Los vertidos de petróleo, mortíferos para la
Amazonía, solo los había visto de lejos. Aun así, me indignaron y me afligieron,
como ya conté acá hace casi diez años. Ahora me ha tocado de muy cerca, en el
territorio vicarial, en mi querido Yanashi. Y constato que, además de los
impactos ambientales, sanitarios, económicos, alimentarios, comunitarios y demás,
el principal efecto es la tristeza.
La crónica, difundida desde muchas plataformas,
narra que hace tres semanas, la madrugada del sábado 11 de abril, dos chatas
(embarcaciones contenedoras de petróleo) chocaron y encallaron en el río
Amazonas a la altura de la boca del Napo, a unos 65 kilómetros de Iquitos río
abajo. Son enormes barcazas que transportan crudo desde el lote 95 en
Bretaña, río Ucayali, hasta Manaos. ¡Estamos hablando de un trayecto de 1.800
kilómetros de río y de al menos 9 días de navegación! Un peligro mastodóntico
y letal que no parece importarle a casi nadie.
Desde temprano aquella mañana comenzaron a
llegar testimonios, fotos y videos. Los pobladores dieron la alerta y muy
rápido contactaron con diferentes organismos e instituciones, con ayuda del
Vicariato. La OEFA (el gobierno regional), el guardacostas y la capitanía
del puerto se personaron aquella misma tarde. Pero al día siguiente eran las
elecciones generales y no pasó nada. Y por supuesto, la empresa responsable (el
operador) no dio señales de vida hasta una semana larga después.
Siempre hay mucha desinformación y confusión
en estos episodios. Se hablaba de 285 galones arrojados, lo cual nos hacía sonreír…
Luego se convirtieron en 285 barriles (un barril tiene 42 galones, aproximadamente
160 litros), luego estaríamos hablando de 45.600 litros; un horror. El
agujero del casco de la nave mide 4,5 metros de largo por 1,5 de ancho. Podría tratarse
de mucho más petróleo todavía.
Me lo contaron cuando estuve allá, cinco días
más tarde. Se veía la mancha en las orillas, se apreciaba el olor. Había
aparecido una empresa de limpieza a hacer una inspección; las autoridades
sanitarias habían tomado muestras del agua; incluso les habían llevado, de
parte del operador, 119 botellas de 7 litros de agua, en total 819
litros para una población afectada de más de 4000 habitantes, contando las
comunidades de las quebradas Oroza y Yanashi, varias de ellas indígenas. Nos
reímos por no llorar.
Uno de los representantes de esas comunidades
llevó un balde lleno de petróleo, que había recogido de una cocha con sus
propias manos: una porción de asquerosidad amenazadora. Les brindé algunas
explicaciones después de haber consultado a personas expertas: el IDL
(Instituto de Defensa Legal), el defensor del pueblo en Loreto, el obispo de
Iquitos… Los noté asustados, perdidos, necesitados de respaldo y orientación.
De pronto aparecen por todas partes organizaciones indígenas, entidades, medios
de comunicación; todos aconsejan, ofrecen apoyo, pero ¿a quién atender?, ¿qué
es lo que hay que hacer?
Ante la magnitud de lo que ha ocurrido y la
incertidumbre ante lo que viene, se siente desamparo y angustia. El agua del río es la vida, se usa para todo: para beber, cocinar, bañarse,
lavar la ropa… Pero esa agua se ha convertido en un tóxico. Es como estar
atrapado. Con el pescado malogrado, los fondos llenos de crudo, las playas que
ya no darán arroz en la vaciante. Rodeados de veneno, expuestos a enfermedades y
secuelas todavía no bien conocidas, el futuro está comprometido. Con todo, vi a
niños nadar y a un par de viejitos tomar su habitual baño.
Lo peor es la impotencia. Porque el daño
causado es irremediable. Se podía haber evitado, sin
duda ninguna, pero la codicia del ser humano causa víctimas. Esas familias, que
navegaban con normalidad sus luchas y su pobreza, han visto trastocada su vida
para siempre. Me fui con ellos, aunque fuera por unas horas; por supuesto que
eso no resolvió nada, pero como Iglesia creo que hemos de alentar, sostener, acompañar
y consolar.
Es un proceso que se presume largo y apenas comienza. Miguel
Cadenas dice que lo estamos haciendo muy bien. No lo tengo claro. Sí sé que estamos
ante algo lamentable, vergonzoso y profundamente injusto. Siento rabia, amargura,
perplejidad y, sobre todo, desconsuelo.





