sábado, 10 de enero de 2026

¿REÑIR, ENSEÑAR, APRENDER DEL PUEBLO?


El Papa defendió en la audiencia del Jubileo de los Catequistas la existencia del sensus fidei, un “sexto sentido de las personas sencillas para las cosas de Dios”. Hasta habló de “una infalibilidad del pueblo de Dios en la fe, de la cual la infalibilidad del Papa es expresión y servicio”. Me pregunto si los pastores nos tomamos esto suficientemente en serio.

Y lo digo por cosas que veo y escucho, talantes, palabras, gestos en el día a día y también en el mundo “virtual”, ya que de un tiempo a esta parte no puedo evitar que me salten en la pantalla videos de sacerdotes en acción enseñando a la gente o dirigiéndose a los espectadores. Y la mayoría me dejan estupefacto y avergonzado.

Justamente “enseñar” y “guiar” fueron los verbos que más salieron el otro día en clase, cuando, después de un semestre de antropología, pedí a los seminaristas reflexionar acerca de cuáles serían las actitudes de un presbítero diocesano que quisiera situarse como un buen pastor en la Amazonía del Perú. Instruir, orientar… claro. “Cuidado no vayan a querer aleccionar a una pareja que se casa acerca de la paternidad o la vida común, ¿eh?”, les bromeé.

Es como si la unción divina nos hiciera maestros de todo, cuando la realidad es que no tenemos experiencia de multitud de dimensiones de la vida, por mucho que estudiemos. El deber de enseñar, como no lo enmarques en la sinodalidad y lo adereces con la modestia, se te puede subir a la cabeza y colocarte por encima del pueblo, que continúa siendo para ti iglesia discente por muchos Vaticanos II que hayan sido.

Se nos olvida con frecuencia que para ser pastores según el corazón de Dios los sacerdotes debemos permanecer en medio del rebaño, "bajando hasta los bordes de la realidad" como dice el Papa Francisco; para cuidar y acompañar, pero sobre todo para aprender experimentando lo que vive la gente, conociendo el nudo de la tormenta humana, tocando “la carne sufriente” de los demás.


Cuando nos empeñamos en ir únicamente delante del rebaño, nos incapacitamos para observar por cuáles caminos nos lleva su olfato, su intuición, esa “inteligencia del corazón que Jesús encontró sobre todo en los pequeños, es decir, en las personas de alma humilde”, dijo León. No puede haber discernimiento si no escuchamos y solo parloteamos; y hablamos tantas veces al vacío…

Lo advierto y lo sufro en discursos de una petulancia repelente, que destilan desprecio por las formas, las creencias y las expresiones de fe populares. Ese afán por corregir lo que se hace mal, especialmente en la liturgia; esas riñas porque la gente no sabe el verdadero sentido de poner velas, o que tales ofrendas son “bobadas”, o que este canto resulta incorrecto, o qué es eso de aplaudir en la iglesia.

Se suelen recubrir estas perlas homiléticas con términos teológicos extraños (“los fines impetratorio, latréutico y propiciatorio de la santa misa”, por ejemplo), de todo punto incomprensibles y casi esotéricos para el público, que me figuro que asistirá embobado a esos alardes de suprema sabiduría del padrecito. En fin. Arrogancia y vanidad. Y con latinajos como guinda.

El otro día, recién llegado a Estrecho para la Confirmación, pregunté qué había programado. “Nada” – me dijeron. Guau, pensé, ¡tengo la tarde libre! Y me dediqué a observar a la gente en la faena de preparar y decorar la iglesia para la celebración. Me resultó fascinante cómo se organizaban, compartían las tareas según sus cualidades, con qué creatividad y paciencia. Dedicaron horas a armar unos arcos de hojas de palmera, unos murales y unos adornos florales que francamente estarían fuera de mis capacidades artísticas. Y solo para un rato, igual que los tikuna elaboran durante semanas las máscaras y vestimentas para la última noche de la pelazón y después todo se quema.

Hay que probar a dejarse impactar por la sensibilidad del pueblo menudo, y para ello hace falta silencio y contemplación. Parar de dar lecciones y escuchar. Sintiéndonos de verdad parte del rebaño, dejarnos llevar con fe en su intuición infalible, aprendiendo y amándolo tal y como es, sin pretender enmendarlo. Mas bien orgullosos y privilegiados de servir como presbíteros a nuestro pueblo lindo.

sábado, 3 de enero de 2026

QUEMANDO EL 2025


Ya está el Pilato preparado en la puerta de la iglesia. Está hecho con ropa vieja, que se quiere desechar, porque va a arder para despedir el año viejo. Para quemar junto con ese pelele había que escribir las fealdades de 2025, los errores, desgracias, sinsabores y demás mugres del año casi extinguido. Al hacer recuento, lo que sentí fue que 2025 no ha sido un buen año, menos malo que 2024, pero malo, pues.

Comenzó con un viaje a USA incrustado en la agenda como con calzador y la Asamblea Vicarial, en la que hubo un par de episodios que me contrariaron y ya no me repuse. De ahí pasé a tres de meses de mala salud (gripe fuerte, pérdida de peso, problemas intestinales, etc.) y estrés, azuzado por algunos disgustos más. Ya conté que, en Indiana, ante las tortas que celebraban mis 25 años de presbiterado, me salió algo así: “En estas últimas semanas me siento cansado, anímicamente quebrado y con ganas de salir corriendo. No soy de fierro, necesito que me comprendan y que me ayuden, no que me machaquen. Y además extraño mucho a mi mamá”.

A partir de la quincena de mayo, en los dos meses siguientes, me ayudaron las visitas a los puestos de misión y el viaje a Canadá, que resultó precioso, y me fui recuperando. El encuentro vicarial de jóvenes, a finales de julio, quizá haya sido la cumbre de 2025, el mejor momentoA partir de ahí, todo cayó en picado: conflictos, enfermedad, vacaciones malogradas, adiós a nuestra casa familiar, problemas, más calamidades, situación del Vicariato extraña, difícil e incierta hasta hoy. El último trimestre ha sido atroz.

Pero también, junto con las porquerías, hay que agradecer las lindezas del año que se va, esbozar los deseos para el nuevo tiempo que asoma, y colocarlo todo en un arbolito, para que la vida se abra camino. Y sí, reconozco que 2025 trajo también satisfacciones y alegrías, experiencias luminosas y bondades. Además de las ya mencionadas, me quedo con:

- la fiesta de los Reyes Magos con mi familia
- el pin de mi Diócesis en el homenaje a los que cumplíamos bodas sacerdotales
- la Asamblea Eclesial de la Amazonía peruana, momentazo en la gestación de una Iglesia Amazónica
- la experiencia de acompañar a las religiosas en los Ejercicios de la CONFER
- mi hermana Berta elegida Decana de la Facultad de Medicina de Badajoz
- el nuevo papa, ¡misionero y peruano!
- el taller de Sinodalidad-reconciliadora
- la Semana Social, la Cumbre del Agua y el Congreso de Teología

Y, por encima de todo, el cariño recibido de parte de los misioneros y la gente en las visitas a todos los puestos de misión del Vicariato al largo del año. Los momentos especiales en Caballo Cocha, Tacsha, Estrecho, Indiana, Tamshiyacu, Angoteros, Orellana, Islandia… Los apretones de manos, los agradecimientos, los abrazos y los cariños han significado para mí todavía más que en otros momentos, han servido de bálsamo suave.

Mención aparte merece Yanashi, uno de los lugares que más he frecuentado, y donde estos días disfruto de silencio, calma y descanso. Resulta sanador pasar tiempo con quienes nos quieren y nos cuidan, esa fue ya la experiencia de Jesús. Gracias Diosito por esta dicha sencilla, pero imprescindible.

El conocimiento del pueblo lindo dice que las cenizas del 2025, soleadas y regadas por la lluvia, pueden ser buen guano para el 2026 recién nacido, como pasa en cualquier chacra que se desmonta y se quema. Seguramente se requiere paciencia, discernimiento y generosidad. No alcanzo a visualizar nada, pero sé que “tú eres mi Dios; en tus manos están mis azares”, como dice el salmo 30.

Me dejo llevar y confío en que, al atardecer, se hará la belleza.

domingo, 28 de diciembre de 2025

EL NEGRO, LOS INDIOS Y EL VIEJITO


Y también se ve a las gitanitas, bien ataviadas, como todos los niños que participaron en la representación de la misa de Nochebuena en Yanashi; encantadora, divertida y entrañable, genuina manifestación del significado de la Navidad en esta periferia pobre de la Amazonía peruana.

La celebración se inicia con los pastores y el resto de personajes ingresando a la iglesia en filas, cantando y danzando con ese ritmo que me maravilla porque es como la vida misma: dos pasos adelante y uno atrás, dos adelante, uno atrás…

Vamos pastores, vamos, vamos
A ver al Niño, vamos, vamos…

Los ángeles se adelantan y llaman cantando a todos, “a ver a María y al Niño también”, porque “ya ha llegado el gozo de la Navidad”. Solo cuando llegan delante del presbiterio se dice “en el nombre del Padre”, etc. Durante el Gloria una pareja se acerca y coloca a Jesús en el pesebre, hasta ahora vacío. El grupo, de más de treinta niños y niñas, permanece llenando el pasillo central toda la liturgia de la Palabra.

A cada lectura se “contesta” con estribillos de toda la comitiva. Hay que tener en cuenta que el imaginario bíblico contrasta con el paisaje, el clima y la cultura de acá. Aunque las letras hablan de “montañas” y “hielo”, la selva baja es una inmensa planicie donde la temperatura media anual es de 27 grados: ni nieve, ni escarcha. La gente tampoco ha visto jamás una mula, rebaños de ovejas o cabras; alguna vaca o buey probablemente sí, pero raro.

Por eso tenemos problemas con los pastores, que son difíciles de ubicar como arquetipos de los más humildes; y tampoco hay casacas o gorros de lana, como cuando yo era niño. Pero el talento del pueblo ha incorporado a los marginados habituales de esta sociedad: el negro, los indios (¡con el estigma y la carga despectiva que tiene esa palabra!) y el viejito, que siempre aparece en las pastoritas en todas partes, y simboliza a los ancianos abandonados, a los más vulnerables en general.

De modo que, como en el evangelio de Lucas, son los más pobres los que tienen ojos para identificar la salvación que llega en ese bebé nacido en un establo, y los primeros que van a adorarlo. Dentro de esa categoría están las minorías étnicas:

Somos las pobres gitanitas,
que hemos venido desde muy lejos,
para adorarte con estos ramos de flores.

Y también queda clara la apertura universal del amor divino: llegan los magos Melchor, Gaspar y Baltasar con sus presentes, y también la reina de Ungría (sin h en el folleto), que le dice al Niño Manuel: vengo a ofrecerte mi corona y a obsequiarte este ramo de flores. Ahí aprecio genialidad y precisión, porque el oro, el incienso y la mirra hay que explicarlos, pero la corona y las flores (belleza efímera tan difícil de hallar en la selva) se entienden perfectamente sin palabras.

Mientras los pastores cantan y declaman, me percato de que muchos adultos musitan las letras. Luego me confirmarán que se las saben desde pequeños. Así se van conservando y trasmitiendo las melodías y la sabiduría que encierran, con resonancias de la tradición peruana y amazónica. Y de este modo el pueblo menudo incorpora, elabora y expresa, a su manera y con sus códigos, el misterio de la Navidad.

En el barullo de darnos la paz pienso que de hecho la verdad de esta fiesta ha conectado con la sensibilidad de esta cultura y calado hasta su corazón. Aunque pronto me espabilo, cuando veo que el negro, tiznado de polvo de carbón, viene a abrazarme…

Mami, estoy seguro de que lo has visto y te encantado.

martes, 23 de diciembre de 2025

INDEFENSO


Se acerca la Navidad,
¿la herida se ensancha,
merma?
Palpita.
Porque la vida sigue,
y a la vez se ha trastocado
por completo
y para siempre
desde que no estás.

Te encuentro cada día,
por todas partes tu destello.
No hay momento en que no sienta
tu cuidado de madre,
la persistencia de tu sabiduría
la fuerza de tu carácter
como un eco en mí,
para mí.

Me viene a la mente
lo que me dirías
en tal o cual situación,
tus ternuras humorísticas,
las acostumbradas bromas,
los atinados consejos.

Te echo de menos.
Y me siento indefenso
ante la obligada alegría navideña,
impostora y traicionera,
que no logra disfrazar
las amarguras y las pérdidas,
y solamente me aturde.
 
Te echo de menos.
Ya no te tengo
para endulzar esos dolores,
para que tu “te quiero”
compense la oscuridad de mis fracasos
y el abismo de mi soledad,
más fiera en estas fechas.

Aunque el tiempo pasa
y las lágrimas merman,
en mis amaneceres te busco
añorando el timbre de tu amor.
Te echo de menos.

jueves, 18 de diciembre de 2025

EL CORAZÓN DE DOÑA NARCISA

 
- Padre, ¿cuándo me vas a regalar un Corazón de Jesús?
- ¿Cómo así…?
- Una lámina pues, el Sagrado Corazón, bonito, para colocarlo en mi sala.
- Ya pué.

Y es que doña Narcisa es una mujer clásica, de las devociones de toda la vida, dice que “me gustan todos los santos”. Casada con Aurelio, el motorista y compañero de fatigas del famoso p. Real, párroco emblemático en Caballo Cocha, ella es una auténtica referencia en esta parroquia centenaria, tal vez la más antigua del Vicariato.

Lo es por sus muchas horas de vuelo, más de cincuenta años de servicios de todo tipo a la comunidad, y muy especialmente en la catequesis. Narcisa vive en el barrio Sánchez Cerro, una calle larguísima paralela a la cocha donde encostan las lanchas, que aún hoy día sigue siendo un barrizal a pesar de la pista para motocarros. Un lugar humilde de la capital del Bajo Amazonas, que cada año alaga un metro en época de creciente, donde por décadas los niños han podido vivir sus sacramentos (bautismo, primera comunión), gracias al empeño de esta señora.

Si alguien en el Vicariato debería recibir el ministerio de catequista, sin duda es ella. Ha pateado su sector, ha batallado con los papás y mamás, ha animado sin descanso a los chibolos, los ha recibido un día tras otro en su casita, han aprendido las oraciones, han leído la Biblia, les ha enseñado la vida de Jesús… Ahí, noble, pertinaz, comprometida, de palabra clara y directa. Cuando es sí, sí, y cuando es no, no.

De hecho, ahora mismo nos está reclamando a Ramón y a mí, que estamos en su casa, que este año ninguno de los misioneros ha venido a acompañar la catequesis de su zona. Para motivar a los críos, y conversar con los padres, recordarles sus responsabilidades como educadores. “La hermana Marta Rueda venía, y ahora, ¿qué? Nadies apareció”. No tiene pelos en la lengua no.

“Además, tampoco hubo capacitación para catequistas en la parroquia. ¿Cómo voy a enseñar, si yo no sé?”. Narcisa, con más de 60 años y sin haber aprendido a leer y escribir en su infancia, fue al centro catequístico y compartió la formación con los adolescentes y jóvenes, que la llamaban “la abuela”. Viejita que seguro ganaba a todo el mundo en energía y entusiasmo.

Dice que “antes era así, no nos mandaban a las niñas a la escuela”. Y los indígenas yagua, como ella, menos; incluso su padre decidió con quién se tenía que casar… “¿Y por qué eligió tu papá a Aurelio?” – le pregunto. - “No sé. Le parecería trabajador”. Y pegamos una buena carcajada. Desde luego, con Narcisa no te aburres un momento y ríes a gusto.

Contribuye sin duda el masato. Cada vez que vamos a visitar a esta familia, ella nos obsequia con un buen vaso y disfruta de cómo lo celebramos. Siempre, desde mis primeras veces en Caballo Cocha, Narcisa me ha invitado a su casa tras darme un gran abrazo después de misa. Con su vista cansada, cuatro hijos y dos sobrinas ya criados, el peso de sus 70 años, un incendio ocurrido en su vivienda y ese dolor que padece en una pierna desde que el año pasado “me botó al piso un motocar”, sonríe generosamente con su dentadura desigual y expresa un cariño genuino.

Ahora está renegando porque de nuevo he olvidado traerle a su Jesusito. “Aunque últimamente prefiero al Divino Niño”. De pronto le entrego el paquete, lo desenvuelve y vibra de felicidad al mirar la estampa gigante del Corazón de Jesús. Cuando “don Aurelio” (así le llama, yo me parto) le confeccione su marco, que el padre Ramoncito se lo bendiga.

Todo un personaje, doña Narcisita. Una institución en Caballo Cocha. Con un corazón grande y en llamas, como el de la imagen, colmado de pasión por el Reino, por la gente, por los niños. Con el lenguaje de los más sencillos, sigue impartiendo la cátedra de la entrega y la fidelidad.