sábado, 12 de diciembre de 2009

UN GRAN DÍA



Es ya de noche y hace un rato que he llegado a casa. Cansado, hecho polvo, me encuentro mi casa prácticamente sin puertas (ha habido que quitar cuatro para poner nuevos los bastidores, que estaban deformados) y pienso que este día ha sido un poco así: libre, con un precioso circular de la vida como pasa el aire de la noche entre las habitaciones de mi casa.

Resulta un gustazo echar el día con los muchachos de la JEC. En jornadas de convivencia como ésta, el cura de jóvenes se explaya, se deja llevar, sonríe, está como en su elemento... Claro, es mi sangre y mi "pedigrí", aquello para lo que me preparé más intensamente, lo que siempre el Señor me pidió: ¡los jóvenes! ¡Y qué esponténeamente salaos son estos días con la gente de la JEC! Qué fácil me resulta mezclarme, ocupar mi lugar y no sentirme ya ni descolocado, ni sin sitio ni extraño... En la JEC uno tiene el privilegio de no ser el protagonista, de que las cosas salgan con y por los jóvenes...

Y luego... Plácida. Plácida es una vecina de mi pueblo, vive una calle un poco más arriba de la mía. Es un luchadora: ha vencido varias veces al cáncer (esa "cosa mala" que empieza por "c"), ha movilizado al pueblo entero, que se vuelca en verano haciendo una velá donde se recaudan dinerales para yudar a los enfermos de esa "cosa mala"... A Plácida tenían que operarla porque tuvo tam´bién "eso" en la cabeza, y después de otra operación, tenía un problema en la vista y los ojos literalmente fuera de sus órbitas; ella estaba inquieta, presentía algo malo e insistió en hablar con el cura de su pueblo. Yo traté de animarla mucho diciéndole que si los médicos vieran el más mínimo riesgo para su vida no la operarían. Y entonces pasó lo peor: un derrame cerebral en el posoperatorio la ha tenido varias semanas en coma, al borde de la muerte...
Esta semana, Plácida se despertó; y esta tarde le he ido a visitar al hospital. Al principio le hablé mucho, le conté cosas del pueblo, de la parroquia... Ella asentía, yo veía que me entendía, que recibía con agrado la conversación (no puede hablar porque tiene puesta una traqueotomía, está intubada); todo el mundo trata de estimularla hablándole, ya desde que estaba en coma, hasta que se me acabaron las palabras. Entonces, con el único sonido del alimentador de oxígeno, le cogí la mano, la única mano que mueve, ella me apretaba, nos mirábamos y yo sonreía. Con un inmenso respeto, con la convicción poderosísima de estar estrechando la mano de Jesús, la miré largamente, le ofrecí una sonrisa entre emocionada y tímida, un poco abrumado por la grandeza de su debilidad. Vaya suertaza ser el cura de tu pueblo, Plácida; qué honor conocerte...

¿Cómo no iba a estar contento en la Eucaristía, un poco después? La Iglesia estaba un poco vacía (hoy había viajecito de la asociación de mujeres a Fregenal), pero yo estaba que me salía, sí señor. Me han pasado tantas cosas sencillas-buenas en este día, que creo que vale por muchas de las clases que recibí en la universidad. ¡Seguro!

4 comentarios:

Ana dijo...

Me alegro mucho de que sigas descubriendo la JEC y todo lo que es capaz de aportar en la vida de los jóvenes. Para mi fue una experiencia muy importante. Desde el Polo Norte (-18ºC) te deseo una muy feliz Navidad. El día 30 aterrizo en España.
PD: me gusta tu blog ;)

moreno dijo...

Da gusto leerte, sitúas a las personas con tus escritos de tal manera que formamos parte de lo que vives ¡¡¡¡ más puntuación a tu
favor !!!! Nos alegra que vayas encontrando tu sitio, que trabajes y vivas tan feliz. Desde luego no tienes desperdicio como sacerdote y buena gente. ¡¡¡¡ Todo es aprovechable en tí !!!!
Un abrazo grande.
Manoli y Evaristo.

Carmen dijo...

holaquétal

Nita dijo...

Ese es mi niño, sí señor. Me siento orgullosa de conocerte y de quererte tanto. Un beso, nene!