viernes, 29 de abril de 2022

EN USA


Vamos en carro callejeando por De Pere, pequeña localidad en el estado de Wisconsin, en el medio oeste de los Estados Unidos. No se ve a nadie, en parte porque el termómetro marca 1º C de temperatura y está nevando, pero también porque -me explican- acá la gente no camina mucho por la calle. Casas cada una con su jardincito y su garaje, como en las películas, pero de hecho no hay tiendas de barrio, se agarra el carro para ir al centro comercial, hacer la compra de la semana y santas pascuas.

Me impresiona que acá todo es grande, a lo bestia: los edificios, las distancias, los vehículos, las pantallas de TV… No puedes comprar una botella de agua en el shopping center, tienes que llevar un pack de 24. O dos galones de leche, o una piña entera de bananas. Este país parece ser el summum de la exageración y de la abundancia.

Sí, abundancia es la palabra. En el desayuno hay carne, revuelto de papas, huevos, avena, beagles con cheesecream, cereales, yogur, jugo de naranja, tostadas y por supuesto dulces y sirope. El lunch en la cafetería del St. Norbert`s College, algo simple pues: hamburguesa con queso, pero también había pizza, comida thai, algo así como quince ingredientes para armar tu ensalada, varios tipos de bebidas y postres… Y puedes servirte cuanto y cuantas veces quieras, tipo bufet.

Todos los lugares donde ingreso me parecen elegantes, hay moqueta, por supuesto calefacción, los baños están inmaculados, todo tiene aspecto de nuevo. Se usa mucho papel, hay dispensadores por todas partes, incluso los hay automáticos, acercas la mano y ffffffff sale solito el pedazo que necesitas. Anoche me mostraron que el mando a distancia de la tele obedece órdenes vocales, le das instrucciones como al asistente de Google, dices: “partido de baloncesto” y pum, te aparecen tres opciones de programas y eliges. Me quedo a cuadros.

(Lo malo es que los Bulls perdieron contra los Bucks -algo normal anyway- y ya no podré ir a verlos porque no habrá sexto partido). Estar aquí, aunque sean unos días, me da la perspectiva correcta de cómo vivimos en la selva, donde he elegido estar; de la brecha de nivel y calidad de vida que hay entre “el primer mundo” y mi Perú, mi Amazonía. Cuando voy a España no lo noto tanto, tal vez porque allí estoy acostumbrado y porque esto es otra historia.

Hemos venido el obispo Javier, Anna la ecónoma del Vicarito y yo básicamente a buscar ayudas. A asegurar alguna que ya teníamos y a explorar otras posibilidades, establecer contactos, abrir caminos para que instituciones, diócesis, ONGs de acá puedan apoyar a nuestra misión. Es un viaje iniciático para mí porque es la primera vez que piso tierra yanqui, y para todos porque puede suponer una veta de cooperaciones que necesitamos urgentemente.

La distancia económica es sideral, también eclesialmente hablando. Después de la misa del domingo pasado miro la hojilla parroquial y encuentro las cuentas. El presupuesto para el funcionamiento de la parroquia es de 9550 dólares semanales, hay cinco o seis personas contratadas, la gente aporta a su iglesia a full… Wow: con lo que allí se mueve en cuatro meses el Vicariato tendría para sobrevivir todo un año. Es tremendo.

De modo que vamos por ahí con el gorro puesto y la mano extendida sin rubor, a ver qué podemos pescar. Se están portando magníficamente con nosotros, acogiéndonos y movilizándonos, tanto los norbertinos como los claretianos de Chicago. He traído todo lo que tengo de manga larga y me voy poniendo capas contra el frío, como una cebolla; pero estamos poco en la calle, la verdad.

Por supuesto que este país tiene una cara no tan fancy de pobreza y exclusión que nos narran y a veces palpamos. ¿Qué cómo me va con el english? Pues teniendo en cuenta que así, espontáneamente, me sale el francés, no me quejo: comprendo bastante de las conversaciones y soy capaz de decir algo despacito.

Me gusta que los gringos pongan luces indirectas, que el escurreplatos esté colocado abajo dentro del ojo del lavadero que no usas, que la puerta lateral del carro se abra con un botón y que haya galletas por todas partes. Muchas cosas me sorprenden de este país, y entre ellas la vida en la abadía de San Norberto, donde hemos pasado cuatro días inolvidables. Lo cuento en la siguiente.

sábado, 23 de abril de 2022

DOS HOGUERAS Y UN TAMAL

 
Para cada uno… con todo y niños, claro. Porque la fiesta es el territorio de los niños, cuyas sonrisas rebosaron la Vigilia pascual del Estrecho, una experiencia que no voy a olvidar fácilmente. Si no hay comida no hay celebración, y esa noche disfrutamos de todas las clases de alegría y en abundancia.

La primera fogata estaba emplazada en mitad de la calle, frente al portón del internado. Era la lumbre del lucernario, y por cierto la habían armado muy ingeniosamente sobre una especie de pedestal de madera para proteger el pavimento. Se congregó un gran número de personas, deseosas de liturgia tras dos años de ausencia, cada cual con su vela en ristre (de hecho una de las bromas de ese día fua: “a quien no traiga vela no se le da tamal”).

Bajo las estrellas, envueltos en la oscuridad, meditamos las muertes de nuestra Amazonía, de nuestro pueblo. Pero en el momento en que las luces se prenden, el símbolo tiene tal poderío que no hace falta explicar nada. Nomás se siente confianza en la bondad de Diosito, que jamás nos abandona, ni siquiera en las pandemias más crueles, cuando el ser humano destruye, viola y despoja por dinero y poder.

Hacía tiempo que no cantaba el pregón pascual y es una emoción única alzar la luz al compás del Aleluya y contemplar cómo toda la comunidad sigue ese gesto. Las edades de mi vida están conectadas a través de ese regocijo explosivo, y no hay repetición, cada vez es como nacer a la esperanza. Una noticia que me toca anunciar, y a la vez una expresión asombrada y humilde de lo que el Resucitado ha hecho por mí.

Ahí comencé a quedarme afónico, y peor más tarde en la homilía. Que no fue exactamente una reflexión, no creo que sea ocasión para eso; me salió algo así como una arenga, como otro manifiesto pero más narrativo que poético, aplaudimos varias veces, grité bastante y Meche pensó que estaba poseído 😆. Tal vez en cierto modo podría considerarse así, jeje.

De acá, al momento del agua. Había una barricada de recipientes de todo tipo en los escalones de subida a la iglesia, al nivel de la calle, y justo ahí unos cuantos se bautizaron y todos renovamos nuestro bautismo. Siempre funciona muy bien el realizarse mutuamente cada dos personas el signo del Bautismo, todos participan activamente (no solo “te cae agua encima”), es conmovedor pero con tamaña multitud se hizo un poco largo y el coro se sacó el ancho para animar musicalmente.

Quedaba lo más lindo, el segundo fuego, que comenzó a arder justo cuando la liturgia terminó. En torno a él aparecieron como por ensalmo las sillas del fondo de la iglesia, y una gran olla de chocolate. El parlante ya invitaba, con variados géneros melódicos, a exteriorizar la fiesta con nuestros cuerpos. Un tamalito se fue sirviendo a cada persona junto con su taza humeante.


Los jóvenes capitalizaron esta parte de la Vigilia. Todo el triduo pascual fueron protagonistas: llevaron la cruz para que fuera adorada por todos, recortaron letras y colocaron adornos, compartieron en la actividad de estudio bíblico, leyeron de manera dialogada la historia de Abraham y su hijo Isaac… pero ahora bailaban alrededor de la hoguera a ritmo de huaynos, cumbias, sayas, anaconda, rock, y sacaban a sus parejas.

Y por supuesto, el padrecito no se libró. Naylí llegó y me tendió la mano: “vamos a danzar”. De modo que al son de las músicas tradicionales, como ya ocurrió el Jueves, veneramos según el modo regional loretano al Señor vivo y presente, danzando a 27 grados centígrados, el 80% de humedad, junto a una candela abrasadora y tomando chocolate calentito. Asu madre, qué chorreones de sudor.

Poco nos importó y ni notamos el cansancio. Fue el culmen de la Noche Santa, que el pueblo menudo celebra a su manera y con su lenguaje. Gramática humilde y espontánea que Dios goza porque va directa a su corazón. Con esta gente preciosa puede uno resucitar, ellos merecen la Vida plena, la felicidad de una pieza (como la vestidura de Jesús) en este 2022 marcado sobre el cirio, el hoy del Señor para cada persona, para los más pequeños. ¡Feliz Pascua!



sábado, 16 de abril de 2022

HORA SANTA AMAZÓNICA


Hay instantes plenos, mágicos, sobre los cuales surfea la felicidad, te mira de frente sin recato y el agradecimiento brota a borbotones. Algo así me ocurrió anoche durante la hora santa del Jueves. Estoy en El Estrecho, en el río Putumayo, frontera entre Perú y Colombia; acá he llegado para celebrar el Triduo Pascual.

Es una comunidad muy peculiar, en la que la ausencia de sacerdote por años ha hecho aflorar la sinodalidad poco a poco, gracias a la apuesta de las religiosas, el entusiasmo de los laicos y la paciencia de todos. Por eso me encanta esta misión, y también por lo enorme de su territorio, la variedad de sus pueblos indígenas y los retos que plantean temas como el narcotráfico, las dragas ilegales o la trata de personas.

Encuentro todo armado y preparado para las celebraciones, yo me meto en algo que ya está y que no depende de mí; aunque aporto ideas y chambeamos juntos, es algo de ellos, no mío, y eso me descansa y me insufla optimismo en el sueño de una iglesia más sinodal, laical, amazónica y… femenina. De hecho, la mayoría del equipo parroquial son mujeres.

Ahí el aporte de Meche, religiosa Misionera Parroquial del Niño Jesús de Praga, es clave. Con ella han craneado el esquema de la hora santa, un rato de adoración al estilo amazónico, conectando con las raíces de nuestra cultura. ¿Que si es posible? Claro que sí, pero hay que olvidar modos romanos, latines y patrones occidentales para dejarse llevar por la corriente de nuestro río.

Todo comienza por la decoración: el Santísimo está colocado en el piso, donde almuerzan los indígenas; rodeado de frutos locales (carambola, anona, guanábana, caimito, humarí, guaba…) y flanqueado por plantas y flores de la selva. Diversas artesanías y pinturas lo engalanan, y varias velas iluminan el conjunto, al igual que harán en la mayoría de las casas del Estrecho cuando esta noche a las 11 se corte la electricidad por hoy. En un mundo de madera, tela y fibras de palmera, la pequeña custodia es lo único metálico.

“Háblale a Jesús de nuestro pueblo, de sus orígenes, de sus ritos y costumbres”. La melodía suave invita a la meditación, nuestra gente es profundamente espiritual. Acompañamos a Jesús en este confín de la Amazonía y le hablamos en murui o en kichwa, y descubrimos que son también sus idiomas. Él está acá desde siempre.

Varios niños habían preguntado en la tarde: “¿Cuándo vamos a danzar?”. Pues claro, obligado, porque la danza es la manera regional de veneración. Sonaron músicas tradicionales como “El Solterito” y “El Gallinacito”, sacamos el pañuelo y comenzamos a danzar, adorando el cuerpo Jesús Eucaristía con nuestros cuerpos. Las adolescentes casi no saben, o las vence el roche, pero en cuanto se escuchan los primeros acordes de “Anaconda” ahí sí, comienzan a moverse con ese compás vigoroso y armonioso tan característico.

Con el sabor también se puede orar, los alimentos de nuestra tierra nos juntan con los antepasados, con los espíritus del bosque, nos unen a Jesús hecho alimento para nutrirnos y darnos Vida. La torta de kasabe se va partiendo como se parte el pan, los vasos de kawana van pasando y nos refrescan. Algunos niños cuentan cómo sus abuelitas preparan esta bebida ancestral, que proporciona fuerza y gozo, como la Eucaristía.

Así va transcurriendo esta hora, en ambiente a la vez reverencial y festivo, porque la gente ha captado la médula del Jueves Santo, la alegría por el amor revelado y el presentimiento pensativo de la muerte cercana. Jesús entiende todos los lenguajes, su Pascua abarca e inspira todas las culturas de todos los tiempos.

Llega el momento de despedirse. Naoki, que tiene 9 años, viene corriendo y me da un abrazo. Para mí eso es parte esencial de la experiencia de hoy, es el abrazo de Jesús, de este pueblo, de la Amazonía… Salgo a la noche serena; me enfoca la luna llena del otoño austral y siento que todo está bien, que estoy exactamente donde deseo estar.

sábado, 9 de abril de 2022

ESTAMPAS DE UN PAIS MARAVILLOSO


“Vivo en un país maravilloso”, así arranca una célebre canción que tarareamos por garbosa y verdadera. Perú es tan prodigioso, tan sorprendente, que cuando tomo un poco de perspectiva, lo extraño y lo aprecio más. Acá cualquier cosa puede ocurrir.

O si no, miremos estas mojadas y espontáneas bellezas amazónicas. A cada vuelta del río este pueblo sencillo te entrega su sonrisa, y es una transfusión de optimismo, un mirar a los ojos a la vida para agradecer y compartir tanto don.


Prendes la tele y puedes encontrar reliquias como Starsky y Hutch, pero también los partidos de la Champions League que en España solo ves pagando. Ahí están los detectives con su look ochentero y el carro que desde niño me chifla, esa franja blanca sobre el rojo pasión…

Y es que al vaciar el celular aparecen imágenes que has olvidado, como este enorme afiche del Señor de los Milagros que cubre el costado de un edificio de 15 o 17 plantas en una avenida de Lima. ¡Qué bestia! Muestra a las claras las dimensiones de la devoción al Cristo Moreno, vivida con pasión hasta los rincones más recónditos de Perú, sus fronteras (por ejemplo, Islandia) y los expatriados.

En Lima se puede encargar un amarre sentimental, un filtro de amor que atraiga a la persona que te gusta y haga que caiga rendida a tus pies. Tan bueno como los de Serrat (una picada con las más bellas frases de amor escritas jamás, una pizca del polvo de una estrella fugaz y el pétalo de una rosa recién decapitada”, que preciosidad) pero además compuesto con vudú y santería. “Alejo enemigos, juicios, terrenos, casas y limpieza”… ¿será que con este florecimiento la casa se limpia solita?

Lástima que la región Loreto, nuestro territorio, y las mujeres loretanas en concreto, estén vinculadas a clichés como estos y peores. En Perú persisten muchos estereotipos de corte racista que no dejan de impactarme por disonantes con el carácter acogedor y servicial de la gente. Por ejemplo, ¿que necesitas ayuda para sacar al agua tu nuevo bote recién construido? Pues fácil, llamas a un par de vecinos y en cuanto el esfuerzo se hace audible aparecen diez o doce hombres más. Son mingas espontáneas, agradables ratos de compañerismo y risas que no puedes pagar.


La última foto es del p. Yvan durante una Eucaristía en Punchana-Iquitos. Fijándose bien se aprecia que las hostias pequeñas, en el taper, se encuentran en una bolsa de plástico precintada. Y así son consagradas para que empaquetaditas viajen al Estrecho, río Putumayo. ¿Por qué? Porque allí no hay sacerdote y los misioneros necesitan bastantes formas (sabrá Dios cuándo volverán a un lugar donde haya misa) y que se conserven buen tiempo en medio de aquel calor. De hecho en el Vicariato muchas hostias se guardan en el frigider – sin consagrar, claro.

Estas cuatro zonzeras me han salido de las teclas a las puertas de la Semana Santa. Instantáneas de Perú, país al que amo y donde tengo el privilegio de vivir.

sábado, 2 de abril de 2022

ENCONTRONAZOS CON LA BELLEZA


De pronto ocurre. Volteas la cabeza y ahí está. Repentina e irrefutable, exhibiéndose y al mismo tiempo guardando ese recato propio de la naturalidad. Insinuándose sin rebozo. La hermosura te ofrece de vez en cuando, generosa, alguno de sus semblantes.

Sucede a menudo durante un distraído paseo, sin previo aviso, aunque nunca puedes estar preparado para esas dosis colmadas de gracia. Un atardecer como éste de Indiana, por ejemplo, aunque el sol esté finamente omitido; o una sonrisa de un niño que se cruza contigo, premio tan sencillo como esplendoroso.

Puede aparecer sin que salgas de tu cuarto, de repente un verso te aborda y se detiene el tiempo, el perfume de la delicadeza resuena en el silencio. Como el otro día leyendo a Miguel Hernández, que le escribe a su esposa desde la cárcel:

Un día iré a la sombra de tu pelo lejano

Hay personas preciosas; por dentro, en ocasiones por fuera también. Cuando estoy con ellas (o ellos) tiembla un pájaro en mi pecho* en lenguaje de Sabina; esa conexión energética con la hermosura, la bondad y el bien me nutre y acicala mi espíritu. Me siento pleno, humildemente orgulloso y me amo más a mí mismo… No acierto bien a expresarlo, las palabras me estorban un poco.

Quizás esta escena de “American beauty”, obra maestra del cine, me auxilie. Recuerdo que ya solamente la música me estremeció. No es más que una bolsa que el viento mece caprichosamente, pero el muchacho se experimenta desbordado: “A veces hay tantísima belleza en el mundo que siento que no lo aguanto; y que mi corazón se está derrumbando”.


Algo así. Son como resquicios en los que la realidad muestra la gloria. Y entonces agradezco lo bonita que es la vida y lamento que sea tan corta, pues tarde o temprano terminará…

Esto es lo que me sale hoy. Me doy cuenta de que cada vez que he escrito belleza podía haber usado mayúsculas: Belleza, Hermosura, Bien, Gracia, Realidad... Hubiera cuadrado perfectamente; es Ella, que en cada instante se acerca a nosotros y, cuando estamos atentos, se desvela y entrega espléndida.

* En la canción “Tratado de impaciencia número 10”.