sábado, 7 de marzo de 2026

ME HA GUSTADO “LOS DOMINGOS”

 
Pues sí. Con todas las características, límites y virtualidades de una película, es decir, un relato de ficción y no un documental, lo cierto es que ha logrado atraerme y hasta emocionarme. Me agrada que alguien se haya atrevido a pisar terrenos tan movedizos y tan descaradamente “intraeclesiales” como la vocación, y más a la vida contemplativa.

Registro una intención descriptiva lograda creo que de forma eficiente: la vocación es aún posible hoy día, especialmente cuando se dan algunas coordenadas vitales: una familia católica, en este caso en Bilbao, educación en un colegio religioso, y por lo tanto contacto cercano con sacerdotes y religiosas, manejo de unos valores y aprendizaje de una jerga (“discernimiento” o “eucaristía”, por ejemplo) un tanto exótica hoy día.

Hay misa, hay ensayos del coro a varias voces, hay convivencias de fin de semana, y sin embargo Ainara es presentada como una chica lo más normal posible: en su grupo de iguales, primeros escarceos con el sexo, probar las drogas blandas, expectativas de ir a la universidad, inquietudes, preguntas… Y acá es donde se coloca el tema de la vocación.

¿Cómo expresar ese camino de búsqueda interior? Es algo muy complejo, y creo que el hilo de la historia buscaba reflejarlo a través de los diálogos de Ainara con el resto de personajes. Lo que más me ha interesado han sido las conversaciones de la joven con su papá, y sobre todo con su tía. Está muy bien traída la brecha de lenguajes, los registros absolutamente divergentes y los consiguientes diálogos para besugos. “Experimentar muchas cosas”, “felicidad”, “viajar”, “monjas locas”, “secta” etc. versus “Amor de/a Jesús”, “llamada”, “incondicional”, “director espiritual” etc.

Justo el curita superchachipiruli me chirrió un poco: inexperto y acudiendo a lugares comunes (“Jesús te quiere solo para Él”) nada convincentes. En cambio, el resto de personajes religiosos me parecieron bien construidos, siempre un pelín caricaturizados pero creíbles: la compañera que lleva un tiempo en el monasterio, el párroco del funeral de la abuela, las monjas y por supuesto la superiora, que es algo tajante, pero inspira confianza.

La dimensión de proceso de la vocación queda un poco chueca, a mi modo de ver. La estudiante de medicina está ahí un año en teoría descubriendo, pero de hecho lo tiene claro; Ainara reza y llora pidiendo a Dios nomás que “le diga algo”; para sor Isabel “simplemente lo sabrás”… No es tan sencillo, es un recorrido con muchos baches, luces y decepciones, uno va escuchando y entendiendo qué desea Dios, y disponiéndose a responder, requiere tiempo. Claro que puedes recordar el instante cero, el big-bang afectivo de tu vocación, pero eso es solo el comienzo de un largo camino. Además, echo de menos el encuentro con la pobreza como veta de discernimiento.

Se narra con pericia el cruce de circunstancias de unos y otros, el contraste de la encrucijada de Ainara, que está a punto de “tirar su porvenir”, y la realidad cotidiana de su familia, llena de desencuentros y heridas. Ninguna vida es perfecta, siempre hay desencanto, rutina y fracaso, y no se trata de escapar de nada sino de hallar y decidir cuál es mi propia partitura de la felicidad, e interpretarla lo más fielmente posible.

Todo se precipita al final con un estilo algo novelesco: el negocio del padre se frustra, la tía anticlerical reacciona desproporcionadamente desheredando a su hermano y su sobrina, muere la abuela y Ainara ve con claridad la luz, se corta los cabellos e ingresa en el monasterio con todo y velo (¿pasando de frente al noviciado?).

Ahí fue donde alguna lágrima afloró. Señal de que la película me llegó, con su realismo y con su desenlace. La música es excelente, el ritmo hábil, la fotografía lograda, y la historia está muy bien contada. ¿Obedece a un “renacer de lo religioso” entre los jóvenes? Creo que no tanto, pero me ha gustado y es destacable que un guion así tenga un espacio en el cine actual hasta el punto de ganar la Concha de Oro y el Goya.

sábado, 28 de febrero de 2026

MISIONEROS AUTÉNTICOS

 
Era una noche de agosto pasado, tal vez el día que regresamos de Indiana del taller de sinodalidad-reconciliadora. Me iba a la casa a dormir cuando vi luz en la maloka cercana y pensé que seguramente estaba Fernando mambeando, como suele hacer. Me acerqué a saludar, me encontré con esta estampa y no pude evitar tomar la foto.

Después la he enviado, ha dado algunas vueltas, hemos bromeado… pero quedó en mi retina como una veta de contemplación de la vida misionera y de lo que significa e implica lograr trabajar juntos, siendo a veces tan distintos.

De hecho, las diferencias son evidentes. Uno, enamorado de la cultura murui, dedica un tiempo al final de cada jornada a conectarse con Dios y con los demás a través de la coca y el tabaco, plantas sagradas. Colocado en la postura tradicional y medio calato, es un indígena genuino, un misionero que vive muy profundamente la inculturación (aunque él me rebatiría esto) y la interculturalidad.

La otra, Yanabel, vestida de arriba abajo con riguroso hábito de mangas largas y medias en este clima ardiente, es una enfermera servidora de los más vulnerables en un hospital en medio de la selva. Dedica horas sin cuento, llega tarde a almorzar, la llaman en la noche. Y aunque no es de fierro, suele exhibir esa sonrisa serena.

Son como dos gotas de agua, en expresión de Wislawa Szymborska: únicos y diferentes, pero a la vez tan similares. En su centro, en la sede de las motivaciones y deseos que los mueven, está Jesús y su Reino, no me cabe duda. He sido testigo de encrucijadas vitales en las que se han mostrado totalmente disponibles al querer de Dios, al servicio de la comunidad; son libres de posibles intereses personales para entregarse a un proyecto mayor.

Los dos son religiosos con votos de obediencia, pobreza y castidad: misionero de la Consolata e Hija de San Camilo respectivamente. Fueron formados en sus instituciones, ellos de estilo abierto y amplios horizontes misioneros, de mucha fraternidad y flexibilidad; ellas fuertes, de gran radicalidad en sus compromisos comunitarios, empeñadas en cuidar su vida espiritual, pero a la vez expertas en ternura para con los enfermos.

Ambos buscan el diálogo, escuchar, ser comprendidos. Parece que Yanabel se pegó una buena parrafada, necesitaba desahogarse, expresar lo que sentía. Seguro que Fernando le ofreció consejos para caminar por la senda del bien, del respeto al otro, y entre los dos hicieron amanecer la Palabra de forma renovada en sus vidas.

Son personas orantes, lo sé muy bien. Dedican diariamente espacios al encuentro con Diosito. Solo puede haber equipos de vida y acción con esa condición. La mayoría de los problemas entre nosotros sobrevienen porque nos faltan tiempos de meditación, oración, intercesión amorosa y conversación en el Espíritu, como están haciendo ellos dos. Solo así podemos sumar evangélicamente las diferencias, transformar conflictos y acertar con lo mejor posible, dadas las circunstancias.

La misión es finalmente mística. Sin contemplación no hay discernimiento, y sin discernimiento las personas formamos agregados meramente funcionales, y las tareas quedan desfiguradas en trabajos a secas. Pero no hay misión, y por tanto es muy posible que no se den frutos, y sí burnout, frustración y relaciones desgastadas y malogradas.

Pero ellos no. Me pareció que Yanabel y Fernando eran una pequeña comunidad misionera de fe, escuchante del evangelio de la vida, dispuesta al seguimiento sin condiciones; un susurro de profecía en estos tiempos precarios y confusos, un icono humilde pero radiante y cristalino de la misión.

sábado, 21 de febrero de 2026

RECORDANDO A GASTÓN HARVEY, MISIONERO LEGENDARIO DEL VICARIATO


La semana pasada falleció en Canadá el p. Gastón Harvey, clérigo de San Viator, misionero legendario del Vicariato, fundador del movimiento de los animadores en Orellana e incansable navegador de las riberas de Indiana. Cuando me nombraron encargado de los animadores, al poco de llegar a la selva, descubrí que el encuentro anual de formación se llamaba “Centro de Formación de animadores cristianos CEFAC Gastón Harvey”, nada menos… Tuve el honor de conocerlo en persona el año pasado, como ya conté, pero ya me era familiar a través de tantas personas como siempre me han hablado de él y de su labor misionera. Acá recojo dos de esos testimonios, llenos de admiración y cariño. Gracias, Gastón. Descansa en el abrazo de Dios.
 
La profesora Berta Quiñones, compañera de Gastón en Orellana:

Hoy, con el corazón conmovido, lleno de nostalgia y profunda gratitud, recuerdo algunas experiencias que marcaron la vida de muchos animadores cristianos, catequistas y líderes sociales de las comunidades de las parroquias de Indiana, Mazán y Orellana.

Su vida fue un largo caminar por la Amazonía, movido por la convicción y la fe de su vocación sacerdotal, al servicio de una pastoral social orientada a formar, con acompañamiento constante, a los líderes de las comunidades amazónicas, para que fueran agentes de su propio destino, defendiendo sus derechos como personas y los recursos naturales, inspirados en el Evangelio y guiados por una praxis nueva, coherente y solidaria.

Gastón, junto al equipo parroquial de entonces —P. Pierre, Hna. Marilú y Hna. Rosvitha—, trabajó arduamente para dar origen y fortalecer a los animadores y a las comunidades cristianas en las parroquias mencionadas.

Su aporte al Vicariato, junto con su congregación religiosa, se distinguió por la defensa firme y valiente de los derechos humanos, promoviendo la formación a través de encuentros zonales y parroquiales sobre temas de la coyuntura nacional. Fue un hombre intelectual, consejero, guía espiritual y pilar de fe, que supo testimoniar que el verdadero liderazgo nace de la humildad y se engrandece en la entrega desinteresada.

Hoy su partida nos llena de tristeza, pero confiamos en la misericordia infinita de Dios, que lo ha recibido con los brazos abiertos, reconociendo cada gesto de amor sembrado en nuestra Amazonía.
Que su legado nos impulse a seguir trabajando por una Iglesia autóctona, donde los sacerdotes de nuestro Vicariato sean verdaderos misioneros, cercanos y serviciales, a favor de los pobres, y nunca indiferentes ante las realidades sociales.
 

El P. Angel Saboya, sacerdote de Iquitos, cuenta:
 
Nos encontramos con el gran amigo, sacerdote y enamorado de la selva, en dos encuentros que llamábamos “Campesinos – Pueblos Jóvenes”. Fueron espacios profundamente populares, donde compartimos las realidades de pobreza y resistencia de nuestra gente de las riberas y de los sectores marginales de la ciudad.

Lo más importante era descubrir cómo se había sentido y encontrado a Cristo en medio de esas realidades. Trabajamos todo el día en pequeños grupos, mezclando participantes del río y de la ciudad, para escuchar directamente al pueblo pobre narrar su experiencia de fe vivida en medio de situaciones duras y desafiantes.

Allí comprobamos el inmenso potencial evangelizador de los pobres, que vivían una fe liberadora y de ningún modo alienante.

Éramos alrededor de 100 personas provenientes de Indiana, Orellana, Tamshiyacu, Mazán y otros caseríos. De Iquitos participaron hermanos y hermanas de los pueblos jóvenes: Primero de Febrero, Primero de Enero, Juan Isern, Belaunde, Nuevo Versalles, Nueve de Octubre, entre otros. Todos pertenecían a comunidades de base, y la mayoría eran animadores y coordinadores de sus respectivas comunidades.

Recordado P. Gastón, gracias por tu cariño a la selva peruana, donde enseñaste y también aprendiste que los pobres y sencillos son los verdaderos evangelizadores.

Hasta pronto, Gastón.

sábado, 14 de febrero de 2026

EL SERVIDOR ÚLTIMO


Estamos en Fuente de Cantos, en torno a un café cargado, unos y otros saludan al párroco Apolo, periódicos sobre la barra, frío mañanero. Conversamos acerca del nombramiento como administrador apostólico del Vicariato, el tema de estos días.
- Bueno, para ti eso será más o menos lo mismo, ¿no? – dice él.
- No exactamente. Ahora soy el último responsable – respondo.
- Será el último servidor más bien, ¿no? El servidor último. Más responsabilidad, o sea, más servicio.
- (Este tío te suelta verdades como puños) – pienso.

“¿Cómo te sientes, estás contento?”, me han preguntado varias veces. Contento… no es la palabra. Me sirven las que coloqué en la entrada en que contaba la audiencia con el Papa: sorprendido, estremecido, abrumado, agradecido, todo a la vez. De hecho, cuando escribí eso ya conocía mi nombramiento, porque me lo comunicaron aquella misma noche, pero no se publicaría hasta la semana siguiente.

Puedo añadir “serenamente conmocionado” a medida que han transcurrido algunos días. De pronto te conviertes en una especie de personaje. La noticia se propaga por la red, aparece tu foto constantemente, ves una avalancha de comentarios, saludos, felicitaciones, te llaman o escriben muchas personas, te quieren ver… Mi obispo de Badajoz me citó aquella mañana, cuando todavía no era público; en el obispado se acercaban a saludarme, yo no decía nada, ellos tampoco, pero todos lo sabían…

Es algo extraordinario que se hayan fijado en mí para este encargo, y concretamente el Papa. No cabe duda que implica valoración y confianza, y por supuesto que me siento honrado y orgulloso. Pero los diálogos como el de Apolo, los mensajes y el discernimiento me ayudan a no tomármelo muy en serio, ni como algo exclusivamente personal. De hecho, creo que es un reconocimiento al obispo Javier Travieso y a todos nosotros como Vicariato.

En estos casos normalmente nombran administrador apostólico a otro obispo, mientras buscan al nuevo pastor, y eso ya ocurrió acá en 2011; pero León, después de conocer de primera mano en qué momento se encuentra hoy el Vicariato, ha apostado por los que ya estamos, sin que le haya parecido indispensable traer a alguien de fuera.

Eso me hace pensar que la Iglesia aprecia el camino que hemos recorrido durante el ministerio de Mons. Javier. Después de estos once años, el Vicariato está en unas condiciones mucho mejores que cuando él llegó: somos más misioneros, contamos un Plan Pastoral que define las prioridades de la misión (alineadas con los sínodos de la Amazonía y de la Sinodalidad), la economía ha remontado apreciablemente, nuestra organización se va optimizando, fundada sobre el trabajo en equipo y la corresponsabilidad, etc.

Es evidente que queda mucho por hacer, experimentamos muchas dificultades y carencias, y nos tropezamos cada día con nuestras debilidades y defectos, pero el hecho es que el Santo Padre desea la continuidad. Y eso es para que todos, todos, todos – no solo yo- nos sintamos satisfechos, porque, de alguna manera, como Vicariato hemos sido confirmados en nuestras opciones, esfuerzos, tareas y proyectos.

En cuando a mí, pues no soy más que un misionero, como todos, únicamente una pieza en este proceso, una mera parte de un gran equipo. El obispo me pidió el servicio de vicario general y lo he realizado lo más misioneramente que he sabido, con mis limitaciones y los inevitables errores. Ahora León me ha encargado este otro oficio, que, aunque transitorio, es delicado, e intentaré responder en la misma línea. Con “el currículum de la humildad y el servicio”, como me ha escrito la doctora María Ibáñez.

Y mi compañero Vicente Venega, me dice: “Has aceptado un compromiso, una misión y una responsabilidad. Pues adelante. No tengas miedo, como le dice el Maestro a los primeros discípulos. El rebaño es más grande, pero la misión es la misma. Sé un hombre, pastor y misionero totalmente libre. Ten las mismas actitudes que Él tuvo y el mismo sentir con el que Él vivió”. Casi nada.

La cosa está clara: lo que toca a quien tiene más responsabilidad es ser el último servidor. Y eso significa más trabajo, más dedicación, más escucha, más humildad, más paciencia, más fidelidad. Lo haré lo mejor que pueda, con la esperanza de que Diosito da la capacidad y su bondad suple la mediocridad. Desde mi pequeñez y sin que se me suba a la cabeza. Por favor oren por mí.

miércoles, 4 de febrero de 2026

JAVIER TRAVIESO, SIERVO BUENO Y FIEL


La primera vez que vine al Perú, hace trece años, Paco Sayago, un compañero amigo de Javier desde la infancia, me recomendó que no fuera de frente de Lima a Chachapoyas, sino que pasase por Trujillo para conocer a Travieso. Y así llegué en bus a la Ciudad de la Eterna Primavera, caminé hasta la plaza de armas, y le timbré con el celular chanchito que me habían prestado. “Espérame ahí, que voy a recogerte”- me dijo. Y yo: ”Para que usted me reconozca, tengo barba y voy vestido con una chompa roja”. “Pues yo también tengo barba y voy vestido de obispo”.

Fue un bonito día, en el que le acompañé a un par de parroquias y me sorprendió el cariño que le tenía la gente. Era un obispo auxiliar cercano, que se recorría las comunidades y visitaba a los sacerdotes, incluso en los confines más lejanos de la sierra, de muy buen trato, afable y con capacidad de escucha. Con sus detalles, su amabilidad, ese porte y esa sonrisa que conquistaba y comunicaba seguridad.

Un año después le nombraron obispo vicario apostólico de San José del Amazonas. Yo llevaba poco más de un mes ya enviado al Perú, pero nos habíamos caído bien. Cuando comunicaron la fecha de la celebración de inicio de su servicio en Indiana, allá nos fuimos algunos paisanos a acompañarle y de paso a conocer la selva; y ya he contado que ese viaje fue definitivo para mí, me sentí irremediablemente atraído por la Amazonía, hasta hoy.

Solo dos años más tarde pasé al Vicariato, por supuesto con todos los permisos de los obispos implicados, porque así me insistió Javier. No le hizo mucha gracia que me quisiera ir a trabajar al río Yavarí, a Islandia, pero se dejó convencer con la suavidad que le caracteriza. Es un español que, después de cuarenta años en este país, ha perdido las aristas y se conduce con esa habilidad tan peruana de envolverte en una conversación en la que expresa lo que desea con claridad y sin traza de violencia.

Le costó trabajo adaptarse a la vida en la Amazonía. Durante muchos años sus tareas habían sido parroquiales y, sobre todo, académicas en la ciudad, de modo que tuvo que hacer acopio de toda su valentía y determinación para subir a los botes, afrontar los rigores climáticos, llegar a los puestos de misión alejados y aceptar que en la selva nunca hay grandes masas sino pequeñas asambleas.

Recuerdo cuando me habló de la idea de nombrarme vicario general. Creo que sabía que me iba a espantar un poco, así que lo hizo con casi un año de antelación para que me fuera preparando. ¿Cómo decirle que no? Te gana con la bondad, la honestidad y la paciencia, te seduce esgrimiendo su humildad y haciéndote sentir su confianza en ti. Me fui a Indiana pues, y justo ahí se desencadenó la pandemia y el obispo fue de los primeros en caer enfermo.

Su salud quedó ofendida y nunca ha vuelto a ser el mismo. Le hemos visto experimentar cada vez más dificultades para las visitas y mayor necesidad de cuidados médicos, que le hacían ausentarse del Vicariato. Pero él tenía claro que debía prestar su servicio, cargando con la cruz: “el Papa me ha enviado acá y yo tengo que hacer lo que pueda”. Siervo fiel y sencillo; con sus defectos, por supuesto, pero creyente y comprometido.

Desde agosto pasado sus dolencias le han imposibilitado en la práctica ejercer su ministerio, hasta que tomó la decisión de presentar su renuncia, que el Papa, que le conoce bien, ha aceptado hoy. En la Asamblea siempre entona una canción que ya le pedimos (porque es compositor y cantautor desde joven) y cuyo estribillo cantamos con él: “Una planta no está muerta mientras le quede raíz”. Me emociono en este momento al recordarlo.

Querido Javier: gracias por tu entrega, por tu testimonio, por tu bondad, por tu humildad. Tu vida no ha terminado; es cierto que ya no podrás continuar en el Vicariato, pero harás todavía muchas cosas en cuanto recobres energías y ánimos. Porque tú tienes una bella, profunda y robusta raíz, que es la vida de Jesús presente en la tuya. Nosotros la conocemos y la hemos disfrutado; estaremos siempre orgullosos de ser tus misioneros.

miércoles, 28 de enero de 2026

UN MOMENTO ÚNICO EN MI VIDA: MI AUDIENCIA PRIVADA CON EL PAPA LEÓN


Estoy sentado en una estancia contigua a la Sala Clementina, en el Palacio Apostólico, ciudad del Vaticano, Roma. El silencio está apenas ribeteado por pasos lejanos y algunas tenues voces, tras las puertas ante mí. Respiro. La emoción que siento planea entre el asombro, la gratitud y sí, algo de nervios: en unos instantes voy a tener un encuentro personal con el Papa León XIV.

Todavía no me lo creo: ¡me va a recibir el Papa en audiencia privada! ¿Cómo es posible? Si a eso solo acceden los cardenales, obispos, jefes de estado, embajadores, María Corina Machado y gente importante… Pues la explicación es simple: mi obispo, Mons. Javier Travieso, había solicitado audiencia y se la habían concedido el 26 de enero a las 9 de la mañana. Como él no pudo ir a Roma a la visita ad limina de los obispos del Perú, yo le reemplacé; y también en esta audiencia, a la que me permitieron ir en su lugar. El Papa mostró una gran generosidad en acoger a este pichiruchi.

Así que acá estoy, esperando nomás a que me digan que pase. La ceremonia de la audiencia exige una etiqueta que al parecer yo no cumplo: el Monseñor asistente me hace notar que no llevo sotana. Le explico que en mi selva no tanto la usamos por el calor, y al ver que hablo español, se relaja -es argentino- y entablamos una breve conversa que me apacigua. “Hemos tenido dificultades porque ha venido usted y no su obispo, pero ya se clarificó y solo hay que aguardar un poco más”.

Por fin se abre la puerta y paso. Detrás está León, le estrecho la mano, me coloco a su lado y el fotógrafo nos saca varias fotos parados juntos. Luego le entrego su regalo, un pequeño bufeo en madera de palisangre, un pedacito de Amazonía. Me parece más alto que la última vez que lo vi, le llamo “Papa León” y en seguida nos quedamos solos, sentados a ambos lados de su escritorio.

Hay un momento de indecisión, parece que prefiere que yo comience el diálogo, y le expreso el saludo de muchas personas: mi obispo, los misioneros del Vicariato, mi familia, las agustinas de la avenida Brasil, las carmelitas de Fuente de Cantos, y tantísima gente que me ha encargado dar un abrazo al Papa de su parte, “incluso la señora que me ha arreglado los bajos de los pantalones del terno”, le suelto, y ahí se ha reído. Cuando le he mencionado la reclamación por mi indumentaria: “No te preocupes, son las cosas de acá”.

“¿Y cómo está Mons. Javier?” – me pregunta, y ese es el primer punto de la conversación. A partir de ahí, yo hablo mucho y él escucha mucho, intercalando de vez en cuando alguna pregunta. Y le cuento la situación del Vicariato y la Amazonía, los problemas que sufrimos (las economías ilegales, la deforestación, la pobreza extrema, las violaciones de los derechos humanos, la invasión de las dragas, etc.), cómo tratamos de acompañar a los pueblos indígenas, las necesidades que tenemos, que nos faltan misioneros, que la economía es inestable, las distancias enormes…

Así es este hombre: discreto, silencioso, prudente, experto en escuchar. Me hace algunas preguntas acerca de mí: de dónde soy, si soy religioso o diocesano, cuántos años llevo en el Vicariato y en el Perú, en qué lugares he trabajado… Su mirada clara, apacible, perspicaz. Le recuerdo que nos conocimos enIndiana y me ubica en aquel día de fiesta y viaje; algunas de las historias que van saliendo le arrancan sonrisas, y en un momento dado, a algo que yo digo él responde con un “Madre mía”. Jeje.

Sigo platicando hasta que considero que he podido exponer todo lo que quería, y hasta le entrego una carta con lo más esencial, por si tiene la bondad de leerla más tarde. De pronto me doy cuenta de que no le he preguntado cómo se encuentra él. – “¿Y usted cómo está?” – “¿Tú cómo me ves?” – “Yo le veo bastante bien; tranquilo” – “Sí, estoy tranquilo. Casi cada día hago la oración de Juan XXIII, ¿la conoces? Dice: ´Señor, yo me voy a dormir. La Iglesia es tuya; cuida Tú de ella´. Y duermo”.

Su media sonrisa se mantiene mientras le digo: “Habrá que irse, ¿no?” – “Sí, será mejor. El tiempo (¡25 minutos!) se ha pasado volando, me he sentido muy cómodo, sereno y confiado, he abierto mi corazón con total sinceridad. Antes de entrar, notaba a mi mamá sosegándome; al salir, también estaba ella, como aroma de satisfacción y felicidad. Y yo conmocionado, abrumado, agradecido, estremecido, maravillado.

El argentino se despidió: “Misionero, tiene usted una vocación muy bonita”. Cierto. Y es tuya, Señor. Cuida de ella. Así fue el lunes 26 de enero de 2026, cumpleaños de Mariana y de Tessy, un día que no olvidaré el resto de mi vida. Gracias gracias gracias.

sábado, 24 de enero de 2026

NO ES UN EVENTO, ES UN PROCESO


Eso fue lo que dijo el cardenal Pedro Barreto al comienzo de la II Asamblea Eclesial de la Amazonía peruana, que se celebró el pasado fin de semana en Lima. Ya conté acá hace un año cómo la tradicional reunión de misioneros, organizada por el CAAAP, ha elegido transfigurarse en auténtica asamblea, con la inspiración de CEAMA. ¿Cómo está resultando esta evolución?

Sentimos que, en general, satisfactoria, estimulante y prometedora. Ya es un éxito lograr encontrarnos de manera continuada varios años consecutivos, reconocernos como compañeros de viaje en la búsqueda del rostro amazónico de la Iglesia, poder escucharnos, compartir avatares, proyectos, decepciones, ensayos, avances, tropiezos, esfuerzos, expectativas. Muchos ya somos caseritos, nos conocemos, nos apreciamos y nos alegramos de vernos y estar juntos.

En esto de la Asamblea Eclesial, primero ha sido la vida, la práctica, y después va llegando la formulación, la estructuración. “Lo que hago es lo que me enseña lo que estoy buscando”, como cita Rosa Montero. El encuentro es la plasmación de la sinodalidad, la manera horizontal de ser iglesia en la que cabemos todos, todos, todos, los primeros los pueblos indígenas. Es un espacio para discernir y converger, evaluar y proyectar, acoger todas las voces, diseñar rutas, consolidar opciones.

Y así hemos hecho. En varios momentos hemos recogido pareceres acerca de qué debería ser prioritario para el conjunto de los vicariatos en estos momentos, contemplando las circunstancias en que vivimos y retomando los cuatros sueños de Querida Amazonía. El último día quedaron planteadas muchas cuestiones de diferentes calibres, todas interesantes, pero que ahora hay que procesar para enfocar las más urgentes o inmediatas. Vamos definiendo y sistematizando.

Para mí destacaron la necesidad de aunar voces y estrategias para enfrentar las economías criminales (salió mucho la minería como la nueva plaga tóxica que nos invade; de hecho, un informe reciente publicado por La República revela que las dragas para extraer oro ilegal en la Amazonía peruana aumentaron exponencialmente de 140 en 2021 a 1.613 en 2025) y a la vez proteger la vida de los defensores ambientales. Por otra parte, se evidenció el deseo de potenciar el acompañamiento de las mujeres en sus luchas, implementar más decididamente las alianzas y senderos comunes con los pueblos originarios y emprender una reflexión seria acerca de la transmisión de la fe en nuestros contextos.

Antes, durante el año 2025, han trabajado las comisiones intervicariales, que ya dije que son como los remos que impulsan toda esta tarea, y que en la Asamblea presentan sus progresos y sus deficiencias, sus frutos y sus atascos. Vemos que cuesta horrores que se reúnan con regularidad, porque todo es virtual y sometido a las vicisitudes de la selva, pero es un milagro que existan y funcionen a su manera. Necesitamos que quienes las integran vengan a la Asamblea, para evitar la impresión de estar empezando de cero cada vez, o de que la misión se nos escurra entre los dedos como el agua del caño. Vamos organizando.

Aun con todo, el regusto que nos hemos llevado ha sido como el de la taperiba: un poco ácido, de aroma fuerte, pero dulce y refrescante. Y si la aderezas con la sal de las risas, la confianza, las bromas y algún bailecito ingenioso, el diálogo franco y abierto cobra profundidades que forjan iglesia genuina: comprometida, escuchante, femenina y laical. Es un auténtico privilegio formar parte de ella.

En todo este proceso, los obispos de la Amazonía peruana son piezas clave, catalizadores y facilitadores. Se mezclan con todos sin distancia, exhibiendo sencillez, en polo y sandalias, desprovistos de solemnidad y aparato, atentos para escuchar y aportando con discreción. Este tipo de pastores son los que necesitamos, y este caminar de la Iglesia en la selva peruana es también reflejo de su talante.

En fin… No sabemos con precisión el rumbo exacto, pero mientras navegamos intuimos que vamos bien, que es por acá, que hay que persistir, continuar hacia aguas más profundas, hacia el shungo (corazón, centro) de la sinodalidad y de la misión. Nos lo dicen las sonrisas, los abrazos y la esperanza.

sábado, 17 de enero de 2026

LA SELVA ME SULIBEYA

 
Sí. Pasan los años y no dejo de sorprenderme, quedarme boquiabierto, sentir cortocircuitos en mis redes neuronales, maravillarme y reírme a carcajadas. A poco que mires a tu alrededor, esta realidad amazónica y peruana te ofrece multitud de detalles que, al menos a mí, me magnetizan y me hacen agradecer vivir acá.

Solo voy a comentar las tres imágenes de arriba, que he emplazado como pegadas; podría haber otras muchas (como la del Pilato del otro día), pero hay que tener reflejos para desenfundar el celular y a veces no es posible. De izquierda a derecha:

1. A San Antonio de Padua, patrono de Estrecho, no solamente lo restauraron dejándolo como nuevo, sino que lo “inculturaron” para su fiesta. Apreciemos las coronas murui que llevan él y el niño Jesús, además de los collares y las pulseras típicamente indígenas. La canoa y el remo son la guinda: el santo quiere llegar a todos los lugares del Putumayo, con esfuerzo y dedicación, jeje. Como los misioneros.

2. Yanashi es una pista larga paralela a la quebrada, junto a la cual están dispuestas las casas, casi todas pobres, de madera. Recorrerlo de cabo a rabo puede llevarte fácilmente hora y media a buen paso. Los de la parroquia querían que la Virgen de Lourdes, patrona también, fuera en procesión de una punta a otra del pueblo, pero no hallaron a voluntarios para cargar las andas todo ese trecho (normal). De modo que colocaron la imagen en un motofurgón que iba despacito, escoltado por la gente cantando… al principio.

Como llegué tarde de Iquitos aquel día, me encontré con la Virgen ya cerca de la comunal, más o menos en la mitad de la longitud de la pista. Había habido antes cuatro estaciones, pero de allá al otro extremo solo quedaba una última, casi al final, así que el personal, cansado, ya no quiso seguir. Solo fuimos el grupo encargado de hacer la correspondiente oración, en motocarro… y yo subido en la parte trasera del motofurgón de la Patrona.

Ese tramo el vehículo ya no rodó tan lento; la señora Arely, que me acompañaba de “paquete mariano”, me dijo: “Agárrate padrecito”. Las caras de la gente cuando nos veían pasar eran un poema. Ese gringo ahí sentado detrás de la Virgen, marchando raudo y veloz, los perros ladrando… En fin, uno de esos instantes únicos, que hasta hoy me hace reír.

3. El genio de mi pueblo amazónico está muy empatado con el humor. Lo suelo apreciar en variadas circunstancias, y singularmente en los topónimos, los nombres de los lugares. Hay un pueblito cerca de Caballo Cocha que se llama Mochila, al que ya solo por eso estoy deseando ir. Hace poco, de regreso de Huanta, navegamos junto a esta comunidad llamada ni más ni menos que Isla Zapatilla, jaja. Me pregunto por qué, qué pasaría para que bautizaran así a este lugar. ¿Tal vez la boa se tragó una sandalia de alguno de los fundadores?

Esta gente, me fascina, me encanta, me cautiva, me asombra, me hipnotiza, me chifla. O, como en la vieja canción de Carlos Mejia Godoy y los de Palacagüina*, la selva me sulibeya, me almareya, me aleteya… Me siento seducido, alucinado, deslumbrado, embelesado, por traer más verbos del DRAE.

Así quiero comenzar este año nuevo, con ojos ligeros y sonrisa lo más loretana posible. Ojalá me hayan pusangueado, es decir, hechizado amazónicamente, para atraer lo positivo, repeler las malas vibras y enamorarme perdidamente y sin remedio de estos ríos, esta humildad, este sol, esta esperanza, esta gracia, esta pobreza y esta hermosura. Creo que sí.

“Son tus perjúmenes mujer”, le encantaba a mis papás cuando yo era niño.

sábado, 10 de enero de 2026

¿REÑIR, ENSEÑAR, APRENDER DEL PUEBLO?


El Papa defendió en la audiencia del Jubileo de los Catequistas la existencia del sensus fidei, un “sexto sentido de las personas sencillas para las cosas de Dios”. Hasta habló de “una infalibilidad del pueblo de Dios en la fe, de la cual la infalibilidad del Papa es expresión y servicio”. Me pregunto si los pastores nos tomamos esto suficientemente en serio.

Y lo digo por cosas que veo y escucho, talantes, palabras, gestos en el día a día y también en el mundo “virtual”, ya que de un tiempo a esta parte no puedo evitar que me salten en la pantalla videos de sacerdotes en acción enseñando a la gente o dirigiéndose a los espectadores. Y la mayoría me dejan estupefacto y avergonzado.

Justamente “enseñar” y “guiar” fueron los verbos que más salieron el otro día en clase, cuando, después de un semestre de antropología, pedí a los seminaristas reflexionar acerca de cuáles serían las actitudes de un presbítero diocesano que quisiera situarse como un buen pastor en la Amazonía del Perú. Instruir, orientar… claro. “Cuidado no vayan a querer aleccionar a una pareja que se casa acerca de la paternidad o la vida común, ¿eh?”, les bromeé.

Es como si la unción divina nos hiciera maestros de todo, cuando la realidad es que no tenemos experiencia de multitud de dimensiones de la vida, por mucho que estudiemos. El deber de enseñar, como no lo enmarques en la sinodalidad y lo adereces con la modestia, se te puede subir a la cabeza y colocarte por encima del pueblo, que continúa siendo para ti iglesia discente por muchos Vaticanos II que hayan sido.

Se nos olvida con frecuencia que para ser pastores según el corazón de Dios los sacerdotes debemos permanecer en medio del rebaño, "bajando hasta los bordes de la realidad" como dice el Papa Francisco; para cuidar y acompañar, pero sobre todo para aprender experimentando lo que vive la gente, conociendo el nudo de la tormenta humana, tocando “la carne sufriente” de los demás.


Cuando nos empeñamos en ir únicamente delante del rebaño, nos incapacitamos para observar por cuáles caminos nos lleva su olfato, su intuición, esa “inteligencia del corazón que Jesús encontró sobre todo en los pequeños, es decir, en las personas de alma humilde”, dijo León. No puede haber discernimiento si no escuchamos y solo parloteamos; y hablamos tantas veces al vacío…

Lo advierto y lo sufro en discursos de una petulancia repelente, que destilan desprecio por las formas, las creencias y las expresiones de fe populares. Ese afán por corregir lo que se hace mal, especialmente en la liturgia; esas riñas porque la gente no sabe el verdadero sentido de poner velas, o que tales ofrendas son “bobadas”, o que este canto resulta incorrecto, o qué es eso de aplaudir en la iglesia.

Se suelen recubrir estas perlas homiléticas con términos teológicos extraños (“los fines impetratorio, latréutico y propiciatorio de la santa misa”, por ejemplo), de todo punto incomprensibles y casi esotéricos para el público, que me figuro que asistirá embobado a esos alardes de suprema sabiduría del padrecito. En fin. Arrogancia y vanidad. Y con latinajos como guinda.

El otro día, recién llegado a Estrecho para la Confirmación, pregunté qué había programado. “Nada” – me dijeron. Guau, pensé, ¡tengo la tarde libre! Y me dediqué a observar a la gente en la faena de preparar y decorar la iglesia para la celebración. Me resultó fascinante cómo se organizaban, compartían las tareas según sus cualidades, con qué creatividad y paciencia. Dedicaron horas a armar unos arcos de hojas de palmera, unos murales y unos adornos florales que francamente estarían fuera de mis capacidades artísticas. Y solo para un rato, igual que los tikuna elaboran durante semanas las máscaras y vestimentas para la última noche de la pelazón y después todo se quema.

Hay que probar a dejarse impactar por la sensibilidad del pueblo menudo, y para ello hace falta silencio y contemplación. Parar de dar lecciones y escuchar. Sintiéndonos de verdad parte del rebaño, dejarnos llevar con fe en su intuición infalible, aprendiendo y amándolo tal y como es, sin pretender enmendarlo. Mas bien orgullosos y privilegiados de servir como presbíteros a nuestro pueblo lindo.

sábado, 3 de enero de 2026

QUEMANDO EL 2025


Ya está el Pilato preparado en la puerta de la iglesia. Está hecho con ropa vieja, que se quiere desechar, porque va a arder para despedir el año viejo. Para quemar junto con ese pelele había que escribir las fealdades de 2025, los errores, desgracias, sinsabores y demás mugres del año casi extinguido. Al hacer recuento, lo que sentí fue que 2025 no ha sido un buen año, menos malo que 2024, pero malo, pues.

Comenzó con un viaje a USA incrustado en la agenda como con calzador y la Asamblea Vicarial, en la que hubo un par de episodios que me contrariaron y ya no me repuse. De ahí pasé a tres de meses de mala salud (gripe fuerte, pérdida de peso, problemas intestinales, etc.) y estrés, azuzado por algunos disgustos más. Ya conté que, en Indiana, ante las tortas que celebraban mis 25 años de presbiterado, me salió algo así: “En estas últimas semanas me siento cansado, anímicamente quebrado y con ganas de salir corriendo. No soy de fierro, necesito que me comprendan y que me ayuden, no que me machaquen. Y además extraño mucho a mi mamá”.

A partir de la quincena de mayo, en los dos meses siguientes, me ayudaron las visitas a los puestos de misión y el viaje a Canadá, que resultó precioso, y me fui recuperando. El encuentro vicarial de jóvenes, a finales de julio, quizá haya sido la cumbre de 2025, el mejor momentoA partir de ahí, todo cayó en picado: conflictos, enfermedad, vacaciones malogradas, adiós a nuestra casa familiar, problemas, más calamidades, situación del Vicariato extraña, difícil e incierta hasta hoy. El último trimestre ha sido atroz.

Pero también, junto con las porquerías, hay que agradecer las lindezas del año que se va, esbozar los deseos para el nuevo tiempo que asoma, y colocarlo todo en un arbolito, para que la vida se abra camino. Y sí, reconozco que 2025 trajo también satisfacciones y alegrías, experiencias luminosas y bondades. Además de las ya mencionadas, me quedo con:

- la fiesta de los Reyes Magos con mi familia
- el pin de mi Diócesis en el homenaje a los que cumplíamos bodas sacerdotales
- la Asamblea Eclesial de la Amazonía peruana, momentazo en la gestación de una Iglesia Amazónica
- la experiencia de acompañar a las religiosas en los Ejercicios de la CONFER
- mi hermana Berta elegida Decana de la Facultad de Medicina de Badajoz
- el nuevo papa, ¡misionero y peruano!
- el taller de Sinodalidad-reconciliadora
- la Semana Social, la Cumbre del Agua y el Congreso de Teología

Y, por encima de todo, el cariño recibido de parte de los misioneros y la gente en las visitas a todos los puestos de misión del Vicariato al largo del año. Los momentos especiales en Caballo Cocha, Tacsha, Estrecho, Indiana, Tamshiyacu, Angoteros, Orellana, Islandia… Los apretones de manos, los agradecimientos, los abrazos y los cariños han significado para mí todavía más que en otros momentos, han servido de bálsamo suave.

Mención aparte merece Yanashi, uno de los lugares que más he frecuentado, y donde estos días disfruto de silencio, calma y descanso. Resulta sanador pasar tiempo con quienes nos quieren y nos cuidan, esa fue ya la experiencia de Jesús. Gracias Diosito por esta dicha sencilla, pero imprescindible.

El conocimiento del pueblo lindo dice que las cenizas del 2025, soleadas y regadas por la lluvia, pueden ser buen guano para el 2026 recién nacido, como pasa en cualquier chacra que se desmonta y se quema. Seguramente se requiere paciencia, discernimiento y generosidad. No alcanzo a visualizar nada, pero sé que “tú eres mi Dios; en tus manos están mis azares”, como dice el salmo 30.

Me dejo llevar y confío en que, al atardecer, se hará la belleza.