domingo, 2 de julio de 2017
DE BRUCES CONTRA EL YAVARÍ
Era sábado por la tarde. Estaba terminando nuestro primer recorrido por el Yavarí, y yo nadaba tranquilamente entre los lánguidos rayos del sol adornando con un resplandor bruñido las copas de los árboles de la selva, en una comunidad llamada Santa Rita. Entonces lo vi: un bufeo gris plateado, uno de esos misteriosos delfines de la Amazonía, saltaba sobre el agua a pocos metros de mí. Sonreí pensando en cómo fueron los días atrás, que estuvieron llenos de momentos mucho menos poéticos… Un descubrimiento de nuestro río tal vez demasiado real.
No sabía muy bien por dónde empezar y tampoco sé por dónde seguir. Una experiencia para la que no encuentro calificativos: ¿tremenda? ¿dura? ¿intensa? ¿asombrosa? ¿agotadora? No lo sé. Tal vez habría que llamarla “yavarisiense” inventando una nueva palabra que pudiera reunir todas estas características. Nueve días de gira por el Yavarí significan muchas horas de lentitud en bote con un motor peque-peque de 13 CV, significan adentrarse en un mundo extraño y desconocido no comparable a nada antes visto, significan masticar la pobreza, un batiburrillo de religiones, la lucha sin piedad por la supervivencia, las apariciones habituales de la crueldad y la desconfianza fronterizas, las gotas de humanidad y ternura que permiten la vida y por supuesto el predominio de la miseria con sus habituales secuelas y fealdades.
El río es de una belleza verdaderamente original y arrebatadora. Se va desplegando en vueltas gigantes que, todavía en este mes cuando ya ha comenzado la vaciante severa, los motoristas salvan entrando en los furos, que son pasillos o atajos de agua que simplifican y acortan esos enormes giros. Pasar por los furos es un espectáculo para los sentidos. El cauce se estrecha; a pocos metros se ven los árboles, que llevan meses medio sumergidos (las marcas y los cambios de color lo atestiguan) y ahora se alzan con orgullo, clavados en el agua, deseosos de mostrar el nacimiento de sus raíces y a la vez pacientes, sabiéndose vencedores y al mismo tiempo respetuosos con el ciclo de la naturaleza. En estos caños la vegetación es tan frondosa junto a la línea de agua, que al surcar con reverencia y cuidado, el cielo parece acabarse engullido por las murallas de hojas y bejucos. La tierra se prepara a reaparecer después de medio año, limpia y dura, pero lo que más estremece es el silencio. Impresionante silencio que nace de las entrañas de la selva y lo impregna todo. El silencio de los peces que escoltan el bote y del mirar atento del martín. Una maravilla.
Este viaje por el Yavarí fue un salir sin saber adónde íbamos, como Abraham (en Heb 11, 8), a descubrir tierras, paisajes y gentes. A tomar contacto con las comunidades de nuestro territorio misionero, para conocer un poco la realidad y empezar a imaginar qué podríamos hacer. Y la realidad supera siempre a la ficción, a las conjeturas y a los informes someros: esta misión es más difícil y dura de lo que habíamos supuesto, acá tendremos que remar fuerte y hábilmente si queremos lograr algo. En ningún pueblo hemos encontrado un grupo de cristianos que se reúnan al menos para rezar los domingos. Ninguna persona que medianamente haya hecho de animador-a en la fe de esta gente. Apenas en el Yavarí hay católicos, esa es la verdad. Así que hay que empezar. La cuestión es cómo.
En la mayoría de los sitios no nos reciben precisamente con pancartas. En primer lugar porque a pesar de los intentos de llamar o de avisar con notas escritas, solo en dos o tres comunidades están enterados de nuestra llegada. Y además porque a veces dominan otras religiones y nos miran con recelo. En San Sebastián, los crucistas salieron de su iglesia y se vinieron toditos a ver quiénes éramos, con velas (eran las 7 de la noche). Cuando nos presentamos, nos dijeron que ellos también son católicos, y su pastor se atrevió a poner en duda que soy sacerdote a causa de mi atuendo; además dijo que los apóstoles eran todos varones, y cómo siendo misionero yo iba con dos mujeres. Le contesté que los evangelios dicen que en el grupo de Jesús iban mujeres, y si él no tenía miedo, yo tampoco lo tengo. Por puro instinto tienes que aprender a interaccionar con gente así, con hábitos blancos, las mujeres con tocas y mentalmente en el siglo XIX; no les podía decir que no son católicos porque se podía liar la gorda, pero sí invité a los cristianos que no forman parte de su congregación a organizarse, y les ofrecí nuestro acompañamiento. Estas cosas no nos las enseñaron en Teología, debes improvisar…
Otras veces son los israelitas la mayoría. En Santa Teresa primera zona alguien arrancó el cartel que convocaba a la reunión, y no hubo reunión. Pero en Pobre Alegre, que estaba de fiesta de aniversario, el señor Elías –israelita- nos acogió muy amablemente, nos invitó a masato, a chicha y a juane, y se mostró en todo momento encantador. Ejemplo de que la cuestión no está en el credo, sino en la calidad de las personas. Hay lugares donde hay mu poca gente (2 de Mayo, Remanso…), pero en general en las comunidades registradas como indígenas hemos encontrado más facilidad porque estas religiones tan significadas (israelitas y crucistas) están menos presentes. En Santa Teresa segunda zona fue muy bonito estar entre los yawas, que te llaman “padre” (y no “señor” o “hermano”), te agradecen cien veces la visita, te ofrecen un sabroso tucunaré asado para el almuerzo, te cuelgan hamacas para que duermas la siesta y hacen azaí para la merienda. Qué sonrisas tan limpias… qué gozo, entre tanta secta uniformada, entre tanta indiferencia y sigiloso desprecio, que te esperen y que te cuiden.
Pocas cosas hay tan hermosas como apreciar la aparición de un bufeo surcando al atardecer. Me hace sentir que bajo la epidermis de la vida hay tesoros preciosos. A menudo la superficie también vale la pena, y se disfruta espontáneamente de lo amable de las cosas cotidianas. Otras veces se requiere aguzar la vista y sintonizar el corazón para vislumbrar dónde se encuentran los reflejos de la fuente. Y es un trabajo arduo, no cabe duda. En el siguiente capítulo hablo de ello.
lunes, 26 de junio de 2017
MISIÓN MÁS QUE PARROQUIA
Solo tardé tres o cuatro días en comprender que la parroquia a la que me han enviado no es una parroquia: es una misión. Y eso, que parece una simpleza, tiene un alcance y unas consecuencias que estoy en proceso de encajar, a dos aguas entre la emoción, la sorpresa y el quien-me-mandaría-a-mí-meterme-en-berenjenales-con-lo-bien-que-yo-estaba-donde-estaba. Así, todo junto, porque es un pensamiento o un sentimiento que cada día se me cae encima como un ladrillazo.
Cuando
llegas a una parroquia, te encuentras con algo ya hecho, con una
estructura, una historia y una identidad, y tú pues entras a formar parte de una
familia, con sus grupos y sus responsables, y luego vas trabajando con tu
estilo, haciendo algunos cambios, poniendo cosas que no estaban, etc. Aquí prácticamente hay que empezar de cero.
Este puesto de misión tiene poco más de doce años, y de ellos solo siete u ocho (no estoy
seguro) hubo un equipo acá. El resto del tiempo, y antes de que Islandia se
erigiera “canónicamente” fueron los capuchinos de Benjamin Constant los que venían
a apoyar con la misa, los sacramentos y algunos viajes por el Yavarí. Los seis
años anteriores las hermanas mercedarias hicieron lo que pudieron, con valentía
y pocos medios; y el último año y medio aquí estuvo una religiosa solita.
Todo hay
que crearlo. Hay que buscar catequistas porque no hay; convocar a los jóvenes
para armar un grupo porque no hay. Preguntar quiénes estaban en el consejo de
pastoral (llevan más reuniones en dos meses que en toda su vida) e ir a
buscarlos. No hemos podido leer ningún informe, ni evaluaciones de años
pasados, ni balances económicos, porque nada nos han dejado escrito para que
continuemos la tarea. Vamos iniciando
cosas por instinto pastoral o por ensayo-error, encontrando de vez en
cuando, en medio del caos que es la estantería de la sacristía, algo que nos dé
idea de qué se hizo y de cómo fue.
Normalmente los puestos de misión tienen bote y motor, y una
mecánica de salidas, con itinerarios conocidos y establecidos. Nosotros no
tenemos nada de nada. Hemos tenido que pedir presupuesto a un par de motoristas
para que nos alquilen la chalupa. He preguntado por algunas personas que me
habían dicho que conocen bien el Yavarí y les he hecho verdaderas entrevistas
sobre comunidades, distancias, galones de gasolina necesarios, tiempos,
dificultades… Como no hay señal, he enviado notas (esperemos que lleguen) a
autoridades y supuestos católicos de esos pueblos que de momento solo son
nombres en el mapa, y que nunca he visto, apenas he escuchado la voz de alguno
cuando he logrado contactar por teléfono Gilat. Y así, a tientas, he programado el primer recorrido por nuestro río, como Dios
me ha dado a entender y con la sensación de diseñar una aventura por etapas
rumbo a lo desconocido. Me lo he pasado requetebién como tour-operador de
viajes misioneros, pero al regreso cuento qué tal fue.
Y luego está el tema económico. La misión es muy cara. En la parroquia tú agarras el carro, llenas
el depósito y chau; aquí hay que buscar el barco y el chofer, comprar la
gasolina y llevarla contigo rezando para que no te asalten por ahí. En Mendoza preparas la mochila sabiendo que los agentes
de pastoral asegurarán alojamiento y comida; acá hay que llevar alimentos para varios
días, medicamentos, hamaca para dormir en cualquier sitio y mosquitero de
obligado cumplimiento. Y a la vuelta, en lugar de ingresar plata por misas,
colaboraciones de las comunidades y sacramentos, acá echaremos cuentas de por cuánto
nos ha salido este recorrido de 10 días, y estará en torno a los 1500 soles,
más de 400 Euros… La parroquia te mantiene; la misión te cuesta, y solo la
puedes realizar si te ayudan desde fuera.
Vamos a lugares donde sabemos que hace bastantes años que no llega
nadie, y a pesar de los esfuerzos por avisar, no sabemos qué nos vamos a
encontrar. Llegar a los más alejados es
una prioridad que da forma al conjunto de nuestro trabajo misionero, y eso es
algo que colma las aspiraciones de mi vocación y que además me encanta.
Como estoy en una misión y no en una parroquia, hay muchas cosas que ya no me
atan porque no existen (misas de difuntos, fiestas patronales…) o porque caen
ante la necesidad de salir, deber sagrado que caracteriza al misionero, moldea
su personalidad y configura su espiritualidad.
Así que tranquilamente la misa del domingo pasa a ser celebración
de la Palabra, y la reunión de tal día se hace sin ti, y no pasa un pelo. Los
de Islandia ponen cara de vaca cuando
les hablo de esto, porque tal vez pensaron que “por fin tenemos un cura aquí para nosotros”, pero creo que lo van
entendiendo. De momento, dos expediciones en poco más de mes y medio. Estar en
una misión puede ser cansado, aunque muy variado (cada día es diferente) y para
mí es apasionante. Me encanta ser
párroco, pero creo que más todavía me gusta ser misionero, y ahorita me
llamo así sin titubeos ni fisuras, pero con rebozo y humildad.
sábado, 17 de junio de 2017
CHAPO PARA DESAYUNAR
A la mañana siguiente Armando aparece con otro bote, que resulta que es primo del anterior: con vías de agua y tendencia a voltearse en cuanto te mueves un poco. Vamos hacia San Francisco de Yahuma, otra comunidad nativa ticuna donde no hemos podido avisar de ningún modo (a ver cómo nos las aparejamos). Llegamos al puerto, donde hay unos niños en una pequeña canoa amarrada en un palo horizontal, nos acercamos y ¡craaaaac! Chocamos y rompemos el poste… buena manera de presentarse. Nuestro chofer parece tan novato como nosotros, y eso no anima mucho, la verdad.
Después de habernos cargado el puerto, es natural que los de la casa a la que nos acercamos, ahí al ladito, nos miren muy serios y nos reciban fríamente. Descalzos pasamos y Luis (que es casualmente el agente municipal) empieza a hacernos preguntas: “¿quiénes son ustedes? ¿qué quieren?”. A medida que se desarrolla la conversación nos enteramos de que en esta comunidad sufrieron hace algunos meses el secuestro de una chica; se la llevaron unos visitantes que decían ser pastores y enseñar la Palabra de Dios. Y entonces nos explicamos el recelo y las precauciones iniciales, pero ya estamos viendo que Luis y su esposa están más relajados. Ella parece comprender mejor el español y cada vez él la consulta con la mirada (está visto que las mujeres mandan en todas las culturas).
Todavía daremos una vuelta por el pueblo pisando el barro (recién está mermando el río) para visitar al teniente y al apu. Nos dicen que no son de ninguna religión pero que si queremos venir a verlos seremos bienvenidos. Les explicamos que no hablaremos de nada religioso si ellos no quieren, pero que tal vez podemos reunirnos con la comunidad para tratar otras cuestiones, como por ejemplo el problema de la trata de personas que ellos han sufrido tan de cerca. Felizmente en el paseo vemos a la chica raptada, que fue capaz de escapar y regresó con su esposo y su bebé.
Contentos ponemos rumbo a Puerto Alegría, un lugar grande, mestizo, más acostumbrado a las visitas misioneras y donde hemos avisado la noche anterior a su animador Omar. Albergamos esperanzas de que la cosa sea más sencilla, pero nos llevamos un chasco: nadie sabe nada de nuestra llegada y Omar está en Tabatinga. Pedimos por favor que nos permitan guardar las mochilas en una casa, que resulta ser la de María, la hermana de Omar (ni ella estaba enterada). Son las 2 y salimos a buscar algo de almuerzo bajo un sol sofocante. De camino vemos llegar a Omar en un bote; baja y al toque nos acompaña adonde venden comida pero no hace el más mínimo ademán de invitarnos.
Almorzamos pagando unos 40 soles y regresamos donde están nuestras cosas; pasamos a la casa a conversar con Omar… pero no nos ofrecen ni un vaso de agua. Luego me voy a bañar al río, con lodo hasta las pantorrillas. No hay reunión, ni celebración. La capilla está en ruinas. Nos ubican para pasar la noche en una casa a medio construir, al aire libre, diciéndonos que en la familia vecina podemos ir al baño y pedir agua… Hay luz de 6 a 9 de la noche, y mientras se apaga conversamos comentando que no estamos contentos de cómo nos han acogido, no son capaces de darnos nada y ni siquiera nos alojan en casas de verdad. Es una gran desproporción: venimos con esfuerzo, batallando, gastando… y mientras que a los animadores se les pagan los viajes para que vayan a los encuentros, aquí no hay dónde cambiarse de ropa y no nos brindan ni los alimentos de un día. Y sin cenar nos metemos en las hamacas.
Sí hubo desayuno porque mis compañeras charlaron un rato con Omar y el resultado fue que su esposa preparó un chapo de plátano maduro que nosotros completamos con pan para todos. Y así continuamos la bajada por el Amazonas hasta entrar en una quebrada donde se sitúa Gamboa. Aquí las casas están separadas y hay que moverse por el pueblo en bote, a pesar de la vaciante del río, ¡qué sitio! Tampoco conocemos a nadie, así que esta vez procuramos no romper nada y entramos en casa de José y Beatriz, que nos cuentan cosas de la comunidad. No logramos dar con las autoridades pero sí encontramos un albergue turístico que tiene un celular colombiano que agarra señal y se carga con un panel solar, así que les pedimos el número por si en la próxima visita podemos avisar.
Así emprendemos el regreso a casa cinco días después, cansados pero bastante satisfechos: hemos conocido de primera mano un grupo de comunidades, apreciando distancias, situaciones, necesidades y problemáticas. Es apenas el primer contacto, emocionante con los ticunas y algo más árido en otros lados, pero siempre fascinante. La tarea se vislumbra gigantesca. Por cierto, a la otra semana Omar vino a Islandia con su hija; ni que decir tiene que les invitamos a aperitivo, almuerzo, café, copa y puro, y les ofrecimos posada con luz, agua, baño y manzanitos para matar el gusanillo. Quizás así el personal irá captando.
viernes, 9 de junio de 2017
NOVATOS POR EL AMAZONAS: CON LOS TICUNAS
Mis compañeras estaban esperando a que yo apareciera para
iniciar las aventuras por estos mundos nuestros, así que casi no me dio tiempo
a colocar mis cosas: cuatro días después
de llegar a Islandia, pum, recorrido por el Bajo Amazonas, la última parte
peruana del gran río que forma una enorme curva justo antes de hacerse
brasilero y recibir las aguas del Yavarí. Ha sido el primer recorrido que
hacemos como equipo y ha ido bien, pero claro, hemos pagado la novatada como es
natural.
Hemos ido cuatro: Zélia, Fatima, Eunice y yo. El primer día
lo pasamos varados en Santa Rosa porque el aviso que enviamos por el teléfono
satelital no llegó a su destino; de hecho, este es el primer escollo que
sufrimos: la dificultad para comunicarnos y avisar de nuestra llegada. En estos
lugares no hay señal, ni energía, ni casi nada. Así que tuvimos que esperar varias
horas a que Roberto y su hijo Armando nos recogieran en Tabatinga para
llevarnos en el bote de su cuñado a Yahuma
Primera Zona, su comunidad indígena ticuna. Llegamos casi de noche y nos
recibieron nubes de mosquitos que nos machacaron dejándome los tobillos
como un colador.
Casi de inmediato dimos un paseo por el pueblo para invitar
a la gente a la reunión del día siguiente. Los zancudos han sido sustituidos
por una nube de niños de varias edades que nos acompañan divertidos por la
novedad de estos extranjeros. Me doy cuenta de que no hablan español y entre
bromas y gestos vamos entrando en las casas saludando y conversando un momento.
A la luz de las velas visumbro la
pobreza de estas gentes; apenas veo hamacas y algún mosquitero donde hay
bebés, pero nada de camas, ni sillas, ni otros muebles. Nada. Enseguida aprendo
la primera palabra ticuna: moenxi
(gracias).
Roberto nos acoge en su casa, y para ello nos dejan libre la
planta baja y todos van arriba a dormir. Colgamos las hamacas y nos preparamos
para defendernos de los mosquitos nocturnos. Hace calor, estoy pegajoso de todo
el día y sigo sudando, es la primera vez que paso la noche en una hamaca, el
mosquitero me asfixia… pero me quedo como un tronco. Nos levantamos como ellos,
al amanecer. Voy a la cocha a bañarme en gayumbos,
con el lodo hasta las pantorrillas. Sachi y Esmeralda, que tendrán 4 o 5 años,
me observan y se ríen mientras se cepillan los dientes con el agua del río.
Luego busco un árbol para escarrancharme
y abonar la selva, porque los ticunas no usan baño. Las finuras y los escrúpulos se te tienen que quitar al toque, si no
acá estás perdido. Pasa un rato, no hay ni rastro de desayuno y más bien
comienza a llegar el personal para la reunión.
Almorzamos por fin y de ahí pasamos a Yahuma Segunda Zona, a
una media hora de navegación bajo un sol
sofocante, en un bote de nuevo sin techo, con grietas y agujeros (hay que estar
constantemente achicando agua) y además bastante loco, es decir, que se trocolea un montón por ser demasiado
estrecho. La comunidad es mestiza y ticuna, y su animador y presidente Andrade
nos espera para acogernos. La esposa nos ofrece bananas y refresco de limón, y
así nos tomamos un respiro hasta la hora de la reunión, a media tarde. Acá
acude poquita gente, pero la diferencia es total, el castellano es el idioma…
aunque tampoco habrá comulgantes. Nos invitan a cenar y contentos nos vamos a
la hamaca luchando contra los mosquitos.
Todos nos agradecen nuestra visita y nos piden que
retornemos pronto. Duermo pensando que está
bien venir, pero lo precioso es volver, es lo que arranca sonrisas y crea lazos.
De madrugada me despierto, voy a hacer pichí
y al regreso… me caigo de la hamaca, ¡catacroc! Menos guasa y más aventuras en
la siguiente entrada.
sábado, 3 de junio de 2017
YO VIVO EN UNA ISLA
Está en medio del río Yavarí, frontera nororiental del Perú
con Brasil, y es un pueblo construido sobre palos y columnas de cemento, que
pasa medio año sobre el agua y el otro medio sobre barro y tierra seca. Es para mí un mundo a la vez extraño y
pintoresco, duro y asombroso, que no se parece a nada conocido, así que estoy
tratando de acostumbrarme.
Es una isla muy creyente: hay como siete u ocho iglesias o
sectas o religiones, de entre las cuales la católica es una más, y no creo que
la más numerosa. Mi calle es la
“calle comercial”, así que está llena de casas de israelitas, que son los que
controlan el comercio en todo este Amazonas fronterizo a partir de San Pablo.
Son una mezcla de asociación, partido político y grupo religioso que merece una
entrada aparte (por lo menos). Los
viernes por la noche empieza el Sabbat, así que el 90% de las tiendas de mi
isla cierran y la iglesia de color azul que está al costado de mi cuarto
empieza a funcionar con una sucesión casi ininterrumpida de cantos, oraciones, inciensos
y sermones que terminan al día siguiente a la caída de la tarde. El ruido en
general es excesivo por todas partes. ¿Cómo serán los evangélicos,
pentecostales, movimiento misionero mundial y el resto de la tropa…? Mejor no
saberlo.
Si paseas por el mercado de mi isla, junto al muelle, escucharás acentos brasileros y tonos
colombianos, y verás circular varias monedas. Hay hombres que llegan con
hatos de pescado recién cogido, y mujeres con piñas de plátanos y alguna que
otra papaya. La sirena de la lancha que está casi a diario atracada silba
abriéndose paso entre los estruendos de la afanosa carga y descarga, y siempre
puede leerse un cartel donde aparece el horario de salida: “Gran Diego” o
“María Fernanda” - “Iquitos 10 am”. Mi isla es un lugar de trasiego, de paso y
de tráficos de todo tipo, unos más presentables que otros. Hay varias balsas
que son grifos donde los botes
repostan, casas que flotan en pleno río sobre gigantescos troncos.
Yo llegué el jueves 18 de mayo, y ese domingo 21 las autoridades me invitaron a hacer el
izamiento del pabellón nacional para darme la bienvenida. Después de misa
(es a las 8 de la mañana) nos dirigimos hacia la canchita donde semanalmente se celebra la ceremonia para honrar a
los símbolos patrios. De pie nos sancochábamos al sol mientras el policía pedía
permiso al subprefecto para comenzar el evento.
Luego desde el parlante me invitaron a acercarme al mástil para alzar la
bandera blanca y roja mientras sonaba la marcha militar. Yo quería irme a mi
sitio, pero el policía me decía bajito: “ahí
nomá”. Cuando me indicaron, volví donde las personalidades y desde allí entonamos el sagrado himno, y descubrí que ya me lo sé. Luego hubo un par de mini-discursos,
incluido el mío. Es una isla peruana y por tanto acogedora con los que llegamos
nuevos.
Pero no todo en mi isla es bonito. Muchos días no hay luz,
ni funciona la señal del celular, ni hay internet (de hecho, no sé cómo haré
para publicar esto), ni agua potable. No recuerdo que en mi depa el termómetro que me regaló mi mamá
haya bajado de 28 grados, y conmigo viven unas arañas tamaño XXL, de vez en
cuando nos vemos y cada uno sale corriendo por su lado. No parece fácil vivir
aquí ni trabajar como misionero. Pero es
acá donde hoy he cumplido 47 años. No es perfecto, pero sé que es lo que Diosito quiere y me siento
en paz.
Gracias por todas las felicitaciones; me siento abrumado e
incapaz de contestarlas todas. Y si mis amigos del cole buscan AK-47 en wiki
encontrarán esto; a mí me ha hecho reír:
El fusil AK-47 es
famoso por su gran fiabilidad, ya que soporta
condiciones ambientales muy desfavorables sin ningún inconveniente. Se ha
probado que el arma sigue disparando a pesar de ser lanzada al barro, sumergida en agua y atropellada por una
camioneta. Ejemplares viejos con decenas
de años de servicio activo no presentan ningún problema;
es un arma muy segura y permite alcanzar un blanco a 285 metros de distancia,
según el fabricante, ya que fue diseñada según las experiencias de la Segunda
Guerra Mundial, y se entendía que todos los combates se producían a menos de
esa distancia.
Existen informes de
la Guerra de Vietnam donde soldados estadounidenses abandonaban
sus fusiles M16 por el norvietnamita AK-47, debido al constante
encasquillamiento de sus fusiles y al hecho de que esta arma era más corta y fácil de operar en la selva.
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