”), te agradecen cien veces la visita, te ofrecen un sabroso tucunaré asado para el almuerzo, te cuelgan hamacas para que duermas la siesta y hacen azaí para la merienda. Qué sonrisas tan limpias… qué gozo, entre tanta secta uniformada, entre tanta indiferencia y sigiloso desprecio, que te esperen y que te cuiden.

Pocas cosas hay tan hermosas como apreciar la aparición de un bufeo surcando al atardecer. Me hace sentir que bajo la epidermis de la vida hay tesoros preciosos. A menudo la superficie también vale la pena, y se disfruta espontáneamente de lo amable de las cosas cotidianas. Otras veces se requiere aguzar la vista y sintonizar el corazón para vislumbrar dónde se encuentran los reflejos de la fuente. Y es un trabajo arduo, no cabe duda. En el siguiente capítulo hablo de ello.

lunes, 26 de junio de 2017

MISIÓN MÁS QUE PARROQUIA


Solo tardé tres o cuatro días en comprender que la parroquia a la que me han enviado no es una parroquia: es una misión. Y eso, que parece una simpleza, tiene un alcance y unas consecuencias que estoy en proceso de encajar, a dos aguas entre la emoción, la sorpresa y el quien-me-mandaría-a-mí-meterme-en-berenjenales-con-lo-bien-que-yo-estaba-donde-estaba. Así, todo junto, porque es un pensamiento o un sentimiento que cada día se me cae encima como un ladrillazo.

Cuando llegas a una parroquia, te encuentras con algo ya hecho, con una estructura, una historia y una identidad, y tú pues entras a formar parte de una familia, con sus grupos y sus responsables, y luego vas trabajando con tu estilo, haciendo algunos cambios, poniendo cosas que no estaban, etc. Aquí prácticamente hay que empezar de cero. Este puesto de misión tiene poco más de doce años, y de ellos solo siete u ocho (no estoy seguro) hubo un equipo acá. El resto del tiempo, y antes de que Islandia se erigiera “canónicamente” fueron los capuchinos de Benjamin Constant los que venían a apoyar con la misa, los sacramentos y algunos viajes por el Yavarí. Los seis años anteriores las hermanas mercedarias hicieron lo que pudieron, con valentía y pocos medios; y el último año y medio aquí estuvo una religiosa solita.

Todo hay que crearlo. Hay que buscar catequistas porque no hay; convocar a los jóvenes para armar un grupo porque no hay. Preguntar quiénes estaban en el consejo de pastoral (llevan más reuniones en dos meses que en toda su vida) e ir a buscarlos. No hemos podido leer ningún informe, ni evaluaciones de años pasados, ni balances económicos, porque nada nos han dejado escrito para que continuemos la tarea. Vamos iniciando cosas por instinto pastoral o por ensayo-error, encontrando de vez en cuando, en medio del caos que es la estantería de la sacristía, algo que nos dé idea de qué se hizo y de cómo fue.

Normalmente los puestos de misión tienen bote y motor, y una mecánica de salidas, con itinerarios conocidos y establecidos. Nosotros no tenemos nada de nada. Hemos tenido que pedir presupuesto a un par de motoristas para que nos alquilen la chalupa. He preguntado por algunas personas que me habían dicho que conocen bien el Yavarí y les he hecho verdaderas entrevistas sobre comunidades, distancias, galones de gasolina necesarios, tiempos, dificultades… Como no hay señal, he enviado notas (esperemos que lleguen) a autoridades y supuestos católicos de esos pueblos que de momento solo son nombres en el mapa, y que nunca he visto, apenas he escuchado la voz de alguno cuando he logrado contactar por teléfono Gilat. Y así, a tientas, he programado el primer recorrido por nuestro río, como Dios me ha dado a entender y con la sensación de diseñar una aventura por etapas rumbo a lo desconocido. Me lo he pasado requetebién como tour-operador de viajes misioneros, pero al regreso cuento qué tal fue.

Y luego está el tema económico. La misión es muy cara. En la parroquia tú agarras el carro, llenas el depósito y chau; aquí hay que buscar el barco y el chofer, comprar la gasolina y llevarla contigo rezando para que no te asalten por ahí. En Mendoza  preparas la mochila sabiendo que los agentes de pastoral asegurarán alojamiento y comida; acá hay que llevar alimentos para varios días, medicamentos, hamaca para dormir en cualquier sitio y mosquitero de obligado cumplimiento. Y a la vuelta, en lugar de ingresar plata por misas, colaboraciones de las comunidades y sacramentos, acá echaremos cuentas de por cuánto nos ha salido este recorrido de 10 días, y estará en torno a los 1500 soles, más de 400 Euros… La parroquia te mantiene; la misión te cuesta, y solo la puedes realizar si te ayudan desde fuera.

Vamos a lugares donde sabemos que hace bastantes años que no llega nadie, y a pesar de los esfuerzos por avisar, no sabemos qué nos vamos a encontrar. Llegar a los más alejados es una prioridad que da forma al conjunto de nuestro trabajo misionero, y eso es algo que colma las aspiraciones de mi vocación y que además me encanta. Como estoy en una misión y no en una parroquia, hay muchas cosas que ya no me atan porque no existen (misas de difuntos, fiestas patronales…) o porque caen ante la necesidad de salir, deber sagrado que caracteriza al misionero, moldea su personalidad y configura su espiritualidad.

Así que tranquilamente la misa del domingo pasa a ser celebración de la Palabra, y la reunión de tal día se hace sin ti, y no pasa un pelo. Los de Islandia ponen cara de vaca cuando les hablo de esto, porque tal vez pensaron que “por fin tenemos un cura aquí para nosotros”, pero creo que lo van entendiendo. De momento, dos expediciones en poco más de mes y medio. Estar en una misión puede ser cansado, aunque muy variado (cada día es diferente) y para mí es apasionante. Me encanta ser párroco, pero creo que más todavía me gusta ser misionero, y ahorita me llamo así sin titubeos ni fisuras, pero con rebozo y humildad.

sábado, 17 de junio de 2017

CHAPO PARA DESAYUNAR


A la mañana siguiente Armando aparece con otro bote, que resulta que es primo del anterior: con vías de agua y tendencia a voltearse en cuanto te mueves un poco. Vamos hacia San Francisco de Yahuma, otra comunidad nativa ticuna donde no hemos podido avisar de ningún modo (a ver cómo nos las aparejamos). Llegamos al puerto, donde hay unos niños en una pequeña canoa amarrada en un palo horizontal, nos acercamos y ¡craaaaac! Chocamos y rompemos el poste… buena manera de presentarse. Nuestro chofer parece tan novato como nosotros, y eso no anima mucho, la verdad.

Después de habernos cargado el puerto, es natural que los de la casa a la que nos acercamos, ahí al ladito, nos miren muy serios y nos reciban fríamente. Descalzos pasamos y Luis (que es casualmente el agente municipal) empieza a hacernos preguntas: “¿quiénes son ustedes? ¿qué quieren?”. A medida que se desarrolla la conversación nos enteramos de que en esta comunidad sufrieron hace algunos meses el secuestro de una chica; se la llevaron unos visitantes que decían ser pastores y enseñar la Palabra de Dios. Y entonces nos explicamos el recelo y las precauciones iniciales, pero ya estamos viendo que Luis y su esposa están más relajados. Ella parece comprender mejor el español y cada vez él la consulta con la mirada (está visto que las mujeres mandan en todas las culturas).

Todavía daremos una vuelta por el pueblo pisando el barro (recién está mermando el río) para visitar al teniente y al apu. Nos dicen que no son de ninguna religión pero que si queremos venir a verlos seremos bienvenidos. Les explicamos que no hablaremos de nada religioso si ellos no quieren, pero que tal vez podemos reunirnos con la comunidad para tratar otras cuestiones, como por ejemplo el problema de la trata de personas que ellos han sufrido tan de cerca. Felizmente en el paseo vemos a la chica raptada, que fue capaz de escapar y regresó con su esposo y su bebé.

Contentos ponemos rumbo a Puerto Alegría, un lugar grande, mestizo, más acostumbrado a las visitas misioneras y donde hemos avisado la noche anterior a su animador Omar. Albergamos esperanzas de que la cosa sea más sencilla, pero nos llevamos un chasco: nadie sabe nada de nuestra llegada y Omar está en Tabatinga. Pedimos por favor que nos permitan guardar las mochilas en una casa, que resulta ser la de María, la hermana de Omar (ni ella estaba enterada). Son las 2 y salimos a buscar algo de almuerzo bajo un sol sofocante. De camino vemos llegar a Omar en un bote; baja y al toque nos acompaña adonde venden comida pero no hace el más mínimo ademán de invitarnos.

Almorzamos pagando unos 40 soles y regresamos donde están nuestras cosas; pasamos a la casa a conversar con Omar… pero no nos ofrecen ni un vaso de agua. Luego me voy a bañar al río, con lodo hasta las pantorrillas. No hay reunión, ni celebración. La capilla está en ruinas. Nos ubican para pasar la noche en una casa a medio construir, al aire libre, diciéndonos que en la familia vecina podemos ir al baño y pedir agua… Hay luz de 6 a 9 de la noche, y mientras se apaga conversamos comentando que no estamos contentos de cómo nos han acogido, no son capaces de darnos nada y ni siquiera nos alojan en casas de verdad. Es una gran desproporción: venimos con esfuerzo, batallando, gastando… y mientras que a los animadores se les pagan los viajes para que vayan a los encuentros, aquí no hay dónde cambiarse de ropa y no nos brindan ni los alimentos de un día. Y sin cenar nos metemos en las hamacas.

Sí hubo desayuno porque mis compañeras charlaron un rato con Omar y el resultado fue que su esposa preparó un chapo de plátano maduro que nosotros completamos con pan para todos. Y así continuamos la bajada por el Amazonas hasta entrar en una quebrada donde se sitúa Gamboa. Aquí las casas están separadas y hay que moverse por el pueblo en bote, a pesar de la vaciante del río, ¡qué sitio! Tampoco conocemos a nadie, así que esta vez procuramos no romper nada y entramos en casa de José y Beatriz, que nos cuentan cosas de la comunidad. No logramos dar con las autoridades pero sí encontramos un albergue turístico que tiene un celular colombiano que agarra señal y se carga con un panel solar, así que les pedimos el número por si en la próxima visita podemos avisar.

Así emprendemos el regreso a casa cinco días después, cansados pero bastante satisfechos: hemos conocido de primera mano un grupo de comunidades, apreciando distancias, situaciones, necesidades y problemáticas. Es apenas el primer contacto, emocionante con los ticunas y algo más árido en otros lados, pero siempre fascinante. La tarea se vislumbra gigantesca. Por cierto, a la otra semana Omar vino a Islandia con su hija; ni que decir tiene que les invitamos a aperitivo, almuerzo, café, copa y puro, y les ofrecimos posada con luz, agua, baño y manzanitos para matar el gusanillo. Quizás así el personal irá captando.

viernes, 9 de junio de 2017

NOVATOS POR EL AMAZONAS: CON LOS TICUNAS


Mis compañeras estaban esperando a que yo apareciera para iniciar las aventuras por estos mundos nuestros, así que casi no me dio tiempo a colocar mis cosas: cuatro días después de llegar a Islandia, pum, recorrido por el Bajo Amazonas, la última parte peruana del gran río que forma una enorme curva justo antes de hacerse brasilero y recibir las aguas del Yavarí. Ha sido el primer recorrido que hacemos como equipo y ha ido bien, pero claro, hemos pagado la novatada como es natural.

Hemos ido cuatro: Zélia, Fatima, Eunice y yo. El primer día lo pasamos varados en Santa Rosa porque el aviso que enviamos por el teléfono satelital no llegó a su destino; de hecho, este es el primer escollo que sufrimos: la dificultad para comunicarnos y avisar de nuestra llegada. En estos lugares no hay señal, ni energía, ni casi nada. Así que tuvimos que esperar varias horas a que Roberto y su hijo Armando nos recogieran en Tabatinga para llevarnos en el bote de su cuñado a Yahuma Primera Zona, su comunidad indígena ticuna. Llegamos casi de noche y nos recibieron nubes de mosquitos que nos machacaron dejándome los tobillos como un colador.

Casi de inmediato dimos un paseo por el pueblo para invitar a la gente a la reunión del día siguiente. Los zancudos han sido sustituidos por una nube de niños de varias edades que nos acompañan divertidos por la novedad de estos extranjeros. Me doy cuenta de que no hablan español y entre bromas y gestos vamos entrando en las casas saludando y conversando un momento. A la luz de las velas visumbro la pobreza de estas gentes; apenas veo hamacas y algún mosquitero donde hay bebés, pero nada de camas, ni sillas, ni otros muebles. Nada. Enseguida aprendo la primera palabra ticuna: moenxi (gracias).

Roberto nos acoge en su casa, y para ello nos dejan libre la planta baja y todos van arriba a dormir. Colgamos las hamacas y nos preparamos para defendernos de los mosquitos nocturnos. Hace calor, estoy pegajoso de todo el día y sigo sudando, es la primera vez que paso la noche en una hamaca, el mosquitero me asfixia… pero me quedo como un tronco. Nos levantamos como ellos, al amanecer. Voy a la cocha a bañarme en gayumbos, con el lodo hasta las pantorrillas. Sachi y Esmeralda, que tendrán 4 o 5 años, me observan y se ríen mientras se cepillan los dientes con el agua del río. Luego busco un árbol para escarrancharme y abonar la selva, porque los ticunas no usan baño. Las finuras y los escrúpulos se te tienen que quitar al toque, si no acá estás perdido. Pasa un rato, no hay ni rastro de desayuno y más bien comienza a llegar el personal para la reunión.

La comunidad es bastante numerosa, Armando y su hermano hacen la celebración los domingos, pero usan un folleto en español que me parece que les resulta algo raro y artificial porque ellos hablan su lengua. Lo hago lo mejor que puedo intentando que me traduzcan, y creo que algo se logra porque de vez en cuando se ríen con alguna broma. Pero percibo la distancia, la extrañeza… No es algo “suyo”, es como un meteorito que cae de pronto. Hay que traducir la misa al ticuna… las canciones… formar a estos animadores… ¡todo! Pero ¿cómo…? De momento, como nadie va a comulgar, hacemos solo liturgia de la Palaba. En la conversa posterior cuentan que hace unos 20 años que no hay bautismos, y eso es lo que piden; tendremos que prepararlos nosotros mismos, habrá que venir dos o tres días. Por estos andurriales no puedes andar con remilgos o normas, hay que dar respuestas prácticas y realistas recordando que el derecho canónico se desactiva a más de 3000 metros de altura o a más de 100 selva adentro.

Almorzamos por fin y de ahí pasamos a Yahuma Segunda Zona, a una media hora de navegación bajo un sol sofocante, en un bote de nuevo sin techo, con grietas y agujeros (hay que estar constantemente achicando agua) y además bastante loco, es decir, que se trocolea un montón por ser demasiado estrecho. La comunidad es mestiza y ticuna, y su animador y presidente Andrade nos espera para acogernos. La esposa nos ofrece bananas y refresco de limón, y así nos tomamos un respiro hasta la hora de la reunión, a media tarde. Acá acude poquita gente, pero la diferencia es total, el castellano es el idioma… aunque tampoco habrá comulgantes. Nos invitan a cenar y contentos nos vamos a la hamaca luchando contra los mosquitos.

Todos nos agradecen nuestra visita y nos piden que retornemos pronto. Duermo pensando que está bien venir, pero lo precioso es volver, es lo que arranca sonrisas y crea lazos. De madrugada me despierto, voy a hacer pichí y al regreso… me caigo de la hamaca, ¡catacroc! Menos guasa y más aventuras en la siguiente entrada.

sábado, 3 de junio de 2017

YO VIVO EN UNA ISLA


Está en medio del río Yavarí, frontera nororiental del Perú con Brasil, y es un pueblo construido sobre palos y columnas de cemento, que pasa medio año sobre el agua y el otro medio sobre barro y tierra seca. Es para mí un mundo a la vez extraño y pintoresco, duro y asombroso, que no se parece a nada conocido, así que estoy tratando de acostumbrarme.

Es una isla muy creyente: hay como siete u ocho iglesias o sectas o religiones, de entre las cuales la católica es una más, y no creo que la más numerosa. Mi calle es la “calle comercial”, así que está llena de casas de israelitas, que son los que controlan el comercio en todo este Amazonas fronterizo a partir de San Pablo. Son una mezcla de asociación, partido político y grupo religioso que merece una entrada aparte (por lo menos). Los viernes por la noche empieza el Sabbat, así que el 90% de las tiendas de mi isla cierran y la iglesia de color azul que está al costado de mi cuarto empieza a funcionar con una sucesión casi ininterrumpida de cantos, oraciones, inciensos y sermones que terminan al día siguiente a la caída de la tarde. El ruido en general es excesivo por todas partes. ¿Cómo serán los evangélicos, pentecostales, movimiento misionero mundial y el resto de la tropa…? Mejor no saberlo.

Si paseas por el mercado de mi isla, junto al muelle, escucharás acentos brasileros y tonos colombianos, y verás circular varias monedas. Hay hombres que llegan con hatos de pescado recién cogido, y mujeres con piñas de plátanos y alguna que otra papaya. La sirena de la lancha que está casi a diario atracada silba abriéndose paso entre los estruendos de la afanosa carga y descarga, y siempre puede leerse un cartel donde aparece el horario de salida: “Gran Diego” o “María Fernanda” - “Iquitos 10 am”. Mi isla es un lugar de trasiego, de paso y de tráficos de todo tipo, unos más presentables que otros. Hay varias balsas que son grifos donde los botes repostan, casas que flotan en pleno río sobre gigantescos troncos.

Yo llegué el jueves 18 de mayo, y ese domingo 21 las autoridades me invitaron a hacer el izamiento del pabellón nacional para darme la bienvenida. Después de misa (es a las 8 de la mañana) nos dirigimos hacia la canchita donde semanalmente se celebra la ceremonia para honrar a los símbolos patrios. De pie nos sancochábamos al sol mientras el policía pedía permiso al subprefecto para comenzar el evento. Luego desde el parlante me invitaron a acercarme al mástil para alzar la bandera blanca y roja mientras sonaba la marcha militar. Yo quería irme a mi sitio, pero el policía me decía bajito: “ahí nomá”. Cuando me indicaron, volví donde las personalidades y desde allí entonamos el sagrado himno, y descubrí que ya me lo sé. Luego hubo un par de mini-discursos, incluido el mío. Es una isla peruana y por tanto acogedora con los que llegamos nuevos.

Pero no todo en mi isla es bonito. Muchos días no hay luz, ni funciona la señal del celular, ni hay internet (de hecho, no sé cómo haré para publicar esto), ni agua potable. No recuerdo que en mi depa el termómetro que me regaló mi mamá haya bajado de 28 grados, y conmigo viven unas arañas tamaño XXL, de vez en cuando nos vemos y cada uno sale corriendo por su lado. No parece fácil vivir aquí ni trabajar como misionero. Pero es acá donde hoy he cumplido 47 años. No es perfecto, pero  sé que es lo que Diosito quiere y me siento en paz.


Gracias por todas las felicitaciones; me siento abrumado e incapaz de contestarlas todas. Y si mis amigos del cole buscan AK-47 en wiki encontrarán esto; a mí me ha hecho reír:

El fusil AK-47 es famoso por su gran fiabilidad, ya que soporta condiciones ambientales muy desfavorables sin ningún inconveniente. Se ha probado que el arma sigue disparando a pesar de ser lanzada al barro, sumergida en agua y atropellada por una camioneta. Ejemplares viejos con decenas de años de servicio activo no presentan ningún problema; es un arma muy segura y permite alcanzar un blanco a 285 metros de distancia, según el fabricante, ya que fue diseñada según las experiencias de la Segunda Guerra Mundial, y se entendía que todos los combates se producían a menos de esa distancia.
Existen informes de la Guerra de Vietnam donde soldados estadounidenses abandonaban sus fusiles M16 por el norvietnamita AK-47, debido al constante encasquillamiento de sus fusiles y al hecho de que esta arma era más corta y fácil de operar en la selva.

Jaja… Un año más y cada vez estamos más operativos, compañeros. ¡Felicidades!