En el momento de la foto yo seguía sudando,
porque a pesar de que era noche cerrada, había 30 grados de temperatura y
más del 70% de humedad a la hora de la procesión del Señor de los Milagros
en esta pequeña comunidad nativa yagua en el río Amazonas. A esas alturas de la
jornada, se me había venido varias veces a la cabeza ese diálogo imaginario: “¿Querías
ser misionero? Pues toma”.
Llegar hasta Yanayacu en esta época del año no
es fácil: la vaciante convierte salir de Yanashi en una especie de yincana.
Primera prueba: caminar con la poca luz del amanecer, y cargado con muchila y
carpa, por encima de un palo mojadito para cruzar hasta la playa donde está la
canoa para zarpar. Segunda: navegar por el caño, ocho personas en esa canoa,
varando, es decir, empujando cuando el bote se atora en el barro por la poca
agua que hay.
Era la primera vez que esta gente festejaba su
santo patrono uniéndolo al aniversario del pueblo (56 años, somos de la misma
promoción). Habían pedido la presencia del sacerdote para la misa que, fieles
al libreto protocolario tradicional, colocaron en la mañanita, en cuanto arribamos,
después de unas tres horas de travesía. Pregunté por el desayuno y “ya
después de la liturgia”, con lo cual ocurrió lo habitual: la cosa se
retrasó y los primeros alimentos cayeron casi a las 11 de la mañana, 7 horas
después de levantarnos.
Hacía años que no se celebraba la Eucaristía allá.
A pesar de las tripas rugientes, resultó bonita y animada. Por supuesto nadie
comulgó, excepto algunos de los visitantes, pero sí que hubo masato para todos,
y confío en que ese lenguaje de compartir, alegría y comunidad expresado alrededor
de la misa, abra camino para la participación plena en un futuro cercano.
Poco a poco iban llegando moradores de otras
comunidades a la hora del deporte, en la primera de las tres fechas de festejo
que estaban programadas. De hecho, parte de mi servicio fue bendecir el
campo de juego, “pero con todo tu uniforme, padrecito”, de modo que
allá me dirigí y oramos para que los partidos se desarrollaran con
deportividad, sin peleas ni lesiones. Todo el mundo muy serio.
En la casa de Roger, el agente de pastoral, donde
nos quedamos, había ya a esas horas cualquier cantidad de personas. Y he
escrito en cursiva porque en realidad en todo el día casi no hubo sitio
donde reposar y defenderse un poco del calor inclemente. Solo dejamos allá
los equipajes sin abrir, devoramos el plato de arroz con frejol y paiche del
desayuno, y deambulamos de un lado a otro, buscando sombras y asientos para
seguir el fútbol sin asarnos vivos.
Me sigo quedando asombrado de cómo la gente
puede aventarse a jugar al fútbol bajo el sol brutal de la una o las dos de la
tarde. Diosito. Los niños, las mujeres, alguna ya no tan huambra,
los hombres con sus barrigas, y al final los jóvenes, fuertes, ágiles,
tremendos. Pero me parece que los misioneros, las hermanas MEMI y yo sudábamos,
más que ellos.
Y así fueron pasando las horas, abanicándonos
todo el rato. Tomando de vez en cuando un poco de agua, y también un curichi,
un pedazo de sandía… Hasta que, ya más de las 3 de la tarde, caímos en la
cuenta de que no nos habían ofrecido almuerzo. Parece que hubo una
invitación general, sobre todo para los forasteros, pero nosotros, en la otra
punta de la cancha, no nos enteramos. Asu… el día medio en ayunas.
Una jornada tan exigente como esa, que comenzó
tan temprano, comiendo y bebiendo poco, con un clima tan extremo y sin lugar
donde descansar, te somete a un desgaste considerable, y no hay
que tomarlo a la ligera. Recordé el primer consejo que me dio Silvia Quispe
antes de ir al Yavarí: “tener buena salud”. Y sí, es cierto para todos los
misioneros. Se requiere un estado físico razonablemente bueno, junto con la
destreza de cuidarse.
Caía
el sol y pensamos, aliviados, que todo se iba a suavizar. Se acercaba la hora
de cenar, de bañarse y así dejar de sudar, por fin. Pero nos equivocábamos.
Y eso lo cuento en la siguiente entrada. La vida misionera es preciosa, y puede
ser a veces muy dura.

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