jueves, 6 de mayo de 2021

DÍA DE SAN JOSÉ OBRERO EN INDIANA: HISTORIA, IDENTIDAD Y CARIÑO


1 de mayo, fiesta de San José Obrero, patrón de Indiana, y día del trabajador. Todita la noche ha estado lloviendo a mares y al amanecer continúa lo mismo, así que la jornada se presenta medio chueca a causa del agua y de la pandemia. Pero nada detendrá a los devotos del santo carpintero.

Todo comienza en la catedral a las 8 de la mañana, con la infaltable misa protocolar que está grabada a fuego en todos los programas del Perú. Y más todavía acá, en Indiana, donde la festividad de San José está unida a la fundación del pueblo por Mons. Dámaso Laberge y los primeros misioneros canadienses que llegaron en 1947. De hecho, hoy se conmemoraba el 74 aniversario de la primera fiesta patronal.

Las autoridades y los trabajadores de la Municipalidad participan haciendo las moniciones y las lecturas (el alcalde lee la primera), llevando las ofrendas, etc. Noto que cantan y responden bastante bien, lo cual me hace pensar que hay más gente católica en Indiana de lo que parece. Como siempre está la miss, “reina de la belleza femenina”, en primera fila (por el momento no hay míster, pero todo se andará). La misa termina con una especie de fotocall donde vamos posando unos y otros.


De ahí pasamos a la sesión solemne de la comuna municipal. Se cantan los preceptivos himnos, el del Perú y el de Indiana, y en la letra de este nombramos, como cada vez, a San José y a Dámaso Laberge. El presentador realza los motivos que nos congregan, y en sus palabras detecto el peso decisivo que tiene la Iglesia en la historia de este pueblo. Indiana no existiría si no se hubiese creado la Prefectura Apostólica; su identidad se forjó en la valentía del obispo pionero y con la mística de aquellos franciscanos. “Unión – Trabajo – Desarrollo” reza en el escudo del distrito, los valores que ellos eligieron como divisa y aspiración.

Un punto del programa es la entrega de jabas de pollos regionales (las llamadas gallinas cholas) a vecinos de varias comunidades como parte de un proyecto de mejoramiento avícola. En el salón consistorial estaban todos los implementos para los nuevos galpones: alambres, plásticos, la comida de los pollos y los propios pollos. Y allí se hizo la entrega simbólica para poder tomar la foto de rigor (que encabeza esta entrada) y que se pudieran marchar sin más demora, “antes de que los animalitos se mueran por este frío”.

Los discursos, algunos sin contenido real y todos más largos de lo deseable para mi gusto, se van sucediendo, como es habitual en estos casos. El alcalde informa de los logros de su gestión. El secretario general lee el acta reglamentaria, y por fin pasamos al brindis con vino borgoña. Las palabras esta vez le tocan al párroco, que voy comprendiendo que, acá, es una personalidad. Agradecemos tener trabajo (más bien yo querría reducción de tareas) y pedimos a Dios que bendiga a Indiana.

Anuncian un almuerzo “sorpresa” que todos estábamos esperando, y enseguida sirven pango de paiche, es decir, paiche (parecido al bacalao, pero de río) con yuca y ají de cocona. Me toca al lado la regidora Nancy Virginia, que además es vecina de la misión. Conversamos distendidamente, me pregunta qué cosas me gusta comer y qué no. - “Creo que me gusta todo”, le digo. - “¿Te gusta la carne de monte?”. - “Claro, el majás está buenazo”, respondo.

Al ratito llegan a ofrecerme un plato de majás. “¿¿Para mí??”. Estos detalles y los constantes agradecimientos por lo que estamos aportando de ayudas en la pandemia, me hacen sentirme orgulloso; lo último: el concentrador de oxígeno de 10 litros por minuto, y capaz de atender a dos pacientes a la vez, que hemos comprado con el apoyo de varios amigos de Mérida. Gracias en nombre de Indiana, sus autoridades y sus gentes.

Me encanta la “experiencia de ser pueblo, (...) de pertenecer a un pueblo” (EG 270). Es algo que siempre estuvo unido a los momentos más felices de mi vida en Santa Ana y en Valencia, y que en Indiana puedo reproducir y volver a disfrutar. Con todas las limitaciones propias de la distancia cultural entre ellos y yo, pero sí: creo que soy parte de un pueblo, y me emociona.

viernes, 30 de abril de 2021

DE PRONTO, UN MENSAJE


El miércoles santo en la tarde me entra un whatsapp de un número desconocido:

Buenas noches Padre César.
Se extrañará de recibir este mensaje.
Desde que usted se fue a Perú le seguimos en la revista Iglesia en Camino, como en esta comunidad somos cinco peruanas, todo su trabajo ponemos en nuestras oraciones.
Cuando venga por España no se olvide de pasarse por aquí.
Y cuente con nuestra oraciones y sacrificios, sabemos lo mucho que trabaja en esa tierra.
Somos las Carmelitas Descalzas de Fuente de Cantos (Badajoz), sus paisanas.

😲. Así me quedé: a cuadros.

Les contesté rápidamente, ellas estaban en su recreo, que comienza a las 10 de la noche. La comunidad está formada por ocho religiosas, tres españolas y el resto peruanas, que son las más jóvenes y las que manejan la magia de internet:

Nosotras somos de Apurímac al sur del Perú.

Me dicen que han conseguido mi número a través de su párroco Apolo (¡gracias, Juan!), y que siguen mi blog. Proponen llamarnos por teléfono el día de Pascua, y así quedamos. Ya me ha ocurrido otras veces el descubrir que alguien lee lo que publico, y siempre me sorprende y me produce rubor.

Hoy es domingo de Resurrección y hace un rato que nos hemos visto por primera vez. El tono y el ambiente me recordaron a las clarisas de Zafra y otras monjas de clausura que conozco: esa simpatía, las risas, las miradas diáfanas, la felicidad evidente… Estar con ellas, aunque sea a través de la pantalla, es algo que te renueva, como una bocanada de frescura evangélica o una ración bien despachada de buen humor.

Me relatan que han llegado a la vida contemplativa y a mi país a través del trabajo de sacerdotes españoles que trabajan en su tierra natal, Abancay. Preguntan si conozco a tal o a cual, buscan establecer nexos, siempre con las sonrisas en todo lo alto. Quieren saber cómo fue mi venida al Perú, y a la selva, y les cuento la historia, con naturalidad, como si lleváramos años tratándonos.

¿Necesitan allí tal vez manteles para la iglesia? Claro que sí, contesto. Y por supuesto que corporales y purificadores también, acá está la catedral. La cosa se embala:

- ¿Qué talla tiene usted? Para hacerle un alba.
- ¿O camisas de clergyman?
- Allí no usan, ¿no ves el calor que hace?
- …

Jeje. ¡Qué buen ratito! ¿Se puede ser misionero-a sin salir de un convento en un pequeño pueblo de Extremadura? Se puede. ¿Se puede contemplar el mundo entero y abarcarlo con el corazón de Dios uniéndose a las luchas, sufrimientos y esperanzas de todos? Se puede. ¿Se puede querer algo o a alguien antes de conocerlo? También se puede.

Gracias hermanas Carmelitas por este detalle. Cuando pueda viajar por vacaciones, iré a visitarlas. Sé bien que detrás de los misioneros hay mucha gente, muchas oraciones, mucho apoyo, mucha solidaridad, mucho cariño. Estoy seguro de que, sin eso, no podríamos, yo al menos. Lo sé de sobra, pero viene muy bien sentirlo en tu propia piel de vez en cuando. Lo recibo como una chispa del Resucitado. ¡Feliz Pascua!

sábado, 24 de abril de 2021

HELADO DE PLÁTANO EN TAMSHIYACU


Es un gusto visitar Tamshiyacu, uno de los dos únicos puestos de misión que se encuentran Amazonas arriba desde Iquitos. Tras una leve travesía, se llega temprano a la tierra del humarí, la piña y el cacao, una pequeña y coqueta ciudad de gentes acogedoras y larga historia misionera. Su nombre está compuesto por dos palabras: tamshi = soga y yaku = agua.

La parroquia “Natividad de María” es una de las más extensas del territorio vicarial y comprende más de 80 comunidades, ahí es nada. El nombre propio del inicio de esta misión es el franciscano canadiense Raynaldo Comtois, que llegó en 1947, recién creada la prefectura apostólica; construyó la iglesia, la casa parroquial, y después de 8 años de duro trabajo desapareció en el río en 1955. Sus restos, encontrados cuando descendieron las aguas, fueron identificados gracias a su reloj de pulsera. Desde entonces reposa bajo el piso del templo, y una sencilla inscripción hace de memorial perpetuo.

Los sucesores de aquellos pioneros, el equipo misionero actual, está formado por dos comunidades: las tres religiosas Misioneras Eucarísticas de María Inmaculada (Ana María, Pina y Griselda), mexicanas, y los tres hermanos de la Comunidad del Desierto (Yvan, Gábriel y Alain), canadienses. Sus respectivas casas se encuentran dentro del recinto de la misión, muy cerquita, y la proximidad espacial se traduce en buena onda, relación cordial, cariño y apoyo mutuo.

De hecho, aquí tenemos un auténtico equipo, capaz de enfocar un propósito compartido, coordinarse, comunicarse, trabajar juntos… y festejar. Durante mi estancia dos almuerzos fueron en común, y realmente se esmeraron para ofrecer sus mejores manjares. Especialmente Alain hizo un helado de plátano cuyo recuerdo todavía me hace relamerme. Pero lo más agradable fueron las bromas, el buen humor… se notaba que la cosa fluía.

La imagen corresponde a la reunión que propongo a los misioneros cuando visito los diferentes puestos. Este año trato de que reflexionemos juntos sobre, precisamente, el trabajo en equipo, su necesidad e importancia hoy día, y qué claves pueden ayudarnos a mejorar, porque es algo que no en todos los lugares se logra de manera satisfactoria. Acá desde luego me pareció que están en una excelente dinámica, el diálogo fue constructivo y creo que todos aprendimos, además de reírnos con los vídeos.

Adita
Hubo tiempo también para salir a dar un par de pésames: a don Grimaldo, animador de larga experiencia, por la muerte de su esposa, y a mi prima Adita Caro, gran amiga, laica en primera línea de la parroquia, por el fallecimiento de su papá. Conversamos con Adita en su casa, y la encontré un poco apagada… y a su perra Princesa también. Pina me mostró el centro de fisioterapia, interesante proyecto solidario que ella acompaña desde hace años. Incluso me llevaron a conocer a don Guillermo Feldmuth, antiguo habitante de la calle y ahora terapeuta experto en rehabilitación de habitantes de la calle, educador, trotamundos y célebre narrador radiofónico en Tamshiyacu, un personaje de esos que impactan. Fundador de la ONG “Despertar amazónico” y de la Casa Hogar Bereshit, un centro de formación de líderes de la rehabilitación, que ellos mismos me presentaron y explicaron con todo detalle. Pueden verlo en estos enlaces:

Dos días dieron, pues, para mucho. Concelebrar la Eucaristía con el p. Yvan, anterior vicario general y 35 años en el Vicariato; probar los guisos de Gabriel, consumado chef; descansar en casa de las religiosas y disfrutar de baño propio porque Ana María me cedió el suyo; fastidiar a Gris y hacer planes para Cáritas vicarial… Gracias por la acogida y todas las atenciones. Lo que más me gustó, aparte del sorbete de plátano, fue este cartel:


Aunque faltó la tilde en la e 😉.

domingo, 18 de abril de 2021

MAMÁS ABANDONADAS


Hace algunos días llegaron dos mujeres a la misión para mantener una charla que ya he vivido dos o tres veces más desde que estoy en Indiana. Venían acompañadas por un hombre mayor, familiar de una de ellas, que fue el que abrió la conversación con otro tema. Despachados los prolegómenos, y mirando al piso tras sus mascarillas, me contaron su historia y me mostraron su herida.

Siempre son jóvenes, incluso demasiado. Como acá es habitual que las chivolas se embaracen a partir de los quince o dieciséis años, las mamás botadas pueden tener veinte y muy pocos, y un par de hijos. Como era el caso. El cuento es más o menos el mismo: un día cualquiera, de buenas a primeras, su pareja, el papá de sus hijos, sin decir esta boca es mía, desaparece sin más.

Sin motivo aparente, sin que haya de por medio riñas más graves de lo normal, sin dar síntomas de hastío, sin despedirse… simplemente se van. Y dejan a sus mujeres tiradas de la vida, con críos pequeños que les exigen todo su tiempo, sin oportunidad de trabajar, sin medios y, por supuesto, sin formación, porque apenas terminaron la secundaria, si es que llegaron, abrasadas por las llamas de la pasión.

A medida que narran sus penalidades, van asomando las lágrimas de impotencia, de humillación y de tristeza. El desamparo material es cruel, están obligadas a buscar apoyo en sus familias, a luchar por darles a sus hijos un plato de comida “o comprarles sus sandalias por lo menos”, en sus propias palabras. En una selva tan pobre como la nuestra, y peor con la pandemia que esparce miseria por todas partes, deben de estar pasándolo fatal.

Pero seguramente más doloroso aún es el abandono afectivo, la bofetada del desprecio mudo y sin paliativos por parte de quien te prometió amor… o tal vez no. Quizás una arista de estas situaciones sea justamente el hecho de que no hubo compromiso serio, manifestación pública de un vínculo, establecimiento de obligaciones y derechos mediante una institución como el matrimonio o la mera inscripción en el registro. Ahora todo se ventila diciendo “mi pareja” o “mi conviviente”, y eso puede conllevar provisionalidad, lazos en el fondo precarios, hogar de quita y pon.

- ¿Y dónde están sus… los papás de sus hijos?
- No lo sé. No le puedo ubicar.
- Yo tampoco. Tal vez en Trujillo, pero no tengo su número de celular.

Humo. Se volatilizaron sin dejar rastro. Pies, para que os quiero. ¿No les pesará ni un átomo a esos tipos el drama de unos hijos que van a crecer sin padre? ¿No les dará vergüenza escapar así, con nocturnidad y alevosía, para no tener que pasarles ni un sol? Y probablemente se creerán más machos porque han encontrado otra mujer más joven aún, menos usada, y presumirán de que ahora tienen “dos familias”. Menudos elementos; la hombría es afrontar tus responsabilidades. Ser padre es mucho más que un momento de inspiración en el que hiciste diana; es asumir que tu vida ya no te pertenece, sino que ahora consiste en sacar a tus hijos adelante.

Estas mamás vienen a la parroquia buscando socorro en alguien con autoridad, todavía consideran así a los misioneros en Indiana. Les recomiendo que vayan a la Defensoría Municipal del Niño y del Adolescente, que yo voy a conversar con el encargado para que las atienda bonito y puedan tramitar la denuncia por dejación de pensión alimenticia para sus hijos. Es curioso la cantidad de papás en Perú que reinciden en el incumplimiento de este derecho fundamental de los menores; muchos de ellos eran candidatos en las elecciones del otro día, por cierto.

Este país está repleto de mujeres solas con los hijos a su cargo, desvalidas y burladas. Es un problema de dimensiones gigantescas que de vez en cuando me salpica de indignidad, rabia y pesar. En momentos como este entiendo a las feministas radicales y me dan ganas de recortar virilidades en la misma medida que alargar el presupuesto nacional en educación al 10% del PBI.

domingo, 11 de abril de 2021

ME HAN ADOPTADO COMO MASCOTA


Eso es lo que hay. Oigo un maullido lastimoso y zalamero tras la puerta de mi cuarto en la tarde, ya quiere que le abra para dormir una de sus siestas. La gata entra, se sube a la impresora, se lleva una nalgada y finalmente se acomoda en la otra cama, que lleva tiempo llena de pelos… Se llama Collantes, como el personaje de la película “Campeones”.

Es cierto que cuando nació esta camada, yo quería una gata y la elegí a ella porque me gustó su cola verde pero con la punta blanca, como la panza; de hecho, la bauticé yo. Pero después no hemos tenido mucha relación, porque los chicos hijos de la familia misionera estaban encargados de los dos perros y los cinco gatos de la casa, y Collantes más bien paraba alrededor de ellos.

Curiosamente –los animales son increíbles-, desde que se marchó la familia, y a pesar de que ahora son las hermanas las que cuidan nuestro zoológico, Collantes se viene conmigo, me reclama comida, por momentos me persigue y buena parte del día lo pasa en este final del pasillo (“al fondo hay sitio”) adonde me he mudado. ¿Tal vez recuerda y/o siempre supo que ella es mi gata? Quién sabe, me hace ilusión pensar que sí.

Cuando amanezco y salgo a tomar mi agua con limón, la gata baja de la mesita de la tele, donde ha dormido. Maullido de “buenos días y ponme el desayuno”, seis o siete croquetas a su plato y empieza la jornada. A pesar de que se finge hambrienta y hace yapa cuando llega la hora del almuerzo comunitario, es una cazadora experta y la hemos visto zamparse sus buenas ratas. De hecho, para eso queremos a nuestros gatos, ¿no? Bueno, para eso y para dejarnos domesticar por ellos.

Es una peleona de cuidado (hace honor a su nombre), de vez en cuando llega con arañazos y mordiscos. Las pendencias nocturnas cuando va con sus novios pasan factura. Ya le he puesto a Collantes una ampolla de “suspensión hormonal”, pero comprendo que hay que esterilizarla e intento contratar a las hermanas para que la lleven, porque no quiero volver a pasar por el mismo trauma como con Chacha, que sigue en Islandia más ancha que pancha.

En la noche, cuando me siento un rato, siempre quiere subirse a mi regazo. No me deja cenar tranquilo, es una castaña. Y me hace sudar. Recuerdo que costaba Dios y ayuda que Chacha se subiera, se había vuelto más arisca, pero esta es una coscona de la patada. Acá es un entorno más silvestre, Collantes se mete debajo de la maloka, anda por el pasto, el lomo con suciedad y telarañas, me pone perdido… pero me encanta que se me tire encima.

Le acaricio su pelo suavito y empieza el ronroneo, algo que me fascina y que me gustaría aprender a hacer, tal vez no sea demasiado viejo. Cierra los ojos de puro relax y deleite, y entonces pienso que el amor siempre te da una segunda oportunidad, frase que podría ser el título de una novela de Corín Tellado. Cada mascota que pasa por nuestra vida tiene su personalidad, sorprendentemente los queremos y… todos nos adoptan.

Sobre todo los gatos, que ni siquiera necesitan hacernos creer que dependen de nosotros. Son libres, van y vienen, dan un zarpazo a nuestra afectividad, se aprovechan de las carencias que el celibato ensancha, y nos atrapan. Bueno, a mí al menos Collantes me tiene en el bote. Veremos que dice mi psicóloga cuando lea esto.