Despierto temprano, todavía oscuro, y me lleva unos segundos darme cuenta de dónde estoy. Es algo habitual que la IA llama “desorientación del viajero” o "amnesia de despertar transitoria”. Me ayuda mirar mis viejos libros, una foto con mis abuelos y la imagen del Cristo de Javier en la cabecera de la cama. Me calzo las zapatillas y a caminar.
Hace un tremendo calor nada más salir a la
calle, y eso que son poco más de las 6:30. Los primeros quince minutos son una
bajada hasta la orilla del río. Casi no me cruzo con nadies;
suele haber una cuadrilla de operarios de una empresa de limpieza preparándose
para comenzar la jornada. Ríen, llevan escobones, van vestidos color malva y
fuman, así que tomo aire y doy un rodeo.
El entorno fluvial está acondicionado como una
zona recreativa, y normalmente hay gente haciendo deporte, pero a estas horas tan
tempranas solo están los muy cafeteros. Al tercer o cuarto día ya nos
reconocemos y hasta puede haber un movimiento de cabeza a modo de saludo:
un treintañero que saca a pasear a sus dos perros, una señora muy tatuada, unos
jubilados con gorra, un grupo de corredores ellos y ellas, todos estilizados y
con polos de medias maratones (21K)…
No es como el paseo mañanero en los Valles,
que describí hace casi 14 años, pero hay también silencio en medio del rumor
urbano. Avanzo en la dirección del sol, que está apenas apuntando, de modo
que los contornos de la vida se van definiendo perezosamente, como si al mundo
le costase espabilar más que a mí. El alborear va peinando y arrancando
claridades de la superficie del agua tensa del río, ocupada groseramente por el
gramalote.
¿Será una garza esa ave que levanta el vuelo? Con
ese pelaje negro rodeando sus ojos parece llevar un antifaz. El viejo
puente, que asiste mudo al apagado de las farolas, guarda en su vientre un
inquilino con carpa, frazadas y silla de ruedas; pobreza contumaz. Más abajo,
ya en la ribera, se aprecian enhiestas las verdes varas del cañaveral, decoradas
apenas con unas pocas flores blancas.
Los colores son grises, pardos y serenos en
este trozo de naturaleza incrustado en la ciudad; únicamente
los rayos solares, que se intuyen bajo el horizonte, aportan un suave sabor de conmoción
a cámara lenta. Los trinos de los pájaros se combinan con el leve sonido de la
radio, que me suele acompañar y arrancar algunas sonrisas mientras marcho.
Como siempre, durante el paseo mi cabeza
cavila; me vienen planes para el Vicariato; maquino que "hoy
tengo que hacer tal cosa, ver a tal persona"; pienso, considero, comprendo,
mis mapas cognitivos se activan. Amo aun a distancia. Y regreso al presente, al
peso decisivo de cada paso, al tacto rugoso de la tierra seca, acá y ahora.
Y a pesar de que mi ciudad es Mérida y la
selva mi lugar, estoy en Badajoz por unos días, y todo concuerda.






