sábado, 15 de agosto de 2026

"BONITO UNIFORME, PADRE"


Bonito “porque es igual que el mío”, pero eso no lo dijo, ni falta que hacía. Durante un rato formé parte de su equipo, o de su barra, pero sabiendo que soy de todos por igual, y que este servicio consiste, en buena medida, en estar presente, acompañar. No más. Poniéndome la camiseta del Vicariato, que en realidad es la única que llevamos todos.

Pero eso no quita que, si me regalan la indumentaria deportiva de Yanashi, me la coloque bien orgulloso. Estamos en la Confraternidad, el encuentro anual de los profesores de los cuatro colegios que tenemos en convenio con el Estado (“concertados” se llamarían en España) y las dos ODECs (Oficina Diocesana de Educación Católica). Una especie de fiesta de la pastoral educativa, convivencia de quienes llevan adelante la misión de educación en nuestro territorio.

Nos juntamos entre 250 y 300 personas en un recinto para eventos en Iquitos, con espacios y servicios adecuados. La jornada comienza con la Eucaristía. Otras veces ya me ha tocado presidirla sustituyendo al obispo, pero este año me corresponde, y además quizás por última vez. Elinor, que es la que me piropeará más tarde mi “bonito uniforme”, sale a leer la lectura. Raramente tiene uno un público tan numeroso y cualificado.

Y quiero aprovechar la oportunidad. Les doy las gracias por su labor, que sé que va mucho más allá de un mero trabajo remunerado; para nosotros, los maestros son auténticos agentes de pastoral, y la educación la herramienta clave para el desarrollo integral de las personas y la sociedad. Les hablo de asuntos que me preocupan, como los crueles datos de la ENLA (Evaluación Nacional de Logros de Aprendizaje), que sitúa a nuestra región como prácticamente la última del Perú en resultados académicos.

Les ruego a todos algo muy concreto: “Por favor, no pierdan horas de clase en actividades, ensayos, aniversarios, desfiles, fiestas… Se lo pido por favor”. Muchos alumnos no logran leer y escribir correctamente al final del ciclo de escolarización obligatoria... “Se lo pido de rodillas”. Y sí, me puse de rodillas con gesto suplicante; así me salió. Porque es clamoroso que se desperdicie tanto tiempo, que después se lamenta.

También sale el tema del buen trato a los alumnos, sobre todo a las chicas; este año tenemos de nuevo varias denuncias por acoso, presuntos abusos… Tenemos que erradicar eso de nuestros colegios sea como sea, utilizando todas las armas a nuestro alcance y aplicando la tolerancia cero. A pesar de eso, les digo que “confiamos en ustedes”, porque se trata de reconocer, animar y respaldar.

Después de la misa – y el refrigerio- se proyectan unas presentaciones de cada institución, y a continuación nos deleitamos con las actuaciones de danza que cada plana docente ha preparado, algunas arduamente durante días. Me parece magnífico cómo se manifiesta y valora nuestra cultura amazónica. Se representan la preparación de masato, o la construcción de la maloka… esos ritmos fuertes, las vestimentas, los utensilios, es una maravilla. En Aucayo hasta aparecen el p. Severino Deshaies y la madre Jeanne Thibault, personajes históricos del colegio.

El día va transcurriendo así, pasando por el almuerzo, hacia el deporte, donde he comenzado a narrar. Tal vez haya que hacer mejoras organizativas y eliminar la competencia entre colegios, porque la gente se lo acaba tomando muy en serio, y se trata nomás de estar juntos, convivir y divertirse. Hay también propuestas en línea de austeridad (que se gaste menos plata), y de que se asegure que los participantes se mezclan y hacen nuevos amigos. Y sí, creo que todo es acertado.

Hacia el final, varios profesores vinieron expresamente a darme las gracias por quedarme todo el día. Y me acordé de que, en los ejercicios de preparación a la ordenación, nos enseñaron que el presbítero es una persona-signo. El administrador apostólico, autoridad en este momento del Vicariato, es un símbolo de unidad, de identidad en torno a una misión y unos valores. Se le requiere estar, permanecer. Gracias por aceptarme y apreciar.

sábado, 8 de agosto de 2026

LOS JÓVENES Y JESÚS

 
Así podría titularse esta imagen. En ella vemos a un buen número de personas. Se encuentran en la maloka de Indiana (que por cierto ya presenta huecos, pronto hay que cambiar la hoja). La mayoría son adolescentes y jóvenes, aunque eso no se aprecia muy bien y ya lo cuento yo; porque estoy ahí, de espaldas, sentado, como todos. Y también está Jesús.

Los participantes se ven regados, diseminados en un aparente desorden; si damos marcha atrás mentalmente, descubrimos que hace unos minutos todos formábamos un círculo, y nos han invitado a separarnos, a buscar cada uno nuestro espacio y quedarnos momentáneamente solos, aunque sigamos juntos.

¿Quién nos da las indicaciones? Hay varios misioneros, y una de ellos, la hermana Griselda, aparece en primer plano a la izquierda, con un micrófono. Está guiando una contemplación, un rato de oración en la que se trata de ejercitar la imaginación. De hecho, si observamos con detenimiento, constatamos que ella es la única persona que habla.

Estamos en el encuentro de pastoral juvenil, que este año es por zonas; acá hay muchachos llegados de siete puestos de misión. Dejémonos impactar por sus posturas de concentración, por su recogimiento. Tienen entre 15 y 25 años, y aunque selváticos, pertenecen a la generación del ruido instantáneo, del tik-tok, de las imágenes frenéticas y de la IA. Pero acá han construido el silencio.

Podemos percibir el silencio en cada píxel, rezuma por los cuatro costados de la foto. El silencio es el lenguaje universal del encuentro con Dios. Respiran a Dios, le dan espacio y tiempo, le permiten llegar hasta el corazón, le hallan allí, en el lugar de la intimidad más alegre. Jóvenes amazónicos rodeados de naturaleza, envueltos en Dios.

La composición de lugar del relato está ambientada en el río, hay una canoa en la que navegan, y a partir de un cierto momento van subiendo personas importantes en su vida, hasta que se une Jesús. La voz de Gris va sugiriendo elementos de diálogo y escucha, gestos de amistad clara e incondicional, auténtica libertad. Abro un ojo y compruebo que lo están viviendo. Advierto incluso algunas lágrimas.

La energía que me circunda me habla de presencia y consciencia. La conversación con Jesús, su abrazo confiado, no son una alucinación o un lindo cuento. Lo siento ahí, patente; lo puedo captar cuando regreso hoy a la imagen, me sigue acariciando esa complicidad que se multiplicaba y nos impregnaba. Fue un momento asombroso.

“Jesús te ha elegido porque te quiere”. Se lo dije como quien traduce a palabras una conmoción interior. A mí también me lo dijeron hace muchos años, y me llegó. “Te quiere y confía en ti, por eso te envía con una misión; para que le ayudes”. Hasta hoy intento realizar la misión, con muchos tropiezos; ellos, que son mucho mejores que yo, ¿cómo no lo van a lograr, con la ayuda de Jesús?

Como tantas otras veces, he podido asistir a la hermosura incomparable de Dios-con-los-jóvenes. No dejo de agradecer ese premio inmerecido, que me reconcilia con la vida y me insufla empuje y optimismo. Y qué orgullo contar con algunos chicos y chicas que conocí hace 7 u 8 años, y comprobar cómo han madurado y ahora son los coordinadores de los grupos, referentes de sus compañeros.

Así que esta es una instantánea o captura de pantalla de los jóvenes y Jesús; o de los jóvenes con Jesús; o de Jesús en los jóvenes; o de los jóvenes que son Jesús. Son versiones de lo mismo, como el agua de la quebrada es la misma que la de la cocha, y la misma que fluye hasta el mar.

sábado, 1 de agosto de 2026

PÁRROCO POR UN FIN DE SEMANA

 
Celebrar la misa dominical en una iglesia grande y casi llena, con un excelente coro, varios instrumentos musicales y hasta con ayudante para dar la comunión.

Aceptar una invitación a almorzar en una casa de familia, charlar, reír y sencillamente compartir un plato de escabeche de pollo con papas.

Caminar por la calle como cualquiera y comprar un helado.

Dar la bendición con un poquito de agua a una bebé que llevaba unas coletitas muy graciosas, aclarando que eso no es todavía el Bautismo, que será en septiembre.

Escuchar: “Padre, ¿ya te vas a quedar acá?” y “¿cuándo vas a regresar?”. Emocionarme sin que se den cuenta.

Conversar, escuchando horas y horas a varias personas que asombrosamente te otorgan su confianza.

Desayunar a la mexicana: tortillas, nopales, huevo, chilaquiles y una salsa picante que te hace echar fuego por la boca.

Confesar asistiendo a la belleza y el dolor de vidas abiertas, recogiendo lágrimas y siendo transmisor de la misericordia divina sin merecerlo.

Jugar con Dashel, que es una niña con autismo que se comunica de forma muy peculiar y yo sé que me quiere. Y yo a ella.

Ir a una casa a dar la unción de los enfermos a una mujer -de mi edad- que está en agonía, y agarrarle la mano todo el tiempo, queriendo hacerle sentir sosiego y compañía.

Saludar a los jóvenes de catequesis de confirmación, que celebraban un cumpleaños; comer un pedazo de torta y tomar un vaso de Inka-cola con ellos.

Bendecir cruces, agua, cadenas, imágenes y estampas. De todo.

Tomar mate y tal vez degustar un alfajor argentino. La acogida entre los misioneros no tiene fronteras.

Celebrar el bautismo con todo gusto, comprobando que no se me ha olvidado, y gozar.

Explicarles a las monaguillas Britani, Danna, Génesis y Karina que mejor no toquen la campana en la consagración porque me distrae. Darles su propina.

Estrechar un montonazo de manos, dar muchos abrazos, saludar por todos los flancos.

Sentirme parte de una comunidad. Ni más ni menos. Como cuando estaba en mis pueblos. Lo extraño mucho. Las responsabilidades de autoridad y coordinación te aíslan un poco; y más en el Vicariato, cuya oficina, donde yo vivo, está geográficamente fuera de nuestro territorio.

Añoro esa proximidad, esa facilidad de relaciones, ese conocimiento de la gente, ese servicio que consiste, en buena medida, en estar, quedarte, acompañar… y pertenecer.

Cuando voy a Caballo Cocha, la población más grande que tenemos, y uno de los ocho puestos de misión que no cuentan con presbítero (de un total de 16), me regocijo haciendo de párroco a tiempo completo durante el fin de semana. Y cómo lo disfruto. Porque no creo que deje nunca de ser párroco, sea lo que sea que me toque hacer.

sábado, 25 de julio de 2026

EL ESTADO SE HA LLEVADO A LOS JÓVENES DE NUESTRO INTERNADO DE ESTRECHO (2ª parte)

 
El año pasado, ante semejantes perspectivas, planteamos el convenio directamente con el gobierno regional, ya no con la UGEL Putumayo. Nos recibieron de lo mejor, la directora regional muy amable, creímos que nos comprendían, se redactó un borrador muy satisfactorio que aseguraba la autonomía del internado, y cuando ya estaba a punto para ser firmado… llegaron y se llevaron a los muchachos a vivir al colegio en abril. Así, sin más explicaciones, abruptamente, sin posibilidad siquiera de reclamar.

Fue un traslado tan improvisado y repentino que los adolescentes tuvieron que llevarse sus colchones del internado para que pudieran colocarlos sobre el piso y dormir, porque no había ni camas para ellos. Los ubicaron en un salón de clase los varones y una sala de profesores las mujeres, adaptando los baños del patio escolar. No es que el colegio no reúna las condiciones para albergar la residencia, es que se ve tan viejo y deteriorado, y se ha quedado tan pequeño, que están a la espera de que se construya uno nuevo.

Nadie dijo nada. No hubo ninguna comunicación oficial. Ningún padre de familia alzó la voz. Ni un mínimo agradecimiento a las Misioneras Parroquiales por sesenta años de servicio; tal vez sea eso lo que deja más perplejo. La Congregación no quiso que fuésemos a protestar o conversar, únicamente un periodista me llamó para preguntarme. Silencio. Aquí no ha pasado nada. Como si nunca hubiera habido internado.

Ayer fui a ver a los chicos, como quien va al dentista. A varios ya no los conozco, pero a algunos sí, y la situación fue incómoda: no sabíamos qué decirnos. Estaban almorzando en un pasillo, bajo un techo provisional. Alguno llegó a abrazarnos al p. Javier y a mí. Vi que ya tienen camarotes (¿habrán devuelto los colchones?). Detecté en los cuidadores miradas de recelo y condescendencia, pero puede ser impresión mía. Nos explicaron su horario, desalentadoramente vacío de actividades.

Pensé en los edificios construidos con tanto esfuerzo y cariño, ahora solitarios: sus dormitorios con baños y lavamanos, salas de estudio, biblioteca, talleres (artesanía, cocina, peluquería…), comedor, sala de cómputo con sus laptops, auditorio, pistas de deporte… Recordé las ayudas que constantemente llegaban de las hermanas, o cuando apoyó mi diócesis de Mérida-Badajoz, o la diócesis de Albacete; todo ese esfuerzo y esa generosidad, durante años, se ha ido al agua.

Me vinieron al corazón momentos compartidos con los jóvenes: la Semana Santa, un partido de fútbol de la selección donde nos quedamos desolados fuera del mundial de Qatar, una noche de karaoke y risas, las pulseras que siempre les encargaba, esos domingos por la tarde bañándonos en la quebrada, cartas de ida y vuelta con muchachos españoles, un paseo nocturno por el aeropuerto… Para mí ellos eran parte fundamental de las visitas, disfrutaba enormemente su compañía, y de golpe adiós.

Cuando me pregunto el porqué, se me rompe la cabeza. Aunque existía ese escollo legal, creo que con voluntad se podía haber arbitrado una solución. Me dicen que hay personas dentro de los responsables educativos que no miran con buenos ojos a la Iglesia, y es posible; ya he descubierto en otros lugares que, justo donde tradicionalmente se ayudó mucho, hay mucho resentimiento. Y tengo que seguir procesando eso de “Te harás perdonar el pan que das”.

La realidad es que el Estado, que disponía de una residencia magnífica en los planos profesional, vocacional y material, ha elegido enviar a sus estudiantes más pobres de zonas rurales a un lugar donde son atendidos en condiciones de bastante menos calidad. Estoy en total desacuerdo con esta decisión estúpida y contumaz, en el contenido y en la forma. Como Iglesia creo que hubiéramos merecido más diálogo, más flexibilidad y, llegado el caso, un tiempo prudencial para efectuar el cambio con más preparación, asegurando mejor el bienestar de los jóvenes y quedando como amigos.

No siento rabia, ni siquiera por ese presumible sectarismo que se esconde detrás de las leyes; siento tristeza. Pero no tanto por la ingratitud o el desprecio, sino por lo que se podría continuar ofreciendo y sobre todo por los chicos y chicas que ya no lo podrán aprovechar. Ellos son lo único que importa y los que me duelen.

sábado, 18 de julio de 2026

EL ESTADO SE HA LLEVADO A LOS JÓVENES DE NUESTRO INTERNADO DE ESTRECHO (1ª parte)

 
En el río Putumayo profundo y lejano tenemos, desde hace más de sesenta años, un internado para jóvenes. Bueno… teníamos, porque el Estado nos lo ha quitado, en un ejemplo supremo de miopía institucional y necia rigidez. Resulta que las autoridades han empeorado las condiciones de vida de los estudiantes más vulnerables… con el fin de cumplir las nuevas leyes educativas.

Las Misioneras Parroquiales del Niño Jesús de Praga, brava congregación de las primeras que llegaron al Vicariato, en 1959, son las dueñas de la Residencia Estudiantil “Madre Angélica”, nuestro querido “internado” ahora desierto. En aquella época simplemente no existía la educación en estos territorios casi ignotos, el Estado no había llegado; fue la Iglesia la fundadora de escuelas, colegios y por supuesto, el internado.

Esta institución fue concebida desde su inicio como la oportunidad de cursar estudios para chicos y chicas de las comunidades lejanas. El Putumayo supera los 1300 kilómetros de longitud en territorio peruano, marcando la frontera con Colombia, y las distancias son tan enormes, que la única manera de que los alumnos de las comunidades pudieran proseguir en secundaria y soñar con una formación superior era venir a Estrecho a vivir en el internado.

Acá se les proporcionaba casa, manutención y, lo más importante, una segunda familia. Los papás y mamás dejaban a sus hijos “con las hermanas”, seguros de que, más allá del aspecto académico, en el internado recibirían una buena educación en valores. Las religiosas se entregaron con amor y delicadeza a los chicos y chicas; durante décadas les cuidaron, aconsejaron, recibieron sus lágrimas, escucharon las crisis adolescentes como auténticas madres. Siempre había un jaboncillo, unas sandalias, un cuaderno o una ropita para quien no recibía de sus papás porque la pobreza arreciaba.

Y así se han formado cuatro generaciones de jóvenes, con la figura de referencia de la hermana Guadalupe Filiberto, auténtica alma de este proyecto al que dedicó 50 años de su vida, que es historia de la misión en este río. Ella me contaba cuántas noches se quedaba vigilando la valla del internado con un palo en la mano para disuadir a los pretendientes de las chicas que intentaban ingresar furtivamente. Lupita falleció el pasado 19 de marzo… felizmente no ha tenido que asistir a este despropósito inaceptable.

Con el tiempo, el colegio primario, el secundario, el tecnológico y el resto de la educación en Estrecho fueron pasando de la Iglesia al Estado; solo quedó el internado, pero funcionando en convenio con la Dirección Regional de Educación, que proveía de profesionales y ayudaba con la alimentación. El resto lo seguían aportando las Misioneras Parroquiales y el Vicariato, incluyendo el mantenimiento de las instalaciones, la construcción de nuevos ambientes y el equipamiento.
 
En el año 2021, una resolución ministerial instauró la modalidad colegio-residencia, que permite a estudiantes de zonas rurales e indígenas vivir e internarse en su centro de estudios. Un año después, el Congreso priorizó por ley este modelo: determinados colegios debían incluir la residencia en sus instalaciones, y el personal debía ser único. Acá empezaron los problemas. En Estrecho, el colegio y la residencia eran desde hace años dos entes independientes, pero ahora de pronto tenían que organizarse para trabajar coordinadamente, sobre todo en lo referente a los promotores de bienestar, gestores educativos, trabajadores de cocina, guardianía, etc.

La UGEL (Unidad de Gestión Educativa Local) empezó a pelotear a las hermanas a la hora de renovar el convenio. En mis estancias navideñas yo mismo fui testigo, varios años, de los retrasos, observaciones, trabas, silencios administrativos… Y todo para firmar convenios anuales que después ellos incumplían sistemáticamente: profesores que debían de repente reubicarse en el colegio, obstáculos para que la Congregación pudiera participar en el proceso de contratación, partidas de alimentos no recibidas… De todo. Las hermanas estaban ya cansadas.

(Continúa en la próxima entrada)