Me pidieron visitar a un enfermo en el
hospital, el del seguro, acá cerquita de la casa. Salí batallando con el calor
infernal de las tres de la tarde en Iquitos. Me esperaba la familia amiga que
me había llamado, pero no sospechaba que me iba a encontrar con un tesoro de
belleza inmensurable.
Caminar por ese centro sanitario medio
laberíntico, construido a pedazos en medio de la selva, flanqueado por el feroz
asfalto y por las plataneras verdes, es encajar los estragos de la pobreza
de este país: paredes sucias, aparatos de refrigeración desportillados, personas
tumbadas en los pasillos, desorden, el olor inequívoco de la muerte. Así me
guiaron hasta el paciente, con el corazón un poco amedrentado. Pasamos conversando
un buen rato, voluntarioso yo en la faena de arrancarle alguna risa que le ayudase
a soportar su malestar.
Me despedí y me dirigía desandando mis pasos
hacia la salida, cuando alguien reclamó mi atención: “¿Es usted
padrecito?”. La señora me contó que su hermana se encontraba en la fase
terminal de un cáncer que padece hace nueve años. “Está acasito mismo,
¿podría usted verla, por favor?”. Justo al comienzo del pabellón, en una
estancia algo más privada, recibí la primera impresión de Rosa, yacente e
inmóvil.
Su piel cetrina, sus rasgos afilados, las
protecciones contra las escaras, la boca reseca y los viales para administrar
morfina anunciaban la cercanía del final. Estaba profundamente dormida.
Recé una oración, más que nada por los familiares. Otra de sus hermanas quería
conversar, muy nerviosa, lloraba, me metió en la mano veinte soles para la
Iglesia y me pidió por favor que regresara.
Los dos días siguientes los pasé con Rosa. No
sabría explicarlo muy bien. Pensaba en ella, ¿seguiría viva? No la
conocía, ni siquiera había escuchado su voz, solo la había visto en ese estado exangüe;
pero por algún motivo se me había metido dentro, la hallaba a cada paso,
en la oficina, durante esos pedazos de madrugada insomne. ¿Sentiría dolor? ¿O habría
ingresado tal vez en una inconsciencia consoladora?
Así que tres días más tarde, allá estaba yo de
nuevo, a una hora y calorina parecidas. Esta vez me fui directo al grano, o sea
a Rosa, que por cierto es solamente un par de años mayor que yo. Y seguía en el
mismo lugar. Pero ahora tenía los ojos entreabiertos. Me acerqué a ella,
le hablé, le tomé de las manos. “¡Ha venido el padre a verte!” – le
gritaron. “El padre…”- repitió con un hilillo de voz.
“Rosa, ¿quieres que recemos un ratito?”.
Y asintió con un levísimo movimiento del mentón. Yo iba
acompañado por la hermana Lisbeth, hija de San Camilo, así que entre los dos
recitamos las plegarias para darle a Rosita la unción de los enfermos. Casi
toda la familia rodeaba la cama, y noté que la oración fluía suave y balsámica.
“Vamos a rezar el padrenuestro”.
Y mientras se iban desgranando las peticiones, me emocionó que Rosa
articulaba algunas palabras, con retraso y muy bajito, susurrándolas: “padre”…
“cielo”… “nombre”… “Reino” … “perdona”… “amen”… Antes ya había pronunciado
“ten piedad” muy clara pero muy tenuemente, como en una devoción cansada
y a la vez tenaz. Y sin duda muy serena.
- ¿Estás tranquila? – le pregunté cerca de su oído.
- Sí – musitó.
- ¿Tienes miedo?
- No.
Le acaricié su rostro, le besé la frente, y
así fue como Rosa, con quien solo establecí este fugaz vínculo en los últimos
momentos de su vida, me reveló un matiz nuevo y precioso del rostro de Jesús
pequeño y sufriente, y me regaló un nítido aprendizaje de cómo acercarme a
morir con paciencia y fe.
Mañana
voy a volver a EsSalud. No sé si ya la veré, pero en todo caso, siento que
lo que quedaba pendiente, ya se resolvió; de mí hacia ella, pero, sobre todo,
de ella para mí. Gracias Rosa.
