sábado, 17 de junio de 2017

CHAPO PARA DESAYUNAR


A la mañana siguiente Armando aparece con otro bote, que resulta que es primo del anterior: con vías de agua y tendencia a voltearse en cuanto te mueves un poco. Vamos hacia San Francisco de Yahuma, otra comunidad nativa ticuna donde no hemos podido avisar de ningún modo (a ver cómo nos las aparejamos). Llegamos al puerto, donde hay unos niños en una pequeña canoa amarrada en un palo horizontal, nos acercamos y ¡craaaaac! Chocamos y rompemos el poste… buena manera de presentarse. Nuestro chofer parece tan novato como nosotros, y eso no anima mucho, la verdad.

Después de habernos cargado el puerto, es natural que los de la casa a la que nos acercamos, ahí al ladito, nos miren muy serios y nos reciban fríamente. Descalzos pasamos y Luis (que es casualmente el agente municipal) empieza a hacernos preguntas: “¿quiénes son ustedes? ¿qué quieren?”. A medida que se desarrolla la conversación nos enteramos de que en esta comunidad sufrieron hace algunos meses el secuestro de una chica; se la llevaron unos visitantes que decían ser pastores y enseñar la Palabra de Dios. Y entonces nos explicamos el recelo y las precauciones iniciales, pero ya estamos viendo que Luis y su esposa están más relajados. Ella parece comprender mejor el español y cada vez él la consulta con la mirada (está visto que las mujeres mandan en todas las culturas).

Todavía daremos una vuelta por el pueblo pisando el barro (recién está mermando el río) para visitar al teniente y al apu. Nos dicen que no son de ninguna religión pero que si queremos venir a verlos seremos bienvenidos. Les explicamos que no hablaremos de nada religioso si ellos no quieren, pero que tal vez podemos reunirnos con la comunidad para tratar otras cuestiones, como por ejemplo el problema de la trata de personas que ellos han sufrido tan de cerca. Felizmente en el paseo vemos a la chica raptada, que fue capaz de escapar y regresó con su esposo y su bebé.

Contentos ponemos rumbo a Puerto Alegría, un lugar grande, mestizo, más acostumbrado a las visitas misioneras y donde hemos avisado la noche anterior a su animador Omar. Albergamos esperanzas de que la cosa sea más sencilla, pero nos llevamos un chasco: nadie sabe nada de nuestra llegada y Omar está en Tabatinga. Pedimos por favor que nos permitan guardar las mochilas en una casa, que resulta ser la de María, la hermana de Omar (ni ella estaba enterada). Son las 2 y salimos a buscar algo de almuerzo bajo un sol sofocante. De camino vemos llegar a Omar en un bote; baja y al toque nos acompaña adonde venden comida pero no hace el más mínimo ademán de invitarnos.

Almorzamos pagando unos 40 soles y regresamos donde están nuestras cosas; pasamos a la casa a conversar con Omar… pero no nos ofrecen ni un vaso de agua. Luego me voy a bañar al río, con lodo hasta las pantorrillas. No hay reunión, ni celebración. La capilla está en ruinas. Nos ubican para pasar la noche en una casa a medio construir, al aire libre, diciéndonos que en la familia vecina podemos ir al baño y pedir agua… Hay luz de 6 a 9 de la noche, y mientras se apaga conversamos comentando que no estamos contentos de cómo nos han acogido, no son capaces de darnos nada y ni siquiera nos alojan en casas de verdad. Es una gran desproporción: venimos con esfuerzo, batallando, gastando… y mientras que a los animadores se les pagan los viajes para que vayan a los encuentros, aquí no hay dónde cambiarse de ropa y no nos brindan ni los alimentos de un día. Y sin cenar nos metemos en las hamacas.

Sí hubo desayuno porque mis compañeras charlaron un rato con Omar y el resultado fue que su esposa preparó un chapo de plátano maduro que nosotros completamos con pan para todos. Y así continuamos la bajada por el Amazonas hasta entrar en una quebrada donde se sitúa Gamboa. Aquí las casas están separadas y hay que moverse por el pueblo en bote, a pesar de la vaciante del río, ¡qué sitio! Tampoco conocemos a nadie, así que esta vez procuramos no romper nada y entramos en casa de José y Beatriz, que nos cuentan cosas de la comunidad. No logramos dar con las autoridades pero sí encontramos un albergue turístico que tiene un celular colombiano que agarra señal y se carga con un panel solar, así que les pedimos el número por si en la próxima visita podemos avisar.

Así emprendemos el regreso a casa cinco días después, cansados pero bastante satisfechos: hemos conocido de primera mano un grupo de comunidades, apreciando distancias, situaciones, necesidades y problemáticas. Es apenas el primer contacto, emocionante con los ticunas y algo más árido en otros lados, pero siempre fascinante. La tarea se vislumbra gigantesca. Por cierto, a la otra semana Omar vino a Islandia con su hija; ni que decir tiene que les invitamos a aperitivo, almuerzo, café, copa y puro, y les ofrecimos posada con luz, agua, baño y manzanitos para matar el gusanillo. Quizás así el personal irá captando.

viernes, 9 de junio de 2017

NOVATOS POR EL AMAZONAS: CON LOS TICUNAS


Mis compañeras estaban esperando a que yo apareciera para iniciar las aventuras por estos mundos nuestros, así que casi no me dio tiempo a colocar mis cosas: cuatro días después de llegar a Islandia, pum, recorrido por el Bajo Amazonas, la última parte peruana del gran río que forma una enorme curva justo antes de hacerse brasilero y recibir las aguas del Yavarí. Ha sido el primer recorrido que hacemos como equipo y ha ido bien, pero claro, hemos pagado la novatada como es natural.

Hemos ido cuatro: Zélia, Fatima, Eunice y yo. El primer día lo pasamos varados en Santa Rosa porque el aviso que enviamos por el teléfono satelital no llegó a su destino; de hecho, este es el primer escollo que sufrimos: la dificultad para comunicarnos y avisar de nuestra llegada. En estos lugares no hay señal, ni energía, ni casi nada. Así que tuvimos que esperar varias horas a que Roberto y su hijo Armando nos recogieran en Tabatinga para llevarnos en el bote de su cuñado a Yahuma Primera Zona, su comunidad indígena ticuna. Llegamos casi de noche y nos recibieron nubes de mosquitos que nos machacaron dejándome los tobillos como un colador.

Casi de inmediato dimos un paseo por el pueblo para invitar a la gente a la reunión del día siguiente. Los zancudos han sido sustituidos por una nube de niños de varias edades que nos acompañan divertidos por la novedad de estos extranjeros. Me doy cuenta de que no hablan español y entre bromas y gestos vamos entrando en las casas saludando y conversando un momento. A la luz de las velas visumbro la pobreza de estas gentes; apenas veo hamacas y algún mosquitero donde hay bebés, pero nada de camas, ni sillas, ni otros muebles. Nada. Enseguida aprendo la primera palabra ticuna: moenxi (gracias).

Roberto nos acoge en su casa, y para ello nos dejan libre la planta baja y todos van arriba a dormir. Colgamos las hamacas y nos preparamos para defendernos de los mosquitos nocturnos. Hace calor, estoy pegajoso de todo el día y sigo sudando, es la primera vez que paso la noche en una hamaca, el mosquitero me asfixia… pero me quedo como un tronco. Nos levantamos como ellos, al amanecer. Voy a la cocha a bañarme en gayumbos, con el lodo hasta las pantorrillas. Sachi y Esmeralda, que tendrán 4 o 5 años, me observan y se ríen mientras se cepillan los dientes con el agua del río. Luego busco un árbol para escarrancharme y abonar la selva, porque los ticunas no usan baño. Las finuras y los escrúpulos se te tienen que quitar al toque, si no acá estás perdido. Pasa un rato, no hay ni rastro de desayuno y más bien comienza a llegar el personal para la reunión.

La comunidad es bastante numerosa, Armando y su hermano hacen la celebración los domingos, pero usan un folleto en español que me parece que les resulta algo raro y artificial porque ellos hablan su lengua. Lo hago lo mejor que puedo intentando que me traduzcan, y creo que algo se logra porque de vez en cuando se ríen con alguna broma. Pero percibo la distancia, la extrañeza… No es algo “suyo”, es como un meteorito que cae de pronto. Hay que traducir la misa al ticuna… las canciones… formar a estos animadores… ¡todo! Pero ¿cómo…? De momento, como nadie va a comulgar, hacemos solo liturgia de la Palaba. En la conversa posterior cuentan que hace unos 20 años que no hay bautismos, y eso es lo que piden; tendremos que prepararlos nosotros mismos, habrá que venir dos o tres días. Por estos andurriales no puedes andar con remilgos o normas, hay que dar respuestas prácticas y realistas recordando que el derecho canónico se desactiva a más de 3000 metros de altura o a más de 100 selva adentro.

Almorzamos por fin y de ahí pasamos a Yahuma Segunda Zona, a una media hora de navegación bajo un sol sofocante, en un bote de nuevo sin techo, con grietas y agujeros (hay que estar constantemente achicando agua) y además bastante loco, es decir, que se trocolea un montón por ser demasiado estrecho. La comunidad es mestiza y ticuna, y su animador y presidente Andrade nos espera para acogernos. La esposa nos ofrece bananas y refresco de limón, y así nos tomamos un respiro hasta la hora de la reunión, a media tarde. Acá acude poquita gente, pero la diferencia es total, el castellano es el idioma… aunque tampoco habrá comulgantes. Nos invitan a cenar y contentos nos vamos a la hamaca luchando contra los mosquitos.

Todos nos agradecen nuestra visita y nos piden que retornemos pronto. Duermo pensando que está bien venir, pero lo precioso es volver, es lo que arranca sonrisas y crea lazos. De madrugada me despierto, voy a hacer pichí y al regreso… me caigo de la hamaca, ¡catacroc! Menos guasa y más aventuras en la siguiente entrada.

sábado, 3 de junio de 2017

YO VIVO EN UNA ISLA


Está en medio del río Yavarí, frontera nororiental del Perú con Brasil, y es un pueblo construido sobre palos y columnas de cemento, que pasa medio año sobre el agua y el otro medio sobre barro y tierra seca. Es para mí un mundo a la vez extraño y pintoresco, duro y asombroso, que no se parece a nada conocido, así que estoy tratando de acostumbrarme.

Es una isla muy creyente: hay como siete u ocho iglesias o sectas o religiones, de entre las cuales la católica es una más, y no creo que la más numerosa. Mi calle es la “calle comercial”, así que está llena de casas de israelitas, que son los que controlan el comercio en todo este Amazonas fronterizo a partir de San Pablo. Son una mezcla de asociación, partido político y grupo religioso que merece una entrada aparte (por lo menos). Los viernes por la noche empieza el Sabbat, así que el 90% de las tiendas de mi isla cierran y la iglesia de color azul que está al costado de mi cuarto empieza a funcionar con una sucesión casi ininterrumpida de cantos, oraciones, inciensos y sermones que terminan al día siguiente a la caída de la tarde. El ruido en general es excesivo por todas partes. ¿Cómo serán los evangélicos, pentecostales, movimiento misionero mundial y el resto de la tropa…? Mejor no saberlo.

Si paseas por el mercado de mi isla, junto al muelle, escucharás acentos brasileros y tonos colombianos, y verás circular varias monedas. Hay hombres que llegan con hatos de pescado recién cogido, y mujeres con piñas de plátanos y alguna que otra papaya. La sirena de la lancha que está casi a diario atracada silba abriéndose paso entre los estruendos de la afanosa carga y descarga, y siempre puede leerse un cartel donde aparece el horario de salida: “Gran Diego” o “María Fernanda” - “Iquitos 10 am”. Mi isla es un lugar de trasiego, de paso y de tráficos de todo tipo, unos más presentables que otros. Hay varias balsas que son grifos donde los botes repostan, casas que flotan en pleno río sobre gigantescos troncos.

Yo llegué el jueves 18 de mayo, y ese domingo 21 las autoridades me invitaron a hacer el izamiento del pabellón nacional para darme la bienvenida. Después de misa (es a las 8 de la mañana) nos dirigimos hacia la canchita donde semanalmente se celebra la ceremonia para honrar a los símbolos patrios. De pie nos sancochábamos al sol mientras el policía pedía permiso al subprefecto para comenzar el evento. Luego desde el parlante me invitaron a acercarme al mástil para alzar la bandera blanca y roja mientras sonaba la marcha militar. Yo quería irme a mi sitio, pero el policía me decía bajito: “ahí nomá”. Cuando me indicaron, volví donde las personalidades y desde allí entonamos el sagrado himno, y descubrí que ya me lo sé. Luego hubo un par de mini-discursos, incluido el mío. Es una isla peruana y por tanto acogedora con los que llegamos nuevos.

Pero no todo en mi isla es bonito. Muchos días no hay luz, ni funciona la señal del celular, ni hay internet (de hecho, no sé cómo haré para publicar esto), ni agua potable. No recuerdo que en mi depa el termómetro que me regaló mi mamá haya bajado de 28 grados, y conmigo viven unas arañas tamaño XXL, de vez en cuando nos vemos y cada uno sale corriendo por su lado. No parece fácil vivir aquí ni trabajar como misionero. Pero es acá donde hoy he cumplido 47 años. No es perfecto, pero  sé que es lo que Diosito quiere y me siento en paz.


Gracias por todas las felicitaciones; me siento abrumado e incapaz de contestarlas todas. Y si mis amigos del cole buscan AK-47 en wiki encontrarán esto; a mí me ha hecho reír:

El fusil AK-47 es famoso por su gran fiabilidad, ya que soporta condiciones ambientales muy desfavorables sin ningún inconveniente. Se ha probado que el arma sigue disparando a pesar de ser lanzada al barro, sumergida en agua y atropellada por una camioneta. Ejemplares viejos con decenas de años de servicio activo no presentan ningún problema; es un arma muy segura y permite alcanzar un blanco a 285 metros de distancia, según el fabricante, ya que fue diseñada según las experiencias de la Segunda Guerra Mundial, y se entendía que todos los combates se producían a menos de esa distancia.
Existen informes de la Guerra de Vietnam donde soldados estadounidenses abandonaban sus fusiles M16 por el norvietnamita AK-47, debido al constante encasquillamiento de sus fusiles y al hecho de que esta arma era más corta y fácil de operar en la selva.

Jaja… Un año más y cada vez estamos más operativos, compañeros. ¡Felicidades!

sábado, 27 de mayo de 2017

INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS


Cada madrugada a las 4:30 la campana toca en la isla de Pompeya. La manchita del CEFIR quiere seguir la costumbre naporuna de levantarse temprano, tomar mate de wayusa para que se puedan recordar los sueños y conversar, contarlos e interpretarlos, porque los sueños dan claves para el futuro, en ellos se manifiesta Pachayaya. A pesar del madrugón, es fascinante, como casi todo lo de estos días.

Cuando le toca preparar la amarga infusión a mi grupo, quedamos incluso antes, a las 3:30. Ellos me explican cómo hacer para vomitar. Se toman 5 o 6 tazas de wayusa seguido, de manera que se estimula el vómito y funciona como una limpieza natural del estómago. Ellos lo hacen como si tal cosa, y yo, pues también. Sudo de pies a cabeza pero te quedas como nuevo; además es un diurético potentísimo, pasas día y noche ishpateando sin parar. Primero te purificas y luego, junto con toda la familia, lees los sueños para que los samaykuna te orienten.

También aprendemos a preparar masato, que por esta zona llaman chicha. Es algo que corresponde a las mujeres, y estoy seguro de que el ciclo del masato, que muestra la fertilidad de la tierra, está unido al ciclo de la fecundidad de la mujer (lo tengo que estudiar). Ellas recolectan la yuca, la pelan, la cuecen y comienzan a machacarla, y en eso les ayudamos algunos varones. Mientras golpeo con el mazo, mama y hatur-mama empiezan a sacar cucharadas de la pasta y se las meten en la boca, mordiendo a la vez un trocito de camote y masticando todo; después de un ratito, escupen en la olla que yo remuevo. Las enzimas de la saliva contribuyen a romper el almidón de la yuca para facilitar el puré y al mismo tiempo inician ya la fermentación con ayuda del azúcar del camote.


Como sé que voy a tomar masato muchas veces, prefiero quitarme el escrúpulo ahora viendo cómo una y otra vez escupen en mi olla, hasta que me dicen que el jugo ya está listo para dejarlo fermentar al menos dos días, antes de beberlo. Y serán las mujeres las que lo sirvan, cerrando el círculo: la yuca que Pachamama, la madre tierra, nos da, se transforma, a través de ellas, en bebida de alegría y unión; la vida que se gesta en el vientre de la mujer y se prolonga saliendo por sus senos como masato nutricio es la vida que Pachayaya nos concede a todos como un cuerpo. Muy profundo, misterioso y precioso.

Recuerdan sus historias, cuentan episodios sobre shamanes con capacidad de curar y hacer daño, sobre la potencia de la ayawasca, la planta que te pone a temblar y te muestra tus visiones, rozando el límite de la dimensión espiritual de la realidad, allá donde habitan los espíritus que llegan de entre los altos árboles de la selva. Muchas cosas nos las enseña José Miguel Goldáraz, al que pusieron hace años “Achakaspi”, es decir, “bagre”, pescado largo, estrecho y duro como un palo de madera. Achakaspi lleva en el Napo más de cuarenta años, y es un espécimen de misionero clásico: vino a quedarse toda la vida, vivió seis años con una familia en un pueblo y aprendió kichwa a la perfección.

Es alto y desgarbado, y duro como mango de hacha, tiene un mote muy bien puesto; nos hace reír cuando nos llama “matracos” o dice que tales o cuales son unos “hijos de la gran chingada”. En su eterna txapela permanece intacto el vasco convencido que a la vez hace mucho que pertenece al pueblo runa, graciosa paradoja. Un luchador contra las penúltimas formas de esclavitud de los encomenderos en los años sesenta, un activista frente a la invasión de las compañías petroleras. Un organizador de las comunas, que hacen fuertes a los runas. Un enamorado de esta gente y de esta cultura.

Los capuchinos españoles realmente han hecho mucho, con José Miguel en la vanguardia. Lo intuyo cuando visito los museos de Pompeya y Coca, cuando hojeo tantas publicaciones, gramática kichwa, diccionario, colecciones de mitos, los elementos centrales de la cultura naporuna rescatados, sistematizados para la posteridad, es fabuloso. Estos misioneros son como el paradigma de la inculturación, personas que apostaron toda su vida y que se atrevieron realmente a “ser otros” porque amaron apasionadamente al pueblo que Dios les dio. Y yo me encuentro en el epicentro de este entusiasmo, Pompeya es el vórtice de este deseo hecho camino.

¿Por qué estoy aquí, en Perú, en la selva? ¿Cómo debo estar? ¿Qué significa ser misionero? ¿Cómo serlo hoy, en este tiempo, en donde Dios me pone? No lo sé. Tal vez esta experiencia me dé luz, quizá los indígenas puedan interpretar mi sueño, el sueño de toda mi vida. Amar esta tierra, estas gentes, estas culturas. Acercarme, identificarme con ellos lo más que pueda, ir con ellos para nomás estar con ellos, sin tener que ayudarles a nada ni enseñarles nada. Para compartir la vida, y que la vida sea plena, sea sumak kawsay, la mía y la de cada uno, hasta el más pequeño. Quizás eso sea todo.

Queda pendiente la historia del obispo Alejandro Labaka, pero son las 12 de la noche en Iquitos y dentro de pocas horas salgo en ferry hacia el Yavarí, hacia Islandia, mi casa, mi misión, por fin. Mejor seguimos otro día.

lunes, 22 de mayo de 2017

UNA KAMACHINA A TIEMPO ES UNA VICTORIA


Cuando Dominik me invitó al CEFIR (Centro de Formación Intervicarial Runa) pensé que podía ser una buena oportunidad para recibir formación en temas de inculturación, cosmovisión amazónica y modos de situarse en esta realidad para un misionero novato; y también para viajar y conocer un poquito Ecuador, el vicariato de Aguarico, al puma José Miguel Goldáraz (“hermano” de Coquinche) y la historia in situ del obispo Alejandro Labaka, muerto a lanzazos en 1987 cuando intentaba defender a la tribu Tagaeri de la invasión de una petrolera. Una colección de buenas razones que se han quedado en pañales porque la experiencia ha superado muy ampliamente mis expectativas.

Desde Iquitos, el viaje dura cuatro días (con la parada en Angoteros ya relatada). Hay que llegar a Pantoja, donde el puesto militar fronterizo de Pantaleón y las visitadoras, y allí tomar una canoa que nos llevó y nos regresó de Rocafuerte en medio de la noche, sin techo, adentrándonos a la luz de la luna por los misterios del río Napo. Un grupo de diez: los Mushuk Wayra (Domi, Paco, Gabriel y yo) y seis kuyllur, es decir, animadores de comunidades naporunas de nuestra misión de Angoteros. El curso es básicamente destinado a los kuyllur de cinco vicariatos: cuatro ecuachos y el nuestro, perucho. Desde la casa de los capuchinos en Rocafuerte aún queda un día más de subida hasta la isla de Pompeya, nuestro destino final.


Dos semanas intensas de clases, trabajos de grupo, exposiciones, minga (trabajo comunal), deporte, cantos, películas, talleres, fiesta, paseo… Una verdadera zambullida en la cultura runa, sus valores, sus rituales, sus mitos, sus conocimientos ancestrales, su carácter… y todo contado en primera persona por los kuyllur, como algo vivido y compartido más que estudiado en teoría. Y mucho (no todo, pero buena parte) en kichwa, toma castaña. Para mí un auténtico festín, y más teniendo en cuenta que muchos elementos centrales son comunes a las culturas amazónicas. Me he sentido como una esponja que quiere absorberlo todo, qué bárbaro; a mi profesora Toñi le habría encantado.

De pronto tienes que aprender el significado de muchas expresiones: yakinakusa kawsana, paktachina, ayllu, yanapanacusa kawsana, parihulla, aswa upina, supay… Mi cuaderno echaba humo porque sé que la palabra contiene la realidad, es código que atesora los engranajes de una cultura y caracteriza el modo de ser de un pueblo. Todo lo que en el aula explicaban, luego yo lo vivía en el trato con los veintitantos kuyllur runa, hombres y mujeres. Ellos han sido los auténticos profesores y es un privilegio haberles conocido. Éramos unos perfectos inútiles (por lo menos yo): no entiendo su lengua, ni sé utilizar machete, ni lanzar con cerbatana, ni juego al futbol en el barro, ni manejo el bote, ni sé hacer fuego, ni nada… pero cuánto nos han agradecido a los gringos que hayamos estado con ellos.

El indígena es concreto, tímido pero fuerte, con un marcado sentido colectivo aunque muy libre, y de una nobleza muy singular. Y una capacidad enorme para la risa, agarrando la posibilidad de divertirse en el momento en que se presenta. Todo en ellos es muy vital, todo es kawsay (vida), estamos aquí y ahora juntos, y vivimos, y eso es lo que cuenta. Mañana también hay día porque Pachayaya Dios nos bendecirá. Mejor no pensar en abstracciones, el conocimiento se transmite oralmente con el cuento y el mito, pero sobre todo con el aprendizaje del día a día. Y cuando los niños o jóvenes se desvían, es deber de los papás darles kamachina (consejo). Eso nos tocó un día representar a mi grupo.

Preparados para el chaparrón
Yaya con el ají
Mama con la ortiga


















Estamos yaya, mama y cuatro churis (yo soy rucu churi, el hijo mayor, claro). Nos sentamos en el suelo para la kamachina. Mama me pregunta:
- ¿Qué has hecho churi? ¿Has robado mujer? (en kichwa).
- He robado gallina (contesto en español). Estalla una carcajada general.
- ¿Por qué has robado mujer? – continúa Griselda aguantándose la risa a duras penas.
- Tenía hambre. Otra carcajada mayor todavía.
- ¿Acaso no había comida en la casa para que tengas que ir a robar? La próxima vez me pides a mí. Y así van aconsejando a los demás hijos, que han hecho diferentes travesuras.
Entonces yaya viene y me pone ají en el ojo; pica horriblemente pero no puedo gritar ni llorar, porque eso será señal de que no he comprendido y lo volveré a hacer. Luego viene mama y me ortiga las piernas, y ahí sí aúllo de dolor y el auditorio definitivamente se parte de risa. Pero cuidado, ¡solo puede haber kamachina si los padres son ejemplo de lo que están corrigiendo! Así de hermosa es esta cultura.

El domingo vamos a visitar una comuna de la zona. Es un día de fiesta y nos decoramos las caras (a mí me la pinta mama). Pillamos a la gente en su asamblea mensual, pero pronto, tras un par de ruedas de invitación a chicha (masato decimos los peruchos), armamos la misa. Una hoja de plátano es el mantel, como cualquier comida. Me toca a mí presidir en kichwa, y no supone ningún problema: en esta cultura el 75% de la celebración la hace el kuyllur, los pakriyayas solo intervenimos presentando las ofrendas, consagrando y haciendo la plegaria eucarística, pero en este caso la hacemos todos juntos. Estupendo: por fin una Eucaristía que no depende de mí, ni homilía hice… Luego, partido de fútbol y almuerzo compartido a base de sopa de gallina (no robada).

Continúo en la siguiente entrada porque se me acaba el espacio. Pero siento hoy que los indígenas, que son los más marginados, ya han conquistado la mayoría del territorio de mi corazón. Aprender a llegar a su mundo es conectar con el shunku de la Amazonía, con su inagotable variedad de culturas, religiones, historias. Logrando ese amor y dejándose conducir por esa admiración tal vez puede uno atreverse a poner el pie en estas tierras. ¿Será ese el propósito de esta kamachina que Pachayaya me regala justo en estos momentos de mi vida?

domingo, 14 de mayo de 2017

MUSHUK WAYRA


Casi nos pasamos y no desembarcamos porque no vimos cartel alguno, solo un puerto de barro. Hemos pasado apenas tres días en Angoteros y parece que han sido tres semanas o tres meses. En esta remota chacra a orillas del Napo, río arriba, cerca (…) de la frontera con Ecuador, el tiempo parece ralentizarse sometido a la hegemonía del silencio. La calma es una construcción colectiva, como todo acá, porque se trata de una comunidad netamente indígena, los runa (“la gente”) del Napo, los Naporunas. Para mí una experiencia totalmente nueva, la he disfrutado al máximo y me siento agradecido.

Todos los saludos son en kichwa, el idioma predominante en esta cuenca, el sur de Ecuador y otros extensos territorios; al toque hay que aprender allipuncha (“buenos días”) o pakarachu (“gracias”), como era en mis veranos africanos por Togo o Malí. Paseando por ahí percibo algunas vacunas contra la aculturación: la lejanía de centros urbanos, la poca y dispersa población, la educación bilingüe, la pobreza y las dificultades geográficas que hacen a este rincón de la selva irrelevante para los vampiros de la economía de mercado (petroleros y madereros sobre todo).

Es una sociedad que intenta ser más compacta y protegerse en lo posible de los estragos de la globalización. Acá no hay sectas porque al parecer “los kichwas son católicos”, las mujeres llevan típicas faldas de colores, se ven muchos pies calatos, la gente vive literalmente en el río, se dedican mucho a la pesca y a la caza en el monte (a la chacra, las yuquitas y plátanos indispensables para sobrevivir) se toma masato y la iglesia se llama “Misión Naporuna Pachayaya”.

Los intentos del Estado por proporcionar servicios son como un bote lleno de agujeros que a duras penas se mantiene a flote. La posta de salud dedica varias horas diarias a hacer la gota gruesa, la prueba clásica para detectar el paludismo, que afecta al 80% (¡!) de la población. El colegio está en condiciones ruinosas, mientras las obras del nuevo llevan meses paralizadas sin que nadie sepa dónde fue esa plata (aunque creo que todos lo sospechan). La única vereda del pueblo está cuarteadísima, y solamente hay luz de 6 a 9:30 de la noche, aunque muchos días la cortan antes porque se acaba el combustible. La corrupción muestra su rostro más cruel en estos lugares apartados, donde reina la impunidad y las inversiones públicas parecen maniobras publicitarias para cubrir expediente o tapadera de la rapiña de políticos oportunistas.

Quizá sea la misión del Vicariato donde la presencia de la Iglesia está más inculturada. El padre Juan Marcos Mercier trabajó por años, aprendiendo kichwa, estudiando los elementos y valores de la cultura runa llegando a ser un experto, “más indio que los indios”, hasta el punto de cambiarse de apellido y llamarse Coquinche, como mucha gente de acá. Él fue capaz de crear materiales de iniciación cristiana kichwas que incorporaban mitos, expresiones y símbolos de la cosmovisión runa, dialogando así con la cultura, aprovechando lo que hay de evangélico en ella, y tratando de formar una iglesia runa. En Angoteros no hay catequesis en el sentido tradicional de la palabra, la celebración del domingo y la semana santa son muy peculiares, con sabor, estética y sonidos naporunas.

Las condiciones del día a día en la residencia misionera están también insertadas y participan de la austeridad de la vida runa. La casa es de madera, de suelo de puna y techo de paja, tiene tushpa de leña y el agua es la que recogemos de la lluvia. Como en tiempos de Coquinche, que murió en 2006. Pero hay tele y cable, y luz con un motorcito bien eficiente; igual que en muchas casas, donde no hay muebles pero sí tremendo aparato de TV. Es el símbolo de un pueblo donde convive lo ancestral (el masato, los shamanes, la ayawaska, el matrimonio tradicional…) con la modernidad (los auriculares de los jóvenes, el deseo de internet, el celular…), que es como una especie de trituradora de la constelación de valores del buen vivir, sumak kawsay, seña de identidad de los pueblos amazónicos.

No puedo seguir escribiendo, aunque el instinto antropológico me sale a borbotones. Solo añadiré que me sorprende cómo acá la vida humilde combina con la cantidad de las risas. La lucha por la supervivencia se expresa de manera primordial en el esfuerzo cotidiano por conseguir y preparar los alimentos. Y así aprendo a cocinar patacones, pescado asado envuelto en hojas, chilcano de gamitana… mientras los niños pasan y llegan, cambian hojas de cilantro por mullu para hacer los collares de colores que llevan orgullosas las warmis y siempre sonríen…

Qué curioso que esta visita haya sido recién comenzada mi vida en la selva. Qué significará… No lo sé muy bien. Habrá que esperar. Tal vez entender hasta mi shunku* que todo es nuevo. Aprender con intensidad pero con encanto. Mushuk wayra, vientos nuevos, vida nueva. Qué hermosura y qué desafío.

* Shunku es el palo que sostiene la casa, es el corazón, lo más fuerte, el interior más sólido y profundo

sábado, 6 de mayo de 2017

LAS OLAS DEL FERRY


El ferry es un barco tremendo, nuevo, enorme, con capacidad para 300 pasajeros, que cubre la ruta Iquitos-Santa Rosa (en la triple frontera) en 12 horas por 80 soles (unos 22 €). Para los que vivimos por allí es una ganga, porque nos ahorramos unos 100 soles (28 €) por cada viaje demorando solamente un par de horas o tres más. Aunque yo aún no he logrado montarme en el ferry, porque cada vez que lo intento está malogrado: es increíble cómo chango los botes ya incluso antes de subir a ellos (recordemos lo de Transtur, tengo una piña*…).

Como es una nave muy grande y muy rápida, resulta que a su paso arma unas olas inmensas que soliviantan el Amazonas todito. Es espectacular: cuando el ferry se acerca a Indiana (desde donde escribo hoy), el parlante de la municipalidad lo anuncia en tono de advertencia y la gente se acerca a la orilla para no perderse el fenómeno. A pesar de que navega por el lado contrario, el agua se levanta, los peque-peques que están acostados tienen que salir obligadamente a medio río para evitar chocar unos contra otros y hacerse papaya, las balsas se agitan feísimo y todo el río bulle y se estremece como si en su fondo hubiera un sismo de magnitud 9.

Los vecinos se ríen viendo los apuros de los que en ese momento están en el agua, pero no es para burlarse, y de hecho varias personas me cuentan que los ribereños están rezando para que el ferry se estropee, y vaya si da resultado (…). Es curioso que las olas más grandes rompen en el malecón cuando ya ha pasado el ferry hace tiempo, y duran unos minutos todavía. Turbulencias con efecto retardado. Viéndolo comprendí por qué estos días en Indiana me siento tan extrañamente cansado.

Y es que no debería estarlo. Es una pausa de algunos días entre la semana santa y el viaje por el Napo para hacer el curso del CEFIR en el Vicariato de Aguarico, Ecuador. Tengo poco que hacer: mirar algunas cosas del archivo, celebrar la misa en la catedral, lavar ropa… Pero me siento terriblemente cansado, paso la jornada con más sueño que una espuerta de gatos, aplatanao, si cerrara los ojos a las 10 de la mañana ahí me quedaría, me quedo frito en cualquier parte y en la noche duermo como una piedra con sueños profundísimos.

¿Qué ocurre? Pues que creo que me está saliendo ahora todo el trajín de los últimos meses, desde diciembre hasta hoy. Reflexiono y veo que no he parado: la Navidad, la recogida, las despedidas, el traslado, los días en Lima, el encuentro de la JEC, la estancia del grupo de Mendoza, los viajes por el vicariato con sus percances, la asamblea, la semana santa… Mucho ajetreo y movimiento en el esfuerzo de conocer, adaptarme y asimilar cantidad de cosas nuevas: el clima, la forma de comer, de hablar, las personas, los lugares, los transportes… Como las olas del ferry, el cansancio acumulado se manifiesta ahora con efecto retardado, pero más que trocolearme me deja aplastao.

Me espabila la convivencia con el equipo misionero de Indiana, compuesto por puro mexicanos: tres religiosas, una laica y ¡una familia de cinco miembros! El domingo nos movemos a un sector del pueblo para celebrar la Eucaristía, regresamos bajo el sol sudando como pollos y pasamos junto a la tumba de los primeros misioneros del Vicariato. Para el almuerzo aprendo a hacer tortillas de maíz, el elemento base de la alimentación mexicana (cuando vuelva a algún restaurante cuate le tendré más respeto al menú, vaya proceso laborioso) y en plena preparación el cielo se cierra, llega un viento repentino y ¡cae aguanieve en plena selva! Qué bárbaro. Si no fuera porque yo mismo me mojé con los copitos, no podría creerlo.

Veo un rato del Madrid-Barça con los tres hijos de esta pareja misionera, que me recuerdan a mis sobrinos. Las ondas del ferry que me tienen cansadito corresponden también a casi dos años sin verlos, sin ir a España. Recuerdo que Antonio Sáenz me decía que el segundo se hace largo; y, como siempre, tiene razón. En fin, ya queda menos. Mañana rumbo al alto Napo y luego ya a Islandia de una vez.

domingo, 30 de abril de 2017

AUSTERIDADE


Una de las primeras impresiones al llegar a Islandia es el hecho de que mi nivel de vida ha se ha precipitado como los mojones del tío alto del chiste. Intuía lo que me he esperaba, pero hasta que no lo experimentas en carne viva no te das cuenta de lo que significa ser pobre. Durante años fui religioso con voto de pobreza, pero es ahora cuando vivo realmente las precariedades de una economía breve, como dicen mis compañeras brasileras.

“El obrero merece su salario”, pero un vistazo al cepillo de Islandia es un asome a la desolación: la colecta no llega ni a 40 euros al mes. En Mendoza, parroquia gigante llena de fiestas patronales, misas de todo tipo y sacramentos, los curas ganábamos casi para cubrir nuestras necesidades cotidianas y los gastos de la pastoral (si exceptuamos el carro); aquí, en esta remota y enorme frontera, los misioneros vivimos de lo que nos envían de nuestros países de origen. Comemos gracias a la generosidad de otros lejanos, nosotros no ganamos nada.

Más bien al revés: la misión nos cuesta. Lo que antes me servía para ayudar a la gente y para cosas personales (porque la parroquia me proveía de todo lo esencial), ahora tengo que emplearlo en la compra cotidiana de alimentos, el mantenimiento de la casa… y los gastos normales de la tarea parroquial (desplazamientos, el cirio pascual que he pagado de mi bolsillo, libros, rotuladores etc. etc.): vivir y trabajar. Eso hace extremar la austeridad; yo nunca fui por ahí de misionero platudo por opción, pero ahora es por obligación. No podemos dar porque “¿de dónde?”, como dicen acá.

Y luego está, por el otro extremo, la realidad de los precios: la frontera reduce tu poder adquisitivo como los jíbaros las cabezas porque todo cuesta una barbaridad. En Islandia peor porque no hay chacras, vivimos sobre el agua y por tanto no se cultiva y todo hay que traerlo de fuera. Así que vas a comprar acelgas y te encuentras con que un kilo vale 15 soles, cuando en Iquitos tal vez esté a 2. Un par de papas y tres cebollas 7 soles, 2 euros, ¡esunescándalounabuso! en idioma de Mafalda. Como todo el mundo, tenemos que hacer cuentas para llegar a fin de mes, y eso nos iguala en la lucha diaria por salir a flote (jaja, nunca mejor dicho). Es una solidaridad en la estrechez con todos nuestros vecinos.

Pero el primer problema es el agua. Es una paradoja: durante los meses de la creciente del río no vemos el suelo y vivimos rodeados de agua, pero no hay agua en las casas; resulta que las tuberías que llevan el suministro municipal van bajo tierra (claro) hasta llenar los depósitos domésticos, pero cuando el Yavarí crece esas cajas hay que subirlas para evitar que queden sumergidas, y entonces el sistema de bombeo ya no tiene presión suficiente para hacer remontar el agua y llenar los depósitos. Resultado: hay que estar recogiendo constantemente agua de lluvia para beber, lavar la ropa, los platos… Y siempre con el reflejo de no desperdiciar el agua, porque si durante muchos días seguidos no llueve, solo queda botarse al río.

La escasez lo vuelve todo muy difícil. La impresora de la misión no tiene tinta ni se pueden conseguir los cartuchos hasta Iquitos. Hoy no hemos logrado encontrar una grapadora en todo el pueblo, ni una lata de pintura marrón. Ni helados, ¡ni queso (que es más grave)!. Y hacer fotocopias ha sido una odisea; al final en la municipalidad nos han brindado su máquina, una pequeña multifunción… pero llevando nosotros el papel.

Si quieren les hablo de la casa, o mejor lo dejamos para otra entrada porque ya van a cortar la luz (son las 10:50 de la noche). En la capilla (eso sí tenemos) hay una tela con el lema de mis compañeras: “Itinerancia Austeridade”. Yo deseaba vivir más humildemente, compartir más la pobreza de esta gente; pues lo he conseguido. Y no es fácil. Ojalá mi sensibilidad se impregne de esta sencillez, de modo que no solo “la soporte”, sino que aprenda a amarla como parte de mi espiritualidad para que me enriquezca y me haga crecer.

lunes, 24 de abril de 2017

BOTADO EN PLENO AMAZONAS


Ocurrió en el regreso del viaje de reconocimiento a Islandia. El deslizador sale de Santa Rosa a las 4 de la madrugada, así que nos fuimos a dormir a Leticia la noche antes. A las 3, un motocarro vino a recogernos y nos llevó a Tabatinga, donde a su vez un bote nos pasó por 10 reales al muelle de Santa Rosa. El rápido estaba ya casi lleno a las 3:30, de modo que a las 3:40 ya salió. “Vacán – pensé yo- vamos a llegar a Iquitos todavía más temprano”. Jeje, no sabía la que nos esperaba.

El deslizador es un barco grandazo, una especie de autobús fluvial que lleva a unas 80 personas desde Iquitos hasta la triple frontera en 8 o 9 horas (bajando, porque surcando, o sea río arriba, demora unas 12 horas), es decir que va a toda pastilla por el Amazonas formando una olas que fastidian a las canoas y otras embarcaciones domésticas. Te dan el desayuno, el almuerzo y una botella de agua, y algunos hasta te ponen películas; y pagas duro, claro, 170 soles o más.

Nuestra surcada comenzó bien, yo me dormí como de costumbre las primeras 4 horas o así. Hubo una primera parada (no me acuerdo dónde), en la que varios policías entraron, nos jalaron a todos los DNIs, se pusieron a abrir mochilas al azar y a mí me tocó, claro está: la cosa había empezado a torcerse. Aunque desde luego, si quieren interceptar la coca que viaja por el río así, están cagaos, jamás van a dar con un gramo. Lo que sospechamos todos es que realmente no quieren…

Un poco más arriba, ya pasado San Pablo, de pronto se oye un ruido bien feo RRRRRRR!!! y empieza a oler a humo. La nave se detiene en mitad del río, los tripulantes empiezan a recorrerla frenéticamente palante y patrás, traen herramientas, hablan bajito entre ellos, sudan, llaman por teléfono satelital a la empresa. Y mientras los pasajeros, hundidos en un espeso silencio y sancochándonos lentamente bajo el sol tropical, nos tememos lo peor: una pieza del motor se ha tronzao y hay que traer de Iquitos en un fuera borda el repuesto y el mecánico. Piña.

Estábamos cerca de San Isidro, una comunidad ribereña, de modo que comenzaron las operaciones de remoque a ese lugar. Aparecieron cuatro peke-pekes solidarios, se colocaron dos en cada costado, pero como los motores no tenían la misma potencia costaba un mundo dirigir correctamente el deslizador. Hubo dos o tres buenos choques contra la orilla, pero al final, gracias a un tipo subido en el techo dando instrucciones, llegamos al puerto. Habían pasado casi tres horas desde la rotura del motor.

El pueblo debe de ser uno de los más cochinos del Amazonas, con incontables botellas de plástico botadas por todos lados. Allí estuvimos esperando más de seis horas, alternando lluvia con sol, asistiendo al espectáculo de carga y descarga de las lanchas que iban llegando y haciendo un curso intensivo de paciencia. Resulta que el fuera borda salvador se quedó sin gasolina a una hora río arriba; tuvieron que pedir prestado otro fuera borda para ir a salvar el bote salvador y traer el repuesto.

Finalmente, sobre las 6:45, ya casi de noche, el motor resucitó y zarpamos. Yo iba zurrao por los peligros del río a esas horas: palos, ondas sorpresivas, obstáculos, embarcaciones sin luz, lluvia… cada dos por tres el barco se paraba y me parecía que el motor ya se había malogrado de nuevo. Como no podía pegar ojo, pensaba y sentía, y me extrañaba de cómo me decantaba por Islandia de entre todos los lugares visitados. Así hasta que avistamos Iquitos.

Pero cuando estábamos ya en el Nanay, a 300 metros del puerto, pum, otra vez el deslizador detenido. Y es que también se había quedado sin combustible; probablemente dieron gasolina a los peke-pekes remolcadores pero no la repusieron después pensando que tendrían suficiente, en una exhibición híbrida de tacañería y estupidez. Veinte minutos más esperando hasta que por fin llegamos. Eran las 2:15 de la madrugada y el viaje, que debería haber durado 12 horas, duró casi 23. Me he quedado con el nombre de la empresa: Transtur nunca mais

miércoles, 19 de abril de 2017

PASIÓN FLOTANTE


"¿Y si, en vez de lavar los pies yo solo, nos los lavamos todos unos a otros? Total, si somos 15 personas”. Sí, fui yo el que lo dije, pero no era idea mía: se les había ocurrido a los de Islandia los días anteriores, preparando el jueves santo. Me pareció chévere y la exporté a Santa Rosa, la sucursal que tenemos en la trifrontera. Todo en mi nueva misión es nuevo y sorprendente, me impacta pero al mismo tiempo lo recibo con naturalidad, es curioso. “Como gota de agua que entra en una esponja” (Ej 335).

De modo que pusieron cuatro tinas, jarras y toallas, y tras lavar yo varios pies, la gente fue saliendo por parejas a hacer lo propio. El gesto es perfectamente elocuente porque acá todos vamos siempre en sandalias (chanclas en España) y limpiarse los pies manchados de barro o tierra es algo automático antes de entrar en la casa. Que te lave otro tus pies cochinos no cabe en cabeza, y que te los lave Jesús menos. Tal es su pequeñez, de ese talante es su señorío.

El viernes santo discurrimos leer la pasión en movimiento por las calles (perdón, por los puentes) del pueblo como si fuera el via crucis. El profe de religión preparó un drama con los muchachos para acompañar a cada estación. Los chicos aparecieron con sus vestimentas, se habían hecho cascos de romano y corona de espinas de cartón, las santas mujeres tenían velos y Jesús se iba llenando de sangre a medida que le iban pegando y crucificando. La creatividad de los jóvenes es imparable en todas las culturas, y en la acuática Islandia también.

Se sucedieron las paradas, la gente miraba con curiosidad y gran respeto, incluso haciendo fotos. Nadie se burló, creo que el que más me reía era yo, que fastidiaba a las chicas: “las mujeres mucho llorar, pero no hacen nada” jaja. En varias casas habían preparado como altares parecidos a los del Corpus, en una esquina le pedimos al heladero que parase el compresor por el ruido, y en la casa misionera los jóvenes hicieron el sketch debajo de mis calzoncillos tendidos. El cuadro lo completaba Marina entonando cantos de la época de nuestros bisabuelos, “sacando del arca lo viejo y lo nuevo”, como el buen escriba de Mt 13, 52. La cruz caminaba sobre el agua del Yavarí invasor del pueblo, entre motores fuera borda, olor a pescado y balsas, adornada con las risas de los niños nadando a la caída de la tarde. Otro mundo que ahora es el mío.

Al día siguiente (aniversario del inolvidable “Sábado Santo bajo el huayco”) tocaba la Vigilia. La echaba de menos y la cogí a deseo, preparándola con el personal autóctono lo mejor que pudimos. Empezó con el fuego… en el muelle, frente al mercado. Las mujeres que venden cena a esas horas nos miraban silenciosas. Como la misión no tiene plata, la gente llevó sus velas, y de camino a la iglesia cantábamos “Los hijos de la selva te alabamos Señor”. Luego, con todo y guitarra, entoné el pregón pascual, las letanías de los santos y les hice aplaudir (reír de momento les cuesta más).

Por primera vez he bautizado a una adulta en la noche de Pascua, Rocío, una mamá joven. Sus nervios y su cara de felicidad fueron la mejor gala para una celebración hermosa y muy especial, la primera sobre las aguas del Yavarí y el Amazonas. Continuó en casa de la bautizada, que nos invitó a sánguches de pollo, torta ¡de chocolate! y vino semi seco brasilero marca Dom Bosco (jeje). Conversamos en familia sobre cuántas cosas queremos hacer en la parroquia mientras veíamos el clásico peruano: La U 3, Alianza 0, toma ya. Así terminó mi primera semana en Islandia: santa, mojada y entrañable.

sábado, 8 de abril de 2017

ASAMBLEA VICARIAL


En esta tierra de misión que es el vicariato, todo está siempre empezando. Igual que el río, que es siempre nuevo y siempre el mismo, este trozo de iglesia amazónica y fronteriza tiene 72 años, pero con cada fiesta de san José vuelve a nacer, se detiene a pensar, a recrearse y a celebrar. Es la asamblea vicarial, el encuentro anual en Indiana de los misioneros y un buen grupo de laicos.

Una ocasión especial porque es la única vez que nos veremos casi todos debido a las enormes distancias y las dificultades para encontrarse durante el año. Por eso se aprovecha para estar juntos y conversar, intercambiar, compartir. Es un ambiente muy particular, distendido y multicultural, -procedemos de variadas nacionalidades-, y al mismo tiempo apasionadamente selvático. La maloka, que es el espacio donde trabajamos, imita el lugar central de la vida de las comunidades nativas. Está bellamente decorada y la rodean pancartas con los nombres de los 16 puesto de misión (no tanto "parroquias") de nuestro vicariato.

Hay diez o doce nuevos (como cada marzo) y me cuentan que más de la mitad de los misioneros llevan menos de tres años por estos ríos. Así que le dedicamos una tarde entera a la integración: Dominik, con mucho ingenio, nos hace jugar, brincar, cantar y bailar, comunicarnos... en definitiva romper el hielo y convivir. Pronto botas el roche y te sientes parte de un grupo humano, porque al fin y al cabo eso es el vicariato.


A golpe de campana se sucede una semana entera de faena: evaluaciones de los puestos de misión y de las áreas pastorales, temas de formación, rendición de cuentas exhaustiva y transparente, oración y Eucaristía, ejes transversales de trabajo cara a este año, programaciones... Salen cosas muy interesantes: compromiso por los Derechos Humanos, la ecología, la pastoral indígena, las fronteras… Por momentos me sale humo de la cabeza y, a pesar de que las sentadas te dejan el poto cuadrado, acabas estos días hecho mazamorra.

El día del patrón del vicariato, en la noche hay la velada a San José. Un grupo de folklore autóctono ameniza con flauta y tambor la maloka, donde se colocó la imagen del santo el primer día. La gente va saliendo a danzar (que no es bailar, ¿eh?) por parejas o tríos, comienzan santiguándose ante el Patriarca, y luego mantienen una cadencia rítmica: cuatro pasos adelante y cuatro atrás, un pañuelo en las manos; y cuando el tambor redobla, hay que mezclarse unos con otros y regresar a donde antes. Una danza ritual típica de la selva, y tan fácil que hasta yo me inculturé un poquito.

En cada desayuno, almuerzo y cena de los días de asamblea, el obispo se encuentra con el equipo de cada lugar, y ahí se comentan cuestiones del puesto, se barajan fechas y también se bromea y se estrechan lazos. Y además, durante toda la semana está la pequeña emoción de saber dónde irán destinados los nuevos, qué cambios habrá en los servicios vicariales, etc. El misterio se devela el último día, cuando Monseñor Javier sale y nombra los responsables de los puestos, de las áreas y funciones, y los integrantes de los organismos del vicariato. Ahí se leyó: "Islandia - P. César Caro", aunque ya se sabía porque los secretos siempre corren por los pasillos... o trepan por los tamshis (lianas) de la selva.


Lo penúltimo es la Misa Crismal. Hay que celebrarla más de tres semanas antes del jueves santo porque en esa fecha estaremos cada uno en una punta del mapa. Nos juntamos 12 curas con el obispo, creo que falta alguno. De los 16 puestos de misión, 6 no tienen sacerdote, ahora, con la nueva pesca, quedarán en 4; Islandia nunca ha tenido hasta ahora. En mayo cumplo 17 años de ordenado, y esta vez la misa es muy sencilla pero me emociona de veras.

Y lo último es la fiesta, donde reímos con ganas y comemos canchitas. Mientras veo los diferentes números artísticos, pienso que por un lado me da pereza empezar de cero, conocer a nuevas personas, son ya varias veces (Mérida-Badajoz, Chachapoyas…); pero al mismo tiempo estoy orgulloso de ser uno de ellos, de formar parte de este vicariato, casi no me lo creo todavía. Los misioneros me parecen unos tromes, unos cracks, no les llego ni a los talones pero aquí estoy. Sale a actuar La Modelo Cantante, la secretaria Ninfa, siempre tan seria en su oficina detrás de su computadora, y nos sorprende matándonos de risa. Es mi nueva familia, que Diosito me ha dado y yo no merezco. Habrá que enterarse de qué pretende Pachayaya.

sábado, 1 de abril de 2017

ISLANDIA


En apenas 40 minutos, el rápido nos lleva desde la triple frontera al viejo puerto brasilero de Benjamin Constant, justo donde el Yavarí muere en el Amazonas. Enfrente, a solo 5 minutos de navegación Yavarí arriba, hay una isla ya sobre territorio peruano. Al llegar de inmediato quedo atónito, y mi asombro no desaparece hasta ahora. Es como estar en Venecia, pero en medio de la Amazonía y al estilo selvático.

Islandia está armada sobre pilares que sostienen las calles, las cuales son pasarelas de concreto y madera para salvar la creciente que cada año, durante muchos meses, cambia la faz de la tierra por el agua del río invasora y omnipresente. Te pones a pasear y se te acaba el pueblo, y si vas leyendo el periódico y no miras por dónde vas, puedes salir del pasillo y darte un chapuzón involuntario. Las entradas de las casas son también pequeños puentes. En Islandia la gente pasa meses sin pisar suelo firme, sospecho que son una evolución de anfibios inteligentes.

No se ven carros ni mototaxis (...), pero sí canoas para visitar a la familia y los amigos, jeje. La plaza de armas es una especie de piscina gigante que tiene al fondo la municipalidad. Los niños se bañan, nadan y juegan. Por la tarde van con sus mamás al coliseo deportivo (digo yo que no podrán patear la pelota muy fuerte para no tener que botarse al agua a buscarla); también hay escuela, colegio, puesto de salud... y todo flotante. Viví dos días fascinado, nunca había visto nada igual.


También estaban perplejos los que nos vieron bajar del rápido aquella tarde: las cinco religiosas brasileñas de cuatro marcas distintas, un franciscano y dos curas diocesanos bien gringos. La hermana Alcira, que está despidiéndose, había preparado bonito la Eucaristía de bienvenida a Zélia, Eunice, Emilia, Ivanês y Fatima; la iglesia, chiquita, no se llenó, como no se llena casi nunca, pero la gente se mostró muy acogedora y cariñosa. Esta misión solo tiene diez años de existencia (más o menos) y acá nunca ha habido sacerdote residente. Es un territorio con fama de difícil para la tarea de evangelización.

La frontera tiene sus propias leyes, y una de ellas es que la pobreza es un rodillo del que no escapa nadie. Las condiciones de vida en el pueblo son muy modestas: hay luz de 6 de la mañana a 1 de la tarde, y luego de 6 de la tarde a 11:30 de la noche; a pesar de vivir sobre el río, hay restricciones de agua para beber y para uso doméstico cuando las lluvias son cicateras. Hay wifi importado de Benjamin a razón de dos soles por dos horas (o algo así). Los regidores municipales están preocupados por la limpieza para evitar que el río bajo la población se convierta en un vertedero. Y todo hay que traerlo de enfrente, de Tabatinga, Leticia o Caballo Cocha, desde un frigorífico hasta una caja de paracetamol, con lo que eso supone de gasto y complicaciones. Por cierto, se compra en reales, la moneda brasileña, más que en soles. Un lío políglota para terminar de adornar el cuadro.

Otra ley es la supremacía de la impunidad, porque la frontera parece alejar a la autoridad y condenar a los humildes a las infecciones de la lejanía: producción y tráfico de coca, trata de personas, venta de niñas (a veces por su familia) para prostitución, comercio ilegal, empresas madereras y mineras implacables y crueles con la naturaleza, violaciones de los derechos humanos y atropellos contra los derechos territoriales y culturales de los indígenas, devastación del medio ambiente... Un reto enorme para el puesto de misión, un Yavarí inmenso y casi desconocido, donde el Vicariato ha penetrado poco por falta de personal.

Pues hasta allá llegan esas cinco mujeres valientes, que recién he conocido. Ni por un momento había considerado la posibilidad de trabajar yo allí, pero, como pasó cuando puse el pie en la selva, algo me cautivó. Y de hecho, en la asamblea vicarial, que es la siguiente experiencia, se acabó de fraguar y decidir una tremenda sorpresa: Islandia era el final de este viaje portentoso, y será también mi destino, el lugar donde viviré y trabajaré como misionero. Diosito es tan bueno y generoso como bromista. Para mi cumple, un chaleco salvavidas con el escudo del Atleti.

martes, 28 de marzo de 2017

(#UnaSolaFuerza)


Hago un paréntesis de la narración de las peripecias de mi viaje por la selva para contar algo de lo que está pasando en el Perú, la experiencia que estamos viviendo y que, sorprendentemente, nos implica a todos, incluso a los que no estamos sufriendo la catástrofe en primera persona. Las imágenes han dado la vuelta al mundo y, si bien son terribles, concuerdan con la magnitud de la campaña que está poniendo en pie nuestro país y que se llama #UnaSolaFuerza.

Primero una mijita de ciencia. ¿Por qué semejantes lluviones? ¿Qué es eso de El Niño Costero? ¿Pero no era El Niño a secas (si se me permite el chiste malo)? Las lluvias se producen porque el mar se calienta anormalmente y muy rápido, en este caso unos diez grados, pasando de 21 a 30º C de temperatura superficial. ¿Por qué? En El Niño normal se debe a las ondas Kelvin, corrientes calientes que llegan desde Australia pero tardan de tres a cuatro meses, con lo que se pueden prevenir las lluvias y prepararse el personal; pero en El Niño Costero el agua del Pacífico se calienta debido a un fenómeno meteorológico local que tiene que ver con el debilitamiento de los vientos fríos que recorren las costas de Perú y Ecuador de sur a norte y un predominio del aire cálido ecuatorial.


En resumen, de golpe el calentamiento del mar norteño produce más humedad de la común en el cielo debido a la condensación. Dicha humedad no pasa al interior del continente porque no puede superar los tres ramales de los Andes, y por tanto se condensa y produce lluvias muy intensas en las regiones costeras del norte del Perú. Estas costas de Piura, Tumbes, Lambayeque, Trujillo, Ancash... son desiertos donde casi nunca llueve, debido a que los Andes son la barrera natural que impide pasar a la humedad de la selva hacia el mar. Por tanto las ciudades, incluida Lima, no están preparadas para asumir tal cantidad de agua en tan poco tiempo (normalmente tienen que regar sus parques para que no se sequen), y se producen inundaciones, riadas y huaycos (derrumbes, aludes de barro) con los consiguientes desastres y pérdidas humanas y materiales que estamos viendo*.

Ya. Hasta ahí el rollo meteorológico. La plaza de armas de Trujillo inundada, el centro de Piura hecho un barrizal, casas totalmente anegadas con metro y medio de agua, carros llevados por las corrientes, el Amazonas en niveles críticos, volquetes hundidos en el barro, grupos de vecinos atrapados en azoteas, personas colgadas en arneses, canoas que transportan víveres por las calles de Chiclayo convertidas en piscinas, pueblos enteros arrasados, la panamericana cortada hace muchos días, puentes destruidos, cortes de luz, desabastecimiento de agua (¡!) en todo el país, apagones de la señal de telefonía y de internet, personas desaparecidas y decenas de muertos y heridos. Un desastre de proporciones gigantescas que ha asolado el Perú de horror, desconcierto y tristeza.

Lo que está ocurriendo hace visibles varias cosas. La primera es la gran cantidad de infraestructuras deficientes y viviendas precarias que hay en Perú, con muchísimas familias viviendo en condiciones indignas y en emplazamientos inseguros, y especialmente en la costa, donde están las principales concentraciones de población. Los anuncios pitucos de la tele nos hacen creer en un país medio elegante y semidesarrollado, pero de pronto despertamos y nos topamos con la realidad que siempre intuíamos: que Perú es mucho más pobre de lo que muchas veces se pretende aparentar.

El reverso es igualmente elocuente: los peruanos son líderes en capacidad de movilización para hacer concreta la solidaridad y acudir en ayuda de los damnificados. La acción del gobierno junto con la totalidad de la sociedad civil es impresionante, por su amplitud y su unanimidad. La campaña #UnaSolaFuerza la capitanea el presidente, que se pasa los días en helicópteros y aviones recorriendo las zonas dañadas; ha encargado a cada ministro una región en la que coordinar de la ayuda y la prevención, con el mandato de dejar otros asuntos y dar prioridad al apoyo a las poblaciones afectadas.

Todo está invadido por el impulso a la solidaridad: cientos de horas de de televisión, las páginas de internet, mensajes de texto de PPK en los celulares, los murales de las calles, cualquier acto público y hasta este blog Lima está repleta de centros de acopio donde se invita a la población a que lleve agua, alimentos, útiles de aseo, medicinas, mosquiteros, calaminas... La cantidad de sacos azules es increíble, hay varias ONGs comprometidas en la tarea, multitud de marcas comerciales, empresas, famosos, grupos políticos, canales de Youtube, asociaciones de todo pelaje, los equipos de fútbol... Incluso los bancos, en sus apps para móviles han introducido una opción para que dones al toque 20, 50 o 100 soles. Sencillamente extraordinario.

Pero lo mejor es que han conseguido generar una corriente de fraternidad y unión que a todos nos hace sentir parte de un mismo país, con un destino común y un presente doloroso que exige que cada uno responda. Es una corriente más fuerte que las aguas de las riadas y los lodos de los huaycos, sostenida por el tesón de este pueblo peruano y su mejor cualidad: reinventarse a sí mismo y alzar la cabeza sonriendo a la desgracia y tarareando una marinera norteña.

* Para una explicación más detallada, ver http://rpp.pe/blog/mongabay/5-preguntas-para-entender-el-fenomeno-el-nino-costero-que-golpea-peru-noticia-1038554. Y también http://unasolafuerza.pe/.


miércoles, 22 de marzo de 2017

EN LA TRIPLE FRONTERA


Cuando se mira el mapa del Perú, en el extremo más oriental, el país acaba en un pico, que es el vértice inferior derecho del llamado trapecio amazónico; éste está construido por dos abruptas líneas geodésicas que bajan de norte a sur formando una especie de pasillo colombiano que se mete en Perú hasta llegar al Amazonas, que hace de base del trapecio. Ese punto de confluencia es una triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú, un lugar único, extraño, hermoso y apasionante.

Bajando por el Amazonas peruano se llega a Santa Rosa, que es una isla adonde ingresas con los pies mojados para que sospeches dónde te has metido. Los dos o tres restaurantes turísticos y la oficina de Migraciones no mitigan la sensación de pobreza que te invade a medida que recorres la calle paralela al río y ves las casas de madera, las hamacas, la mugre afincada, las credenciales de la miseria. Al menos hay capilla del Vicariato, pero está ocupada por el abandono y la desolación, deteriorada, acechada por la ruina. Qué lugar. Acá no hay casi nada.

Tras visitar a Maneca, que es la laica responsable de este puesto, buscamos un bote-taxi que nos cruce al otro lado. Los apenas cinco minutos de navegación resultan ser una distancia humana sideral: de repente te ves en lo más parecido a una ciudad desarrollada desde Iquitos. Leticia, en territorio colombiano, está compuesta por calles rectas que se cruzan perpendicularmente y no tienen nombres, sino números. En la plaza adornan plantas bien cuidadas, hay tiendas pitucas y supermercados, todos los motoristas llevan casco, no se ve basura por el suelo... Otro nivel de vida ahí al lado, otro país enfrente nomás, otro genio, otra moneda, otro mundo.

Los jesuitas viven en la calle 10, y ellos nos reciben en su casa, que nos parece un hotel de cinco estrellas hasta con wifi (qué lujo asiático). Valerio, Alfredo y Pablo dinamizan en esta frontera la REPAM, la Red Eclesial Panamazónica, que es una forma nueva de ser iglesia en la Amazonía, defendiendo los derechos humanos, territoriales y culturales de los pueblos indígenas, el medio ambiente, el buen vivir, el agua, los árboles, el desarrollo sostenible y la vida de esta región de más de 7 millones de kilómetros cuadrados en ocho países. Los jesuitas son unos verdaderos tromes por su conocimiento y su compromiso, y están volcados con la red (http://redamazonica.org/), que me ha parecido, en un primer golpe de vista, un filón, una oportunidad ilusionante para el trabajo misionero en nuestra selva.

En Leticia descubrimos el museo etnográfico, que es pequeño pero explica muy bien la vida de los ticuna de esta zona, y da una panorámica de la panamazonía en paneles bien didácticos. También visitamos al obispo de este vicariato colombiano, que es español, nos ofrece "un tinto" (es decir, un café) y en la conversación se queja de que a estos lugares "nadie quiere venir". Por la noche Valerio nos invita a una pizzería que podría estar en Madrid, y hablamos de inculturación, shamanes, vida misionera, tendencias eclesiales... Un rato tan delicioso como la pizza.

Al día siguiente pasamos a Brasil. Que nadie piense en controles aduaneros o puestos de sellar pasaportes, nada de eso: se agarra una calle (la "Avenida Internacional") y sin más se ingresa en el país de la samba sorteando unos carteles. Y todo cambia en apenas 50 metros: ahora el idioma es el portugués, la moneda es el real y no el peso, las calles son amplias pero tal vez menos elegantes, se ven carros de cuatro ruedas, hay aeropuerto y una Mansão de Chocolate que me quedo con ganas de investigar. Tabatinga y Leticia son una sola ciudad dividida mágicamente por una línea imaginaria que origina dos países contiguos muy distintos, tal poder tiene la mano humana muñidora de fronteras.

El obispo es gallego, muy simpático, y en lugar de cruz pectoral lleva colgados del cuello dos USB. Cuando llegamos ya están con él las cinco nuevas hermanas brasileñas que van a trabajar en la misión de Islandia. Pertenecen a cuatro congregaciones diferentes, son de distintas edades -incluso generaciones- y solo dos hablan español. "Qué valor tienen", pienso mientras subimos al bote con todas sus maletas. Pero aún me queda la sorpresa mayor de este viaje; lo cuento en la siguiente, que esta entrada ya es mu larga.

"Hito de la frontera", al entrar en Brasil

sábado, 11 de marzo de 2017

UN PRIMO GENIAL


La siguiente escala de nuestro viaje es San Pablo de Loreto, a seis horas en rápido Amazonas abajo, Un lugar especial: la población nació cuando en los años 30 el estado decidió comprar una hacienda para traer a los leprosos de Iquitos, y así poder experimentar tratamientos de una enfermedad que entonces era aún un misterio... y seguramente también aislarlos.

El origen de un pueblo condiciona su carácter y moldea su visión de la vida. Todavía hoy están "el pueblo" y "la colonia", el poblado que se creó al mismo tiempo, donde vivían el personal sanitario, los trabajadores y los misioneros... convenientemente cerca (a dos minutos en mototaxi) y a la vez suficientemente lejos. Esa brecha geográfica y la experiencia cotidiana de la enfermedad probablemente articulan todavía hoy la personalidad de esta gente. Me aconsejan que es mejor sustituir la palabra "lepra" por "mal de Hansen", y llamar al leprosorio "Casa San José", a pesar de que la habitan apenas once ancianitos, todos sanos, con apenas secuelas de la antigua dolencia que las religiosas les cuidan con delicadeza.

Aquí trabajó el doctor Kuczynski, eminente médico en los años 50 y padre de PPKuy, el actual presidente del Perú. Hasta aquí llegó un joven estudiante de medicina argentino llamado Ernesto Guevara, de camino hacia Cuba, e incluso te cuentan cómo operó el brazo de un hombre para liberar la tensión del nervio que hacía encogerse su mano. ¡Y está su estatua en la plaza de armas al ladito de la catedral! Diosito, ¿qué habrá pensado el marxista Ché al ver eso? Se habrá quedado como las iguanas que se te cruzan por la calle.

Porque esta iglesia de San Pablo es imponente: nueva, bien concebida y original. Tiene un ambón que es la proa de un barco, y un sagrario en forma de bola del mundo, con la llave en el Perú. El padre Jaime prepara las cosas de la misa con su hábito franciscano, alto y delgado a sus ¡78! años. Yo lo miro con la misma cara de las iguanas y pienso que todo, toda esta mezcla (el sufrimiento, la compasión, la exclusión, la valentía, la fe...), ha forjado la identidad de este pueblo tan peculiar.

José Caro (a la izquierda) y mi compañero Reinaldo Nann
De aquí pasamos a Caballo Cocha, donde nos espera mi primo José Caro, franciscano colombiano que vive y trabaja acá, un auténtico trome: ingeniero agrónomo, químico orgánico, psicólogo social, experto en derechos humanos, creativo, entregado. Le encantan los recorridos por las comunidades nativas, les enseña procedimientos alternativos de cultivo, a preparar abonos naturales, se lleva su mini-proyector y monta películas sobre Jesús para verlas y comentarlas... Cuando habla se le nota entusiasmado con su vida misionera, y destila una gran humildad y amor por estas gentes.

Esta parroquia no es fácil, pero es apasionante: Caballo Cocha es una urbe de unos 30.000 habitantes (la mayor del Vicariato, tiene hasta semáforos) colocada estratégicamente en territorio fronterizo, una especie de ciudad sin ley abigarrada de tiendas variadas, ferreterías blanqueadoras de plata de la coca en cada esquina, israelitas, gente de todo pelaje, barrios de diferentes extracciones sociales... de todo. Y además, unos 100 pueblos a lo largo del Amazonas y afluentes de la zona, algunos a unos cuantos días de navegación. Un mundo.

La misa del domingo por la mañana es abundante comparada con otras ya vistas; la iglesia está bastante llena, hay equipo de liturgia muy competente, que lo tiene todo preparado. En la reunión que hay después, José interviene poco, pero entresaco intuiciones que son de oro: primero escuchar a la gente, conversar... Los misioneros no somos amazónicos, estamos recién llegados, y por tanto se requiere la actitud central de aprender con tiempo para intentar inculturarnos.

Este viaje por el Amazonas me recuerda al libro de Conrad: "El corazón de las tinieblas". Es una travesía hacia lo profundo de la selva, hacia la frontera con su idiosincrasia propia, que es un collage de lejanía, poca presencia del Estado e impunidad. No es solo un hecho geográfico: son los límites de lo humano, en los que el mal se manifiesta a sus anchas y el bien resplandece con elocuencia singular. Hacia allí voy y en los próximos días más me va a sorprender.

San Pablo















Caballo Cocha