Esa es la peor secuela de un derrame como el que estamos sufriendo en Yanashi. El crudo desparramado aterradoramente por la selva recrudece el lado tenebroso de las personas, envenena el clima comunitario, entorpece el fluir sereno de la vida. Porque no es más que el residuo visible de la codicia.
Ya desde las primeras reuniones, en medio de aquel desconcierto, nos enteramos de que iba a ser indispensable realizar una valorización económica del daño causado. El IDL nos pasó una publicación donde se explica el método y el resultado de la tasación llevada a cabo en el caso de Cuninico años atrás. Estableciendo unos criterios, se estiman las cantidades que los pobladores deberían percibir del operador como compensación por los perjuicios padecidos: peces que ya no se pescarán, cosechas que no se obtendrán, gastos por cuidados médicos… Un estudio laborioso y complejo que llevará su tiempo.
Pocos días después de mi visita, el comité
de representantes de la población vino a Iquitos y los recibimos en el
Vicariato. Cansados, impresionados, desolados. Llamamos a Defensoría del
Pueblo, vinieron a asesorar con generosidad y competencia (¡gracias, dr. Abel
Chiroque!). Había un denso programa de reuniones en diferentes organismos
públicos; Bea y la doctora Jaqueline, de nuestra Oficina de Defensa de la
Vida y de la Cultura, acompañaron al grupo. Fueron jornadas de trabajo
arduo pero efectivo.
Poco después, por fin, apareció la empresa
responsable, queriendo conversar. Se planteó inmediatamente la cuestión de las
futuras indemnizaciones, y ahí parece que la unidad de la comisión delegada
empezó a resquebrajarse. Según me contaron, de repente se presentaron
personas queriendo formar parte del equipo; resurgieron viejas rencillas por
motivos políticos; hubo cruce de agresiones verbales en las redes sociales,
grabaciones secretas, clima social crispado.
El olor del dinero es el mismo que el del
petróleo siniestrado, y provoca que a algunos les aparezca el signo del dólar
($) en las pupilas, como al tío Gilito, y salga lo peor del ser humano. Ya
no importa la ofensa a la naturaleza o el dolor común, solo cuánta plata se
puede ganar con el incidente. Normalmente los portavoces tenían que pagar
sus pasajes, estadías y diligencias de su propio bolsillo (uno de ellos lo
expresó al borde de las lágrimas), pero ahora alguien veía más bien oportunidad
de negocio.
Incluso algún candidato también se metió, ofreciendo donaciones de agua y alimentos, adalid de la justicia y
salvador de la situación, por supuesto a cambio de votos. Haciendo campaña y
buscando ventajas a costa de la desgracia ajena. El bien común queda mancillado
y tapado por una catarata de crudo sin control. El veneno negro marchita la
bondad, corrompe la gratuidad y emborrona la decencia.
Felizmente, tras feroces discusiones, en
Yanashi lograron definir los componentes de la delegación; regresaron a Iquitos
y, con la mediación de Defensoría y del Vicariato, decidieron quién gestionaría
la parte legal y alcanzaron algunos acuerdos con la empresa. Que tienen
buena pinta, pero que habrá que hacer cumplir a cabalidad. Se prevé un proceso
largo.
A esas alturas, ya se habían visto los
primeros peces muertos, se habían registrado muchas reacciones y el Vicariato
había emitido su pronunciamiento, que se puede leer acá. Pocas fechas
después se reportaron casos severos de posible intoxicación: trastornos
gástricos, problemas en la piel, pacientes con mareos… Es tarde para el agua,
los animales, las plantas, la gente. Pasarán décadas hasta que se supere el
trauma, si es que alguna vez se logra que esos lugares retornen a como eran
antes.
El petróleo infligido contamina el ambiente natural y
humano, porque corroe las relaciones. La avaricia desenfoca los intereses,
ensucia las intenciones y, finalmente, socava la humanidad. Me parece la consecuencia
más repugnante de este suceso aciago. Pero quiero fijarme en cómo también aflora
lo mejor de muchas personas, que están dispuestas a sacrificarse por la salud y
el bienestar de todos. Deseo mirar y reconocer para sentir esperanza.

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