¡¿Pero cómo es posible que no le hayan dado
todavía el óscar al Pájaro Loco?! – se indigna Mafalda, en una de sus
famosas tiras. Pues eso mismo digo yo: ¿Cómo es posible que los del DOMUND no
le hayan dado todavía un premio a la fábrica de La Pinta? Porque este
queso está unido a muchas aventuras misioneras como parte esencial.
Fundamental para la supervivencia, quiero
decir, ya que a bastantes misioneros los ha salvado en esos momentos de
hambre pura y dura que se suelen suscitar en los recorridos. Con frecuencia
las esperas son largas, se echa encima el día y la gente no tiene casi nada que
ofrecer de comer; o bien hay poco tiempo entre una actividad y otra, o hay que
zarpar de pronto a otro lugar… Y ahí La Pinta entra en escena.
Porque este queso importado de Holanda,
fundido y un puntito fuerte, es un campeón en conservación: abres la lata, le
buscas una tapa de plástico que le cuadre y resiste días y días sin
necesidad de refrigeración. Que por otra parte sería imposible en estos ríos
nuestros donde la electricidad es un lujo asiático, y peor en tiempos de subidón
del precio del combustible por cierre del estrecho de Ormuz.
La primera vez que lo vi, lo sacaba el p. Jaime Lalonde (el único cura que celebra misa con gorro en la selva) de su
congelador, que solo funcionaba cuatro horas en la noche, cuando la luz en San
Pablo era así, y lo ponía para desayunar. Ahí lo conocí. Se comía un pedacito
siempre después de su sopa con arroz blanco, hombre de costumbres inmutables.
En mi anterior viaje por las comunidades
kichwa del alto Napo, La Pinta nos sacó de más de un apuro. Ante
perspectivas de cenas inexistentes, o para matar el gusanillo durante la
travesía, plas, echábamos mano de la lata cuchillo en ristre. Pero sobre
todo en una jornada de bautismo masivo, creo recordar que en Rumi Tumi. Eso sí
que fue heavy.
Eran veinte o treinta bautizos, es decir,
todita la comunidad implicada. Eso significa baldes y baldes de masato, e
invitaciones por todos los flancos. Domi me dijo: “Pucha, nos ha convidado
medio pueblo, a ver cómo hacemos para cumplir con todos, hay que ir”. “Sí”,
le dije, “pero antes hay que comer algo, si no nos vamos a emborrachar, y
qué feo se vería”.
Riéndonos nos fuimos un momento al bote a ver
qué había, y por el camino íbamos prometiendo a unos y a otros que sí, que
vamos a ir a tu casa al ratito a celebrar. Eran cerca de las tres de la tarde,
la gazuza y el sol apretaban después de más de dos horas de liturgia. Encontramos
un par de pescados ahumados, algún huevo sancochado y… ¡nuestro querido queso La
Pinta!
Al toque improvisamos un almuerzo que nos dejó
medio armados, es decir en capacidad de no caernos redondos a la tercera
ronda de masato (lo conté acá). Además, en varias casas había también chuchurrín,
es decir aguardiente puro y duro ya para dar la puntilla al más valiente. Pues
resistimos bastante bien (Domi, ¡qué tía!) oyes. Y ya en la noche alguien
vendía carne de sajino, compramos y esa cena sí que nos supo deliciosa y
reconstituyente de los estragos del alcohol.
Todo, con ayuda del queso La Pinta.
Cuyo nombre no alude a la segunda carabela de Colón, sino a una vaca que
según la IA es de la raza Holstein o Frisona, originaria de los Países Bajos y
Alemania, y mundialmente famosa por su distintivo pelaje manchado de blanco y
negro y su alta producción de leche. Por si hay algún anticolonialista por
ahí, calma y tranquilidad.
Puedes encontrar La Pinta en muchas
bodegas de Iquitos (publi), a la gente le gusta especialmente con madurito,
según veo en redes. ¡Gran servicio el de nuestro queso misionero preferido!
Ojalá ya estén considerando galardonarlo por su inestimable apoyo a la
evangelización.
En
fin, que hoy no tenía ganas de escribir nada serio. Y esto es lo que me ha
salido.





