sábado, 2 de mayo de 2026

DERRAME DE TRISTEZA EN EL AMAZONAS

Los vertidos de petróleo, mortíferos para la Amazonía, solo los había visto de lejos. Aun así, me indignaron y me afligieron, como ya conté acá hace casi diez años. Ahora me ha tocado de muy cerca, en el territorio vicarial, en mi querido Yanashi. Y constato que, además de los impactos ambientales, sanitarios, económicos, alimentarios, comunitarios y demás, el principal efecto es la tristeza.

La crónica, difundida desde muchas plataformas, narra que hace tres semanas, la madrugada del sábado 11 de abril, dos chatas (embarcaciones contenedoras de petróleo) chocaron y encallaron en el río Amazonas a la altura de la boca del Napo, a unos 65 kilómetros de Iquitos río abajo. Son enormes barcazas que transportan crudo desde el lote 95 en Bretaña, río Ucayali, hasta Manaos. ¡Estamos hablando de un trayecto de 1.800 kilómetros de río y de al menos 9 días de navegación! Un peligro mastodóntico y letal que no parece importarle a casi nadie.

Desde temprano aquella mañana comenzaron a llegar testimonios, fotos y videos. Los pobladores dieron la alerta y muy rápido contactaron con diferentes organismos e instituciones, con ayuda del Vicariato. La OEFA (el gobierno regional), el guardacostas y la capitanía del puerto se personaron aquella misma tarde. Pero al día siguiente eran las elecciones generales y no pasó nada. Y por supuesto, la empresa responsable (el operador) no dio señales de vida hasta una semana larga después.

Siempre hay mucha desinformación y confusión en estos episodios. Se hablaba de 285 galones arrojados, lo cual nos hacía sonreír… Luego se convirtieron en 285 barriles (un barril tiene 42 galones, aproximadamente 160 litros), luego estaríamos hablando de 45.600 litros; un horror. El agujero del casco de la nave mide 4,5 metros de largo por 1,5 de ancho. Podría tratarse de mucho más petróleo todavía.

Me lo contaron cuando estuve allá, cinco días más tarde. Se veía la mancha en las orillas, se apreciaba el olor. Había aparecido una empresa de limpieza a hacer una inspección; las autoridades sanitarias habían tomado muestras del agua; incluso les habían llevado, de parte del operador, 119 botellas de 7 litros de agua, en total 819 litros para una población afectada de más de 4000 habitantes, contando las comunidades de las quebradas Oroza y Yanashi, varias de ellas indígenas. Nos reímos por no llorar.

Uno de los representantes de esas comunidades llevó un balde lleno de petróleo, que había recogido de una cocha con sus propias manos: una porción de asquerosidad amenazadora. Les brindé algunas explicaciones después de haber consultado a personas expertas: el IDL (Instituto de Defensa Legal), el defensor del pueblo en Loreto, el obispo de Iquitos… Los noté asustados, perdidos, necesitados de respaldo y orientación. De pronto aparecen por todas partes organizaciones indígenas, entidades, medios de comunicación; todos aconsejan, ofrecen apoyo, pero ¿a quién atender?, ¿qué es lo que hay que hacer?

Ante la magnitud de lo que ha ocurrido y la incertidumbre ante lo que viene, se siente desamparo y angustia. El agua del río es la vida, se usa para todo: para beber, cocinar, bañarse, lavar la ropa… Pero esa agua se ha convertido en un tóxico. Es como estar atrapado. Con el pescado malogrado, los fondos llenos de crudo, las playas que ya no darán arroz en la vaciante. Rodeados de veneno, expuestos a enfermedades y secuelas todavía no bien conocidas, el futuro está comprometido. Con todo, vi a niños nadar y a un par de viejitos tomar su habitual baño.

Lo peor es la impotencia. Porque el daño causado es irremediable. Se podía haber evitado, sin duda ninguna, pero la codicia del ser humano causa víctimas. Esas familias, que navegaban con normalidad sus luchas y su pobreza, han visto trastocada su vida para siempre. Me fui con ellos, aunque fuera por unas horas; por supuesto que eso no resolvió nada, pero como Iglesia creo que hemos de alentar, sostener, acompañar y consolar.

Es un proceso que se presume largo y apenas comienza. Miguel Cadenas dice que lo estamos haciendo muy bien. No lo tengo claro. Sí sé que estamos ante algo lamentable, vergonzoso y profundamente injusto. Siento rabia, amargura, perplejidad y, sobre todo, desconsuelo.

sábado, 25 de abril de 2026

ELECCIONES GROTESCAS Y CATASTRÓFICAS


Un despropósito de proceso electoral como el que estamos viviendo en Perú solo va a contribuir a la confusión y el desgobierno. Dos semanas después del día de votación, todavía no tenemos resultados oficiales. Solo está claro que en segunda vuelta habrá que elegir entre dos de los máximos capitostes de la coalición mafiosa que se ha apoderado del país en los últimos años. Estaba todo orquestado y bien calculado. Blanco y en botella, leche.

Comenzando por el estrafalario número de candidaturas: 37 partidos concurrieron (después de dejar fuera de inscripción a otros 13 que no cumplían los requisitos, es decir que podían haber llegado a 50), con 36 aspirantes a la presidencia que al final fueron solo 35 porque Napoleón Becerra falleció durante la campaña. Pues muerto y todo, a la hora de publicar esto ha sacado más de 10.900 votos, tal es la desinformación y el esperpento.

Humor negro. El capítulo de la cédula de votación raya lo ridículo: tan enorme como un mapa, requería doblarla varias veces para lograr meterla en el ánfora. Contenía una cuadrícula inmensa de partidos y candidatos de cinco elecciones (presidente, senadores a nivel nacional, senadores a nivel regional, diputados y parlamento andino), con cuadros en blanco para marcar voto preferencial. Votar era realmente dificilísimo, mucha gente se confundió y la cantidad de votos nulos fue exagerada, lo cual benefició a los “dueños del Perú”, por supuesto. Todo atado y bien atado.

Si sufragar era para licenciados, el procedimiento de escrutinio era de arte y ensayo. Lo sé porque me había tocado miembro de mesa suplente, y tuve que ver el video de capacitación, que era caricaturesco, explicaba un método harto complicado, con multitud de actas, borradores, bolsas de colores… En muchas mesas estuvieron 11 y 12 horas trabajando. Un compañero me contaba que terminó a las 4 de la madrugada, estaba lejos de la casa, no hallaba movilidad, le dio miedo ir por la calle y se tuvo que alquilar un cuarto en un hospedaje para dormir un par de horas hasta que se hizo de día.

El cómputo está siendo tan laborioso, farragoso y complejo que 24 horas después de cerrarse los centros de votación, iban por el 58%, 48 horas después por el 80%, pasaron varios días varados entre el 91 y el 94% y la cosa no avanza. ¿Inaudito, estrambótico… sospechoso? Desde luego que sí. De hecho, uno de los candidatos comenzó a acusar de fraude ¡días antes de las elecciones!

Claro que también influyó el incidente de las 211 mesas que no pudieron constituirse porque no les llegó el material electoral. Un total de 63.300 personas se quedaron sin poder ejercer su derecho de sufragio. Hacían cola y, visto que no iba a poder ser, los de la ONPE (Oficina Nacional de Procesos Electorales) les animaban diciendo que tranquilos, que les iban a exonerar de la multa por no votar. Como si eso fuera lo importante. La gente se veía furiosa en las entrevistas.

¿Cómo es posible que no se consiguiera llevar el material a tiempo a distritos nomás del sur de Lima? Si hubiera pasado en la selva remota ya pues, ¡pero en la misma capital! El jefe de ONPE dijo que había sido un fallo logístico de una empresa subcontratada que había sido ya sancionada por incumplimiento ¡tres veces! Como si fuera poca cosa. Calamitoso y risible; el tipo renunció días más tarde, en pleno recuento, lo que aumentó la sensación de caos total.

Así que las votaciones, que debieron terminar el domingo 12 a las 5 de la tarde, continuaron todo el lunes en esos lugares, con las encuestas a boca de urna y los conteos rápidos en todo lo alto. Surrealista. Tanto como el hecho de que en estos momentos (24 de abril) todavía no sabemos quién va a pasar a segunda vuelta acompañando a Fujimori y seguimos al 95,15 %. Es increíble: en Colombia, Ecuador o Chile se conocen los resultados la misma noche… Acá llevamos once días y esto no tiene fin.

Evidentemente, la duda acerca de la limpieza de esta elección permanecerá siempre. El resultado es infausto: siempre pierde el pueblo peruano, toda esa gente linda que cada día trabaja, lucha y trata de dar lo mejor para mantener nuestro país en pie. Como los miembros titulares de mi mesa, que acudieron fielmente a cumplir con su deber. No se merecen esta calaña política, que está llevando al Perú al desastre por pura codicia y afán de poder.

sábado, 18 de abril de 2026

HISTORIAS AMAZÓNICAS DE FANTASMAS

 
Cuando la gente se arranca a contar relatos del tunchi, mis oídos se afinan y la risa se coloca en sus marcas, porque siempre esas conversas discurren entre lo chusco y lo espeluznante, entre la diversión y el respeto debido a los difuntos. Y es que el tunchi no es más que la versión amazónica de las almas en pena de toda la vida.

El antropólogo Jaime Regan dice que el tunchi “es el alma que está purgando sus pecados”*. Se presenta a menudo con un silbido característico que rasga el silencio de la noche y para los pelos (a quienes los tenga). En el imaginario popular, la explicación es que en general las almitas no se han ido en paz y siguen por acá porque tienen pendientes, asuntos no terminados o resueltos, no necesariamente pecados.

“En el pasillo que da a los cuartos donde usted duerme, padre, yo vi claramente a una sombra voltearse e ingresar”. Esto me lo contaron el otro día, con la consiguiente pregunta de si no tengo miedo de quedarme ahí solo en casa de los curas. No está claro si el tunchi es bueno o malo, se escuchan opiniones para todos los gustos (Regan dice que existen de las dos clases), pero sí hay unanimidad en que mejor no acercarse, porque si es maligno te puede matar.

Por el centro Papa Francisco, siempre en Caballo Cocha, parece que se pasea habitualmente una niña espectral. Y por supuesto hay quien afirma haberse topado con el fantasma del padre Real, porque en ese lugar estaba emplazada antes la casa en la que él vivió durante 30 años, y claro, sigue por ahí en sus dominios de alguna manera. Eso tiene lógica, ¿no?

¿Cómo despedir al tunchi? Con agua bendita. Lo he hecho ya varias veces, asperjando en lugares donde dormían quienes recientemente han muerto – especialmente si hubo suicidio -y cuyos espíritus ahora deambulan en la noche, haciéndose notar con ruidos, silbos, susurros y demás operaciones aterradoras para los moradores.

Un enfoque antropológico dice que el tunchi es un artefacto cultural para amedrentar, disuadir o proteger de ciertas situaciones nocivas, al estilo del hombre del saco. Eso explicaría que ataque preferentemente a personas que están saliendo de una fiesta a altas horas, en concreto borrachos; o a quienes se encuentran en culpabilidad: un hombre infiel, o que le pega a su mujer, alguien que acostumbra a robar, etc. ¿Solo un mito?

No es que sea siempre un espíritu al estilo de “Cazafantasmas”, puede adoptar muchas formas: un ave nocturna, un ser blanco, dos negritos que salen de una planta, o incluso la misma soga de la mortaja nada menos. Es algo habitual en la selva, donde el mundo espiritual y el material se solapan y conviven: muchos seres se transforman en otros, porque así es el fluir del río y de la vida.

Hay muchas leyendas. “Mi abuelo estaba regresando de una fiesta del pueblo, farol en mano, cuando delante de él, a lo largo del camino, estaba una mujer andando. Pensó que iba a ser una aventura más en su vida. Pero no sucedió así, la mujer caminaba rápido y él, por más que la llamaba, no le hacía caso, por el contrario, se alejaba rápido. Al llegar a La altura del puente, la mujer se convirtió en un enorme sapo que no le dejaba pasar, quería regresar y el sapo estaba en su delante. Entonces mi abuelo invocó a San Isidro, que era el santo de su devoción, y empezó a correr (…)”.

Nunca voy a olvidar a la joven profesora Johana Celestia, que fue a visitar Indiana, donde había trabajado, y a los pocos días falleció repentinamente, con apenas 24 años. Los vecinos decían tristes que había regresado “a recoger sus pasos” antes de morir, como si hubiera presentido su final.

Observo a la gente escuchando este tipo de narraciones. Muy serios y atentos, sonriendo de soslayo alguna vez, pero cuando aparecen el sapo gigante, el ser misterioso resplandeciente, la hamaca que se mueve sola sin que haya viento, el pájaro tenebroso o el bulto negro en la proa de la canoa, hay un silencio espeso y todos asienten circunspectos. Porque el tunchi, evidentemente y como todo el mundo sabe, es verdad.

* Las citas están tomadas de REGAN, J., Hacia la Tierra sin mal, CAAAP-CETA, Lima 20113. Pág. 185-189.

sábado, 11 de abril de 2026

GOL DE MEDIA CANCHA

 
A veces cantamos bingo. Se dan varias circunstancias favorables: buscamos hacer un bien, contamos con los recursos humanos y materiales necesarios, y además acertamos en tácticas y procedimientos; y a la vez las personas toman la iniciativa y se dejan ayudar, cosa que no es evidente. Resultado: situación resuelta, cien puntos en la diana, servicio cumplido y agradecimiento en ristre. Y hay que disfrutarlo.

A la Oficina de Defensa de la Vida y la Cultura del Vicariato vinieron desde el medio Yavarí, de una comunidad nativa llamada Limonero. Conozco bien esa zona: alejada a dos días de navegación desde Islandia, bastante desolada, perfecto escondite para los narcos, fuera ya del alcance de operadores turísticos, ejército, policía y demás eventuales transeúntes.

Una tierra de nadie justamente con ese problema endémico: no ser de nadie y por tanto poder ser del primer listo que se presente, o bien presa de los mafiosos traficantes de terrenos. Las comunidades batallan a veces años y no logran la titulación de sus territorios. Sus autoridades se fatigan, acuden una y otra vez a organismos y oficinas gastando fortunas en pasajes, coimean por acá y por allá con la esperanza de que les den sus títulos de propiedad… y nada.

La dra. Jaqueline, abogada de la Oficina, está disponible para una labor de asesoría, información y acompañamiento en estos laberintos administrativos a menudo indescifrables que son las instituciones públicas peruanas. Así ayudó a los de Limonero y las comunidades aledañas a lograr sus títulos; en unos casos tierras indígenas indivisibles, en otros, predios de comunidades campesinas.

La semana pasada, en una reunión con la Oficina, Jackie leyó los whatsapps que le habían enviado para darle las gracias después de semejante éxito. No requieren muchos comentarios:

“Buenas tardes. Dra me dirijo esta tarde para saludarle y agradecerle por la voluntad de escuchar las necesidades de los pueblos del Yavarí y por tener en su corazón a Dios y ayudarme en mi momento de necesidad ya estamos agradecidos contentos”.

(La transcripción es literal, copia-pega, por eso hay faltas de puntuación o de ortografía. Disculpen).

“La muestra de su apoyo está aquí”: (y envía los PDF con los flamantes títulos de propiedad escaneados). Evidencias y orgullo. Sonrisas y satisfacción. Algunos días más tarde, este mismo apu (autoridad tradicional indígena) contactó de nuevo a la doctora, después de que ella le había respondido:

“Muy buenos días hermana. Gracias por responder. Habrá un momento que vendré con los apus de las comunidades y vamos a visitarle.
Yo me fui a Yavarí, regresé de nuevo. Y hoy estoy viajando porque mi pasaje ya estaba comprado y espero vernos pronto.
Dios te bendiga y te engrandesca. Y a tús hijos y nietos. Que haya hombres y mujeres de corazón Bueno que escuchen la necesidad de los más humildes”.

“Usted no me pidió ni un céntimo por eso le agradezco. A diferencia de los abogados ingenieros en agricultura que solo necesitaban dinero. Por eso no me olvidaré”.

En resumidas cuentas: gol de media cancha. El Wikcionario lo define como “En América, acto o dicho que le reporta un enorme beneficio o ventaja a quien lo ejecuta”. En este caso, a todos: las comunidades y el Vicariato. Ellos felices, dueños de su terruño; nosotros ufanos por haber colaborado con eficacia y prestancia. Carambola a tres bandas. Triunfo rotundo. La gente, cuando quiere y se organiza, es imparable. Y nosotros afortunados de dar una mano y contemplar sus logros.

sábado, 4 de abril de 2026

UN PUEBLO ESPIRITUAL

 
“Ahora todos vamos a cerrar los ojos y a hacer un momento de silencio para acoger la Palabra que acabamos de escuchar”. Y entonces se produce el milagro de la conexión. De pronto, la iglesia está pletórica de apacible y absoluto silencio; a pesar del gentío que se ha congregado en este domingo de Ramos y el zumbido de los motocarros por la calle contigua. Silencio.

Es el silencio de la selva. Construido con el rumor del viento en las palmeras, trinos de aves lejanas, el murmullo sosegado del discurrir de algún agua, ecos de voces remotas… la respiración de la madre tierra, el sonido de su presencia quieta pero palmaria. Es ese silencio el de mi pueblo. Ancestral, contundente. Natural.

“En unos instantes de silencio, consideremos lo que hemos oído y realizado”. De nuevo ocurre el Jueves Santo. Se ha proclamado el evangelio y, dentro de él, después de que Jesús ha comenzado a lavar los pies y ha discutido con Pedro, la comunidad entera ha imitado el gesto del Maestro y todos hemos podido lavar y ser lavados. Después, reflexión, meditación, silencio.

Mi pueblo loretano es alegre, la gente sonríe siempre, y las risas festonean casi cada conversación. Pero a la vez es gente adiestrada en gustar la quietud. Pienso en las largas jornadas de los hombres en el monte, con el sigilo del cazador, o en la soledad de la chacra, lejos del pueblo. O las mujeres junto al río, lavando; a veces en compañía de las amigas, pero muchas horas mimetizándose con la calma del agua fluyendo.

Sin teléfono, en el silencio aplastante de la selva, en comunión queda con los espíritus que habitan cada ser viviente, expertos en observación, escucha atenta y contemplación serena. Acostumbrados desde hace miles de años al silencio como parte de su ADN. A pesar del ruido ensordecedor de los parlantes, la manía de la música atronadora que anuncia algo. Es una increíble contradicción, una gran paradoja o integración amazónica de contrarios.

El Viernes Santo es el día de más interiorización. En muchos lugares, los jóvenes representan las estaciones del via crucis por las calles, ataviados con vestimentas que han confeccionado ellos mismos. Se podría prestar a broma o burla, pero nada de eso: todo el mundo se lo toma muy en serio, los que caminan y los que miran desde fuera, hay mucho respeto. Y hartas fotos y videos.


No se puede retratar el silencio, pero se puede captar la veneración en los lenguajes corporales. La adoración de la cruz es impactante por la veracidad del gesto, la reverencia con que las personas se acercan, la patente carga emotiva. La tortura injusta de Jesús conecta con siglos de sufrimiento, de maltrato, de olvido; desde la conquista, la esclavitud, el genocidio del caucho, el despojo de la Amazonía, los abusos a los indígenas, la ausencia del Estado… hasta hoy. Un grito mudo y atronador.

El Viernes siempre hay el doble de asistencia que el Jueves. En cualquier comunidad lejana, en el fondo de la quebrada, los cristianos sacan su cruz; tal vez no habrá lavatorio de los pies, ni Vigilia Pascual, pero no faltará la celebración del dolor, tan vigente. Como en todo el mundo, la gente precisa la materialidad del rito, sobre todo del Bautismo, pero hay una necesidad más allá, más profunda, más visceral.

“Hacemos silencio y recordamos todo lo que hemos compartido esta tarde”. Y de nuevo, la magia. El shaman sopla sobre la persona para integrar las energías e invocar a los espíritus, con el silencio de fondo. La cruz está alzada en este río de silencio y presencia que forman nuestros corazones. Son todas nuestras vidas, unidas y redimidas en la Vida, en el Tiempo Sin Mal que es ayer y es ahora.

Beleza de pueblo, perito en penas, con el currículum de la vulnerabilidad y el abandono, pero inspirado y avezado en conectar con lo divino. Tal vez precisamente por eso. Gente pobre y profundamente espiritual, aunque no acuda mucho a misa. Pueblo menudo y lindo. Es mi pueblo.