sábado, 31 de diciembre de 2022

LA SELVA ES EL SALVAJE OESTE


Hay momentos en que me parece que estoy viviendo dentro de una película, uno de esos westerns con despiadados forajidos que campan a sus anchas con total impunidad por territorios lejanos e inhóspitos, donde las pobres gentes sufren las consecuencias de su codicia y su crueldad.

Solo así se explica lo que ocurrió en Yanashi, uno de nuestros puestos de misión, hace un par de meses: el sheriff fue asesinado a sangre fría en su propia oficina. Una noche, el comisario de policía estaba sentado en la puerta de las dependencias policiales de esa localidad, tomando el fresco junto a su pareja, cuando se presentaron unos hombres que, sin mediar palabra, le descerrajaron varios disparos a quemarropa. La mujer intentó huir y también murió baleada.

Me lo cuenta una de las hermanas ursulinas, cuya casa está a cincuenta metros de la comisaría. Escuchó lo que creyó que era un cohete, fue a la ventana y alcanzó a ver cómo disparaban a la señora; uno de los efectivos, que intentó salir, también fue tiroteado y se salvó de milagro. Los sicarios huyeron a través de un maizal que hay al costado de la casa parroquial. Parece que es un asunto de narcos: cupos no cobrados, extorsiones fallidas o cosas por el estilo.

Claro que también hay robos a la diligencia. El otro día, cuando regresaba de Caballo Cocha en el ponguero Haydee, me relataron que esa misma movilidad había sido asaltada en pleno Amazonas en medio de la noche dos días antes. Se ve que los choros estaban avisados, porque levantaron más de 40.000 soles (10.500 €) sin que nadie pudiera hacer nada. “Los bandidos también tienen que armar su Navidad”, aseguraba mi compañero de asiento”. 🤐.

Paro docente en la UGEL Putumayo

A menudo los ladrones están infiltrados en la misma administración pública, y desde ahí perpetran sus fechorías con mano informática envuelta en guante blanco. Por ejemplo, el mes pasado, cuando llegué al Estrecho para celebrar la Confirmación, encontré un paro de los profesores de la provincia de Putumayo, que protestaban en la UGEL desde varios días atrás. Resulta que unos funcionarios de esa oficina, aliados con otros en el gobierno regional, se habían tirado más de cuatro millones de soles sustrayendo los sueldos de todos los docentes (que no habían cobrado el mes de noviembre) y varias partidas de materiales, personal de salud, etc. Escribo más de un mes más tarde de esta foto y ya les han pagado noviembre, pero no diciembre, ni sus aguinaldos ni sus retenciones. El trabajo en equipo es lo que ofrece resultados, no cabe duda, y en el rubro de corrupción también.

Claro que más estupefacto me quedé cuando en Islandia la profesora Floralba, maestra de inicial, me explicó que, debido a la gran cantidad de niños y la insuficiencia de espacio en el jardín, la Dirección Regional de Educación de Loreto le comunicó que se creaba una nueva institución educativa inicial de 30 alumnos, con ella como directora y única profesora (y dos auxiliares) … pero no le brindaban ningún local, sino que ella misma tendría que buscarlo y acondicionarlo. Así que la maestra ha reformado su propia casa logrando una sala amplia, y allí tiene a los críos, que se sancochan vivos de calor por las calaminas bajas; el que lo entienda que me lo explique.

En esta jungla se falsifican papeles como canchita. Hace poco, de una de nuestras oficinas salieron unos documentos rumbo a una entidad regional, y llegaron a su destino otros parecidos, que habían “reemplazado” misteriosamente a los originales por el camino. Cosas de brujería y shamanes, seguro.

Puente "truncado" en San Pablo

¿Y qué pensarían al ver un puente en uno de cuyos extremos se ha construido una casa? Pues existe en San Pablo, como puede verse en la imagen de abajo. El puente continuaba una vereda y salvaba un desnivel, pero se ve que la municipalidad lo había levantado en parte dentro de un terreno particular. Así que el dueño dijo: “acá yo pongo mi casa, y punto”.

La selva seguramente también es el único lugar del mundo donde los pilotos de una avioneta militar se colocan caretas de Papá Noel para manejar el día de nochebuena. Los pasajeros de ese vuelo nos quedamos de piedra, y de hecho hay quien no se lo cree, así que como evidencia esta última foto, para terminar esta entrada y este año, esperemos que con una sonrisa. Feliz 2023.

sábado, 24 de diciembre de 2022

NAVIDAD EN PERÚ, HERIDA PALPITANTE


Toca festejar, y yo lo haré hoy, como los últimos años, en Estrecho, en el río Putumayo; límite de un país en llamas, descompuesto, espantado, pero sobre todo pesaroso y agotado. Cansado de la impunidad de sus políticos, de las mentiras, del imperio de los intereses particulares, de la arbitrariedad y el pelotazo. Un Perú atribulado porque no logra ver luces de esperanza mientras coloca la iluminación de Navidad.

La pandemia dejó exhausta a esta sociedad débil, económicamente precaria, donde más del 30% de peruanos sale cada mañana a buscar las papas de hoy chapoteando en el lodo de la pobreza. Las elecciones del Bicentenario auparon a la presidencia a Pedro Castillo, en quien muchos quisieron -quisimos- ver una expectativa de cambio, un posible revulsivo que colocara en el foco a los humildes de la sierra y la selva frente al dominio secular de “los dueños del Perú”.

Año y medio de despropósitos, zancadillas, errores de bulto, corrupción, acoso y derribo por parte de aquellos que siempre habían gobernado, carrusel sin fin de nombramientos y ceses de ministros… Polarización agobiante, medios de comunicación asombrosamente (o no tanto, pues quien paga manda) agresivos contra el presidente desde su primer día, presión insoportable… hasta que todo reventó el día 7.

Tal vez nunca sepamos toda la verdad, pero creo que el hombre se descontroló, en los últimos tiempos se había quitado su sombrero y trató de huir hacia adelante a la desesperada, sus manos temblorosas en la pantalla, intentó una jugada a todo o nada y no le salió. Y ahí se desbordaron la insatisfacción, la frustración, la rabia, el dolor por la miseria y la inseguridad, el miedo al futuro. La angustia de “los de abajo” estalló como furia arrasadora.

Carreteras cortadas con piedras o neumáticos ardiendo; violencia en las calles; el Congreso demora en acordar un adelanto electoral (no quieren perder sus sueldos de 20.000 al mes), manifestaciones, el clamor de “¡que se vayan todos!”; disturbios, saqueos; enfrentamientos entre distintos bandos; excesos de las fuerzas del orden; ciudades enteras desabastecidas de alimentos; violaciones claras de los derechos humanos; inmovilización social obligatoria decretada por el gobierno; sedes de empresas y organismos públicos incendiadas; cristales rotos; aeropuertos cerrados.

Muerte. A día de hoy, veintitantos fallecidos. Eso siempre reina, por desgracia. La injusticia y la pobreza son la muerte prematura del pueblo menudo, como dice Gustavo Gutiérrez. Agonía lenta pero fiera e implacable, como un cáncer agazapado que de pronto da la cara sin piedad, cancelando cualquier brote de futuro. Esas vidas cercenadas son un trasunto de lo que el país sufre hace décadas, siempre.

Y así, en plena metástasis de desconsuelo, llega la Navidad. Solo un pesebre, un cajón de paja donde comen los animales, para el recién nacido. Dios en medio de un trauma, indefenso ante la magnitud de esta herida social abierta y palpitante, desvalido junto a la sangre inútil de los inocentes, que anticipa la suya propia.

El bebé no sabe hablar, pero es la más elocuente Palabra que Dios grita, y hoy más que nunca, en esta tierra: calma, escucha, diálogo; pero también conciencia, integridad, veracidad; comprensión, encuentro, paz. Pero ante todo justicia, porque “no hay paz sin justicia” (Juan Pablo II), y “la justicia y la paz se besan” (Salmo 85, 10). Indignémonos, protestemos fuerte y pidamos que este sistema que supura sea volteado, reclamemos con razón nuevas elecciones e incluso reformas constitucionales… pero hagámoslo con misericordia y sin violencia, con la brújula de la ternura y la estrella de la paz marcando el horizonte.

Como aquel pueblo, el Perú necesita una esperanza firme, una luz grande, una promesa. Este país no es estéril, el amanecer está en sus hombres y mujeres, ciertamente capaces de forjar un provenir mejor. Dentro de ellos, de sus hermosas culturas, de su historia milenaria, de su dolor y su grandeza, se manifiesta hoy, esta noche, el Niño que nos muestra el camino, que nos enseña a vivir como auténticos seres humanos. Feliz Navidad.

sábado, 17 de diciembre de 2022

APRENDER A CALLAR


Requerimos un año o algo más para aprender a hablar y ¿cuántos? para aprender a callar; yo voy siendo ya mayorcito, y estoy en ello. De veras pensaba que había acuñado un pensamiento original y cierto, pero he googleado y resulta que Ernest Hemingway me echó la pata con una cita famosa: “Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”.
 
Recuerdo que, durante mis viajes a África los veranos de teología, vi en una capilla un ambón de madera con un relieve tallado; representaba a un hombre de pie que se tapa la boca con una mano. Me explicaron que en aquella cultura ese gesto expresa una combinación de reverencia y asombro ante la Palabra y sus maravillas. Y con moderación y ademanes suaves, porque la acogida a lo que Dios revela está en las antípodas del alboroto.


Vuelve a mi corazón muy a menudo a modo de propósito para este día o los próximos minutos. Callar es un ejercicio de contención y de autocontrol, pero ante todo es una consecuencia de la destreza de contemplar.
Cuando la realidad nos impacta por su belleza o su deformidad, se produce en nosotros un hiato, una pausa que conduce al silencio. El ruido es domesticado por la emoción sin que intervenga la mano.

¿Cómo subir a esa esfera y saber quedarse? ¿Cómo dejarse acarrear dulcemente por esa lentitud? Cuando aprenda a deslizarme así, estaré listo para podar la verborrea y templar la reacción que en muchos momentos me mecaniza. En tanto se accede a esa condición en razonable medida, creo que los ensayos de aprender a callar no pasan de torpes balbuceos de sensatez.

Aun así, hay que intentarlo. Insistiendo en la estrategia de “si tengo dudas acerca de si decirlo o no, no lo digo”. Ya es un paso apreciable. Solo hablo o escribo si estoy seguro de que es conveniente y constructivo. Es lo de los tres filtros de Sócrates, más viejo que el mundo:

- ¡Maestro! Quiero contarte algo sobre un amigo tuyo…
Sócrates lo interrumpió de inmediato:
- ¡Espera! Antes de que me hables sobre mi amigo, lo que me vas a decir debe pasar el examen del triple filtro.
- ¿El triple filtro?, preguntó el discípulo sin saber de qué le hablaba.
- Sí, respondió Sócrates. ¿Estás absolutamente seguro de que lo que me vas a contar es verdad?
- Se lo oí decir a unos vecinos...
- ¿Entonces no sabes si es cierto o no?, le insistió el filósofo. El discípulo tuvo que admitir que no.
- ¿Y es algo bueno lo que me vas a decir de mi amigo?
- Al contrario, es negativo, y no te va a gustar...- dijo el discípulo.
- ¿Entonces deseas decirme algo malo sobre él que, además, no estás seguro de que sea cierto? - le replicó Sócrates.
El discípulo no supo qué responder.
- Y, por último, ¿me va a servir de algo lo que tienes que decirme?
El discípulo dudó, pero al final reconoció que, saberlo o no, en realidad no iba a resultar útil a Sócrates.
- Entonces, si lo que deseas decirme no es cierto, ni bueno ni útil, ¿para qué querría saberlo?, concluyó el filósofo.

Claro como el agua, pero cómo cuesta cumplirlo… Cuántas veces me doy cuenta, apenas lo he dicho, que no debería haberlo dicho. He metido la pata, he creado incomodidad o malestar, he concitado desconfianza. Y lo lamento. Ocurre constantemente.

En general hablamos demasiado. Nos propasamos y quedamos expuestos, desprotegidos y rendidos a lo irremediable, cual heridos en medio de una batalla. Y después nos vemos obligados a hablar más para aclarar o explicar…

No cabe duda de que es esencial para el equilibrio y la felicidad saber callar. Entrenar la sobriedad verbal y la prudencia; practicar la raíz cuadrada a todo lo que pugna por salir por nuestra boca, y que proviene de diferentes regiones de nuestro yo consciente e inconsciente: hígado, estómago, riñones… hasta de las rodillas, estoy seguro. Me gustan los emoticonos que dibujan esa actitud: 🤐 y 


Poner en marcha planes alternativos: “diré lo estrictamente imprescindible” o “en general, estaré callado”. Y trataré de escuchar. Me quedan ocho años para progresar adecuadamente.

sábado, 10 de diciembre de 2022

ESTROPICIO EDUCATIVO


O catástrofe. O despropósito. O descalabro absoluto. Todos estos sustantivos valen para describir la educación en nuestra querida región Loreto, y acaso en todo el Perú. También fracaso amargo y sin paliativos. O naufragio cruel y en toda regla, ya que vivimos a la orilla del río.

Estoy de visita en Mazán, puesto misionero cercano a Iquitos, pequeña ciudad pujante situada estratégicamente en el lugar donde el Napo y el Amazonas casi se rozan. Por acá pasa de todo: un sinfín de mercancías, droga, personas… desde y hacia Ecuador. Este sitio hierve de vida, está repleto de niños y jóvenes, y de hecho tiene dos colegios de secundaria. Y allí vamos.

Es viernes, lo cual contribuye a aumentar el caos, que salta a la vista en el “Jorge Basadre”. No hay el director, pero sí formación en el patio. Inmediatamente se aprecia que los alumnos no caben, y así lo corroboran varios profesores. La biblioteca y el comedor hacen de improvisados salones de clases, y aún así hay grados que han de estudiar por la tarde.

El sol atiza cuando nos dirigimos al otro centro educativo, el “César Vallejo”. No solamente falta el director, hay varios maestros ausentes, y por tanto aulas con alumnos solos y en general chicos y chicas un poco por todas partes. Patios con gente corriendo, yendo y viniendo, ajetreo, ruido, puertas abiertas por el calor… En definitiva, la certeza de que no se está haciendo nada de mérito.

La zona de los más mayores es desoladora: un grupo en una espacie de pasillo, los de quinto dentro algo que parece un almacén de arroz: paredes hechas con cuatro tablas chuecas, piso de cemento descascarillado, mesas rotas o demasiado bajas, sillas viejas, bancas sin respaldo (la foto no tiene desperdicio; al menos hay cepillo y recogedor en un rincón). Un horror.

Días más tarde, en Angoteros, sigue la crónica del hundimiento educativo masivo. En secundaria sobra mencionar que varios profes no están, empezando por el director (claro). Queremos hablar a los cuartos y quintos y encontramos dos salones con los alumnos solitos. Los niños del jardín ya han salido, a pesar de que no son ni las 10 de la mañana; del internado la mitad de los jóvenes se largaron a los dos meses de comenzar el año debido a la mala alimentación (ver “Internados de hambre”).

Sin embargo, ha llegado la supervisión de la UGEL* desde Iquitos (dos días de viaje), pero a los funcionarios no parece importarles lo más mínimo el evidente desorden, solo han ido a inspeccionar las tablets. De hecho, en esta otra imagen vemos una carrafilera de ellas mientras se cargan con su panel solar portátil, mientras en la cancha hay partidos de vóley todita la mañana sin parar, por supuesto.


Acá en Angoteros los profesores que viven en la quinta venden alcohol (cerveza y trago), y allí son frecuentes las fiestas con música altísima hasta la madrugada. ¿Cómo van a transmitir valores como la puntualidad, el trabajo bien hecho o el cumplimiento del deber? Rollos trasnochados, probablemente. Mejor no mencionemos los casos de abusos, venta de notas a cambio de favores sexuales, etc. Secretos que en el pueblo todo el mundo conoce y calla.

El siniestro se recrudece si nos adentramos en el mundo rural más profundo, como la comunidad de Santa María, adonde pasamos una jornada. Recibe nuestro bote una nube de 100 niños, sin exagerar; se pregunta uno qué pasa con la escuela. Como tampoco hay espacio, han ubicado a cuarto y quinto de primaria en el local comunal; el maestro les ha escrito en la pizarra unas frases en español (“castellaneando”) para que las copien y se ha ido a casa de unos compadres, unos cincuenta metros en frente, lo vemos riendo junto a la ventana. Revisamos cómo va el trabajo y comprobamos desconsolados que los niños no logran escribir, no hay forma.

Más allá, los alumnos de la escuela bilingüe corren y juegan mientras la escoba de su profe asoma por la puerta del aula… Esta dejadez, esta incompetencia, esta irresponsabilidad, este desastre viola groseramente el derecho a la educación, comienza a cerrar puertas a las personas ya desde niños, les cercena oportunidades de desarrollo, los arrincona en los márgenes de la desventura y condena a los pueblos, al país entero, a la mediocridad. Derrotado y afligido, me pregunto qué se puede hacer.

* Unidad de Gestión Educativa Local

domingo, 4 de diciembre de 2022

POCO A POCO VOY SIENDO CONQUISTADO POR ANGOTEROS

Diría que remonta dentro de mí, como un tenue amanecer lento y lejano, la fascinación por este pueblo y su silencio. Muy despacio, puesto que solo voy allá una vez al año, pero poderosamente y con la misma irreversibilidad que sentí cuando pisé la selva.

Todo el rato miro los pies de la gente, duros, encallecidos de caminar siempre sin zapatos; pies que son como mapas donde está dibujada la sencillez y a la vez emblemas de la identidad del pueblo runa. Hay una continuidad entre la persona y la tierra, su mirada abarca el mismo sosiego que la caída de la tarde sobre el plateado río.

Llegan wawakuna (en kichwa “niños”) sin cesar, sus risas siempre bajo la contención de la timidez propia de esta cultura. Dar la mano es apenas tocar los dedos estirados juntos, sin apretar, no hay besos, sí educados saludos: alishishi (“buenas tardes”). Primero hay que armar juntos este puzle, no son precisas palabras, solo te paso esta pieza, pero vemos que no, mejor esta otra; cuando terminamos, aparecen los blancos dientes, habitantes de la sonrisa.

Un par de días más tarde wawakuna comenzarán a agarrar mis manos cuando vamos por la vereda, tocarán el vello de mis brazos, hasta jugarán sentándose en mis pies para que los transporte al andar. Todo tiene su proceso, la paciencia es uno de los cimientos del día a día.

Esta casa misionera, Domi wasi, acarrea la lucha permanente por mantenerla en pie, seca y relativamente libre de bichos, porque es como la de cualquier familia: de madera, con el techo de hojas de irapay y el piso de pona. Al abrir el armario de las herramientas apareció un nido de “abejas asesinas” en expresión de los kuillur runa (animadores), que habían llegado aquella noche para una reunión. Uno de ellos lo quemó con gran habilidad, las abejas zumbaban nuestras cabezas y yo me metí en mi mosquitero en cuanto pude.

No solo la casa o la iglesia, la misión al completo es interpretada y vivida al modo de los naporunas; como quiso el p. Juan Marcos Mercier, que se hizo uno de ellos. No existe “catequesis” en su acepción clásica, pero durante dos temporadas fuertes (adviento y cuaresma), hay actividades formativas con los niños y los jóvenes todos los días. Navidad y Pascua son celebraciones nucleares en su cultura; los “fiesteros” son equipos rotativos encargados de organizarlas, con todos sus ritos y los infaltables ingredientes: masato, cohetones, y por supuesto muchas velas.

“Está mezquinando guayo” –acusa una niña subida a un papayero. Esta cultura se funda en la reciprocidad, en el compartir, en la minga. Solo juntos se sobrevive, solo apoyándonos unos a otros se somete la lenta ferocidad de la naturaleza. Y así damos gasolina y pedimos pescado, regalamos velas y recibimos huevos. Hasta los niños, que se llevan la pelota para jugar, traen mangos. Todo se agradece porque la comida es escasa.

Ensayo las palabras de la consagración y la plegaria eucarística en kichwa. Es medio dificilito y sé que titubearé, pero no estoy nada nervioso. Más bien todo fluye con espontaneidad, me siento muy cómodo; nada me cuesta en Angoteros. Es el lugar del Vicariato donde la inculturación verdaderamente se sustanció, es acá que asoma una Iglesia con shungo indígena. Para mí, la posibilidad de realizar el sueño misionero original: vivir como ellos, hablar como ellos, comer como ellos, ser como ellos.

Está al alcance de mi corazón. ¿Tal vez mi siguiente destino, cuando termine este servicio? Veremos... Pienso seguir dejándome enamorar, eso seguro. Por el momento, ya he enviado un kit con lo más básico: pelotas de fútbol y vóley, una caja de velas y sartenes de teflón para calentar el pan y hacer huevos fritos sin que se peguen.

sábado, 26 de noviembre de 2022

UN DÍA SIN HACER NADA


Incrustada en la gira de confirmaciones aparece una visita a la comunidad yagua de Remanzo (con z), un lugar de primera evangelización y una buena piedra de toque para que se expresen los más característicos genes misioneros: estar, escuchar, aprender, paciencia, mucha paciencia y más paciencia.

Me toca con Rosalinda, una de las EMJ de Pebas, el distrito al que pertenece este caserío. Nos bajamos del deslizador y buscamos a Leónides, el animador, pero está trabajando; preguntamos por el teniente gobernador, pero “no hay”. ¿El agente municipal? Tampoco. En realidad, hay pocos vecinos porque “se han ido a la raspa”. Nos lo cuentan las mujeres que se han acercado a nosotros para charlar sentados en unas bancas bajo un árbol junto a la orilla del río.

Media población se ha ido a cosechar hojas de coca, que los narcos pagan ahora a 0,80 soles (0,21 €) el kilo; con eso se procesa en la misma selva la PCB (pasta básica de cocaína), que se envía en bloques de color pardo a Manaos, a Iquitos o a Bogotá para que sea refinada y extraído el alcaloide. Las señoras nos preguntan si hemos visto el PIAS (Plataformas Itinerantes de Acción Social), o sea “el buque” que en teoría brinda varios servicios (banco, RENIEC, atención sanitaria, cobro de programas sociales…) y que más de dos veces es otro fraude para el pueblo menudo.

Mientras van a avisar a Leónides, en la conversación escuchamos “las cosas de la gente”, sus intereses y necesidades. A menudo pensamos que tenemos que hablarles de “lo nuestro” (si no, ¿para qué vamos?), pero eso será mero ruido si no nos sienten parte de ellos, de su vida. El animador no se enteró de que veníamos hoy, no nos esperaban. Ya pues. “Intentemos hacer algo”- nos decimos, persistiendo en nuestra torpe programación occidental.

Nos dirigimos a la escuela. Al caminar miro nubes de niños y me pregunto si no hay clase. El director, que hoy no trabaja porque es su cumpleaños (lo cual explica en parte el aplastante absentismo), nos advierte de que acaba de presentarse la supervisión de la UGEL y que no podemos ingresar ahora. Piña. En la tarde veremos llegar más visitas inopinadas: los de la municipalidad, la brigada de vacunación… Todos arribamos a la vez y nos chocamos con el mismo muro.

Paseamos y nos impacta la sencillez, casi miseria. ¿En qué gastan la plata que ganan raspando? Vemos otro cumpleaños, una casa atiborrada de botellas de cerveza y con la música a todo volumen. Se lo gastan en tomadera; la pobreza más destructiva infecta las cabezas, desestructura las familias, degrada las culturas. Los yaguas casi han olvidado su lengua.

Y eso que la escuela es bilingüe. Pero está medio vacía, invitamos a los pocos alumnos a reunirnos en la tarde en la maloka. Entonces no sabemos que no podremos porque la maloka estará llena de moradores borrachos, varones y mujeres… Qué problema el alcoholismo en tantas comunidades indígenas. ¿Cómo acompañar esa situación? ¿Cómo ayudar a superarla?

Entregamos algunos víveres (arroz, aceite, fideos, atún enlatado, azúcar…) y Estefany se brinda a cocinar. Nos han acomodado en casa de don Genaro, que tiene 78 años y casi no puede caminar. Una nuera que vive al costado lo atiende y un nieto duerme con él, pero pasa gran parte del día solito, trastabillando de la hamaca a la mecedora. La casa no tiene baño, como casi todas las de este lugar; el anciano se hace pichí sobre la madera del piso. Le hacemos compañía, nos cuenta que es de Yurimaguas, vino por esta región de soldado y acá formó su familia.

Las horas van transcurriendo lentamente bajo un sol severo, interrumpido por una suerte de breve tempestad que hace estremecerse las construcciones, ya de por sí inestables. Regresan los colegiales de San Francisco, el sitio donde estudian y al que han de ir diariamente en bote. Seguimos sin hacer nada de mérito aparte de bromear con los críos y enterarnos de más cosas: la precaria electricidad, la falta de agua potable, la inexistencia de atención sanitaria…

En la noche, Estefany ha preparado café y ha frito plátanos. Pero también nos invitan a pango* donde el hijo de Genaro: dos cenas, es la fisonomía del agradecimiento de esta gente. Y eso que hemos pasado una jornada como estatuas. Armamos las carpas y a descansar (¿de qué?). En la madrugada, de pronto mucho ajetreo, voces. Me levanto y me dicen que “el viejito no hay”. Buscamos a Genaro y lo encontramos debajo de la casa, hasta allí se ha arrastrado con su cabeza perdida; he pensado que estaba muerto, pero no, lo hemos subido de nuevo, lo han lavado y todos a dormir.

No hicimos nada: cero resultados; no hubo reunión, ni misa, ni bautismos. Pero me he pasado de extensión y me han quedado cosas por contar… Tal vez no hacer nada sea condición para abrir los ojos, prestar atención y conocer para amar. Quizás sean necesarios muchos días como este para que, dentro de veinte años, hayamos descubierto por dónde y cómo caminar juntos. Confieso que yo disfruté a full; Rosalinda, también.

* Sopa con pescado y plátano sancochado; plato típico de la selva.

sábado, 19 de noviembre de 2022

HERMANO JUAN


“Yo te acerco” – me dice él. “Puedo ir caminando” – objeto, pero ya está sacando la Honda Wave 110 a la vereda de la plaza, y comprendo que es inútil resistirse, yo también he sucumbido al agrado discreto y eficaz de este hombre, que me ganó en una mera llamada telefónica, sin verlo siquiera. Me subo y pienso cuándo será la próxima vez que un obispo me lleve de paquete en la moto.

Había confirmaciones en Islandia y necesitaba el dato de la partida de una joven bautizada en Requena, de modo que llamé a un número que aparece en la página web de ese vicariato. Me contestó una voz masculina -alguien de secretaría, pensé- y me emplazó a la tarde para darle tiempo a buscar. “Sí, acá está, Iris… bautizada el… y además veo que la bauticé yo, Juan Oliver”. “???????????😲. ¿Es usted el obispo? Disculpe monseñor, no le había reconocido…”. “No me llames monseñor”.

Y es que nadie le llama así, es simplemente el hermano Juan. Mientras conduce, mucha gente le saluda; es una constante que me maravillará los dos días que pasaré en Requena. Atraviesa un motocar y las voces de un par de niños se balancean a coro: “¡hermano Juaaaan!”. Estrecha manos por acá, abraza por allá; va vestido con sandalias, un polo no tan nuevo y shorts; no tiene apariencia de obispo en modo alguno. Sonríe generosamente.

Alguien me contó otra anécdota deliciosa. A una parroquia de Lima tenía que llegar el obispo de Requena. Un acólito va a decir al párroco que “hay un señor en la sacristía, ya le he dicho que Cáritas atiende los martes y jueves, pero insiste en verlo a usted”. El cura acude extrañado y ¿a quién encuentra? Sí, lo han adivinado: al hermano Juan. Jaja. Este hombre rompe los esquemas de más de uno, por descontado.

Antes de esta visita a Requena solo había conversado con Juan en directo una vez, una noche cenando en Punchana, él de camino hacia su misión pocas semanas después de que se conociera la noticia de su renuncia y el nombramiento de su sucesor. Necesitaba descargarse y me habló mucho, a corazón abierto, no sé por qué suscité esa confianza y hasta hoy continúa, lo cual me abruma un poco.

En el trasfondo de su narración descubrí a un misionero. Un hombre humilde, de abajo, que está con el pueblo, que pertenece a la gente. Un franciscano genuinamente pobre y coherente; un misionero al que hace dieciocho años sobresaltaron proponiéndole ir a un rincón de la Amazonía para ser obispo. Y él aceptó estoy seguro que por amor a la Iglesia y para seguir al lado de los más pequeños.

No sé si lo de obispo era para él, al menos no con esa connotación de poder y grandeza que tiene adosada inevitablemente. En su estilo de vivir, de organizar, de gestionar se manifiesta su personalidad característica, y por supuesto que muchas cosas podrían haberse manejado de manera diferente. Pero si se trata de acompañar al pueblo con la cercanía del Buen Pastor; si consiste en escuchar más que hablar, en compartir y no tanto dar, en caminar manchándote los pies con el mismo barro que tus hermanos, entonces pienso que Juan ha sido y es un excelente sucesor de Jesús.

El día de su despedida y correspondiente toma de posesión (vaya palabro) trajo escenas muy emotivas. Cuando llegó el momento del saludo al nuevo obispo, subían al presbiterio las autoridades, las religiosas, todos cumplimentaban y bajaban; pero cuando subieron laicos, personas de a pie, mamás con niños, saludaban al obispo y de ahí pasaban a abrazar a Juan antes de regresar a sus lugares. Al final de la misa no le dejaban alcanzar la sacristía, lo vi rodeado por una nube de fieles, tocado con su mitra y sin duda tocado en su corazón.

Durante toda la jornada, Juan recibió numerosas muestras de cariño y reconocimiento. Le van a recordar siempre por estar ahí a la mano, por su invencible sencillez y su solidaridad con los más vulnerables. Varios discursos destacaron que jugó un papel clave en la gestión de la pandemia en Requena, posibilitando la llegada de ayudas que salvaron vidas. Una señora declaró que “ha sido verdaderamente un hermano menor”.

Cuando le tocó decir una palabra, manifestó: “Me voy porque les quiero”. No creo que lo comprendan, pero sé que lo respetan. Porque el respeto es padre e hijo del amor, y se conquista con entrega, paciencia y bondad. Gracias hermano Juan por tu silenciosa cátedra de Evangelio.

sábado, 12 de noviembre de 2022

HOSTIGAMIENTO SEXUAL NATURALIZADO


Como cuando te das un golpe y de pronto todos los siguientes van al mismo sitio, así llevo una temporada escuchando relatos que me hacen transitar del estupor al asco y de ahí a la indignación. Pocas veces he sentido tan perentorio el impulso de partirle la cara a alguno, si se me acepta la chabacana expresión.
 
La historia admite escasas variantes: un varón de mediana edad se acerca repetidamente a una chica joven con comportamientos insinuantes que permiten interpretar que quiere algo con ella. Aumentemos el zoom: hombre de entre 30 y 55 años, muchas veces con mujer e hijos, y que ostenta una posición de poder o autoridad, hostiga a una adolescente o joven con el objetivo de tener relaciones sexuales. Para que quede claro.
 
La sangre me hierve con más virulencia cuando se trata de profesores. Les envían whatsapps a las chicas (algunos los he visto), les piden “ser amigos”, las invitan a salir, a comer algo; les pasan el brazo por el hombro o les tocan la rodilla, la espalda, el pelo; les dan plata, les ofrecen comprarles un celular… A una el profe incluso le propuso que se fueran a Nauta, que es el picadero por excelencia en lenguaje loretano coloquial.
 
Las jóvenes tienen catorce, quince, dieciséis años, son alumnas, y siempre las notas actúan como chantaje. Es repulsivo. Me contaron cómo en un colegio el maestro le daba dinero a la mamá, y así se aseguraba su silencio, una ayudita para traer el arroz a la casa y de paso un 17 para su niña. Pero las noticias más repugnantes me llegan de la universidad: profesores que prácticamente “venden” el aprobado a las alumnas; eligen a las que más les gustan, las citan a solas en clase o en su oficina, las presionan suciamente. Y peor en cursos que son “llave” y que dan acceso a otros posteriores.
 
Hay un par de consideraciones que añadir para completar el cuadro. Una es el estereotipo de las loretanas como “ofrecidas”, mujeres fáciles o pishpirillas. Recuerdo que, en cuanto dije en Mendoza que me venía para la selva, varias señoras me advirtieron de que “cuidado padrecito, porque allí todas van con tirantes y short…” 😨. Asu. Creo que tiene que ver con el carácter desenfadado y comunicativo, con la manera de vestir a causa del calor, la forma de vida en la calle. Es un mito, pero hace poco un compañero me contó cómo una mamá le insistía para darle clases de matemáticas a su hija colegiala: - “Yo soy de letras señora, no sé nada de eso”; – “Bueno padrecito, pues téngala ahí en la casa con usted para que le haga compañía…”. Blanco y en botella, leche.
 
El otro aspecto tiene que ver con el silencio y la impunidad. Las actitudes ambiguas son tan explícitas que las muchachas no saben qué hacer. ¿A quién van a acudir con algo así? ¿Cómo van a creerme si cuento que mi profe se propasa, me llama “linda”, se las arregla para que nos quedemos solos, me llena el celular de mensajes? Los rijosos se aprovechan de esa losa de sigilo, vergüenza e impotencia que favorece a los abusadores, incluso dentro de las propias familias.

Es realmente nauseabundo; una corrupción mucho más grave que la económica, y está igual de naturalizada en el Perú. Lo mismo que aquel eslogan “El alcalde roba pero hace obras”, cualquier día nos encontramos escrito en alguna pared “El profe acosa a las alumnas pero enseña bien inglés”. ¿Qué habrá en la cabeza de estos individuos para que se comporten así? Probablemente nada más que porquería.

Toparme con esta infección me coincide con la tarea de armar códigos de creación de ambientes sanos y seguros, y protocolos de protección de menores en el Vicariato. Nos lo pide la Iglesia y nos lo exige a gritos la realidad: debe haber instrumentos que permitan a las adolescentes defenderse, denunciar y salir de la pesadilla. Hay que reflexionar, concebir el material e informar a todos: niños, jóvenes y adultos.

Un problema muy profundo, contra el que debemos luchar por tierra, mar y aire, y empezando por la escuela, porque la clave es, por supuesto, la prevención (en el Vicariato tenemos cuatro colegios en convenio con el Estado). Aprieto los puños de rabia, casi no puedo escribir, pero nadie nos va a detener hasta que acabemos con esta herida social. Ya pueden ir temblando esos cochinos mañosos (“mañoso” en Perú no es “manitas”, sino un baboso que toquetea a las mujeres).

sábado, 5 de noviembre de 2022

INMOLACIÓN EN EL ALTAR ADMINISTRATIVO


Me empujo un paracetamol con el bocadillo de la cena porque me duele la cabeza (el morro, diría mi padre) y noto los ojos cargados. Normal -me digo- si pienso que me he pasado prácticamente todito el día delante de la computadora acorralado por informes pendientes. Y hace poco, el DOMUND… vaya misionero que estoy hecho.

En octubre y noviembre se acumulan las tareas administrativas relacionadas con cerrar proyectos: hacer balances, rendir cuentas y por tanto elaborar informes narrativos de lo que hemos hecho a lo largo y ancho de nuestro Vicariato (que es decir mucho): visitas pastorales, encuentros de formación por acá y por allá, jornadas vicariales, construcciones de diverso pelaje, compras de materiales…

Toca desempolvar reportes que los puestos de misión enviaron en su día, y perseguir implacablemente a quienes deben documentos y crónicas de actividades realizadas. Muy pronto, en Islandia, aprendí que una parte ineludible de la misión en un vicariato pobre como el nuestro consiste en escribir, en componer memorias que den cuenta del trabajo que hizo posible un financiador al que en su día nos dirigimos con la mano extendida.

Todo ese material debe llegar a la oficina, y acá dos o tres pringados lo acomodamos, lo preparamos y sacamos informes finales para enviar a quienes nos ayudan. Así pues, buscar, leer, hacerme una composición de lugar, darle al botón de la creatividad y redactar. En general no es difícil porque está todo servido, pero a veces tengo que mirar fijamente los listados de gastos e incluso las boletas para deducir qué tengo que poner… igual que hacía Tanque, el operador de la nave en Matrix, que descifraba los churretes de caracteres verdes en la pantalla, sabía qué había detrás de ese aparente caos alfanumérico.

Una castaña pilonga en toda regla. ¿Qué cómo lo llevo? Pues más o menos. Me ayuda recordar por qué estoy acá, en Perú, en la selva, el sentido último de todo, y por ahí cuadra. Ayer encontré una cita que me alivió: “(…) todo lo que uno hace, por muy mundano y profano que parezca, se convierte en “divino servicio”“ (Constituciones de la Compañía de Jesús 547, 3)*. ¿Acaso estos papeleos no son imprescindibles para que la misión navegue?

Que además son un ciclo imparable, pues casi a la par que se terminan proyectos, hay que ir pergeñando otros que nos permitan vivir y trabajar el próximo año: reforma de casas misioneras (antes de que se caigan a pedazos), presupuestos para catequesis, para los internados, para reparar ambientes en Indiana (la casa que nos acoge a todos); apoyo para que pueda haber asamblea vicarial en marzo (pasajes, alimentación, viajes de los facilitadores…), para reuniones de coordinación, jornadas y encuentros de capacitación de agentes pastorales, de los misioneros; plata para que podamos seguir subiendo a los botes y llegando a las comunidades más lejanas…

Pues eso. He cambiado las botas de jebe por el mouse y el gorro por las fotocopias. Es lo que hay, alguien tiene que hacerlo, y por suerte no durará eternamente. En Alex, una novela de Pierre Lemaitre, el comandante Verhoeven se dice a sí mismo: “Estás haciendo tu trabajo, así de simple. Un trabajo, Camille, no una misión. Haz lo que puedas. Hazlo lo mejor posible, encuentra a esos tipos, a ese tipo, pero no dejes que afecte a tu vida”.

Tal vez no haya definición más rigurosa de la misión como aquello que afecta a tu vida hasta el punto de trastocarla, voltearla, levantarla y enrollarla (Is 38, 12), cambiarla por completo e impelerte a que la entregues entera. La misión la vivo ahora, también, en estas faenas burocráticas; trato de dar lo mejor. No es ninguna aventura apasionante, pero hoy es lo que tengo para compartir.

* GUIBERT, J. M., Liderazgo basado en la amistad. Cincuenta recomendaciones ignacianas, Sal Terrae, Santander 2021, pág. 27.

sábado, 29 de octubre de 2022

VER VOLAR A LOS HIJOS

 
Toca bajar a Indiana y recibo dos whatsapps de un par de chistositas: “Oh! Su antiguo amor 🥰” y “Cuidado con la nostalgia”. Durante los días de la visita me doy cuenta de que es la primera vez en mi vida que regreso a una ex-parroquia no de paso o anecdóticamente, sino para involucrarme y participar en la misión de otra manera.

Interesante. Tras los otros traslados, intentaba no estorbar al nuevo sacerdote; podía pasar por mi antiguo pueblo, a un entierro o a ver a los amigos, pero siempre les pedía que no conversáramos acerca de la parroquia. No quería saber cambios, asuntos comenzados y no acabados, rumbos diferentes. Era mejor, más sano, y me ayudaba a desasirme y sentirme más libre. Ahora con Indiana es casi lo contrario.

Es una visita de animación, igual que en otros muchos puestos de misión del Vicariato. Como vicario general se trata de acompañar a los misioneros y a la comunidad, escuchar, tomar el pulso a la misión, respaldarla, hacer sentir que formamos todos parte de la misma Iglesia. Es una visita “ecológica”, cuya inspiración es el cuidado, la cercanía, el respeto. Por tanto, necesito conocer, que me cuenten cómo están, qué proyectan, qué dificultades sufren, qué alegrías comparten.

En Indiana, y también en Islandia, los lugares donde he trabajado, atesoro la ventaja de todo lo antes compartido: nos conocemos bien y nos queremos. Es un gusto comprobar cómo procesos que se iniciaron cuando yo estaba no se han estancado, sino que surcan y mejoran. Con su ritmo y estilo propio, que no es necesariamente el que yo habría elegido, pero caminan.

Especialmente gratificante fue el encuentro con el grupo de Pastoral Juvenil, algo que iniciamos de cero en plena pandemia, y que brindó al equipo misionero momentos muy hermosos. Pues ahí siguen los jóvenes, trabajando con la metodología de la revisión de vida (V-J-A) en los temas que habíamos ya previsto (la identidad cultural), y tomando en serio su protagonismo: han confeccionado y realizado sus encuestas, y ya están craneando acciones significativas enfocadas a transformar la realidad.

Todo eso me lo explicaron, y además me regalaron un polo del grupo con un cariño sólido, intenso… La experiencia con los jóvenes de la parroquia de Indiana continúa para mí de otro modo, no menos agradable. Supongo que será lo más parecido a lo que sienten los padres cuando los hijos “vuelan” y toca ahora respetarlos y ayudarlos en la distancia, pero con el amor intacto; aunque en este caso soy yo el que se ha marchado…

Colegio San José

El programa de la visita resultó muy completo. Un rubro importante es el colegio: saludo a los alumnos, sesión con los maestros, fiesta de aniversario, entrevistas con la directora, las profesoras de Religión, los coordinadores ODEC. Las conversaciones individuales con los misioneros y otras personas constituyen otro capítulo crucial y ahí dedico tiempo y mi mejor atención. ¿Cómo van a tomar los responsables buenas decisiones si no reciben un feed-back claro y abierto?

El coro parroquial (que pide apoyo para comprar zampoñas y flautas), los catequistas, los trabajadores de la misión y centro de rehabilitación, la junta directiva de la APAFA… una catarata de vida que estos días me ha empapado, y me encantado. Mención aparte merece el Consejo de Pastoral, un organismo que nació conmigo y que también persevera: don Líder, Magaly, Javier, Leo, Dorita, Zulma y Manuel… Qué reconfortante ver cómo la navegación continúa.

Queda mucho por hacer, por supuesto. Uno está un tiempito, aporta lo que puede y pasa el testigo. La semilla de Diosito crece sin que sepamos cómo, y muchas veces a pesar de nosotros. Pero el vínculo siempre permanece. Esta foto con la comunidad parroquial al final de la Eucaristía del domingo habla por sí sola… Hubo hasta un vaso de chicha ¡y galletas! Qué más podría pedir… Orgulloso de ser expárroco de Indiana y feliz al contemplar su vuelo.

Con los jóvenes

sábado, 22 de octubre de 2022

CANTAR EL "SANTO" DESDE EL DOLOR MÁS ROTUNDO

 
Cuando me avisaron para ir a dar la unción de los enfermos a la señora Neoyorkina, pregunté asombrado qué nombre era ese. “Originalidades de nuestro pueblo naporuna” – me dijeron. Aquel día no estaba yo en Iquitos, pero el jueves pasado, ante su empeoramiento, su familia pidió misa en su casa.

Neoyorkina es de Santa Clotilde, río Napo, enfermera de larga trayectoria en nuestro hospital, hermana de Aníbal y las profesoras Lilian y Esperanza Flores y mamá de Anagali, también técnica en enfermería. Una familia muy del Vicariato, muy nuestra, muy creyente, en cuya casa sí tiene sentido celebrar la Eucaristía pidiendo la salud. Y allá nos llegamos de mañanita dando un paseo (está cerca) Gabriela, Rosalinda y yo.

La vivienda está repleta de gente porque Neo está sucumbiendo ante un cáncer que ha invadido sin recato su cuerpo, demoliendo su salud, frágil desde hace años. Sus familiares tratan de arroparla en lo que parece el final. Impacta verla impedida en la cama, con una pierna amputada y la vía cogida en su único pie, ese cabello corto y blanco, y aun así ofreciendo su mejor sonrisa como buena loretana y peruana.

Mientras disponemos los preparos de la misa nos cuentan que justo hoy es el cumpleaños de Anagali. “Hay torta?” – me sale automáticamente. “Claro, ahorita vamos cantar el happy”. Me revisto pensando que el cóctel emocional puede ser explosivo, y no me equivocaré. Estamos en un cuarto sin ventanas calculo más de veinte personas, este día en que la humedad remonta el 80%. El ambiente es asfixiante y enseguida noto que empiezo a sudar a chorros.

Hemos traído cancioneros porque no se concibe una misa o una oración a palo seco; y de hecho niños y mayores, mujeres y varones, conocen y cantan “Juntos como hermanos”, “Saber que vendrás” u otros éxitos populares. Llega la homilía y trato de ser muy delicado: no se puede nombrar lo que es evidente, pero tampoco esquivarlo… La cercanía de la muerte produce sorprendentes vínculos instantáneos de sentimientos, como en la película “Avatar”. Todos sabemos qué está ocurriendo.

La paciente lleva días con dolores terribles. Acá no hay cuidados paliativos, pero Gaby se las ha apañado, a través de videoconferencias con médicos en Polonia más sus contactos en Perú, para dar con una medicación suficientemente eficaz y una pauta correcta que alivie la situación de Neo y torne más humano el desenlace. Por si fuera poco, ella, sanitaria de profesión, es perfectamente consciente de lo que le pasa y lo que todavía podría tener delante.

Presentación de dones, prefacio. Llega el momento del “santo” y justo ahí los encargados de los cantos se chisporrotean, hay un indeciso silencio, nadie se arranca… hasta que resuena rotunda, fuerte, la voz de Neoyorkina entonando: “Santo, santo, santo es el Señor”. Una conmoción recorre la estancia, mi cuerpo empapado se estremece, nos miramos mientras atinamos con la estrofa.

Es posible alabar a Dios desde lo más profundo del peor dolor. Un poco antes, yo había preguntado: “¿Qué es lo mejor que podemos hacer para sentirnos felices?”- Y una señora acertó: “Agradecer”. Incluso en los momentos más desesperados, aceptando que no hay salida, se puede reconocer a Dios su bondad y aclamarle por la vida que nos ha dado con toda su belleza, aunque sepamos que está acabándose.

Para ello hay que tener mucho temple, gran serenidad… pero ante todo una fe robusta y arraigada en la ternura. En ese “santo” escuchamos el trasunto sonoro de la fe de Neoyorkina, el grito de su esperanza y de su pesar, la melodía del amor que se encarna en el sufrimiento y en las caricias. Me lo llevé archivado en mi sensibilidad e incorporado a mi admiración.

Solo un ratito después, la torta y el cumpleaños feliz. Que cumplas muchos más… La vida, como el río, no se detiene. Pero si estamos atentos nos muestra cómo navegar en la olada y cómo sentir la felicidad con el rostro vuelto hacia la lluvia. Gracias, Neoyorkina.

domingo, 16 de octubre de 2022

PASTORAL SOCIAL: LOS SUEÑOS SE CONSTRUYEN JUNTOS


Que recuerden los más antiguos del lugar, es la primera vez que se realiza en el Vicariato un encuentro de este pelaje. Ante la expectativa de lo nuevo, nos sentíamos emocionados, especialmente el baby equipo vicarial de Pastoral Social, que tan solo tiene cuatro meses de vida y pocas reuniones.

En realidad, se trataba de “sacar del arca lo nuevo y lo viejo” (Mt 13, 52), porque la acción social está en el ADN del Vicariato desde sus orígenes, forma parte de su identidad. En los años 40 y 50 del pasado siglo los pioneros canadienses construyeron colegios, postas de salud y hospitales, internados, comedores, leprosorio… llegando antes que el Estado peruano a esta región de la Amazonía profunda. Y eso constituyó un 75% de su misión; al resto lo llamaban “ministerio”: sacramentos, construcción de capillas… Se puede ver en este afiche anterior a 1955:


El Vicariato siempre ha estado muy comprometido con las pobrezas de nuestra gente, especialmente en el rubro de salud; pero en la última década creo que el interés y el esfuerzo han ido virando hacia “lo específicamente evangelizador”: catequesis, formación de animadores, preparación a los sacramentos. De hecho, un vistazo a los POAs (Plan Operativo Anual) de los puestos de misión muestra la clamorosa ausencia de acciones programadas en la dimensión social.

Asoma acá la patita un equívoco que se ha filtrado en la mentalidad de más de un misionero y agente de pastoral: involucrarnos decididamente en las luchas del pueblo, especialmente de los más vulnerables, no es propiamente evangelizar, sino una especie de yapa para los más “progresistas”. Tal vez por eso lo que antaño fue opción clara y decidida, ahora no esté organizado ni conscientemente potenciado.

Fue pues reconfortante armar y estar en un encuentro dedicado exclusivamente a la Pastoral Social, donde se habló todo el rato de derechos humanos, cuidado de la Casa Común, trata de personas, educación de baja calidad, discapacitados, ancianos, acceso a agua potable y saneamiento, abusos a menores, seguridad alimentaria, derrames petrolíferos, violencia contra la mujer, servicios de salud, minería ilegal, narcotráfico… Estos son nuestros temas porque son los que al pueblo menudo le duelen. Y así nos lo corroboraron los agustinos Manolo Berjón y Miguel Ángel Cadenas, obispo de Iquitos, con una amplia experiencia en este Campo.

Facilitadores del CAAAP1 nos brindaron fabulosas lentes para reconocer esta realidad sangrante y nos ayudaron a sentipensarla: a dejar brincar su poso en el corazón y sintonizar con las llamadas apremiantes de Diosito vivo en los pequeños. “Llorar limpia la mirada” y dispone el ingenio, porque la sensibilidad da paso a los proyectos apasionados, los desafíos reclaman conversión, cambiar, remover obstáculos y actuar.

Así hicimos. Los expertos de CEAS2 llegados de Lima nos propusieron una reflexión más sistemática contemplando primero a Jesús y su praxis liberadora, pasando después a conceptos y enfoques clave en acción social, y finalmente, en un esfuerzo de concreción, dando a luz algunas coordenadas orientadoras en esta búsqueda de una pastoral social vicarial vigorosa y articulada.

Esa precisamente fue una idea-fuerza: articular. Pero también crear sinergias, lograr incidencia para cambiar las cosas, trabajar en red con otras instituciones y organismos. Soñamos con una pastoral Social verdaderamente profética que permee toda la misión del Vicariato. Soñamos con una “Oficina de defensa de la vida y de la cultura” en Punchana que funcione como un corazón que bombee (animación, formación, asesoramiento a los puestos de misión…) y que reciba casos, acompañe a los misioneros y agentes, y sea “adónde llamar” en el día a día.

Dos días preciosos, repletos de risas, en los que hemos vivido todos los fenómenos meteorológicos posibles en la selva: calor sofocante, viento huracanado, bruta lluvia, rayos y truenos, sol abrasador. Los refrigerios y desayunos estuvieron muy ricos, y hasta hubo torta por el cumpleaños de Óscar de Mazan, ¿qué más podemos pedir? Los sueños se construyen juntos; los de Dios son siempre como un collage o una sinfonía, en la que has de ser valiente tanto para entonar como para dejarte llevar.

1 Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica. Vinieron Manuel Cornejo, su director, y la abogada Verónica Shibuya.

2 Comisión Episcopal de acción Social. Estuvieron con nosotros Silvia Alayo -secretaria ejecutiva- y Javier Jahnke.

domingo, 9 de octubre de 2022

A QUIÉN LE IMPORTA CUNINICO


Si glogleamos Cuninico, la pantalla se llena de manchas de petróleo. Y de tristeza. Este lugar situado en el río Marañón, frente a la reserva natural Pacaya-Samiria, en el corazón del territorio kukama, es como el epicentro de la injusticia medioambiental que el Perú ha naturalizado, desgraciadamente.

De nuevo Cuninico, como en 2014 y como todos estos años que han transcurrido, porque el atentado contra la vida y la salud no concluye cuando supuestamente “se limpia” el vertido, recién empieza: el agua queda contaminada, los peces envenenados, las chacras fracasadas. La gente toma esa agua y cocina con ella esos peces y demás alimentos; los moradores se bañan en la quebrada intoxicada, con esa agua lavan su ropa y sus enseres.

Pena y cansancio pues, porque no es nuevo1. ¿Cómo es posible que el oleoducto norperuano, inaugurado en 1976, no reciba el obligatorio mantenimiento por parte de Petroperú? Peor: ¿cómo es posible que ese ducto continúe operativo sumergido en el agua, cuando las leyes actuales prescriben que esas instalaciones deben ser aéreas, precisamente para facilitar la contención de las fugas y minimizar así el impacto de eventuales “accidentes”?


Y pongo “accidentes” así entre comillas porque, si ya hace ocho años el crimen se debió a la corrosión, que reduce en más de un 70% el espesor de la tubería, no hace falta ser Einstein para comprender que hoy ese material está más envejecido y fatigado sin vigilancia y reparaciones. De “accidente” nada: negligencia, abuso, dejación, irresponsabilidad, delito.

Pero… la versión oficial habitual es que el derrame fue provocado por los mismos pobladores. Luis Fernández, misionero agustino y bravo párroco de Santa Rita de Castilla, denuncia esa habitual maniobra de confusión en una entrevista en la radio La Voz de la Selva: "Lo que está pasando es doloroso. Saber que la empresa no da ayuda al instante, a pesar que existe un protocolo y normativa. Esto nos manifiesta que mientras las comunidades sufren, el Estado mira por otro lado, y hasta llegan a culpar a los indígenas de la situación que atraviesan (…). Es triste que la empresa petrolera recalque en todos sus comunicados sobre quién provocó el derrame, cuando eso debería ser labor de las investigaciones. Por el contrario, en lo que debería enfocarse Petroperú es en la remediación y contención de los daños”.


Me resulta estupefaciente comprobar, al leer comentarios a esta entrevista en Facebook2, que no se trata solo de propaganda estatal: ¡hay mucha gente que piensa que los mismos indígenas cortan los tubos! Unos botones de muestra (con sus faltas de ortografía incluidas):

“Porque no le preguntan a esas comunidades, quien rompio esa tubería?, Si esa tubería está en medio de la selva y pegado a su comunidad, entonces ellos mismos provocaron ese derrame con la rotura de la tubería y ahora se quejan del derrame? Nadie camina por esas selva excepto ellos mismos”.
- “El estado es consiente q el derrame fue provocado, así q no se puede dejar chantajear x estos dizque nativos”.
- “Que lo reparen ellos pues. Todos los años joden el oleoducto. Se acostumbraron al asistencialismo. Cínicos”.
- “Que aguanten xq cortan los tubos no saben que ellos mismos se perjudican mas bien hagan proyectos de cultivos y ganen con el sudor de su frente”.

Probablemente no saben que los saboteadores deberían bucear para romper ese acero… pero es inútil, porque esta violencia verbal, a años luz de la razón, chapotea en los dominios del rechazo al indio y el secular racismo. Acusar a los comuneros de Cuninico funciona como un bote de humo que, alimentado de los invencibles prejuicios contra los “dizque nativos”, impide ver la realidad. Lo de siempre.

La información queda incompleta si no se menciona que, tras el desastre de 2014, el Estado ya fue denunciado y condenado a implementar especiales servicios de salud en la zona. Pero eso jamás se ha verificado, hasta hoy… Se puede hasta entender que, abrumada por la indiferencia de las autoridades, la gente cortara el Marañón, impidiendo el tránsito de naves de Nauta a Yurimaguas.

Miguel Cadenas, el obispo de Iquitos, me cuenta que “siempre les dije que no cerraran el río, pero hay que estar ahí, si no ganan los más radicales. Al cerrar hubo un enfrentamiento de los lancheros con los botes de la comunidad. Estuvieron retenidos seis días. Casi matan a una persona. Probablemente los dirigentes de Cuninico se van a enfrentar a denuncias penales”. Para engrosar las maniobras de distracción.

Heridos en enfrentamientos entre la pobación y los lancheros

Mientras se discute, se escribe y no se hace mucho más, la gente sencilla sufre desde hace años alergias, problemas estomacales, vómitos, patologías de la piel y otros efectos del crudo sobre el organismo humano3 que tal vez ni se conozcan todavía. Paradójicamente en la Amazonía carecemos de agua potable en vastos territorios, pero comprobamos de nuevo que somos irrelevantes…

Recuerdo la que se desató a nivel nacional e internacional cuando el derrame de Repsol en la costa de Lima; en cambio, ¿a quién le importan unos pocos miles de personas en la selva profunda? ¿Qué significan unos cuantos indígenas, económica, demográfica y electoralmente hablando? Al menos ya accedieron a dar pase para que la gente pudiera sufragar en las elecciones municipales.

Cuninico se ha convertido, a mi modo de ver, en un símbolo multidimensional de las “zonas de sacrificio”4 de la Amazonía peruana y de la intrahistoria destructiva del petróleo en la región. Muestra también que “los indígenas”, como concepto global, están manchados en el imaginario popular, sobre todo urbano. Tenemos ahí un paquete de graves problemas y como Iglesia debemos discernir cómo situarnos.





4 Sobre esto hay un excelente artículo de Manolo Berjón y Miguel Ángel Cadenas:
https://larepublica.pe/opinion/2021/12/27/zonas-de-sacrificio-en-la-amazonia-peruana-contaminacion-iglesia-catolica/


Imágenes de Julio Arúa y Elías Pérez.