sábado, 3 de enero de 2026

QUEMANDO EL 2025


Ya está el Pilato preparado en la puerta de la iglesia. Está hecho con ropa vieja, que se quiere desechar, porque va a arder para despedir el año viejo. Para quemar junto con ese pelele había que escribir las fealdades de 2025, los errores, desgracias, sinsabores y demás mugres del año casi extinguido. Al hacer recuento, lo que sentí fue que 2025 no ha sido un buen año, menos malo que 2024, pero malo, pues.

Comenzó con un viaje a USA incrustado en la agenda como con calzador y la Asamblea Vicarial, en la que hubo un par de episodios que me contrariaron y ya no me repuse. De ahí pasé a tres de meses de mala salud (gripe fuerte, pérdida de peso, problemas intestinales, etc.) y estrés, azuzado por algunos disgustos más. Ya conté que, en Indiana, ante las tortas que celebraban mis 25 años de presbiterado, me salió algo así: “En estas últimas semanas me siento cansado, anímicamente quebrado y con ganas de salir corriendo. No soy de fierro, necesito que me comprendan y que me ayuden, no que me machaquen. Y además extraño mucho a mi mamá”.

A partir de la quincena de mayo, en los dos meses siguientes, me ayudaron las visitas a los puestos de misión y el viaje a Canadá, que resultó precioso, y me fui recuperando. El encuentro vicarial de jóvenes, a finales de julio, quizá haya sido la cumbre de 2025, el mejor momentoA partir de ahí, todo cayó en picado: conflictos, enfermedad, vacaciones malogradas, adiós a nuestra casa familiar, problemas, más calamidades, situación del Vicariato extraña, difícil e incierta hasta hoy. El último trimestre ha sido atroz.

Pero también, junto con las porquerías, hay que agradecer las lindezas del año que se va, esbozar los deseos para el nuevo tiempo que asoma, y colocarlo todo en un arbolito, para que la vida se abra camino. Y sí, reconozco que 2025 trajo también satisfacciones y alegrías, experiencias luminosas y bondades. Además de las ya mencionadas, me quedo con:

- la fiesta de los Reyes Magos con mi familia
- el pin de mi Diócesis en el homenaje a los que cumplíamos bodas sacerdotales
- la Asamblea Eclesial de la Amazonía peruana, momentazo en la gestación de una Iglesia Amazónica
- la experiencia de acompañar a las religiosas en los Ejercicios de la CONFER
- mi hermana Berta elegida Decana de la Facultad de Medicina de Badajoz
- el nuevo papa, ¡misionero y peruano!
- el taller de Sinodalidad-reconciliadora
- la Semana Social, la Cumbre del Agua y el Congreso de Teología

Y, por encima de todo, el cariño recibido de parte de los misioneros y la gente en las visitas a todos los puestos de misión del Vicariato al largo del año. Los momentos especiales en Caballo Cocha, Tacsha, Estrecho, Indiana, Tamshiyacu, Angoteros, Orellana, Islandia… Los apretones de manos, los agradecimientos, los abrazos y los cariños han significado para mí todavía más que en otros momentos, han servido de bálsamo suave.

Mención aparte merece Yanashi, uno de los lugares que más he frecuentado, y donde estos días disfruto de silencio, calma y descanso. Resulta sanador pasar tiempo con quienes nos quieren y nos cuidan, esa fue ya la experiencia de Jesús. Gracias Diosito por esta dicha sencilla, pero imprescindible.

El conocimiento del pueblo lindo dice que las cenizas del 2025, soleadas y regadas por la lluvia, pueden ser buen guano para el 2026 recién nacido, como pasa en cualquier chacra que se desmonta y se quema. Seguramente se requiere paciencia, discernimiento y generosidad. No alcanzo a visualizar nada, pero sé que “tú eres mi Dios; en tus manos están mis azares”, como dice el salmo 30.

Me dejo llevar y confío en que, al atardecer, se hará la belleza.

domingo, 28 de diciembre de 2025

EL NEGRO, LOS INDIOS Y EL VIEJITO


Y también se ve a las gitanitas, bien ataviadas, como todos los niños que participaron en la representación de la misa de Nochebuena en Yanashi; encantadora, divertida y entrañable, genuina manifestación del significado de la Navidad en esta periferia pobre de la Amazonía peruana.

La celebración se inicia con los pastores y el resto de personajes ingresando a la iglesia en filas, cantando y danzando con ese ritmo que me maravilla porque es como la vida misma: dos pasos adelante y uno atrás, dos adelante, uno atrás…

Vamos pastores, vamos, vamos
A ver al Niño, vamos, vamos…

Los ángeles se adelantan y llaman cantando a todos, “a ver a María y al Niño también”, porque “ya ha llegado el gozo de la Navidad”. Solo cuando llegan delante del presbiterio se dice “en el nombre del Padre”, etc. Durante el Gloria una pareja se acerca y coloca a Jesús en el pesebre, hasta ahora vacío. El grupo, de más de treinta niños y niñas, permanece llenando el pasillo central toda la liturgia de la Palabra.

A cada lectura se “contesta” con estribillos de toda la comitiva. Hay que tener en cuenta que el imaginario bíblico contrasta con el paisaje, el clima y la cultura de acá. Aunque las letras hablan de “montañas” y “hielo”, la selva baja es una inmensa planicie donde la temperatura media anual es de 27 grados: ni nieve, ni escarcha. La gente tampoco ha visto jamás una mula, rebaños de ovejas o cabras; alguna vaca o buey probablemente sí, pero raro.

Por eso tenemos problemas con los pastores, que son difíciles de ubicar como arquetipos de los más humildes; y tampoco hay casacas o gorros de lana, como cuando yo era niño. Pero el talento del pueblo ha incorporado a los marginados habituales de esta sociedad: el negro, los indios (¡con el estigma y la carga despectiva que tiene esa palabra!) y el viejito, que siempre aparece en las pastoritas en todas partes, y simboliza a los ancianos abandonados, a los más vulnerables en general.

De modo que, como en el evangelio de Lucas, son los más pobres los que tienen ojos para identificar la salvación que llega en ese bebé nacido en un establo, y los primeros que van a adorarlo. Dentro de esa categoría están las minorías étnicas:

Somos las pobres gitanitas,
que hemos venido desde muy lejos,
para adorarte con estos ramos de flores.

Y también queda clara la apertura universal del amor divino: llegan los magos Melchor, Gaspar y Baltasar con sus presentes, y también la reina de Ungría (sin h en el folleto), que le dice al Niño Manuel: vengo a ofrecerte mi corona y a obsequiarte este ramo de flores. Ahí aprecio genialidad y precisión, porque el oro, el incienso y la mirra hay que explicarlos, pero la corona y las flores (belleza efímera tan difícil de hallar en la selva) se entienden perfectamente sin palabras.

Mientras los pastores cantan y declaman, me percato de que muchos adultos musitan las letras. Luego me confirmarán que se las saben desde pequeños. Así se van conservando y trasmitiendo las melodías y la sabiduría que encierran, con resonancias de la tradición peruana y amazónica. Y de este modo el pueblo menudo incorpora, elabora y expresa, a su manera y con sus códigos, el misterio de la Navidad.

En el barullo de darnos la paz pienso que de hecho la verdad de esta fiesta ha conectado con la sensibilidad de esta cultura y calado hasta su corazón. Aunque pronto me espabilo, cuando veo que el negro, tiznado de polvo de carbón, viene a abrazarme…

Mami, estoy seguro de que lo has visto y te encantado.

martes, 23 de diciembre de 2025

INDEFENSO


Se acerca la Navidad,
¿la herida se ensancha,
merma?
Palpita.
Porque la vida sigue,
y a la vez se ha trastocado
por completo
y para siempre
desde que no estás.

Te encuentro cada día,
por todas partes tu destello.
No hay momento en que no sienta
tu cuidado de madre,
la persistencia de tu sabiduría
la fuerza de tu carácter
como un eco en mí,
para mí.

Me viene a la mente
lo que me dirías
en tal o cual situación,
tus ternuras humorísticas,
las acostumbradas bromas,
los atinados consejos.

Te echo de menos.
Y me siento indefenso
ante la obligada alegría navideña,
impostora y traicionera,
que no logra disfrazar
las amarguras y las pérdidas,
y solamente me aturde.
 
Te echo de menos.
Ya no te tengo
para endulzar esos dolores,
para que tu “te quiero”
compense la oscuridad de mis fracasos
y el abismo de mi soledad,
más fiera en estas fechas.

Aunque el tiempo pasa
y las lágrimas merman,
en mis amaneceres te busco
añorando el timbre de tu amor.
Te echo de menos.

jueves, 18 de diciembre de 2025

EL CORAZÓN DE DOÑA NARCISA

 
- Padre, ¿cuándo me vas a regalar un Corazón de Jesús?
- ¿Cómo así…?
- Una lámina pues, el Sagrado Corazón, bonito, para colocarlo en mi sala.
- Ya pué.

Y es que doña Narcisa es una mujer clásica, de las devociones de toda la vida, dice que “me gustan todos los santos”. Casada con Aurelio, el motorista y compañero de fatigas del famoso p. Real, párroco emblemático en Caballo Cocha, ella es una auténtica referencia en esta parroquia centenaria, tal vez la más antigua del Vicariato.

Lo es por sus muchas horas de vuelo, más de cincuenta años de servicios de todo tipo a la comunidad, y muy especialmente en la catequesis. Narcisa vive en el barrio Sánchez Cerro, una calle larguísima paralela a la cocha donde encostan las lanchas, que aún hoy día sigue siendo un barrizal a pesar de la pista para motocarros. Un lugar humilde de la capital del Bajo Amazonas, que cada año alaga un metro en época de creciente, donde por décadas los niños han podido vivir sus sacramentos (bautismo, primera comunión), gracias al empeño de esta señora.

Si alguien en el Vicariato debería recibir el ministerio de catequista, sin duda es ella. Ha pateado su sector, ha batallado con los papás y mamás, ha animado sin descanso a los chibolos, los ha recibido un día tras otro en su casita, han aprendido las oraciones, han leído la Biblia, les ha enseñado la vida de Jesús… Ahí, noble, pertinaz, comprometida, de palabra clara y directa. Cuando es sí, sí, y cuando es no, no.

De hecho, ahora mismo nos está reclamando a Ramón y a mí, que estamos en su casa, que este año ninguno de los misioneros ha venido a acompañar la catequesis de su zona. Para motivar a los críos, y conversar con los padres, recordarles sus responsabilidades como educadores. “La hermana Marta Rueda venía, y ahora, ¿qué? Nadies apareció”. No tiene pelos en la lengua no.

“Además, tampoco hubo capacitación para catequistas en la parroquia. ¿Cómo voy a enseñar, si yo no sé?”. Narcisa, con más de 60 años y sin haber aprendido a leer y escribir en su infancia, fue al centro catequístico y compartió la formación con los adolescentes y jóvenes, que la llamaban “la abuela”. Viejita que seguro ganaba a todo el mundo en energía y entusiasmo.

Dice que “antes era así, no nos mandaban a las niñas a la escuela”. Y los indígenas yagua, como ella, menos; incluso su padre decidió con quién se tenía que casar… “¿Y por qué eligió tu papá a Aurelio?” – le pregunto. - “No sé. Le parecería trabajador”. Y pegamos una buena carcajada. Desde luego, con Narcisa no te aburres un momento y ríes a gusto.

Contribuye sin duda el masato. Cada vez que vamos a visitar a esta familia, ella nos obsequia con un buen vaso y disfruta de cómo lo celebramos. Siempre, desde mis primeras veces en Caballo Cocha, Narcisa me ha invitado a su casa tras darme un gran abrazo después de misa. Con su vista cansada, cuatro hijos y dos sobrinas ya criados, el peso de sus 70 años, un incendio ocurrido en su vivienda y ese dolor que padece en una pierna desde que el año pasado “me botó al piso un motocar”, sonríe generosamente con su dentadura desigual y expresa un cariño genuino.

Ahora está renegando porque de nuevo he olvidado traerle a su Jesusito. “Aunque últimamente prefiero al Divino Niño”. De pronto le entrego el paquete, lo desenvuelve y vibra de felicidad al mirar la estampa gigante del Corazón de Jesús. Cuando “don Aurelio” (así le llama, yo me parto) le confeccione su marco, que el padre Ramoncito se lo bendiga.

Todo un personaje, doña Narcisita. Una institución en Caballo Cocha. Con un corazón grande y en llamas, como el de la imagen, colmado de pasión por el Reino, por la gente, por los niños. Con el lenguaje de los más sencillos, sigue impartiendo la cátedra de la entrega y la fidelidad.

viernes, 12 de diciembre de 2025

CHORREA EL CRISMA Y CHORREA EL SUDOR

 
Tres confirmaciones en tres comunidades distintas un mismo día. Un total de cinco horas de navegación. Calor asfixiante e insoportable. Varios kekes, tortas y bandejas de bocaditos. Confesiones y ensayos al paso. Cuatro botellas de agua y vasos de gaseosas variadas. Retrasos, comidas tardías, toques de campana, aplausos e incontables fotos. Esta aventura, quizás única en la vida, merece contarse con más detalle.

Llegué a Pebas casi a las 11 de la noche… y me encontré con la velada a la Purísima, en plena fiesta patronal. Mi cabeza me decía “vete a acostar ya, que mañana es un día duro y tienes que madrugar”, pero ¿cómo no iba a danzar al menos una pieza? ¿Cómo rechazar ese plato de caldo de carne de res? Estaba buenazo. Me fui a la cama más de las 12 y puse la alarma a las 4:30.

La yincana sacramental de aquel sábado comenzó con el viaje tempranero a Cochiquinas: dos horas y tanto en deslizador Amazonas abajo: allá la confirmación, programada para las 8, empezó a las 9; como a su vez el desayuno estaba previsto para después de la misa, se dio más tarde de las 10:30. Es decir, las primeras seis horas de este día bien apretadito las pasamos sin probar bocado. Para más emoción.

El sol ese rato no pegaba tan durísimo, pero ya apuntaba maneras. ¿Podían haberse desplazado los confirmandos para lograr hacer una celebración en lugar de tres? Probablemente, pero se hubiera perdido la fiesta del Espíritu Santo en las comunidades, con la presencia significativa del ministro. Doña Lastenia nos puso calabresa con patacones, y rumbo a la segunda estación.

Para cuando encostamos en San Francisco y comenzó la misa, era ya mediodía. Las planchas de calamina del tejado se tornaron incandescentes, y la capilla una parrilla. Todo el mundo sofocado, abanicándose con lo que se pillara; yo me secaba a cada momento el sudor, el pañuelo enseguida ya no servía de lo enguachinado que estaba. El santo crisma estaba en un bote con la boca muy ancha, de modo que se chorreaba por la palma de la mano; y a la vez sentía cómo el sudor caía fluyendo por mi espalda, las gotas resbalando por mis piernas mojando el pantalón... Me acordé del salmo 133:

¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!
Es como el óleo perfumado derramado sobre la cabeza, que desciende por la barba de Aarón hasta el borde de sus vestiduras.
Es como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía el Señor la bendición, la vida para siempre.

Parece que el chorreo generoso del crisma, como aquel despilfarro de perfume de nardo en Jn 12, 1-8, tiene que ver con el brote de la vida, la armonía, la fraternidad; el pastor es el símbolo de la unidad, y por eso llega, derrochando esfuerzos y sudores, a ofrecer el don del Espíritu. Las lenguas de fuego no podían ser representaciones más oportunas y concordantes con el clima emocional y atmosférico. Me tuve que cambiar de polo después de cada Eucaristía, porque terminaban empapados.

El jalón hasta la tercera parada es más larguito, y ni siquiera el aire del río mitiga el bochorno. El sol se cuela por los laterales del bote y nos castiga, y continúa pertinaz en Triunfo, en donde nos hemos presentado con dos horas de tardanza. La comunidad acude presta, caras sonrientes. Sigo tomando sorbos de agua, pero noto mi voz ya más desgastada. Las velas (para contribuir a la temperatura), las renuncias a Shapishico, la imposición de las manos, los confirmandos colocados a mis costados en la consagración, la interminable sesión fotográfica final… todo transcurre gratamente, y creo que le gente se va contenta.

Son pasadas las 4:30 de la tarde y solo ahora, según el programa, se viene el almuerzo. Los papás de Edia nos invitan a doncella, pero casi no tengo hambre. El trayecto de regreso lo haremos ya anochecido, despacito y ayudándose d. Félix de un potente foco. A la hora de dormir, estoy tan cansado que no oigo la música de la “noche de talentos” en la plaza y me quedo como una piedra. Seguramente también por la satisfacción que siento después de una jornada rebosante, con tantos momentos de felicidad y fe compartidas.