miércoles, 23 de febrero de 2011

OOOTRO 23-F CON GADAFI

¡Es que este tipo ya estaba hace 30 años! Qué fuerte. En 1981, mientras Tejero hacía el gamba pegando tiros en el Congreso de los Diputados, Gadafi ya era el dueño del petróleo de Libia y de sus 4 millones de habitantes. Ya entonces.

En casa nos hemos acordado hoy de que aquel día yo estaba en la calle, habría acabado los deberes (mates de 6º de EGB) y estaría dando pingallazos por ahí; mi madre me había encargado comprar pilas antes de recogerme, hora límite probable las 7 de la tarde. El intento de golpe de estado se ha hecho un poco de todos, a medio camino entre la tragedia y el esperpento (como cuenta magníficamente Javier Cercas en el prólogo de su novela Anatomía de un instante, que por cierto me estoy leyendo), y por tanto muy español. Todo quisqui cuenta hoy en radios, teles y periódicos qué hizo aquel día, cómo lo pilló el coño de Tejero. Y yo pues igual. Gadafi firmando ya entonces sentencias de muerte mientras come caviar y un niño andando por la calle Santa Eulalia.

Entré en "El Sanatorio de la Radio", tienda histórica emeritense. Mientras la señora me despachaba el paquete de pilas, se paró la música en el transistor que había sobre el mostrador y una voz masculina muy seria debió anunciar algo tremendo porque la dependienta me echó literalmente, con las pilas pero sin la vuelta, venga niño, pa tu casa, y yo, pero... ¡la vuelta, que no me ha dado la vuelta! Gadafi llenando de petrodólares su saca, Tejero haciendo una llave de yudo a Gutiérrez Mellado y un niño preocupado calle arriba: "¿y ahora qué le digo a mi madre de los cinco duros de vuelta?"

No es novedad que Gadafi está como un manojo de vergas. Lleva así décadas, he leído muchas noticias en Jeune Afrique y frecuentes artículos en periódicos africanos que alertaban del extremo de corrupción y de megalomanía de este personaje, asesino de su pueblo antes y hoy. ¿Qué especie de hipocresía hace que sorprenda el abismo de inhumanidad en Libia? Llamo al timbre y, sin dejarme explicar nada, mi madre me jala, ¡venga pa dentro niño, dónde te metes!

Mientras el rey con sus condecoraciones ordena y resuelve, mis hermanas y yo pasamos la mañana viendo la tele, dibujos y pelis; me recuerda lejanamente la mañana de la muerte de Franco, sin cole, en casa. Parece ser que, aparte de Juan Carlos, poca gente hizo nada esa noche, aparte de esconderse, temblar o preparar las maletas. No nos lanzamos a la calle como los egipcios, no hubo muertos, fuimos un pueblo indeciso, paralizado de terror. En Libia hay tanto cansancio, tanto hastío y terror acumulado, que el instinto de supervivencia puede más que el miedo a las balas de los mercenarios. Hace 30 años, en el momento de hervor de nuestra democracia, Gadafi ya estaba en guerra contra su pueblo, o vosotros o yo. ¡Basta ya! ¡Adelante libios a por la libertad! Quizá las lágrimas de hoy y de mañana van a merecer la pena.

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