sábado, 29 de abril de 2023

ESCLAVITUD JUVENIL EN IQUITOS A PLENA LUZ DEL DÍA

 
Me cuentan que no van a poder venir a la reunión del grupo porque “estamos trabajando”. “¿¿¿¿En domingo???? ¿En qué cosa?” – pregunto. En una tienda de bisutería y plásticos situada, como otras muchas, en la calle 9 de Diciembre, en pleno corazón comercial de la ciudad de Iquitos. No voy a poner el nombre, pero ojalá con gritos como este en redes sociales, los dueños de establecimientos de esta calaña se lo piensen mejor antes de seguir explotando a gente joven.

Son chicos y chicas en situación de gran vulnerabilidad, muchos llegados del mundo rural (como es el caso de estas dos huambras) con 17 o 18 años, para estudiar o simplemente para rastrear un futuro laboral en la urbe. Una de estas jóvenes tiene un bebé que cuida su mamá en la chacra, y la otra va a un instituto tecnológico donde cursa administración. La primera está desesperada por encontrar lo que sea para su hijo, que ya asiste al jardín, y la segunda obligada a trabajar para poder costearse sus estudios, con todos los gastos aparejados, porque su mamá viuda no puede enviarle casi nada.

De modo que llegan a este negocio, donde los dueños les prometen pagarles 23 soles diarios durante 15 días (345 soles, unos 90 €), en una jornada de 12 horas (de 8 de la mañana a 8 de la noche), con pausa para almorzar. Por supuesto, no firman ningún contrato; no pueden moverse de allí, no les dan nada -ni agua siquiera- y no les permiten tener prendido el celular. Si hacemos cuentas y descontamos lo que les cuesta el desplazamiento y la comida, que deben comprar en la calle, ganan 13 soles (unos 3,5 €) al día o menos.

Por si fuera poco, hay un implacable sistema de descuentos: si alguien rompe un artículo, o hace algo mal, o tarde, o no cumple con los encargos que dan los jefes (a veces de hasta 5 cosas a la vez en un tiempo determinado), le van recortando (15 soles, 20 soles…) de su sueldo final. Los jóvenes viven bajo esa presión, en un ambiente cruel de forzoso silencio y sonrisas postizas para tratar de vender más y acceder a quiméricos aumentos.

“¿Qué haces ahí, hija? Vete y no regreses”- le espeté furioso por teléfono a las 10 de la noche, cuando recién había llegado a su cuarto después del “trabajo”. Aunque sabía la respuesta: necesita el dinero para sobrevivir. Para pagar su alquiler, su alimentación, su movilidad, sus útiles, su conexión a internet… De eso se aprovechan esos desalmados, de la fragilidad, la indefensión y la ignorancia de los muchachos.

“El martes termino mi quincena, me pagan y me voy, te lo prometo padre”. Pero claro, lo han adivinado, no les pagaron. El jefe les reclamó, en el colmo del cinismo, que ellas no le habían recordado de que era día de cobro, las tuvo hasta las 11 de la noche y les aseguró que “mañana”. Pero al día siguiente le dio a una 20 soles, y a la otra, nada. “¿Qué hago?”. “No regreses, por favor” – le supliqué; “no puedes ir a clase, no puedes estudiar, te agotas, comes mal, pierdes un montón de tiempo y no sacas nada”. Dice que la señora todavía las llamó riñéndolas porque no se habían presentado, hace falta ser sinvergüenza.

La Organización Internacional del Trabajo, en 2006, ofreció 11 indicadores de trabajo forzoso y explotación laboral, para ayudar a identificar este delito en actividades como la economía ilegal del oro, la trata de personas o el narcotráfico, pero también en los empleos domésticos y comerciales. Los enumero y subrayo aquellos que se dan en esta historia: engaños, abuso de vulnerabilidad, servidumbre por deuda, condiciones abusivas de trabajo y vida, horas extras excesivas, adicción a drogas, restricción de movimiento, aislamiento, violencia física y sexual, intimidación y amenazas, retención de documentos de identidad, retención de salario.

De los 11, 8 indicadores se verifican acá. Increíble y devastador que, en el mero centro de Iquitos, en 2023 y a la vista de todo el mundo se produzcan abusos de tal magnitud, situaciones de verdadera esclavitud de jóvenes, explotación con todas las letras por parte de delincuentes despiadados con RUC, que se anuncian plácidamente en rótulos y campean sin rebozo en la más natural impunidad.

Además de indignarnos y escribir este artículo, ¿qué más podríamos hacer?

sábado, 22 de abril de 2023

EN GALLITO


Sólo se tarda una hora en llegar, depende de si el ponguero va con uno o dos motores y de si está más o menos próximo a la chatarra. Otros días me he bajado en la bodega de Papá Piraña, pero esta vez les he dicho que me dejen en el puerto de la iglesia católica, y desde ahí he caminado nomás dos cuadras, rodeado de belleza de palmeras de aguaje, hasta la capilla.

La celebración de esta comunidad, que pertenece al puesto de Aucayo, es a las 9, y me gusta acercarme a celebrar la Eucaristía algún raro domingo que me agarra en Iquitos y no viajando por esos mundos. Al pasar saludo a un grupo de evangélicos que, casi en frente de nosotros, preparan almuerzo en su local… “la competencia”, que no tardará en hacerse notar.

Esta capilla, pizpireta y de material noble, fue construida con ayuda de las ursulinas y los franciscanos que trabajaban en Aucayo hace veinte años. Está el Santísimo, que los agentes de pastoral van renovando, para que cada domingo se reciba la comunión; don William, doña Zoila, doña Betty y doña Robertina, ya experimentados, son el alma de esta comunidad, organizan y ayudan a participar en la Eucaristía de hoy: reparten las lecturas, inician las peticiones espontáneas, eligen las canciones...

William acompaña con su guitarra acústica conectada a un parlante que guarda en su casa “porque acá lo robarían, padre”. Es un estilo de tocar que podríamos llamar “divergente”, pero todos se unen con las palmas, muy animados. Dentro del sagrario, junto al copón, hay un cáliz y una patena también de madera que atestiguan que acá la misa no es una rareza. De hecho, hay tres cuartos de entrada y noto que la asamblea sabe las respuestas y las oraciones.

Al poco de comenzar, cuando apenas estamos en la parte del perdón, los vecinos evangélicos arrancan su megafonía y empiezan a jarrear duro música y arengas. Me pregunto si no podrían llegar a un ecuménico acuerdo para que cada cual tenga su hora y no se interrumpan unos a otros, pero por lo visto no hay manera. En la doctrina de muchos grupos similares suele haber un ingrediente anticatólico, aunque estos no parecen de los más recalcitrantes, y de hecho a la hora de la homilía el ruido baja ostensiblemente (qué alivio).

Toca la samaritana. “- Cuando estamos chambeando duro en la chacra bajo el sol de las nueve de la mañana, ¿sentimos sed? – Síiiii. – Tomamos refresco o masato y ¿ya se calma la sed? – Síiiii. – Pero ¿volvemos a tener sed de nuevo? – Claro. - Jesús le dice a la mujer que hay un agua que apaga para siempre una sed más profunda: la de ser felices, la de vivir en armonía con todo, la de amor verdadero y eterno. Y esa agua es Él”.

Y así, en su simple y tranquilo ritual, va transcurriendo la misa del domingo. No es nada extraordinario, ninguna aventura misionera increíble o portentosa, pero a mí me llena porque sencillamente me hace sentirme cura. Normalmente paso gran parte de mi tiempo entre informes, reuniones y POAs, y muchas horas en botes y avionetas. Extraño ese dulce vínculo con un grupo humano al que servir, del que aprender, con quien caminar.

Tras la bendición y el canto final, “vamos a conversar”. Recordamos que Coro y Fede (ver acá) enviaron un dinero para apoyar a la reparación el tejado de la capilla, y en un pis pas esta gente programa hacer una parrillada para completar lo que falta. Por cierto, si alguien que lea esto quiere colaborar, que me avise.

Nos despedimos deseando un feliz domingo, día del Señor. William me lleva a su casa, junto al Amazonas. Su esposa ha dejado listos dos platos de mazamorra de gamitana antes de irse a sus quehaceres. Conversamos con sosiego, me cuenta los tiempos de su formación en Indiana, evoca a los misioneros de antes. No hay señal, nadie me puede ubicar, el tiempo pasa lentamente y lo disfruto.

La Eucaristía en Gallito suaviza de algún modo la nostalgia que siento de esa amable rutina de los domingos como párroco de pueblo. Ellos me agradecen la visita, pero no se imaginan cuánto me ayudan.

viernes, 14 de abril de 2023

“AMA, CUIDA Y PROTEGE LA VIDA”: PASCUA FRENTE A LOS ABUSOS


La cruz ingresó cargada por adolescentes del internado, llegados de todo el Putumayo para poder estudiar; chicas y chicos muy pobres, indígenas bastantes de ellos, vulnerables. La habían decorado con dibujos que mostraban el horror que acometimos, como hilo conductor, durante toda la Semana Santa: la injusticia y la muerte en los abusos sexuales a los menores.

Cantábamos “Cristo te necesita para amar”, hasta que esa gran cruz llegó al presbiterio, donde las manos de los jóvenes la mantenían parada. Fueron saliendo chicas; una señalaba una de las ilustraciones mientras otra hacía una petición breve y rotunda: “por las niñas y niños que son abusados”, “por las mujeres maltratadas” … después de cada oración, resonaban en la iglesia repleta fuertes martillazos: clavos enormes hienden la madera, quebrantan los huesos de Jesús, crujen las almas de los ultrajados.

Se unieron otras voces adultas desde su sitio: “por las autoridades que no hacen nada” … “por todos nosotros, indiferentes a ese sufrimiento” … Y cada vez, los golpes, crueles y solemnes, sobre el silencio incómodo y aplastante, trasunto del mutismo que a menudo nos infecta cuando conocemos situaciones de abuso, cuyo escenario más frecuente es la propia familia del menor.

“¿Con qué personaje de la Pasión podemos identificarnos cada uno de nosotros?” – pregunté en esta homilía de Viernes Santo. Un relato que fue proclamado por voces femeninas y juveniles, y que vuelve a ocurrir hoy; una historia de la que todos formamos parte… ¿Tal vez como Judas, traicionando con ese machismo enquistado? ¿O como Pedro, que niega la evidencia? O formando parte de una turba ciega y manipulada. O peor, lavándonos las manos, “eso no es asunto mío, que lo resuelva la policía” …

En el frontis del altar, esta frase: “Ama, cuida y protege la vida”. Necesitamos desencadenar un cambio cultural para erradicar esta atrocidad, que fue desgraciadamente naturalizada y recubierta con escombros del viejo patriarcado. Lo primero es afrontarla, mirar la cruz sin miedo, con decisión. Basta ya de eufemismos y de disimulos cobardes. El madero de la tortura está elevado y no admite paliativos.

Los seguidores de Jesús se fueron acercando a la cruz para venerarla. Todos la tocaron. Unos se arrodillaban; otros besaban las heridas santas de nuestros niños y niñas; otros abrazaban esas laceraciones interiores de tantas vidas infantiles destrozadas; muchos lloraban, impactados por la ferocidad con que el egoísmo humano sigue matando a Jesús hoy. Desde donde estaba sentado, yo podía ver y dejarme impactar por lo que cada persona desprendía.


Adorar, inclinarse, servir. Acariciar y lavar con reverencia los pies manchados de sangre inocente. Armados con la ternura, “el camino elegido por los hombres y mujeres más fuertes y valientes” (FT 94) para atrevernos a compartir ese dolor sin nombre, como Iglesia que se acerca, que escucha, que vuelve real el amor del Cordero sacrificado, del Siervo humilde.

Pero también hay que levantar la voz. Gritar que en la cruz de Jesús están clavados muchos niños, niñas, adolescentes, mujeres; maltratados, violados, denigrados. Hay que incluir esta realidad en los programas de formación de agentes pastorales, en las capacitaciones de profesores, papás y mamás, en reuniones parroquiales, en las visitas a las comunidades… Es urgente denunciar, ponerse de pie, alzar la mano con la vela prendida, sin dudar, sin fisuras, juntos.

Hemos servido el pan consagrado el Jueves, como prescribe la liturgia. Era una única gran torta de pan ácimo que partimos y compartimos, cuyos pedazos, un día después, estaban más duros; un pan difícil de tragar. Duele comulgar con el Cristo roto, absolutamente destruido en tantos pequeños indefensos. Es difícil seguir a Jesús encarnado en esta humanidad fracasada, que sin embargo Él contempló siempre preñada de esperanza. Cuesta entender, pero hay que comprometerse. Feliz Pascua.

sábado, 8 de abril de 2023

POR FIN, EL PLAN PASTORAL


Hemos demorado ¡tres años! Pero ya lo tenemos. Ha habido por medio una pandemia, inmensos territorios con deficiente conectividad, misioneros de diez nacionalidades distintas, disparidad de criterios, formación y mentalidades, pero acá está. Nos sentimos orgullosos y aliviados, pero también responsabilizados, porque ahora toca dirigir la proa hacia los horizontes identificados y compartidos.

A mediados de marzo 2020 tenía fecha de inicio un proceso sinodal de discernimiento y decisión, como definimos el Plan, que no es por supuesto un papel, sino una experiencia de convergencia a la luz del Sínodo de la Amazonía y de los sueños del Papa Francisco. De hecho, “Querida Amazonía” solo tenía un mes de vida aquel domingo en el que estaba previsto el comienzo de la Asamblea Vicarial (donde todo debía arrancar), que hubo de suspenderse de inmediato porque el presidente de Perú decretó la cuarentena obligatoria.

Eso no nos detuvo. Apenas se levantaron las primeras restricciones, en los puestos de misión comenzamos a trabajar cuestionarios para ir construyendo colectivamente el análisis FODA. Laicos, agentes pastorales y misioneros aportamos a la tarea de dibujar la situación social, económica, política, ambiental, religiosa del vicariato con el mayor realismo y rigor posibles. Más tarde, esos datos validados y organizados conformarán el Marco situacional del Plan pastoral.

Tampoco fue posible celebrar la Asamblea en 2021, pero la navegación continuó reflexionando y discerniendo acerca de los elementos que debían integrar el Propósito; y así, en la Asamblea 2022 -con el virus remitiendo- quedaron definidos:

Nuestra MISIÓN
(lo que somos y lo que hacemos, el camino que seguimos)
Somos discípulos misioneros de Jesucristo, atentos a los signos de los tiempos, conformando una Iglesia sinodal en salida, fortaleciendo la fe y velando por la dignidad, la riqueza multicultural y los derechos de los pueblos indígenas y ribereños, preferentemente de los más vulnerables; compartiendo su vida y acompañándolos con una pastoral de conjunto y profética, buscando hacer presente el Reino de Dios.

Nuestra VISIÓN
(a dónde queremos llegar y qué queremos lograr como Iglesia amazónica)
Soñamos ser una Iglesia con rostro amazónico, inculturada e intercultural, impulsada por el Espíritu de Jesucristo en la defensa de la vida, la tierra y la cultura, con las personas y los medios necesarios para testimoniarle.

El estudio de los documentos, el debate, la escucha mutua y el diálogo descubriendo los puntos más relevantes y significativos para nosotros hoy, condujo a la composición del Marco doctrinal, en agosto 2022. Por último, el mes pasado, hemos elaborado los Objetivos estratégicos adonde apuntaremos durante los próximos cinco años:

Dimensión I: Comunión
Objetivo 1: Fortalecer la fraternidad y el trabajo en equipo a nivel vicarial en los puestos de misión y sus comunidades como expresión de sinodalidad y camino de comunión y eficacia pastoral.
Objetivo 2: Caminar hacia la sostenibilidad económica del Vicariato mediante la progresiva concientización de las comunidades cristianas y asegurando fuentes estables de financiación.

Dimensión II: Anuncio
Objetivo 3: Impulsar a nuevos agentes pastorales y fortalecer a los presentes en equipos de comunidad cristiana.
Objetivo 4: Potenciar una Pastoral Juvenil organizada que impulse el protagonismo y compromiso de los jóvenes.

Dimensión IV: Servicio
Objetivo 5: Promover e impulsar en espíritu de corresponsabilidad el “buen vivir”, la dignidad y los derechos de los pueblos, y el cuidado de la casa común, con atención específica a una pastoral indígena.

Dimensión III: Liturgia
Objetivo 6: Celebrar una liturgia inculturada respetando la esencia de los pueblos amazónicos, para reconocer su riqueza espiritual, caminando en comunión hacia/desde ritos Amazónicos.

El resultado es excelente, el itinerario ha sido apasionante, y hoy empieza de verdad el reto de cambiar paradigmas, de ensayar, de arriesgarnos, de dar decididos golpes de remo que nos saquen de la zona de confort… de ir plasmando una Iglesia con rostro y shungo (corazón) amazónicos. Me siento ilusionado, entusiasmado, agradecido y colmado de expectativa y energía.

sábado, 1 de abril de 2023

BIENVENIDO IEME A NUESTRO VICARIATO


Queridos compañeros sacerdotes del Instituto Español de Misiones Extranjeras: esta entrada tiene la descarada intención de influir en su importante elección acerca del lugar de la Amazonía donde van a iniciar una nueva brecha misionera. A los miembros de la Dirección General y a los directamente implicados les digo sin ambages ni rubor: ¡escojan San José del Amazonas y no se arrepentirán!

Podría escribir cosas más “espiritualmente correctas” como: “ojalá hagan un buen discernimiento”, “sopesen las alternativas basados en buenos informes”, “tómense su tiempo”, “vean los pros y contras y lo que Dios quiera”… y otros adagios similares aparentando una supuesta neutralidad, pero no voy a caer en esa impostura porque ya somos grandes, nos conocemos bastante y para mí está claro: su sitio está en el Putumayo peruano.

¿Y cómo así tengo esa seguridad? Porque el estilo del IEME está en las raíces de mi identidad como misionero presbítero diocesano desde hace veinte años. Varias veces participé en las convivencias de animación que organizaba el EFAM, me empapé de su espiritualidad y de las intuiciones centrales de la organización: trabajo en equipo, inculturación, respeto por los procesos de las iglesias locales, apuesta por los laicos, cuidado del carácter secular, conexión con las diócesis de origen.

Todo ello está en las líneas inspiradoras de mi proyecto de vida. Y ahora Diosito regala al Vicariato San José la posibilidad de que un equipo IEME se una a nuestro proyecto… ¡es una bendición! Necesitamos misioneros capaces de descalzarse con humildad, suspender sus programaciones previas, sumergirse en estas culturas y amar con ternura esta tierra y sus pobladores. Ustedes son perfectamente capaces, y lo han demostrado en los días que han compartido con nosotros en Estrecho.

Han soportado calor asfixiante, ataques de moscas y zancudos, un internet chueco; han ido con los niños a ver el caballo y el toro, han comprobado la precariedad de los medios sanitarios, se han ganado a los alumnos del colegio en un rato; han escuchado atentamente al Consejo de Pastoral haciendo preguntas certeras, han navegado a Marandúa y a Horizonte, donde se dejaron impactar por la pobreza general, la debilidad de esta iglesia y la acogida de la gente, que les invitó a masato.


Los chicos del internado me masacran con una única pregunta: “¿cuándo van a regresar los padres para quedarse?”
. No van a olvidar que ustedes han caminado con ellos hasta la quebrada para bañarse, incluso Juancito ha bailado cumbias en la orilla rodeado de una nube de adolescentes. Ángel ha dado premios, Carmelo ha hablado bonito en la homilía, ambos han ido a visitar a los enfermos; y Pablo ha confesado y en dos días ya tiene amigos acá, qué facilidad. Todos recibieron como regalo un sombrero de chambira que se colocaron al toque, y en las fotos finales de la misa no se sabía quiénes estaban más orgullosos, si los padres o la comunidad que les aplaudía a rabiar.

Este puesto de misión lleva veinte años sin la presencia estable de un sacerdote. El responsable es Félix, un laico de etnia murui. No cualquiera está capacitado para entender el camino y la originalidad de la comunidad cristiana de acá; como decía Ángel en la reunión, la iglesia es laical, y un buen trecho de la navegación hacia la sinodalidad ya fue recorrido. Tal vez más por necesidad que por convencimiento, y por supuesto con todas las limitaciones, pero la realidad es que en este rincón fronterizo hemos avanzado, esta gente lo ha hecho a su manera, pero lo ha hecho. Y eso lo han de saber leer los que llegan, para impulsar, para acompañar, para reforzar, pero nunca para truncar con el sutil pero destructivo virus del clericalismo.

Ustedes son los indicados, todo el mundo lo ha visto. Por favor, vengan a quedarse junto a nuestro pueblo lindo, ellos les necesitan y les merecen. Les garantizo que los afortunados que acá aterricen se sentirán felices y plenamente realizados como misioneros. Aprenderán, disfrutarán y servirán, atendiendo al llamado del Papa a soltar amarras y adentrarse en la Amazonía con el corazón abierto de par en par.

He de confesarles que, sin darse cuenta, han tomado agua del Putumayo; así lo habíamos urdido con María la cocinera, y ya es irremediable. Todo el IEME está seguramente enamorado. Ustedes son para nosotros, para el Vicariato San José del Amazonas. Gracias por su generosidad. ¡Les esperamos!