miércoles, 4 de febrero de 2026

JAVIER TRAVIESO, SIERVO BUENO Y FIEL


La primera vez que vine al Perú, hace trece años, Paco Sayago, un compañero amigo de Javier desde la infancia, me recomendó que no fuera de frente de Lima a Chachapoyas, sino que pasase por Trujillo para conocer a Travieso. Y así llegué en bus a la Ciudad de la Eterna Primavera, caminé hasta la plaza de armas, y le timbré con el celular chanchito que me habían prestado. “Espérame ahí, que voy a recogerte”- me dijo. Y yo: ”Para que usted me reconozca, tengo barba y voy vestido con una chompa roja”. “Pues yo también tengo barba y voy vestido de obispo”.

Fue un bonito día, en el que le acompañé a un par de parroquias y me sorprendió el cariño que le tenía la gente. Era un obispo auxiliar cercano, que se recorría las comunidades y visitaba a los sacerdotes, incluso en los confines más lejanos de la sierra, de muy buen trato, afable y con capacidad de escucha. Con sus detalles, su amabilidad, ese porte y esa sonrisa que conquistaba y comunicaba seguridad.

Un año después le nombraron obispo vicario apostólico de San José del Amazonas. Yo llevaba poco más de un mes ya enviado al Perú, pero nos habíamos caído bien. Cuando comunicaron la fecha de la celebración de inicio de su servicio en Indiana, allá nos fuimos algunos paisanos a acompañarle y de paso a conocer la selva; y ya he contado que ese viaje fue definitivo para mí, me sentí irremediablemente atraído por la Amazonía, hasta hoy.

Solo dos años más tarde pasé al Vicariato, por supuesto con todos los permisos de los obispos implicados, porque así me insistió Javier. No le hizo mucha gracia que me quisiera ir a trabajar al río Yavarí, a Islandia, pero se dejó convencer con la suavidad que le caracteriza. Es un español que, después de cuarenta años en este país, ha perdido las aristas y se conduce con esa habilidad tan peruana de envolverte en una conversación en la que expresa lo que desea con claridad y sin traza de violencia.

Le costó trabajo adaptarse a la vida en la Amazonía. Durante muchos años sus tareas habían sido parroquiales y, sobre todo, académicas en la ciudad, de modo que tuvo que hacer acopio de toda su valentía y determinación para subir a los botes, afrontar los rigores climáticos, llegar a los puestos de misión alejados y aceptar que en la selva nunca hay grandes masas sino pequeñas asambleas.

Recuerdo cuando me habló de la idea de nombrarme vicario general. Creo que sabía que me iba a espantar un poco, así que lo hizo con casi un año de antelación para que me fuera preparando. ¿Cómo decirle que no? Te gana con la bondad, la honestidad y la paciencia, te seduce esgrimiendo su humildad y haciéndote sentir su confianza en ti. Me fui a Indiana pues, y justo ahí se desencadenó la pandemia y el obispo fue de los primeros en caer enfermo.

Su salud quedó ofendida y nunca ha vuelto a ser el mismo. Le hemos visto experimentar cada vez más dificultades para las visitas y mayor necesidad de cuidados médicos, que le hacían ausentarse del Vicariato. Pero él tenía claro que debía prestar su servicio, cargando con la cruz: “el Papa me ha enviado acá y yo tengo que hacer lo que pueda”. Siervo fiel y sencillo; con sus defectos, por supuesto, pero creyente y comprometido.

Desde agosto pasado sus dolencias le han imposibilitado en la práctica ejercer su ministerio, hasta que tomó la decisión de presentar su renuncia, que el Papa, que le conoce bien, ha aceptado hoy. En la Asamblea siempre entona una canción que ya le pedimos (porque es compositor y cantautor desde joven) y cuyo estribillo cantamos con él: “Una planta no está muerta mientras le quede raíz”. Me emociono en este momento al recordarlo.

Querido Javier: gracias por tu entrega, por tu testimonio, por tu bondad, por tu humildad. Tu vida no ha terminado; es cierto que ya no podrás continuar en el Vicariato, pero harás todavía muchas cosas en cuanto recobres energías y ánimos. Porque tú tienes una bella, profunda y robusta raíz, que es la vida de Jesús presente en la tuya. Nosotros la conocemos y la hemos disfrutado; estaremos siempre orgullosos de ser tus misioneros.

miércoles, 28 de enero de 2026

UN MOMENTO ÚNICO EN MI VIDA: MI AUDIENCIA PRIVADA CON EL PAPA LEÓN


Estoy sentado en una estancia contigua a la Sala Clementina, en el Palacio Apostólico, ciudad del Vaticano, Roma. El silencio está apenas ribeteado por pasos lejanos y algunas tenues voces, tras las puertas ante mí. Respiro. La emoción que siento planea entre el asombro, la gratitud y sí, algo de nervios: en unos instantes voy a tener un encuentro personal con el Papa León XIV.

Todavía no me lo creo: ¡me va a recibir el Papa en audiencia privada! ¿Cómo es posible? Si a eso solo acceden los cardenales, obispos, jefes de estado, embajadores, María Corina Machado y gente importante… Pues la explicación es simple: mi obispo, Mons. Javier Travieso, había solicitado audiencia y se la habían concedido el 26 de enero a las 9 de la mañana. Como él no pudo ir a Roma a la visita ad limina de los obispos del Perú, yo le reemplacé; y también en esta audiencia, a la que me permitieron ir en su lugar. El Papa mostró una gran generosidad en acoger a este pichiruchi.

Así que acá estoy, esperando nomás a que me digan que pase. La ceremonia de la audiencia exige una etiqueta que al parecer yo no cumplo: el Monseñor asistente me hace notar que no llevo sotana. Le explico que en mi selva no tanto la usamos por el calor, y al ver que hablo español, se relaja -es argentino- y entablamos una breve conversa que me apacigua. “Hemos tenido dificultades porque ha venido usted y no su obispo, pero ya se clarificó y solo hay que aguardar un poco más”.

Por fin se abre la puerta y paso. Detrás está León, le estrecho la mano, me coloco a su lado y el fotógrafo nos saca varias fotos parados juntos. Luego le entrego su regalo, un pequeño bufeo en madera de palisangre, un pedacito de Amazonía. Me parece más alto que la última vez que lo vi, le llamo “Papa León” y en seguida nos quedamos solos, sentados a ambos lados de su escritorio.

Hay un momento de indecisión, parece que prefiere que yo comience el diálogo, y le expreso el saludo de muchas personas: mi obispo, los misioneros del Vicariato, mi familia, las agustinas de la avenida Brasil, las carmelitas de Fuente de Cantos, y tantísima gente que me ha encargado dar un abrazo al Papa de su parte, “incluso la señora que me ha arreglado los bajos de los pantalones del terno”, le suelto, y ahí se ha reído. Cuando le he mencionado la reclamación por mi indumentaria: “No te preocupes, son las cosas de acá”.

“¿Y cómo está Mons. Javier?” – me pregunta, y ese es el primer punto de la conversación. A partir de ahí, yo hablo mucho y él escucha mucho, intercalando de vez en cuando alguna pregunta. Y le cuento la situación del Vicariato y la Amazonía, los problemas que sufrimos (las economías ilegales, la deforestación, la pobreza extrema, las violaciones de los derechos humanos, la invasión de las dragas, etc.), cómo tratamos de acompañar a los pueblos indígenas, las necesidades que tenemos, que nos faltan misioneros, que la economía es inestable, las distancias enormes…

Así es este hombre: discreto, silencioso, prudente, experto en escuchar. Me hace algunas preguntas acerca de mí: de dónde soy, si soy religioso o diocesano, cuántos años llevo en el Vicariato y en el Perú, en qué lugares he trabajado… Su mirada clara, apacible, perspicaz. Le recuerdo que nos conocimos enIndiana y me ubica en aquel día de fiesta y viaje; algunas de las historias que van saliendo le arrancan sonrisas, y en un momento dado, a algo que yo digo él responde con un “Madre mía”. Jeje.

Sigo platicando hasta que considero que he podido exponer todo lo que quería, y hasta le entrego una carta con lo más esencial, por si tiene la bondad de leerla más tarde. De pronto me doy cuenta de que no le he preguntado cómo se encuentra él. – “¿Y usted cómo está?” – “¿Tú cómo me ves?” – “Yo le veo bastante bien; tranquilo” – “Sí, estoy tranquilo. Casi cada día hago la oración de Juan XXIII, ¿la conoces? Dice: ´Señor, yo me voy a dormir. La Iglesia es tuya; cuida Tú de ella´. Y duermo”.

Su media sonrisa se mantiene mientras le digo: “Habrá que irse, ¿no?” – “Sí, será mejor. El tiempo (¡25 minutos!) se ha pasado volando, me he sentido muy cómodo, sereno y confiado, he abierto mi corazón con total sinceridad. Antes de entrar, notaba a mi mamá sosegándome; al salir, también estaba ella, como aroma de satisfacción y felicidad. Y yo conmocionado, abrumado, agradecido, estremecido, maravillado.

El argentino se despidió: “Misionero, tiene usted una vocación muy bonita”. Cierto. Y es tuya, Señor. Cuida de ella. Así fue el lunes 26 de enero de 2026, cumpleaños de Mariana y de Tessy, un día que no olvidaré el resto de mi vida. Gracias gracias gracias.

sábado, 24 de enero de 2026

NO ES UN EVENTO, ES UN PROCESO


Eso fue lo que dijo el cardenal Pedro Barreto al comienzo de la II Asamblea Eclesial de la Amazonía peruana, que se celebró el pasado fin de semana en Lima. Ya conté acá hace un año cómo la tradicional reunión de misioneros, organizada por el CAAAP, ha elegido transfigurarse en auténtica asamblea, con la inspiración de CEAMA. ¿Cómo está resultando esta evolución?

Sentimos que, en general, satisfactoria, estimulante y prometedora. Ya es un éxito lograr encontrarnos de manera continuada varios años consecutivos, reconocernos como compañeros de viaje en la búsqueda del rostro amazónico de la Iglesia, poder escucharnos, compartir avatares, proyectos, decepciones, ensayos, avances, tropiezos, esfuerzos, expectativas. Muchos ya somos caseritos, nos conocemos, nos apreciamos y nos alegramos de vernos y estar juntos.

En esto de la Asamblea Eclesial, primero ha sido la vida, la práctica, y después va llegando la formulación, la estructuración. “Lo que hago es lo que me enseña lo que estoy buscando”, como cita Rosa Montero. El encuentro es la plasmación de la sinodalidad, la manera horizontal de ser iglesia en la que cabemos todos, todos, todos, los primeros los pueblos indígenas. Es un espacio para discernir y converger, evaluar y proyectar, acoger todas las voces, diseñar rutas, consolidar opciones.

Y así hemos hecho. En varios momentos hemos recogido pareceres acerca de qué debería ser prioritario para el conjunto de los vicariatos en estos momentos, contemplando las circunstancias en que vivimos y retomando los cuatros sueños de Querida Amazonía. El último día quedaron planteadas muchas cuestiones de diferentes calibres, todas interesantes, pero que ahora hay que procesar para enfocar las más urgentes o inmediatas. Vamos definiendo y sistematizando.

Para mí destacaron la necesidad de aunar voces y estrategias para enfrentar las economías criminales (salió mucho la minería como la nueva plaga tóxica que nos invade; de hecho, un informe reciente publicado por La República revela que las dragas para extraer oro ilegal en la Amazonía peruana aumentaron exponencialmente de 140 en 2021 a 1.613 en 2025) y a la vez proteger la vida de los defensores ambientales. Por otra parte, se evidenció el deseo de potenciar el acompañamiento de las mujeres en sus luchas, implementar más decididamente las alianzas y senderos comunes con los pueblos originarios y emprender una reflexión seria acerca de la transmisión de la fe en nuestros contextos.

Antes, durante el año 2025, han trabajado las comisiones intervicariales, que ya dije que son como los remos que impulsan toda esta tarea, y que en la Asamblea presentan sus progresos y sus deficiencias, sus frutos y sus atascos. Vemos que cuesta horrores que se reúnan con regularidad, porque todo es virtual y sometido a las vicisitudes de la selva, pero es un milagro que existan y funcionen a su manera. Necesitamos que quienes las integran vengan a la Asamblea, para evitar la impresión de estar empezando de cero cada vez, o de que la misión se nos escurra entre los dedos como el agua del caño. Vamos organizando.

Aun con todo, el regusto que nos hemos llevado ha sido como el de la taperiba: un poco ácido, de aroma fuerte, pero dulce y refrescante. Y si la aderezas con la sal de las risas, la confianza, las bromas y algún bailecito ingenioso, el diálogo franco y abierto cobra profundidades que forjan iglesia genuina: comprometida, escuchante, femenina y laical. Es un auténtico privilegio formar parte de ella.

En todo este proceso, los obispos de la Amazonía peruana son piezas clave, catalizadores y facilitadores. Se mezclan con todos sin distancia, exhibiendo sencillez, en polo y sandalias, desprovistos de solemnidad y aparato, atentos para escuchar y aportando con discreción. Este tipo de pastores son los que necesitamos, y este caminar de la Iglesia en la selva peruana es también reflejo de su talante.

En fin… No sabemos con precisión el rumbo exacto, pero mientras navegamos intuimos que vamos bien, que es por acá, que hay que persistir, continuar hacia aguas más profundas, hacia el shungo (corazón, centro) de la sinodalidad y de la misión. Nos lo dicen las sonrisas, los abrazos y la esperanza.

sábado, 17 de enero de 2026

LA SELVA ME SULIBEYA

 
Sí. Pasan los años y no dejo de sorprenderme, quedarme boquiabierto, sentir cortocircuitos en mis redes neuronales, maravillarme y reírme a carcajadas. A poco que mires a tu alrededor, esta realidad amazónica y peruana te ofrece multitud de detalles que, al menos a mí, me magnetizan y me hacen agradecer vivir acá.

Solo voy a comentar las tres imágenes de arriba, que he emplazado como pegadas; podría haber otras muchas (como la del Pilato del otro día), pero hay que tener reflejos para desenfundar el celular y a veces no es posible. De izquierda a derecha:

1. A San Antonio de Padua, patrono de Estrecho, no solamente lo restauraron dejándolo como nuevo, sino que lo “inculturaron” para su fiesta. Apreciemos las coronas murui que llevan él y el niño Jesús, además de los collares y las pulseras típicamente indígenas. La canoa y el remo son la guinda: el santo quiere llegar a todos los lugares del Putumayo, con esfuerzo y dedicación, jeje. Como los misioneros.

2. Yanashi es una pista larga paralela a la quebrada, junto a la cual están dispuestas las casas, casi todas pobres, de madera. Recorrerlo de cabo a rabo puede llevarte fácilmente hora y media a buen paso. Los de la parroquia querían que la Virgen de Lourdes, patrona también, fuera en procesión de una punta a otra del pueblo, pero no hallaron a voluntarios para cargar las andas todo ese trecho (normal). De modo que colocaron la imagen en un motofurgón que iba despacito, escoltado por la gente cantando… al principio.

Como llegué tarde de Iquitos aquel día, me encontré con la Virgen ya cerca de la comunal, más o menos en la mitad de la longitud de la pista. Había habido antes cuatro estaciones, pero de allá al otro extremo solo quedaba una última, casi al final, así que el personal, cansado, ya no quiso seguir. Solo fuimos el grupo encargado de hacer la correspondiente oración, en motocarro… y yo subido en la parte trasera del motofurgón de la Patrona.

Ese tramo el vehículo ya no rodó tan lento; la señora Arely, que me acompañaba de “paquete mariano”, me dijo: “Agárrate padrecito”. Las caras de la gente cuando nos veían pasar eran un poema. Ese gringo ahí sentado detrás de la Virgen, marchando raudo y veloz, los perros ladrando… En fin, uno de esos instantes únicos, que hasta hoy me hace reír.

3. El genio de mi pueblo amazónico está muy empatado con el humor. Lo suelo apreciar en variadas circunstancias, y singularmente en los topónimos, los nombres de los lugares. Hay un pueblito cerca de Caballo Cocha que se llama Mochila, al que ya solo por eso estoy deseando ir. Hace poco, de regreso de Huanta, navegamos junto a esta comunidad llamada ni más ni menos que Isla Zapatilla, jaja. Me pregunto por qué, qué pasaría para que bautizaran así a este lugar. ¿Tal vez la boa se tragó una sandalia de alguno de los fundadores?

Esta gente, me fascina, me encanta, me cautiva, me asombra, me hipnotiza, me chifla. O, como en la vieja canción de Carlos Mejia Godoy y los de Palacagüina*, la selva me sulibeya, me almareya, me aleteya… Me siento seducido, alucinado, deslumbrado, embelesado, por traer más verbos del DRAE.

Así quiero comenzar este año nuevo, con ojos ligeros y sonrisa lo más loretana posible. Ojalá me hayan pusangueado, es decir, hechizado amazónicamente, para atraer lo positivo, repeler las malas vibras y enamorarme perdidamente y sin remedio de estos ríos, esta humildad, este sol, esta esperanza, esta gracia, esta pobreza y esta hermosura. Creo que sí.

“Son tus perjúmenes mujer”, le encantaba a mis papás cuando yo era niño.

sábado, 10 de enero de 2026

¿REÑIR, ENSEÑAR, APRENDER DEL PUEBLO?


El Papa defendió en la audiencia del Jubileo de los Catequistas la existencia del sensus fidei, un “sexto sentido de las personas sencillas para las cosas de Dios”. Hasta habló de “una infalibilidad del pueblo de Dios en la fe, de la cual la infalibilidad del Papa es expresión y servicio”. Me pregunto si los pastores nos tomamos esto suficientemente en serio.

Y lo digo por cosas que veo y escucho, talantes, palabras, gestos en el día a día y también en el mundo “virtual”, ya que de un tiempo a esta parte no puedo evitar que me salten en la pantalla videos de sacerdotes en acción enseñando a la gente o dirigiéndose a los espectadores. Y la mayoría me dejan estupefacto y avergonzado.

Justamente “enseñar” y “guiar” fueron los verbos que más salieron el otro día en clase, cuando, después de un semestre de antropología, pedí a los seminaristas reflexionar acerca de cuáles serían las actitudes de un presbítero diocesano que quisiera situarse como un buen pastor en la Amazonía del Perú. Instruir, orientar… claro. “Cuidado no vayan a querer aleccionar a una pareja que se casa acerca de la paternidad o la vida común, ¿eh?”, les bromeé.

Es como si la unción divina nos hiciera maestros de todo, cuando la realidad es que no tenemos experiencia de multitud de dimensiones de la vida, por mucho que estudiemos. El deber de enseñar, como no lo enmarques en la sinodalidad y lo adereces con la modestia, se te puede subir a la cabeza y colocarte por encima del pueblo, que continúa siendo para ti iglesia discente por muchos Vaticanos II que hayan sido.

Se nos olvida con frecuencia que para ser pastores según el corazón de Dios los sacerdotes debemos permanecer en medio del rebaño, "bajando hasta los bordes de la realidad" como dice el Papa Francisco; para cuidar y acompañar, pero sobre todo para aprender experimentando lo que vive la gente, conociendo el nudo de la tormenta humana, tocando “la carne sufriente” de los demás.


Cuando nos empeñamos en ir únicamente delante del rebaño, nos incapacitamos para observar por cuáles caminos nos lleva su olfato, su intuición, esa “inteligencia del corazón que Jesús encontró sobre todo en los pequeños, es decir, en las personas de alma humilde”, dijo León. No puede haber discernimiento si no escuchamos y solo parloteamos; y hablamos tantas veces al vacío…

Lo advierto y lo sufro en discursos de una petulancia repelente, que destilan desprecio por las formas, las creencias y las expresiones de fe populares. Ese afán por corregir lo que se hace mal, especialmente en la liturgia; esas riñas porque la gente no sabe el verdadero sentido de poner velas, o que tales ofrendas son “bobadas”, o que este canto resulta incorrecto, o qué es eso de aplaudir en la iglesia.

Se suelen recubrir estas perlas homiléticas con términos teológicos extraños (“los fines impetratorio, latréutico y propiciatorio de la santa misa”, por ejemplo), de todo punto incomprensibles y casi esotéricos para el público, que me figuro que asistirá embobado a esos alardes de suprema sabiduría del padrecito. En fin. Arrogancia y vanidad. Y con latinajos como guinda.

El otro día, recién llegado a Estrecho para la Confirmación, pregunté qué había programado. “Nada” – me dijeron. Guau, pensé, ¡tengo la tarde libre! Y me dediqué a observar a la gente en la faena de preparar y decorar la iglesia para la celebración. Me resultó fascinante cómo se organizaban, compartían las tareas según sus cualidades, con qué creatividad y paciencia. Dedicaron horas a armar unos arcos de hojas de palmera, unos murales y unos adornos florales que francamente estarían fuera de mis capacidades artísticas. Y solo para un rato, igual que los tikuna elaboran durante semanas las máscaras y vestimentas para la última noche de la pelazón y después todo se quema.

Hay que probar a dejarse impactar por la sensibilidad del pueblo menudo, y para ello hace falta silencio y contemplación. Parar de dar lecciones y escuchar. Sintiéndonos de verdad parte del rebaño, dejarnos llevar con fe en su intuición infalible, aprendiendo y amándolo tal y como es, sin pretender enmendarlo. Mas bien orgullosos y privilegiados de servir como presbíteros a nuestro pueblo lindo.