Preparando con esmero el momento, y generando un entorno físico y emocional adecuado para propiciar la caída de las defensas y estimular la escucha atenta y vulnerable. Esto llevamos un tiempo intentando entre los misioneros de nuestro Vicariato. Poder dialogar y decirnos lo que sea necesario, aunque duela.
Y así tratamos de crear un espacio seguro en
el encuentro anual de agosto. Días que nacieron como oportunidad de formación juntos,
y también por grupos vocacionales; y que con el paso de los años van
evolucionando a un ámbito de sinceridad, escucha, lealtad y acompañamiento.
Para que la sinodalidad la podamos ir modelando entre todos, con delicadeza y
paciencia.
Días para ejercitar la comprensión, que siento
que nos hace mucha falta. Para “mirar y fortalecer nuestra comunidad misionera
vicarial”, como titulaba el programa. Y así llegamos, todos con buena
disposición a “salvar la proposición del prójimo” en expresión de Ignacio, es
decir a aceptar que el otro actúa buscando el bien, aunque no estemos de
acuerdo con él; a querer al diferente fundados en lo que compartimos.
La primera tarde la dedicamos únicamente a convivir,
charlar, piscina, hamaquear, juegos de mesa, reír, descanso… Ver al otro en
bañador o perder al rummikub relaja y nos hace sentirnos hermanos e iguales,
más allá de ideas, concepciones de la misión, intereses, afinidades o
nacionalidades. Solo seres humanos con diferentes timbres de carcajada,
pero misioneros al fin, unidos por un propósito, una vocación y unos valores.
Justamente así arrancamos al día siguiente: enfocando
nuestros tesoros. Y de ahí, pasamos a identificar y enfrentarnos con las “banderas
rojas” en nuestra dinámica comunitaria: maneras de funcionar, vivir,
relacionarnos, organizarnos…, que reconocemos como factores de riesgo para la sinodalidad
en misión que anhelamos vivir. Y juntamente, los “corazones”, es decir, emociones
y sentimientos que estos dinamismos menos saludables originan. Dispusimos de un
largo rato de silencio y trabajo personal, tras el cual cada uno depositó en
una canasta sus banderas y corazones escritos de forma anónima.
Durante el descanso de mediodía, los
encargados de secretaría transcribieron exhaustivamente las aportaciones de
banderas y corazones. Y al comienzo de la tarde, absolutamente todas esas
frases, tal cual fueron aportadas, fueron leídas en voz alta. “El poder
de las palabras es enorme y lo experimentamos en nuestra comunicación
cotidiana, cuando alguien nos dice algo que cambia nuestro estado de ánimo, ya
sea para bien o para mal” (Magnífica Humanitas 214).
Autoritarismo, murmuración, individualismo,
clericalismo, aislamiento, opacidad informativa, resistencia al cambio,
decisiones mal tomadas, concentración de funciones, poca representatividad de
los equipos, política de hechos consumados, sinodalidad disfrazada…
Desconfianza, tristeza, enojo, confusión, decepción, desánimo… Reclamaciones
sin censura, gritos de dolor, quejas descarnadas. Palabras duras, fuertes,
cargadas. Admito que se me cayeron como un huayco y me aplastaron.
Se dio un espacio de micrófono abierto. Se
escucharon varias intervenciones muy atinadas, que modularon la palpable
tensión. Y después, grupos que, durante media hora, diseñaron propuestas
para responder a esas situaciones en clave de cambios estructurales,
procedimientos o enfoques. Salieron sugerencias valiosas, ideas posibles y
constructivas. Sin dramatismos ni paños calientes; las banderas rojas no nos
definen, pero existen.
“Desarmemos las palabras y contribuiremos a
desarmar la tierra”, ha dicho el Papa León*. Aquel día
necesité silencio, oración, muchos mensajes de apoyo, consejos y cariños para
procesar de forma positiva y no personalizar en mí las banderas rojas. Hay
cuestiones que precisan cirugía invasiva, y por tanto hay que aceptar un daño
necesario. Era crucial descentrar mi pesar y desconcierto para discernir humildemente
a qué me llama Dios ante ese panorama, y cómo puedo mejorar en mi servicio como
una parte más de este sistema vivo, complejo y dinámico que es la comunidad de
los misioneros del Vicariato.
La jornada se completó con una celebración de gratitud,
reconciliación y construcción, con pequeños diálogos personales en carrusel. Al
final, las sensaciones expresadas fueron de esperanza, ánimo, fraternidad,
agradecimiento, alegría tranquilidad… Cuando desarmamos las palabras y
podemos decirlas, logramos escucharnos, entendernos, perdonarnos y cuidarnos mutuamente.
Gracias; estoy interpelado, dolorido, orgulloso, y ya he puesto manos a la
obra.
* Discurso dirigido a los profesionales de los medios de comunicación el 12 de mayo de 2025.

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