Hace poco fui a un centro de rescate
amazónico. La intención primera era pasar una jornada de relax en uno de
esos recreos con piscina que proliferan cerca de Iquitos, donde uno descansa,
almuerza rico, se baña… se desconecta. Pero como estaba cerrado, el
motocarrista, bien aleccionado, puso rumbo a este otro lugar. Y aunque me
fastidió un poco que el plan fuera tuneado, luego me gustó y me hizo pensar.
De pronto me vi incrustado dentro de un grupo
de turistas, prácticamente todos nacionales; gente que pisa la selva por
primera y quizás única vez. Es notorio el desconocimiento que en Perú se
tiene de la Amazonía, a pesar de que ésta supone más del 60% del territorio
del país. Como consecuencia, hay muchos prejuicios, ideas fantásticas,
miedos irracionales y todos los síntomas propios de la ignorancia.
Lo noté inmediatamente en la manera de hablar
de los guías (que por cierto se desempeñaron bastante bien), y sobre todo en el
estilo de los comentarios y reacciones del grupo, que oscilaban entre el
asombro, la sorpresa o el temor, y la superficialidad o la indiferencia de
quien está adiestrado en consumir contenidos rápidamente y pasar a otra
cosa mariposa.
No es que yo supiera todo lo que nos contaron;
de hecho, aprendí varias cuestiones, sobre todo en la primera parte, en
la que te muestran un manatí - animales difíciles de ver en el agua porque
apenas asoman su hocico para respirar - y te ofrecen muy interesantes datos
sobre los paiches, que desconocía. Pero claro, comer paiche es algo cotidiano
para mí, encuentro guacamayas por todas partes, y he avistado manadas de
huanganas, a veces nadando por el río, por lo cual me resultó penoso ver a una
solita, cerca de un ronsoco también taciturno. Claro que, como el nombre
comercial de este animal es capibara, y está de moda, eso arrancó sonrisas y desbocó
las fotos.
Porque eso sí, las sesiones fotográficas eran
constantes, animadas por los guías. Los selfis son el símbolo de este
turismo frívolo y alocado; hay que tomarnos fotos a nosotros mismos, para
luego subirlas a las redes y quedar como intrépidos aventureros en el bosque
misterioso. Ni que decir tiene que todo eso me hacía sentirme fuera de lugar, y
a veces medio molesto por ver cómo utilizan mi selva para intereses
comerciales.
Dicho esto, me resisto a ser tan negativo. El paseo era
por medio de la naturaleza, en un bello paraje que se nota bien cuidado. El
centro tiene como fin el rescate, rehabilitación y liberación de fauna
silvestre afectada por el tráfico ilegal; hay también un propósito educativo
de sensibilizar a los visitantes acerca de la necesidad de defender y preservar
la Amazonía. Me parece excelente y me alegro de haber ido.
Pero me encontré incómodo, como si se
estuviera tratando la selva como una mera atracción, como si se estuviera
profanando o banalizando, en especial la zona del chullachaqui y las plantas
maestras. Chullachaqui no es un muñeco grande como un ninot de monumento
fallero, es algo mucho más profundo: es la personificación de una inspiración
cultural, la inquietud de los pueblos por proteger su medio natural, sus
árboles, sus cochas… La ayahuasca no es un simple psicoactivo, sino el remedio
que se toma para ver, para comprender, para sanar, para decidir.
En fin. Ya no reclamo más. Me doy cuenta de
que llevo casi diez años en la selva, la voy conociendo y me identifico como
parte de ella, uno más entre quienes la aman y eligen vivir acá. No logro
mirarla desde fuera, aunque con esta cara me tomen por un turista más de dos
veces. La contemplo con esmero, reverencia y admiración, porque en ella, y
especialmente en sus gentes, encuentro la presencia creativa de la Vida, la
alegría humilde de Dios aflorando en cada salto de bufeo y en las risas lejanas
de los niños. Este es mi lugar.

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