Sí. Pasan los años y no dejo de sorprenderme, quedarme boquiabierto, sentir cortocircuitos en mis redes neuronales, maravillarme y reírme a carcajadas. A poco que mires a tu alrededor, esta realidad amazónica y peruana te ofrece multitud de detalles que, al menos a mí, me magnetizan y me hacen agradecer vivir acá.
Solo voy a comentar las tres imágenes de
arriba, que he emplazado como pegadas; podría haber otras muchas (como la del Pilato
del otro día), pero hay que tener reflejos para desenfundar el celular y a
veces no es posible. De izquierda a derecha:
1. A San
Antonio de Padua, patrono de Estrecho, no solamente lo restauraron
dejándolo como nuevo, sino que lo “inculturaron” para su fiesta. Apreciemos las
coronas murui que llevan él y el niño Jesús, además de los collares y las
pulseras típicamente indígenas. La canoa y el remo son la guinda: el santo
quiere llegar a todos los lugares del Putumayo, con esfuerzo y dedicación,
jeje. Como los misioneros.
2. Yanashi es una pista
larga paralela a la quebrada, junto a la cual están dispuestas las casas, casi
todas pobres, de madera. Recorrerlo de cabo a rabo puede llevarte fácilmente
hora y media a buen paso. Los de la parroquia querían que la Virgen de Lourdes,
patrona también, fuera en procesión de una punta a otra del pueblo, pero no
hallaron a voluntarios para cargar las andas todo ese trecho (normal). De modo
que colocaron la imagen en un motofurgón que iba despacito, escoltado por la
gente cantando… al principio.
Como llegué tarde de Iquitos aquel día, me
encontré con la Virgen ya cerca de la comunal, más o menos en la mitad
de la longitud de la pista. Había habido antes cuatro estaciones, pero de allá
al otro extremo solo quedaba una última, casi al final, así que el personal,
cansado, ya no quiso seguir. Solo fuimos el grupo encargado de hacer la
correspondiente oración, en motocarro… y yo subido en la parte trasera del
motofurgón de la Patrona.
Ese tramo el vehículo ya no rodó tan lento; la
señora Arely, que me acompañaba de “paquete mariano”, me dijo: “Agárrate
padrecito”. Las caras de la gente cuando nos veían pasar eran un poema. Ese
gringo ahí sentado detrás de la Virgen, marchando raudo y veloz, los perros
ladrando… En fin, uno de esos instantes únicos, que hasta hoy me hace reír.
3. El genio de mi
pueblo amazónico está muy empatado con el humor. Lo suelo apreciar en variadas
circunstancias, y singularmente en los topónimos, los nombres de los lugares.
Hay un pueblito cerca de Caballo Cocha que se llama Mochila, al que ya solo por
eso estoy deseando ir. Hace poco, de regreso de Huanta, navegamos junto a esta
comunidad llamada ni más ni menos que Isla Zapatilla, jaja. Me pregunto por
qué, qué pasaría para que bautizaran así a este lugar. ¿Tal vez la boa se
tragó una sandalia de alguno de los fundadores?
Esta gente, me fascina, me encanta, me
cautiva, me asombra, me hipnotiza, me chifla. O, como en la vieja canción de Carlos
Mejia Godoy y los de Palacagüina*, la selva me sulibeya, me almareya,
me aleteya… Me siento seducido, alucinado, deslumbrado, embelesado, por
traer más verbos del DRAE.
Así quiero comenzar este año nuevo, con ojos ligeros y sonrisa lo más loretana posible. Ojalá me hayan pusangueado, es decir, hechizado amazónicamente, para atraer lo positivo, repeler las malas vibras y enamorarme perdidamente y sin remedio de estos ríos, esta humildad, este sol, esta esperanza, esta gracia, esta pobreza y esta hermosura. Creo que sí.
* “Son tus perjúmenes mujer”, le encantaba a mis papás cuando yo era niño.





