Bonito “porque es igual que el mío”,
pero eso no lo dijo, ni falta que hacía. Durante un rato formé parte de su
equipo, o de su barra, pero sabiendo que soy de todos por igual, y que este
servicio consiste, en buena medida, en estar presente, acompañar. No más.
Poniéndome la camiseta del Vicariato, que en realidad es la única que llevamos
todos.
Pero eso no quita que, si me regalan la
indumentaria deportiva de Yanashi, me la coloque bien orgulloso. Estamos en la
Confraternidad, el encuentro anual de los profesores de los cuatro colegios
que tenemos en convenio con el Estado (“concertados” se llamarían en España) y
las dos ODECs (Oficina Diocesana de Educación Católica). Una especie de
fiesta de la pastoral educativa, convivencia de quienes llevan adelante la
misión de educación en nuestro territorio.
Nos juntamos entre 250 y 300 personas en un
recinto para eventos en Iquitos, con espacios y servicios adecuados. La
jornada comienza con la Eucaristía. Otras veces ya me ha tocado presidirla
sustituyendo al obispo, pero este año me corresponde, y además quizás por
última vez. Elinor, que es la que me piropeará más tarde mi “bonito uniforme”,
sale a leer la lectura. Raramente tiene uno un público tan numeroso y
cualificado.
Y quiero aprovechar la oportunidad. Les doy
las gracias por su labor, que sé que va mucho más allá de un mero trabajo remunerado;
para nosotros, los maestros son auténticos agentes de pastoral, y la educación
la herramienta clave para el desarrollo integral de las personas y la sociedad.
Les hablo de asuntos que me preocupan, como los crueles datos de la ENLA (Evaluación
Nacional de Logros de Aprendizaje), que sitúa a nuestra región como
prácticamente la última del Perú en resultados académicos.
Les ruego a todos algo muy concreto: “Por
favor, no pierdan horas de clase en actividades, ensayos, aniversarios, desfiles,
fiestas… Se lo pido por favor”. Muchos alumnos no logran leer y
escribir correctamente al final del ciclo de escolarización obligatoria... “Se
lo pido de rodillas”. Y sí, me puse de rodillas con gesto suplicante;
así me salió. Porque es clamoroso que se desperdicie tanto tiempo, que
después se lamenta.
También sale el tema del buen trato a los
alumnos, sobre todo a las chicas; este año tenemos de nuevo varias denuncias
por acoso, presuntos abusos… Tenemos que erradicar eso de nuestros colegios
sea como sea, utilizando todas las armas a nuestro alcance y aplicando la tolerancia
cero. A pesar de eso, les digo que “confiamos en ustedes”, porque se
trata de reconocer, animar y respaldar.
Después de la misa – y el refrigerio- se
proyectan unas presentaciones de cada institución, y a continuación nos
deleitamos con las actuaciones de danza que cada plana docente ha preparado,
algunas arduamente durante días. Me parece magnífico cómo se manifiesta y
valora nuestra cultura amazónica. Se representan la preparación de masato,
o la construcción de la maloka… esos ritmos fuertes, las vestimentas, los
utensilios, es una maravilla. En Aucayo hasta aparecen el p. Severino Deshaies
y la madre Jeanne Thibault, personajes históricos del colegio.
El día va transcurriendo así, pasando por el
almuerzo, hacia el deporte, donde he comenzado a narrar. Tal vez haya que
hacer mejoras organizativas y eliminar la competencia entre colegios, porque la
gente se lo acaba tomando muy en serio, y se trata nomás de estar juntos,
convivir y divertirse. Hay también propuestas en línea de austeridad (que se
gaste menos plata), y de que se asegure que los participantes se mezclan y
hacen nuevos amigos. Y sí, creo que todo es acertado.
Hacia el final, varios profesores vinieron expresamente
a darme las gracias por quedarme todo el día. Y me
acordé de que, en los ejercicios de preparación a la ordenación, nos enseñaron
que el presbítero es una persona-signo. El administrador apostólico,
autoridad en este momento del Vicariato, es un símbolo de unidad, de identidad
en torno a una misión y unos valores. Se le requiere estar, permanecer. Gracias
por aceptarme y apreciar.




