miércoles, 2 de octubre de 2019

ATRAPASUEÑOS


Nada más llegar a Islandia y entrar en la sala de casa mi cabeza se topa con un colgante de artesanía, una especie de adorno móvil de esos que hace doña Elsa y que han colocado demasiado bajo. Ahora me entero que se llama “atrapasueños”, y no pregunté más porque estaba literalmente que me caía redondo –cosas del cambio horario- y me fui al toque a la cama antes de que esa cosa me jalara ni una cabezadita.

Pero me quedé con la copla (cómo no, si lo veo a cada momento), de manera que pregunté por el significado y por si acaso lo busqué en wiki. Resulta que según la creencia popular, su función consiste en filtrar los sueños de las personas, dejando pasar solo los sueños y visiones positivas; los sueños que no recuerdas son los que bajan lentamente por las plumas. Las pesadillas se quedan atrapadas en las cuentas que están en la red y a la mañana siguiente se queman con la luz del día para que no se cumplan.

Qué bueno. Es una protección contra las malas intenciones de la oscuridad pues. Me viene al pelo después de unos meses algo atropellados, idas y venidas, vacaciones un tanto peculiares y reposo de otra especie. Tal vez así mi sueño se libere de angustia y pesar, y solo conquisten mi descanso las esperanzas y los presagios luminosos.

Observando desde la distancia me sorprendo al constatar cómo, cuando se da una amenaza cierta sobre los tuyos, todo se reordena con total fluidez y naturalidad. Inmediatamente las celebraciones previstas quedan obviadas, el ocio aplazado y los planes puestos entre paréntesis. Esta vez he estado muy poco con mis sobrinos, no hubo lugar para despedidas ni tiempo para ponerse sentimentales cuando estaba “la torre encima”.

No pude ver a muchas personas, pero no por estrechez o prisas, sino porque ni me lo planteé. Despedí a dos amigas muy queridas, ambas jóvenes, y eso logró enturbiar más unos días de por sí tensos. La fiesta de la Virgen del Valle de Valencia se me fue tornando insoportable a medida que transcurrían las horas, todo me molestaba y de hecho me marché rápido. Incluso llegué hasta a enfadarme con mis amigos Paco y Loren por una tontería que solamente evidenció mi desazón. Sé que ya me han disculpado.

Y al llegar ni un respiro, al día siguiente catapum, reunión al canto, de frente a la tarea con mil cuestiones pendientes y candentes. El keke y los regalos han sido tan rápidos que parecieron intermitentes. No he notado ni jet-lag (ni me ha dado tiempo a pensar en ello), ¿habrá habido viaje realmente? Ternura en acción sí hubo mucha, y preciosa; quizás eso me ha recargado.

Por suerte estaba mi gata maullándome (“¿dónde te has metido todo este tiempo”?) y mis sueños esperándome. Porque, ¿qué pasa con los sueños que sí recuerdo? ¿Y los sueños que tengo despierto, con los que bailo a diario y me mantienen vivo? Esos atraviesan el atrapasueños y se quedan dentro de nosotros, atesorándose como arsenal de proyectos y motor incansable que nutre pies y corazón. ¿Lo notas?

Ojalá descienda a mi sueño únicamente lo que me haga sonreír, dormido o caminando por los puentes. Y que esa sonrisa sea tan clara como la de las niñas ticunas de Yahuma. Una alegría sencilla que presienta vida y salud y cristalice en gesto persistente.

1 comentario:

Luisa Gil dijo...

Sí, la sonrisa! Es una buena medicina, aunque se esté cansado, triste o agobiado, hay que procurar mover los músculos en esa dirección, aunque no sintamos ganas de sonreir, ella nos hará sentirla!!