lunes, 3 de agosto de 2020

INSTANTÁNEA VERGONZANTE DE LA PENURIA

Me topé con esta imagen en la tele, en un reportaje sobre la situación límite que vive Arequipa a causa del COVID, que es una reedición de lo ya visto en Piura, en Iquitos o en Trujillo, pero esta vez el detalle de los autos convertidos en improvisadas camas de hospitalización me dejó helado y dolorido.

Por más intentos que ha hecho el gobierno, por más plata que se ha destinado a reforzar el raquítico sistema sanitario, la realidad golpea con crudeza: hay hospitales a medio construir, faltan camas, unidades de cuidados intensivos, el personal apenas alcanza el 40% de lo que sería necesario, y esto en las ciudades pobladas de la costa… En las alturas serranas, en las chacras remotas y en las profundidades de la Amazonía la situación todavía es más precaria.

Cuatro meses y medio después del comienzo de la cuarentena, y cuando ésta ya ha sido levantada en gran parte del país, la gente sigue muriendo en la cola de la puerta de emergencias, o en la espera angustiosa de un balón de oxígeno. Y parece que lo peor está por llegar, porque estos días deberíamos estar sufriendo el resultado de lo que ocurrió hace tres semanas cuando la gente de 17 regiones salió por fin a trabajar, a pasear, a cumpleañear, a visitar, a tomar, a fingir que la vida puede seguir tal y como era antes.

Junto a la puerta del hospital de Arequipa quedaron cuadrados varios carros con un balón de oxígeno de pie a su costado. Unas mantas o paños tratan de tapar pudorosamente al enfermo que uno imagina tumbado en su interior, tal vez en el asiento trasero, aguardando un lugar en el centro médico. Una persona con la saturación baja, el rostro semioculto tras la máscara con reservorio y la angustia en sus ojos. ¿Cuánto durará el oxígeno? ¿Le darán una cama antes de que se termine? ¿Su estado se mantendrá o empeorará…?

El cristal de la ventana con una mínima abertura para dejar pasar los tubos. El frío propio del mes de julio arreciando e invadiendo sin piedad el habitáculo, especialmente en la noche. Me figuro al hijo, a la esposa o al nieto arrebujándose en una frazada para entrar en calor en las horas nocturnas. La incertidumbre, el sobresalto y la incomodidad imponen el insomnio. Quizás también la indignación.

De hecho, cuando el presidente viajó a Arequipa al día siguiente de aquellos planos del telediario, una muchedumbre le increpó y ni siquiera pudo ingresar al hospital. La señora Celia Capira, al ver que Vizcarra se marchaba en el coche oficial, le persiguió corriendo por la calle, llamándole quebrando su voz por encima de los ruidos de los motores, exigiéndole que fuera a visitar las carpas donde los contagiados, uno de ellos su esposo, se amontonan y mueren a un ritmo de uno cada hora. A pesar de ser joven, treinta y pocos años, no pudo más y hubo de detenerse sin aliento. La expresión de sus ojos arrasados de lágrimas, el tono de su grito y los gestos de sus manos son la más expresiva imagen de la impotencia y la desesperación.

Un par de días después el marido de Celia murió. En la acostumbrada conferencia de prensa, el presidente le pidió públicamente disculpas “por no haberla escuchado”. Celia contestó a los periodistas: “Unas disculpas no me devolverán a mi esposo”. Así es este país maravilloso, donde se atiende a los reclamos con buenas formas y sonrisas mientras todo continúa igual, la injusticia predomina, los corruptos meten la mano en la caja y los pobres mueren prematuramente.

En estas circunstancias hemos celebrado el 199 aniversario de libertad y vida republicana. Rumbo al bicentenario contabilizando alrededor de 20.000 muertos por coronavirus (cifras oficiales), y subiendo. Con banderas nacionales engalanando dignamente todos los hogares y autos con oxígeno acoplado adornando la entrada del hospital.

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