Era una noche de agosto pasado, tal vez el día
que regresamos de Indiana del taller de sinodalidad-reconciliadora. Me iba a la
casa a dormir cuando vi luz en la maloka cercana y pensé que seguramente
estaba Fernando mambeando, como suele hacer. Me acerqué a saludar,
me encontré con esta estampa y no pude evitar tomar la foto.
Después la he enviado, ha dado algunas
vueltas, hemos bromeado… pero quedó en mi retina como una veta de contemplación
de la vida misionera y de lo que significa e implica lograr trabajar juntos,
siendo a veces tan distintos.
De hecho, las diferencias son evidentes. Uno, enamorado de la cultura murui, dedica un tiempo al final de cada
jornada a conectarse con Dios y con los demás a través de la coca y el tabaco,
plantas sagradas. Colocado en la postura tradicional y medio calato, es
un indígena genuino, un misionero que vive muy profundamente la
inculturación (aunque él me rebatiría esto) y la interculturalidad.
La otra, Yanabel, vestida de arriba abajo con riguroso
hábito de mangas largas y medias en este clima ardiente, es una enfermera
servidora de los más vulnerables en un hospital en medio de la selva. Dedica
horas sin cuento, llega tarde a almorzar, la llaman en la noche. Y aunque
no es de fierro, suele exhibir esa sonrisa serena.
Son como dos gotas de agua, en expresión de
Wislawa Szymborska: únicos y diferentes, pero a la vez tan similares. En su
centro, en la sede de las motivaciones y deseos que los mueven, está Jesús y su
Reino, no me cabe duda. He sido testigo de encrucijadas vitales en las que
se han mostrado totalmente disponibles al querer de Dios, al servicio de la
comunidad; son libres de posibles intereses personales para entregarse a un
proyecto mayor.
Los dos son religiosos con votos de obediencia, pobreza y castidad: misionero de la
Consolata e Hija de San Camilo respectivamente. Fueron formados en sus
instituciones, ellos de estilo abierto y amplios horizontes misioneros, de
mucha fraternidad y flexibilidad; ellas fuertes, de gran radicalidad en sus
compromisos comunitarios, empeñadas en cuidar su vida espiritual, pero a la vez
expertas en ternura para con los enfermos.
Ambos buscan el diálogo, escuchar, ser
comprendidos. Parece que Yanabel se pegó una buena parrafada,
necesitaba desahogarse, expresar lo que sentía. Seguro que Fernando le ofreció
consejos para caminar por la senda del bien, del respeto al otro, y entre los
dos hicieron amanecer la Palabra de forma renovada en sus vidas.
Son personas orantes, lo sé muy bien. Dedican diariamente espacios al encuentro con Diosito. Solo puede
haber equipos de vida y acción con esa condición. La mayoría de los
problemas entre nosotros sobrevienen porque nos faltan tiempos de meditación,
oración, intercesión amorosa y conversación en el Espíritu, como están haciendo
ellos dos. Solo así podemos sumar evangélicamente las diferencias, transformar
conflictos y acertar con lo mejor posible, dadas las circunstancias.
La misión es finalmente mística. Sin contemplación no hay discernimiento, y sin discernimiento las
personas formamos agregados meramente funcionales, y las tareas quedan
desfiguradas en trabajos a secas. Pero no hay misión, y por tanto es muy posible
que no se den frutos, y sí burnout, frustración y relaciones desgastadas
y malogradas.
Pero ellos no. Me pareció que Yanabel y Fernando eran
una pequeña comunidad misionera de fe, escuchante del evangelio de la vida,
dispuesta al seguimiento sin condiciones; un susurro de profecía en estos
tiempos precarios y confusos, un icono humilde pero radiante y cristalino de la
misión.

1 comentario:
Bendito y alabado sea el Señor de nuestras consagraciones para su Reino!
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