lunes, 21 de agosto de 2017

PAKRACHU MADRINA


Estábamos entrando en Punchana, la sede del Vicariato en Iquitos, aquel día de finales de enero. Javier iba a iniciar su servicio como obispo de San José del Amazonas, y yo le acompañaba junto con otras personas, en parte para apoyarle en este gran cambio en su vida y en parte atraído por la ocasión de conocer la selva. Había unos cedazos de mimbre decorando la puerta grande del garaje, cada uno con una letra, que formaban la palabra “Bienvenido”. Al frente del grupo de misioneros y trabajadores que recibían al nuevo obispo me sorprendió ver a una mujer alta, delgada y rubia, con guitarra en la mano y acento centroeuropeo, llevando la voz cantante. ¿Te acuerdas, Madrina? Esa imagen está en mí para siempre.

Me figuro que, igual de asombrados que yo, estarían en Tamshiyacu o San Pablo los primeros años: esa ñañita gringa, de ojos verdes y pelo amarillo, blandiendo el machete en la chacra, tan chivola, remando por el río, o sirviendo masato a los hombres bajo el sol el día de la minga. Llamativa e inolvidable hace treinta y tantos años, igual que hoy, porque llevas más de la mitad de tu vida en el Vicariato y has pasado por infinidad de experiencias, curtida en mil batallas y superviviente de cuántas crisis y hecatombes. Memoria viviente y al mismo tiempo motor y corazón de nuestro pedazo de iglesia selvática.

Formas parte, por antigüedad y relevancia, del paisaje loretano. Es chistoso comprobar cómo todo el mundo te conoce, por todas partes te encuentras gente que te saluda, jaja. En Iquitos los mototaxistas me hablan de la hermana Domi, te paran por todo el Amazonas, en Pantoja, en Soplín, ¡hasta en Rocafuerte, que está en Ecuador! Todos te recuerdan (es difícil que pases desapercibida), pero como tú no puedes acordarte de tantos nombres, a todas las mujeres las llamas “Josefa” por si suena la flauta, yo me mato de risa; un día, me cuentas, acertaste… ¡y había que ver la cara de satisfacción de la señora!

El curso del CEFIR fue una buena introducción a la vida misionera en la Amazonía (¡pakrachu por invitarme!), pero también fue una oportunidad para convivir contigo más tiempo. ¿Cómo es posible que siempre tengas temas de conversación? ¿De dónde sale ese arsenal de bromas y chistes para reírte tú y hacernos reír a los demás? En el bote, en el partido de fútbol, en clase, en el almuerzo, en la oración… ¡en la fiesta! Muchacha, ¿cuál es el secreto de esa energía? ¿Quinua, maca, LL, RC*…? Diosito lindo. Aunque observo maravillado que también tienes harta clientela para diálogos del alma, acompañamientos en situaciones delicadas, consejos y confidencias. La tuya es una profundidad muy inculturada: simpática pero auténtica.

Mi fascinación por ti es gemela de mi fascinación por la selva: las dos comenzaron aquel día como un flechazo insensato. ¡Cuántas preguntas te habré hecho (y las que me quedan)! En las noches de vodka y derrotas en las damas chinas, procuro abrir todos los poros de mi entendimiento y mi intuición para aprender y hacer tesoro de tus aventuras, tus puntos de vista, tus posiciones teológicas, tus esperanzas de futuro. Me enorgullece y me pasma que en muchas cosas opinemos igual… ¿Sabes qué? Varias veces, cuando hemos comentado algo, he notado que estábamos pensando exactamente lo mismo.Y eso que yo todavía no he tomado ayawashka, jaja.

Siempre tengo presente que te viniste como misionera al Vicariato “para siempre”, como tú dices. Eras casi una niña pero ya lo tenías claro, y aquí sigues. En estos tiempos de turismo solidario y de misioneros con contratos temporales, tú eres el icono de lo que dice Monseñor Gerardo: “el misionero es como el pistolero: hasta el final”. Eres una inspiracióń, a mí tu vida me interpela, y cuando dices que soy “tu pesca”, me siento afortunado y desafiado en la misma medida. Porque al Vicariato llegué por mi propio pie y a la vez cautivado por ti. Ser pesca tuya es una denominación de origen, un certificado de calidad, como el vino de Ica; implica de alguna manera seguir tu estela, parecerme a ti, y creo que me viene grande.

Todo esto te lo digo ahora que no nos oye nadie, tú en Polonia y yo en España. Espero que estés descansando y al mismo tiempo cuidando a tu mami. Nos veremos en Lima, listos para más peripecias por el Napo y el Yavarí. Te deseo sumak kawsay mientras tanto. ¡Gracias Madrina!

*Iniciales de ciertas potentes bebidas iquiteñas. Interesados preguntar de frente a Dominik…

domingo, 13 de agosto de 2017

LA FUENTE DEL EQUILIBRIO


No me di cuenta hasta que tuve treinta años y hube de enfrentarme con la primera gran encrucijada real de mi vida (las anteriores opciones fueron tomadas en buena medida con el piloto automático puesto, en estados de inercia más o menos consciente o infantil). Ahí, cuando había que cambiar la espada de madera por la de verdad, sentí cuál es el único territorio seguro: mi familia. Hoy, tanto tiempo después, en estas vacaciones, veo que aquello que percibí está aprendido definitivamente, escrito en mi corazón.

Durante las lentas horas en bote por el Yavarí leí el libro de John Carlin y Rafael Nadal “Rafa. Mi historia”. Me pareció simple y repetitivo como el ruido del motor (peque-peque-peque…), pero entre tanta imposible descripción de golpes en finales contra Federer, captó mi atención la insistencia en que la columna que sostiene a Nadal como persona y como deportista es su familia. Su fisioterapeuta, Rafael Maymó, dice en el capítulo 1 que “nunca se insistirá suficiente en la importancia que tiene la familia en su vida, ni en lo unidos que están todos”.

Se hacen largos dos años sin volver a casa. Antonio Sáenz siempre lo decía, y también que, cuando regresas al Perú, en vez de acostumbrarte a la despedida, cada vez es peor, y eso ya lo comprobé amargamente. En casa no queda ni rastro del personaje que se hace el protagonista en internet o que por momentos se cree especial enredado por el fino embrujo de la vanidad. Aquí solo soy el hijo, el hermano, el amigo, el cuñado… y el tito. Les pongo el desayuno a mis sobrinos (todos con las marcas de las sábanas en la cara), nos vamos a la playa a hacer el burro y a montarnos en la barca de plástico, les compro un helado pasando de lo que digan las madres y le encargo a Pilar que me haga un marcapáginas antes de jugar a las palas al atardecer.

Ellos no saben muy bien por qué estoy en el Perú ni a qué me dedico, solo reclaman que regrese ya de una vez. Con ellos desaparecen el sacerdote, el misionero en la selva o el supuesto héroe que intenta salvar el mundo. Porque siguen creyendo que soy igual que ellos, quieren que me monte en todos los toboganes del parque acuático y que eche el partido de fútbol con ellos, nos peleamos por comernos las galletas y los helados que compra mi madre, nos metemos en la ducha haciendo el bestia al volver de la playa y discutimos por los programas de televisión. Incluso me tengo que afeitar la barba porque dicen que les pincho.

Solo soy yo mismo, el tonto de siempre, no tengo que satisfacer ninguna expectativa porque soy y seré querido haga lo que haga. No hay nada que tenga tal poder para reconstruirnos por dentro que esa libertad, nada que me procure un descanso más radical y me ayude a encontrarme conmigo mismo, resetearme en donde necesito, reconocer las balizas de mis referencias vitales, ser simplemente yo, sin escorzos o cosméticos.

Es el cariño que no te pide nada a cambio, que respeta todas tus decisiones y te apoya siempre, incluso cuando los caminos que eliges te alejan de las personas que te quieren así. Se llama amor incondicional y es la verdadera fuente del equilibrio, que me alimenta constantemente, incluso en la distancia, y adonde es imprescindible volver siempre si no quiero perderme entre los rayos hermosos y abrasadores de la vida. Son mi familia y mis amigos, los auténticos. Ahora lo veo con toda claridad.

Los largos paseos por la playa son tiempos de conversaciones y confidencias y, cuando voy solo, de comprensión y reconciliación, de sueños y proyectos en diálogo con el Mar. La inmensidad siempre distinta e igual a sí misma, como cada persona, como yo. Belleza hecha brisa, marea y sol. Un azul gemelo del cielo que me descubre por qué este amor es la raíz: porque es el que más se parece al de Dios.

domingo, 16 de julio de 2017

RECAPITULACIÓN ANTES DE LAS VACACIONES


Mari Pepa, desde Cádiz, me hace sonreír dejándome este comentario en una de las últimas entradas:

"Es una tarea casi imposible seguirte mentalmente por el recorrido desde que llegaste a Perú. Pero en el corazón te seguimos y rezamos por ti. ¿Te vas a estabilizar en algún sitio o esto forma parte de la misión?"

Jaja, es verdad... son demasiados sitios en poco tiempo. Por si aclara algo, y ya que estoy en Lima un par de días antes de viajar a España y dispongo de un rato, ahí va este croquis temporal de los -casi- tres años que llevo en el Perú:
  • 29 de septiembre 2014: Llegada a Perú ("El gran viaje")
  • Octubre y noviembre 2014: Viaje de conocimiento de la diócesis de Chachapoyas ("Cuy con papas", "Paseo por Luya", "Maratón de confirmaciones")
  • Diciembre 2014: Mi destino es Mendoza ("Terminó el parto...", "... y ha sido guayacho")
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  • Enero 2015: Ya desde Mendoza,viajo a Lima ("El laberinto (no tan terrible) de los papeleos")
  • Febrero 2015: Vengo al Vicariato San José del Amazonas a la toma de posesión del nuevo obispo, mi paisano Javier Travieso. Es la primera impresión de la selva... y fue mi perdición ("No te guardes ninguna carta")
  • Marzo, abril y mayo 2015: Primeros pasos en Mendoza, visita a las montañas, descubrimiento de la parroquia
  • Junio 2015: viaje a España por un mes para terminar el curso de los Ejercicios Ignacianos ("La emoción del reencuentro", "El amor que desciende de arriba")
  • Julio-diciembre 2015: La vida en Mendoza, las visitas, la fiesta patronal, un año en Perú ("Se lama Esperanza")... hasta la caída de la moto y la lesión en el tobillo ("Época de roturas")
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  • Enero 2016: En Lima, curso de teología con Gustavo Gutiérrez ("Haz tú lo mismo")
  • Febrero 2016: Viaje al Vicariato para conocer más ("Una semana en la selva")
  • Marzo 2016: En Mendoza
  • Abril 2016: Visita de mis padres, viaje al Cuzco ("Un regocijo único en la vida")
  • Mayo-diciembre 2016: En la parroquia trabajando a tope, recorriendo la provincia entera
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  • Enero 2017: Despedida de Mendoza ("Enterrar la quishibra")
  • Febrero 2017: Llegada a la selva ("Shameco")
  • Febrero y marzo 2017: Viaje de conocimiento del Vicariato: Tamshiyacu, Estrecho, San Pablo, Caballo Cocha, Islandia... hasta la asamblea vicarial en Indiana
  • Abril 2017: Semana Santa en Islandia. Durante todo este tiempo, la "base" la tengo en Indiana
  • Mayo 2017: Paso a Ecuador para el curso del CEFIR con los naporuna ("Una kamachina a tiempo es una victoria")
  • 18 de mayo 2017: Llegada a Islandia, en el río Yavarí, que es mi destino definitivo
  • 19 de julio 2017: Vacaciones en España -creo que necesarias y merecidas-
Es decir, han sido dos años y cuatro meses en Mendoza, en la diócesis de Chachapoyas, y seis meses en el Vicariato San José del Amazonas, destinado desde mayo a la misión del Yavarí, en Islandia. Muchos lugares, muchas personas, muchas cosas han pasado, muy intenso, muy lleno... demasiao. Si me lo dicen antes, no me lo creo.
¡¡¡Por fin de vacacioneeeeeees!!!

lunes, 10 de julio de 2017

CUATRO REALES POR CALENTAR EL AGUA


Repasando mis notas para hacer el informe y un croquis veo que hemos visitado 12 comunidades, desde San Sebastián, a unas 4 horas de surcada, hasta Limonero, adonde llegamos al tercer día de navegación. Las distancias son enormes, y eso que aún nos quedó por visitar la comunidad más lejana: Nueva Esperanza, en el Mirim, adonde se llega en cinco jornadas completas. Una inmensidad, un mundo. No es como salir en moto y llegar en media hora a Longar o a Omia…

Nuestro distrito debe ser uno de los más pobres del Perú, con un Índice de Desarrollo Humano que no llega al 0,30, muy por debajo de la media nacional (0,74) y parecido a muchos países africanos. Cualquier persona sentada en una oficina pensaría que no hay agua, ni saneamientos, ni energía eléctrica; que los servicios sanitarios son muy deficientes, el acceso a la educación limitado y las viviendas precarias y ocupadas por muchos miembros de la familia. Pero cuando los datos se traducen en experiencia directa, en conversación, en incomodidad, en olores… golpean con más crudeza.

La gente sobrevive en unas condiciones realmente duras. Moran junto al río con su riqueza, pero solo tienen el agua de lluvia para beber. Las casas son de madera, construidas sobre palos para evitar la creciente; en la de la señora Estefanía, en Buen Suceso, conté doce niños y cinco adultos… ¿cómo harán para dormir? La mayoría de las comunidades no cuentan con botiquín, y muchas tampoco tienen técnico ni promotor de salud. Cuando tienen paludismo frecuentemente deben ir hasta Islandia para que los vea un médico y recibir su tratamiento. Hay dos colegios secundarios en el río, y el resto son escuelas rurales; los maestros se ausentan muchos días, los niños a duras penas aprenden a leer y escribir correctamente, el índice de abandono escolar es elevadísimo y la mayoría de los jóvenes ni se plantea acceder a estudios superiores, dejan la secundaria en segundo o tercero y a trabajar en la chacra.

En todo el Yavarí no hay señal de telefonía móvil, y en muchos sitios ni siquiera hay Gilat, teléfono satelital… la incomunicación es una nueva forma de pobreza. Vivir tantos días errantes en medio de estas condiciones tan miserables exige un considerable esfuerzo físico y psicológico. Como no hay saneamientos, pues directamente no hay baño, así que has de buscar lugares de monte para hacer tus necesidades, y no es tan simple cuando estás rodeado de casas. Tampoco hay ducha, pero como está el río debería ser más sencillo, ¿no? Pues tampoco: en muchos sitios la orilla es un barranco, un desnivel tremendo hecho un barro, y no es nada fácil llegar hasta el agua. Y cuando llegas, has de meter los pies en el lodo hasta las pantorrillas. Dos cosas tan cotidianas como lavarse y hacer caca se vuelven una hazaña.

Cuando atracamos en un pueblo, no sabemos dónde podremos dormir y cómo será para comer. Preguntamos por las autoridades (el apu, es decir, el presidente comunal; o el agente municipal) y solicitamos permiso para visitar e invitar a la gente a una reunión, y que nos ayuden a avisarlos. Casi siempre nos han recibido bien, y nos han brindado el salón comunal para que pasemos la noche. Luego hemos de pedir a alguien que nos deje cocinar en su cocina, y ha habido gente generosa. En Limonero nos invitaron a un par de presas de majás, en Japón a cocos, en otros sitios a pescado, la familia de Nelson en Dos de Mayo mató una gallina, y en Santa Rita la señora Elsa incluso nos propuso dormir en su casa; allí nosotros pusimos arroz y fideo, y ellos boquichico fresco para armar el almuerzo-cena de aquel día. Es una experiencia peculiar, la de ser peregrinos, andar por ahí botados dependiendo de la buena voluntad de las personas. Me ha recordado al camino de Santiago, esa inseguridad de no saber qué pasará y dónde irás a dar con tu hamaca y tus huesos.

Cansa mucho. Las esperas se hacen eternas. Una noche no paró la fiesta, a 100 metros con la música altísima; otra hizo un frío tremendo y estábamos casi a la intemperie, en un lugar sin paredes, me acosté con el cortavientos puesto; varias veces hemos agarrado pan con sardinas en lata para almorzar en el mismo bote; es decir, “Los viajes han sido incontables; con peligros al cruzar los ríos, peligros provenientes de asaltantes (…). Trabajo y fatiga, a menudo noches sin dormir, hambre y sed, días sin comer, frío y desnudez” (cfr. 2 Cor 11, 26-27). Y a veces por las puras. En Santa Teresa primera zona no conseguimos nada, nadie apareció, menos mal que había el tambo, un equipamiento del gobierno, y ahí nos dieron hospedaje. En Santa Rita, donde el bufeo, había un cumpleaños y la gente no quiso venir. En otro sito fuimos a almorzar a una señora que da pensión, muy simpática. Regresamos al otro día, compramos huevos, le pedimos que nos hirviera el agua para el desayuno… y nos cobró por ello 4 reales. Es eso que no sé nombrar, esa especie de reflejo implacable por sobrevivir que no regala nada, que engaña y trampea como puede y menos vacila en cobrarte hasta por respirar, sobre todo con esta cara de gringo. Sospecha uno que si algo te dan, tarde o temprano vendrán a cobrárselo, y eso impide confiar plenamente en casi nadie. Cansa mucho.

También es verdad que hay varios lugares donde en el encuentro con la gente salieron personas voluntarias para ser animadores cristianos de esa comunidad, incluso fijando la hora de la reunión de los domingos para leer un rato el evangelio y orar juntos. No sé qué quedará de eso, pero al menos es un comienzo. Ahora los convocaremos para una sesión de formación y coordinación en Islandia. Y la próxima visita será más sencilla porque ya sabemos qué tierra pisamos y más o menos dónde podemos ir a parar en cada lugar. Diferente es qué intentaremos hacer cuando vayamos. Eso tenemos que cranearlo mucho, conversar, discurrir. Porque si vamos de frente con los sacramentos nos estrellaremos contra un muro de ignorancia, indiferencia y extrañeza.

domingo, 2 de julio de 2017

DE BRUCES CONTRA EL YAVARÍ


Era sábado por la tarde. Estaba terminando nuestro primer recorrido por el Yavarí, y yo nadaba tranquilamente entre los lánguidos rayos del sol adornando con un resplandor bruñido las copas de los árboles de la selva, en una comunidad llamada Santa Rita. Entonces lo vi: un bufeo gris plateado, uno de esos misteriosos delfines de la Amazonía, saltaba sobre el agua a pocos metros de mí. Sonreí pensando en cómo fueron los días atrás, que estuvieron llenos de momentos mucho menos poéticos… Un descubrimiento de nuestro río tal vez demasiado real.

No sabía muy bien por dónde empezar y tampoco sé por dónde seguir. Una experiencia para la que no encuentro calificativos: ¿tremenda? ¿dura? ¿intensa? ¿asombrosa? ¿agotadora? No lo sé. Tal vez habría que llamarla “yavarisiense” inventando una nueva palabra que pudiera reunir todas estas características. Nueve días de gira por el Yavarí significan muchas horas de lentitud en bote con un motor peque-peque de 13 CV, significan adentrarse en un mundo extraño y desconocido no comparable a nada antes visto, significan masticar la pobreza, un batiburrillo de religiones, la lucha sin piedad por la supervivencia, las apariciones habituales de la crueldad y la desconfianza fronterizas, las gotas de humanidad y ternura que permiten la vida y por supuesto el predominio de la miseria con sus habituales secuelas y fealdades.


El río es de una belleza verdaderamente original y arrebatadora. Se va desplegando en vueltas gigantes que, todavía en este mes cuando ya ha comenzado la vaciante severa, los motoristas salvan entrando en los furos, que son pasillos o atajos de agua que simplifican y acortan esos enormes giros. Pasar por los furos es un espectáculo para los sentidos. El cauce se estrecha; a pocos metros se ven los árboles, que llevan meses medio sumergidos (las marcas y los cambios de color lo atestiguan) y ahora se alzan con orgullo, clavados en el agua, deseosos de mostrar el nacimiento de sus raíces y a la vez pacientes, sabiéndose vencedores y al mismo tiempo respetuosos con el ciclo de la naturaleza. En estos caños la vegetación es tan frondosa junto a la línea de agua, que al surcar con reverencia y cuidado, el cielo parece acabarse engullido por las murallas de hojas y bejucos. La tierra se prepara a reaparecer después de medio año, limpia y dura, pero lo que más estremece es el silencio. Impresionante silencio que nace de las entrañas de la selva y lo impregna todo. El silencio de los peces que escoltan el bote y del mirar atento del martín. Una maravilla.

Este viaje por el Yavarí fue un salir sin saber adónde íbamos, como Abraham (en Heb 11, 8), a descubrir tierras, paisajes y gentes. A tomar contacto con las comunidades de nuestro territorio misionero, para conocer un poco la realidad y empezar a imaginar qué podríamos hacer. Y la realidad supera siempre a la ficción, a las conjeturas y a los informes someros: esta misión es más difícil y dura de lo que habíamos supuesto, acá tendremos que remar fuerte y hábilmente si queremos lograr algo. En ningún pueblo hemos encontrado un grupo de cristianos que se reúnan al menos para rezar los domingos. Ninguna persona que medianamente haya hecho de animador-a en la fe de esta gente. Apenas en el Yavarí hay católicos, esa es la verdad. Así que hay que empezar. La cuestión es cómo.

En la mayoría de los sitios no nos reciben precisamente con pancartas. En primer lugar porque a pesar de los intentos de llamar o de avisar con notas escritas, solo en dos o tres comunidades están enterados de nuestra llegada. Y además porque a veces dominan otras religiones y nos miran con recelo. En San Sebastián, los crucistas salieron de su iglesia y se vinieron toditos a ver quiénes éramos, con velas (eran las 7 de la noche). Cuando nos presentamos, nos dijeron que ellos también son católicos, y su pastor se atrevió a poner en duda que soy sacerdote a causa de mi atuendo; además dijo que los apóstoles eran todos varones, y cómo siendo misionero yo iba con dos mujeres. Le contesté que los evangelios dicen que en el grupo de Jesús iban mujeres, y si él no tenía miedo, yo tampoco lo tengo. Por puro instinto tienes que aprender a interaccionar con gente así, con hábitos blancos, las mujeres con tocas y mentalmente en el siglo XIX; no les podía decir que no son católicos porque se podía liar la gorda, pero sí invité a los cristianos que no forman parte de su congregación a organizarse, y les ofrecí nuestro acompañamiento. Estas cosas no nos las enseñaron en Teología, debes improvisar…

Otras veces son los israelitas la mayoría. En Santa Teresa primera zona alguien arrancó el cartel que convocaba a la reunión, y no hubo reunión. Pero en Pobre Alegre, que estaba de fiesta de aniversario, el señor Elías –israelita- nos acogió muy amablemente, nos invitó a masato, a chicha y a juane, y se mostró en todo momento encantador. Ejemplo de que la cuestión no está en el credo, sino en la calidad de las personas. Hay lugares donde hay mu poca gente (2 de Mayo, Remanso…), pero en general en las comunidades registradas como indígenas hemos encontrado más facilidad porque estas religiones tan significadas (israelitas y crucistas) están menos presentes. En Santa Teresa segunda zona fue muy bonito estar entre los yawas, que te llaman “padre” (y no “señor” o “hermano”), te agradecen cien veces la visita, te ofrecen un sabroso tucunaré asado para el almuerzo, te cuelgan hamacas para que duermas la siesta y hacen azaí para la merienda. Qué sonrisas tan limpias… qué gozo, entre tanta secta uniformada, entre tanta indiferencia y sigiloso desprecio, que te esperen y que te cuiden.

Pocas cosas hay tan hermosas como apreciar la aparición de un bufeo surcando al atardecer. Me hace sentir que bajo la epidermis de la vida hay tesoros preciosos. A menudo la superficie también vale la pena, y se disfruta espontáneamente de lo amable de las cosas cotidianas. Otras veces se requiere aguzar la vista y sintonizar el corazón para vislumbrar dónde se encuentran los reflejos de la fuente. Y es un trabajo arduo, no cabe duda. En el siguiente capítulo hablo de ello.

lunes, 26 de junio de 2017

MISIÓN MÁS QUE PARROQUIA


Solo tardé tres o cuatro días en comprender que la parroquia a la que me han enviado no es una parroquia: es una misión. Y eso, que parece una simpleza, tiene un alcance y unas consecuencias que estoy en proceso de encajar, a dos aguas entre la emoción, la sorpresa y el quien-me-mandaría-a-mí-meterme-en-berenjenales-con-lo-bien-que-yo-estaba-donde-estaba. Así, todo junto, porque es un pensamiento o un sentimiento que cada día se me cae encima como un ladrillazo.

Cuando llegas a una parroquia, te encuentras con algo ya hecho, con una estructura, una historia y una identidad, y tú pues entras a formar parte de una familia, con sus grupos y sus responsables, y luego vas trabajando con tu estilo, haciendo algunos cambios, poniendo cosas que no estaban, etc. Aquí prácticamente hay que empezar de cero. Este puesto de misión tiene poco más de doce años, y de ellos solo siete u ocho (no estoy seguro) hubo un equipo acá. El resto del tiempo, y antes de que Islandia se erigiera “canónicamente” fueron los capuchinos de Benjamin Constant los que venían a apoyar con la misa, los sacramentos y algunos viajes por el Yavarí. Los seis años anteriores las hermanas mercedarias hicieron lo que pudieron, con valentía y pocos medios; y el último año y medio aquí estuvo una religiosa solita.

Todo hay que crearlo. Hay que buscar catequistas porque no hay; convocar a los jóvenes para armar un grupo porque no hay. Preguntar quiénes estaban en el consejo de pastoral (llevan más reuniones en dos meses que en toda su vida) e ir a buscarlos. No hemos podido leer ningún informe, ni evaluaciones de años pasados, ni balances económicos, porque nada nos han dejado escrito para que continuemos la tarea. Vamos iniciando cosas por instinto pastoral o por ensayo-error, encontrando de vez en cuando, en medio del caos que es la estantería de la sacristía, algo que nos dé idea de qué se hizo y de cómo fue.

Normalmente los puestos de misión tienen bote y motor, y una mecánica de salidas, con itinerarios conocidos y establecidos. Nosotros no tenemos nada de nada. Hemos tenido que pedir presupuesto a un par de motoristas para que nos alquilen la chalupa. He preguntado por algunas personas que me habían dicho que conocen bien el Yavarí y les he hecho verdaderas entrevistas sobre comunidades, distancias, galones de gasolina necesarios, tiempos, dificultades… Como no hay señal, he enviado notas (esperemos que lleguen) a autoridades y supuestos católicos de esos pueblos que de momento solo son nombres en el mapa, y que nunca he visto, apenas he escuchado la voz de alguno cuando he logrado contactar por teléfono Gilat. Y así, a tientas, he programado el primer recorrido por nuestro río, como Dios me ha dado a entender y con la sensación de diseñar una aventura por etapas rumbo a lo desconocido. Me lo he pasado requetebién como tour-operador de viajes misioneros, pero al regreso cuento qué tal fue.

Y luego está el tema económico. La misión es muy cara. En la parroquia tú agarras el carro, llenas el depósito y chau; aquí hay que buscar el barco y el chofer, comprar la gasolina y llevarla contigo rezando para que no te asalten por ahí. En Mendoza  preparas la mochila sabiendo que los agentes de pastoral asegurarán alojamiento y comida; acá hay que llevar alimentos para varios días, medicamentos, hamaca para dormir en cualquier sitio y mosquitero de obligado cumplimiento. Y a la vuelta, en lugar de ingresar plata por misas, colaboraciones de las comunidades y sacramentos, acá echaremos cuentas de por cuánto nos ha salido este recorrido de 10 días, y estará en torno a los 1500 soles, más de 400 Euros… La parroquia te mantiene; la misión te cuesta, y solo la puedes realizar si te ayudan desde fuera.

Vamos a lugares donde sabemos que hace bastantes años que no llega nadie, y a pesar de los esfuerzos por avisar, no sabemos qué nos vamos a encontrar. Llegar a los más alejados es una prioridad que da forma al conjunto de nuestro trabajo misionero, y eso es algo que colma las aspiraciones de mi vocación y que además me encanta. Como estoy en una misión y no en una parroquia, hay muchas cosas que ya no me atan porque no existen (misas de difuntos, fiestas patronales…) o porque caen ante la necesidad de salir, deber sagrado que caracteriza al misionero, moldea su personalidad y configura su espiritualidad.

Así que tranquilamente la misa del domingo pasa a ser celebración de la Palabra, y la reunión de tal día se hace sin ti, y no pasa un pelo. Los de Islandia ponen cara de vaca cuando les hablo de esto, porque tal vez pensaron que “por fin tenemos un cura aquí para nosotros”, pero creo que lo van entendiendo. De momento, dos expediciones en poco más de mes y medio. Estar en una misión puede ser cansado, aunque muy variado (cada día es diferente) y para mí es apasionante. Me encanta ser párroco, pero creo que más todavía me gusta ser misionero, y ahorita me llamo así sin titubeos ni fisuras, pero con rebozo y humildad.

sábado, 17 de junio de 2017

CHAPO PARA DESAYUNAR


A la mañana siguiente Armando aparece con otro bote, que resulta que es primo del anterior: con vías de agua y tendencia a voltearse en cuanto te mueves un poco. Vamos hacia San Francisco de Yahuma, otra comunidad nativa ticuna donde no hemos podido avisar de ningún modo (a ver cómo nos las aparejamos). Llegamos al puerto, donde hay unos niños en una pequeña canoa amarrada en un palo horizontal, nos acercamos y ¡craaaaac! Chocamos y rompemos el poste… buena manera de presentarse. Nuestro chofer parece tan novato como nosotros, y eso no anima mucho, la verdad.

Después de habernos cargado el puerto, es natural que los de la casa a la que nos acercamos, ahí al ladito, nos miren muy serios y nos reciban fríamente. Descalzos pasamos y Luis (que es casualmente el agente municipal) empieza a hacernos preguntas: “¿quiénes son ustedes? ¿qué quieren?”. A medida que se desarrolla la conversación nos enteramos de que en esta comunidad sufrieron hace algunos meses el secuestro de una chica; se la llevaron unos visitantes que decían ser pastores y enseñar la Palabra de Dios. Y entonces nos explicamos el recelo y las precauciones iniciales, pero ya estamos viendo que Luis y su esposa están más relajados. Ella parece comprender mejor el español y cada vez él la consulta con la mirada (está visto que las mujeres mandan en todas las culturas).

Todavía daremos una vuelta por el pueblo pisando el barro (recién está mermando el río) para visitar al teniente y al apu. Nos dicen que no son de ninguna religión pero que si queremos venir a verlos seremos bienvenidos. Les explicamos que no hablaremos de nada religioso si ellos no quieren, pero que tal vez podemos reunirnos con la comunidad para tratar otras cuestiones, como por ejemplo el problema de la trata de personas que ellos han sufrido tan de cerca. Felizmente en el paseo vemos a la chica raptada, que fue capaz de escapar y regresó con su esposo y su bebé.

Contentos ponemos rumbo a Puerto Alegría, un lugar grande, mestizo, más acostumbrado a las visitas misioneras y donde hemos avisado la noche anterior a su animador Omar. Albergamos esperanzas de que la cosa sea más sencilla, pero nos llevamos un chasco: nadie sabe nada de nuestra llegada y Omar está en Tabatinga. Pedimos por favor que nos permitan guardar las mochilas en una casa, que resulta ser la de María, la hermana de Omar (ni ella estaba enterada). Son las 2 y salimos a buscar algo de almuerzo bajo un sol sofocante. De camino vemos llegar a Omar en un bote; baja y al toque nos acompaña adonde venden comida pero no hace el más mínimo ademán de invitarnos.

Almorzamos pagando unos 40 soles y regresamos donde están nuestras cosas; pasamos a la casa a conversar con Omar… pero no nos ofrecen ni un vaso de agua. Luego me voy a bañar al río, con lodo hasta las pantorrillas. No hay reunión, ni celebración. La capilla está en ruinas. Nos ubican para pasar la noche en una casa a medio construir, al aire libre, diciéndonos que en la familia vecina podemos ir al baño y pedir agua… Hay luz de 6 a 9 de la noche, y mientras se apaga conversamos comentando que no estamos contentos de cómo nos han acogido, no son capaces de darnos nada y ni siquiera nos alojan en casas de verdad. Es una gran desproporción: venimos con esfuerzo, batallando, gastando… y mientras que a los animadores se les pagan los viajes para que vayan a los encuentros, aquí no hay dónde cambiarse de ropa y no nos brindan ni los alimentos de un día. Y sin cenar nos metemos en las hamacas.

Sí hubo desayuno porque mis compañeras charlaron un rato con Omar y el resultado fue que su esposa preparó un chapo de plátano maduro que nosotros completamos con pan para todos. Y así continuamos la bajada por el Amazonas hasta entrar en una quebrada donde se sitúa Gamboa. Aquí las casas están separadas y hay que moverse por el pueblo en bote, a pesar de la vaciante del río, ¡qué sitio! Tampoco conocemos a nadie, así que esta vez procuramos no romper nada y entramos en casa de José y Beatriz, que nos cuentan cosas de la comunidad. No logramos dar con las autoridades pero sí encontramos un albergue turístico que tiene un celular colombiano que agarra señal y se carga con un panel solar, así que les pedimos el número por si en la próxima visita podemos avisar.

Así emprendemos el regreso a casa cinco días después, cansados pero bastante satisfechos: hemos conocido de primera mano un grupo de comunidades, apreciando distancias, situaciones, necesidades y problemáticas. Es apenas el primer contacto, emocionante con los ticunas y algo más árido en otros lados, pero siempre fascinante. La tarea se vislumbra gigantesca. Por cierto, a la otra semana Omar vino a Islandia con su hija; ni que decir tiene que les invitamos a aperitivo, almuerzo, café, copa y puro, y les ofrecimos posada con luz, agua, baño y manzanitos para matar el gusanillo. Quizás así el personal irá captando.

viernes, 9 de junio de 2017

NOVATOS POR EL AMAZONAS: CON LOS TICUNAS


Mis compañeras estaban esperando a que yo apareciera para iniciar las aventuras por estos mundos nuestros, así que casi no me dio tiempo a colocar mis cosas: cuatro días después de llegar a Islandia, pum, recorrido por el Bajo Amazonas, la última parte peruana del gran río que forma una enorme curva justo antes de hacerse brasilero y recibir las aguas del Yavarí. Ha sido el primer recorrido que hacemos como equipo y ha ido bien, pero claro, hemos pagado la novatada como es natural.

Hemos ido cuatro: Zélia, Fatima, Eunice y yo. El primer día lo pasamos varados en Santa Rosa porque el aviso que enviamos por el teléfono satelital no llegó a su destino; de hecho, este es el primer escollo que sufrimos: la dificultad para comunicarnos y avisar de nuestra llegada. En estos lugares no hay señal, ni energía, ni casi nada. Así que tuvimos que esperar varias horas a que Roberto y su hijo Armando nos recogieran en Tabatinga para llevarnos en el bote de su cuñado a Yahuma Primera Zona, su comunidad indígena ticuna. Llegamos casi de noche y nos recibieron nubes de mosquitos que nos machacaron dejándome los tobillos como un colador.

Casi de inmediato dimos un paseo por el pueblo para invitar a la gente a la reunión del día siguiente. Los zancudos han sido sustituidos por una nube de niños de varias edades que nos acompañan divertidos por la novedad de estos extranjeros. Me doy cuenta de que no hablan español y entre bromas y gestos vamos entrando en las casas saludando y conversando un momento. A la luz de las velas visumbro la pobreza de estas gentes; apenas veo hamacas y algún mosquitero donde hay bebés, pero nada de camas, ni sillas, ni otros muebles. Nada. Enseguida aprendo la primera palabra ticuna: moenxi (gracias).

Roberto nos acoge en su casa, y para ello nos dejan libre la planta baja y todos van arriba a dormir. Colgamos las hamacas y nos preparamos para defendernos de los mosquitos nocturnos. Hace calor, estoy pegajoso de todo el día y sigo sudando, es la primera vez que paso la noche en una hamaca, el mosquitero me asfixia… pero me quedo como un tronco. Nos levantamos como ellos, al amanecer. Voy a la cocha a bañarme en gayumbos, con el lodo hasta las pantorrillas. Sachi y Esmeralda, que tendrán 4 o 5 años, me observan y se ríen mientras se cepillan los dientes con el agua del río. Luego busco un árbol para escarrancharme y abonar la selva, porque los ticunas no usan baño. Las finuras y los escrúpulos se te tienen que quitar al toque, si no acá estás perdido. Pasa un rato, no hay ni rastro de desayuno y más bien comienza a llegar el personal para la reunión.

La comunidad es bastante numerosa, Armando y su hermano hacen la celebración los domingos, pero usan un folleto en español que me parece que les resulta algo raro y artificial porque ellos hablan su lengua. Lo hago lo mejor que puedo intentando que me traduzcan, y creo que algo se logra porque de vez en cuando se ríen con alguna broma. Pero percibo la distancia, la extrañeza… No es algo “suyo”, es como un meteorito que cae de pronto. Hay que traducir la misa al ticuna… las canciones… formar a estos animadores… ¡todo! Pero ¿cómo…? De momento, como nadie va a comulgar, hacemos solo liturgia de la Palaba. En la conversa posterior cuentan que hace unos 20 años que no hay bautismos, y eso es lo que piden; tendremos que prepararlos nosotros mismos, habrá que venir dos o tres días. Por estos andurriales no puedes andar con remilgos o normas, hay que dar respuestas prácticas y realistas recordando que el derecho canónico se desactiva a más de 3000 metros de altura o a más de 100 selva adentro.

Almorzamos por fin y de ahí pasamos a Yahuma Segunda Zona, a una media hora de navegación bajo un sol sofocante, en un bote de nuevo sin techo, con grietas y agujeros (hay que estar constantemente achicando agua) y además bastante loco, es decir, que se trocolea un montón por ser demasiado estrecho. La comunidad es mestiza y ticuna, y su animador y presidente Andrade nos espera para acogernos. La esposa nos ofrece bananas y refresco de limón, y así nos tomamos un respiro hasta la hora de la reunión, a media tarde. Acá acude poquita gente, pero la diferencia es total, el castellano es el idioma… aunque tampoco habrá comulgantes. Nos invitan a cenar y contentos nos vamos a la hamaca luchando contra los mosquitos.

Todos nos agradecen nuestra visita y nos piden que retornemos pronto. Duermo pensando que está bien venir, pero lo precioso es volver, es lo que arranca sonrisas y crea lazos. De madrugada me despierto, voy a hacer pichí y al regreso… me caigo de la hamaca, ¡catacroc! Menos guasa y más aventuras en la siguiente entrada.

sábado, 3 de junio de 2017

YO VIVO EN UNA ISLA


Está en medio del río Yavarí, frontera nororiental del Perú con Brasil, y es un pueblo construido sobre palos y columnas de cemento, que pasa medio año sobre el agua y el otro medio sobre barro y tierra seca. Es para mí un mundo a la vez extraño y pintoresco, duro y asombroso, que no se parece a nada conocido, así que estoy tratando de acostumbrarme.

Es una isla muy creyente: hay como siete u ocho iglesias o sectas o religiones, de entre las cuales la católica es una más, y no creo que la más numerosa. Mi calle es la “calle comercial”, así que está llena de casas de israelitas, que son los que controlan el comercio en todo este Amazonas fronterizo a partir de San Pablo. Son una mezcla de asociación, partido político y grupo religioso que merece una entrada aparte (por lo menos). Los viernes por la noche empieza el Sabbat, así que el 90% de las tiendas de mi isla cierran y la iglesia de color azul que está al costado de mi cuarto empieza a funcionar con una sucesión casi ininterrumpida de cantos, oraciones, inciensos y sermones que terminan al día siguiente a la caída de la tarde. El ruido en general es excesivo por todas partes. ¿Cómo serán los evangélicos, pentecostales, movimiento misionero mundial y el resto de la tropa…? Mejor no saberlo.

Si paseas por el mercado de mi isla, junto al muelle, escucharás acentos brasileros y tonos colombianos, y verás circular varias monedas. Hay hombres que llegan con hatos de pescado recién cogido, y mujeres con piñas de plátanos y alguna que otra papaya. La sirena de la lancha que está casi a diario atracada silba abriéndose paso entre los estruendos de la afanosa carga y descarga, y siempre puede leerse un cartel donde aparece el horario de salida: “Gran Diego” o “María Fernanda” - “Iquitos 10 am”. Mi isla es un lugar de trasiego, de paso y de tráficos de todo tipo, unos más presentables que otros. Hay varias balsas que son grifos donde los botes repostan, casas que flotan en pleno río sobre gigantescos troncos.

Yo llegué el jueves 18 de mayo, y ese domingo 21 las autoridades me invitaron a hacer el izamiento del pabellón nacional para darme la bienvenida. Después de misa (es a las 8 de la mañana) nos dirigimos hacia la canchita donde semanalmente se celebra la ceremonia para honrar a los símbolos patrios. De pie nos sancochábamos al sol mientras el policía pedía permiso al subprefecto para comenzar el evento. Luego desde el parlante me invitaron a acercarme al mástil para alzar la bandera blanca y roja mientras sonaba la marcha militar. Yo quería irme a mi sitio, pero el policía me decía bajito: “ahí nomá”. Cuando me indicaron, volví donde las personalidades y desde allí entonamos el sagrado himno, y descubrí que ya me lo sé. Luego hubo un par de mini-discursos, incluido el mío. Es una isla peruana y por tanto acogedora con los que llegamos nuevos.

Pero no todo en mi isla es bonito. Muchos días no hay luz, ni funciona la señal del celular, ni hay internet (de hecho, no sé cómo haré para publicar esto), ni agua potable. No recuerdo que en mi depa el termómetro que me regaló mi mamá haya bajado de 28 grados, y conmigo viven unas arañas tamaño XXL, de vez en cuando nos vemos y cada uno sale corriendo por su lado. No parece fácil vivir aquí ni trabajar como misionero. Pero es acá donde hoy he cumplido 47 años. No es perfecto, pero  sé que es lo que Diosito quiere y me siento en paz.


Gracias por todas las felicitaciones; me siento abrumado e incapaz de contestarlas todas. Y si mis amigos del cole buscan AK-47 en wiki encontrarán esto; a mí me ha hecho reír:

El fusil AK-47 es famoso por su gran fiabilidad, ya que soporta condiciones ambientales muy desfavorables sin ningún inconveniente. Se ha probado que el arma sigue disparando a pesar de ser lanzada al barro, sumergida en agua y atropellada por una camioneta. Ejemplares viejos con decenas de años de servicio activo no presentan ningún problema; es un arma muy segura y permite alcanzar un blanco a 285 metros de distancia, según el fabricante, ya que fue diseñada según las experiencias de la Segunda Guerra Mundial, y se entendía que todos los combates se producían a menos de esa distancia.
Existen informes de la Guerra de Vietnam donde soldados estadounidenses abandonaban sus fusiles M16 por el norvietnamita AK-47, debido al constante encasquillamiento de sus fusiles y al hecho de que esta arma era más corta y fácil de operar en la selva.

Jaja… Un año más y cada vez estamos más operativos, compañeros. ¡Felicidades!

sábado, 27 de mayo de 2017

INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS


Cada madrugada a las 4:30 la campana toca en la isla de Pompeya. La manchita del CEFIR quiere seguir la costumbre naporuna de levantarse temprano, tomar mate de wayusa para que se puedan recordar los sueños y conversar, contarlos e interpretarlos, porque los sueños dan claves para el futuro, en ellos se manifiesta Pachayaya. A pesar del madrugón, es fascinante, como casi todo lo de estos días.

Cuando le toca preparar la amarga infusión a mi grupo, quedamos incluso antes, a las 3:30. Ellos me explican cómo hacer para vomitar. Se toman 5 o 6 tazas de wayusa seguido, de manera que se estimula el vómito y funciona como una limpieza natural del estómago. Ellos lo hacen como si tal cosa, y yo, pues también. Sudo de pies a cabeza pero te quedas como nuevo; además es un diurético potentísimo, pasas día y noche ishpateando sin parar. Primero te purificas y luego, junto con toda la familia, lees los sueños para que los samaykuna te orienten.

También aprendemos a preparar masato, que por esta zona llaman chicha. Es algo que corresponde a las mujeres, y estoy seguro de que el ciclo del masato, que muestra la fertilidad de la tierra, está unido al ciclo de la fecundidad de la mujer (lo tengo que estudiar). Ellas recolectan la yuca, la pelan, la cuecen y comienzan a machacarla, y en eso les ayudamos algunos varones. Mientras golpeo con el mazo, mama y hatur-mama empiezan a sacar cucharadas de la pasta y se las meten en la boca, mordiendo a la vez un trocito de camote y masticando todo; después de un ratito, escupen en la olla que yo remuevo. Las enzimas de la saliva contribuyen a romper el almidón de la yuca para facilitar el puré y al mismo tiempo inician ya la fermentación con ayuda del azúcar del camote.


Como sé que voy a tomar masato muchas veces, prefiero quitarme el escrúpulo ahora viendo cómo una y otra vez escupen en mi olla, hasta que me dicen que el jugo ya está listo para dejarlo fermentar al menos dos días, antes de beberlo. Y serán las mujeres las que lo sirvan, cerrando el círculo: la yuca que Pachamama, la madre tierra, nos da, se transforma, a través de ellas, en bebida de alegría y unión; la vida que se gesta en el vientre de la mujer y se prolonga saliendo por sus senos como masato nutricio es la vida que Pachayaya nos concede a todos como un cuerpo. Muy profundo, misterioso y precioso.

Recuerdan sus historias, cuentan episodios sobre shamanes con capacidad de curar y hacer daño, sobre la potencia de la ayawasca, la planta que te pone a temblar y te muestra tus visiones, rozando el límite de la dimensión espiritual de la realidad, allá donde habitan los espíritus que llegan de entre los altos árboles de la selva. Muchas cosas nos las enseña José Miguel Goldáraz, al que pusieron hace años “Achakaspi”, es decir, “bagre”, pescado largo, estrecho y duro como un palo de madera. Achakaspi lleva en el Napo más de cuarenta años, y es un espécimen de misionero clásico: vino a quedarse toda la vida, vivió seis años con una familia en un pueblo y aprendió kichwa a la perfección.

Es alto y desgarbado, y duro como mango de hacha, tiene un mote muy bien puesto; nos hace reír cuando nos llama “matracos” o dice que tales o cuales son unos “hijos de la gran chingada”. En su eterna txapela permanece intacto el vasco convencido que a la vez hace mucho que pertenece al pueblo runa, graciosa paradoja. Un luchador contra las penúltimas formas de esclavitud de los encomenderos en los años sesenta, un activista frente a la invasión de las compañías petroleras. Un organizador de las comunas, que hacen fuertes a los runas. Un enamorado de esta gente y de esta cultura.

Los capuchinos españoles realmente han hecho mucho, con José Miguel en la vanguardia. Lo intuyo cuando visito los museos de Pompeya y Coca, cuando hojeo tantas publicaciones, gramática kichwa, diccionario, colecciones de mitos, los elementos centrales de la cultura naporuna rescatados, sistematizados para la posteridad, es fabuloso. Estos misioneros son como el paradigma de la inculturación, personas que apostaron toda su vida y que se atrevieron realmente a “ser otros” porque amaron apasionadamente al pueblo que Dios les dio. Y yo me encuentro en el epicentro de este entusiasmo, Pompeya es el vórtice de este deseo hecho camino.

¿Por qué estoy aquí, en Perú, en la selva? ¿Cómo debo estar? ¿Qué significa ser misionero? ¿Cómo serlo hoy, en este tiempo, en donde Dios me pone? No lo sé. Tal vez esta experiencia me dé luz, quizá los indígenas puedan interpretar mi sueño, el sueño de toda mi vida. Amar esta tierra, estas gentes, estas culturas. Acercarme, identificarme con ellos lo más que pueda, ir con ellos para nomás estar con ellos, sin tener que ayudarles a nada ni enseñarles nada. Para compartir la vida, y que la vida sea plena, sea sumak kawsay, la mía y la de cada uno, hasta el más pequeño. Quizás eso sea todo.

Queda pendiente la historia del obispo Alejandro Labaka, pero son las 12 de la noche en Iquitos y dentro de pocas horas salgo en ferry hacia el Yavarí, hacia Islandia, mi casa, mi misión, por fin. Mejor seguimos otro día.

lunes, 22 de mayo de 2017

UNA KAMACHINA A TIEMPO ES UNA VICTORIA


Cuando Dominik me invitó al CEFIR (Centro de Formación Intervicarial Runa) pensé que podía ser una buena oportunidad para recibir formación en temas de inculturación, cosmovisión amazónica y modos de situarse en esta realidad para un misionero novato; y también para viajar y conocer un poquito Ecuador, el vicariato de Aguarico, al puma José Miguel Goldáraz (“hermano” de Coquinche) y la historia in situ del obispo Alejandro Labaka, muerto a lanzazos en 1987 cuando intentaba defender a la tribu Tagaeri de la invasión de una petrolera. Una colección de buenas razones que se han quedado en pañales porque la experiencia ha superado muy ampliamente mis expectativas.

Desde Iquitos, el viaje dura cuatro días (con la parada en Angoteros ya relatada). Hay que llegar a Pantoja, donde el puesto militar fronterizo de Pantaleón y las visitadoras, y allí tomar una canoa que nos llevó y nos regresó de Rocafuerte en medio de la noche, sin techo, adentrándonos a la luz de la luna por los misterios del río Napo. Un grupo de diez: los Mushuk Wayra (Domi, Paco, Gabriel y yo) y seis kuyllur, es decir, animadores de comunidades naporunas de nuestra misión de Angoteros. El curso es básicamente destinado a los kuyllur de cinco vicariatos: cuatro ecuachos y el nuestro, perucho. Desde la casa de los capuchinos en Rocafuerte aún queda un día más de subida hasta la isla de Pompeya, nuestro destino final.


Dos semanas intensas de clases, trabajos de grupo, exposiciones, minga (trabajo comunal), deporte, cantos, películas, talleres, fiesta, paseo… Una verdadera zambullida en la cultura runa, sus valores, sus rituales, sus mitos, sus conocimientos ancestrales, su carácter… y todo contado en primera persona por los kuyllur, como algo vivido y compartido más que estudiado en teoría. Y mucho (no todo, pero buena parte) en kichwa, toma castaña. Para mí un auténtico festín, y más teniendo en cuenta que muchos elementos centrales son comunes a las culturas amazónicas. Me he sentido como una esponja que quiere absorberlo todo, qué bárbaro; a mi profesora Toñi le habría encantado.

De pronto tienes que aprender el significado de muchas expresiones: yakinakusa kawsana, paktachina, ayllu, yanapanacusa kawsana, parihulla, aswa upina, supay… Mi cuaderno echaba humo porque sé que la palabra contiene la realidad, es código que atesora los engranajes de una cultura y caracteriza el modo de ser de un pueblo. Todo lo que en el aula explicaban, luego yo lo vivía en el trato con los veintitantos kuyllur runa, hombres y mujeres. Ellos han sido los auténticos profesores y es un privilegio haberles conocido. Éramos unos perfectos inútiles (por lo menos yo): no entiendo su lengua, ni sé utilizar machete, ni lanzar con cerbatana, ni juego al futbol en el barro, ni manejo el bote, ni sé hacer fuego, ni nada… pero cuánto nos han agradecido a los gringos que hayamos estado con ellos.

El indígena es concreto, tímido pero fuerte, con un marcado sentido colectivo aunque muy libre, y de una nobleza muy singular. Y una capacidad enorme para la risa, agarrando la posibilidad de divertirse en el momento en que se presenta. Todo en ellos es muy vital, todo es kawsay (vida), estamos aquí y ahora juntos, y vivimos, y eso es lo que cuenta. Mañana también hay día porque Pachayaya Dios nos bendecirá. Mejor no pensar en abstracciones, el conocimiento se transmite oralmente con el cuento y el mito, pero sobre todo con el aprendizaje del día a día. Y cuando los niños o jóvenes se desvían, es deber de los papás darles kamachina (consejo). Eso nos tocó un día representar a mi grupo.

Preparados para el chaparrón
Yaya con el ají
Mama con la ortiga


















Estamos yaya, mama y cuatro churis (yo soy rucu churi, el hijo mayor, claro). Nos sentamos en el suelo para la kamachina. Mama me pregunta:
- ¿Qué has hecho churi? ¿Has robado mujer? (en kichwa).
- He robado gallina (contesto en español). Estalla una carcajada general.
- ¿Por qué has robado mujer? – continúa Griselda aguantándose la risa a duras penas.
- Tenía hambre. Otra carcajada mayor todavía.
- ¿Acaso no había comida en la casa para que tengas que ir a robar? La próxima vez me pides a mí. Y así van aconsejando a los demás hijos, que han hecho diferentes travesuras.
Entonces yaya viene y me pone ají en el ojo; pica horriblemente pero no puedo gritar ni llorar, porque eso será señal de que no he comprendido y lo volveré a hacer. Luego viene mama y me ortiga las piernas, y ahí sí aúllo de dolor y el auditorio definitivamente se parte de risa. Pero cuidado, ¡solo puede haber kamachina si los padres son ejemplo de lo que están corrigiendo! Así de hermosa es esta cultura.

El domingo vamos a visitar una comuna de la zona. Es un día de fiesta y nos decoramos las caras (a mí me la pinta mama). Pillamos a la gente en su asamblea mensual, pero pronto, tras un par de ruedas de invitación a chicha (masato decimos los peruchos), armamos la misa. Una hoja de plátano es el mantel, como cualquier comida. Me toca a mí presidir en kichwa, y no supone ningún problema: en esta cultura el 75% de la celebración la hace el kuyllur, los pakriyayas solo intervenimos presentando las ofrendas, consagrando y haciendo la plegaria eucarística, pero en este caso la hacemos todos juntos. Estupendo: por fin una Eucaristía que no depende de mí, ni homilía hice… Luego, partido de fútbol y almuerzo compartido a base de sopa de gallina (no robada).

Continúo en la siguiente entrada porque se me acaba el espacio. Pero siento hoy que los indígenas, que son los más marginados, ya han conquistado la mayoría del territorio de mi corazón. Aprender a llegar a su mundo es conectar con el shunku de la Amazonía, con su inagotable variedad de culturas, religiones, historias. Logrando ese amor y dejándose conducir por esa admiración tal vez puede uno atreverse a poner el pie en estas tierras. ¿Será ese el propósito de esta kamachina que Pachayaya me regala justo en estos momentos de mi vida?

domingo, 14 de mayo de 2017

MUSHUK WAYRA


Casi nos pasamos y no desembarcamos porque no vimos cartel alguno, solo un puerto de barro. Hemos pasado apenas tres días en Angoteros y parece que han sido tres semanas o tres meses. En esta remota chacra a orillas del Napo, río arriba, cerca (…) de la frontera con Ecuador, el tiempo parece ralentizarse sometido a la hegemonía del silencio. La calma es una construcción colectiva, como todo acá, porque se trata de una comunidad netamente indígena, los runa (“la gente”) del Napo, los Naporunas. Para mí una experiencia totalmente nueva, la he disfrutado al máximo y me siento agradecido.

Todos los saludos son en kichwa, el idioma predominante en esta cuenca, el sur de Ecuador y otros extensos territorios; al toque hay que aprender allipuncha (“buenos días”) o pakarachu (“gracias”), como era en mis veranos africanos por Togo o Malí. Paseando por ahí percibo algunas vacunas contra la aculturación: la lejanía de centros urbanos, la poca y dispersa población, la educación bilingüe, la pobreza y las dificultades geográficas que hacen a este rincón de la selva irrelevante para los vampiros de la economía de mercado (petroleros y madereros sobre todo).

Es una sociedad que intenta ser más compacta y protegerse en lo posible de los estragos de la globalización. Acá no hay sectas porque al parecer “los kichwas son católicos”, las mujeres llevan típicas faldas de colores, se ven muchos pies calatos, la gente vive literalmente en el río, se dedican mucho a la pesca y a la caza en el monte (a la chacra, las yuquitas y plátanos indispensables para sobrevivir) se toma masato y la iglesia se llama “Misión Naporuna Pachayaya”.

Los intentos del Estado por proporcionar servicios son como un bote lleno de agujeros que a duras penas se mantiene a flote. La posta de salud dedica varias horas diarias a hacer la gota gruesa, la prueba clásica para detectar el paludismo, que afecta al 80% (¡!) de la población. El colegio está en condiciones ruinosas, mientras las obras del nuevo llevan meses paralizadas sin que nadie sepa dónde fue esa plata (aunque creo que todos lo sospechan). La única vereda del pueblo está cuarteadísima, y solamente hay luz de 6 a 9:30 de la noche, aunque muchos días la cortan antes porque se acaba el combustible. La corrupción muestra su rostro más cruel en estos lugares apartados, donde reina la impunidad y las inversiones públicas parecen maniobras publicitarias para cubrir expediente o tapadera de la rapiña de políticos oportunistas.

Quizá sea la misión del Vicariato donde la presencia de la Iglesia está más inculturada. El padre Juan Marcos Mercier trabajó por años, aprendiendo kichwa, estudiando los elementos y valores de la cultura runa llegando a ser un experto, “más indio que los indios”, hasta el punto de cambiarse de apellido y llamarse Coquinche, como mucha gente de acá. Él fue capaz de crear materiales de iniciación cristiana kichwas que incorporaban mitos, expresiones y símbolos de la cosmovisión runa, dialogando así con la cultura, aprovechando lo que hay de evangélico en ella, y tratando de formar una iglesia runa. En Angoteros no hay catequesis en el sentido tradicional de la palabra, la celebración del domingo y la semana santa son muy peculiares, con sabor, estética y sonidos naporunas.

Las condiciones del día a día en la residencia misionera están también insertadas y participan de la austeridad de la vida runa. La casa es de madera, de suelo de puna y techo de paja, tiene tushpa de leña y el agua es la que recogemos de la lluvia. Como en tiempos de Coquinche, que murió en 2006. Pero hay tele y cable, y luz con un motorcito bien eficiente; igual que en muchas casas, donde no hay muebles pero sí tremendo aparato de TV. Es el símbolo de un pueblo donde convive lo ancestral (el masato, los shamanes, la ayawaska, el matrimonio tradicional…) con la modernidad (los auriculares de los jóvenes, el deseo de internet, el celular…), que es como una especie de trituradora de la constelación de valores del buen vivir, sumak kawsay, seña de identidad de los pueblos amazónicos.

No puedo seguir escribiendo, aunque el instinto antropológico me sale a borbotones. Solo añadiré que me sorprende cómo acá la vida humilde combina con la cantidad de las risas. La lucha por la supervivencia se expresa de manera primordial en el esfuerzo cotidiano por conseguir y preparar los alimentos. Y así aprendo a cocinar patacones, pescado asado envuelto en hojas, chilcano de gamitana… mientras los niños pasan y llegan, cambian hojas de cilantro por mullu para hacer los collares de colores que llevan orgullosas las warmis y siempre sonríen…

Qué curioso que esta visita haya sido recién comenzada mi vida en la selva. Qué significará… No lo sé muy bien. Habrá que esperar. Tal vez entender hasta mi shunku* que todo es nuevo. Aprender con intensidad pero con encanto. Mushuk wayra, vientos nuevos, vida nueva. Qué hermosura y qué desafío.

* Shunku es el palo que sostiene la casa, es el corazón, lo más fuerte, el interior más sólido y profundo

sábado, 6 de mayo de 2017

LAS OLAS DEL FERRY


El ferry es un barco tremendo, nuevo, enorme, con capacidad para 300 pasajeros, que cubre la ruta Iquitos-Santa Rosa (en la triple frontera) en 12 horas por 80 soles (unos 22 €). Para los que vivimos por allí es una ganga, porque nos ahorramos unos 100 soles (28 €) por cada viaje demorando solamente un par de horas o tres más. Aunque yo aún no he logrado montarme en el ferry, porque cada vez que lo intento está malogrado: es increíble cómo chango los botes ya incluso antes de subir a ellos (recordemos lo de Transtur, tengo una piña*…).

Como es una nave muy grande y muy rápida, resulta que a su paso arma unas olas inmensas que soliviantan el Amazonas todito. Es espectacular: cuando el ferry se acerca a Indiana (desde donde escribo hoy), el parlante de la municipalidad lo anuncia en tono de advertencia y la gente se acerca a la orilla para no perderse el fenómeno. A pesar de que navega por el lado contrario, el agua se levanta, los peque-peques que están acostados tienen que salir obligadamente a medio río para evitar chocar unos contra otros y hacerse papaya, las balsas se agitan feísimo y todo el río bulle y se estremece como si en su fondo hubiera un sismo de magnitud 9.

Los vecinos se ríen viendo los apuros de los que en ese momento están en el agua, pero no es para burlarse, y de hecho varias personas me cuentan que los ribereños están rezando para que el ferry se estropee, y vaya si da resultado (…). Es curioso que las olas más grandes rompen en el malecón cuando ya ha pasado el ferry hace tiempo, y duran unos minutos todavía. Turbulencias con efecto retardado. Viéndolo comprendí por qué estos días en Indiana me siento tan extrañamente cansado.

Y es que no debería estarlo. Es una pausa de algunos días entre la semana santa y el viaje por el Napo para hacer el curso del CEFIR en el Vicariato de Aguarico, Ecuador. Tengo poco que hacer: mirar algunas cosas del archivo, celebrar la misa en la catedral, lavar ropa… Pero me siento terriblemente cansado, paso la jornada con más sueño que una espuerta de gatos, aplatanao, si cerrara los ojos a las 10 de la mañana ahí me quedaría, me quedo frito en cualquier parte y en la noche duermo como una piedra con sueños profundísimos.

¿Qué ocurre? Pues que creo que me está saliendo ahora todo el trajín de los últimos meses, desde diciembre hasta hoy. Reflexiono y veo que no he parado: la Navidad, la recogida, las despedidas, el traslado, los días en Lima, el encuentro de la JEC, la estancia del grupo de Mendoza, los viajes por el vicariato con sus percances, la asamblea, la semana santa… Mucho ajetreo y movimiento en el esfuerzo de conocer, adaptarme y asimilar cantidad de cosas nuevas: el clima, la forma de comer, de hablar, las personas, los lugares, los transportes… Como las olas del ferry, el cansancio acumulado se manifiesta ahora con efecto retardado, pero más que trocolearme me deja aplastao.

Me espabila la convivencia con el equipo misionero de Indiana, compuesto por puro mexicanos: tres religiosas, una laica y ¡una familia de cinco miembros! El domingo nos movemos a un sector del pueblo para celebrar la Eucaristía, regresamos bajo el sol sudando como pollos y pasamos junto a la tumba de los primeros misioneros del Vicariato. Para el almuerzo aprendo a hacer tortillas de maíz, el elemento base de la alimentación mexicana (cuando vuelva a algún restaurante cuate le tendré más respeto al menú, vaya proceso laborioso) y en plena preparación el cielo se cierra, llega un viento repentino y ¡cae aguanieve en plena selva! Qué bárbaro. Si no fuera porque yo mismo me mojé con los copitos, no podría creerlo.

Veo un rato del Madrid-Barça con los tres hijos de esta pareja misionera, que me recuerdan a mis sobrinos. Las ondas del ferry que me tienen cansadito corresponden también a casi dos años sin verlos, sin ir a España. Recuerdo que Antonio Sáenz me decía que el segundo se hace largo; y, como siempre, tiene razón. En fin, ya queda menos. Mañana rumbo al alto Napo y luego ya a Islandia de una vez.

domingo, 30 de abril de 2017

AUSTERIDADE


Una de las primeras impresiones al llegar a Islandia es el hecho de que mi nivel de vida ha se ha precipitado como los mojones del tío alto del chiste. Intuía lo que me he esperaba, pero hasta que no lo experimentas en carne viva no te das cuenta de lo que significa ser pobre. Durante años fui religioso con voto de pobreza, pero es ahora cuando vivo realmente las precariedades de una economía breve, como dicen mis compañeras brasileras.

“El obrero merece su salario”, pero un vistazo al cepillo de Islandia es un asome a la desolación: la colecta no llega ni a 40 euros al mes. En Mendoza, parroquia gigante llena de fiestas patronales, misas de todo tipo y sacramentos, los curas ganábamos casi para cubrir nuestras necesidades cotidianas y los gastos de la pastoral (si exceptuamos el carro); aquí, en esta remota y enorme frontera, los misioneros vivimos de lo que nos envían de nuestros países de origen. Comemos gracias a la generosidad de otros lejanos, nosotros no ganamos nada.

Más bien al revés: la misión nos cuesta. Lo que antes me servía para ayudar a la gente y para cosas personales (porque la parroquia me proveía de todo lo esencial), ahora tengo que emplearlo en la compra cotidiana de alimentos, el mantenimiento de la casa… y los gastos normales de la tarea parroquial (desplazamientos, el cirio pascual que he pagado de mi bolsillo, libros, rotuladores etc. etc.): vivir y trabajar. Eso hace extremar la austeridad; yo nunca fui por ahí de misionero platudo por opción, pero ahora es por obligación. No podemos dar porque “¿de dónde?”, como dicen acá.

Y luego está, por el otro extremo, la realidad de los precios: la frontera reduce tu poder adquisitivo como los jíbaros las cabezas porque todo cuesta una barbaridad. En Islandia peor porque no hay chacras, vivimos sobre el agua y por tanto no se cultiva y todo hay que traerlo de fuera. Así que vas a comprar acelgas y te encuentras con que un kilo vale 15 soles, cuando en Iquitos tal vez esté a 2. Un par de papas y tres cebollas 7 soles, 2 euros, ¡esunescándalounabuso! en idioma de Mafalda. Como todo el mundo, tenemos que hacer cuentas para llegar a fin de mes, y eso nos iguala en la lucha diaria por salir a flote (jaja, nunca mejor dicho). Es una solidaridad en la estrechez con todos nuestros vecinos.

Pero el primer problema es el agua. Es una paradoja: durante los meses de la creciente del río no vemos el suelo y vivimos rodeados de agua, pero no hay agua en las casas; resulta que las tuberías que llevan el suministro municipal van bajo tierra (claro) hasta llenar los depósitos domésticos, pero cuando el Yavarí crece esas cajas hay que subirlas para evitar que queden sumergidas, y entonces el sistema de bombeo ya no tiene presión suficiente para hacer remontar el agua y llenar los depósitos. Resultado: hay que estar recogiendo constantemente agua de lluvia para beber, lavar la ropa, los platos… Y siempre con el reflejo de no desperdiciar el agua, porque si durante muchos días seguidos no llueve, solo queda botarse al río.

La escasez lo vuelve todo muy difícil. La impresora de la misión no tiene tinta ni se pueden conseguir los cartuchos hasta Iquitos. Hoy no hemos logrado encontrar una grapadora en todo el pueblo, ni una lata de pintura marrón. Ni helados, ¡ni queso (que es más grave)!. Y hacer fotocopias ha sido una odisea; al final en la municipalidad nos han brindado su máquina, una pequeña multifunción… pero llevando nosotros el papel.

Si quieren les hablo de la casa, o mejor lo dejamos para otra entrada porque ya van a cortar la luz (son las 10:50 de la noche). En la capilla (eso sí tenemos) hay una tela con el lema de mis compañeras: “Itinerancia Austeridade”. Yo deseaba vivir más humildemente, compartir más la pobreza de esta gente; pues lo he conseguido. Y no es fácil. Ojalá mi sensibilidad se impregne de esta sencillez, de modo que no solo “la soporte”, sino que aprenda a amarla como parte de mi espiritualidad para que me enriquezca y me haga crecer.

lunes, 24 de abril de 2017

BOTADO EN PLENO AMAZONAS


Ocurrió en el regreso del viaje de reconocimiento a Islandia. El deslizador sale de Santa Rosa a las 4 de la madrugada, así que nos fuimos a dormir a Leticia la noche antes. A las 3, un motocarro vino a recogernos y nos llevó a Tabatinga, donde a su vez un bote nos pasó por 10 reales al muelle de Santa Rosa. El rápido estaba ya casi lleno a las 3:30, de modo que a las 3:40 ya salió. “Vacán – pensé yo- vamos a llegar a Iquitos todavía más temprano”. Jeje, no sabía la que nos esperaba.

El deslizador es un barco grandazo, una especie de autobús fluvial que lleva a unas 80 personas desde Iquitos hasta la triple frontera en 8 o 9 horas (bajando, porque surcando, o sea río arriba, demora unas 12 horas), es decir que va a toda pastilla por el Amazonas formando una olas que fastidian a las canoas y otras embarcaciones domésticas. Te dan el desayuno, el almuerzo y una botella de agua, y algunos hasta te ponen películas; y pagas duro, claro, 170 soles o más.

Nuestra surcada comenzó bien, yo me dormí como de costumbre las primeras 4 horas o así. Hubo una primera parada (no me acuerdo dónde), en la que varios policías entraron, nos jalaron a todos los DNIs, se pusieron a abrir mochilas al azar y a mí me tocó, claro está: la cosa había empezado a torcerse. Aunque desde luego, si quieren interceptar la coca que viaja por el río así, están cagaos, jamás van a dar con un gramo. Lo que sospechamos todos es que realmente no quieren…

Un poco más arriba, ya pasado San Pablo, de pronto se oye un ruido bien feo RRRRRRR!!! y empieza a oler a humo. La nave se detiene en mitad del río, los tripulantes empiezan a recorrerla frenéticamente palante y patrás, traen herramientas, hablan bajito entre ellos, sudan, llaman por teléfono satelital a la empresa. Y mientras los pasajeros, hundidos en un espeso silencio y sancochándonos lentamente bajo el sol tropical, nos tememos lo peor: una pieza del motor se ha tronzao y hay que traer de Iquitos en un fuera borda el repuesto y el mecánico. Piña.

Estábamos cerca de San Isidro, una comunidad ribereña, de modo que comenzaron las operaciones de remoque a ese lugar. Aparecieron cuatro peke-pekes solidarios, se colocaron dos en cada costado, pero como los motores no tenían la misma potencia costaba un mundo dirigir correctamente el deslizador. Hubo dos o tres buenos choques contra la orilla, pero al final, gracias a un tipo subido en el techo dando instrucciones, llegamos al puerto. Habían pasado casi tres horas desde la rotura del motor.

El pueblo debe de ser uno de los más cochinos del Amazonas, con incontables botellas de plástico botadas por todos lados. Allí estuvimos esperando más de seis horas, alternando lluvia con sol, asistiendo al espectáculo de carga y descarga de las lanchas que iban llegando y haciendo un curso intensivo de paciencia. Resulta que el fuera borda salvador se quedó sin gasolina a una hora río arriba; tuvieron que pedir prestado otro fuera borda para ir a salvar el bote salvador y traer el repuesto.

Finalmente, sobre las 6:45, ya casi de noche, el motor resucitó y zarpamos. Yo iba zurrao por los peligros del río a esas horas: palos, ondas sorpresivas, obstáculos, embarcaciones sin luz, lluvia… cada dos por tres el barco se paraba y me parecía que el motor ya se había malogrado de nuevo. Como no podía pegar ojo, pensaba y sentía, y me extrañaba de cómo me decantaba por Islandia de entre todos los lugares visitados. Así hasta que avistamos Iquitos.

Pero cuando estábamos ya en el Nanay, a 300 metros del puerto, pum, otra vez el deslizador detenido. Y es que también se había quedado sin combustible; probablemente dieron gasolina a los peke-pekes remolcadores pero no la repusieron después pensando que tendrían suficiente, en una exhibición híbrida de tacañería y estupidez. Veinte minutos más esperando hasta que por fin llegamos. Eran las 2:15 de la madrugada y el viaje, que debería haber durado 12 horas, duró casi 23. Me he quedado con el nombre de la empresa: Transtur nunca mais

miércoles, 19 de abril de 2017

PASIÓN FLOTANTE


"¿Y si, en vez de lavar los pies yo solo, nos los lavamos todos unos a otros? Total, si somos 15 personas”. Sí, fui yo el que lo dije, pero no era idea mía: se les había ocurrido a los de Islandia los días anteriores, preparando el jueves santo. Me pareció chévere y la exporté a Santa Rosa, la sucursal que tenemos en la trifrontera. Todo en mi nueva misión es nuevo y sorprendente, me impacta pero al mismo tiempo lo recibo con naturalidad, es curioso. “Como gota de agua que entra en una esponja” (Ej 335).

De modo que pusieron cuatro tinas, jarras y toallas, y tras lavar yo varios pies, la gente fue saliendo por parejas a hacer lo propio. El gesto es perfectamente elocuente porque acá todos vamos siempre en sandalias (chanclas en España) y limpiarse los pies manchados de barro o tierra es algo automático antes de entrar en la casa. Que te lave otro tus pies cochinos no cabe en cabeza, y que te los lave Jesús menos. Tal es su pequeñez, de ese talante es su señorío.

El viernes santo discurrimos leer la pasión en movimiento por las calles (perdón, por los puentes) del pueblo como si fuera el via crucis. El profe de religión preparó un drama con los muchachos para acompañar a cada estación. Los chicos aparecieron con sus vestimentas, se habían hecho cascos de romano y corona de espinas de cartón, las santas mujeres tenían velos y Jesús se iba llenando de sangre a medida que le iban pegando y crucificando. La creatividad de los jóvenes es imparable en todas las culturas, y en la acuática Islandia también.

Se sucedieron las paradas, la gente miraba con curiosidad y gran respeto, incluso haciendo fotos. Nadie se burló, creo que el que más me reía era yo, que fastidiaba a las chicas: “las mujeres mucho llorar, pero no hacen nada” jaja. En varias casas habían preparado como altares parecidos a los del Corpus, en una esquina le pedimos al heladero que parase el compresor por el ruido, y en la casa misionera los jóvenes hicieron el sketch debajo de mis calzoncillos tendidos. El cuadro lo completaba Marina entonando cantos de la época de nuestros bisabuelos, “sacando del arca lo viejo y lo nuevo”, como el buen escriba de Mt 13, 52. La cruz caminaba sobre el agua del Yavarí invasor del pueblo, entre motores fuera borda, olor a pescado y balsas, adornada con las risas de los niños nadando a la caída de la tarde. Otro mundo que ahora es el mío.

Al día siguiente (aniversario del inolvidable “Sábado Santo bajo el huayco”) tocaba la Vigilia. La echaba de menos y la cogí a deseo, preparándola con el personal autóctono lo mejor que pudimos. Empezó con el fuego… en el muelle, frente al mercado. Las mujeres que venden cena a esas horas nos miraban silenciosas. Como la misión no tiene plata, la gente llevó sus velas, y de camino a la iglesia cantábamos “Los hijos de la selva te alabamos Señor”. Luego, con todo y guitarra, entoné el pregón pascual, las letanías de los santos y les hice aplaudir (reír de momento les cuesta más).

Por primera vez he bautizado a una adulta en la noche de Pascua, Rocío, una mamá joven. Sus nervios y su cara de felicidad fueron la mejor gala para una celebración hermosa y muy especial, la primera sobre las aguas del Yavarí y el Amazonas. Continuó en casa de la bautizada, que nos invitó a sánguches de pollo, torta ¡de chocolate! y vino semi seco brasilero marca Dom Bosco (jeje). Conversamos en familia sobre cuántas cosas queremos hacer en la parroquia mientras veíamos el clásico peruano: La U 3, Alianza 0, toma ya. Así terminó mi primera semana en Islandia: santa, mojada y entrañable.