Fecha de sentimientos encontrados: nudo en la
boca del estómago por la angustia de que se acaban las vacaciones y hay
que ponerse a estudiar; y a la vez emoción por ver a los amigos, saber los
profesores que vamos a tener y por fin, qué vacaciones tan largas, ya era
hora de volver al cole. Todos hemos pasado por eso, y fue un gusto compartirlo y
re-cordarlo el otro día en Indiana.
Los alumnos estaban ya perfectamente ubicados
por grados cuando llegamos al coliseo. Se podían distinguir los primerinos
por el tamaño y las caras de principiantes, y de ahí hasta quinto, la
promoción, los veteranos casi con un pie fuera, seguros y orgullosos, encarando
su último año de secundaria. Un mar de uniformes blancos y grises.
Los componentes de la mesa de autoridades,
ordenada también con exactitud conforme a protocolo, fuimos presentados, antes
que nada. Un momento de oración muy bien preparado y dirigido por los maestros
de religión dio inicio al acto. Y en seguida, como mandan los cánones, el
infaltable homenaje a los símbolos patrios: la bandera y el himno nacional,
que todos entonamos rellenando la melodía electrónica de fondo. “Somos
libres, seámoslo siempre”.
Los animadores, que eran la profesora Debra y
el profesor Jorge, muy hábiles en la conducción del evento, dieron paso a las
palabras de saludo. Tras la directora de la institución, era el turno del
Administrador Apostólico, que me pregunto si alguien sabe qué cosa es eso. Pero
ahí salí, y tras cumplimentar, invité a todos a imaginar que estábamos ya en
el último día de clase, no el primero, y preguntarse: “¿Cómo me gustaría que
hubiese sido este año escolar? ¿Cómo querría haber trabajado?”. Pues eso
mismo, proponérselo en esta jornada de comienzos.
Recurso, por otra parte, inspirado en los
números 186 o 340 de los Ejercicios Espirituales. Este colegio es uno de los
cuatro que el Vicariato tiene en convenio con el Estado; son centros
públicos de régimen gratuito confiados a la Iglesia, que es encargada de la
administración y el desarrollo del proceso educativo. Por eso habíamos respondido
a la convocatoria la directora de la ODEC (Oficina Diocesana de Educación
Católica) y yo, además de la hna. Mª José, misionera delegada por el Vicariato
para el acompañamiento de esta institución educativa.
Los potos empezaron a removerse en las
gradas ante la longitud de algún discurso. Hubo alguna reconvención y llamada a
“comportarse”, hasta que comenzó propiamente el programa deseado por la
chavalería. Se fue presentando uno por uno a todos los profesores, entre
bromas, aplausos y más o menos vítores según el caso. Se evidenciaron suspiros
de alivio al ver al profe favorito de regreso, y también algún silencio espeso
señal de “este año este-a otra vez acá, oh no”.
Y es que la mayoría de los docentes son
contratados por un año, al final del cual son evaluados y se determina si
volver a contar con ellos o no; una especie de “interinos”. Los que tienen
plaza fija, o sea los “nombrados”, son bastante pocos. Ese trasiego supone un
acicate para los temporales, que quieren trabajar bien para ganarse el puesto,
pero a la vez genera inestabilidad y dificulta la continuidad en los colegios.
La temperatura física y emocional iba
subiendo. Por supuesto que a los visitantes nos habían ofrecido una botella de
agua bien heladita, y la estábamos tomando cuando se inició el desvelamiento de
lo más esperado: quiénes serán los tutores de cada salón. Me hicieron reír
los aullidos, aplausos y gritos cuando concordaban las preferencias de los
escolares con los maestros que eran apelados a salir al frente. Siempre
hubo popularidades y predilecciones.
Al final, el habitual fotocall del que
dejo constancia (bien que se habían currado el fondo). Un rato muy divertido
y un retorno fugaz a tiempos adolescentes, cuando la vida era casi intacta, más
leve y acaso más colorida que ahora. Fui muy afortunado con mi colegio, mis
compañeros y mis profesores. Ahí estuvo parte de mi ADN, en aquellos patios se
fraguó el germen de lo que hoy se sigue desplegando. Me siento agradecido a
Indiana y a mi cole.


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