jueves, 17 de octubre de 2013

UNA NOCHE DE MIERDA

Pasar una noche entera en el hospital es algo así como graduarte en paciencia, enguachinarte de soledad y rendirte a la presencia áspera del dolor propio y ajeno. Tarde o temprano te toca, así que hay que estar preparados para aprender a destajo.

Los pijamas y las batas de los sanitarios son como ambulantes trajes de tortura. Ante ellos sentimos un curioso tipo de miedo, aunque los médicos de urgencias sean esta noche zagales de menos de treinta años (definitivamente, me estoy haciendo mayor). Y es como natural pasar por humillaciones como contar delante de tres personas que tienes un estreñimiento del carajo, desnudarte en un box mientras entra y sale gente, y dejarte llevar a un baño sucio para ponerte un enema.

Todo transcurre muy lento, y da tiempo a que te empape el sufrimiento de la gente que allí llega. Un hombre joven con un dolor en el pecho que casi se cae en brazos del celador; una chica en una camilla que finge que bromea con dos amigas; un señor abatido por un repentino derrame cerebral, las lágrimas de su hija que inundan el pasillo.

Horas de espera en esas salas te hacen familiares los rostros, pero la madrugada no anima muchas conversaciones. A veces los enfermos salen de las consultas transformados, embutidos en pijamas azules, sosteniendo en las manos bolsas blancas que contienen sus ropas. Todos iguales, en una especie de democratización de la tristeza o la resignación.

La sala de observación... ¡qué sitio! Una hilera de cuerpos celestes en penumbra, rodeados de goteros y pantallas, el silencio pastoso roto por insistentes pitidos, y acaso por unas lejanas risas médicas que no mezclan con los quejidos y que casi rechinan por irrespetuosas. A esa hora, las cuatro de la mañana, hechas radiografías, análisis y exploraciones, y varios tratamientos ensayados sin resultado, los médicos (Eva y Adrián se llaman los chavales) se miraron sin saber qué más probar y me preguntaron: "¿y a usted qué le parece?". Jodé, macho.

Hacía ya un par de horas que se me había acabado la batería del móvil. No podía avisar a naide. Estaba como Tom Hanks en El náufrago... qué sensación. Menos mal que me prestaron una y puse un mensaje mientras me quedaba dormido. Cuando me desperté estaba allí mi hermana Berta. Me había relajado y fui al baño por fin. Y ya estoy mejor, un poco cansado y a vueltas con mi fecaloma todavía. Con la soledad que se siente en el hospital pegada a la piel. Una noche en la infanta da para mucho.

No hay comentarios: