Pues sí. Con todas las características, límites y virtualidades de una película, es decir, un relato de ficción y no un documental, lo cierto es que ha logrado atraerme y hasta emocionarme. Me agrada que alguien se haya atrevido a pisar terrenos tan movedizos y tan descaradamente “intraeclesiales” como la vocación, y más a la vida contemplativa.
Registro una intención descriptiva
lograda creo que de forma eficiente: la vocación es aún posible hoy día, especialmente
cuando se dan algunas coordenadas vitales: una familia católica, en este
caso en Bilbao, educación en un colegio religioso, y por lo tanto contacto
cercano con sacerdotes y religiosas, manejo de unos valores y aprendizaje de una
jerga (“discernimiento” o “eucaristía”, por ejemplo) un tanto exótica hoy día.
Hay misa, hay ensayos del coro a varias voces,
hay convivencias de fin de semana, y sin embargo Ainara es presentada como
una chica lo más normal posible: en su grupo de iguales, primeros escarceos
con el sexo, probar las drogas blandas, expectativas de ir a la universidad,
inquietudes, preguntas… Y acá es donde se coloca el tema de la vocación.
¿Cómo expresar ese camino de búsqueda
interior? Es algo muy complejo, y creo que el hilo de la historia buscaba
reflejarlo a través de los diálogos de Ainara con el resto de personajes.
Lo que más me ha interesado han sido las conversaciones de la joven con su
papá, y sobre todo con su tía. Está muy bien traída la brecha de lenguajes,
los registros absolutamente divergentes y los consiguientes diálogos para
besugos. “Experimentar muchas cosas”, “felicidad”, “viajar”, “monjas locas”, “secta”
etc. versus “Amor de/a Jesús”, “llamada”, “incondicional”, “director espiritual”
etc.
Justo el curita superchachipiruli me
chirrió un poco: inexperto y acudiendo a lugares comunes (“Jesús te quiere solo
para Él”) nada convincentes. En cambio, el resto de personajes religiosos me
parecieron bien construidos, siempre un pelín caricaturizados pero creíbles:
la compañera que lleva un tiempo en el monasterio, el párroco del funeral de la
abuela, las monjas y por supuesto la superiora, que es algo tajante, pero
inspira confianza.
La dimensión de proceso de la vocación queda
un poco chueca, a mi modo de ver. La estudiante
de medicina está ahí un año en teoría descubriendo, pero de hecho lo tiene
claro; Ainara reza y llora pidiendo a Dios nomás que “le diga algo”; para sor
Isabel “simplemente lo sabrás”… No es tan sencillo, es un recorrido con muchos
baches, luces y decepciones, uno va escuchando y entendiendo qué desea Dios, y
disponiéndose a responder, requiere tiempo. Claro que puedes recordar el
instante cero, el big-bang afectivo de tu vocación, pero eso es solo el
comienzo de un largo camino. Además, echo de menos el encuentro con la pobreza
como veta de discernimiento.
Se narra con pericia el cruce de
circunstancias de unos y otros, el contraste de la encrucijada de Ainara, que
está a punto de “tirar su porvenir”, y la realidad cotidiana de su familia,
llena de desencuentros y heridas. Ninguna vida es perfecta, siempre hay desencanto,
rutina y fracaso, y no se trata de escapar de nada sino de hallar y decidir cuál
es mi propia partitura de la felicidad, e interpretarla lo más fielmente posible.
Todo se precipita al final con un estilo
algo novelesco: el negocio del padre se frustra, la
tía anticlerical reacciona desproporcionadamente desheredando a su hermano y su
sobrina, muere la abuela y Ainara ve con claridad la luz, se corta los cabellos
e ingresa en el monasterio con todo y velo (¿pasando de frente al noviciado?).
Ahí fue donde alguna lágrima afloró. Señal de que la
película me llegó, con su realismo y con su desenlace. La música es excelente,
el ritmo hábil, la fotografía lograda, y la historia está muy bien contada. ¿Obedece
a un “renacer de lo religioso” entre los jóvenes? Creo que no tanto, pero
me ha gustado y es destacable que un guion así tenga un espacio en el cine
actual hasta el punto de ganar la Concha de Oro y el Goya.




