sábado, 31 de octubre de 2026

MISIÓN EXTREMA EN YANAYACU (2ª parte)


Vivimos junto al gran Amazonas, el río más caudaloso del mundo, pero paradójicamente no disponemos de agua de calidad. Cuando llegó la hora de bañarse para quitarse ese sudor acumulado durante todo un día de calorazo insoportable en Yanayacu, resulta que solo era posible en la quebrada, sospechosa de estar contaminada por el derrame de abril pasado. De beber ni hablamos.

En los servicios de la escuela (parece que los únicos del pueblo), habían colocado una buena tina de agua, pero solo una de las misioneras alcanzó a ducharse: rapidito se personó alguien de la organización para advertir que esa agua era solamente para el inodoro. Ni modo, hubo que recurrir a las menguantes botellas que habíamos traído para hacerse, aunque fuera, el lavado del gato.

Esta vez estábamos más atentos, esperando a que nos brindasen algo de cenar, porque ya conté que llevábamos casi toda la jornada sin comer nada sólido. Pero… nomás entró en la casa el animador y dijo: “acá hay dos ahumaditos, si gustan”. Se refería a dos pescados ahumados para compartir entre ocho personas; en fin. Se los dejamos a los músicos, que iban a tener más chamba. Y nos dedicamos a alistar hamacas, colchonetas y demás aperos para la noche.

Mientras esto ocurría, sin visibilidad ya en la cancha el personal se preparaba para la procesión. Durante la tarde habían instalado el cuadro del Señor de los Milagros en una especie de casita hecha con telas, de modo que, con las velitas delante, parecía una de esas antorchas que de vez en cuando sacan a pasear los escolares. Al iniciar el camino por la única vereda del pueblo, yo ya estaba de nuevo empapado en sudor.

La procesión resultó bien, a pesar de que era una novedad para todo el mundo. Hubo cinco paradas, y en cada una de ellas se leía un trozo del Evangelio, junto con alguna reflexión, oraciones y canto. El público observaba entre perplejo y respetuoso. En una estación, la familia que recibía invitó a chicha a todos los peregrinantes. Y así llegamos de nuevo al salón comunal, donde se había celebrado la Eucaristía en la mañana, que era también el lugar de la velada.

Siempre pregunto si va a haber caldo de gallina, que habitualmente se ofrece como combustible para los danzantes, pero esta vez lo anhelábamos como un producto de primera necesidad – o supervivencia -habida cuenta del cansancio que acumulábamos después de un día tan extenuante, seco y escaso de agua y alimentos. “Claro, padrecito, a las 12 de la noche”. Diosito.

Empecé bien, saliendo casi el primero a danzar blandiendo mi pañuelo, porque la gente suele chuparse un poco al principio. Pero eran las 8, ¿cómo iba a aguantar mi cuerpito brincando hasta medianoche? Me gusta la danza y me movía mejor que la mayoría de los parroquianos, ostensiblemente novatos en ese lance; pero notaba los chorreones de sudor resbalando por mi espalda y mis piernas, y el polo pegado.

Eché una ojeada a las ollas humeantes y descubrí una de café, que ofrecieron con pan sobre las 10 de la noche: tentempié (nunca mejor dicho) salvador. Poco antes de las 11, aceptando que el caldo definitivamente no aparecía, ya no di más y me fui a mi colchoneta. Dentro de la carpa, la temperatura resultaba inaguantable, pero yo estaba demasiado agotado para darme ni cuenta. Me embroqué los tapones en los oídos con el fin de esquivar el ruido del bombo, la caja, el pínfano y las maracas, y me quedé dormido.

Fue una noche de apenas cinco horas de un sueño tenue y sobresaltado; a las 4:30 ya nos teníamos que levantar para zarpar a las 5. Nos esperaban otras tres horas de batalla contra el lodo arrastrando el bote, sobre un agua del río extrañamente cálida y con el sol aplastándonos sin clemencia.

La misión es fascinante, retadora y fértil en experiencias y satisfacciones; pero también es exigente, y en ocasiones muy ardua y fatigosa. Necesitamos, no solamente ánimos, generosidad y buena voluntad (solo con eso no se pilotan aviones) sino también resistencia, salud robusta y forma física suficiente. “¿Querías ser misionero? ¡Toma!”.

sábado, 24 de octubre de 2026

MISIÓN EXTREMA EN YANAYACU (1ª parte)

 
En el momento de la foto yo seguía sudando, porque a pesar de que era noche cerrada, había 30 grados de temperatura y más del 70% de humedad a la hora de la procesión del Señor de los Milagros en esta pequeña comunidad nativa yagua en el río Amazonas. A esas alturas de la jornada, se me había venido varias veces a la cabeza ese diálogo imaginario: “¿Querías ser misionero? Pues toma”.

Llegar hasta Yanayacu en esta época del año no es fácil: la vaciante convierte salir de Yanashi en una especie de yincana. Primera prueba: caminar con la poca luz del amanecer, y cargado con muchila y carpa, por encima de un palo mojadito para cruzar hasta la playa donde está la canoa para zarpar. Segunda: navegar por el caño, ocho personas en esa canoa, varando, es decir, empujando cuando el bote se atora en el barro por la poca agua que hay.

Era la primera vez que esta gente festejaba su santo patrono uniéndolo al aniversario del pueblo (56 años, somos de la misma promoción). Habían pedido la presencia del sacerdote para la misa que, fieles al libreto protocolario tradicional, colocaron en la mañanita, en cuanto arribamos, después de unas tres horas de travesía. Pregunté por el desayuno y “ya después de la liturgia”, con lo cual ocurrió lo habitual: la cosa se retrasó y los primeros alimentos cayeron casi a las 11 de la mañana, 7 horas después de levantarnos.

Hacía años que no se celebraba la Eucaristía allá. A pesar de las tripas rugientes, resultó bonita y animada. Por supuesto nadie comulgó, excepto algunos de los visitantes, pero sí que hubo masato para todos, y confío en que ese lenguaje de compartir, alegría y comunidad expresado alrededor de la misa, abra camino para la participación plena en un futuro cercano.

Poco a poco iban llegando moradores de otras comunidades a la hora del deporte, en la primera de las tres fechas de festejo que estaban programadas. De hecho, parte de mi servicio fue bendecir el campo de juego, “pero con todo tu uniforme, padrecito”, de modo que allá me dirigí y oramos para que los partidos se desarrollaran con deportividad, sin peleas ni lesiones. Todo el mundo muy serio.

En la casa de Roger, el agente de pastoral, donde nos quedamos, había ya a esas horas cualquier cantidad de personas. Y he escrito en cursiva porque en realidad en todo el día casi no hubo sitio donde reposar y defenderse un poco del calor inclemente. Solo dejamos allá los equipajes sin abrir, devoramos el plato de arroz con frejol y paiche del desayuno, y deambulamos de un lado a otro, buscando sombras y asientos para seguir el fútbol sin asarnos vivos.

Me sigo quedando asombrado de cómo la gente puede aventarse a jugar al fútbol bajo el sol brutal de la una o las dos de la tarde. Diosito. Los niños, las mujeres, alguna ya no tan huambra, los hombres con sus barrigas, y al final los jóvenes, fuertes, ágiles, tremendos. Pero me parece que los misioneros, las hermanas MEMI y yo sudábamos, más que ellos.

Y así fueron pasando las horas, abanicándonos todo el rato. Tomando de vez en cuando un poco de agua, y también un curichi, un pedazo de sandía… Hasta que, ya más de las 3 de la tarde, caímos en la cuenta de que no nos habían ofrecido almuerzo. Parece que hubo una invitación general, sobre todo para los forasteros, pero nosotros, en la otra punta de la cancha, no nos enteramos. Asu… el día medio en ayunas.

Una jornada tan exigente como esa, que comenzó tan temprano, comiendo y bebiendo poco, con un clima tan extremo y sin lugar donde descansar, te somete a un desgaste considerable, y no hay que tomarlo a la ligera. Recordé el primer consejo que me dio Silvia Quispe antes de ir al Yavarí: “tener buena salud”. Y sí, es cierto para todos los misioneros. Se requiere un estado físico razonablemente bueno, junto con la destreza de cuidarse.

Caía el sol y pensamos, aliviados, que todo se iba a suavizar. Se acercaba la hora de cenar, de bañarse y así dejar de sudar, por fin. Pero nos equivocábamos. Y eso lo cuento en la siguiente entrada. La vida misionera es preciosa, y puede ser a veces muy dura.

sábado, 17 de octubre de 2026

SONRISAS Y VIDA EN EL CARTEL DEL DOMUND DE PERÚ


Vi a María Luisa preparando los envíos con el material del DOMUND de este año para enviar a los puestos de misión, me fijé en el cartel y me sorprendió encontrar en él, como imagen de la campaña, a nuestras misioneras Deepa y Sharon. ¡Guau! Somos famosos en todo el Perú. Bueno, más bien ellas. Y se lo merecen.

Sharon y Deepa son religiosas de nacionalidad india, de la congregación Hermanas de la adoración del Santísimo Sacramento. Llevan cuatro años con nosotros, trabajando en el puesto de Mazan, en el río Napo. Al principio se toparon con grandes dificultades para adaptarse, porque todo era nuevo: el clima, las costumbres, las tareas, la comida, el equipo, y sobre todo el idioma. Les ha costado mucho esfuerzo y paciencia ir aprendiendo el español de acá, pero han mejorado mucho.

Advierto en ellas una gran flexibilidad, una mente y un corazón abiertos a lo diferente, y una humilde capacidad de aceptación de los incomodos y las situaciones aparentemente extrañas o poco comprensibles para sus códigos culturales. Creo que las impulsa una profunda fidelidad al encuentro diario con Jesús y un gran amor a la gente, que para el misionero vienen a ser equivalentes.

Deepa (la de lentes) va por la calle y todo el mundo la saluda y la llama, “¡hermana Deepa, hermana Deepa!”. Yo le he puesto de chapa “unmillóndeamigos”, por lo popular que es. Siempre tiene un bonito gesto de acogida para cada persona, y se supera cada día en asumir responsabilidades parroquiales y vicariales.

Sharon fue a la que más le costó el español. Durante largos meses suplió la incapacidad de expresarse con esa sonrisa de cielo que exhibe. A pesar de todo, no se acobardó: iba a los barrios con los catequistas, salía a las comunidades por el río. Siempre la hallas alegre, pase lo que pase, siempre lanza chistes y bromas.

Ambas personifican esa presencia discreta, luminosa y necesaria en medio de la vida cotidiana de una población como Mazan. No son ingenieras ni poseen doctorados, ni tienen en su mano resolver grandes problemas, o traer jugosas ayudas económicas, ni atesoran un talento sobrecogedor… Pero el instinto de la gente sencilla las aprecia como benéficas, confiables, un recuerdo viviente de que Dios existe y es bueno.

Al fin y al cabo, ese es el propósito de todo misionero, el meollo de su vocación. No es tanto el hacer; a veces se ha identificado la misión con la construcción, los proyectos, los donativos… en un imaginario en el que el misionero es un personaje industrioso, activo hasta la extenuación e inevitablemente protagonista de su propia proeza. Esa es la caricatura que sigo pensando que hay que desmitificar.

El gran activo del misionero es su persona misma. El gesto que lo califica es su respuesta a la llamada de Dios a dejar su tierra y venir adonde no se imaginó para prestar un servicio para el que no sirve. Simplemente estar acá y querer permecer, con la absoluta necesidad de cambiar que eso implica. La destreza imprescindible será acompañar y compartir la vida y el destino de estos pueblos. Y eso tiene que ver más con el discernimiento que con los presupuestos, más con la contemplación que con los programas. En una existencia así, el único protagonista es Dios.

Sharon y Deepa son un significativo rostro de este estilo, unas buenas representantes de aquello a lo que aspiramos y cada mañana intentamos. Y además juntas, porque la misión es una aventura comunitaria. Y en esta comunidad misionera, a la que llegué hace casi una década, ahora me han pedido un servicio muy especial: cuidar a los acompañantes, a las del poster y el resto de los misioneros.

Para ello preciso escuchar, comprender, conectar con cada uno. Sí. Pero quizás lo más crucial sea crecer hacia la mejor versión de mí mismo, para inspirar con mi propia persona un sentido de la finalidad de la misión y la pasión por ella. Intuyo que más lo lograré cuanto más cercano esté a los misioneros, para aprender de ellos y beber de su fuente, porque son extraordinarios. Feliz fiesta del DOMUND.

sábado, 10 de octubre de 2026

LA SELVA DESDE FUERA

 
Hace poco fui a un centro de rescate amazónico. La intención primera era pasar una jornada de relax en uno de esos recreos con piscina que proliferan cerca de Iquitos, donde uno descansa, almuerza rico, se baña… se desconecta. Pero como estaba cerrado, el motocarrista, bien aleccionado, puso rumbo a este otro lugar. Y aunque me fastidió un poco que el plan fuera tuneado, luego me gustó y me hizo pensar.

De pronto me vi incrustado dentro de un grupo de turistas, prácticamente todos nacionales; gente que pisa la selva por primera y quizás única vez. Es notorio el desconocimiento que en Perú se tiene de la Amazonía, a pesar de que ésta supone más del 60% del territorio del país. Como consecuencia, hay muchos prejuicios, ideas fantásticas, miedos irracionales y todos los síntomas propios de la ignorancia.

Lo noté inmediatamente en la manera de hablar de los guías (que por cierto se desempeñaron bastante bien), y sobre todo en el estilo de los comentarios y reacciones del grupo, que oscilaban entre el asombro, la sorpresa o el temor, y la superficialidad o la indiferencia de quien está adiestrado en consumir contenidos rápidamente y pasar a otra cosa mariposa.

No es que yo supiera todo lo que nos contaron; de hecho, aprendí varias cuestiones, sobre todo en la primera parte, en la que te muestran un manatí - animales difíciles de ver en el agua porque apenas asoman su hocico para respirar - y te ofrecen muy interesantes datos sobre los paiches, que desconocía. Pero claro, comer paiche es algo cotidiano para mí, encuentro guacamayas por todas partes, y he avistado manadas de huanganas, a veces nadando por el río, por lo cual me resultó penoso ver a una solita, cerca de un ronsoco también taciturno. Claro que, como el nombre comercial de este animal es capibara, y está de moda, eso arrancó sonrisas y desbocó las fotos.

Porque eso sí, las sesiones fotográficas eran constantes, animadas por los guías. Los selfis son el símbolo de este turismo frívolo y alocado; hay que tomarnos fotos a nosotros mismos, para luego subirlas a las redes y quedar como intrépidos aventureros en el bosque misterioso. Ni que decir tiene que todo eso me hacía sentirme fuera de lugar, y a veces medio molesto por ver cómo utilizan mi selva para intereses comerciales.

Dicho esto, me resisto a ser tan negativo. El paseo era por medio de la naturaleza, en un bello paraje que se nota bien cuidado. El centro tiene como fin el rescate, rehabilitación y liberación de fauna silvestre afectada por el tráfico ilegal; hay también un propósito educativo de sensibilizar a los visitantes acerca de la necesidad de defender y preservar la Amazonía. Me parece excelente y me alegro de haber ido.

Pero me encontré incómodo, como si se estuviera tratando la selva como una mera atracción, como si se estuviera profanando o banalizando, en especial la zona del chullachaqui y las plantas maestras. Chullachaqui no es un muñeco grande como un ninot de monumento fallero, es algo mucho más profundo: es la personificación de una inspiración cultural, la inquietud de los pueblos por proteger su medio natural, sus árboles, sus cochas… La ayahuasca no es un simple psicoactivo, sino el remedio que se toma para ver, para comprender, para sanar, para decidir.

En fin. Ya no reclamo más. Me doy cuenta de que llevo casi diez años en la selva, la voy conociendo y me identifico como parte de ella, uno más entre quienes la aman y eligen vivir acá. No logro mirarla desde fuera, aunque con esta cara me tomen por un turista más de dos veces. La contemplo con esmero, reverencia y admiración, porque en ella, y especialmente en sus gentes, encuentro la presencia creativa de la Vida, la alegría humilde de Dios aflorando en cada salto de bufeo y en las risas lejanas de los niños. Este es mi lugar.

sábado, 3 de octubre de 2026

PALABRAS MUSITADAS DE UN PADRENUESTRO


Me pidieron visitar a un enfermo en el hospital, el del seguro, acá cerquita de la casa. Salí batallando con el calor infernal de las tres de la tarde en Iquitos. Me esperaba la familia amiga que me había llamado, pero no sospechaba que me iba a encontrar con un tesoro de belleza inmensurable.

Caminar por ese centro sanitario medio laberíntico, construido a pedazos en medio de la selva, flanqueado por el feroz asfalto y por las plataneras verdes, es encajar los estragos de la pobreza de este país: paredes sucias, aparatos de refrigeración desportillados, personas tumbadas en los pasillos, desorden, el olor inequívoco de la muerte. Así me guiaron hasta el paciente, con el corazón un poco amedrentado. Pasamos conversando un buen rato, voluntarioso yo en la faena de arrancarle alguna risa que le ayudase a soportar su malestar.

Me despedí y me dirigía desandando mis pasos hacia la salida, cuando alguien reclamó mi atención: “¿Es usted padrecito?”. La señora me contó que su hermana se encontraba en la fase terminal de un cáncer que padece hace nueve años. “Está acasito mismo, ¿podría usted verla, por favor?”. Justo al comienzo del pabellón, en una estancia algo más privada, recibí la primera impresión de Rosa, yacente e inmóvil.

Su piel cetrina, sus rasgos afilados, las protecciones contra las escaras, la boca reseca y los viales para administrar morfina anunciaban la cercanía del final. Estaba profundamente dormida. Recé una oración, más que nada por los familiares. Otra de sus hermanas quería conversar, muy nerviosa, lloraba, me metió en la mano veinte soles para la Iglesia y me pidió por favor que regresara.

Los dos días siguientes los pasé con Rosa. No sabría explicarlo muy bien. Pensaba en ella, ¿seguiría viva? No la conocía, ni siquiera había escuchado su voz, solo la había visto en ese estado exangüe; pero por algún motivo se me había metido dentro, la hallaba a cada paso, en la oficina, durante esos pedazos de madrugada insomne. ¿Sentiría dolor? ¿O habría ingresado tal vez en una inconsciencia consoladora?

Así que tres días más tarde, allá estaba yo de nuevo, a una hora y calorina parecidas. Esta vez me fui directo al grano, o sea a Rosa, que por cierto es solamente un par de años mayor que yo. Y seguía en el mismo lugar. Pero ahora tenía los ojos entreabiertos. Me acerqué a ella, le hablé, le tomé de las manos. “¡Ha venido el padre a verte!” – le gritaron. “El padre…”- repitió con un hilillo de voz.

“Rosa, ¿quieres que recemos un ratito?”. Y asintió con un levísimo movimiento del mentón. Yo iba acompañado por la hermana Lisbeth, hija de San Camilo, así que entre los dos recitamos las plegarias para darle a Rosita la unción de los enfermos. Casi toda la familia rodeaba la cama, y noté que la oración fluía suave y balsámica.

“Vamos a rezar el padrenuestro”. Y mientras se iban desgranando las peticiones, me emocionó que Rosa articulaba algunas palabras, con retraso y muy bajito, susurrándolas: “padre”… “cielo”… “nombre”… “Reino” … “perdona”… “amen”… Antes ya había pronunciado “ten piedad” muy clara pero muy tenuemente, como en una devoción cansada y a la vez tenaz. Y sin duda muy serena.
 
- ¿Estás tranquila? – le pregunté cerca de su oído.
- Sí – musitó.
- ¿Tienes miedo?
- No.

Le acaricié su rostro, le besé la frente, y así fue como Rosa, con quien solo establecí este fugaz vínculo en los últimos momentos de su vida, me reveló un matiz nuevo y precioso del rostro de Jesús pequeño y sufriente, y me regaló un nítido aprendizaje de cómo acercarme a morir con paciencia y fe.

Mañana voy a volver a EsSalud. No sé si ya la veré, pero en todo caso, siento que lo que quedaba pendiente, ya se resolvió; de mí hacia ella, pero, sobre todo, de ella para mí.  Gracias Rosa.

sábado, 26 de septiembre de 2026

EL GUSTO ESPIRITUAL DE SEGUIR SIENDO PUEBLO


Es increíble sentir que, veintidós años después de pisar Valencia del Ventoso por primera vez, continúo formando parte de este pueblo. Es un don, un honor, un gustazo, una condecoración interior otorgada por pura generosidad y ostentada con asombro y gratitud.

Solo estuve dos años allá, pero es cierto que pocas veces falto al día de la Virgen del Valle, nuestra patrona. En esta ocasión el Ayuntamiento ha realizado un libro que recoge todos los pregones de la fiesta desde el año 2003, y me invitó, junto con todos los pregoneros, a un acto de presentación y homenaje. Y pues claro que acudí.

Porque tuve la suerte de pregonar las fiestas en 2011, cinco años después de haber sido trasladado, con dolor, de Valencia. El alcalde de entonces, es decir quien me propuso, Lorenzo Suárez, ha sido el encargado de coordinar la recopilación conmemorativa. En su discurso de apertura citó unas palabras de mi texto: “Las cualidades que se necesitan para ser pregonero se reducen a una sola: querer al pueblo. Eso me animó; si el pregón consiste en declarar que amo Valencia, entonces habéis dado con la persona indicada”.

Y, sí. En ningún momento me noté como fuera de lugar, o como un invitado. Yo me encontraba en mi sitio, en mi pueblo, que está en mis entrañas, igual que Valle de Santa Ana o el Vicariato. Cómodo, relajado, entre personas con quienes tengo unos vínculos muy peculiares, que he guardado con mimo a lo largo del tiempo; y con el pueblo como amor e identidad compartidos.

Releo ahora aquel pregón y me sigo emocionando. Valencia es tan especial para mí por dos motivos: uno, porque fue el primer pueblo, me impactó y marcó mucho mi estilo de ser cura. Dos, porque era joven y en aquella corta estancia se manifestó mi vulnerabilidad, la gente lo detectó, me cuidó y yo me dejé. Sin hablar de ello demasiado, pero viviéndolo auténticamente. Lo miro desde el hoy y me parece una maravilla.

Los semblantes de la foto denotan el paso de los años, pero también la satisfacción y cordialidad que circulaban. Nos regalaron una botella de vino y otra de aceite oriundos, además de un pin con el escudo de Valencia. Fue una ceremonia necesariamente corta porque “hay que irse a la fiesta”, y allá me dirigí.

Como otras veces, saludé a un montón de personas, sumergiéndome en una especie de torbellino de rostros y nombres donde me lío un poco, pero es un regocijo. Las personas me preguntan por mi familia, me dan un feed-back acerca de mi salud (“estás bien”, “estás muy flaco”…), y siempre reflejan alegría de verte, reconocimiento, cariño puro y limpio.

Son patentes también las ausencias. Los vecinos y amigos que ya se han ido. Dolo, Mari Carmen, Blas, Pili… y tantos otros. De alguna manera están también ahí, acompañándonos en la Piompa, o en Kinito, o en la algarabía de la plaza abarrotada de risas y de bailes. Les gustará ver que disfrutamos, que la vida prosigue.

Quería meterme en la tómbola a vender papeletas, pero no llegué porque me paré acá, me senté allí, conversé, me junté con varios componentes del grupo de jóvenes de antaño, que ahora son algunos padres y madres: Davilín, Mamen, Valle, Rosalía, Inma… Quedamos también inmortalizados en un photocall de la feria, cada vez más moderna.

Aunque la tradición es inamovible, y dicta que hay que comerse los churros antes de recogerse. Y tanto que lo hicimos. Ese dulzor del chocolate me queda de este 12 de septiembre. Es el sabor de seguir siendo pueblo después de tantos años, un “gusto espiritual” en expresión acuñada por el papa Francisco en Evangelii Gaudium, y que tanto me ha inspirado siempre. “Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres!” (nº 274).

Sí, soy pueblo y lo seré siempre. De Valencia, de Valle de Santa Ana, del Vicariato. Mis pueblos. Gracias.

sábado, 19 de septiembre de 2026

SALPICÓN DE NOSTALGIA

 
Las cajas con mis viejos papeles y fotos están en el altillo de mi cuarto, y cada año llega el momento de claudicar a su llamada susurrante y abrirlas para echar un vistazo. De pronto me veo rodeado de recuerdos, y bocanadas del pasado invaden el ahora.

La reciente mudanza me hizo desechar muchos trastos, sobre todo antiguos apuntes ya inservibles, pero procuré guardar con cuidado los tesoros que delinean la persona que fui y soy. El reencuentro con ellos me sorprende, me hace atar cabos y sobre todo me arranca sonrisas.

Reconozco lo mucho que me ha gustado siempre escribir. Acá hay redacciones escolares (“La ciudad irrumpe” o “Don Félix de Montemar, un personaje romántico”), el magacín mensual Cascanueces elaborado por un grupo de adolescentes de BUP que ya desde niños éramos aficionados, y varias publicaciones de la época de la formación inicial salesiana. En una de ellas el novicio César Caro dice: “a mí sí me gustaría ser misionero”. Me he pasado la vida creando revistas, los de mis pueblos lo saben.

Doy con el folleto de la obra teatral “El cianuro ¿solo o con leche?” de Alonso Millán, que un grupo de alumnos de COU nos atrevimos a representar dirigiéndonos a nosotros mismos, porque los profes que llevaban siempre el teatro se habían cansado aquel año. Papeles mecanografiados, compuestos artesanalmente a base de recorta y pega, y multiplicados con ciclostil. En los 80 no había computadoras ni celulares, ¡qué suerte tuvimos!

Un viejo recorte de periódico con foto y el titular: “Salesianos, a la final provincial de baloncesto”; y un dibujo a lápiz de un César escayolado, la rodilla lesionada, realizado por mi amigo Antonio Amores en noviembre del 87, ahí se terminó el basket para mí. Carnets del instituto de idiomas de Jaén, donde nos examinábamos de inglés, un folleto del ZX Spectrum y planos caseros de Avalon, mi videojuego favorito.

Un archivador entero está dedicado a la dimensión espiritual: recuerdos de los campamentos ADS de Mazagón, documentos de las pascuas juveniles en Puebla, cancioneros, temas, oraciones, textos de retiros… Tuve una niñez y adolescencia en las que el conocimiento de Jesús ocupó un lugar central; veo legajos de mis primeros pasos como catequista con 16 años, y de mi preparación a la Confirmación antes de irme a la universidad.

Me ha asombrado hallar mi diario, que comienza el 29 de febrero de 1988: “No es un momento feliz de mi vida”. Eran los últimos meses en el cole y escribía toditos los días, aunque fuera un párrafo, y lo mantuve hasta el 25 de junio de aquel año; después hay una pausa y lo retomo el 22 de septiembre del 89, cuando me fui a Cádiz al postulantado. Creo que fue una juventud con vida interior, rica en valores y profundidad.

Los escritos personales fueron evolucionando a cuadernos de vida, que me compraba mi mamá marca Oxford, y hay una caja entera, hasta hoy (voy por el número 13, me parece). Una carpeta colecciona sucesivas versiones del proyecto personal; releo aspiraciones, objetivos y esfuerzos por mejorar que me provocan, algunos, ternura por lo ingenuos e idealistas. Son el testimonio de soñar la vida en grande y querer caminarla con conciencia.

Hay papeles que abren a la evocación de mis mayores cariños, que permanecen intactos en el cimiento del corazón. “Manuel y Pilar. Bodas de oro”. Mis abuelos… nadie los ha superado en suscitar en mí tal adoración.

Y me ha emocionado el lema de la invitación a nuestra ordenación, en 2000: “Dadles vosotros de comer” (Mt 14, 16). ¿Por qué? Porque yo adopté por mi cuenta otro diferente, pero más tarde, al pasar a la diócesis y a través de la vida y el servicio en los pueblos, este se me fue imponiendo como espiritualmente más emblemático y decisivo para mí… sin jamás acordarme de que era el original.

Las imágenes, la escritura e incluso el olor que despiden los papeles añejos me transportan a otros lugares, experiencias, rostros y encrucijadas; son retazos de memoria y salpicones de nostalgia, pero también balizas para el presente y el futuro.

sábado, 12 de septiembre de 2026

LAS COSAS DEBEN SEGUIR CAMBIANDO

 
Pasar las vacaciones en casa me permite reencontrarme con mis libros. La mayoría viejos, de las épocas de estudiante, otros más actuales. Miro, paso páginas, muchas subrayadas, descubro dedicatorias, compruebo fechas… Me doy cuenta de que para releer prefiero espontáneamente la espiritualidad, antes incluso que la antropología. Pero no me pude resistir a un librito de Bernhard Häring, célebre moralista del que fui fan, titulado “Las cosas deben cambiar. Una confesión valiente”. Son una especie de confesiones personales que publicó ya al final de su vida.

En ellas, en su tono leal y a la vez crítico, acuña un concepto, “conducta ostentosa sacralizada”, que me ha acompañado siempre como advertencia y criterio de autoevaluación. Me doy cuenta de que, más de treinta años después, y reconociendo los pasos dados, las cosas deben seguir cambiando:

“Jesús desenmascaró y fustigó la funesta tendencia de los sacerdotes, los doctores de la ley y otros a poner la religión e incluso el nombre mismo de Dios al servicio de su deseo de poder y de ostentación” (p. 19).

“Es justamente esta conducta ostentosa de los especialistas de la religión lo que Jesús desenmascara en su misma raíz. Los solemnes ropajes, las filacterias, la exhibición pública de religiosidad, las oraciones a la vista de todo el mundo, la ostentación incluso en la misma presencia de Dios en el templo con plegarias como “Te doy gracias porque no soy como los demás hombres” (Lc 18, 11)” (p. 40).

“Jesús se denomina a sí mismo con la sencilla expresión “hijo del hombre” cuya mejor traducción podría ser “uno de vosotros”. Prohíbe a los suyos los títulos de padre o de maestro (…). No hay nada que nos oculte tanto a Dios y a su misterio como el comportamiento ostentoso” (p. 41).

“La sacralización de conductas ostentosas y el ejercicio autoritario del poder son cosas diametralmente opuestas al mensaje salvífico y a la misión de sanar” (p. 58).

“Uno de los más graves peligros a que ha estado y sigue estando expuesta la Iglesia: que al aliarse con los ricos, se imbuye a los pobres la falsa conciencia de que las desigualdades entre ricos y pobres son algo querido por Dios” (p. 62).

“La conducta ostentosa como método de autoimposición y como medio para situarse por encima de los demás resulta ser infinitamente más peligrosa para la autenticidad de la religión que la vanidad femenina” (p. 66).

“Las conductas ostentosas propias de los sistemas mundanos tienden siempre a la autoexaltación y a la acentuación de la autoridad. De hecho, prácticamente todos los sistemas de dominio basados en el poder procuraron históricamente sacralizar sus comportamientos ostentosos e impositivos (…). Santos como Francisco de Asís y Felipe Neri supieron ver este juego, acertando a ridiculizarlo, merced a un sentido cristiano del humor (…)” (p. 67).

“(…) La gran mayoría de nuestros obispos han advertido el juego y aman la sencillez evangélica” (p. 73).

A pesar de las limitaciones, estoy convencido de que hemos avanzado como Iglesia más humana, fraterna y abierta. Son impresionantes algunas de las intuiciones proféticas de Häring recogidas en este texto. Por ejemplo, cuando dice:

“Las funciones de los sínodos episcopales, que deben celebrarse a plazos regulares, no son meramente asesoras. El Papa debe asumir sus conclusiones y, por principio, confirmarlas” (p. 132).

Pues así ha sido en el Sínodo de la sinodalidad, que sigue en proceso. El Espíritu está actuando, a pesar de resistencias e inercias, sumando voluntades, inspirando sueños y alineando las miradas hacia el futuro.

lunes, 7 de septiembre de 2026

CONSEJOS PARA JULIÁN

 
Julián, muchacho, pero ¿cómo se te ocurre? ¿En qué jardín te has metido del que ahora no sabes salir? Ay Diosito… Mira, te voy a dar un par de consejos gratis por si todavía tiene arreglo. Que se antoja complicado.

¿Qué es eso de que “para cumplir mi sueño lo mejor para todos es una transferencia”? Al principio pensé que te referías a una transferencia bancaria, pa que veas que eso que planteabas no se me pasaba por la cabeza, ni a mí ni a ningún colchonero, tal era la veneración que la hinchada te profesaba; pero se trataba un traspaso a otro club, claro que tenía que ver también con la plata, qué duda cabe.

”Tu sueño”… ¿cuál es, ganar más millones? ¿Lograr todos los títulos con el Barcelona? ¿Y qué pasa con los sueños de todos nosotros, los atléticos? Porque los culers quieren ganar la Champions, ya… ¡y nosotros también, carajo! Que hemos perdido dos veces la final, y encima contra… Los indios teníamos fe en ti, eras nuestro jugador franquicia, contigo conseguimos aquel 5-2 y sentimos que todo era posible.

Hasta que nos propinaste semejante baldazo de agua fría. Tienes que ponderar la dimensión de semejante afrenta, y desde ahí comprender los pitos, insultos y desprecios que sufres y que temes. Julián hijo, nosotros somos el ejemplo viviente de aquello que decía Guardiola: “en el deporte lo normal es perder”… y contigo habíamos creído que podíamos ganar. Incluso yo.


Que sepas que no te necesitamos; no vayas a pensar que eres imprescindible. Más bien queremos gente que ame el Atleti, nuestros colores, nuestro carácter, nuestra historia y nuestras posibilidades. O sea, que se deje la piel en el campo, sepa perder y celebre los títulos como algo realmente extraordinario. Me parecía a mí que tú eras de esta raza.

“Es que ha estado mal asesorado”, decía Miguel Ángel Gil Marín para protegerte, y me parece bien. Pero tú ya eres mayorcito, Julián, y creo que bastante listo. Supongo que sabes lo que tienes que hacer, porque ha habido tiempo para asesorarte bien:

Lo primero, debes pedir perdón. Griezmann lo hizo, y en mayo, cuando se marchaba a USA, de nuevo dijo: "Pido perdón otra vez, no me di cuenta del cariño que tenía aquí". Había comprendido que la pela y las orejonas no son lo esencial. Así que, si todavía no has descartado triunfar en el Metropolitano, agacha la cabeza, agarra el micro y pide perdón con humildad.

Segundo, marca al menos 20 goles esta temporada, sumando todas las competiciones. Esa va a ser tu manera de mostrar que estás realmente arrepentido y que ya no quieres irte porque no ves en el mundo un club mejor que el Atlético de Madrid. Reconquista nuestra devoción con goles, porque “el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”, como dice San Ignacio en el número 230 de los Ejercicios.

Tercero, encuentra el lado positivo de esta situación. Reconocer los errores permite aprender. Y además, las reconciliaciones son chéveres, implican segundas oportunidades, estimulan la generosidad y refuerzan la solidez de los vínculos. Perdona este rollo psicologista, pero algo te tengo que decir para animarte después de haberte jalado las orejas.

En fin… Empieza metiéndole un par de chicharros al Liverpool el miércoles y comenzamos a olvidar el asunto. Puedes aprovechar que los rivales creen que estás medio deprimido para machacarlos vivos. Esta fue una sugerencia táctica, toma ya.

En cualquier caso, si sigues empecinado en irte y visualizas unos meses deambulando como un zombi por las canchas, pues buen viaje lleves; gracias por tu aportación y chao pescao. Nadie está por encima del Atlético, y nosotros, sin ti, seguiremos siendo lo que somos: grandes a nuestra manera.

sábado, 5 de septiembre de 2026

UN PAÍS PORTÁTIL


Seguro que a Rubén Blades no le importa que comparta esta canción, publicada originalmente en 2009 en el álbum “Cantares del subdesarrollo” y salseada el mes pasado. Aunque está escrita pensando en su país, Panamá, ¡cómo se puede aplicar a este país maravilloso en el que vivo y al que amo! Un lugar donde todo puede ocurrir: móvil, sorprendente, trasladable, desarmable… Cuando me muera me entierran allí.

Se vende un país portátil
con su autoestima en el suelo
con un enorme complejo
que lo hace antinacional.
 
Es un lugar sin memoria
donde ya nada sorprende
vive el crimen indultado
o un charlatán presidente.
 
Se ofrece un país portátil,
se alquila un país portátil,
se ofrece un país portátil,
se vende un país portátil.
 
Barato un país portátil
con héroes falsificados
ideales hipotecados
y total mediocridad.
 
Oferta un país portátil
domesticado en engaños.
Se garantiza por años
la ausencia de honestidad.
 
Se ofrece un país portátil
que castiga al que es honrado
y a un pueblo autocondenado
por su irresponsabilidad.
 
Se vende un país portátil,
se ofrece en partes o entero
con un préstamo extranjero
hacerlo andar es muy fácil.
 
Se ofrece un país portátil,
se empeña un país portátil,
se alquila un país portátil,
se vende un país portátil,
 
Y si tiene oro, más rápido.
(Esta es tu raíz) Oye, enfrenta la corrupción
(defiende al país)
y a su maldad, dondequiera (esta es tu raíz).
Ponle todo el corazón (defiende al país).
Dale amor a tu bandera (esta es tu raíz).
Cuando me muera me entierran allí (defiende al país),
allí en la tierra donde yo nací (esta es tu raíz).
No dejes a la patria sufrir (defiende al país),
dale tu cariño, ayúdala a vivir.
 
Perú, todavía se puede, vamos.
 
Hay que salirle a paso a los sinvergüenzas (esta es tu raíz)
que abusan de la patria (defiende al país),
que no tienen conciencia (esta es tu raíz)
La patria aguarda la historia (defiende al país)
de nuestra colectiva memoria (esta es tu raíz).
No voten por políticos ladrones (defiende al país)
de los que arruinan naciones (esta es tu raíz).
Ve y defiende tu raíz (defiende al país)
y dale amor al país.

sábado, 29 de agosto de 2026

AMÉRICO PASCUAL TUMISHA ESTÁ VIVO, PERO LA AMAZONÍA MUERE


Al líder ashéninka Américo Pascual Tumisha le dieron por muerto a balazos cuando descubrió a unos supuestos saqueadores de aceite de copaiba en su comunidad. Afortunadamente no murió, pero el suceso muestra la extrema vulnerabilidad de los habitantes de nuestra Amazonía frente a las economías criminales. Los obispos y administrador apostólico de los ocho vicariatos de la selva peruana hemos reaccionado así:
 
PRONUNCIAMIENTO
OBISPOS DE LA AMAZONÍA PERUANA
“Defender la vida y el territorio no puede costar la vida”

Ante las noticias sobre el líder ashéninka Américo Pascual Tumisha

Los Obispos de la Amazonía Peruana expresamos nuestra profunda alegría por la noticia de que el líder ashéninka Américo Pascual Tumisha se encuentra vivo, y nuestra cercanía y solidaridad con su familia, la Comunidad Nativa Onconashari, el pueblo ashéninka y las comunidades indígenas de Yurua y de toda la Amazonía peruana.

La falsa noticia de su muerte evidencia la zozobra en que viven muchas comunidades ante el aumento de la criminalidad y la presencia de mafias ilegales que amenazan a quienes defienden sus territorios. Esta situación nos interpela como Iglesia y como sociedad. No podemos permanecer indiferentes ante la violencia que amenaza a quienes defienden la vida, el territorio y la Casa Común.

Como pastores de la Iglesia que peregrina en la Amazonía, afirmamos que toda vida humana posee una dignidad inviolable. El Documento Final del Sínodo para la Amazonía señala que “la defensa de la vida, la comunidad, la tierra y los derechos de los pueblos indígenas es un principio evangélico, en defensa de la dignidad humana” (n. 48). Para los pueblos indígenas, esta defensa implica también proteger la memoria, la cultura, la identidad, la vida comunitaria y el futuro de las nuevas generaciones. Por ello, hacemos nuestro el llamado de Laudato Si’ a escuchar “el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (cf. n. 49).

La situación de los defensores de derechos humanos en el Perú es crítica. Según el Ministerio de Justicia, durante 2025 se registraron 201 casos de afectaciones y amenazas, cifra récord. En el ámbito indígena, AIDESEP reporta 38 líderes asesinados entre 2016 y 2026. Todo ello, pese a la existencia desde 2021 del Mecanismo de Protección de Defensores y Defensoras, cuyo funcionamiento ha demostrado ser lento e insuficiente.

Por ello, exigimos al Estado peruano reformular este Mecanismo, revisando sus plazos y responsabilidades e incorporando la salud mental y el acompañamiento psicológico de los afectados. Asimismo, solicitamos incluir a las organizaciones indígenas y sus diferentes órganos, pues conocen mejor el territorio y su participación contribuiría a garantizar sus derechos y fortalecer su capacidad de protección frente al avance de la criminalidad.

Frente a toda forma de violencia e intimidación, afirmamos que el camino de la Amazonía debe ser el diálogo, la justicia, la fraternidad y el respeto de los derechos. Convocamos a toda la sociedad peruana a no permanecer indiferente ante la violencia que afecta a los pueblos amazónicos.

Que María, Madre de la Amazonía, consuele a quienes lloran y fortalezca a quienes trabajan por una Amazonía viva, libre, sana, justa, fraterna y en paz.
Amazonía Peruana, 28 de agosto de 2026

“La justicia y la paz se abrazarán” (Sal 85,11)


1. Monseñor Miguel Ángel Cadenas Cardo. Obispo del Vicariato Apostólico de Iquitos, identificado con CE N° 000115005
2. Monseñor David Martínez de Aguirre Guinea. Obispo del Vicariato Apostólico de Puerto  Maldonado, identificado con DNI N°48920147
3. Monseñor Augusto Martín Quijano Rodríguez. Obispo del Vicariato Apostólico de Pucallpa, identificado con DNI N° 07753042
4. Monseñor Jesús María Aristín Seco. Obispo del Vicariato Apostólico de Yurimaguas, identificado con C.E N° 001550654
5. Monseñor Gilberto Alfredo Vizcarra Mori. Arzobispo metropolitano de Trujillo y administrador apostólico del Vicariato de Jaén, identificado con DNI Nº 06539453
6. Monseñor Juan Carlos Morante Buchhammer. Obispo electo del Vicariato Apostólico de Jaén, identificado con DNI N° 09449339
7. P. César Luis Caro Puértolas. Administrador Apostólico del Vicariato Apostólico de San José de Amazonas, identificado con DNI Nº 48995320
8. Monseñor Alejandro Adolfo Wiesse León. Obispo del Vicariato Apostólico de Requena, identificado con DNI Nº 09925754
9. Monseñor Anton Gerardo Zerdín. Obispo del Vicariato Apostólico de San Ramón identificado con C.E N° 000213163
10. Monseñor Pedro Orlando Castro Castro. Obispo coadjutor del Vicariato Apostólico de San Ramón, identificado con DNI Nº 24004593

sábado, 22 de agosto de 2026

DESARMAR LAS PALABRAS, PERO SIN DEJAR DE PRONUNCIARLAS

 
Preparando con esmero el momento, y generando un entorno físico y emocional adecuado para propiciar la caída de las defensas y estimular la escucha atenta y vulnerable. Esto llevamos un tiempo intentando entre los misioneros de nuestro Vicariato. Poder dialogar y decirnos lo que sea necesario, aunque duela.

Y así tratamos de crear un espacio seguro en el encuentro anual de agosto. Días que nacieron como oportunidad de formación juntos, y también por grupos vocacionales; y que con el paso de los años van evolucionando a un ámbito de sinceridad, escucha, lealtad y acompañamiento. Para que la sinodalidad la podamos ir modelando entre todos, con delicadeza y paciencia. 

Días para ejercitar la comprensión, que siento que nos hace mucha falta. Para “mirar y fortalecer nuestra comunidad misionera vicarial”, como titulaba el programa. Y así llegamos, todos con buena disposición a “salvar la proposición del prójimo” en expresión de Ignacio, es decir a aceptar que el otro actúa buscando el bien, aunque no estemos de acuerdo con él; a querer al diferente fundados en lo que compartimos.

La primera tarde la dedicamos únicamente a convivir, charlar, piscina, hamaquear, juegos de mesa, reír, descanso… Ver al otro en bañador o perder al rummikub relaja y nos hace sentirnos hermanos e iguales, más allá de ideas, concepciones de la misión, intereses, afinidades o nacionalidades. Solo seres humanos con diferentes timbres de carcajada, pero misioneros al fin, unidos por un propósito, una vocación y unos valores.

Justamente así arrancamos al día siguiente: enfocando nuestros tesoros. Y de ahí, pasamos a identificar y enfrentarnos con las “banderas rojas” en nuestra dinámica comunitaria: maneras de funcionar, vivir, relacionarnos, organizarnos…, que reconocemos como factores de riesgo para la sinodalidad en misión que anhelamos vivir. Y juntamente, los “corazones”, es decir, emociones y sentimientos que estos dinamismos menos saludables originan. Dispusimos de un largo rato de silencio y trabajo personal, tras el cual cada uno depositó en una canasta sus banderas y corazones escritos de forma anónima.

Durante el descanso de mediodía, los encargados de secretaría transcribieron exhaustivamente las aportaciones de banderas y corazones. Y al comienzo de la tarde, absolutamente todas esas frases, tal cual fueron aportadas, fueron leídas en voz alta. “El poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en nuestra comunicación cotidiana, cuando alguien nos dice algo que cambia nuestro estado de ánimo, ya sea para bien o para mal” (Magnífica Humanitas 214).

Autoritarismo, murmuración, individualismo, clericalismo, aislamiento, opacidad informativa, resistencia al cambio, decisiones mal tomadas, concentración de funciones, poca representatividad de los equipos, política de hechos consumados, sinodalidad disfrazada… Desconfianza, tristeza, enojo, confusión, decepción, desánimo… Reclamaciones sin censura, gritos de dolor, quejas descarnadas. Palabras duras, fuertes, cargadas. Admito que se me cayeron como un huayco y me aplastaron.

Se dio un espacio de micrófono abierto. Se escucharon varias intervenciones muy atinadas, que modularon la palpable tensión. Y después, grupos que, durante media hora, diseñaron propuestas para responder a esas situaciones en clave de cambios estructurales, procedimientos o enfoques. Salieron sugerencias valiosas, ideas posibles y constructivas. Sin dramatismos ni paños calientes; las banderas rojas no nos definen, pero existen.

“Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra”, ha dicho el Papa León*. Aquel día necesité silencio, oración, muchos mensajes de apoyo, consejos y cariños para procesar de forma positiva y no personalizar en mí las banderas rojas. Hay cuestiones que precisan cirugía invasiva, y por tanto hay que aceptar un daño necesario. Era crucial descentrar mi pesar y desconcierto para discernir humildemente a qué me llama Dios ante ese panorama, y cómo puedo mejorar en mi servicio como una parte más de este sistema vivo, complejo y dinámico que es la comunidad de los misioneros del Vicariato.

La jornada se completó con una celebración de gratitud, reconciliación y construcción, con pequeños diálogos personales en carrusel. Al final, las sensaciones expresadas fueron de esperanza, ánimo, fraternidad, agradecimiento, alegría tranquilidad… Cuando desarmamos las palabras y podemos decirlas, logramos escucharnos, entendernos, perdonarnos y cuidarnos mutuamente. Gracias; estoy interpelado, dolorido, orgulloso, y ya he puesto manos a la obra.

* Discurso dirigido a los profesionales de los medios de comunicación el 12 de mayo de 2025.