Vivimos junto al gran Amazonas, el río más
caudaloso del mundo, pero paradójicamente no disponemos de agua de calidad.
Cuando llegó la hora de bañarse para quitarse ese sudor acumulado durante todo
un día de calorazo insoportable en Yanayacu, resulta que solo era posible en la
quebrada, sospechosa de estar contaminada por el derrame de abril pasado. De
beber ni hablamos.
En los servicios de la escuela (parece que los
únicos del pueblo), habían colocado una buena tina de agua, pero solo una de
las misioneras alcanzó a ducharse: rapidito se personó alguien de la organización
para advertir que esa agua era solamente para el inodoro. Ni modo, hubo que
recurrir a las menguantes botellas que habíamos traído para hacerse, aunque
fuera, el lavado del gato.
Esta vez estábamos más atentos, esperando a
que nos brindasen algo de cenar, porque ya conté que llevábamos casi toda la
jornada sin comer nada sólido. Pero… nomás entró en la casa el animador y
dijo: “acá hay dos ahumaditos, si gustan”. Se refería a dos pescados
ahumados para compartir entre ocho personas; en fin. Se los dejamos a los
músicos, que iban a tener más chamba. Y nos dedicamos a alistar hamacas, colchonetas
y demás aperos para la noche.
Mientras esto ocurría, sin visibilidad ya en
la cancha el personal se preparaba para la procesión. Durante la tarde habían
instalado el cuadro del Señor de los Milagros en una especie de casita hecha
con telas, de modo que, con las velitas delante, parecía una de esas
antorchas que de vez en cuando sacan a pasear los escolares. Al iniciar el
camino por la única vereda del pueblo, yo ya estaba de nuevo empapado en sudor.
La procesión resultó bien, a pesar de que era una
novedad para todo el mundo. Hubo cinco paradas, y en cada una de ellas se leía
un trozo del Evangelio, junto con alguna reflexión, oraciones y canto. El
público observaba entre perplejo y respetuoso. En una estación, la
familia que recibía invitó a chicha a todos los peregrinantes. Y así
llegamos de nuevo al salón comunal, donde se había celebrado la Eucaristía en
la mañana, que era también el lugar de la velada.
Siempre pregunto si va a haber caldo de
gallina, que habitualmente se ofrece como combustible para los danzantes,
pero esta vez lo anhelábamos como un producto de primera necesidad – o
supervivencia -habida cuenta del cansancio que acumulábamos después de un día tan
extenuante, seco y escaso de agua y alimentos. “Claro, padrecito, a las 12
de la noche”. Diosito.
Empecé bien, saliendo casi el primero a danzar
blandiendo mi pañuelo, porque la gente suele chuparse un poco al
principio. Pero eran las 8, ¿cómo iba a aguantar mi cuerpito brincando hasta
medianoche? Me gusta la danza y me movía mejor que la mayoría de los
parroquianos, ostensiblemente novatos en ese lance; pero notaba los chorreones
de sudor resbalando por mi espalda y mis piernas, y el polo pegado.
Eché una ojeada a las ollas humeantes y
descubrí una de café, que ofrecieron con pan sobre las 10 de la noche: tentempié
(nunca mejor dicho) salvador. Poco antes de las 11, aceptando que el caldo
definitivamente no aparecía, ya no di más y me fui a mi colchoneta. Dentro
de la carpa, la temperatura resultaba inaguantable, pero yo estaba demasiado
agotado para darme ni cuenta. Me embroqué los tapones en los oídos con el
fin de esquivar el ruido del bombo, la caja, el pínfano y las maracas, y me
quedé dormido.
Fue una noche de apenas cinco horas de un
sueño tenue y sobresaltado; a las 4:30 ya nos teníamos que
levantar para zarpar a las 5. Nos esperaban otras tres horas de batalla contra
el lodo arrastrando el bote, sobre un agua del río extrañamente cálida y con el
sol aplastándonos sin clemencia.
La misión es fascinante, retadora y fértil en
experiencias y satisfacciones; pero también es exigente, y en ocasiones muy
ardua y fatigosa. Necesitamos, no solamente ánimos, generosidad y buena
voluntad (solo con eso no se pilotan aviones) sino también resistencia, salud
robusta y forma física suficiente. “¿Querías ser misionero? ¡Toma!”.




