Vi a María Luisa preparando los envíos con el
material del DOMUND de este año para enviar a los puestos de misión, me fijé en
el cartel y me sorprendió encontrar en él, como imagen de la campaña, a
nuestras misioneras Deepa y Sharon. ¡Guau! Somos famosos en todo el Perú.
Bueno, más bien ellas. Y se lo merecen.
Sharon y Deepa son religiosas de nacionalidad
india, de la congregación Hermanas de la adoración del Santísimo Sacramento.
Llevan cuatro años con nosotros, trabajando en el puesto de Mazan, en el río
Napo. Al principio se toparon con grandes dificultades para adaptarse,
porque todo era nuevo: el clima, las costumbres, las tareas, la comida, el
equipo, y sobre todo el idioma. Les ha costado mucho esfuerzo y paciencia ir aprendiendo
el español de acá, pero han mejorado mucho.
Advierto en ellas una gran flexibilidad, una
mente y un corazón abiertos a lo diferente, y una humilde capacidad de
aceptación de los incomodos y las situaciones aparentemente extrañas o poco
comprensibles para sus códigos culturales. Creo que las impulsa una profunda
fidelidad al encuentro diario con Jesús y un gran amor a la gente, que para el
misionero vienen a ser equivalentes.
Deepa (la de lentes) va por la calle y todo el
mundo la saluda y la llama, “¡hermana Deepa, hermana Deepa!”. Yo le he
puesto de chapa “unmillóndeamigos”, por lo popular que es. Siempre tiene un
bonito gesto de acogida para cada persona, y se supera cada día en asumir
responsabilidades parroquiales y vicariales.
Sharon fue a la que más le costó el español.
Durante largos meses suplió la incapacidad de expresarse con esa sonrisa de
cielo que exhibe. A pesar de todo, no se acobardó: iba a los barrios con los
catequistas, salía a las comunidades por el río. Siempre la hallas alegre, pase
lo que pase, siempre lanza chistes y bromas.
Ambas personifican esa presencia discreta,
luminosa y necesaria en medio de la vida cotidiana de una
población como Mazan. No son ingenieras ni poseen doctorados, ni tienen
en su mano resolver grandes problemas, o traer jugosas ayudas económicas, ni atesoran un talento sobrecogedor… Pero el instinto de la gente sencilla las aprecia como
benéficas, confiables, un recuerdo viviente de que Dios existe y es bueno.
Al fin y al cabo, ese es el propósito de todo
misionero, el meollo de su vocación. No es tanto el hacer; a veces se ha
identificado la misión con la construcción, los proyectos, los donativos… en un
imaginario en el que el misionero es un personaje industrioso, activo hasta la
extenuación e inevitablemente protagonista de su propia proeza. Esa es la
caricatura que sigo pensando que hay que desmitificar.
El gran activo del misionero es su persona
misma. El gesto que lo califica es su respuesta a la llamada de Dios a
dejar su tierra y venir adonde no se imaginó para prestar un servicio para el
que no sirve. Simplemente estar acá y querer permecer, con la absoluta
necesidad de cambiar que eso implica. La destreza imprescindible será
acompañar y compartir la vida y el destino de estos pueblos. Y eso tiene
que ver más con el discernimiento que con los presupuestos, más con la
contemplación que con los programas. En una existencia así, el único
protagonista es Dios.
Sharon y Deepa son un significativo rostro de
este estilo, unas buenas representantes de aquello a lo
que aspiramos y cada mañana intentamos. Y además juntas, porque la misión es
una aventura comunitaria. Y en esta comunidad misionera, a la que llegué hace
casi una década, ahora me han pedido un servicio muy especial: cuidar a los
acompañantes, a las del poster y el resto de los misioneros.
Para ello preciso escuchar, comprender,
conectar con cada uno. Sí. Pero quizás lo más crucial sea crecer hacia la mejor
versión de mí mismo, para inspirar con mi propia persona un sentido de la
finalidad de la misión y la pasión por ella. Intuyo que más lo lograré
cuanto más cercano esté a los misioneros, para aprender de ellos y beber de su
fuente, porque son extraordinarios. Feliz fiesta del DOMUND.





