Cuando la gente se arranca a contar relatos del tunchi, mis oídos se afinan y la risa se coloca en sus marcas, porque siempre esas conversas discurren entre lo chusco y lo espeluznante, entre la diversión y el respeto debido a los difuntos. Y es que el tunchi no es más que la versión amazónica de las almas en pena de toda la vida.
El antropólogo Jaime Regan dice que el tunchi
“es el alma que está purgando sus pecados”*. Se presenta a menudo con un
silbido característico que rasga el silencio de la noche y para los pelos
(a quienes los tenga). En el imaginario popular, la explicación es que en
general las almitas no se han ido en paz y siguen por acá porque
tienen pendientes, asuntos no terminados o resueltos, no necesariamente
pecados.
“En el pasillo que da a los cuartos donde
usted duerme, padre, yo vi claramente a una sombra voltearse e ingresar”. Esto me lo contaron el otro día, con la consiguiente pregunta de si
no tengo miedo de quedarme ahí solo en casa de los curas. No está claro si el tunchi
es bueno o malo, se escuchan opiniones para todos los gustos (Regan dice que existen
de las dos clases), pero sí hay unanimidad en que mejor no acercarse, porque
si es maligno te puede matar.
Por el centro Papa Francisco, siempre en
Caballo Cocha, parece que se pasea habitualmente una niña espectral. Y por
supuesto hay quien afirma haberse topado con el fantasma del padre Real,
porque en ese lugar estaba emplazada antes la casa en la que él vivió durante
30 años, y claro, sigue por ahí en sus dominios de alguna manera. Eso
tiene lógica, ¿no?
¿Cómo despedir al tunchi? Con agua bendita. Lo he hecho ya varias veces, asperjando en lugares donde dormían
quienes recientemente han muerto – especialmente si hubo suicidio -y cuyos
espíritus ahora deambulan en la noche, haciéndose notar con ruidos, silbos,
susurros y demás operaciones aterradoras para los moradores.
Un enfoque antropológico dice que el tunchi
es un artefacto cultural para amedrentar, disuadir o proteger de ciertas
situaciones nocivas, al estilo del hombre del saco. Eso explicaría
que ataque preferentemente a personas que están saliendo de una fiesta a altas
horas, en concreto borrachos; o a quienes se encuentran en culpabilidad: un
hombre infiel, o que le pega a su mujer, alguien que acostumbra a robar, etc. ¿Solo un mito?
No es que sea siempre un espíritu al estilo de
“Cazafantasmas”, puede adoptar muchas formas: un ave nocturna, un ser
blanco, dos negritos que salen de una planta, o incluso la misma soga de la
mortaja nada menos. Es algo habitual en la selva, donde el mundo espiritual
y el material se solapan y conviven: muchos seres se transforman en otros,
porque así es el fluir del río y de la vida.
Hay muchas leyendas. “Mi abuelo estaba
regresando de una fiesta del pueblo, farol en mano, cuando delante de él, a lo largo
del camino, estaba una mujer andando. Pensó que iba a ser una aventura más en
su vida. Pero no sucedió así, la mujer caminaba rápido y él, por más que la
llamaba, no le hacía caso, por el contrario, se alejaba rápido. Al llegar a La
altura del puente, la mujer se convirtió en un enorme sapo que no le dejaba
pasar, quería regresar y el sapo estaba en su delante. Entonces mi abuelo
invocó a San Isidro, que era el santo de su devoción, y empezó a correr (…)”.
Nunca voy a olvidar a la joven profesora
Johana Celestia, que fue a visitar Indiana, donde había trabajado, y a los
pocos días falleció repentinamente, con apenas 24 años. Los vecinos decían tristes
que había regresado “a recoger sus pasos” antes de morir, como si hubiera
presentido su final.
Observo a la gente escuchando este tipo de narraciones.
Muy serios y atentos, sonriendo de soslayo alguna vez, pero cuando aparecen el
sapo gigante, el ser misterioso resplandeciente, la hamaca que se mueve sola sin
que haya viento, el pájaro tenebroso o el bulto negro en la proa de la canoa,
hay un silencio espeso y todos asienten circunspectos. Porque el tunchi,
evidentemente y como todo el mundo sabe, es verdad.
* Las citas están tomadas de REGAN, J., Hacia la Tierra sin mal, CAAAP-CETA, Lima 20113. Pág. 185-189.
* Las citas están tomadas de REGAN, J., Hacia la Tierra sin mal, CAAAP-CETA, Lima 20113. Pág. 185-189.





