martes, 16 de diciembre de 2014

LA MISIÓN DENTRO DE LA MISIÓN

Estos quecos son del caserío La Palma
No basta con venirme al quinto pimiento, lejísimos de mi mundo, de mi familia y mis amigos, de mi seguridad; una vez aquí, hay que volver a salir y llegar a los rincones más alejados, donde los más pobres cada día luchan, trabajan, viven y creen. Y eso es algo muy hermoso y auténtico, pero te lo tienes que quitar de tu cuerpo, de modo que la vasija de barro se cansa y resquebraja.

Y se moja. Hasta ahorita no he comprendido yo perfectamente la invitación del Aviento a preparar el camino del Señor... ¡Madre mía, qué caminos! Cada día una media de 3-4 horas de andadura, 10-15 kilómetros pateando piedras y barros, entre nubes de la altura de la selva, bajo el aguacero, con las botas de jebe (nuestras katiuskas), el palo de trekking y el poncho de agua. Llegar a Santa Fe o La Palma, sentarte un rato, quitarte la camiseta empapada y ponerte otra seca para celebrar la Eucaristía con las botas puestas y el barro pegado al alba. Los ornamentos sagrados mezclados con la tierra de los más humildes; eso es la misión.

Después, siempre te acogen, te invitan a su casa y te dan lo mejor que tienen, para que almuerces y te repongas. Ahí aparece el platao de arroz-papas-yuka-gallina, energía para retomar el sendero hasta Nuevo Omia. Justo antes de entrar en el pueblo hay un puente que es un palo sin agarradero, que resbala, se mece, y yo trato de cruzar, bajo la lluvia... pero no soy capaz, y al final el señor Almanzor y yo acabamos vadeando el río a pie, con el agua veloz por encima de la rodilla.

Nuevo Omia por la mañana en medio de las nubes
Al llegar, el baño es obligado, y prosigue la lucha por mantener la ropa seca, porque hay agua por todos lados. Vuelvo a comer sencillez y cariño para cenar, y luego el cansancio que siento en la noche es desconocido: confesiones, misa, bautizos, primera comunión. Hace año y medio que ningún cura aparece por acá y es precioso sentir un agradecimiento casi físico en las palabras, los apretones de mano, los abrazos.

Otro día paso a Nuevo Vista Alegre; reconforta comprobar que la gente me recuerda de la última vez. Entro en la posta de salud y en el colegio, charlo con la enfermera y con el director: "Estamos fatal de material padre, no me funciona ni el tensiómetro, no sabemos si el año que viene contaremos con profesores suficientes...". Pienso en el tensiómetro que me regaló Estela, y las veces que Mª José me tomaba la tensión; y en los ordenadores, los balones y las fotocopiadoras de los coles de allá. La chica me hace caer en la cuenta de que todo lo que hay en estos pueblos aislados ha llegado a lomos de mula o cargado por la gente, desde un pansito hasta un refrigerador.

Donde he estado más tiempo ha sido en El Dorado, que hace como de "campo base". Allí me tocó predicar sobre el Buen Pastor, y pensaba que es la primera vez que actúo como cura suyo, no estoy de paseo o de vacaciones, es mi parroquia de Mendoza, mi responsabilidad, mis ovejas... ¡y cuánto necesito formar parte de una comunidad, tener a alguien concreto a quien servir! El pastor se cansa buscando a su ovejita perdida, pero la necesita tanto como ella a él. Y con qué ilusión he preparado mi propia mochila-sacristía, mis lecturas, mis cosas, es mi estreno, esta vasija puede incluso servir para algo.

En medio de la itinerancia se encuentra a quién pertenecer, y eso me consuela de la lejanía y el desarraigo. La noche del sábado celebramos el Bautismo de 11 niños, un equipo de fútbol, y de hecho bautizo a un Diego Forlán y a un Messi (escrito Meci en peruano). Hermes toca la guitarra, la gente se ríe con mis bromas, asienten durante la homilía y, cuando cantan "Esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar", se me ponen los pelos de punta y siento que todo merece la pena, la paliza, la incomodidad, la fatiga.

Llega el momento de despedirse, mañana regreso tempranito a Soritor. El animador se llama Ignacio (...), dice unas palabras en las que vuelve a dar las gracias "al misionero que ha pasado estos días con nosotros". Lo escucho y por primera vez me parece que la palabra me puede cuadrar: misionero. Aparte de la cruz, el distintivo es el barro del camino; de él está hecha mi vasija.

"Preparen el camino al Señor"... ¡y tanto!

2 comentarios:

Pepa dijo...

Hola César.Todo cuanto cuentas nos invita a reflexionar sobre la grandeza del misionero.Es mucho el esfuerzo y con bastantes dificultades,pero qué hermosa la recompensa y la alegría de la gente.
A ver si en las fechas que se avecinan te deleitan el paladar con otras viandas que no sean arroz-papas...no conocemos costumbres y tradiciones de allá por estas fechas.

Abrazos

Anónimo dijo...

Que grade eres Cesar!!!!

Un fuerte abrazo.
J3