Las comparaciones, sobre todo al principio,
fueron tan inevitables como rentables para los conseguidores de audiencia. En la vestimenta, la manera de expresión, los ademanes, las
tendencias que supuestamente revelan los nombramientos, las declaraciones, el
sentido de algunas decisiones… todo se podía utilizar para equiparar o
distanciar a un papa de otro.
Ha pasado más de un año, y percibo que León no
teme a las comparaciones con Francisco. Cuando se anunció que el Papa
regresaría a vivir al palacio apostólico, algunas manos fueron llevadas a la
cabeza. Francisco había renunciado a habitar en esa grandiosa obra de arte y
había elegido la Casa Santa Marta, donde tenía nomás un humilde cuarto con
recibidor; y ahora, aparente paso atrás hacia la riqueza y el lujo,
según clamaron voces interesadas e ignorantes.
Obviamente León sopesaría con cuidado las
ventajas, los inconvenientes y las repercusiones de mudarse a un sitio o a otro.
No sabemos lo que consideró, pero el caso es que resolvió seguir la tradición y
volver a la residencia oficial, aunque reformando profundamente el apartamento
papal. Durante meses, el humo de las obras reemplazó a la fumata blanca y
suministró combustible a comentarios de todo signo y pelaje.
No pareció importarle. Intuyo que él cree
fundamental vivir en comunidad, y en el departamento está acompañado por sus
secretarios, personas de confianza encargadas de velar por su reposo.
Además, eligió utilizar la buhardilla del edificio como espacio de trabajo personal
y área de ejercicio físico, que es una parte importante del cuidado de
uno mismo.
Es decir, ahí logra compañía, intimidad y
ámbito de descanso y de autocuidado. No hay imágenes de la nueva vivienda, pero
parece que el Papa ha buscado disfrutar de una casa. Me figuro que la
refacción habrá modificado esas altísimas puertas, esos pisos de mármol y esos
muebles barrocos que pude conocer en el primer nivel el día que estuve con él. El
cerebro de la maquinaria vaticana está emplazado en un monumento del siglo XVI,
y Prevost lo acepta y continúa, pero al mismo tiempo necesita un hogar como todo
ser humano.
Sin complejos. Siendo él mismo. El p. Edgard
Rimaycuna lo define como “cercano, tranquilo y con una gran capacidad de
escucha. Y que siempre está disponible. A pesar de la gran actividad de trabajo
y el ritmo de las actividades, siempre encuentra un tiempo para atender, para
escuchar”. Eso solo se puede lograr si se cuenta con escenarios de
sosiego, silencio, privacidad y los reparadores tiempos de soledad para quien
pasa horas atendiendo a personas.
Siempre se ve muy entero a León. Nunca
sobresaltado ni estridente, constantemente sereno y cercano: “Busca saludar,
sonreír, dar una palabra de aliento, una frase o un pequeño gesto, siempre”.
En la mañana detalles cordiales, cercanos y afectuosos; en la tarde, una
reunión productiva, como cuando nos recibió a los de la selva, todos
intervinimos en el diálogo, con él fluía. Pero en la noche, conversación
calmada tomando lonche, unas risas, quizás una llamada a alguien
querido, alguna lectura, un programa; acaso de madrugada un rato en el
pequeño gimnasio. El cuerpo relajado, la mente clara, el corazón vibrante.
Francisco sin vacaciones; León cada martes a
Castel Gandolfo. Francisco en Santa Marta; León en un departamento con gimnasio;
Francisco con Laudato Si; León con la IA. Cada uno en su ley, tratando de
responder, siendo plenamente él mismo, al servicio que Dios le ha pedido. Conviene
aprender para reflejar lo mejor de ellos y sacar lo más genuino de ti. Con
agradecimiento, sencillez y seguridad. Y cuando más diverso, más divino.






