sábado, 31 de octubre de 2026

MISIÓN EXTREMA EN YANAYACU (2ª parte)


Vivimos junto al gran Amazonas, el río más caudaloso del mundo, pero paradójicamente no disponemos de agua de calidad. Cuando llegó la hora de bañarse para quitarse ese sudor acumulado durante todo un día de calorazo insoportable en Yanayacu, resulta que solo era posible en la quebrada, sospechosa de estar contaminada por el derrame de abril pasado. De beber ni hablamos.

En los servicios de la escuela (parece que los únicos del pueblo), habían colocado una buena tina de agua, pero solo una de las misioneras alcanzó a ducharse: rapidito se personó alguien de la organización para advertir que esa agua era solamente para el inodoro. Ni modo, hubo que recurrir a las menguantes botellas que habíamos traído para hacerse, aunque fuera, el lavado del gato.

Esta vez estábamos más atentos, esperando a que nos brindasen algo de cenar, porque ya conté que llevábamos casi toda la jornada sin comer nada sólido. Pero… nomás entró en la casa el animador y dijo: “acá hay dos ahumaditos, si gustan”. Se refería a dos pescados ahumados para compartir entre ocho personas; en fin. Se los dejamos a los músicos, que iban a tener más chamba. Y nos dedicamos a alistar hamacas, colchonetas y demás aperos para la noche.

Mientras esto ocurría, sin visibilidad ya en la cancha el personal se preparaba para la procesión. Durante la tarde habían instalado el cuadro del Señor de los Milagros en una especie de casita hecha con telas, de modo que, con las velitas delante, parecía una de esas antorchas que de vez en cuando sacan a pasear los escolares. Al iniciar el camino por la única vereda del pueblo, yo ya estaba de nuevo empapado en sudor.

La procesión resultó bien, a pesar de que era una novedad para todo el mundo. Hubo cinco paradas, y en cada una de ellas se leía un trozo del Evangelio, junto con alguna reflexión, oraciones y canto. El público observaba entre perplejo y respetuoso. En una estación, la familia que recibía invitó a chicha a todos los peregrinantes. Y así llegamos de nuevo al salón comunal, donde se había celebrado la Eucaristía en la mañana, que era también el lugar de la velada.

Siempre pregunto si va a haber caldo de gallina, que habitualmente se ofrece como combustible para los danzantes, pero esta vez lo anhelábamos como un producto de primera necesidad – o supervivencia -habida cuenta del cansancio que acumulábamos después de un día tan extenuante, seco y escaso de agua y alimentos. “Claro, padrecito, a las 12 de la noche”. Diosito.

Empecé bien, saliendo casi el primero a danzar blandiendo mi pañuelo, porque la gente suele chuparse un poco al principio. Pero eran las 8, ¿cómo iba a aguantar mi cuerpito brincando hasta medianoche? Me gusta la danza y me movía mejor que la mayoría de los parroquianos, ostensiblemente novatos en ese lance; pero notaba los chorreones de sudor resbalando por mi espalda y mis piernas, y el polo pegado.

Eché una ojeada a las ollas humeantes y descubrí una de café, que ofrecieron con pan sobre las 10 de la noche: tentempié (nunca mejor dicho) salvador. Poco antes de las 11, aceptando que el caldo definitivamente no aparecía, ya no di más y me fui a mi colchoneta. Dentro de la carpa, la temperatura resultaba inaguantable, pero yo estaba demasiado agotado para darme ni cuenta. Me embroqué los tapones en los oídos con el fin de esquivar el ruido del bombo, la caja, el pínfano y las maracas, y me quedé dormido.

Fue una noche de apenas cinco horas de un sueño tenue y sobresaltado; a las 4:30 ya nos teníamos que levantar para zarpar a las 5. Nos esperaban otras tres horas de batalla contra el lodo arrastrando el bote, sobre un agua del río extrañamente cálida y con el sol aplastándonos sin clemencia.

La misión es fascinante, retadora y fértil en experiencias y satisfacciones; pero también es exigente, y en ocasiones muy ardua y fatigosa. Necesitamos, no solamente ánimos, generosidad y buena voluntad (solo con eso no se pilotan aviones) sino también resistencia, salud robusta y forma física suficiente. “¿Querías ser misionero? ¡Toma!”.

sábado, 24 de octubre de 2026

MISIÓN EXTREMA EN YANAYACU (1ª parte)

 
En el momento de la foto yo seguía sudando, porque a pesar de que era noche cerrada, había 30 grados de temperatura y más del 70% de humedad a la hora de la procesión del Señor de los Milagros en esta pequeña comunidad nativa yagua en el río Amazonas. A esas alturas de la jornada, se me había venido varias veces a la cabeza ese diálogo imaginario: “¿Querías ser misionero? Pues toma”.

Llegar hasta Yanayacu en esta época del año no es fácil: la vaciante convierte salir de Yanashi en una especie de yincana. Primera prueba: caminar con la poca luz del amanecer, y cargado con muchila y carpa, por encima de un palo mojadito para cruzar hasta la playa donde está la canoa para zarpar. Segunda: navegar por el caño, ocho personas en esa canoa, varando, es decir, empujando cuando el bote se atora en el barro por la poca agua que hay.

Era la primera vez que esta gente festejaba su santo patrono uniéndolo al aniversario del pueblo (56 años, somos de la misma promoción). Habían pedido la presencia del sacerdote para la misa que, fieles al libreto protocolario tradicional, colocaron en la mañanita, en cuanto arribamos, después de unas tres horas de travesía. Pregunté por el desayuno y “ya después de la liturgia”, con lo cual ocurrió lo habitual: la cosa se retrasó y los primeros alimentos cayeron casi a las 11 de la mañana, 7 horas después de levantarnos.

Hacía años que no se celebraba la Eucaristía allá. A pesar de las tripas rugientes, resultó bonita y animada. Por supuesto nadie comulgó, excepto algunos de los visitantes, pero sí que hubo masato para todos, y confío en que ese lenguaje de compartir, alegría y comunidad expresado alrededor de la misa, abra camino para la participación plena en un futuro cercano.

Poco a poco iban llegando moradores de otras comunidades a la hora del deporte, en la primera de las tres fechas de festejo que estaban programadas. De hecho, parte de mi servicio fue bendecir el campo de juego, “pero con todo tu uniforme, padrecito”, de modo que allá me dirigí y oramos para que los partidos se desarrollaran con deportividad, sin peleas ni lesiones. Todo el mundo muy serio.

En la casa de Roger, el agente de pastoral, donde nos quedamos, había ya a esas horas cualquier cantidad de personas. Y he escrito en cursiva porque en realidad en todo el día casi no hubo sitio donde reposar y defenderse un poco del calor inclemente. Solo dejamos allá los equipajes sin abrir, devoramos el plato de arroz con frejol y paiche del desayuno, y deambulamos de un lado a otro, buscando sombras y asientos para seguir el fútbol sin asarnos vivos.

Me sigo quedando asombrado de cómo la gente puede aventarse a jugar al fútbol bajo el sol brutal de la una o las dos de la tarde. Diosito. Los niños, las mujeres, alguna ya no tan huambra, los hombres con sus barrigas, y al final los jóvenes, fuertes, ágiles, tremendos. Pero me parece que los misioneros, las hermanas MEMI y yo sudábamos, más que ellos.

Y así fueron pasando las horas, abanicándonos todo el rato. Tomando de vez en cuando un poco de agua, y también un curichi, un pedazo de sandía… Hasta que, ya más de las 3 de la tarde, caímos en la cuenta de que no nos habían ofrecido almuerzo. Parece que hubo una invitación general, sobre todo para los forasteros, pero nosotros, en la otra punta de la cancha, no nos enteramos. Asu… el día medio en ayunas.

Una jornada tan exigente como esa, que comenzó tan temprano, comiendo y bebiendo poco, con un clima tan extremo y sin lugar donde descansar, te somete a un desgaste considerable, y no hay que tomarlo a la ligera. Recordé el primer consejo que me dio Silvia Quispe antes de ir al Yavarí: “tener buena salud”. Y sí, es cierto para todos los misioneros. Se requiere un estado físico razonablemente bueno, junto con la destreza de cuidarse.

Caía el sol y pensamos, aliviados, que todo se iba a suavizar. Se acercaba la hora de cenar, de bañarse y así dejar de sudar, por fin. Pero nos equivocábamos. Y eso lo cuento en la siguiente entrada. La vida misionera es preciosa, y puede ser a veces muy dura.

sábado, 17 de octubre de 2026

SONRISAS Y VIDA EN EL CARTEL DEL DOMUND DE PERÚ


Vi a María Luisa preparando los envíos con el material del DOMUND de este año para enviar a los puestos de misión, me fijé en el cartel y me sorprendió encontrar en él, como imagen de la campaña, a nuestras misioneras Deepa y Sharon. ¡Guau! Somos famosos en todo el Perú. Bueno, más bien ellas. Y se lo merecen.

Sharon y Deepa son religiosas de nacionalidad india, de la congregación Hermanas de la adoración del Santísimo Sacramento. Llevan cuatro años con nosotros, trabajando en el puesto de Mazan, en el río Napo. Al principio se toparon con grandes dificultades para adaptarse, porque todo era nuevo: el clima, las costumbres, las tareas, la comida, el equipo, y sobre todo el idioma. Les ha costado mucho esfuerzo y paciencia ir aprendiendo el español de acá, pero han mejorado mucho.

Advierto en ellas una gran flexibilidad, una mente y un corazón abiertos a lo diferente, y una humilde capacidad de aceptación de los incomodos y las situaciones aparentemente extrañas o poco comprensibles para sus códigos culturales. Creo que las impulsa una profunda fidelidad al encuentro diario con Jesús y un gran amor a la gente, que para el misionero vienen a ser equivalentes.

Deepa (la de lentes) va por la calle y todo el mundo la saluda y la llama, “¡hermana Deepa, hermana Deepa!”. Yo le he puesto de chapa “unmillóndeamigos”, por lo popular que es. Siempre tiene un bonito gesto de acogida para cada persona, y se supera cada día en asumir responsabilidades parroquiales y vicariales.

Sharon fue a la que más le costó el español. Durante largos meses suplió la incapacidad de expresarse con esa sonrisa de cielo que exhibe. A pesar de todo, no se acobardó: iba a los barrios con los catequistas, salía a las comunidades por el río. Siempre la hallas alegre, pase lo que pase, siempre lanza chistes y bromas.

Ambas personifican esa presencia discreta, luminosa y necesaria en medio de la vida cotidiana de una población como Mazan. No son ingenieras ni poseen doctorados, ni tienen en su mano resolver grandes problemas, o traer jugosas ayudas económicas, ni atesoran un talento sobrecogedor… Pero el instinto de la gente sencilla las aprecia como benéficas, confiables, un recuerdo viviente de que Dios existe y es bueno.

Al fin y al cabo, ese es el propósito de todo misionero, el meollo de su vocación. No es tanto el hacer; a veces se ha identificado la misión con la construcción, los proyectos, los donativos… en un imaginario en el que el misionero es un personaje industrioso, activo hasta la extenuación e inevitablemente protagonista de su propia proeza. Esa es la caricatura que sigo pensando que hay que desmitificar.

El gran activo del misionero es su persona misma. El gesto que lo califica es su respuesta a la llamada de Dios a dejar su tierra y venir adonde no se imaginó para prestar un servicio para el que no sirve. Simplemente estar acá y querer permecer, con la absoluta necesidad de cambiar que eso implica. La destreza imprescindible será acompañar y compartir la vida y el destino de estos pueblos. Y eso tiene que ver más con el discernimiento que con los presupuestos, más con la contemplación que con los programas. En una existencia así, el único protagonista es Dios.

Sharon y Deepa son un significativo rostro de este estilo, unas buenas representantes de aquello a lo que aspiramos y cada mañana intentamos. Y además juntas, porque la misión es una aventura comunitaria. Y en esta comunidad misionera, a la que llegué hace casi una década, ahora me han pedido un servicio muy especial: cuidar a los acompañantes, a las del poster y el resto de los misioneros.

Para ello preciso escuchar, comprender, conectar con cada uno. Sí. Pero quizás lo más crucial sea crecer hacia la mejor versión de mí mismo, para inspirar con mi propia persona un sentido de la finalidad de la misión y la pasión por ella. Intuyo que más lo lograré cuanto más cercano esté a los misioneros, para aprender de ellos y beber de su fuente, porque son extraordinarios. Feliz fiesta del DOMUND.

sábado, 10 de octubre de 2026

LA SELVA DESDE FUERA

 
Hace poco fui a un centro de rescate amazónico. La intención primera era pasar una jornada de relax en uno de esos recreos con piscina que proliferan cerca de Iquitos, donde uno descansa, almuerza rico, se baña… se desconecta. Pero como estaba cerrado, el motocarrista, bien aleccionado, puso rumbo a este otro lugar. Y aunque me fastidió un poco que el plan fuera tuneado, luego me gustó y me hizo pensar.

De pronto me vi incrustado dentro de un grupo de turistas, prácticamente todos nacionales; gente que pisa la selva por primera y quizás única vez. Es notorio el desconocimiento que en Perú se tiene de la Amazonía, a pesar de que ésta supone más del 60% del territorio del país. Como consecuencia, hay muchos prejuicios, ideas fantásticas, miedos irracionales y todos los síntomas propios de la ignorancia.

Lo noté inmediatamente en la manera de hablar de los guías (que por cierto se desempeñaron bastante bien), y sobre todo en el estilo de los comentarios y reacciones del grupo, que oscilaban entre el asombro, la sorpresa o el temor, y la superficialidad o la indiferencia de quien está adiestrado en consumir contenidos rápidamente y pasar a otra cosa mariposa.

No es que yo supiera todo lo que nos contaron; de hecho, aprendí varias cuestiones, sobre todo en la primera parte, en la que te muestran un manatí - animales difíciles de ver en el agua porque apenas asoman su hocico para respirar - y te ofrecen muy interesantes datos sobre los paiches, que desconocía. Pero claro, comer paiche es algo cotidiano para mí, encuentro guacamayas por todas partes, y he avistado manadas de huanganas, a veces nadando por el río, por lo cual me resultó penoso ver a una solita, cerca de un ronsoco también taciturno. Claro que, como el nombre comercial de este animal es capibara, y está de moda, eso arrancó sonrisas y desbocó las fotos.

Porque eso sí, las sesiones fotográficas eran constantes, animadas por los guías. Los selfis son el símbolo de este turismo frívolo y alocado; hay que tomarnos fotos a nosotros mismos, para luego subirlas a las redes y quedar como intrépidos aventureros en el bosque misterioso. Ni que decir tiene que todo eso me hacía sentirme fuera de lugar, y a veces medio molesto por ver cómo utilizan mi selva para intereses comerciales.

Dicho esto, me resisto a ser tan negativo. El paseo era por medio de la naturaleza, en un bello paraje que se nota bien cuidado. El centro tiene como fin el rescate, rehabilitación y liberación de fauna silvestre afectada por el tráfico ilegal; hay también un propósito educativo de sensibilizar a los visitantes acerca de la necesidad de defender y preservar la Amazonía. Me parece excelente y me alegro de haber ido.

Pero me encontré incómodo, como si se estuviera tratando la selva como una mera atracción, como si se estuviera profanando o banalizando, en especial la zona del chullachaqui y las plantas maestras. Chullachaqui no es un muñeco grande como un ninot de monumento fallero, es algo mucho más profundo: es la personificación de una inspiración cultural, la inquietud de los pueblos por proteger su medio natural, sus árboles, sus cochas… La ayahuasca no es un simple psicoactivo, sino el remedio que se toma para ver, para comprender, para sanar, para decidir.

En fin. Ya no reclamo más. Me doy cuenta de que llevo casi diez años en la selva, la voy conociendo y me identifico como parte de ella, uno más entre quienes la aman y eligen vivir acá. No logro mirarla desde fuera, aunque con esta cara me tomen por un turista más de dos veces. La contemplo con esmero, reverencia y admiración, porque en ella, y especialmente en sus gentes, encuentro la presencia creativa de la Vida, la alegría humilde de Dios aflorando en cada salto de bufeo y en las risas lejanas de los niños. Este es mi lugar.

sábado, 3 de octubre de 2026

PALABRAS MUSITADAS DE UN PADRENUESTRO


Me pidieron visitar a un enfermo en el hospital, el del seguro, acá cerquita de la casa. Salí batallando con el calor infernal de las tres de la tarde en Iquitos. Me esperaba la familia amiga que me había llamado, pero no sospechaba que me iba a encontrar con un tesoro de belleza inmensurable.

Caminar por ese centro sanitario medio laberíntico, construido a pedazos en medio de la selva, flanqueado por el feroz asfalto y por las plataneras verdes, es encajar los estragos de la pobreza de este país: paredes sucias, aparatos de refrigeración desportillados, personas tumbadas en los pasillos, desorden, el olor inequívoco de la muerte. Así me guiaron hasta el paciente, con el corazón un poco amedrentado. Pasamos conversando un buen rato, voluntarioso yo en la faena de arrancarle alguna risa que le ayudase a soportar su malestar.

Me despedí y me dirigía desandando mis pasos hacia la salida, cuando alguien reclamó mi atención: “¿Es usted padrecito?”. La señora me contó que su hermana se encontraba en la fase terminal de un cáncer que padece hace nueve años. “Está acasito mismo, ¿podría usted verla, por favor?”. Justo al comienzo del pabellón, en una estancia algo más privada, recibí la primera impresión de Rosa, yacente e inmóvil.

Su piel cetrina, sus rasgos afilados, las protecciones contra las escaras, la boca reseca y los viales para administrar morfina anunciaban la cercanía del final. Estaba profundamente dormida. Recé una oración, más que nada por los familiares. Otra de sus hermanas quería conversar, muy nerviosa, lloraba, me metió en la mano veinte soles para la Iglesia y me pidió por favor que regresara.

Los dos días siguientes los pasé con Rosa. No sabría explicarlo muy bien. Pensaba en ella, ¿seguiría viva? No la conocía, ni siquiera había escuchado su voz, solo la había visto en ese estado exangüe; pero por algún motivo se me había metido dentro, la hallaba a cada paso, en la oficina, durante esos pedazos de madrugada insomne. ¿Sentiría dolor? ¿O habría ingresado tal vez en una inconsciencia consoladora?

Así que tres días más tarde, allá estaba yo de nuevo, a una hora y calorina parecidas. Esta vez me fui directo al grano, o sea a Rosa, que por cierto es solamente un par de años mayor que yo. Y seguía en el mismo lugar. Pero ahora tenía los ojos entreabiertos. Me acerqué a ella, le hablé, le tomé de las manos. “¡Ha venido el padre a verte!” – le gritaron. “El padre…”- repitió con un hilillo de voz.

“Rosa, ¿quieres que recemos un ratito?”. Y asintió con un levísimo movimiento del mentón. Yo iba acompañado por la hermana Lisbeth, hija de San Camilo, así que entre los dos recitamos las plegarias para darle a Rosita la unción de los enfermos. Casi toda la familia rodeaba la cama, y noté que la oración fluía suave y balsámica.

“Vamos a rezar el padrenuestro”. Y mientras se iban desgranando las peticiones, me emocionó que Rosa articulaba algunas palabras, con retraso y muy bajito, susurrándolas: “padre”… “cielo”… “nombre”… “Reino” … “perdona”… “amen”… Antes ya había pronunciado “ten piedad” muy clara pero muy tenuemente, como en una devoción cansada y a la vez tenaz. Y sin duda muy serena.
 
- ¿Estás tranquila? – le pregunté cerca de su oído.
- Sí – musitó.
- ¿Tienes miedo?
- No.

Le acaricié su rostro, le besé la frente, y así fue como Rosa, con quien solo establecí este fugaz vínculo en los últimos momentos de su vida, me reveló un matiz nuevo y precioso del rostro de Jesús pequeño y sufriente, y me regaló un nítido aprendizaje de cómo acercarme a morir con paciencia y fe.

Mañana voy a volver a EsSalud. No sé si ya la veré, pero en todo caso, siento que lo que quedaba pendiente, ya se resolvió; de mí hacia ella, pero, sobre todo, de ella para mí.  Gracias Rosa.