miércoles, 28 de octubre de 2020

CONOCER A ALEXIA ES UNA EXPERIENCIA TOTALMENTE SHOCK

Estamos en Manatí II zona, un lugar grande del distrito, hay hasta capilla. Su animador, don Otoniel, ya mayorcito, se ha ido a vivir con sus hijos a Mazán. Es la primera vez que me encuentro ante este grupo de gente. “¿Quién abre ahora la capilla? ¿Quién hace la celebración del domingo?” – pregunto. “Yo” – es una voz menuda, femenina, infantil. Miro y no encuentro, hasta que se levanta una niña: Alexia.

“Cuido la llave de la capilla y hago la celebración”. Tiene 14 años y va a segundo grado de secundaria. Eso me cuenta intercalado con el relato de los domingos mientras no salgo de mi asombro: “Cantamos algunas canciones, leemos la lectura y alabamos a Dios”. Va con sus amigos, que están con ella también hoy: Tiler (el de la foto), Joana, Nely y Jimena, todos de edades parecidas. Yo me quedo a cuadros.

Los jabones y las lejías de la campaña de sensibilización están preparados, pero hay que ir a invitar a la reunión a más vecinos, de modo que Alexia, Tiler y yo recorremos un amplio sector del pueblo, a lo largo de la orilla del río, entrando en las casas. Mientras tanto, conversamos: “El tío Otoniel siempre nos enseñaba por las tardes”. Iban varios niños con el viejo animador y aprendían canciones, el padrenuestro, a manejar la Biblia. Él tuvo la finura de ver en ellos lo que todavía no eran pero podían llegar a ser.

Y diría que tuvo ojo clínico, porque me admira la madurez de esta chiquilla, su soltura ante los mayores, su liderazgo. Cómo avisa a las familias de que va a haber ahora encuentro en la iglesia; aunque está el padre, es ella la que habla. Y yo, más que dejarla, la observo maravillado y aprendo. Y se me amontonan dentro las preguntas, que pugnan por salir: ¿Va ser verdad eso de que si no somos como niños el Reino no es cosa nuestra? ¿Tal vez los evangélicos de acá se burlarán de nosotros porque la responsable de la Iglesia Católica es una colegiala? ¿Cómo es posible que los adultos escuchen y sigan a esta huambrilla?

Compruebo poco después, ya con la capillita más completa, que así es. Alexia se ha sentado entre el público, con los otros chicos, pero a cada pregunta que planteo veo cómo los rostros de padres, madres y abuelos se vuelven hacia ella, me deja de piedra. De modo que: “Nombramos a Alexia animadora de la comunidad, junto con Joana, Jimena, Tiler y Nely como ayudantes”. Para que ya no quede duda en manos de quién dejamos los trastes los misioneros, a quién encargamos la tarea.

Mientras se suceden las intervenciones de mis compañeros me planteo si no estamos siendo imprudentes, si acaso una adolescente puede ejercer razonablemente la coordinación de una comunidad cristiana, aunque sea pequeña y rural o precisamente por eso. Me percato de que no hay remedio, en el rato que hemos pasado juntos ella me ha impactado, me ha convencido, me ha enamorado. Tal vez ese entusiasmo inocente y esa determinación solo pueden hallarse en los niños, y en Alexia a eso se suma su inusual responsabilidad. Es una misionera en potencia. Escribo esto el día de la beatificación del quinceañero Carlo Acutis, y como que me cuadra más. 

“¿Ustedes han hecho la primera comunión?”. “Solo yo” – contesta Jimena, que es algo más mayor, unos 17 años. De modo que Alexia notovía… Entonces habrá que programar más visitas para que se vayan preparando, de pronto quedarnos unos días, y que estos chavales reciban a Jesús. Que para eso son los que mantienen viva la fe en este lugar, a su manera y con todas las apostillas por la excepcionalidad del caso, por supuesto.

El bote zarpa y mientras reclamo mis galletas siento que hacía tiempo que nadie me impresionaba tanto como Alexia, estoy prendado y templado. Lo que Dios es capaz de hacer en cada persona es un misterio inagotable, y en los niños eso sobrecoge aún más. Ojalá mi capacidad de sorpresa nunca envejezca, para no perderme portentos como este; que me pasman, me fascinan y me conmueven tanto como me hacen mejor persona.

viernes, 23 de octubre de 2020

PARA LLEGAR A YANASHI HAY QUE VARAR

En esta época del año, claro. Porque el Amazonas está apenas comenzando a crecer y la quebrada donde queda este pueblo está medio seca todavía. Resulta tan laborioso llegar como gratificante estar; una vez que tocas tierra con tu pie, todo va como sobre ruedas. O deslizando, que es más propio.

El ponguero es un bote grande, con asientos simples de forja y plástico clavados al tabladillo, un transporte popular, una especie de combi del río; más lento y por tanto más barato que los rápidos, menos pituco, más destartalado, un caos flotante donde se acoplan amontonados y revueltos pasajeros, mochilas, cajas de pollos, bolsas de plástico a cuadros y todo tipo de carga. De hecho las primeras horas he de cuadrar mis piernas con un par de sacos de cemento, pero tengo tanto sueño que no me importa nada.

Por supuesto, el único de las -calculo- 70 u 80 personas a bordo que lleva mascarilla soy yo. Tanto en Iquitos capital como en las chacras la gente ha decretado espontáneamente el fin del peligro y punto en paz; con la misma naturalidad con la que todos saben que, apenas lleguemos al brazo del río que entra a Yanashi, habrá dificultades para avanzar por el exiguo nivel del agua.

Al arribar a Orán baja mucha gente y suben muchas mujeres y niñas a vender (agua, galletas, juane, gelatina, refresco en bolsa que se muerde por un pico, gaseosa, almuerzo en descartable…). Encuentro un sitio mejor en la proa y puedo asistir de cerca al manejo de los muchachos cuando el cauce escasea. La velocidad se ralentiza, con habilidad el huambro va midiendo la profundidad con la vara larga indicando al chofer hacia dónde virar para no quedar encallados en la playa. También varios pasajeros, se ve que con muchas horas de vuelo por allí, sugieren de viva voz: “por la derecha, no, cuidado, dale ahí, endereza…”.

Con cautela y paciencia, para no tener que mojarnos los pies empujando, llegamos al destino. Como otras veces que ya conté (“Yanashi” – 15 de junio de 2019), es un gusto visitar este puesto de misión, todo fluye y se siente uno como en casa. Las religiosas ursulinas son las responsables del colegio de convenio y de la parroquia (acá no hay sacerdote), y me han acogido con cariño y un montón de atenciones y delicadezas. Han preparado almuerzos ricos, crêpes y hasta pisco sour; he compartido momentos de oración, agradables conversaciones, bromas y risas. Hubo también una reunión más “formal” como equipo misionero, y esta  vez entre los consejos al vicario general novato estaba que “tomes tu tiempo para descansar”.

La sugerencia le cae como un guante a mi ajetreada vida. Aproveché para celebrar la misa el domingo, con el culto reanudado hace apenas tres semanas, la gente deseosa, la iglesia repleta. Tocaba eso de “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, y como me acompañaba de ayudante don César Atac, a cada momento lo señalaba, la gente coreaba su nombre y asomaban las carcajadas. Qué gusto la Eucaristía parroquial, es como una segunda piel que me regenera el corazón.

Al terminar, una pequeña reunión con los animadores, catequistas y algún joven, unas quince personas. Hemos conversado acerca de la experiencia vivida estos meses tan extraños, cómo se han sentido. Y también sobre el próximo año, de qué maneras se podría armar la catequesis en estas circunstancias, los grupos, la formación de animadores. Acá los laicos mueven, aunque es cierto que algunos ya van siendo viejitos y no se atisba relevo. Precisamente para los más mayores quieren hacer una rampita de acceso a la iglesia, y me comprometen para enviarles el cemento.

Pero lo que más solicitan, con diferencia, es un sacerdote. “Ojalá fuera tan fácil como el cemento” – me digo. Solo les puedo prometer que pediré, que intentaré. Para todo en nuestro Vicariato hay que remar, y casi a diario varar. Con energía, ánimo y mucho esfuerzo; a base de pura intuición, porque a menudo no sé por dónde hay más agua. Así es la misión, y así es la vida normalmente: trabajo duro, procesos difíciles y lentos, artesanía, como dice el Papa (Fratelli Tutti 217). Pero las recompensas son aún mejores que una copa de pisco sour. Doy fe.

sábado, 17 de octubre de 2020

DOMUND EN EL VICARIATO SAN JOSÉ DEL AMAZONAS: NO TENEMOS PRESBÍTERO EN 10 DE NUESTROS 16 PUESTOS DE MISIÓN


Llega la fiesta del DOMUND y encuentra a nuestro Vicariato Apostólico en una situación tan crítica que amenaza la continuidad de la misión. Y como hoy es la jornada mundial de reconocimiento y apoyo a las misiones, he pensado lanzar un grito de auxilio en forma de artículo por si alguien (incluidas las autoridades competentes) se decide a ayudarnos, porque lo necesitamos mucho.

Como tierra de misión o iglesia en formación, estamos en los inicios del proceso de evangelización. No contamos con suficientes católicos, ni estructuras pastorales, ni personal, ni recursos ni concienciación para soñar remotamente con el auto-sostenimiento, como les pasó en sus comienzos a muchas diócesis que hoy se valen por sí mismas. Por lo tanto, dependemos de la ayuda externa para mantenernos en pie. Esto lo ha entendido la Iglesia universal desde siempre y por eso existe el DOMUND.

¿Cuál es el problema? Pues simplemente que el cauce previsto por la Santa Sede para la provisión de misioneros y financiación, la famosa “commissio”, de hecho no está funcionando desde hace varios años, como ya expliqué acá mismo en anteriores líneas (“75 años del VicariatoSan José del Amazonas -19 de julio de 2020”). Pero el caso es que oficialmente ese mecanismo sigue vigente, de modo que nos encontramos en un callejón sin salida, sin nadie que mire por nosotros de manera efectiva.

Los datos, más que cantar, lloran. De los 16 puestos de misión de nuestro territorio, solo hay presbítero en 6. Y entre esos 10 lugares sin presencia sacerdotal registramos 3 donde no hay absolutamente ningún misionero, ni religioso, ni laico ni ordenado. En todo el río Putumayo (dos puestos de misión y 1220 km) contamos un presbítero; en el Napo (cinco puestos y 619 km) tenemos dos; en el Yavarí (un puesto y 716 km) ninguno; y en el Amazonas (598 km) hay cuatro sacerdotes para ocho puestos misioneros. Así están las cosas.

La situación económica no es menos triste. Necesitamos del orden de 360.000 dólares al año para “sobrevivir”, es decir, para afrontar los gastos mínimos indispensables: alimentación y salud de los misioneros (unos 82,000 USD anuales), electricidad, agua y mantenimiento básico de los puestos (137,000 USD), pago a los trabajadores, actividades pastorales, formación de agentes, etc. Propaganda Fidei nos da como subsidio ordinario anual unos 30.000 dólares, es decir, menos del 10% de lo preciso. Les agradecemos pero evidentemente no nos alcanza.

Como no existe la financiación estable que debería haber, tenemos que estar pidiendo y pidiendo, molestando a obispos por aquí y por allá; y desde varias diócesis nos han apoyado, pero por supuesto no es suficiente. Vivimos permanentemente al borde del alambre, siempre a punto de tener que echar el cierre por quiebra técnica. Desazona, desanima y desgasta mucho.

Por lo tanto, en esta celebración del DOMUND me gustaría hacer un llamamiento a Roma para que por favor resuelva esta situación completamente anómala y designe una fuente sólida y eficaz de recursos humanos y económicos. En este sentido, sé que los obispos del Perú están conversando acerca de cómo poder auxiliar a los vicariatos de la selva articulando la solidaridad entre circunscripciones dentro de nuestro mismo país, y sería algo excelente.

No es bonito tratar este asunto, pero esta es nuestra realidad hoy día. La Amazonía es un tema recurrente en todo tipo de foros, se habla mucho de ella, “pulmón del mundo”, “campo de pruebas para la Iglesia”, y bla bla, pero ¿quién está dispuesto a venirse a vivir acá, a compartir las causas de estos pueblos? ¿Quién se comprometerá con estas iglesias nacientes, todavía pequeñas y débiles? ¿Quién amará la misión hasta el punto de compartir algo de lo poco que haya?¿Quién quiere separarse de los suyos, soportar este clima, hacerse insignificante, renunciar a las comodidades, trabajar a full y ganar nomás las sonrisas de estas gentes?

sábado, 10 de octubre de 2020

POR FIN, LA MISA DEL DOMINGO


A mediados de septiembre el Vicariato permitió la reapertura de las iglesias para la Eucaristía, por supuesto con todas las cautelas, restricciones de aforo, distancias y protocolos de seguridad establecidos. En Indiana las autoridades habíamos acordado que solo habría cultos de las diferentes religiones una vez por semana, de modo que seis meses después llegó el momento de la misa dominical. Qué alivio y qué nervios.

Un buen rato antes de los toques (en Indiana, el templo es la catedral del Vicariato, y tenemos hasta campana), me encontré a mí mismo de acá para allá, registrando el misal como un gato juega con su cola, masticando una mezcla de ansiedad, euforia y curiosidad. Era mi presentación a la comunidad, la primera vez que presidía la Eucaristía del domingo en mi nueva parroquia, y por tanto era “nuevo” a pesar de todo lo que hemos vivido desde que llegué acá hace medio año.

¿Cómo es posible, con las horas de vuelo que uno ya va acumulando, que sintiera ese gusanillo más propio de debutantes? Creo que lo que asomaba era el deseo, o más bien la necesidad apremiante de reencontrarme como pastor, de verme en medio de mi gente, de conocer a quienes he prometido cuidar y servir, aunque no hubiera ceremonias de “toma de posesión” ni vainas por el estilo.

Y llegaron, vaya que sí. Quizás empujados por un afán gemelo al mío, cuánto tiempo sin poder gustar la compañía en la fe de los otros, sin poder expresar como una comunidad el cariño al Señor. En la entrada se tomaba la temperatura y se ofrecía alcohol para las manos; luego, un acomodador iba ubicando a las personas. Curiosamente, como las familias suelen siempre sentarse juntas, el resultado visual de la asamblea no fue muy diferente a épocas sin virus… salvo por los tapabocas, claro.

Inevitablemente salió pedir ayuda a Dios, agarrarnos juntos a Él en medio de esta triste pandemia. También recordar a los que se marcharon tan rápido que no cupieron las adecuadas despedidas. Pero definitivamente campeaba la emoción de recobrar algo nuestro, una rutina que nos ayuda con simplicidad a ir viviendo el seguimiento de Jesús, un signo de identidad de los católicos, un momento de encuentro con vecinos, parientes y amigos.

Como en un flash-back, regresé a mis queridos pueblos de Extremadura, a esa experiencia de juntarnos la comunidad parroquial cada domingo, casi siempre las mismas personas. En el frío invierno de Santa Ana con las estufas o en el verano de Valencia cuando el campo amarillea para la siega, ahí, una y otra vez, cuajando una hermosa familiaridad. Poder llamar a cada persona por su nombre, ser parte de sus vidas, gozar de confianza, sentir el corazón amigablemente abrigado.

También en Indiana a todos fui saludando cuando ya estaban sentados esperando el inicio de la celebración. Bromeando, preguntando cómo te llamas, tratando de arrancar una sonrisa bajo la mascarilla. Y caramba, qué feo es presidir la misa con esa cosa. La capacidad gestual de tu rostro queda mermada, a trompicones te haces escuchar y entender, y peor con mi español de España que la gente a duras penas comprende…

Queda establecer y potenciar el contacto visual durante la homilía, utilizar el cuerpo, los brazos, las inflexiones de la voz. Los asentimientos de cabeza me valían como feed-back, parece que les llegaba la versión amazónica del cuento de los trabajadores en la viña-chacra de yucas. En la comunión, sin que pueda haber canto y todos en la mano (ventajas de la pandemia), algunos recibían y recién se daban cuenta de que con la emoción no se habían levantado el tapabocas, y ahora ¿qué?

Llevamos tres domingos, mañana el cuarto. Disfrutando de la sensación de ser cura de pueblo, en mi piel, coincidiendo conmigo mismo. Y dejando que tome posesión de mí esta gente sencilla y selvática, aprendiendo a quererlos y procurando hacerme querer.

domingo, 4 de octubre de 2020

DE GESTIONES EN LIMA

Sin pensarlo mucho, casi de un día para otro, nos hemos encajado en Lima. “Y pa k?”, diría alguno de mis sobrinos por whatsapp. Pues para trámites, encuentros, contactos y reuniones en torno a la microred de salud del Napo. Y ya de paso se procuran algunas otras conversaciones y visitas, ver a los amigos aunque sea en la pantalla, aterradores arreglos de dientes y pasear, que tampoco viene mal.

Pasear es obligatorio en domingo, día en que está prohibido el tránsito rodado. Lima parecería una ciudad fantasma si no fuera por los ciclistas que han colonizado la avenida Salaverry. Por ahí caminamos Glafira y yo mientras nos vamos contando las aventuras y desventuras de estos meses de pandemia, 32 cuadras de verbalizar traumas e impactos. Todo el mundo archiva su historia con el virus como una experiencia inédita imposible de olvidar. La caída de la tarde nos sorprende sentados frente al Pacífico.

Escribo como si la pandemia estuviera remitiendo, pero la ministra de salud nos dijo bien claro en su oficina, tras sus lentes y mascarilla y rodeada de asesores, que se están preparando para una segunda ola en noviembre o diciembre. La entrevista con la doctora Mazzetti era el auténtico propósito de nuestro viaje, y de pronto cambié el río, el barro, las sandalias y la pobreza por la elegancia, los cuadros antiguos, la tirilla clerical y el olor a recién pintado. Nos recibieron con puntualidad y cordialidad, pero nos gustó más comprobar que habían leído el documento que enviamos y estaban preparados para la reunión.

Monseñor Javier, Anna y yo nos expresamos con libertad, claridad y calma. Nos escucharon bastante rato. Luego comentaron, matizaron, ilustraron. Nos prometieron que harán lo posible por ayudarnos a continuar nuestro servicio de salud en el río Napo. Se quedaron a cuadros cuando les explicamos que no hay presupuesto para tener un médico estable en Santa Clotilde, que estamos ahora mejor de personal a causa de (o gracias a) la emergencia y sus contratos por dos meses. Manifestaron estar abiertos a firmar un convenio con el Vicariato. Y nos invitaron a un café que trajo un asistente mientras conversábamos.

Las anotaciones en la agenda de mi estancia se fueron estibando. Un salto a La Molina para agradecer a las Camilas su apoyo, que está siendo fundamental en la lucha contra el coronavirus. Encuentros de trabajo con Eduardo Salas, con la asesora legal de la Conferencia Episcopal, con socios de EsSalud y con Henry Vásquez, aunque este último fue derivando a un desahogo verbal en torno unas Cuzqueñas. Saludar a un par de amigos, a unos desde la puerta de la casa y a otros por videollamada (el asunto es serio y conviene no frivolizar). También virtual fue la reunión con gente del Ministerio de Cultura, y bien fructífera por cierto. Una fugaz pasada por el Rimac para ver a los padres Louis y Jaime; un ceviche con Bea, la comunicadora del CAAAP; una oración-entrevista-testimonio por facebook para el colegio Reina del Mundo;  un café con Humberto Ortiz y una visita e interesantísima conversación con el arzobispo de Lima, Monseñor Carlos Castillo.

Entreveradas con tamaña vida social se incrustaban dolorosamente las citas con mi dentista, verdadera razón por la cual no regresé a Iquitos al día siguiente de la audiencia en el ministerio. No quedaba de otra, porque llevaba desde Semana Santa con una muela rota, masticando en el vacío. La doctora María es muy habilidosa, profesional y delicada, pero eso no evitó que me sintiera aterrorizado, sudara a chorros y terminara casi con una contractura en el cuello por la tremenda tensión. Una corona y cuatro curaciones (en España empastes) después, estoy a salvo para una larga temporada, espero.

El destrozo en la economía nacional es evidente. Lima está como alicaída, gris y desmejorada. Con más gente apostada en las veredas mendigando. Las oficinas vacías, muchos locales cerrados y la ausencia de los niños en parques y espacios libres. En la noche, cuando el tránsito remite en San Felipe, llegan personas que se paran frente a los bloques y gritan pidiendo algo: una frazada vieja, un poco de comida, un sencillo. Las súplicas me golpean, me intimidan. La miseria y la desgracia nunca son virtuales, duelen y amargan.