He escogido el verbo fascinar, pero también
cuadraría “admirado” de ver que El Papa León, obispo de Roma, se va a hacer su
visita pastoral a las parroquias de su diócesis. Si no estoy mal, lleva cinco
o seis domingos consecutivos saliendo por la tarde a la calle a encontrarse de
forma directa con la gente, el pueblo cristiano, sus hermanos y hermanas de a
pie.
Después de haber conocido de primera mano todo
“el aparato” que rodea al Papa, todavía lo valoro más. De alguna manera este
hombre es, entiéndaseme bien, rehén de las servidumbres y automatismos
protocolares de un cargo de raigambre milenaria; o bien diríamos que su
trabajo lo anuda a un personaje con una agenda tan determinada como tupida.
Le dedica todas las mañanas de lunes a sábado
(con pausa el martes, que también me tiene asombrado) a audiencias, es decir,
a escuchar a personas con ese estilo tan preciso y cabal. Llegan jefes de
estado con sus séquitos, cardenales, embajadores, miembros de la curia romana,
políticos, obispos, personalidades del mundo del arte, el deporte o la cultura,
etc. Me pregunto cómo logrará conceder semejante atención durante horas
(doy fe), la cantidad de energía que invertirá… No vi celular alguno sobre su
mesa cuando estuve con él, cero distracciones, concentración total.
En las tardes tiene reuniones, de lo cual
también soy testigo directo porque participé en una con los obispos amazónicos
del Perú. O sea que sigue chambeando. Supongo que le llevará sus buenos
ratos revisar los discursos, alocuciones y documentos que firma, que son
abundantes y sustanciosos. Porque la palabra del Papa es clave en el mundo de
hoy, se espera, se atiende y se estudia. Si sumamos los actos litúrgicos,
diplomáticos y demás, salen, en resumidas cuentas, mil historias.
Pues a pesar o en medio de todo ello, León
halla tiempo y reúne fuerzas para salir del Vaticano al encuentro con el pueblo
menudo. Ya no es que le visiten a él, que es lo acostumbrado, sino que él
se va. Y en las crónicas escritas y fotográficas ya no se ve al jefe de
estado, sino al pastor; se vislumbra al Prevost que saludó emocionado a su
diócesis de Chiclayo en el balcón de la logia el día de su elección: pastor
que ama y es amado, que experimenta a su pueblo como el tesoro que da sentido
profundo a su vocación.
Su gesto siempre amable y suave, su rostro
cercano, confiable, pacífico. Se acerca a los niños y
jóvenes que juegan en el oratorio parroquial, estrecha las manos de los
ancianos, de los enfermos. Después celebra la Eucaristía y destaca lo
positivo, como hábil pedagogo: “Ustedes, como parroquia, han creado una
comunidad verdaderamente acogedora. Y por ello les agradezco sinceramente,
porque es un signo de esperanza en un mundo donde el dolor, el sufrimiento y
las dificultades suelen ser abrumadores”.
Invitaciones a la comunidad que son perlas
preciosas, como por ejemplo “a seguir dedicándose con generosidad y valentía
a sembrar en sus calles y en sus hogares la buena semilla del Evangelio. No se
resignen a la cultura de la prepotencia y la injusticia. Al contrario, difundan
el respeto y la harmonía, comenzando por desarmar los lenguajes”.
“Como en el pozo del Evangelio, a esta
parroquia llegan hombres y mujeres heridos en el alma, ofendidos en su dignidad
y sedientos de esperanza. A ustedes les corresponde la tarea, urgente y
liberadora, de mostrar la cercanía de Jesús, su voluntad de redimir
nuestra existencia de los males que la amenazan con una propuesta de vida
justa, verdadera y plena”. Una belleza inspiradora en
lugares periféricos.
Habitualmente hay una reunión con el
consejo de pastoral de la parroquia. El Papa visibiliza así el papel crucial de
los laicos en este momento eclesial, su relevancia para que pueda ir emergiendo
una sinodalidad luchada y asumida, no teórica. “Por eso, queridísimos, al
encontrarme hoy con ustedes, veo en ustedes una presencia especial de
proximidad, de cercanía dentro de los desafíos de este territorio”.
El Papa es excepcional, pero sin artificio ni
ostentación. Es solo un párroco entregado, un misionero en el barrio o en el
campo, un obispo de la ciudad. Todo fluye en él y con él así de natural.
Seguro que regresa al palacio apostólico después de haber respirado humanidad,
descansado y optimista. Qué trome*.
* Peruanismo coloquial que define a una persona experta, hábil, inteligente o que sobresale en una actividad específica. Es sinónimo de "maestro", "genio" o "campeón". Se utiliza comúnmente para elogiar la capacidad de alguien.
* Peruanismo coloquial que define a una persona experta, hábil, inteligente o que sobresale en una actividad específica. Es sinónimo de "maestro", "genio" o "campeón". Se utiliza comúnmente para elogiar la capacidad de alguien.





