lunes, 22 de mayo de 2017

UNA KAMACHINA A TIEMPO ES UNA VICTORIA


Cuando Dominik me invitó al CEFIR (Centro de Formación Intervicarial Runa) pensé que podía ser una buena oportunidad para recibir formación en temas de inculturación, cosmovisión amazónica y modos de situarse en esta realidad para un misionero novato; y también para viajar y conocer un poquito Ecuador, el vicariato de Aguarico, al puma José Miguel Goldáraz (“hermano” de Coquinche) y la historia in situ del obispo Alejandro Labaka, muerto a lanzazos en 1987 cuando intentaba defender a la tribu Tagaeri de la invasión de una petrolera. Una colección de buenas razones que se han quedado en pañales porque la experiencia ha superado muy ampliamente mis expectativas.

Desde Iquitos, el viaje dura cuatro días (con la parada en Angoteros ya relatada). Hay que llegar a Pantoja, donde el puesto militar fronterizo de Pantaleón y las visitadoras, y allí tomar una canoa que nos llevó y nos regresó de Rocafuerte en medio de la noche, sin techo, adentrándonos a la luz de la luna por los misterios del río Napo. Un grupo de diez: los Mushuk Wayra (Domi, Paco, Gabriel y yo) y seis kuyllur, es decir, animadores de comunidades naporunas de nuestra misión de Angoteros. El curso es básicamente destinado a los kuyllur de cinco vicariatos: cuatro ecuachos y el nuestro, perucho. Desde la casa de los capuchinos en Rocafuerte aún queda un día más de subida hasta la isla de Pompeya, nuestro destino final.


Dos semanas intensas de clases, trabajos de grupo, exposiciones, minga (trabajo comunal), deporte, cantos, películas, talleres, fiesta, paseo… Una verdadera zambullida en la cultura runa, sus valores, sus rituales, sus mitos, sus conocimientos ancestrales, su carácter… y todo contado en primera persona por los kuyllur, como algo vivido y compartido más que estudiado en teoría. Y mucho (no todo, pero buena parte) en kichwa, toma castaña. Para mí un auténtico festín, y más teniendo en cuenta que muchos elementos centrales son comunes a las culturas amazónicas. Me he sentido como una esponja que quiere absorberlo todo, qué bárbaro; a mi profesora Toñi le habría encantado.

De pronto tienes que aprender el significado de muchas expresiones: yakinakusa kawsana, paktachina, ayllu, yanapanacusa kawsana, parihulla, aswa upina, supay… Mi cuaderno echaba humo porque sé que la palabra contiene la realidad, es código que atesora los engranajes de una cultura y caracteriza el modo de ser de un pueblo. Todo lo que en el aula explicaban, luego yo lo vivía en el trato con los veintitantos kuyllur runa, hombres y mujeres. Ellos han sido los auténticos profesores y es un privilegio haberles conocido. Éramos unos perfectos inútiles (por lo menos yo): no entiendo su lengua, ni sé utilizar machete, ni lanzar con cerbatana, ni juego al futbol en el barro, ni manejo el bote, ni sé hacer fuego, ni nada… pero cuánto nos han agradecido a los gringos que hayamos estado con ellos.

El indígena es concreto, tímido pero fuerte, con un marcado sentido colectivo aunque muy libre, y de una nobleza muy singular. Y una capacidad enorme para la risa, agarrando la posibilidad de divertirse en el momento en que se presenta. Todo en ellos es muy vital, todo es kawsay (vida), estamos aquí y ahora juntos, y vivimos, y eso es lo que cuenta. Mañana también hay día porque Pachayaya Dios nos bendecirá. Mejor no pensar en abstracciones, el conocimiento se transmite oralmente con el cuento y el mito, pero sobre todo con el aprendizaje del día a día. Y cuando los niños o jóvenes se desvían, es deber de los papás darles kamachina (consejo). Eso nos tocó un día representar a mi grupo.

Preparados para el chaparrón
Yaya con el ají
Mama con la ortiga


















Estamos yaya, mama y cuatro churis (yo soy rucu churi, el hijo mayor, claro). Nos sentamos en el suelo para la kamachina. Mama me pregunta:
- ¿Qué has hecho churi? ¿Has robado mujer? (en kichwa).
- He robado gallina (contesto en español). Estalla una carcajada general.
- ¿Por qué has robado mujer? – continúa Griselda aguantándose la risa a duras penas.
- Tenía hambre. Otra carcajada mayor todavía.
- ¿Acaso no había comida en la casa para que tengas que ir a robar? La próxima vez me pides a mí. Y así van aconsejando a los demás hijos, que han hecho diferentes travesuras.
Entonces yaya viene y me pone ají en el ojo; pica horriblemente pero no puedo gritar ni llorar, porque eso será señal de que no he comprendido y lo volveré a hacer. Luego viene mama y me ortiga las piernas, y ahí sí aúllo de dolor y el auditorio definitivamente se parte de risa. Pero cuidado, ¡solo puede haber kamachina si los padres son ejemplo de lo que están corrigiendo! Así de hermosa es esta cultura.

El domingo vamos a visitar una comuna de la zona. Es un día de fiesta y nos decoramos las caras (a mí me la pinta mama). Pillamos a la gente en su asamblea mensual, pero pronto, tras un par de ruedas de invitación a chicha (masato decimos los peruchos), armamos la misa. Una hoja de plátano es el mantel, como cualquier comida. Me toca a mí presidir en kichwa, y no supone ningún problema: en esta cultura el 75% de la celebración la hace el kuyllur, los pakriyayas solo intervenimos presentando las ofrendas, consagrando y haciendo la plegaria eucarística, pero en este caso la hacemos todos juntos. Estupendo: por fin una Eucaristía que no depende de mí, ni homilía hice… Luego, partido de fútbol y almuerzo compartido a base de sopa de gallina (no robada).

Continúo en la siguiente entrada porque se me acaba el espacio. Pero siento hoy que los indígenas, que son los más marginados, ya han conquistado la mayoría del territorio de mi corazón. Aprender a llegar a su mundo es conectar con el shunku de la Amazonía, con su inagotable variedad de culturas, religiones, historias. Logrando ese amor y dejándose conducir por esa admiración tal vez puede uno atreverse a poner el pie en estas tierras. ¿Será ese el propósito de esta kamachina que Pachayaya me regala justo en estos momentos de mi vida?

domingo, 14 de mayo de 2017

MUSHUK WAYRA


Casi nos pasamos y no desembarcamos porque no vimos cartel alguno, solo un puerto de barro. Hemos pasado apenas tres días en Angoteros y parece que han sido tres semanas o tres meses. En esta remota chacra a orillas del Napo, río arriba, cerca (…) de la frontera con Ecuador, el tiempo parece ralentizarse sometido a la hegemonía del silencio. La calma es una construcción colectiva, como todo acá, porque se trata de una comunidad netamente indígena, los runa (“la gente”) del Napo, los Naporunas. Para mí una experiencia totalmente nueva, la he disfrutado al máximo y me siento agradecido.

Todos los saludos son en kichwa, el idioma predominante en esta cuenca, el sur de Ecuador y otros extensos territorios; al toque hay que aprender allipuncha (“buenos días”) o pakarachu (“gracias”), como era en mis veranos africanos por Togo o Malí. Paseando por ahí percibo algunas vacunas contra la aculturación: la lejanía de centros urbanos, la poca y dispersa población, la educación bilingüe, la pobreza y las dificultades geográficas que hacen a este rincón de la selva irrelevante para los vampiros de la economía de mercado (petroleros y madereros sobre todo).

Es una sociedad que intenta ser más compacta y protegerse en lo posible de los estragos de la globalización. Acá no hay sectas porque al parecer “los kichwas son católicos”, las mujeres llevan típicas faldas de colores, se ven muchos pies calatos, la gente vive literalmente en el río, se dedican mucho a la pesca y a la caza en el monte (a la chacra, las yuquitas y plátanos indispensables para sobrevivir) se toma masato y la iglesia se llama “Misión Naporuna Pachayaya”.

Los intentos del Estado por proporcionar servicios son como un bote lleno de agujeros que a duras penas se mantiene a flote. La posta de salud dedica varias horas diarias a hacer la gota gruesa, la prueba clásica para detectar el paludismo, que afecta al 80% (¡!) de la población. El colegio está en condiciones ruinosas, mientras las obras del nuevo llevan meses paralizadas sin que nadie sepa dónde fue esa plata (aunque creo que todos lo sospechan). La única vereda del pueblo está cuarteadísima, y solamente hay luz de 6 a 9:30 de la noche, aunque muchos días la cortan antes porque se acaba el combustible. La corrupción muestra su rostro más cruel en estos lugares apartados, donde reina la impunidad y las inversiones públicas parecen maniobras publicitarias para cubrir expediente o tapadera de la rapiña de políticos oportunistas.

Quizá sea la misión del Vicariato donde la presencia de la Iglesia está más inculturada. El padre Juan Marcos Mercier trabajó por años, aprendiendo kichwa, estudiando los elementos y valores de la cultura runa llegando a ser un experto, “más indio que los indios”, hasta el punto de cambiarse de apellido y llamarse Coquinche, como mucha gente de acá. Él fue capaz de crear materiales de iniciación cristiana kichwas que incorporaban mitos, expresiones y símbolos de la cosmovisión runa, dialogando así con la cultura, aprovechando lo que hay de evangélico en ella, y tratando de formar una iglesia runa. En Angoteros no hay catequesis en el sentido tradicional de la palabra, la celebración del domingo y la semana santa son muy peculiares, con sabor, estética y sonidos naporunas.

Las condiciones del día a día en la residencia misionera están también insertadas y participan de la austeridad de la vida runa. La casa es de madera, de suelo de puna y techo de paja, tiene tushpa de leña y el agua es la que recogemos de la lluvia. Como en tiempos de Coquinche, que murió en 2006. Pero hay tele y cable, y luz con un motorcito bien eficiente; igual que en muchas casas, donde no hay muebles pero sí tremendo aparato de TV. Es el símbolo de un pueblo donde convive lo ancestral (el masato, los shamanes, la ayawaska, el matrimonio tradicional…) con la modernidad (los auriculares de los jóvenes, el deseo de internet, el celular…), que es como una especie de trituradora de la constelación de valores del buen vivir, sumak kawsay, seña de identidad de los pueblos amazónicos.

No puedo seguir escribiendo, aunque el instinto antropológico me sale a borbotones. Solo añadiré que me sorprende cómo acá la vida humilde combina con la cantidad de las risas. La lucha por la supervivencia se expresa de manera primordial en el esfuerzo cotidiano por conseguir y preparar los alimentos. Y así aprendo a cocinar patacones, pescado asado envuelto en hojas, chilcano de gamitana… mientras los niños pasan y llegan, cambian hojas de cilantro por mullu para hacer los collares de colores que llevan orgullosas las warmis y siempre sonríen…

Qué curioso que esta visita haya sido recién comenzada mi vida en la selva. Qué significará… No lo sé muy bien. Habrá que esperar. Tal vez entender hasta mi shunku* que todo es nuevo. Aprender con intensidad pero con encanto. Mushuk wayra, vientos nuevos, vida nueva. Qué hermosura y qué desafío.

* Shunku es el palo que sostiene la casa, es el corazón, lo más fuerte, el interior más sólido y profundo

sábado, 6 de mayo de 2017

LAS OLAS DEL FERRY


El ferry es un barco tremendo, nuevo, enorme, con capacidad para 300 pasajeros, que cubre la ruta Iquitos-Santa Rosa (en la triple frontera) en 12 horas por 80 soles (unos 22 €). Para los que vivimos por allí es una ganga, porque nos ahorramos unos 100 soles (28 €) por cada viaje demorando solamente un par de horas o tres más. Aunque yo aún no he logrado montarme en el ferry, porque cada vez que lo intento está malogrado: es increíble cómo chango los botes ya incluso antes de subir a ellos (recordemos lo de Transtur, tengo una piña*…).

Como es una nave muy grande y muy rápida, resulta que a su paso arma unas olas inmensas que soliviantan el Amazonas todito. Es espectacular: cuando el ferry se acerca a Indiana (desde donde escribo hoy), el parlante de la municipalidad lo anuncia en tono de advertencia y la gente se acerca a la orilla para no perderse el fenómeno. A pesar de que navega por el lado contrario, el agua se levanta, los peque-peques que están acostados tienen que salir obligadamente a medio río para evitar chocar unos contra otros y hacerse papaya, las balsas se agitan feísimo y todo el río bulle y se estremece como si en su fondo hubiera un sismo de magnitud 9.

Los vecinos se ríen viendo los apuros de los que en ese momento están en el agua, pero no es para burlarse, y de hecho varias personas me cuentan que los ribereños están rezando para que el ferry se estropee, y vaya si da resultado (…). Es curioso que las olas más grandes rompen en el malecón cuando ya ha pasado el ferry hace tiempo, y duran unos minutos todavía. Turbulencias con efecto retardado. Viéndolo comprendí por qué estos días en Indiana me siento tan extrañamente cansado.

Y es que no debería estarlo. Es una pausa de algunos días entre la semana santa y el viaje por el Napo para hacer el curso del CEFIR en el Vicariato de Aguarico, Ecuador. Tengo poco que hacer: mirar algunas cosas del archivo, celebrar la misa en la catedral, lavar ropa… Pero me siento terriblemente cansado, paso la jornada con más sueño que una espuerta de gatos, aplatanao, si cerrara los ojos a las 10 de la mañana ahí me quedaría, me quedo frito en cualquier parte y en la noche duermo como una piedra con sueños profundísimos.

¿Qué ocurre? Pues que creo que me está saliendo ahora todo el trajín de los últimos meses, desde diciembre hasta hoy. Reflexiono y veo que no he parado: la Navidad, la recogida, las despedidas, el traslado, los días en Lima, el encuentro de la JEC, la estancia del grupo de Mendoza, los viajes por el vicariato con sus percances, la asamblea, la semana santa… Mucho ajetreo y movimiento en el esfuerzo de conocer, adaptarme y asimilar cantidad de cosas nuevas: el clima, la forma de comer, de hablar, las personas, los lugares, los transportes… Como las olas del ferry, el cansancio acumulado se manifiesta ahora con efecto retardado, pero más que trocolearme me deja aplastao.

Me espabila la convivencia con el equipo misionero de Indiana, compuesto por puro mexicanos: tres religiosas, una laica y ¡una familia de cinco miembros! El domingo nos movemos a un sector del pueblo para celebrar la Eucaristía, regresamos bajo el sol sudando como pollos y pasamos junto a la tumba de los primeros misioneros del Vicariato. Para el almuerzo aprendo a hacer tortillas de maíz, el elemento base de la alimentación mexicana (cuando vuelva a algún restaurante cuate le tendré más respeto al menú, vaya proceso laborioso) y en plena preparación el cielo se cierra, llega un viento repentino y ¡cae aguanieve en plena selva! Qué bárbaro. Si no fuera porque yo mismo me mojé con los copitos, no podría creerlo.

Veo un rato del Madrid-Barça con los tres hijos de esta pareja misionera, que me recuerdan a mis sobrinos. Las ondas del ferry que me tienen cansadito corresponden también a casi dos años sin verlos, sin ir a España. Recuerdo que Antonio Sáenz me decía que el segundo se hace largo; y, como siempre, tiene razón. En fin, ya queda menos. Mañana rumbo al alto Napo y luego ya a Islandia de una vez.

domingo, 30 de abril de 2017

AUSTERIDADE


Una de las primeras impresiones al llegar a Islandia es el hecho de que mi nivel de vida ha se ha precipitado como los mojones del tío alto del chiste. Intuía lo que me he esperaba, pero hasta que no lo experimentas en carne viva no te das cuenta de lo que significa ser pobre. Durante años fui religioso con voto de pobreza, pero es ahora cuando vivo realmente las precariedades de una economía breve, como dicen mis compañeras brasileras.

“El obrero merece su salario”, pero un vistazo al cepillo de Islandia es un asome a la desolación: la colecta no llega ni a 40 euros al mes. En Mendoza, parroquia gigante llena de fiestas patronales, misas de todo tipo y sacramentos, los curas ganábamos casi para cubrir nuestras necesidades cotidianas y los gastos de la pastoral (si exceptuamos el carro); aquí, en esta remota y enorme frontera, los misioneros vivimos de lo que nos envían de nuestros países de origen. Comemos gracias a la generosidad de otros lejanos, nosotros no ganamos nada.

Más bien al revés: la misión nos cuesta. Lo que antes me servía para ayudar a la gente y para cosas personales (porque la parroquia me proveía de todo lo esencial), ahora tengo que emplearlo en la compra cotidiana de alimentos, el mantenimiento de la casa… y los gastos normales de la tarea parroquial (desplazamientos, el cirio pascual que he pagado de mi bolsillo, libros, rotuladores etc. etc.): vivir y trabajar. Eso hace extremar la austeridad; yo nunca fui por ahí de misionero platudo por opción, pero ahora es por obligación. No podemos dar porque “¿de dónde?”, como dicen acá.

Y luego está, por el otro extremo, la realidad de los precios: la frontera reduce tu poder adquisitivo como los jíbaros las cabezas porque todo cuesta una barbaridad. En Islandia peor porque no hay chacras, vivimos sobre el agua y por tanto no se cultiva y todo hay que traerlo de fuera. Así que vas a comprar acelgas y te encuentras con que un kilo vale 15 soles, cuando en Iquitos tal vez esté a 2. Un par de papas y tres cebollas 7 soles, 2 euros, ¡esunescándalounabuso! en idioma de Mafalda. Como todo el mundo, tenemos que hacer cuentas para llegar a fin de mes, y eso nos iguala en la lucha diaria por salir a flote (jaja, nunca mejor dicho). Es una solidaridad en la estrechez con todos nuestros vecinos.

Pero el primer problema es el agua. Es una paradoja: durante los meses de la creciente del río no vemos el suelo y vivimos rodeados de agua, pero no hay agua en las casas; resulta que las tuberías que llevan el suministro municipal van bajo tierra (claro) hasta llenar los depósitos domésticos, pero cuando el Yavarí crece esas cajas hay que subirlas para evitar que queden sumergidas, y entonces el sistema de bombeo ya no tiene presión suficiente para hacer remontar el agua y llenar los depósitos. Resultado: hay que estar recogiendo constantemente agua de lluvia para beber, lavar la ropa, los platos… Y siempre con el reflejo de no desperdiciar el agua, porque si durante muchos días seguidos no llueve, solo queda botarse al río.

La escasez lo vuelve todo muy difícil. La impresora de la misión no tiene tinta ni se pueden conseguir los cartuchos hasta Iquitos. Hoy no hemos logrado encontrar una grapadora en todo el pueblo, ni una lata de pintura marrón. Ni helados, ¡ni queso (que es más grave)!. Y hacer fotocopias ha sido una odisea; al final en la municipalidad nos han brindado su máquina, una pequeña multifunción… pero llevando nosotros el papel.

Si quieren les hablo de la casa, o mejor lo dejamos para otra entrada porque ya van a cortar la luz (son las 10:50 de la noche). En la capilla (eso sí tenemos) hay una tela con el lema de mis compañeras: “Itinerancia Austeridade”. Yo deseaba vivir más humildemente, compartir más la pobreza de esta gente; pues lo he conseguido. Y no es fácil. Ojalá mi sensibilidad se impregne de esta sencillez, de modo que no solo “la soporte”, sino que aprenda a amarla como parte de mi espiritualidad para que me enriquezca y me haga crecer.

lunes, 24 de abril de 2017

BOTADO EN PLENO AMAZONAS


Ocurrió en el regreso del viaje de reconocimiento a Islandia. El deslizador sale de Santa Rosa a las 4 de la madrugada, así que nos fuimos a dormir a Leticia la noche antes. A las 3, un motocarro vino a recogernos y nos llevó a Tabatinga, donde a su vez un bote nos pasó por 10 reales al muelle de Santa Rosa. El rápido estaba ya casi lleno a las 3:30, de modo que a las 3:40 ya salió. “Vacán – pensé yo- vamos a llegar a Iquitos todavía más temprano”. Jeje, no sabía la que nos esperaba.

El deslizador es un barco grandazo, una especie de autobús fluvial que lleva a unas 80 personas desde Iquitos hasta la triple frontera en 8 o 9 horas (bajando, porque surcando, o sea río arriba, demora unas 12 horas), es decir que va a toda pastilla por el Amazonas formando una olas que fastidian a las canoas y otras embarcaciones domésticas. Te dan el desayuno, el almuerzo y una botella de agua, y algunos hasta te ponen películas; y pagas duro, claro, 170 soles o más.

Nuestra surcada comenzó bien, yo me dormí como de costumbre las primeras 4 horas o así. Hubo una primera parada (no me acuerdo dónde), en la que varios policías entraron, nos jalaron a todos los DNIs, se pusieron a abrir mochilas al azar y a mí me tocó, claro está: la cosa había empezado a torcerse. Aunque desde luego, si quieren interceptar la coca que viaja por el río así, están cagaos, jamás van a dar con un gramo. Lo que sospechamos todos es que realmente no quieren…

Un poco más arriba, ya pasado San Pablo, de pronto se oye un ruido bien feo RRRRRRR!!! y empieza a oler a humo. La nave se detiene en mitad del río, los tripulantes empiezan a recorrerla frenéticamente palante y patrás, traen herramientas, hablan bajito entre ellos, sudan, llaman por teléfono satelital a la empresa. Y mientras los pasajeros, hundidos en un espeso silencio y sancochándonos lentamente bajo el sol tropical, nos tememos lo peor: una pieza del motor se ha tronzao y hay que traer de Iquitos en un fuera borda el repuesto y el mecánico. Piña.

Estábamos cerca de San Isidro, una comunidad ribereña, de modo que comenzaron las operaciones de remoque a ese lugar. Aparecieron cuatro peke-pekes solidarios, se colocaron dos en cada costado, pero como los motores no tenían la misma potencia costaba un mundo dirigir correctamente el deslizador. Hubo dos o tres buenos choques contra la orilla, pero al final, gracias a un tipo subido en el techo dando instrucciones, llegamos al puerto. Habían pasado casi tres horas desde la rotura del motor.

El pueblo debe de ser uno de los más cochinos del Amazonas, con incontables botellas de plástico botadas por todos lados. Allí estuvimos esperando más de seis horas, alternando lluvia con sol, asistiendo al espectáculo de carga y descarga de las lanchas que iban llegando y haciendo un curso intensivo de paciencia. Resulta que el fuera borda salvador se quedó sin gasolina a una hora río arriba; tuvieron que pedir prestado otro fuera borda para ir a salvar el bote salvador y traer el repuesto.

Finalmente, sobre las 6:45, ya casi de noche, el motor resucitó y zarpamos. Yo iba zurrao por los peligros del río a esas horas: palos, ondas sorpresivas, obstáculos, embarcaciones sin luz, lluvia… cada dos por tres el barco se paraba y me parecía que el motor ya se había malogrado de nuevo. Como no podía pegar ojo, pensaba y sentía, y me extrañaba de cómo me decantaba por Islandia de entre todos los lugares visitados. Así hasta que avistamos Iquitos.

Pero cuando estábamos ya en el Nanay, a 300 metros del puerto, pum, otra vez el deslizador detenido. Y es que también se había quedado sin combustible; probablemente dieron gasolina a los peke-pekes remolcadores pero no la repusieron después pensando que tendrían suficiente, en una exhibición híbrida de tacañería y estupidez. Veinte minutos más esperando hasta que por fin llegamos. Eran las 2:15 de la madrugada y el viaje, que debería haber durado 12 horas, duró casi 23. Me he quedado con el nombre de la empresa: Transtur nunca mais

miércoles, 19 de abril de 2017

PASIÓN FLOTANTE


"¿Y si, en vez de lavar los pies yo solo, nos los lavamos todos unos a otros? Total, si somos 15 personas”. Sí, fui yo el que lo dije, pero no era idea mía: se les había ocurrido a los de Islandia los días anteriores, preparando el jueves santo. Me pareció chévere y la exporté a Santa Rosa, la sucursal que tenemos en la trifrontera. Todo en mi nueva misión es nuevo y sorprendente, me impacta pero al mismo tiempo lo recibo con naturalidad, es curioso. “Como gota de agua que entra en una esponja” (Ej 335).

De modo que pusieron cuatro tinas, jarras y toallas, y tras lavar yo varios pies, la gente fue saliendo por parejas a hacer lo propio. El gesto es perfectamente elocuente porque acá todos vamos siempre en sandalias (chanclas en España) y limpiarse los pies manchados de barro o tierra es algo automático antes de entrar en la casa. Que te lave otro tus pies cochinos no cabe en cabeza, y que te los lave Jesús menos. Tal es su pequeñez, de ese talante es su señorío.

El viernes santo discurrimos leer la pasión en movimiento por las calles (perdón, por los puentes) del pueblo como si fuera el via crucis. El profe de religión preparó un drama con los muchachos para acompañar a cada estación. Los chicos aparecieron con sus vestimentas, se habían hecho cascos de romano y corona de espinas de cartón, las santas mujeres tenían velos y Jesús se iba llenando de sangre a medida que le iban pegando y crucificando. La creatividad de los jóvenes es imparable en todas las culturas, y en la acuática Islandia también.

Se sucedieron las paradas, la gente miraba con curiosidad y gran respeto, incluso haciendo fotos. Nadie se burló, creo que el que más me reía era yo, que fastidiaba a las chicas: “las mujeres mucho llorar, pero no hacen nada” jaja. En varias casas habían preparado como altares parecidos a los del Corpus, en una esquina le pedimos al heladero que parase el compresor por el ruido, y en la casa misionera los jóvenes hicieron el sketch debajo de mis calzoncillos tendidos. El cuadro lo completaba Marina entonando cantos de la época de nuestros bisabuelos, “sacando del arca lo viejo y lo nuevo”, como el buen escriba de Mt 13, 52. La cruz caminaba sobre el agua del Yavarí invasor del pueblo, entre motores fuera borda, olor a pescado y balsas, adornada con las risas de los niños nadando a la caída de la tarde. Otro mundo que ahora es el mío.

Al día siguiente (aniversario del inolvidable “Sábado Santo bajo el huayco”) tocaba la Vigilia. La echaba de menos y la cogí a deseo, preparándola con el personal autóctono lo mejor que pudimos. Empezó con el fuego… en el muelle, frente al mercado. Las mujeres que venden cena a esas horas nos miraban silenciosas. Como la misión no tiene plata, la gente llevó sus velas, y de camino a la iglesia cantábamos “Los hijos de la selva te alabamos Señor”. Luego, con todo y guitarra, entoné el pregón pascual, las letanías de los santos y les hice aplaudir (reír de momento les cuesta más).

Por primera vez he bautizado a una adulta en la noche de Pascua, Rocío, una mamá joven. Sus nervios y su cara de felicidad fueron la mejor gala para una celebración hermosa y muy especial, la primera sobre las aguas del Yavarí y el Amazonas. Continuó en casa de la bautizada, que nos invitó a sánguches de pollo, torta ¡de chocolate! y vino semi seco brasilero marca Dom Bosco (jeje). Conversamos en familia sobre cuántas cosas queremos hacer en la parroquia mientras veíamos el clásico peruano: La U 3, Alianza 0, toma ya. Así terminó mi primera semana en Islandia: santa, mojada y entrañable.

sábado, 8 de abril de 2017

ASAMBLEA VICARIAL


En esta tierra de misión que es el vicariato, todo está siempre empezando. Igual que el río, que es siempre nuevo y siempre el mismo, este trozo de iglesia amazónica y fronteriza tiene 72 años, pero con cada fiesta de san José vuelve a nacer, se detiene a pensar, a recrearse y a celebrar. Es la asamblea vicarial, el encuentro anual en Indiana de los misioneros y un buen grupo de laicos.

Una ocasión especial porque es la única vez que nos veremos casi todos debido a las enormes distancias y las dificultades para encontrarse durante el año. Por eso se aprovecha para estar juntos y conversar, intercambiar, compartir. Es un ambiente muy particular, distendido y multicultural, -procedemos de variadas nacionalidades-, y al mismo tiempo apasionadamente selvático. La maloka, que es el espacio donde trabajamos, imita el lugar central de la vida de las comunidades nativas. Está bellamente decorada y la rodean pancartas con los nombres de los 16 puesto de misión (no tanto "parroquias") de nuestro vicariato.

Hay diez o doce nuevos (como cada marzo) y me cuentan que más de la mitad de los misioneros llevan menos de tres años por estos ríos. Así que le dedicamos una tarde entera a la integración: Dominik, con mucho ingenio, nos hace jugar, brincar, cantar y bailar, comunicarnos... en definitiva romper el hielo y convivir. Pronto botas el roche y te sientes parte de un grupo humano, porque al fin y al cabo eso es el vicariato.


A golpe de campana se sucede una semana entera de faena: evaluaciones de los puestos de misión y de las áreas pastorales, temas de formación, rendición de cuentas exhaustiva y transparente, oración y Eucaristía, ejes transversales de trabajo cara a este año, programaciones... Salen cosas muy interesantes: compromiso por los Derechos Humanos, la ecología, la pastoral indígena, las fronteras… Por momentos me sale humo de la cabeza y, a pesar de que las sentadas te dejan el poto cuadrado, acabas estos días hecho mazamorra.

El día del patrón del vicariato, en la noche hay la velada a San José. Un grupo de folklore autóctono ameniza con flauta y tambor la maloka, donde se colocó la imagen del santo el primer día. La gente va saliendo a danzar (que no es bailar, ¿eh?) por parejas o tríos, comienzan santiguándose ante el Patriarca, y luego mantienen una cadencia rítmica: cuatro pasos adelante y cuatro atrás, un pañuelo en las manos; y cuando el tambor redobla, hay que mezclarse unos con otros y regresar a donde antes. Una danza ritual típica de la selva, y tan fácil que hasta yo me inculturé un poquito.

En cada desayuno, almuerzo y cena de los días de asamblea, el obispo se encuentra con el equipo de cada lugar, y ahí se comentan cuestiones del puesto, se barajan fechas y también se bromea y se estrechan lazos. Y además, durante toda la semana está la pequeña emoción de saber dónde irán destinados los nuevos, qué cambios habrá en los servicios vicariales, etc. El misterio se devela el último día, cuando Monseñor Javier sale y nombra los responsables de los puestos, de las áreas y funciones, y los integrantes de los organismos del vicariato. Ahí se leyó: "Islandia - P. César Caro", aunque ya se sabía porque los secretos siempre corren por los pasillos... o trepan por los tamshis (lianas) de la selva.


Lo penúltimo es la Misa Crismal. Hay que celebrarla más de tres semanas antes del jueves santo porque en esa fecha estaremos cada uno en una punta del mapa. Nos juntamos 12 curas con el obispo, creo que falta alguno. De los 16 puestos de misión, 6 no tienen sacerdote, ahora, con la nueva pesca, quedarán en 4; Islandia nunca ha tenido hasta ahora. En mayo cumplo 17 años de ordenado, y esta vez la misa es muy sencilla pero me emociona de veras.

Y lo último es la fiesta, donde reímos con ganas y comemos canchitas. Mientras veo los diferentes números artísticos, pienso que por un lado me da pereza empezar de cero, conocer a nuevas personas, son ya varias veces (Mérida-Badajoz, Chachapoyas…); pero al mismo tiempo estoy orgulloso de ser uno de ellos, de formar parte de este vicariato, casi no me lo creo todavía. Los misioneros me parecen unos tromes, unos cracks, no les llego ni a los talones pero aquí estoy. Sale a actuar La Modelo Cantante, la secretaria Ninfa, siempre tan seria en su oficina detrás de su computadora, y nos sorprende matándonos de risa. Es mi nueva familia, que Diosito me ha dado y yo no merezco. Habrá que enterarse de qué pretende Pachayaya.

sábado, 1 de abril de 2017

ISLANDIA


En apenas 40 minutos, el rápido nos lleva desde la triple frontera al viejo puerto brasilero de Benjamin Constant, justo donde el Yavarí muere en el Amazonas. Enfrente, a solo 5 minutos de navegación Yavarí arriba, hay una isla ya sobre territorio peruano. Al llegar de inmediato quedo atónito, y mi asombro no desaparece hasta ahora. Es como estar en Venecia, pero en medio de la Amazonía y al estilo selvático.

Islandia está armada sobre pilares que sostienen las calles, las cuales son pasarelas de concreto y madera para salvar la creciente que cada año, durante muchos meses, cambia la faz de la tierra por el agua del río invasora y omnipresente. Te pones a pasear y se te acaba el pueblo, y si vas leyendo el periódico y no miras por dónde vas, puedes salir del pasillo y darte un chapuzón involuntario. Las entradas de las casas son también pequeños puentes. En Islandia la gente pasa meses sin pisar suelo firme, sospecho que son una evolución de anfibios inteligentes.

No se ven carros ni mototaxis (...), pero sí canoas para visitar a la familia y los amigos, jeje. La plaza de armas es una especie de piscina gigante que tiene al fondo la municipalidad. Los niños se bañan, nadan y juegan. Por la tarde van con sus mamás al coliseo deportivo (digo yo que no podrán patear la pelota muy fuerte para no tener que botarse al agua a buscarla); también hay escuela, colegio, puesto de salud... y todo flotante. Viví dos días fascinado, nunca había visto nada igual.


También estaban perplejos los que nos vieron bajar del rápido aquella tarde: las cinco religiosas brasileñas de cuatro marcas distintas, un franciscano y dos curas diocesanos bien gringos. La hermana Alcira, que está despidiéndose, había preparado bonito la Eucaristía de bienvenida a Zélia, Eunice, Emilia, Ivanês y Fatima; la iglesia, chiquita, no se llenó, como no se llena casi nunca, pero la gente se mostró muy acogedora y cariñosa. Esta misión solo tiene diez años de existencia (más o menos) y acá nunca ha habido sacerdote residente. Es un territorio con fama de difícil para la tarea de evangelización.

La frontera tiene sus propias leyes, y una de ellas es que la pobreza es un rodillo del que no escapa nadie. Las condiciones de vida en el pueblo son muy modestas: hay luz de 6 de la mañana a 1 de la tarde, y luego de 6 de la tarde a 11:30 de la noche; a pesar de vivir sobre el río, hay restricciones de agua para beber y para uso doméstico cuando las lluvias son cicateras. Hay wifi importado de Benjamin a razón de dos soles por dos horas (o algo así). Los regidores municipales están preocupados por la limpieza para evitar que el río bajo la población se convierta en un vertedero. Y todo hay que traerlo de enfrente, de Tabatinga, Leticia o Caballo Cocha, desde un frigorífico hasta una caja de paracetamol, con lo que eso supone de gasto y complicaciones. Por cierto, se compra en reales, la moneda brasileña, más que en soles. Un lío políglota para terminar de adornar el cuadro.

Otra ley es la supremacía de la impunidad, porque la frontera parece alejar a la autoridad y condenar a los humildes a las infecciones de la lejanía: producción y tráfico de coca, trata de personas, venta de niñas (a veces por su familia) para prostitución, comercio ilegal, empresas madereras y mineras implacables y crueles con la naturaleza, violaciones de los derechos humanos y atropellos contra los derechos territoriales y culturales de los indígenas, devastación del medio ambiente... Un reto enorme para el puesto de misión, un Yavarí inmenso y casi desconocido, donde el Vicariato ha penetrado poco por falta de personal.

Pues hasta allá llegan esas cinco mujeres valientes, que recién he conocido. Ni por un momento había considerado la posibilidad de trabajar yo allí, pero, como pasó cuando puse el pie en la selva, algo me cautivó. Y de hecho, en la asamblea vicarial, que es la siguiente experiencia, se acabó de fraguar y decidir una tremenda sorpresa: Islandia era el final de este viaje portentoso, y será también mi destino, el lugar donde viviré y trabajaré como misionero. Diosito es tan bueno y generoso como bromista. Para mi cumple, un chaleco salvavidas con el escudo del Atleti.

martes, 28 de marzo de 2017

(#UnaSolaFuerza)


Hago un paréntesis de la narración de las peripecias de mi viaje por la selva para contar algo de lo que está pasando en el Perú, la experiencia que estamos viviendo y que, sorprendentemente, nos implica a todos, incluso a los que no estamos sufriendo la catástrofe en primera persona. Las imágenes han dado la vuelta al mundo y, si bien son terribles, concuerdan con la magnitud de la campaña que está poniendo en pie nuestro país y que se llama #UnaSolaFuerza.

Primero una mijita de ciencia. ¿Por qué semejantes lluviones? ¿Qué es eso de El Niño Costero? ¿Pero no era El Niño a secas (si se me permite el chiste malo)? Las lluvias se producen porque el mar se calienta anormalmente y muy rápido, en este caso unos diez grados, pasando de 21 a 30º C de temperatura superficial. ¿Por qué? En El Niño normal se debe a las ondas Kelvin, corrientes calientes que llegan desde Australia pero tardan de tres a cuatro meses, con lo que se pueden prevenir las lluvias y prepararse el personal; pero en El Niño Costero el agua del Pacífico se calienta debido a un fenómeno meteorológico local que tiene que ver con el debilitamiento de los vientos fríos que recorren las costas de Perú y Ecuador de sur a norte y un predominio del aire cálido ecuatorial.


En resumen, de golpe el calentamiento del mar norteño produce más humedad de la común en el cielo debido a la condensación. Dicha humedad no pasa al interior del continente porque no puede superar los tres ramales de los Andes, y por tanto se condensa y produce lluvias muy intensas en las regiones costeras del norte del Perú. Estas costas de Piura, Tumbes, Lambayeque, Trujillo, Ancash... son desiertos donde casi nunca llueve, debido a que los Andes son la barrera natural que impide pasar a la humedad de la selva hacia el mar. Por tanto las ciudades, incluida Lima, no están preparadas para asumir tal cantidad de agua en tan poco tiempo (normalmente tienen que regar sus parques para que no se sequen), y se producen inundaciones, riadas y huaycos (derrumbes, aludes de barro) con los consiguientes desastres y pérdidas humanas y materiales que estamos viendo*.

Ya. Hasta ahí el rollo meteorológico. La plaza de armas de Trujillo inundada, el centro de Piura hecho un barrizal, casas totalmente anegadas con metro y medio de agua, carros llevados por las corrientes, el Amazonas en niveles críticos, volquetes hundidos en el barro, grupos de vecinos atrapados en azoteas, personas colgadas en arneses, canoas que transportan víveres por las calles de Chiclayo convertidas en piscinas, pueblos enteros arrasados, la panamericana cortada hace muchos días, puentes destruidos, cortes de luz, desabastecimiento de agua (¡!) en todo el país, apagones de la señal de telefonía y de internet, personas desaparecidas y decenas de muertos y heridos. Un desastre de proporciones gigantescas que ha asolado el Perú de horror, desconcierto y tristeza.

Lo que está ocurriendo hace visibles varias cosas. La primera es la gran cantidad de infraestructuras deficientes y viviendas precarias que hay en Perú, con muchísimas familias viviendo en condiciones indignas y en emplazamientos inseguros, y especialmente en la costa, donde están las principales concentraciones de población. Los anuncios pitucos de la tele nos hacen creer en un país medio elegante y semidesarrollado, pero de pronto despertamos y nos topamos con la realidad que siempre intuíamos: que Perú es mucho más pobre de lo que muchas veces se pretende aparentar.

El reverso es igualmente elocuente: los peruanos son líderes en capacidad de movilización para hacer concreta la solidaridad y acudir en ayuda de los damnificados. La acción del gobierno junto con la totalidad de la sociedad civil es impresionante, por su amplitud y su unanimidad. La campaña #UnaSolaFuerza la capitanea el presidente, que se pasa los días en helicópteros y aviones recorriendo las zonas dañadas; ha encargado a cada ministro una región en la que coordinar de la ayuda y la prevención, con el mandato de dejar otros asuntos y dar prioridad al apoyo a las poblaciones afectadas.

Todo está invadido por el impulso a la solidaridad: cientos de horas de de televisión, las páginas de internet, mensajes de texto de PPK en los celulares, los murales de las calles, cualquier acto público y hasta este blog Lima está repleta de centros de acopio donde se invita a la población a que lleve agua, alimentos, útiles de aseo, medicinas, mosquiteros, calaminas... La cantidad de sacos azules es increíble, hay varias ONGs comprometidas en la tarea, multitud de marcas comerciales, empresas, famosos, grupos políticos, canales de Youtube, asociaciones de todo pelaje, los equipos de fútbol... Incluso los bancos, en sus apps para móviles han introducido una opción para que dones al toque 20, 50 o 100 soles. Sencillamente extraordinario.

Pero lo mejor es que han conseguido generar una corriente de fraternidad y unión que a todos nos hace sentir parte de un mismo país, con un destino común y un presente doloroso que exige que cada uno responda. Es una corriente más fuerte que las aguas de las riadas y los lodos de los huaycos, sostenida por el tesón de este pueblo peruano y su mejor cualidad: reinventarse a sí mismo y alzar la cabeza sonriendo a la desgracia y tarareando una marinera norteña.

* Para una explicación más detallada, ver http://rpp.pe/blog/mongabay/5-preguntas-para-entender-el-fenomeno-el-nino-costero-que-golpea-peru-noticia-1038554. Y también http://unasolafuerza.pe/.


miércoles, 22 de marzo de 2017

EN LA TRIPLE FRONTERA


Cuando se mira el mapa del Perú, en el extremo más oriental, el país acaba en un pico, que es el vértice inferior derecho del llamado trapecio amazónico; éste está construido por dos abruptas líneas geodésicas que bajan de norte a sur formando una especie de pasillo colombiano que se mete en Perú hasta llegar al Amazonas, que hace de base del trapecio. Ese punto de confluencia es una triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú, un lugar único, extraño, hermoso y apasionante.

Bajando por el Amazonas peruano se llega a Santa Rosa, que es una isla adonde ingresas con los pies mojados para que sospeches dónde te has metido. Los dos o tres restaurantes turísticos y la oficina de Migraciones no mitigan la sensación de pobreza que te invade a medida que recorres la calle paralela al río y ves las casas de madera, las hamacas, la mugre afincada, las credenciales de la miseria. Al menos hay capilla del Vicariato, pero está ocupada por el abandono y la desolación, deteriorada, acechada por la ruina. Qué lugar. Acá no hay casi nada.

Tras visitar a Maneca, que es la laica responsable de este puesto, buscamos un bote-taxi que nos cruce al otro lado. Los apenas cinco minutos de navegación resultan ser una distancia humana sideral: de repente te ves en lo más parecido a una ciudad desarrollada desde Iquitos. Leticia, en territorio colombiano, está compuesta por calles rectas que se cruzan perpendicularmente y no tienen nombres, sino números. En la plaza adornan plantas bien cuidadas, hay tiendas pitucas y supermercados, todos los motoristas llevan casco, no se ve basura por el suelo... Otro nivel de vida ahí al lado, otro país enfrente nomás, otro genio, otra moneda, otro mundo.

Los jesuitas viven en la calle 10, y ellos nos reciben en su casa, que nos parece un hotel de cinco estrellas hasta con wifi (qué lujo asiático). Valerio, Alfredo y Pablo dinamizan en esta frontera la REPAM, la Red Eclesial Panamazónica, que es una forma nueva de ser iglesia en la Amazonía, defendiendo los derechos humanos, territoriales y culturales de los pueblos indígenas, el medio ambiente, el buen vivir, el agua, los árboles, el desarrollo sostenible y la vida de esta región de más de 7 millones de kilómetros cuadrados en ocho países. Los jesuitas son unos verdaderos tromes por su conocimiento y su compromiso, y están volcados con la red (http://redamazonica.org/), que me ha parecido, en un primer golpe de vista, un filón, una oportunidad ilusionante para el trabajo misionero en nuestra selva.

En Leticia descubrimos el museo etnográfico, que es pequeño pero explica muy bien la vida de los ticuna de esta zona, y da una panorámica de la panamazonía en paneles bien didácticos. También visitamos al obispo de este vicariato colombiano, que es español, nos ofrece "un tinto" (es decir, un café) y en la conversación se queja de que a estos lugares "nadie quiere venir". Por la noche Valerio nos invita a una pizzería que podría estar en Madrid, y hablamos de inculturación, shamanes, vida misionera, tendencias eclesiales... Un rato tan delicioso como la pizza.

Al día siguiente pasamos a Brasil. Que nadie piense en controles aduaneros o puestos de sellar pasaportes, nada de eso: se agarra una calle (la "Avenida Internacional") y sin más se ingresa en el país de la samba sorteando unos carteles. Y todo cambia en apenas 50 metros: ahora el idioma es el portugués, la moneda es el real y no el peso, las calles son amplias pero tal vez menos elegantes, se ven carros de cuatro ruedas, hay aeropuerto y una Mansão de Chocolate que me quedo con ganas de investigar. Tabatinga y Leticia son una sola ciudad dividida mágicamente por una línea imaginaria que origina dos países contiguos muy distintos, tal poder tiene la mano humana muñidora de fronteras.

El obispo es gallego, muy simpático, y en lugar de cruz pectoral lleva colgados del cuello dos USB. Cuando llegamos ya están con él las cinco nuevas hermanas brasileñas que van a trabajar en la misión de Islandia. Pertenecen a cuatro congregaciones diferentes, son de distintas edades -incluso generaciones- y solo dos hablan español. "Qué valor tienen", pienso mientras subimos al bote con todas sus maletas. Pero aún me queda la sorpresa mayor de este viaje; lo cuento en la siguiente, que esta entrada ya es mu larga.

"Hito de la frontera", al entrar en Brasil

sábado, 11 de marzo de 2017

UN PRIMO GENIAL


La siguiente escala de nuestro viaje es San Pablo de Loreto, a seis horas en rápido Amazonas abajo, Un lugar especial: la población nació cuando en los años 30 el estado decidió comprar una hacienda para traer a los leprosos de Iquitos, y así poder experimentar tratamientos de una enfermedad que entonces era aún un misterio... y seguramente también aislarlos.

El origen de un pueblo condiciona su carácter y moldea su visión de la vida. Todavía hoy están "el pueblo" y "la colonia", el poblado que se creó al mismo tiempo, donde vivían el personal sanitario, los trabajadores y los misioneros... convenientemente cerca (a dos minutos en mototaxi) y a la vez suficientemente lejos. Esa brecha geográfica y la experiencia cotidiana de la enfermedad probablemente articulan todavía hoy la personalidad de esta gente. Me aconsejan que es mejor sustituir la palabra "lepra" por "mal de Hansen", y llamar al leprosorio "Casa San José", a pesar de que la habitan apenas once ancianitos, todos sanos, con apenas secuelas de la antigua dolencia que las religiosas les cuidan con delicadeza.

Aquí trabajó el doctor Kuczynski, eminente médico en los años 50 y padre de PPKuy, el actual presidente del Perú. Hasta aquí llegó un joven estudiante de medicina argentino llamado Ernesto Guevara, de camino hacia Cuba, e incluso te cuentan cómo operó el brazo de un hombre para liberar la tensión del nervio que hacía encogerse su mano. ¡Y está su estatua en la plaza de armas al ladito de la catedral! Diosito, ¿qué habrá pensado el marxista Ché al ver eso? Se habrá quedado como las iguanas que se te cruzan por la calle.

Porque esta iglesia de San Pablo es imponente: nueva, bien concebida y original. Tiene un ambón que es la proa de un barco, y un sagrario en forma de bola del mundo, con la llave en el Perú. El padre Jaime prepara las cosas de la misa con su hábito franciscano, alto y delgado a sus ¡78! años. Yo lo miro con la misma cara de las iguanas y pienso que todo, toda esta mezcla (el sufrimiento, la compasión, la exclusión, la valentía, la fe...), ha forjado la identidad de este pueblo tan peculiar.

José Caro (a la izquierda) y mi compañero Reinaldo Nann
De aquí pasamos a Caballo Cocha, donde nos espera mi primo José Caro, franciscano colombiano que vive y trabaja acá, un auténtico trome: ingeniero agrónomo, químico orgánico, psicólogo social, experto en derechos humanos, creativo, entregado. Le encantan los recorridos por las comunidades nativas, les enseña procedimientos alternativos de cultivo, a preparar abonos naturales, se lleva su mini-proyector y monta películas sobre Jesús para verlas y comentarlas... Cuando habla se le nota entusiasmado con su vida misionera, y destila una gran humildad y amor por estas gentes.

Esta parroquia no es fácil, pero es apasionante: Caballo Cocha es una urbe de unos 30.000 habitantes (la mayor del Vicariato, tiene hasta semáforos) colocada estratégicamente en territorio fronterizo, una especie de ciudad sin ley abigarrada de tiendas variadas, ferreterías blanqueadoras de plata de la coca en cada esquina, israelitas, gente de todo pelaje, barrios de diferentes extracciones sociales... de todo. Y además, unos 100 pueblos a lo largo del Amazonas y afluentes de la zona, algunos a unos cuantos días de navegación. Un mundo.

La misa del domingo por la mañana es abundante comparada con otras ya vistas; la iglesia está bastante llena, hay equipo de liturgia muy competente, que lo tiene todo preparado. En la reunión que hay después, José interviene poco, pero entresaco intuiciones que son de oro: primero escuchar a la gente, conversar... Los misioneros no somos amazónicos, estamos recién llegados, y por tanto se requiere la actitud central de aprender con tiempo para intentar inculturarnos.

Este viaje por el Amazonas me recuerda al libro de Conrad: "El corazón de las tinieblas". Es una travesía hacia lo profundo de la selva, hacia la frontera con su idiosincrasia propia, que es un collage de lejanía, poca presencia del Estado e impunidad. No es solo un hecho geográfico: son los límites de lo humano, en los que el mal se manifiesta a sus anchas y el bien resplandece con elocuencia singular. Hacia allí voy y en los próximos días más me va a sorprender.

San Pablo















Caballo Cocha


jueves, 2 de marzo de 2017

EN EL CORAZÓN DE LA SELVA


Podría decir que es como una inmensa alfombra que despliega todos los posibles matices de verde; o un océano de copas de árboles apenas moteado por las sombras kilométricas de las nubes; o el gemelo infinito del cielo hendido por los trazos pardos y serpenteantes de los gigantescos ríos amazónicos. Podría discurrir imágenes semejantes pero siempre serían afónicas o escasas. Porque lo que se contempla desde la avioneta que une Iquitos con El Estrecho, la capital de la cuenca del Putumayo, es simplemente una belleza prodigiosa e indescriptible.

El vuelo apenas demora 45 minutos en una avioneta de las FAP de 17 pasajeros, que encuentra un inédito trozo de tierra empistado en este pueblo de unos 4000 habitantes. El aeropuerto está lleno de gente, motocarros, parasoles y bultos de todos los tamaños y colores; veo a los niños correr hacia la nave aún no del todo detenida, casi golpeándose con la hélice... Y es que al Estrecho solo se llega por aire o en lancha bajando el Amazonas, entrando en Brasil y remontando luego el Putumayo en un viaje que dura entre 10 y 15 días. La lejanía y el aislamiento marcan la vida acá.

Vamos en mototaxi a la casa de las Misioneras Parroquiales del Niño Jesús de Praga, que son las responsables de la misión desde hace años. No hay carros (solo hay dos, una camioneta de la Marina y otra de la Municipalidad que está malograda), casi todas las casas son de madera, tienen luz 16 horas al día (se corta por la tarde), hay señal de teléfono pero no de internet y la pobreza es visible, aunque sea carnaval y se cubra de barro con el que la gente se embadurna por las calles.

Lupe en acción
En casa nos espera la hermana Lupe, que tiene 82 años y lleva 49 en esta misión. Sí, han leído bien: 49 años "en el corazón de la selva", como le gusta decir. No es solo que sea la párroca de aquí... es que es la abuela del pueblo o la cacique, conoce a todos, a sus padres, a sus hijos, condecorada por el Gobierno por su lucha a favor de los indígenas, y hasta una aldea río arriba lleva su nombre. Está viejita pero todo pasa por ella y puede con todo, inclusive hacer el saque de honor pateando el balón en el campeonato de futbito, toma castaña.

La continuidad da frutos porque el domingo comprobamos que a la iglesia viene bastante gente, hay coro con instrumentos, lectores, monitor y tres ministros que normalmente presiden por turno la liturgia y dan la comunión. Las religiosas han trabajado muy bien dando el protagonismo a los laicos; hay hasta acólitos, pero a la hora del ofertorio no saben qué hacer con el pan, el vino y el agua porque esta parroquia está sin sacerdote desde hace años y la misa es algo muy ocasional. Eso sí, hay solamente dos imágenes: San Antonio el patrón y... ¿quién? ¡María Auxiliadora! Jeje.

El territorio parroquial abarca, además de la sede, un mundo de casi 80 comunidades Putumayo arriba y abajo, que se recorren poco (tal vez una vez al año) a causa de la falta de tiempo y del costo económico que supone salir en bote durante dos o tres semanas; en el Vicariato, con lo que la gente aporta no se cubre ni de lejos la vida de los misioneros ni el trabajo pastoral. Hay varias tribus nativas, asentadas en diferentes lugares adonde habría que llegar, y sobre todo es urgente acompañar a los pocos animadores o catequistas que van quedando.

Todavía sin pisar Colombia
Otra peculiaridad de este sitio es la frontera: el Putumayo separa a Perú de Colombia, de modo que en 2 minutos y 6 segundos cronometrados pasamos de un país a otro en fuera borda. El pueblito colombiano de enfrente se llama Marandúa (fundado por Lupita, claro está), y es pobrísimo. Tiene una sola calle, que en realidad es una pasarela de madera elevada para evitar la creciente del río, que cada año alaga casas, la escuela (única construcción de ladrillo), chacras y las pocas pertenencias de los vecinos. Como toda zona fronteriza, El Estrecho encierra desde siempre una complejidad: narcotráfico, tala ilegal, gente que va y viene, comercio ilícito, las FARC pululando por ahí...

Llueve y hace fresco; incluso por la noche necesito una mantita. El Estrecho podría ser mi destino. Cierro los ojos, recuerdo el vuelo y pienso que, más que en el corazón, estoy en el pulmón del planeta. Lo he entendido con mis ojos. Y respiro.

viernes, 24 de febrero de 2017

INMERSIÓN


Cuando se sale de Iquitos, del puerto de Productores, camino de Indiana, se navega al principio por el río Itaya, de aguas azuladas oscuras; pero a los pocos minutos el bote se acerca al Amazonas, y se ve perfectamente la línea en que el agua se torna parda y barrosa, como una frontera cromática entre los dos ríos, o el lugar donde el Amazonas prevalece. Es prodigioso.

Antes, el embarcadero es un enjambre de gente que viene y va, jóvenes que transportan cargas de la orilla a la pista iquiteña, vendedoras ambulantes, ruido y olor a humedad, puestos de verduras, naranjas, papayas, chicha y pescado. Cuando se baja al nivel del río se camina por tablas que flotan y se inundan, te mojas los pies, el agua que rodea los botes está saturada de suciedad, pero en ella se bañan los niños en las horas de más calor… La belleza natural de la selva convive con la miseria de los seres humanos.

Indiana es la sede del Vicariato desde su creación en 1945, pero solamente hace año y medio no había teléfono ni internet y nomás disponía de tres horas de luz. Con la llegada del progreso ahora la fábrica de luz corta a las 12 de la noche y engancha a las 6 de la mañana. Las horas nocturnas son un remanso de paz al compás de las chicharras y la vigilancia del Amazonas, es delicioso. A las 6 regresa la electricidad y de pronto todo empieza ahí, parece que el pueblo entero se conecta y vuelve a la vida, el silencio es sustituido en cuestión de minutos por la cháchara incansable del parlante de la municipalidad, que combina informaciones útiles y verborrea de avisos ciudadanos con música de Andy y Lucas, el himno nacional, Pimpinela o Perales. Como el almuédano de Níger pero en versión selvática, jeje, ay mi Perú.

Aquí he plantado mi base provisional entre viaje y viaje, porque quieren que haga algo con el archivo del Vicariato, que lleva algunos años un poco abandonado. De momento, antes de visitar la misión de El Estrecho, he dedicado los últimos días a abrir todos los folders, ordenarlos e investigar un poco lo que contienen. Aparentemente una buena castaña, ¿no? Pues… como tantas otras veces, me he llevado una verdadera sorpresa y está siendo una experiencia de lo más interesante.

Actas de reuniones, planificaciones pastorales, reseñas de asambleas, informes de viajes a las comunidades, pastoral indígena, correspondencia, talleres de inculturación, proyectos, encuentros, fotografías, cuentas… de todo. Una auténtica inmersión documental en el Vicariato, en este grupo de gente que lleva años acompañando a este pueblo, trabajando y luchando, con toda su debilidad y el sueño del Reino como estrella. Un archivo muerto… que da vida, que alumbra y enriquece inesperadamente a este recién llegado.

Porque los antropólogos necesitamos alimentarnos de las fuentes escritas tanto como salir a entrar en contacto directo con la realidad (lo aprendí en la estupenda asignatura de Etnografía en la UNED). Y mientras escribo esto se prepara un tremendo lluvión tropical, la nube negra llega casi a tapar la orilla opuesta del río, pero deja una franja de cielo por encima de la pared de árboles, es precioso. Así que bajo al toque a hacer una foto y me encuentro con las hermanas Mª José y Mª Mercedes que justo llegaban a la casa, y las inmortalizo en este instante de hermosura amazónica.

Y al momento, la lluvia. Zambullida en la selva de todos los estilos y por los cuatro costados… ¿O más bien la selva me abraza? Mmmmh, esto no ha hecho más que empezar.


viernes, 17 de febrero de 2017

SUDANDO POR ESOS RÍOS


Tamshiyacu es un distrito grande, de más de 7000 habitantes en su casco urbano, con mototaxis, señal de internet, Iquitos a hora y media por 10 soles,  y una parroquia pintada de azul con torre puntiaguda que es de las más extensas del Vicariato con más de 100 comunidades. Aquí comienza este diario de viajes de un novato por la Amazonía que va sudando a todas partes.

No voy solo. Estoy muy bien acompañado por los jóvenes y asesores de la JEC de Mendoza (durante una semana, hasta que regresen) y por mi compañero Reinaldo, que llega a estas tierras al mismo tiempo que yo procedente de la diócesis de Trujillo. Se trata de pasear, de tomar contacto y conocer de primera mano algunos puestos de misión. Es un aterrizaje realmente abrasador porque estos días el calor es asfixiante.

Duros trabajo en Tamshiyacu
El fin de semana sustituimos al padre Yvan en los misas de Tamshi. El pueblo es grandazo pero a la iglesia va poca gente, y creo que es lo habitual por estos lugares. A pesar de que nos esforzamos por hacer participar, a la gente le cuesta reaccionar, sonreír. Cuando vamos por la calle notamos eso mismo: la timidez, el carácter más cerrado, menos expresivo. Y nos topamos con la pobreza, las casas de madera, muchas alzadas sobre palos para esquivar la creciente del río, los niños a montones, los escasos servicios. No hay duda de que la población de la selva está más en la periferia de intereses políticos y económicos.

De allí pasamos a Indiana, donde ya estuve el año pasado. El deslizador va que se las pela, y cuando agarra baches en el agua, salta y arranca gritos por ahí; algún gracioso dice que son los rompemuelles del río. Todo me resulta conocido: las calles, los zancudos, el plátano frito del desayuno, el mercado y su alegre desorden, la parsimonia de Paco, las mecedoras… y el espectáculo del Amazonas fluyendo manso pero como agazapado en su hermosura. Una belleza que se cuela por la ventana de mi habitación del piso de arriba y que me hace preferirla a pesar de que es un horno.

Y es que por momentos el calor me abruma. Más que el calor, el sudor. Me paso el día sudando a chorros, secándome la cara con pañuelos que pronto quedan empapados, y temo incomodar a las personas, y eso me fastidia y creo que me hace sudar más. Tengo que aceptar eso: que hace mucho calor, que voy a sudar, y tratar de adaptarme y llevarlo lo mejor posible. A muchos veo con el mismo problema, siempre con una toallita a cuestas. Es como en Togo: el clima condiciona mucho la vida y moldea la mentalidad de la gente, conforma los relieves de estas culturas.

Pero el día que visitamos Orellana es más fresco. Mariana y Darlene nos esperan en el embarcadero (las conocemos del encuentro de la JEC). Nos hacen recorrer el pueblito, pequeño pero coqueto, con un monumento que recuerda que fue acá donde el extremeño Francisco de Orellana, bajando por el Napo, descubrió el Amazonas el 11 de febrero de 1541. Este puesto de misión tiene unas 40 comunidades y hace años que no cuenta con sacerdote estable, igual que Indiana. Mariana es misionera laica y la responsable de todo: la pastoral, las visitas, las celebraciones… En la casa parroquial, viejita y con aspecto de barco de madera, almorzamos arroz con pavo antes de surcar las cuatro horas de regreso a Indiana.

Y ahora es viernes y escribo de nuevo desde Iquitos, en la sede del Vicariato, en mi habitación de misionero que está de paso por la urbe. Me abanico porque el calor no da tregua, y ahorita llamaré a mis muchachos de Mendoza para reunirme con ellos más tarde y despedirme del todo. Ahí sí que me quedaré solito con mi selva. Menos mal que parece que habrá cocos helados con quizá un toque de vodka, porque estaré algunos días en Indiana.

viernes, 10 de febrero de 2017

SHAMECO


Los primeros días en la selva están siendo una sucesión de sorpresas que van cayendo en mi silencio como los confetis de una bombarda festiva, suaves pero con decisión. Silencio que de vez en cuando rompo para preguntar, y todavía me da la impresión de que a veces hablo de más.

Estoy en Iquitos, la capital de Loreto y la mayor urbe de la selva peruana, con más de 600.000 habitantes. Das cuatro pasos y al toque aprecias que es como si el avión hubiera retrocedido en el tiempo veinte años: el desorden, esas veredas de tierra, la basura desparramada, las pobres casas de Punchana, el hospital regional que no tiene médico de emergencia pero está desbordado de gente y de suciedad… y todo aliñado por un estruendoso enjambre de más de 30.000 mototaxis, que se dice pronto.

No había doctor en urgencias cuando llevamos a Sara a las 9 de la noche, después de que se cayera y se hiciera daño en la casa Kanatari, donde estamos celebrando el encuentro nacional de la JEC (Juventud Estudiante Católica). Como siempre, estar con los jóvenes me impulsa, me insufla vida, me renueva y me calma. Es prodigioso porque pasan los años y es una constante. Conversar con ellos personalmente  me ha impactado, cuánta violencia hay en las familias, cuánto maltrato de todo tipo, y cómo afecta eso a los muchachos, les hace llorar apenas empiezan a contarte.

En el encuentro el padre Ángel Saboya, que es el consiliario nacional de la JEC, quiere celebrar sus ¡50 años! de vida sacerdotal y de servicio al movimiento. Armamos una fiesta sencilla pero muy bonita: la Eucaristía, la humilde cena para toditos, el brindis, los discursos, los regalos, los vídeos, el programa… y el baile. Me quedo asombrado cuando aparecen los de las plumas, los tambores, las flautas y el cuerpo pintado, que imprimen una marcha más a la fiesta y le dan un tono puramente selvático.

Y me doy cuenta en mi piel de que estoy en otro mundo: los rostros, los ojos rasgados, los nombres, la manera de hablar, las melodías, los colores, las expresiones, las comidas… ¡todo! Y todo marcado por el río: el agua, los animales, la pesca, el predominio de la naturaleza. Me quedo mudo de admiración y de estupor. Nada menos que acá me ha venido a traer Diosito.

Los jóvenes adoran al padre Ángel, y él sabe conectar con ellos a pesar de sus 75 castañas. No importa la edad, qué alivio. Su chapa es “shameco”, que acá significa cariñosamente tontallo, zonzito, upa diríamos en Mendoza. Así me tiene la selva, shameco, embobado, fascinado. Y eso que no he salido de Iquitos. Mañana empieza mi viaje iniciático, de descubrimiento del Vicariato y más que probable profundización en el silencio; primera parada: Tamshiyacu, Amazonas arriba en dirección a Nauta. Mamá, a buscarlo en el Google.

domingo, 5 de febrero de 2017

"TU VIDA VA A CAMBIAR"


De nuevo duermo poco, de nuevo amanezco en un cuarto sembrado de maletas sin cerrar, de nuevo llegó el momento de partir. Esta vez el periplo no se inicia en Mérida sino en Lima, y durará apenas hora y media hasta Iquitos, pero intuyo que es un viaje más grande y más profundo.

"Tu vida va a cambiar", me espetó Dominik en una conversa durante el curso de teología la semana pasada. Y desde entonces esas palabras sobrevuelan mi ánimo y matizan mis pensamientos. Ah ya, pero "¿es que no había cambiado bastante?". Parece que no. Porque ahorita se me abre un trecho del camino que es como una vuelta de tuerca en esta vida dentro de la vida que es tratar de seguir al Buen Pastor en Perú.

No es solo un traslado geográfico. Es un dejar atrás todo lo conocido hasta ahora y descalzarse la mente y el corazón. La selva creo que me exigirá dejarme formatear el disco duro, deponer criterios pastorales, ralentizar el ritmo de vida, someter palabras y ejercer el silencio, desechar inercias, relativizar modos de ver, de hacer y de ser... Un capítulo de esta aventura, sí, pero mucho más: un salir de mí para ir más adentro de lo que significa ser misionero, más adentro del querer de Dios, más adentro de la pobreza y la insignificancia.

Diosito me lleva, y eso me hace confiar en que lo que me aguarda será aún más hermoso que lo que dejo atrás. Si miro de reojo, tengo tanto que agradecer... Pero al mismo tiempo me pesa el reverso de mi cruz misionera que tengo acá delante, la cruda realidad de ser vasija de barro siempre a punto de quebrarse (2 Cor 4, 7).

Me marcho al Vicariato Apostólico de San José del Amazonas, a vivir y trabajar en la entraña de la selva peruana... y tengo miedo. No se si seré capaz de ser otro más todavía, 3.0. Así que tal vez sea bueno traer aquellos versos de García Calvo:

              Enorgullécete de tu fracaso,
              que sugiere lo limpio de la empresa.

(Por lo que pueda pasar 😬).

Me despido, pues, de momento. Confieso que he considerado seriamente dejar mi blog (demasiado protagonista quizás...), pero un par de mensajes refrescantes me han alentado a continuar: gracias Dani, gracias Toñi. Intentaré seguir contando trozos de vida, aunque reduciré la frecuencia de las entradas, por las limitaciones de conexión que sin duda habrá en el Amazonas y por decisión propia.

Los días atrás he aprendido que el evangelio de Mateo empieza igual que acaba: Dios se llama "Dios-con-nosotros" y Jesús está siempre "con nosotros". Menos mal. Voy a necesitar la mejor compañía. Porque esta travesía es la más rotunda y penetrante; tal vez la definitiva. El gran viaje es hoy.