martes, 29 de octubre de 2019

EL SÍNODO CONTINÚA A PIE DE RÍO


Nos hemos perdido en directo la despedida del Sínodo porque hemos estado en un par de comunidades pasando el fin de semana, pero apenas de vuelta a Islandia el whatsapp y el correo bullían de comentarios, envíos del documento conclusivo, valoraciones… De modo que ayer lunes fue un día de leer, anotar, sentir y gustar la impresión que el Sínodo, y en concreto el texto final, me dejan.

El documento no es una decepción. Creo que se ha llegado a lo máximo que se podía llegar en los temas más controvertidos, y se ha expresado, en líneas generales, el deseo de un cambio profundo en el modo de ser Iglesia en la Amazonía; en el concepto, los contenidos y las estrategias de la misión, en la organización de las comunidades cristianas, en la implementación de una auténtica sensibilidad ambiental, en la propia estructura eclesial. De hecho es una batería de propuestas para recorrer juntos nuevos caminos de conversión: pastoral, cultural, ecológica y sinodal. Y conversión es cambio.

Veo como un acierto la continuidad con Laudato Si, que se cita expresamente (nº 66), porque el argumento principal del Sínodo es ofrecer a la Iglesia universal y al mundo entero inspiraciones acerca de la necesidad urgente de una transformación en nuestra manera de vivir para no acabar nuestro planeta. La Iglesia es una institución mundial que, en este punto, no reacciona con decenios de retraso, sino que va marcando la ruta a movilizaciones globales como las que hemos visto en los últimos meses. El Papa Francisco y Laudato Si suponen un liderazgo moral medioambiental, una punta de lanza, y eso es espléndido.

La espiritualidad de la ecología integral (nº 81) impregna todo el texto. Aparece en los temas de la educación, la salud, la comunicación… Se habla de crear “ministerios para el cuidado de la casa común” (nº 79), conectando con otros nuevos servicios (acogida, etc.) que es necesario crear, diversificar y promover en línea de una ministerialidad cada vez más decididamente laical, y de manera equitativa entre varones y mujeres (nº 95). En este sentido, el número 96 plantea el ministerio de “la cura pastoral”, o sea de “responsable de la comunidad”, con carácter “oficial” y “rotativo”, que el Obispo puede conferir a “una persona” (se entiende pues que varón o mujer) en un “acto ritual” y que gozará de reconocimiento civil. Me alegro mucho, creo que es posible llevarlo a cabo y dará muchos frutos. Lástima que el párrafo acabe apuntillando que “queda siempre el sacerdote, con la potestad y facultad del párroco, como responsable de la comunidad”… Ojalá que la repetición de la palabra “responsable” no recorte ni matice el liderazgo de los laicos, ni eche el freno de mano a una real interpretación de la corresponsabilidad y la subsidiariedad.

Me alivia que la inculturación no solo no está finiquitada, sino que al parecer goza de buena salud. La saludable articulación entre inculturación e interculturalidad que recogía el Instrumentum Laboris se manifiesta acá nítidamente. El término “inculturación” y sus derivados aparece 14 veces en el documento, que incluso se esfuerza en definirlo con precisión: “La inculturación es la encarnación del Evangelio en las culturas autóctonas (“lo que no se asume no se redime”, San Ireneo, cf. Puebla 400) y al mismo tiempo la introducción de estas culturas en la vida de la Iglesia. En este proceso los pueblos son protagonistas y acompañados por sus agentes y pastores” (nº 51). Los números 54 al 58, dedicados a los procesos de interculturalidad (que aparece un total de 8 veces a lo largo del texto), amplían los alcances sobre la inculturación y no tienen desperdicio, recomiendo su estudio y meditación. La interculturalidad evita cualquier reflejo colonialista o proselitista en la misión, la coloca en sus coordenadas correctas. Magnífico.

Dos de los asuntos más polémicos fueron el de las diaconisas y el rito litúrgico para los pueblos originarios. Después de que parece que queda claro que el tipo de ministerio oficial que puede ser otorgado a la mujer es, simplemente, el mismo que al varón, la asamblea tan solo pide con moderación poder compartir “experiencias y reflexiones” (nº 103) con la Comisión de estudio creada en 2016, y que a día de hoy no aporta resultados; era de esperar. Lo del rito amazónico parece que concitó bastantes dudas (fue la tercera sugerencia con más votos en contra, 29, un 15%), y a mí también me las crea. Pienso que requiere más profundización teológica y probablemente un sínodo no es el mejor ámbito para eso.

Pero la proposición que menos votos a favor recibió (128, la única que bajó del 70% de aprobación), fue la recogida en el número 111: “establecer criterios y disposiciones (…) de ordenar sacerdotes a hombres idóneos y reconocidos de la comunidad, que tengan un diaconado permanente fecundo y reciban una formación adecuada para el presbiterado, pudiendo tener familia legítimamente constituida y estable, para sostener la vida de la comunidad cristiana mediante la predicación de la Palabra y la celebración de los Sacramentos en las zonas más remotas de la región amazónica”. Da la impresión de que todo aquel ruido mediático presinodal hizo soslayar el tema del diaconado permanente, que es un camino nuevo en muchas zonas de la Amazonía. La asamblea, con sabiduría, se detiene a darle relevancia (nn. 104-106), porque de hecho es un paso previo a la ordenación de viri probati, que se propone con prudencia pero con claridad.

Un documento, un Sínodo, un momento histórico apasionantes, un día a día ilusionante para todos los que llevamos a la Amazonía en el corazón. Toca a la comisión postsinodal concretar y hacer cristalizar los frutos del discernimiento, para que la corriente no se lleve los nuevos rumbos y el papel no se moje. Pero somos nosotros, los que seguimos acá viviendo en la orilla, quienes hemos de “ser uno” con los pueblos, para generar “procesos claros de inculturación de nuestros métodos y esquemas misioneros” (nº 56) y así navegar de las palabras a los hechos.

jueves, 24 de octubre de 2019

EL SÍNODO A PIE DE RÍO: ¿PARA QUÉ LA MISIÓN?


Me pasan por un par de grupos de whatsapp un llamativo titular de Víctor Codina: “Los misioneros siempre llegan tarde, el Espíritu ha llegado antes”. Está tomado de una excelente entrevista que le ha hecho Luis Miguel Modino en RD*, pero yo había leído anteriormente algo similar en un reciente artículo** de este gran perito sinodal y en otros escritos suyos. Me hace pensar en un debate que, como los bufeos, emerge de vez en cuando en reuniones y asambleas: si es indudable que antes de que llegasen los misioneros a la Amazonía, ya estaba acá el Espíritu de Dios… ¿para qué la misión?

Vaya por delante que estoy plenamente de acuerdo con el pensamiento del p. Codina, una de las mentes teológicas más brillantes de América Latina en los últimos decenios. Lo que nos cuestionamos en algunas conversaciones a pie de río es la necesidad de repensar y de reformular los objetivos, los contenidos y los métodos de la misión, ahora que parece que la interculturalidad ha sustituido como paradigma predominante de la misión a la inculturación, que hay quienes dan por liquidada como algo trasnochado.

En la interculturalidad no hay culturas superioras a otras, se relacionan sin perder sus rasgos diferenciales ni fusionarse; todas tienen mucho que dar y mucho que aprender. Las actitudes centrales son la escucha atenta, total respeto, diálogo simétrico y empatía; los valores de cada cultura se afirman y al mismo tiempo se le da mayor importancia a buscar puntos de encuentro que a subrayar las diferencias. Hasta aquí lo comparto; pero cuando al mismo tiempo se excluye la inculturación, entonces se llega a extremos como “a los indígenas deberíamos dejarlos tranquilos tal y como son; mejor que los misioneros no hubiésemos venido”. Lógica conclusión.

Entonces, ¿para qué la misión? Conviene recordar que la misión es un envío (missio viene del verbo mittere=enviar), un movimiento geográfico (pero no únicamente) de unas personas de una cultura hacia otras personas de otra cultura; unos van a donde están los otros, y no al contrario. Y este dinamismo de salida (EG 24), este desplazamiento… tiene un propósito. ¿Será únicamente el diálogo, el conocimiento mutuo, el encuentro sin más? Ya no más “colonizaciones religiosas” de otras épocas, imposiciones exteriores violentas de doctrinas o prácticas; y estoy de acuerdo. Pero eso puede desenfocar la intención de la misión, su razón última de ser… Los misioneros no nos jugamos la vida por un interés etnográfico, ni somos voluntarios de una ONG dedicada a preservar las civilizaciones originarias.

Dejamos a nuestras familias, cultura y país para anunciar el evangelio de Jesús, como afirma desde siempre y sin fisuras la enseñanza eclesial (por ejemplo Instrumentum laboris 115 y etc. etc.), ese es el empeño y no se puede perder de vista. Este anuncio tiene sus sinónimos: no queremos que las cosas se queden como están, venimos para construir el Reino, hacer que el mundo sea más habitable, luchar por la justicia y la vida abundante para todos. La misión persigue una transformación, y ese cambio se prende con la inculturación. No es una estrategia, en ocasiones meramente cosmética, para “adaptar” la fe cristiana a la cultura de los pueblos; no es tampoco un truco que aparentemente acepta “lo cultural” y desprecia sus religiones ancestrales empujando a abandonarlas… Es un proceso radical, una profundización de la interculturalidad. Se han de ver juntas, como dice con mucha precisión el Instrumentum laboris del Sínodo:

"Inculturación e interculturalidad no se oponen, sino que se complementan. Así como Jesús se encarnó en una cultura determinada (inculturación), sus discípulos misioneros siguen sus pasos. Por ello, los cristianos de una cultura salen al encuentro de personas de otras culturas (interculturalidad). Esto ocurrió desde los comienzos de la Iglesia cuando los apóstoles hebreos llevaron la Buena Noticia a culturas diferentes, como la griega, descubriendo allí “semillas del Verbo”. Desde ese encuentro y diálogo entre culturas surgieron nuevos caminos del Espíritu. Hoy día, en el encuentro y diálogo con las culturas amazónicas, la Iglesia escruta los nuevos caminos” (Nº 108).

No hay que desechar nada, hay que articular. El primero que cambia es el misionero. Cambia de continente, de clima, de costumbres; tiene que aprender un nuevo idioma (Víctor Codina lo reclama), acostumbrarse a otro ritmo, otra manera de comer, otra mentalidad… Hay muchos grados de inculturación, desde los misioneros míticos como Luis Bolla, Vicente Cañas o Juan Marcos Mercier que se convirtieron en unos indígenas más, hasta los pichiruchis que hacemos lo que podemos, pero todos tenemos que adaptarnos a una nueva cultura en alguna medida. Segundo (y central): la inculturación es un proceso que protagonizan los que reciben, “el sujeto activo de la inculturación son los mismos pueblos indígenas” (IL 115); ellos, “haciéndose uno” con los misioneros, descubren las “semillas del Verbo”, la presencia del Espíritu en su cultura desde siempre, y moldean la Iglesia local, encontrando nuevos caminos para vivir el seguimiento de Jesús y enriqueciendo a la Iglesia universal con la visión de nuevas facetas del rostro de Cristo, como dijo el Papa en Puerto Maldonado. Claro que hay una transformación.

Es cierto que no en todos los contextos  se puede proponer explícitamente a Jesús. Muchas situaciones exigen la presencia discreta, la paciencia y el silencio al caminar con el pueblo, sabiendo que Dios hace su tarea a su manera y en sus tiempos. En todo caso creo que cuando una cultura realiza este proceso, no solamente no es “colonizada”, sino que se afianza en su identidad y consolida sus valores; “es más ella misma” reconociendo el Evangelio  como algo que siempre ha sido suyo y encontrando maneras de vivirlo propias, nuevas, creativas y libres. Es un desarrollo de las semillas del Espíritu, que conduce a los pueblos a más plenitud de vida y de humanidad.

Todo en el ser humano es cultural. No hay experiencia de la fe que no esté mediada por la cultura. La interculturalidad es la ruta, el hallazgo de zonas de contacto donde el Espíritu espera para dar fruto; pero sin inculturación no hay misión. Es cierto que los misioneros constantemente llegamos con retraso, pero siempre estamos a tiempo de vislumbrar un horizonte mayor.


https://www.religiondigital.org/luis_miguel_modino-_misionero_en_brasil/Victor-Codina-misioneros-siempre-Espiritu_7_2169453041.html

** “Siete claves teológicas para el Sínodo de la Amazonía” en RD: https://www.religiondigital.org/opinion/claves-teologicas-Sinodo-Amazonia-religion-papa-francisco-dios-vida_0_2160683931.html. Concretamente “El Espíritu de Dios siempre llega antes que los misioneros cristianos, se anticipa a cualquier religión instituida”.

lunes, 21 de octubre de 2019

EL SÍNODO A PIE DE RÍO: RELIGIÓN INSTITUCIONAL Y RELIGIÓN POPULAR


El otro día un animador del Yavarí le dijo a una de mis compañeras: “Voy a armar mi velada al Señor de los Milagros, en mi comunidad. ¿Puedes conseguirme una lámina?”. Bingo – pensé yo: les machacamos la oreja para que hagan los domingos la celebración de la Palabra, y nada; en cambio, la velada con danza ante el santo sale de ellos, con naturalidad, y a nosotros ni se nos ocurre.

Porque es algo suyo, de su cultura, y por tanto aporta en la configuración de su identidad comunitaria y creyente. En cambio “nuestras” ceremonias y sacramentos oficiales son algo en cierto modo foráneo y adosado. Varias veces por la calle alguien me ha preguntado: “Padre, ¿a qué hora es tu misa?”. “No es mía, es de todos”- suelo contestar, pero capto lo que hay detrás de la expresión. La misa es “mía” y las imágenes, las velas, las procesiones y las novenas son “del pueblo”.

El padre Regan habla de “la dialéctica entre la religión oficial y la popular”[1], que ha originado siempre un batiburrillo de elementos yuxtapuestos[2] que se iluminan y reinterpretan mutuamente cuando se incluyen con la armonía y la pausa de los procesos de inculturación sabiamente llevados. Si se queman etapas, los sacramentos son vistos como algo extraño y ocasional, desconectado de la cosmovisión y los usos de la gente.

Los mismos ticunas que ni saben a qué me estoy refiriendo cuando pronuncio la palabra “comunión” son capaces de organizar ellos solitos un via crucis el Viernes Santo. Les ofrecimos a los animadores unas breves indicaciones sobre cómo celebrar en la comunidad el triduo pascual… y lo que salió fue el via crucis “a su manera”, con sus cantos, un chico que hacía de Jesús y cargaba la cruz, etc. No estaba allí para verlo, pero ¡excelente! Y esclarecedor.

Nosotros nos empeñamos en dar forma “eclesiástica” (o sea, occidental) a su religiosidad, y redactamos un esquema exhaustivo de la celebración del domingo, se lo explicamos y se lo entregamos para que lo sigan toditos iguales, y es un error que ahora me hace sonreír. Algo así como fabricar misales-fotocopia selváticos que se les caen encima a los animadores y no saben bien qué hacer con ellos… Es al revés: tienen que hacerlo a su estilo, “como les salga” en el sentido más positivo, con su sensibilidad, con espontaneidad e introduciendo todo lo que sientan sigificativo.

Y así estará bien hecho. Aparecida dice que “No podemos devaluar la espiritualidad popular, o considerarla un modo secundario de la vida cristiana, porque sería olvidar el primado de la acción del Espíritu y la iniciativa gratuita del amor de Dios” (DA 263). Y el Instrumentum Laboris del Sínodo: “Las comunidades piden un mayor aprecio, acompañamiento y promoción de la piedad con la que el pueblo pobre y sencillo expresa su fe a través de imágenes, símbolos, tradiciones, ritos” (IL 126.e). De esta forma, más adelante “procurarán un contacto más directo con la Biblia y una mayor participación en los sacramentos, llegarán a disfrutar de la celebración dominical de la Eucaristía, y vivirán mejor todavía el servicio del amor solidario” (DA 262).

Esta imagen es de ayer, de la procesión del Señor de los Milagros, patrono de Islandia. Si no hubiera misioneros, ¿habría procesión? Por supuesto; de hecho durante muchos años no hubo acá sacerdote ni religiosas ni nadies, pero el Cristo moreno siempre salió en su fiesta; es cierto que acompañaba alguno de los capuchinos de Benjamin Constant, pero todo lo lideraban los laicos del pueblo, es algo “suyo”. Esa es la potencia de las devociones populares, que no podemos desconocer. Don Santiago García Aracil decía siempre: “¿Los curas quieren dejar la presidencia de las procesiones de Semana Santa? Está bien, pero que sepan que otros vendrán inmediatamente a reemplazarlos”.




[1] REGAN, J. “Hacia la Tierra Sin Mal. La religión del pueblo en la Amazonía”, CAAP-CETA 20113, p. 304
[2] Cfr. Ibíd. p. 337

jueves, 17 de octubre de 2019

EL SÍNODO A PIE DE RÍO: RECONOCER Y DESARROLLAR COMUNIDADES EUCARÍSTICAS


“La Iglesia vive de la Eucaristía” y la Eucaristía edifica la Iglesia, lo recoge el número 126 del Instrumentum Laboris y es una verdad que está en el sentir de la Iglesia universal. En la Amazonía, habida cuenta de las inmensas distancias y el escaso número de sacerdotes (en nuestro vicariato somos 13 para un territorio similar a Extremadura, Andalucía y Galicia juntas), se constata la imposibilidad real de que muchas comunidades puedan celebrar la Eucaristía. ¿Cómo hacer?

En primer lugar es procedente una puntualización: ni mucho menos desde todas partes claman por la Eucaristía. En muchos contextos la evangelización es tan inicial o superficial que la Eucaristía es una rareza; recuerdo que la primera vez con los ticunas, celebrando la misa, al llegar a las peticiones le pregunté bajito al animador: “Nadie va a recibir la comunión, ¿verdad?”. Me contestó con cara de asombro: “¿La comunión…?”. Ni sabía a qué me estaba refiriendo. Varios compañeros han narrado episodios semejantes: misas en las que nadie contesta, todos contemplan en silencio al cura comulgar solito… Para mucha gente, la Eucaristía, más que una demanda, es algo extraño, con ese pancito tan chiquito y exótico.

Con todo, para no dejar a las comunidades sin Eucaristía, en el número 129 se propone que: 1) “se cambien los criterios para seleccionar y preparar los ministros autorizados para celebrarla” y 2) “se estudie la posibilidad de la ordenación sacerdotal para personas ancianas”, cosa que es una concreción de lo anterior y ya fue comentado como positivo aunque colindante con el clericalismo. Por otro lado, en el 126 se pidió “que las Conferencias Episcopales adapten el ritual eucarístico a sus culturas”. Todas estas sugerencias son concebidas como acciones “de arriba a abajo”, prerrogativas de la autoridad, lejos de la aspiración del Papa de que los pueblos originarios moldeen las iglesias locales amazónicas “haciéndose uno” con sus pastores y misioneros.

Puesto que se trata de “asegurar los Sacramentos que acompañen y sostengan la vida cristiana” (129),
volvamos al número 127: ¿Podrían pensarse modalidades de jurisdicción en el ámbito sacramental no mediadas por el sacramento del orden? ¿Es posible que las diferentes culturas generen “de abajo arriba” sus propios modos de celebrar y vivir los sacramentos, incluida la Eucaristía? Quizás se me permite soñar en voz alta…

“Adaptar” el rito eucarístico sería como podar un bonsái que recibes ya crecido: le das unos retoques, traduces por acá, pones un símbolo allá, le colocas al cura las plumas y ya, liturgia inculturada. Es cierto que “moldear” alude a dar forma a algo a partir de un material, como hace el escultor con la arcilla, pero la materia prima es únicamente la experiencia original de Jesús. El primer paso debería ser detectar en la espiritualidad de esa cultura concreta los reflejos, las señales, las semillas que Dios “había esparcido en las antiguas culturas antes de la proclamación del Evangelio” (AG 11. 18), la presencia del Espíritu que ya da frutos de buen vivir para esas gentes.

Las culturas amazónicas tienen una clara raíz eucarística. Han sido forjadas durante siglos en el sentido de comunidad, la posesión común de la tierra; el compartir la comida, custodiar y repartir las semillas, convivir de manera respetuosa y sostenible con la naturaleza; la reciprocidad, la solidaridad y la fiesta; el cuidado de la vida y la protección de los más débiles… Es capital reconocer que estas comunidades son eucarísticas, que Dios ya está en ellas aunque “yo no lo sabía” (Gn 28, 16) y, a partir de esta certeza, se podrían arrancar procesos de búqueda y/o creación de las expresiones, los ministros, los símbolos y ritos… que en cada cosmovisión cultural sean significativos porque ayuden a vivir hoy la experiencia de Jesús y su invitación: “hagan esto en memoria mía”.

Desde la base de las raíces culturales podrían crecer y desarrollarse modos propios de celebrar la Eucaristía. Más que unos retoques ceremoniales se necesitaría una verdadera fertilización litúrgica que permitiera desarrollar desde dentro rituales eucarísticos que ya no serían romanos pero sí católicos; serían “suyos” de los indígenas, a su manera y a su estilo, y por tanto elocuentes y característicos; y al mismo tiempo serían patrimonio y riqueza de la Iglesia universal, puesto que “cada cultura y cada cosmovisión que recibe el Evangelio enriquece a la Iglesia con la visión de una nueva faceta del rostro de Cristo” , como dijo el Papa en Puerto Maldonado.

Para asegurar la fidelidad creativa, este modelado de la Eucaristía tendría que ser un proceso de marcado carácter intercultural. Francisco afirmó que la tarea les corresponde a los pueblos originarios como protagonistas, pero “haciéndose uno” con obispos, misioneros y misioneras, “dialogando entre todos”. Ese es el camino: el discernimiento en común, un trayecto sinodal de convergencia de sensibilidades, conocimientos, expectativas, una conversación entre actores que creen en el mismo Dios de Jesús con diferentes visiones culturales, un trabajo en el que varias manos moldean juntas de forma coral sumando destrezas. Una senda comunitaria y espiritual.

Quien se ponga a ello con honestidad deberá renunciar a conocer y controlar los resultados de antemano, abandonándose confiadamente a la acción del Espíritu, a quien no podemos manejar, y por tanto a las sorpresas de Dios. Ello supone amplitud de miras, generosidad y amor a las culturas amazónicas y a la Iglesia, que es como el río que fluye, siempre la misma y siempre nueva.

lunes, 14 de octubre de 2019

EL SÍNODO A PIE DE RÍO: “¿ALGUNOS DE USTEDES DESEARÍAN Y ESTARÍAN DISPUESTOS A SER ORDENADOS SACERDOTES?”


Les pregunté a los animadores: “¿Están de acuerdo con que se ordene a personas mayores como dice el número 129.a2 del Instrumentum Laboris? ¿Algunos de ustedes desearían y estarían dispuestos a ser ordenados sacerdotes?”. Silencio elocuente y cargado… De eso, por ahora y en estos parajes, nada. Lógicamente: si estamos lejos de poder asumir responsabilidades finales mediante un ministerio oficial, más remota se antoja esta otra idea.

- Si yo me ordenase sacerdote, ¿cómo me harían caso los de mi pueblo? Dirían: “pero si a ti te conocemos y sabemos cómo eres, qué nos vas tú a enseñar”… (Eso mismo le pasó a Jesús por cierto).
- Para eso además habría que estudiar mucho y estar muy bien preparados, y yo ni siquiera terminé la secundaria.
- ¿Y eso sería ya para siempre? ¿O solo por un tiempo y luego otro me reemplazaría?

Los animadores, al conversar sobre el asunto, manejan cuestionamientos y objeciones muy pegadas al día a día, a su propia realidad. De hecho, cuando llega el momento de compartir la Eucaristía con la comunidad de Islandia, algunos salen a hacer las lecturas y todos comprobamos que leen con enormes dificultades… Realmente es un sueño que alguno de ellos pudiera ser alguna vez ordenado sacerdote, es algo que nos queda muy grande en el Yavarí.

Pero cuando la conversación trasciende lo inmediato y piensan en compañeros animadores con cuarenta años de servicio, gente formada desde las primeras épocas de esta opción pastoral en el Vicariato, hombres fiables, expertos… ahí la cosa cambia:
- Sí, hay algunos que, si se forman, podrían ser sacerdotes, desde luego.
- Pero están casados, tienen familia – planteo.
- Pero sus hijos ya son grandes, tienen más tiempo para dedicarlo a la Iglesia.

Argumento tan práctico como como contundente. Otra propuesta fue que se les permita ejercer el presbiterado a los que renunciaron y se casaron.

Ahora bien: el Papa se pronunció el miércoles en el aula sinodal en contra de una eventual “clericalización del laicado”. Con toda razón. Si el actual clericalismo que coloniza las cabezas concibe el sacerdocio como un poder que aúna varias facultades (sacramental, administrativa, organizativa), pero el sentir de la gente es más bien que “no se acepta el clericalismo en sus diversas formas de manifestarse” (IL 127), y es preciso “superar cualquier clericalismo para vivir la fraternidad y el servicio como valores evangélicos que animan la relación entre la autoridad y los miembros de la comunidad” (IL 119.c)… ¿no habría que ser extremadamente cuidadosos a la hora de conferir el orden a los famoso viri probati?

Lo digo no porque esté en desacuerdo, al contrario: en principio creo que es una posibilidad que los padres sinodales deberían considerar muy seriamente, especialmente en ciertos pueblos (los achuar, por ejemplo) y atendiendo a las situaciones concretas. Aplicando un sano y “responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares”, por usar la afortunada expresión de Amoris Laetitia nº 300. No hay que cerrar esa puerta, aunque sea vía “excepciones de la regla” como alguien ha dicho, sin negar el valor del celibato y buscando el bien de comunidades acaso más maduras y su vivencia completa de la fe.

Pero hay que reconocer el riesgo de sembrar rangos y categorías, de reproducir esquemas clericales extraños a culturas igualitarias donde la autoridad se entiende como servicio rotativo… No me cuadra. Para que haya la Eucaristía, ¿simplemente se trata de ordenar a algunos hombres casados? ¿Eso es todo? Tal vez la solución para la Amazonía pase por procesos más lentos y elaborados. Nuevos caminos gratuitos y confiados en la acción del Espíritu, porque deberían ser “modelajes culturales” hechos por los propios autóctonos –varones y mujeres- y sin que se sepa de antemano cuáles van a ser los resultados. (Sigue)

jueves, 10 de octubre de 2019

EL SÍNODO A PIE DE RÍO: LIDERAZGOS DEL NÚMERO 127


Este fin de semana estamos con los animadores de las comunidades del Yavarí y el Bajo Amazonas, personas que son referencia de la Iglesia católica en lugares a veces muy remotos. En medio de trabajos, dinámicas y reuniones, me vuelve constantemente el rumor del número 127 del Instrumentum laboris del Sínodo y no puedo resistir la tentación de provocar una conversación acerca de lo que ahí dice y las sugerencias de los números posteriores.

El número 127 (cuando lo leí por primera vez pensé que era un error y tuve que leerlo de nuevo para creerlo) plantea la siguiente cuestión: habida cuenta de la tradición amazónica de ejercer la autoridad en la comunidad como un servicio igualitario y rotativo que no concuerda con el clericalismo, ¿sería posible “reconsiderar la idea de que el ejercicio de la jurisdicción (potestad de gobierno) ha de estar vinculado en todos los ámbitos (sacramental, judicial, administrativo) y de manera permanente al sacramento del orden“? Es decir: ¿puede haber responsables últimos de comunidades cristianas que no sean ministros ordenados?

¡Pero si ya los hay!- eso es lo primero que sale. Hay religiosas “párrocas” y también laicos, hoy día, en nuestro Vicariato. Aunque es verdad que a menudo ostentan la autoridad en los puestos de misión porque no hay el sacerdote, no tanto por opción, ni mucho menos a través de la concesión de un ministerio oficial. Son presencia estable de la Iglesia, pero ¿y las pequeñas comunidades de ríos y quebradas adonde los misioneros solo podemos aspirar a la “pastoral de visita” que recogen los números 128 y 129? La “Iglesia que permanece” está liderada por estos hombres y mujeres que veo acá en plena sesión formativa.

Dicen que, hoy por hoy, no se sienten preparados como para asumir esa responsabilidad; y es cierto que en este confín del Perú fronterizo con Brasil apenas está comenzando a estructurarse mínimamente la misión. Son campesinos y pescadores, padres y madres de familia, de manos fuertes y pies erosionados por el sol y el agua; todos indígenas o descendientes de indígenas, con piel morena y ojos rasgados típicos amazónicos. ¿Cómo podrían recibir la autoridad plena en sus comunidades? No como sustitutos o delegados de los misioneros, sino logrando que la corresponsabilidad sea no solo una bella palabra escrita en papeles, sino una realidad efectiva.

“Entonces más adelante, cuando nos capacitemos bien, pues…”. El número 129.b2 (Ofrecer caminos de formación integral para asumir su rol de animadores…) les da la razón. Necesitan hacer un proceso y eso requiere tiempo con los ritmos lentos de acá, donde la inmediatez es un sobresalto. Pero donde hay animadores ya experimentados, gente con recorrido y credibilidad en su comunidad, “¿por qué no?” – dicen. Ahí sí. La autoridad podría serles conferida con amplia libertad y capacidad para coordinar la vida de los cristianos a ellos confiados y respondiendo ante el obispo como iguales que sacerdotes, religiosas y otros laicos.

Tal vez habría que crear un nuevo ministerio, o hacer el de animador más “oficial” o más solemne, o con un nombramiento más sólido, algo así. De esta forma la potestad de gobierno, que emana del Pastor diocesano y está vinculada a él, no estaría mediada por sacramento del orden en estos casos. Y estando dispuestos con todas las consecuencias a que estas personas (varones y mujeres) moldeen el servicio del liderazgo de la comunidad cristiana de forma creativa y con estilo amazónico, incorporando costumbres, códigos, valores y símbolos de sus culturas. Eso disiparía toda traza de clericalismo, desde luego (pensaba yo). Ahí queda a considerar.

Y un paso más: “¿Están de acuerdo con que se ordene a personas mayores como dice el número 129.a2? ¿Algunos de ustedes desearían y estarían dispuestos a ser ordenados sacerdotes?”. Hubo un silencio que coincide con el espacio hasta la próxima entrada.

domingo, 6 de octubre de 2019

EL SÍNODO A PIE DE RÍO: DIECIOCHO HORAS DE LUZ


Hace apenas un rato ha dado comienzo la fase final del Sínodo Especial para la Amazonía. Para los que vivimos y trabajamos en estas selvas benditas, se trata de un acontecimiento de una dimensión que hemos sentido única desde el principio: aquel día, en Puerto Maldonado (Perú), el Papa Francisco echó a andar un proceso que seguramente marcará un hito en la historia de la Iglesia y en el camino de creciente conciencia mundial hacia la necesidad de un giro radical en nuestra manera de existir como seres humanos responsables del futuro y la preservación de nuestro planeta.

Y tenemos el privilegio de seguir desde acá mismo, in situ, los debates y las decisiones de los padres sinodales, los nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral que ellos serán capaces de discernir y encontrar, acompañados por los auditores y demás participantes, y recogiendo las aportaciones, discusiones, diálogos, interrogantes y propuestas que, junto con miles de personas de los nueve países amazónicos, nosotros en nuestro Vicariato y en nuestra misión, hemos enviado y forman parte del instrumento de trabajo.

Tenemos amigos y compañeros en Roma: nuestros obispos, misioneros, gente de la REPAM… unos que directamente estarán en el aula sinodal, y otros en las numerosas actividades y encuentros que discurrirán en torno a este gran evento. Confiamos en que nos mantendrán informados de primera mano de lo que se vaya “cociendo”, que también es algo nuestro, de los que continuamos en la trinchera diaria. Para que podamos hacernos eco de lo que el Espíritu vaya sugiriendo y eso nos haga pensar y alumbre nuestra tarea; y al mismo tiempo para devolver, como el manguaré, resonancias a pie de río que dialoguen con las inspiraciones de Dios y las ocurrencias humanas con la única autoridad de los pies manchados de barro.

Islandia puede ser uno de los escenarios para situar en el mapa las conversaciones sinodales. Ayer avisaron de improviso por el parlante que hoy tendríamos dieciocho horas ininterrumpidas de luz. Los vecinos estamos sorprendidos de tal generosidad, porque acá, en la capital distrital, tenemos energía normalmente doce horas, en la mañana de 6 a 1 y en la noche de 6 a 11. Parece que están probando la capacidad de carga de los tres motores trabajando en paralelo, y así puedo escribir aunque son las tres de la tarde. En todo el Yavarí peruano y el Bajo Amazonas apenas hay tres o cuatro localidades con electricidad así; en ninguna hay saneamientos ni agua potable. Esta esquina de la Amazonía es uno de los lugares más pobres del Perú.

De modo que el “progreso” va llegando por fin… pero ¿a qué precio? Estas tres enormes “máquinas de luz”, tragadoras implacables de combustible, expelerán ahora a la atmósfera humos altamente contaminantes durante seis horas diarias adicionales. Anoche en el momento de irme a dormir el termómetro marcaba 31 grados, pero puesto que los motores están incomprensiblemente en medio de las casas, la temperatura del casco urbano subirá aún más. Estas municipalidades tan alejadas y modestas no pueden permitirse fuentes de energía “limpia”. ¿O es cuestión de un cambio de sensibilidad general?

Temprano en la mañana una cuadrilla de trabajadores pasa recogiendo la basura. A pesar de que en casa reciclamos, lo hacemos por las puras porque todo va al mismo lugar, una zona donde queman los residuos. Más humo. Que se junta con las emisiones de los ¿cientos? de motores de embarcaciones que uno ve simplemente en el trayecto de quince minutos hasta Benjamin Constant. Todo el mundo tiene su peque-peque o su fuera de borda, cacharros que botan al río más del 30% de media de la gasolina y el aceite que utilizan. El Yavarí estaba hoy bravo porque amenazaba lluvia.

Pero tienen que pescar para mantener a sus familias; otros tumban un palo que les pagan a 100 soles; otros pasan tres días raspando hojas de coca que les compra el narco. La degradación de la naturaleza está inequívocamente hilvanada con la pobreza. Vivir de manera sostenible es un código cultural indígena, y al mismo tiempo un lujo para muchos y un mal negocio para otros. La ecología integral debe penetrar hasta lo más profundo y configurar valores, discursos, acciones, hasta moldear los cuerpos. Conectar con los espíritus del bosque y las madres de las plantas. A ellos invocamos para que viajen junto a los padres sinodales y les susurren en lenguaje divino resoluciones intrépidas fieles a lo que este momento histórico requiere.

miércoles, 2 de octubre de 2019

ATRAPASUEÑOS


Nada más llegar a Islandia y entrar en la sala de casa mi cabeza se topa con un colgante de artesanía, una especie de adorno móvil de esos que hace doña Elsa y que han colocado demasiado bajo. Ahora me entero que se llama “atrapasueños”, y no pregunté más porque estaba literalmente que me caía redondo –cosas del cambio horario- y me fui al toque a la cama antes de que esa cosa me jalara ni una cabezadita.

Pero me quedé con la copla (cómo no, si lo veo a cada momento), de manera que pregunté por el significado y por si acaso lo busqué en wiki. Resulta que según la creencia popular, su función consiste en filtrar los sueños de las personas, dejando pasar solo los sueños y visiones positivas; los sueños que no recuerdas son los que bajan lentamente por las plumas. Las pesadillas se quedan atrapadas en las cuentas que están en la red y a la mañana siguiente se queman con la luz del día para que no se cumplan.

Qué bueno. Es una protección contra las malas intenciones de la oscuridad pues. Me viene al pelo después de unos meses algo atropellados, idas y venidas, vacaciones un tanto peculiares y reposo de otra especie. Tal vez así mi sueño se libere de angustia y pesar, y solo conquisten mi descanso las esperanzas y los presagios luminosos.

Observando desde la distancia me sorprendo al constatar cómo, cuando se da una amenaza cierta sobre los tuyos, todo se reordena con total fluidez y naturalidad. Inmediatamente las celebraciones previstas quedan obviadas, el ocio aplazado y los planes puestos entre paréntesis. Esta vez he estado muy poco con mis sobrinos, no hubo lugar para despedidas ni tiempo para ponerse sentimentales cuando estaba “la torre encima”.

No pude ver a muchas personas, pero no por estrechez o prisas, sino porque ni me lo planteé. Despedí a dos amigas muy queridas, ambas jóvenes, y eso logró enturbiar más unos días de por sí tensos. La fiesta de la Virgen del Valle de Valencia se me fue tornando insoportable a medida que transcurrían las horas, todo me molestaba y de hecho me marché rápido. Incluso llegué hasta a enfadarme con mis amigos Paco y Loren por una tontería que solamente evidenció mi desazón. Sé que ya me han disculpado.

Y al llegar ni un respiro, al día siguiente catapum, reunión al canto, de frente a la tarea con mil cuestiones pendientes y candentes. El keke y los regalos han sido tan rápidos que parecieron intermitentes. No he notado ni jet-lag (ni me ha dado tiempo a pensar en ello), ¿habrá habido viaje realmente? Ternura en acción sí hubo mucha, y preciosa; quizás eso me ha recargado.

Por suerte estaba mi gata maullándome (“¿dónde te has metido todo este tiempo”?) y mis sueños esperándome. Porque, ¿qué pasa con los sueños que sí recuerdo? ¿Y los sueños que tengo despierto, con los que bailo a diario y me mantienen vivo? Esos atraviesan el atrapasueños y se quedan dentro de nosotros, atesorándose como arsenal de proyectos y motor incansable que nutre pies y corazón. ¿Lo notas?

Ojalá descienda a mi sueño únicamente lo que me haga sonreír, dormido o caminando por los puentes. Y que esa sonrisa sea tan clara como la de las niñas ticunas de Yahuma. Una alegría sencilla que presienta vida y salud y cristalice en gesto persistente.