Entre los momentos más bonitos de las visitas
a los puestos de misión están, sin duda ninguna, los tiempos sencillos y
espontáneos compartidos con los misioneros. Por supuesto que el propósito
es encontrarme con todo el pueblo de Dios en cada lugar, pero este año estoy
disfrutando particularmente de la relación fraterna con mis compañeros y
compañeras.
Ya sea porque la gente me tiene muy visto (llevo
desde 2020 visitando todos y cada uno de los puestos de misión, y algunos varias
veces al año), o porque eso de administrador apostólico no lo entiende
casi nadies, el caso es que a menudo mi llegada no despierta pasión
de multitudes precisamente. Desde luego lo comprendo, y en todo caso alivia
mi timidez.
Las reuniones con los consejos de pastoral,
catequistas, adultos o jóvenes han adquirido una pátina de saludable
recurrencia. Nos conocemos sobradamente, hay menos novedad, y más bien
en este cuarto año de plan pastoral se trata de persistir y profundizar en lo
ya emprendido. Eso hace que todo me sepa más relajado y ligero.
No hay informe con sugerencias para el equipo
misionero, como las primeras veces. Sí reuniones y conversaciones, pero menos
formales. A estas alturas domino bien la cancha, voy aprendiendo a leer entre
líneas y a hacer rendir la intuición. La convivencia es más llana, adornada con
la naturalidad que da la costumbre. Es cierto que soy la máxima autoridad y
los años anteriores no era así, pero me ayuda no ser obispo (que es lo que todo
el mundo sí entiende) y que se sabe que este servicio es provisional.
En resumidas cuentas: vuelan muchas más
risas. Las acostumbradas bromas salpican de humor diálogos y encuentros, y
yo lo vivo con la sensación grata de un viajero que regresa a un paraje
querido. Porque casi con cada grupo hay códigos para molestar ya clásicos, y
modalidades de divertirse conmigo repetidas y afinadas en el tiempo. Es un vacilón.
La familiaridad alegre pasa en buena parte a
través de la comida. Es un lenguaje de acogida y reconocimiento, te agasajan
con lo mejor que tienen y saben preparar. Los viajes
parecen pequeños itinerarios gastronómicos internacionales, porque los
misioneros del Vicariato somos de once nacionalidades. Entonces disfruto de
tacos y quesadillas mexicanos, carne con aderezo picante de la India, poutine
canadiense, churrasco brasilero, sancocho de Colombia, alfajores argentinos,
ceviche típico peruano, y, por supuesto, tortilla española. A veces la preparo
yo, en un intento de corresponder alguito a esos cariños.
Mención aparte merecen el tequila, la caipirinha
y el vodka de Polonia, que hacen que las carcajadas retumben más francas y
cantarinas. Se cuentan anécdotas de la misión, caídas al barro, aquel
día que hacía un calor que casi nos acaba, o cuando pusieron de comer mono, o
el bote se malogró, o la lluvia nos agarró y nos empapamos, o en tal comunidad
nos machacaron los ysangos…
Chismeamos, criticamos y nos metemos con este
o con aquella en plan gracioso, solo para esparcirnos sanamente. A veces hay
noticias en la tele o una película nocturna, con sus piqueos; o también paseo,
salir juntos a caminar o a almorzar. Momentos de descanso, de estar juntos
simplemente, dejando caer los roles y cultivando la confianza. Creo que es también labor del pastor propiciar eso.
Son, en hermosa expresión de Khalil Gibran,
las “horas vivas”:
"No
busquen a su amigo para matar el tiempo. Búsquenlo siempre para las horas
vivas".*
Así fluye entre nosotros, a pesar de las
dificultades, los desacuerdos y los problemas, que haberlos haylos. Aunque
noto vínculos más estrechos que otros, toda esa experiencia tiene que ver con
la amistad. Definitivamente, este año peculiar para mí los mejores ratos
están siendo con los misioneros. Y vaya si estoy disfrutando.
* En su obra El Profeta (1923).






