Pasar las vacaciones en casa me permite reencontrarme
con mis libros. La mayoría viejos, de las épocas de estudiante, otros más
actuales. Miro, paso páginas, muchas subrayadas, descubro dedicatorias,
compruebo fechas… Me doy cuenta de que para releer prefiero espontáneamente la
espiritualidad, antes incluso que la antropología. Pero no me pude resistir
a un librito de Bernhard Häring, célebre moralista del que fui fan, titulado “Las
cosas deben cambiar. Una confesión valiente”. Son una especie de confesiones
personales que publicó ya al final de su vida.
En ellas, en su tono leal y a la vez crítico, acuña
un concepto, “conducta ostentosa sacralizada”, que me ha acompañado siempre
como advertencia y criterio de autoevaluación. Me doy cuenta de que, más de
treinta años después, y reconociendo los pasos dados, las cosas deben seguir
cambiando:
“Jesús desenmascaró y fustigó la funesta
tendencia de los sacerdotes, los doctores de la ley y otros a poner la religión
e incluso el nombre mismo de Dios al servicio de su deseo de poder y de
ostentación” (p. 19).
“Es justamente esta conducta ostentosa de los
especialistas de la religión lo que Jesús desenmascara en su misma raíz. Los
solemnes ropajes, las filacterias, la exhibición pública de religiosidad, las
oraciones a la vista de todo el mundo, la ostentación incluso en la misma
presencia de Dios en el templo con plegarias como “Te doy gracias porque no soy
como los demás hombres” (Lc 18, 11)” (p. 40).
“Jesús se denomina a sí mismo con la sencilla expresión
“hijo del hombre” cuya mejor traducción podría ser “uno de vosotros”. Prohíbe a
los suyos los títulos de padre o de maestro (…). No hay nada que nos oculte
tanto a Dios y a su misterio como el comportamiento ostentoso” (p. 41).
“La sacralización de conductas ostentosas y el
ejercicio autoritario del poder son cosas diametralmente opuestas al mensaje
salvífico y a la misión de sanar” (p. 58).
“Uno de los más graves peligros a que ha estado
y sigue estando expuesta la Iglesia: que al aliarse con los ricos, se imbuye a
los pobres la falsa conciencia de que las desigualdades entre ricos y pobres
son algo querido por Dios” (p. 62).
“La conducta ostentosa como método de
autoimposición y como medio para situarse por encima de los demás resulta ser
infinitamente más peligrosa para la autenticidad de la religión que la vanidad
femenina” (p. 66).
“Las conductas ostentosas propias de los
sistemas mundanos tienden siempre a la autoexaltación y a la acentuación de la
autoridad. De hecho, prácticamente todos los sistemas de dominio basados en el
poder procuraron históricamente sacralizar sus comportamientos ostentosos e
impositivos (…). Santos como Francisco de Asís y Felipe Neri supieron ver este
juego, acertando a ridiculizarlo, merced a un sentido cristiano del humor (…)”
(p. 67).
“(…) La gran mayoría de nuestros obispos han
advertido el juego y aman la sencillez evangélica” (p. 73).
A pesar de las limitaciones, estoy convencido
de que hemos avanzado como Iglesia más humana, fraterna y abierta. Son
impresionantes algunas de las intuiciones proféticas de Häring recogidas en
este texto. Por ejemplo, cuando dice:
“Las funciones de los sínodos episcopales, que
deben celebrarse a plazos regulares, no son meramente asesoras. El Papa debe
asumir sus conclusiones y, por principio, confirmarlas” (p. 132).
Pues
así ha sido en el Sínodo de la sinodalidad, que sigue en proceso. El Espíritu
está actuando, a pesar de resistencias e inercias, sumando voluntades,
inspirando sueños y alineando las miradas hacia el futuro.




