Es increíble sentir que, veintidós años
después de pisar Valencia del Ventoso por primera vez, continúo formando parte
de este pueblo. Es un don, un honor, un gustazo, una
condecoración interior otorgada por pura generosidad y ostentada con asombro y
gratitud.
Solo estuve dos años allá, pero es cierto que
pocas veces falto al día de la Virgen del Valle, nuestra
patrona. En esta ocasión el Ayuntamiento ha realizado un libro que recoge todos
los pregones de la fiesta desde el año 2003, y me invitó, junto con todos los
pregoneros, a un acto de presentación y homenaje. Y pues claro que acudí.
Porque tuve la suerte de pregonar las fiestas
en 2011, cinco años después de haber sido trasladado, con dolor, de Valencia.
El alcalde de entonces, es decir quien me propuso, Lorenzo Suárez, ha sido el
encargado de coordinar la recopilación conmemorativa. En su discurso de
apertura citó unas palabras de mi texto: “Las cualidades que se necesitan
para ser pregonero se reducen a una sola: querer al pueblo. Eso me
animó; si el pregón consiste en declarar que amo Valencia, entonces habéis dado
con la persona indicada”.
Y, sí. En ningún momento me noté como fuera de
lugar, o como un invitado. Yo me encontraba en mi sitio, en mi
pueblo, que está en mis entrañas, igual que Valle de Santa Ana o el Vicariato.
Cómodo, relajado, entre personas con quienes tengo unos vínculos muy
peculiares, que he guardado con mimo a lo largo del tiempo; y con el pueblo
como amor e identidad compartidos.
Releo ahora aquel pregón y me sigo
emocionando. Valencia es tan especial para mí por dos motivos: uno, porque fue
el primer pueblo, me impactó y marcó mucho mi estilo de ser cura. Dos, porque era
joven y en aquella corta estancia se manifestó mi vulnerabilidad, la gente lo
detectó, me cuidó y yo me dejé. Sin hablar de ello demasiado, pero
viviéndolo auténticamente. Lo miro desde el hoy y me parece una maravilla.
Los semblantes de la foto denotan el paso de
los años, pero también la satisfacción y cordialidad que circulaban. Nos
regalaron una botella de vino y otra de aceite oriundos, además de un pin con
el escudo de Valencia. Fue una ceremonia necesariamente corta porque “hay
que irse a la fiesta”, y allá me dirigí.
Como otras veces, saludé a un montón de
personas, sumergiéndome en una especie de torbellino de rostros y nombres
donde me lío un poco, pero es un regocijo. Las personas me preguntan por mi
familia, me dan un feed-back acerca de mi salud (“estás bien”, “estás
muy flaco”…), y siempre reflejan alegría de verte, reconocimiento,
cariño puro y limpio.
Son patentes también las ausencias.
Los vecinos y amigos que ya se han ido. Dolo, Mari Carmen, Blas, Pili… y tantos
otros. De alguna manera están también ahí, acompañándonos en la Piompa, o en
Kinito, o en la algarabía de la plaza abarrotada de risas y de bailes. Les
gustará ver que disfrutamos, que la vida prosigue.
Quería meterme en la tómbola a vender
papeletas, pero no llegué porque me paré acá, me senté allí, conversé, me
junté con varios componentes del grupo de jóvenes de antaño, que ahora son
algunos padres y madres: Davilín, Mamen, Valle, Rosalía, Inma… Quedamos también
inmortalizados en un photocall de la feria, cada vez más moderna.
Aunque la tradición es inamovible, y dicta que
hay que comerse los churros antes de recogerse. Y tanto que lo hicimos.
Ese dulzor del chocolate me queda de este 12 de septiembre. Es el sabor de
seguir siendo pueblo después de tantos años, un “gusto espiritual” en expresión
acuñada por el papa Francisco en Evangelii Gaudium, y que tanto me ha
inspirado siempre. “Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud
cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres!”
(nº 274).
Sí, soy pueblo y lo seré siempre. De Valencia,
de Valle de Santa Ana, del Vicariato. Mis pueblos. Gracias.


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