Esta expresión, que he encontrado como un tesoro en el libro
“Conversación espiritual, discernimiento y sinodalidad”, obra de los jesuitas
Juan Antonio Guerrero y Óscar Martín que recomiendo vivamente, me ha hecho
de exquisita banda sonora estos días de ejercicios espirituales de CONFER en
Chaclacayo, en los que he participado como acompañante.
Esta historia comienza hace un par de años, en la sorpresa
que supuso este mismo retiro, guiado por Simón Pedro y su comunidad
benedictina. Entonces ya conté que había dedicado algunos tiempos a la
confesión, y ahí ponderé como nunca antes la urgencia del acompañamiento en
la vida religiosa, misionera o presbiteral. De modo que el año pasado me
ofrecí a la CONFER para venir, pero sin hacer ejercicios, nomás para acompañar,
y Mª Inés me dijo ¡graciaaaas! (y eso que soy diocesano…).
Llegué, junto con todo el grupo de unas 45 personas, y armé
mi cuadro para anotarse con bastantes espacios diarios disponibles para
conversar con las hermanas (solo había dos varones). Me da alegría ofrecer
todo mi tiempo, creo que es importante que las personas sientan que cuentan con
esa posibilidad, y siempre en la libertad que nada entre la cautela ante
alguien desconocido, la confianza y el menester.
La experiencia ha superado todas mis expectativas en
cantidad (han sido 13 ejercitantes y un total de 22 encuentros) pero sobre todo
en condición. Diosito me ha desbordado de manera divergente, por riqueza y
oportunidad de crecimiento para mí. Qué importante es ser acogido-a y
escuchado-a profundamente; la escucha es el big bang del discernimiento,
la raíz de la vida espiritual.
Y qué complicado hallar a alguien que te acompañe,
según la mayoría de las religiosas que he atendido. Los sacerdotes “no tienen
tiempo”, “no se pueden detener” en medio de tantísimas cosas, o “no tanto comprenden”...
Triste pero real, y en hermanas de variadas edades y situaciones, en la ciudad
y en el campo, perpetuas o temporales.
Dominó muchos diálogos cómo transitar la etapa
crepuscular de la vida. Muchas eran mayorcitas, en situación de despedida de
la primera línea después de décadas de entrega y batallas a veces muy duras.
Algunas misioneras heroicas pistoleras, como Asunta, 53 años en el corazón de
la Amazonía y de pronto cuadrada en la ruidosa Lima. Y además asistiendo a
la reducción de hermanas, el cierre de casas, lo que parece el final de una
época… Inevitable preguntarse: “después de tanto trabajo, mi vida ¿para qué ha
sido? si esto se hunde”.
También hubo jóvenes con problemáticas clásicas y
actuales, hijas de este mundo hiperconectado y sin embargo anegado por la
soledad, también en las congregaciones. Con propósitos amplios de amistad
auténtica con Jesús, de estar con la gente de abajo, de estudio y buena
preparación, y deseos sinceros de una vida comunitaria realmente cálida y
significativa. Lindas y bravas chicas, complejo horizonte.
Porque, sí, la comunidad es el gran tema, recurrente en
cada coloquio. Es el quid de la cuestión de la vida consagrada, la piedra
de toque, la zona sensible, el caballo de batalla, la madre del cordero, el
argumento clave. Que requiere, a mi juicio, un serio discernimiento y un
paquete de reformas valientes, y mientras eso se va dando, generosas dosis
de humanidad, ternura y humor.
Al estar cuatro personas acompañando, y uno de ellos Simón
Pedro con todas sus horas llenas, no había demasiada aglomeración. Fue
posible así realizar un pequeño proceso con algunas de ellas, en dos o tres
momentos, tratando aspectos de su cotidianidad, e incluso, más “técnicamente”,
acerca de cómo les iba en ese retiro concreto, dándoles “algunos spirituales
exercicios convenientes y conformes a la necesidad de la tal ánima así agitada”,
como dice el número 17 de los Ejercicios.
Ha sido muy agradable concelebrar cada día con Simón
Pedro, un hombre de Dios y un profeta con 50 años en Perú. Y haciéndole de
“lazarillo”, según sus propias palabras, porque padece alguna dificultad para
estar de pie quieto mucho rato. Todo un privilegio; la imagen deja constancia.
En fin, se trataba fundamentalmente de escuchar. De
manera abierta: con los cinco sentidos y el corazón de par en par,
incondicionalmente, sin la mínima traza de juicio. Y vulnerable: sin
miedo a mostrar heridas propias, compartir certezas e incertidumbres
como hermano, dejándote afectar, dispuesto a aprender y cambiar.
Espero haber ayudado en algo. Para mí ha sido un sustancioso
e iluminador obsequio del Espíritu. ¡Gracias!
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