sábado, 25 de noviembre de 2023

PRODIGIOSA MAGGIE O´FARRELL


Cuando leí Hamnet, nuevas regiones de mi sensibilidad se conmocionaron y se iluminaron con un alborozo desconocido. Avisé a mis hermanas. Descargamos cuantas obras pudimos de esta escritora irlandesa, hasta entonces casi desconocida para mí. Tomé otra novela, Instrucciones para una ola de calor, que me dejó fascinado. No quería seguir leyendo por temor a que se acabasen, hasta que escogí La primera mano que sostuvo la mía y ha sido una experiencia maravillosa.

La primera mano que sostuvo la mía trata sobre la maternidad. Una de las protagonistas, Lexie Sinclair, sufre un accidente dándose un baño en el mar. Cuando está luchando contra la corriente, en la angustiosa certeza de que va a morir ahogada, solo piensa en su hijo Theo, de dos años, que quedó en la orilla:

“Quería decir “tengo un hijo, hay un niño, esto no puede suceder”. Porque sabes que nadie los querrá nunca como tú. Porque sabes que nadie los cuidará nunca como tú (…).

Sin embargo, ella sabía que no volvería a verlo. Esa noche no estaría allí para ayudarlo a cortar la cena. No recogería la cometa ni airearía la ropa húmeda ni le prepararía el baño a la hora de acostarse ni le sacaría el pijama de debajo de la almohada. No rescataría su gato del suelo en plena noche. No podría esperarlo en la puerta al final de su primer día de colegio. Ni llevarlo de la mano cuando estuviera aprendiendo a dibujar las letras de su nombre, el nombre que le había puesto ella. No lo cuidaría cuando tuviera la varicela o el sarampión; no sería ella la que dosificara la medicina o sacudiera el termómetro para bajarlo. No estaría con él para enseñarle a mirar a la izquierda y a la derecha, y a la izquierda otra vez, ni a atarse los zapatos, ni a lavarse los dientes, ni a subir y bajar la cremallera del impermeable, ni a emparejar los calcetines después de lavarlos, ni a llamar por teléfono, ni a ponerse mantequilla en el pan, ni lo que tenía que hacer si se perdía en una tienda, ni a ponerse leche en una taza ni a coger el autobús para volver a casa. No lo vería crecer hasta alcanzarla, y después superarla en altura. No estaría con él cuando le rompieran el corazón por primera vez, ni la primera vez que condujera un coche, ni cuando saliera solo al mundo, ni cuando viera por primera vez lo que iba a hacer, cómo iba a vivir, con quién y dónde. No estaría con él para quitarle la arena de los zapatos cuando saliera de la playa. No lo volvería a ver”.

A medida que avanzaba por este pasaje, las lágrimas afloraban serenas e incontenibles. Realmente me deleité con esa manera tan delicada, original y certera de expresar qué significa una madre. Magistral; no me atrevo a buscar más calificativos porque no quiero desdibujar ni un átomo la destreza inigualable de Maggie O´Farrell, excelentemente acompañada por la traducción de Concha Cardeñoso.

Los libros me rescatan de la tiranía de las pantallas; de la pretensión smartphónica de domesticarnos la imaginación y convertirnos en adictos a cascadas frenéticas de imágenes y sonidos. El gusto por leer me conecta con lo más genuino de mi humanidad, me regala lentitud, me descansa de forma creativa de la carrafilera de tareas todas urgentes que componen muchos de mis días.

Qué lástima que solo el 18% de los alumnos de Loreto lleguen al nivel satisfactorio en comprensión lectora; qué fracaso que un montón de adolescentes acaben la secundaria y literalmente no sepan leer; qué desolación que el analfabetismo ronde el 15% en nuestra región. Cuántas personas se ven privadas de la preciosa oportunidad y la inmensa suerte de disfrutar de esa versión de la felicidad que es la lectura de obras maestras como esta.

Gracias Maggie, gracias Concha.

Gracias Mamá.


sábado, 18 de noviembre de 2023

POR LA VUELTA DEL NAPO: JUANCHO PLAYA


Teníamos previsto ir a una población llamada Juancho Playa, que me recordaba a mi amigo el zapador sevillano Juancho Abascal. Paramos en el río grande a tomar desayuno por lo que pudiera pasar (la noche anterior realmente no hubo cena) y vimos a unos hombres de allí mismo recogiendo los bártulos de pescar. Nos explicaron que hay que caminar un rato por medio de la selva hasta llegar a una quebrada y atravesarla, y ahí está la comunidad.

Todo esto sin que dejara de llover, ahora una warmi lluvia, una “lluvia mujer”: suave pero persistente en su golpeo. El paseo apenas dura 15 minutos y hay un peque peque dispuesto a vadearnos, pero el caño está tan bajo que no queda otra que meterse en el agua a pata cala para poder subir al bote. Después de todos estos avatares, nos presentamos en el lugar antes de las 8 de la mañana… pero no llega nadies. Ahora hay una tregua en el chaparrón.

Más un rato y algunas personas acuden. Vamos conversando y nos damos cuenta de que acá no hay nada armado, no se reúnen los días domingo, y hoy no cabe celebrar la misa. Va habiendo más gente, el diálogo discurre con tonos más relajados tras el inicial recelo. Mariana les invita al encuentro parroquial de formación, y detecto extrañeza y estupor… “¿Encuentro? Pero si no hay el padre…” Wow: ¡el pueblo menudo cree que, como no hay misioneros canadienses o mejicanos, no hay misión! Comprender que la tarea la realiza el equipo parroquial compuesto por laicos locales requiere un proceso… para los responsables y para todos.

Nos cuentan que son una comunidad titulada como indígena kichwa; “¿y saben hablar su idioma?”- preguntamos; silencio… “solamente el viejito” (uno de los vecinos que habíamos encontrado en el río hora y media antes). El hombre nos saludó en un kiwcha que a mi oído le pareció bola-bola. “Les voy a enseñar la señal de la cruz: yayapa, churipa, sumak samaypa shutipi, chasna cachun”. Qué roche, este gringo viniendo a mostrar a estos kiwchas cómo se reza en su propia lengua. Qué pena que esta riqueza se olvide, que lo genuino de estas culturas se pierda… Para mí es como el inicio de la extinción del género humano, ni hace falta una guerra nuclear.


Por supuesto que nos plantaron un segundo desayuno, y bien contundente: pango hecho con el pescado que acarreaban aquellos dos de mañanita (zúngaro, doncella) … con su yuca y su plátano. Y con un señor pate de masato caliente, que, con esa humedad espesa y cargante, resucitaba a un muerto, o dos o tres.

En el camino de vuelta a la ribera grande, la lluvia nos respetó, como rearmándose; porque durante el breve trayecto hasta San Pedro de Mangua, cayó con fiereza. Cuando llueve de esa manera, todo se moja: mochilas, colchonetas, bolsas de víveres… No hay manera de protegerse y el bote se hace un puro barro. Una greda realmente pegajosa, que todavía tengo incrustada entre las uñas de los pies. Y así siguió la tromba durante casi dos horas más, mientras esperábamos bajo la maloka de San Pedro sin poder conversar por el ruido ensordecedor del diluvio sobre las calaminas.

En San Pedro tenemos a doña Estela y don Miguel, animadores de la época dorada, con más de 80 años a sus espaldas. Intentan convocar, organizar… pero ya no lo logran, pobrecitos. Y de eso tratamos con la gente, que sí que se congregó cuando amainó el temporal. Necesitamos nuevos agentes de pastoral, algunas personas que formen un equipo y lleven adelante la vida de la comunidad; no tanto ya “animadores” clásicos, que eran como “los representantes” del párroco y concentraban todas las funciones y responsabilidades.

Queremos implantar pues un esquema más sinodal, donde los laicos llevan el peso y nadie trabaja solo; las decisiones se toman juntos y la misión no depende ni de los extranjeros ni de los sacerdotes o religiosas, sino de la gente de acá. Ellos están perfectamente capacitados, de lo cual doy fe; estos días solo les acompañé y les ayudé, pero todo lo hicieron ellos, a su manera pero con competencia y amor.

sábado, 11 de noviembre de 2023

POR LA VUELTA DEL NAPO: PUINAHUA


Si miran el mapa, el río Napo se acerca al Amazonas y parece que le acaricia, justo donde está emplazado Mazan; pero se aleja de nuevo, caprichoso, trazando una inmensa vuelta para irse aproximando, esta vez de manera definitiva, hasta que desemboca en el Río Grande. Ahí, justo donde Francisco de Orellana descubrió el Amazonas en 1542 cuando bajaba por el Napo, está la población que lleva su nombre.

Orellana es también uno de los 16 puestos de misión del Vicariato, y allá fueron a parar mis huesos el fin de semana pasado. Ya conté tiempo atrás que acá no hay misioneros extranjeros, sino que la misión la llevan adelante los laicos locales; son la mayoría mujeres, pero se han incorporado algunos varones. Y para mí son verdaderos misioneros, porque hacen lo mismito que los curas y las religiosas en otros lugares.

Incluso visitan las comunidades de su jurisdicción, que son más de 40. Y realizan esta tarea genuinamente misionera con inteligencia y constancia, no episódicamente o improvisando. De hecho, lo pude comprobar en primera persona, justo por este tirabuzón que cuento; un trecho del río poco transitado, porque la inmensa mayoría de los pasajeros y la carga bajan en el varadero de Mazan, en el Amazonas, pasan por tierra hasta la orilla del Napo cercana, y surcan saltándose esta vueltaza de varias horas de navegación.

En Puinahua nos espera un gentío porque hay programados bautismos. Pero Mariana, la misionera laica responsable del puesto, y el equipo, no quieren que el sacramento sea algo puntual, es decir, viene el padre, echa el agua y chao, nunca más se supo. No; es la tercera vez en este año que llegan hasta acá y han hecho un proceso de acompañamiento, les han animado para que se reúnan los domingos, lean el Evangelio, se preparen. Incluso Mariana les exigió que les enviasen “evidencias”, por ejemplo fotos por whatsapp de las celebraciones y encuentros, y lo han hecho.


En el camino del bote a la escuela ya nos han regalado piñas y un viaje de maní sancochado, es su lenguaje de bienvenida y agradecimiento. Han armado una hoja de cuatro cantos que Mariana les ha enviado, y en el ensayo demuestran que se los saben al dedillo, o sea que sí se han reunido. Mientras llegan los rezagados, hacemos una catequesis recordatoria del significado del Bautismo y de la labor de los papás y padrinos. El silencio es absoluto, todo el mundo escucha con atención.

La celebración es un disfrute de espontaneidad y participación. Hay risas, diálogos y mucha sencillez con esta gente tan humilde. Lo único que suena extraño es el momento de la Eucaristía, porque muy pocas veces han visto ese pancito (en esta misión no hay presbítero desde hace más de diez años), pero igual con mucho respeto y silencio. De nuevo se requirieron explicaciones acerca de cómo prepararse a la comunión.

Después de un exquisito, abundante y esperado almuerzo, pasamos a la otra orilla a bañarnos. En esta época de vaciante tan severa debido a la sequía, asoman tremendas playas, que permiten darse un chapuzón ingresando en el río por tu propio pie y pudiendo nadar un poco en tramos con menos corriente. Es así por todas partes, pero el Napo es particularmente loco e imprevisible en esto. Apetecía meterse en el agua, que estaba como un caldo por el fuerte calor de toda la jornada. Aunque cuando estábamos poniéndonos el short –toalla en la cintura-, alguien advirtió: “se viene la lluvia”.

Y en efecto, cuando en la noche ya estábamos todos ubicados en carpas y mosquiteros, abigarrando de forma indecente la casa del animador de Puinahua (las personas ni podían casi pasar hacia los cuartos del fondo), empezó la tormenta. ¡Por fin! Pero qué bruta lluvia, Dios mío. Sentía como el agua me sobrevolaba y tuve que cerrar todas las cremalleras. Y así siguió toda la noche, y amaneció con el aguacero más aplacado pero vigente.

(Continúa en la siguiente entrada)

domingo, 5 de noviembre de 2023

QUÉ DÍA

 
Tocaba ir a bendecir e inaugurar una nueva capilla en una comunidad llamada Miraflores, en el Napo, no lejos de Mazan. Reconozco que no me sentía yo muy motivado, acudía más bien por inercia, como autómata propulsado por la obligación a modo de batería. Pero Diosito me esperaba a la vuelta del río para obsequiarme una felicidad inopinada.

Navegamos junto con algunas autoridades en el bote de la Municipalidad, que además se llama “España Perú”, y nada de eso me agradó demasiado. Estaba poco perrunillero y menos hablador, como ya he dicho. Al llegar hay que recorrer un puente de madera que, en estos meses de tanta sequía, se alza sobre hierba y chacras de sandía y arroz; cuando la comitiva se acercaba a la cabecera y ya se veían las primeras casas, se oyó “Juntos como hermanos”.

Era una voz de mujer, rotunda y segura, a la que se fueron uniendo otras mientras los visitantes íbamos estrechando las manos del nutrido grupo que nos esperaba. A un costado, la capilla recién terminada, y al toque, allí de pie, las bienvenidas, las presentaciones y los primeros agradecimientos. Nuestra gente preciosa es experta en decir “gracias”, y eso es signo de humildad, pero más aún de inteligencia.

Pasamos a la Eucaristía. La capilla estaba a rebosar. En el desayuno los misioneros me habían contado que es una comunidad cristiana viva, se mueven, tienen interés, se organizan; y de hecho por eso se les ha buscado apoyo para financiar la capilla. Primero son las piedras (en este caso las maderas) vivas, la comunidad, y después es el edificio. Cuando es al contrario, las construcciones se quedan vacías y se acaban cayendo de no usarlas.

Les felicité por ser capaces de estar unidos y lograr su sueño. Y también les advertí que, si ahora la comunidad no da un paso adelante y se convierte en un pulmón de humanización de su pueblo, la capilla no les servirá de nada. Es un punto de arranque: los seguidores de Jesús se han de comprometer más para que la vida sea más digna, para que haya menos abusos y más justicia.

Varias personas tomaron la palabra, no pueden faltar los discursos de rigor, que fueron básicamente reiteradas declaraciones de gratitud y reconocimiento. Lo que se expresó ahí se tradujo enseguida al lenguaje de los gestos concretos y las sonrisas, que la gente sencilla domina con maestría. En el comedor de la escuela estaba listo, para toditos, un abundante almuerzo a base de pescado agarrado esa misma noche, arroz, yuca, plátano. De entrante, ceviche de gamitana, toma ya qué exquisitez.

Tras la comida, deporte, como no puede ser de otra manera en cualquier fiesta que se precie. Las apuestas dan emoción a los partidos, juegan mujeres y varones, hay barras, polémicas arbitrales, lesiones y litros de sudor, porque a esa hora ya el sol zurraba sin clemencia. El masato hizo su aparición en grandes baldes de pintura y empezó a fluir por manos y gargantas, haciendo brillar ojillos.

Estábamos sentados a la sombrita conversando, abanicándonos y mirando el fútbol cuando vinieron a buscarnos para ir al baile. La capilla había sido despejada de bancas y ya hacía rato que sonaban la quena y el tambor. Nos sacaron a bailar al toque, ¿y cómo nos íbamos a negar? Yo hacía rato que me sentía más relajado, y en la pista me solté del todo. Sucesivos cañonazos de masato ayudaron lo suyo, desde luego…

La cantora del puente es la señora Roxana, mamá de Ana Dueñas, una de las chicas de las becas. Tiene una risa fuerte y explosiva, en la que los dientes que hay encajan con los que faltan de manera muy chistosa. Bailamos, sudamos y bailamos, con pausas en las que nos atacaban pates rebosantes por todas partes; hasta que no pude más y fui declinando amablemente.

Le contaba a Gina (en la foto) que quería quedarme más rato, pero los jefes anunciaron la hora de despedirse. No noté ni el más mínimo mareo; sí me sentí claramente dichoso y afortunado por ser misionero, estar acá y poder compartir con esta gente linda, que me enseña y me salva. Como tantas otras veces.