sábado, 10 de octubre de 2026

LA SELVA DESDE FUERA

 
Hace poco fui a un centro de rescate amazónico. La intención primera era pasar una jornada de relax en uno de esos recreos con piscina que proliferan cerca de Iquitos, donde uno descansa, almuerza rico, se baña… se desconecta. Pero como estaba cerrado, el motocarrista, bien aleccionado, puso rumbo a este otro lugar. Y aunque me fastidió un poco que el plan fuera tuneado, luego me gustó y me hizo pensar.

De pronto me vi incrustado dentro de un grupo de turistas, prácticamente todos nacionales; gente que pisa la selva por primera y quizás única vez. Es notorio el desconocimiento que en Perú se tiene de la Amazonía, a pesar de que ésta supone más del 60% del territorio del país. Como consecuencia, hay muchos prejuicios, ideas fantásticas, miedos irracionales y todos los síntomas propios de la ignorancia.

Lo noté inmediatamente en la manera de hablar de los guías (que por cierto se desempeñaron bastante bien), y sobre todo en el estilo de los comentarios y reacciones del grupo, que oscilaban entre el asombro, la sorpresa o el temor, y la superficialidad o la indiferencia de quien está adiestrado en consumir contenidos rápidamente y pasar a otra cosa mariposa.

No es que yo supiera todo lo que nos contaron; de hecho, aprendí varias cuestiones, sobre todo en la primera parte, en la que te muestran un manatí - animales difíciles de ver en el agua porque apenas asoman su hocico para respirar - y te ofrecen muy interesantes datos sobre los paiches, que desconocía. Pero claro, comer paiche es algo cotidiano para mí, encuentro guacamayas por todas partes, y he avistado manadas de huanganas, a veces nadando por el río, por lo cual me resultó penoso ver a una solita, cerca de un ronsoco también taciturno. Claro que, como el nombre comercial de este animal es capibara, y está de moda, eso arrancó sonrisas y desbocó las fotos.

Porque eso sí, las sesiones fotográficas eran constantes, animadas por los guías. Los selfis son el símbolo de este turismo frívolo y alocado; hay que tomarnos fotos a nosotros mismos, para luego subirlas a las redes y quedar como intrépidos aventureros en el bosque misterioso. Ni que decir tiene que todo eso me hacía sentirme fuera de lugar, y a veces medio molesto por ver cómo utilizan mi selva para intereses comerciales.

Dicho esto, me resisto a ser tan negativo. El paseo era por medio de la naturaleza, en un bello paraje que se nota bien cuidado. El centro tiene como fin el rescate, rehabilitación y liberación de fauna silvestre afectada por el tráfico ilegal; hay también un propósito educativo de sensibilizar a los visitantes acerca de la necesidad de defender y preservar la Amazonía. Me parece excelente y me alegro de haber ido.

Pero me encontré incómodo, como si se estuviera tratando la selva como una mera atracción, como si se estuviera profanando o banalizando, en especial la zona del chullachaqui y las plantas maestras. Chullachaqui no es un muñeco grande como un ninot de monumento fallero, es algo mucho más profundo: es la personificación de una inspiración cultural, la inquietud de los pueblos por proteger su medio natural, sus árboles, sus cochas… La ayahuasca no es un simple psicoactivo, sino el remedio que se toma para ver, para comprender, para sanar, para decidir.

En fin. Ya no reclamo más. Me doy cuenta de que llevo casi diez años en la selva, la voy conociendo y me identifico como parte de ella, uno más entre quienes la aman y eligen vivir acá. No logro mirarla desde fuera, aunque con esta cara me tomen por un turista más de dos veces. La contemplo con esmero, reverencia y admiración, porque en ella, y especialmente en sus gentes, encuentro la presencia creativa de la Vida, la alegría humilde de Dios aflorando en cada salto de bufeo y en las risas lejanas de los niños. Este es mi lugar.

sábado, 3 de octubre de 2026

PALABRAS MUSITADAS DE UN PADRENUESTRO


Me pidieron visitar a un enfermo en el hospital, el del seguro, acá cerquita de la casa. Salí batallando con el calor infernal de las tres de la tarde en Iquitos. Me esperaba la familia amiga que me había llamado, pero no sospechaba que me iba a encontrar con un tesoro de belleza inmensurable.

Caminar por ese centro sanitario medio laberíntico, construido a pedazos en medio de la selva, flanqueado por el feroz asfalto y por las plataneras verdes, es encajar los estragos de la pobreza de este país: paredes sucias, aparatos de refrigeración desportillados, personas tumbadas en los pasillos, desorden, el olor inequívoco de la muerte. Así me guiaron hasta el paciente, con el corazón un poco amedrentado. Pasamos conversando un buen rato, voluntarioso yo en la faena de arrancarle alguna risa que le ayudase a soportar su malestar.

Me despedí y me dirigía desandando mis pasos hacia la salida, cuando alguien reclamó mi atención: “¿Es usted padrecito?”. La señora me contó que su hermana se encontraba en la fase terminal de un cáncer que padece hace nueve años. “Está acasito mismo, ¿podría usted verla, por favor?”. Justo al comienzo del pabellón, en una estancia algo más privada, recibí la primera impresión de Rosa, yacente e inmóvil.

Su piel cetrina, sus rasgos afilados, las protecciones contra las escaras, la boca reseca y los viales para administrar morfina anunciaban la cercanía del final. Estaba profundamente dormida. Recé una oración, más que nada por los familiares. Otra de sus hermanas quería conversar, muy nerviosa, lloraba, me metió en la mano veinte soles para la Iglesia y me pidió por favor que regresara.

Los dos días siguientes los pasé con Rosa. No sabría explicarlo muy bien. Pensaba en ella, ¿seguiría viva? No la conocía, ni siquiera había escuchado su voz, solo la había visto en ese estado exangüe; pero por algún motivo se me había metido dentro, la hallaba a cada paso, en la oficina, durante esos pedazos de madrugada insomne. ¿Sentiría dolor? ¿O habría ingresado tal vez en una inconsciencia consoladora?

Así que tres días más tarde, allá estaba yo de nuevo, a una hora y calorina parecidas. Esta vez me fui directo al grano, o sea a Rosa, que por cierto es solamente un par de años mayor que yo. Y seguía en el mismo lugar. Pero ahora tenía los ojos entreabiertos. Me acerqué a ella, le hablé, le tomé de las manos. “¡Ha venido el padre a verte!” – le gritaron. “El padre…”- repitió con un hilillo de voz.

“Rosa, ¿quieres que recemos un ratito?”. Y asintió con un levísimo movimiento del mentón. Yo iba acompañado por la hermana Lisbeth, hija de San Camilo, así que entre los dos recitamos las plegarias para darle a Rosita la unción de los enfermos. Casi toda la familia rodeaba la cama, y noté que la oración fluía suave y balsámica.

“Vamos a rezar el padrenuestro”. Y mientras se iban desgranando las peticiones, me emocionó que Rosa articulaba algunas palabras, con retraso y muy bajito, susurrándolas: “padre”… “cielo”… “nombre”… “Reino” … “perdona”… “amen”… Antes ya había pronunciado “ten piedad” muy clara pero muy tenuemente, como en una devoción cansada y a la vez tenaz. Y sin duda muy serena.
 
- ¿Estás tranquila? – le pregunté cerca de su oído.
- Sí – musitó.
- ¿Tienes miedo?
- No.

Le acaricié su rostro, le besé la frente, y así fue como Rosa, con quien solo establecí este fugaz vínculo en los últimos momentos de su vida, me reveló un matiz nuevo y precioso del rostro de Jesús pequeño y sufriente, y me regaló un nítido aprendizaje de cómo acercarme a morir con paciencia y fe.

Mañana voy a volver a EsSalud. No sé si ya la veré, pero en todo caso, siento que lo que quedaba pendiente, ya se resolvió; de mí hacia ella, pero, sobre todo, de ella para mí.  Gracias Rosa.

sábado, 26 de septiembre de 2026

EL GUSTO ESPIRITUAL DE SEGUIR SIENDO PUEBLO


Es increíble sentir que, veintidós años después de pisar Valencia del Ventoso por primera vez, continúo formando parte de este pueblo. Es un don, un honor, un gustazo, una condecoración interior otorgada por pura generosidad y ostentada con asombro y gratitud.

Solo estuve dos años allá, pero es cierto que pocas veces falto al día de la Virgen del Valle, nuestra patrona. En esta ocasión el Ayuntamiento ha realizado un libro que recoge todos los pregones de la fiesta desde el año 2003, y me invitó, junto con todos los pregoneros, a un acto de presentación y homenaje. Y pues claro que acudí.

Porque tuve la suerte de pregonar las fiestas en 2011, cinco años después de haber sido trasladado, con dolor, de Valencia. El alcalde de entonces, es decir quien me propuso, Lorenzo Suárez, ha sido el encargado de coordinar la recopilación conmemorativa. En su discurso de apertura citó unas palabras de mi texto: “Las cualidades que se necesitan para ser pregonero se reducen a una sola: querer al pueblo. Eso me animó; si el pregón consiste en declarar que amo Valencia, entonces habéis dado con la persona indicada”.

Y, sí. En ningún momento me noté como fuera de lugar, o como un invitado. Yo me encontraba en mi sitio, en mi pueblo, que está en mis entrañas, igual que Valle de Santa Ana o el Vicariato. Cómodo, relajado, entre personas con quienes tengo unos vínculos muy peculiares, que he guardado con mimo a lo largo del tiempo; y con el pueblo como amor e identidad compartidos.

Releo ahora aquel pregón y me sigo emocionando. Valencia es tan especial para mí por dos motivos: uno, porque fue el primer pueblo, me impactó y marcó mucho mi estilo de ser cura. Dos, porque era joven y en aquella corta estancia se manifestó mi vulnerabilidad, la gente lo detectó, me cuidó y yo me dejé. Sin hablar de ello demasiado, pero viviéndolo auténticamente. Lo miro desde el hoy y me parece una maravilla.

Los semblantes de la foto denotan el paso de los años, pero también la satisfacción y cordialidad que circulaban. Nos regalaron una botella de vino y otra de aceite oriundos, además de un pin con el escudo de Valencia. Fue una ceremonia necesariamente corta porque “hay que irse a la fiesta”, y allá me dirigí.

Como otras veces, saludé a un montón de personas, sumergiéndome en una especie de torbellino de rostros y nombres donde me lío un poco, pero es un regocijo. Las personas me preguntan por mi familia, me dan un feed-back acerca de mi salud (“estás bien”, “estás muy flaco”…), y siempre reflejan alegría de verte, reconocimiento, cariño puro y limpio.

Son patentes también las ausencias. Los vecinos y amigos que ya se han ido. Dolo, Mari Carmen, Blas, Pili… y tantos otros. De alguna manera están también ahí, acompañándonos en la Piompa, o en Kinito, o en la algarabía de la plaza abarrotada de risas y de bailes. Les gustará ver que disfrutamos, que la vida prosigue.

Quería meterme en la tómbola a vender papeletas, pero no llegué porque me paré acá, me senté allí, conversé, me junté con varios componentes del grupo de jóvenes de antaño, que ahora son algunos padres y madres: Davilín, Mamen, Valle, Rosalía, Inma… Quedamos también inmortalizados en un photocall de la feria, cada vez más moderna.

Aunque la tradición es inamovible, y dicta que hay que comerse los churros antes de recogerse. Y tanto que lo hicimos. Ese dulzor del chocolate me queda de este 12 de septiembre. Es el sabor de seguir siendo pueblo después de tantos años, un “gusto espiritual” en expresión acuñada por el papa Francisco en Evangelii Gaudium, y que tanto me ha inspirado siempre. “Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres!” (nº 274).

Sí, soy pueblo y lo seré siempre. De Valencia, de Valle de Santa Ana, del Vicariato. Mis pueblos. Gracias.

sábado, 19 de septiembre de 2026

SALPICÓN DE NOSTALGIA

 
Las cajas con mis viejos papeles y fotos están en el altillo de mi cuarto, y cada año llega el momento de claudicar a su llamada susurrante y abrirlas para echar un vistazo. De pronto me veo rodeado de recuerdos, y bocanadas del pasado invaden el ahora.

La reciente mudanza me hizo desechar muchos trastos, sobre todo antiguos apuntes ya inservibles, pero procuré guardar con cuidado los tesoros que delinean la persona que fui y soy. El reencuentro con ellos me sorprende, me hace atar cabos y sobre todo me arranca sonrisas.

Reconozco lo mucho que me ha gustado siempre escribir. Acá hay redacciones escolares (“La ciudad irrumpe” o “Don Félix de Montemar, un personaje romántico”), el magacín mensual Cascanueces elaborado por un grupo de adolescentes de BUP que ya desde niños éramos aficionados, y varias publicaciones de la época de la formación inicial salesiana. En una de ellas el novicio César Caro dice: “a mí sí me gustaría ser misionero”. Me he pasado la vida creando revistas, los de mis pueblos lo saben.

Doy con el folleto de la obra teatral “El cianuro ¿solo o con leche?” de Alonso Millán, que un grupo de alumnos de COU nos atrevimos a representar dirigiéndonos a nosotros mismos, porque los profes que llevaban siempre el teatro se habían cansado aquel año. Papeles mecanografiados, compuestos artesanalmente a base de recorta y pega, y multiplicados con ciclostil. En los 80 no había computadoras ni celulares, ¡qué suerte tuvimos!

Un viejo recorte de periódico con foto y el titular: “Salesianos, a la final provincial de baloncesto”; y un dibujo a lápiz de un César escayolado, la rodilla lesionada, realizado por mi amigo Antonio Amores en noviembre del 87, ahí se terminó el basket para mí. Carnets del instituto de idiomas de Jaén, donde nos examinábamos de inglés, un folleto del ZX Spectrum y planos caseros de Avalon, mi videojuego favorito.

Un archivador entero está dedicado a la dimensión espiritual: recuerdos de los campamentos ADS de Mazagón, documentos de las pascuas juveniles en Puebla, cancioneros, temas, oraciones, textos de retiros… Tuve una niñez y adolescencia en las que el conocimiento de Jesús ocupó un lugar central; veo legajos de mis primeros pasos como catequista con 16 años, y de mi preparación a la Confirmación antes de irme a la universidad.

Me ha asombrado hallar mi diario, que comienza el 29 de febrero de 1988: “No es un momento feliz de mi vida”. Eran los últimos meses en el cole y escribía toditos los días, aunque fuera un párrafo, y lo mantuve hasta el 25 de junio de aquel año; después hay una pausa y lo retomo el 22 de septiembre del 89, cuando me fui a Cádiz al postulantado. Creo que fue una juventud con vida interior, rica en valores y profundidad.

Los escritos personales fueron evolucionando a cuadernos de vida, que me compraba mi mamá marca Oxford, y hay una caja entera, hasta hoy (voy por el número 13, me parece). Una carpeta colecciona sucesivas versiones del proyecto personal; releo aspiraciones, objetivos y esfuerzos por mejorar que me provocan, algunos, ternura por lo ingenuos e idealistas. Son el testimonio de soñar la vida en grande y querer caminarla con conciencia.

Hay papeles que abren a la evocación de mis mayores cariños, que permanecen intactos en el cimiento del corazón. “Manuel y Pilar. Bodas de oro”. Mis abuelos… nadie los ha superado en suscitar en mí tal adoración.

Y me ha emocionado el lema de la invitación a nuestra ordenación, en 2000: “Dadles vosotros de comer” (Mt 14, 16). ¿Por qué? Porque yo adopté por mi cuenta otro diferente, pero más tarde, al pasar a la diócesis y a través de la vida y el servicio en los pueblos, este se me fue imponiendo como espiritualmente más emblemático y decisivo para mí… sin jamás acordarme de que era el original.

Las imágenes, la escritura e incluso el olor que despiden los papeles añejos me transportan a otros lugares, experiencias, rostros y encrucijadas; son retazos de memoria y salpicones de nostalgia, pero también balizas para el presente y el futuro.

sábado, 12 de septiembre de 2026

LAS COSAS DEBEN SEGUIR CAMBIANDO

 
Pasar las vacaciones en casa me permite reencontrarme con mis libros. La mayoría viejos, de las épocas de estudiante, otros más actuales. Miro, paso páginas, muchas subrayadas, descubro dedicatorias, compruebo fechas… Me doy cuenta de que para releer prefiero espontáneamente la espiritualidad, antes incluso que la antropología. Pero no me pude resistir a un librito de Bernhard Häring, célebre moralista del que fui fan, titulado “Las cosas deben cambiar. Una confesión valiente”. Son una especie de confesiones personales que publicó ya al final de su vida.

En ellas, en su tono leal y a la vez crítico, acuña un concepto, “conducta ostentosa sacralizada”, que me ha acompañado siempre como advertencia y criterio de autoevaluación. Me doy cuenta de que, más de treinta años después, y reconociendo los pasos dados, las cosas deben seguir cambiando:

“Jesús desenmascaró y fustigó la funesta tendencia de los sacerdotes, los doctores de la ley y otros a poner la religión e incluso el nombre mismo de Dios al servicio de su deseo de poder y de ostentación” (p. 19).

“Es justamente esta conducta ostentosa de los especialistas de la religión lo que Jesús desenmascara en su misma raíz. Los solemnes ropajes, las filacterias, la exhibición pública de religiosidad, las oraciones a la vista de todo el mundo, la ostentación incluso en la misma presencia de Dios en el templo con plegarias como “Te doy gracias porque no soy como los demás hombres” (Lc 18, 11)” (p. 40).

“Jesús se denomina a sí mismo con la sencilla expresión “hijo del hombre” cuya mejor traducción podría ser “uno de vosotros”. Prohíbe a los suyos los títulos de padre o de maestro (…). No hay nada que nos oculte tanto a Dios y a su misterio como el comportamiento ostentoso” (p. 41).

“La sacralización de conductas ostentosas y el ejercicio autoritario del poder son cosas diametralmente opuestas al mensaje salvífico y a la misión de sanar” (p. 58).

“Uno de los más graves peligros a que ha estado y sigue estando expuesta la Iglesia: que al aliarse con los ricos, se imbuye a los pobres la falsa conciencia de que las desigualdades entre ricos y pobres son algo querido por Dios” (p. 62).

“La conducta ostentosa como método de autoimposición y como medio para situarse por encima de los demás resulta ser infinitamente más peligrosa para la autenticidad de la religión que la vanidad femenina” (p. 66).

“Las conductas ostentosas propias de los sistemas mundanos tienden siempre a la autoexaltación y a la acentuación de la autoridad. De hecho, prácticamente todos los sistemas de dominio basados en el poder procuraron históricamente sacralizar sus comportamientos ostentosos e impositivos (…). Santos como Francisco de Asís y Felipe Neri supieron ver este juego, acertando a ridiculizarlo, merced a un sentido cristiano del humor (…)” (p. 67).

“(…) La gran mayoría de nuestros obispos han advertido el juego y aman la sencillez evangélica” (p. 73).

A pesar de las limitaciones, estoy convencido de que hemos avanzado como Iglesia más humana, fraterna y abierta. Son impresionantes algunas de las intuiciones proféticas de Häring recogidas en este texto. Por ejemplo, cuando dice:

“Las funciones de los sínodos episcopales, que deben celebrarse a plazos regulares, no son meramente asesoras. El Papa debe asumir sus conclusiones y, por principio, confirmarlas” (p. 132).

Pues así ha sido en el Sínodo de la sinodalidad, que sigue en proceso. El Espíritu está actuando, a pesar de resistencias e inercias, sumando voluntades, inspirando sueños y alineando las miradas hacia el futuro.