Fue un momento muy emocionante, un día para recordar siempre, un fogonazo de sinodalidad y evangelio, una ocasión feliz, un cariño divino; uno de esos escenarios en los que captas que todo está bien, que así es como deben ser las cosas, que el tiempo coloca a cada uno en su lugar y que Dios tiene un preciso y precioso estilo para escribir las historias personales y familiares.
Se trataba de la ordenación del
primer diácono permanente de la archidiócesis de Mérida-Badajoz. Un
acontecimiento histórico e inédito, sí. Pero era también la
culminación de una vocación de servicio a los más pobres y a la Iglesia vivida
durante muchos años por parte de un hombre entregado, comunicativo,
paciente y fiel como Morke. La presencia de muchos sacerdotes confirmaba el
reconocimiento de su trayectoria y el respaldo a este nuevo tramo del camino.
Cuando a Juan Antonio Morquecho, nuestro Morke,
le propusieron el diaconado permanente, lo acogió como una llamada de la
Iglesia. Sonrió y a la vez tembló, y se dispuso al discernimiento. Iba
consultando con Diosito y a la par con su esposa Lucía y su hijo Juan, ¿o
quizá Dios les hablaba a través de lo que iban dialogando, compartiendo, orando
y descubriendo en familia? No hay duda de que sí.
Porque para que Morke recibiera el orden, no
es que su cónyuge tenía que “consentir” o “estar de acuerdo”, sino que Diosito
deseaba confiar el ministerio a esta familia entera. Es cierto que quien
subiría al altar sería el esposo y padre, pero la misión debía ser asumida por
los tres, Luci y Juan como facilitadores, acompañantes y soportes.
Por eso, el gesto más luminoso y emotivo de la
celebración fue la imposición de los ornamentos diaconales. Lucía y Juan
subieron al altar y revistieron a Morke con delicadeza y unción. Ahí, tras la
imposición de las manos y la oración, quedó consumada la consagración de esta
familia como servidora, y de este papá y marido como diácono de la Iglesia.
A esas alturas ya había yo llorado un par de
veces -además lo veía todo en primera fila porque me pusieron como uno de los dos
concelebrantes principales-, pero ahí me desbordé. Sentí una dulce combinación
de orgullo, agradecimiento, regocijo y serenidad. Porque este único, inédito,
pionero, etc. … es mi amigo.
Viajé con la memoria 21 años atrás, cuando en
mi primer pueblo, Valencia del Ventoso, solicitamos el apoyo del equipo de
animación comunitaria de Cáritas Diocesana para orientar el trabajo de un
grupo de cáritas parroquial que llevaba tiempo inactivo. Y así, una tarde de
octubre, apareció Morke en mi vida. Él con 34 años, juventud y ya algo de
experiencia en el mundo de la caridad organizada; yo con 35, juventud y
totalmente novato en lo que significaba ser párroco.
Fueron meses de reuniones mensuales, que
continuaron después en los años de los Valles. Nos hicimos amigos. El asesoramiento
de Morke fue excelente; todos, presbítero y laicos, aprendíamos cómo impulsar
la solidaridad y atender a los más vulnerables. Él maneja una pedagogía que
llega, y una dedicación que convence. A veces le tocaba regresar a casa a las 10
de la noche en invierno. Luci lleva años haciéndose experta en sostener,
alentar y aconsejar; ella, con su generosidad activa, hizo posible aquella donación
y ahora abre este nuevo horizonte.
“Morke va a ser capaz de comprender muchos
problemas de las familias mejor que los curas”, me dijo
alguien muy sensato y con recorrido parroquial. Y, sí. Esta imagen está
cargada de ternura y de profecía. Sé que rompe algunas cabezas
clericalistas recalcitrantes, que hasta pretenden enmendarle la plana al
Espíritu Santo y a la Iglesia haciendo campaña contra el diaconado de hombres
casados, como si supusiera un desmedro para el presbiterado. Pero es en vano:
la acción de Dios es pacíficamente imparable.
Felicitación a Mérida-Badajoz, mi querida
diócesis madre. Enhorabuena Morke, Luci y Juan. Van a ser una espléndida
familia diaconal. Gracias por su testimonio limpio, sencillo y dichoso. Fue
un privilegio compartir con ustedes su día, y tan de cerca. Los quiero mucho.
Cuenten con mi amistad y mi oración.
