jueves, 29 de septiembre de 2022

KAIRÓS DE AMISTAD


Resulta que casi lo mejor de las vacaciones ha sido el final, estos últimos días en Lima, quién lo dijera. Era necesario emplearlos en cuidados médicos, pero ahora veo que más bien se trataba de tratamientos de cariño, de ponerme simplemente en manos de amigos.

Henry Vásquez y Mayte Galarreta son una pareja de Iglesia y un matrimonio feliz. Domi me los presentó un día, antes de la pandemia, en una cebichería, para conversar acerca de cómo podríamos poner en marcha en el Vicariato un proceso de discernimiento, de reflexión y de interpretación práctica del Sínodo de la Amazonía: el plan pastoral.

Ellos son, junto con Bruno Príncipe, los fundadores de Kairós, una empresa de apenas cinco años de vida que se dedica a acompañar y asesorar a diócesis, congregaciones y colegios en diferentes rubros: planificación, reajustes internos, calidad, construcciones, asuntos judiciales… Una aventura profesional seguramente inédita (¿habrá alguien en el mundo mundial que se ocupe de todo eso?) que arranca de la creatividad y formación de los protagonistas, y solo puede sostenerse sobre una fe fuerte y un profundo amor a la Iglesia.

Aquello que surgió como el primer contrato de Messi, sobre una servilleta de papel, se fue fraguando en medio de la niebla de la cuarentena. Kairós proporcionó una primera encuesta dirigida a los puestos de misión, que se trabajó con diligencia, cuyos resultados Kairós sistematizó y nos devolvió para que los misioneros hiciésemos un análisis de consistencia, y posteriormente consolidó en un insumo esencial: el diagnóstico FODA. De ahí pasamos, ya de manera presencial, a meternos en el propósito (misión y visión), los marcos situacional y doctrinal, y en la metodología del POA.

Mayte y Henry han venido a la asamblea vicarial como facilitadores de este camino de soñar juntos y converger que es el plan pastoral. Su presencia ha supuesto gran impacto por su delicadeza, su pericia y su buen humor; ellos rezuman cariño hacia el Vicariato y la misión. De hecho, San José del Amazonas es escenario de noviazgo, cuando Henry era uno de nuestros misioneros. Todos les tenemos devoción y no hay cómo agradecerles lo que hacen por este trozo de Amazonía peruana.
Pero esta entrada va sobre los amigos, porque con esta pareja mi relación ha evolucionado de la simpatía a la conexión y a la amistad. Me di cuenta una noche en Indiana, en el encuentro de agosto, cuando, en un momento en que me sentía muy cargado, he podido compartirles sin tapujos y con total libertad, y ellos me han escuchado y aconsejado con prudencia. Lo he comprobado aún más el otro día en que me han abierto las puertas de su casa, he conocido a sus hijos, a la mamá de Henry y a su socio Bruno, que es como su hermano.

Había parrillada, hemos despachado algunitas botellas de vino, hemos reído, nos hemos confesado... Entre copa y copa recordaba una hermosa frase de Teilhard: “Me recibo más que me hago a mí mismo”. Realmente nos encontramos a nosotros mismos en las pupilas de quienes nos quieren. Vamos siendo plasmados, durante toda nuestra vida, por el afecto abierto y sólido; por esa ruta intuimos seguridad y saboreamos felicidad.

Este 29 de septiembre hace ocho años que aterricé en Perú y me asombro de cuantísimo he recibido. He aprendido, he sufrido y he gozado, pero ante todo he sido agraciado con la bendición más luminosa: la amistad. Como siempre fue. Creo que ya cité esta frase final de la ancianita de la película “Tomates verdes fritos”, pero me gusta reproducirla de nuevo:

Tú me has hecho pensar en lo más importante que puede darnos la vida. ¿Sabes qué es… lo que creo que es? Amigos, buenos amigos.


PS 1: Lo de Kairós también es una publi, ¿eh? Las instituciones interesadas en sus servicios, que me avisen y yo les pongo en contacto.

PS 2: Kairós significa tiempo adecuado, momento propicio, oportunidad, tiempo de Dios.

sábado, 24 de septiembre de 2022

UNAS VACACIONES MUY DIFERENTES

 
De regreso en Lima y con algunos días antes de volar a la selva, considero el mes de vacaciones recién concluido, paladeo el regusto que ha dejado en mi sensibilidad y trato de intuir los posibles provechos en el futuro cercano.

Lo primero que aparece es que ha sido un tiempo breve. Tenía físicamente menos días que otros años, y sentí que serían para estar con mis papás. Era lo que necesitábamos mi familia en conjunto. Se encuentran bien pero su salud es frágil, de modo que he ejercido yo el papel de acompañante durante más de tres semanas, y ha sido hermoso: ellos multiplicando sus detalles para con su hijo llegado de la lejana selva… siendo cuidados sin darse cuenta; el hijo pensando que atiende a sus padres mayorcitos… sin percatarse de que son ellos los que le protegen, como siempre fue.

He salido poco, no hubo tiempo para ir de acá para allí como otros años, y por tanto hay muchas personas a las que no fue posible ver; les pido disculpas. Me gustaría haber visitado Santa Ana, Atalaya, Valverde, La Lapa, El Valle, incluso haber pasado por Calamonte. No he podido estar con la gente de Zafra y agradecer a las Clarisas su cariño y sus oraciones. Tenía anotados varios amigos (Paqui Corbacho, Luis Fernando Medina, Inma Cabezas, Miguel Ángel G. Vizuete…) pero no ha podido ser. Así son las cosas.

Sí que cupieron la cena anual en Mérida con mis promociones y la fiesta de la Virgen del Valle en Valencia del Ventoso, y además pude pasar un día de playa con Fernando Miranda y Antonio Hererra, salesianos muy queridos a los que hacía años que no veía. En este y en otros encuentros constato que la impresión del paso del tiempo es brutal… mirarnos una vez al año significa confirmar cómo las pasividades de disminución se van esculpiendo en nuestros cuerpos. Sentipienso que hay que pactar con esa dinámica imparable y descubrir su bondad.

Por otra parte, en un mes larguito siempre ocurren cosas que luego recuerdas. Esta vez no hubo volcán, pero han muerto Gorbachov, Isabel II y Javier Marías (con desiguales homenajes, desde luego…); Federer y Serena Williams se han retirado y España ha ganado el acostumbrado campeonato, este año el Eurobasket. Además, he revisitado Guadalupe y me he enganchado a Stranger things.

Como si fura Once, la niña protagonista de esa serie, me he extrañado durante estas semanas de la enorme cantidad de publicidad que hay en la tele. Entre anuncio y anuncio salían un montón de personajes para mí desconocidos, sobre todo políticos, que además me parecían todos más jóvenes que yo, y lo son, empezando por el presidente del gobierno. Y qué decir de la cantidad de perros que había en una de las playas de Isla Cristina; allí y en general, parece que hay más perros que niños.

También me topaba a cada momento con el verbo “topar”, con una molestia parecida a la del desaparecido Javier Marías, cuya columna dominical llevo años leyendo. De hecho, en junio pasado escribió: “Pedro Sánchez, que jamás ha puesto tope a los chantajes (basta del imbécil verbo “topar”), se avino a pagar uno más…” (coincidencia, sale el presidente chibolo). Topar según la RAE es “Tropezar o embarazarse en algo por algún obstáculo, dificultad o falta que se advierte”, ¿acaso no tenemos “limitar” o “acotar”?

Jeje. En fin, terminó el descanso del guerrero: curarse las heridas y recobrar fuerzas antes de seguir batallando. Heridas también internas, que afrontas tú con valentía y realismo, pero no puedes sanarlas solo. Únicamente junto a aquellos que amas se regenera tu corazón. Por eso es imprescindible, aunque sea corto como un pit-stop de la fórmula 1, volver a casa.

sábado, 17 de septiembre de 2022

STRANGER THINGS IN GUADALUPE

 
Son jóvenes, son peruanas y además son monjas de clausura. Y por todo ello ha sido una gozada acompañarlas a conocer el corazón de nuestra tierra extremeña, a los pies de la Virgen. Hacía años que no iba y me admiré en cada esquina, pero disfruté más todavía viendo sus caras y registrando sus sonrisas en mi álbum de felicidades.

Al poco de arrancar en la madrugada, asomó algún vómito. “No están acostumbradas” – pensé en su vida lenta, reglada y silenciosa… Pero Eli me pidió: “Pon la radio, Cadena 100”, y enseguida sonaron Sergio Dalma, Shakira y Estopa. Las religiosas son terrenales, pero son distintas. En los tiempos que corren, casi una rareza, y de hecho varias personas aquel día se hicieron fotos con la Virgen de Guadalupe… y con ellas.

No tengo noción de ninguna visita guiada anterior, y eso que la primera excursión al monasterio debió ser en tercero con 7 años. El caso es que las explicaciones me parecieron precisas, breves y enjundiosas. Armandina, Jeny, María Ana y Eli (me gusta llamarlas por sus nombres de familia, que se me quedan mejor) escuchaban fascinadas y asentían satisfechas, porque por supuesto ellas saben muy bien lo que es un libro coral, un tapiz de altar, un facistol, un refectorio o una dalmática.

De hecho, una vez que ingresamos en la basílica, estoy seguro de que los turistas las consideraron como parte del atractivo de ese lugar (sus hábitos podrían formar parte de los geniales cuadros de Zurbarán). Un franciscano inmediatamente se les acercó y se pusieron a conversar. Yo aproveché: “¿Podríamos ver el camarín, por favor?” (tráfico de influencias para los del gremio, jeje). Y corchete hervete. Fray Javier nos lo mostró con generosidad y maestría; resulta prodigioso que este sagrario de la “extremeñidad” esté protagonizado por la mujer. Las ocho mujeres fuertes me recordaron a ellas, las carmelitas descalzas de Fuente de Cantos, que también son ocho.

Pero la Virgen no estaba allí. Lleva en el altar mayor desde la pandemia, como signo de la cercanía materna de Dios, que jamás abandona a sus hijos, y menos en las peores horas. Las carmelitas se sentaron en el primer banco y yo me fui a la sacristía a prepararme para la concelebración. Antes, durante la visita, habíamos estado allí; pero ahora me quedé unos minutos completamente solo, en silencio, rodeado por esa serena hermosura. Qué momento. Qué privilegio.

Fray Guillermo, el guardián del monasterio, nombra a los peregrinos en algunos momentos de la Eucaristía, y mis hermanitas estaban radiantes. Cuando pidió alguien para leer la lectura yo les hice una seña animándolas, pero bah, una señora se les adelantó. Y así tomamos la mano que Nuestra Señora nos ofrecía, cada cual con sus batallas y sus cansancios. Al terminar la misa, photocall con las madrecitas.

Cruzamos la plaza y advierto cómo las miran. Para mucha gente, debe ser como en Stranger things, la serie a la que me he enganchado estas vacaciones, pero en lugar de ver fenómenos paranormales, ven santas. Nos vamos a almorzar: “¿Macarrones? No no, pide algo más especial”. Y comemos morcilla de Guadalupe, cochinillo, migas, solomillo, bacalao… Se divierten, reímos, comentamos anécdotas; no logran acabarse esos tremendos platos y piden tápers para llevarlos, que van a invitar a sus hermanas en la cena.

De regreso entramos en Mérida. Un paseo por la calle Santa Eulalia, observan asombradas las tiendas -“¡Qué vestidos!”-, sus ojos bien abiertos como si ahora ellas estuvieran en Stranger things. Tomamos un helado y cómo lo disfrutan. El puente romano, la alcazaba, el arco Trajano, la concatedral, el viejo convento de las concepcionistas, en pleno derribo, cerca de mi casa. Qué buen rato.

Han gozado, la han pasado chévere y me lo agradecen, pero yo he disfrutado igual o más con ellas, tratando de absorber su simplicidad, su mirada limpia, su alegría sin fisuras. Les pregunto: “¿Y cuándo van a salir de nuevo?”. Me contestan: “Cuando vengas tú”. Diosito: imponente responsabilidad y a la vez preciosa oportunidad. Ya estamos maquinando la siguiente.

Por cierto, cuando en la plegaria eucarística me tocó nombrar al obispo de Toledo, también me pareció algo digno de Stranger things.

sábado, 10 de septiembre de 2022

ORANDO ANTE LA TUMBA DE DON ANTONIO MONTERO

 
Cuántas veces habré pasado por la capilla del sagrario de la concatedral de Santa María de Mérida, mi parroquia de siempre, y ahora estoy frente a mi primer obispo. Y siento paz y agradecimiento. “Señor, en ti puse mi esperanza. No moriré para siempre”, reza su epitafio. Hermoso.

La última vez que lo vi fue en 2015, cuando volví a España después del primer año en el Perú. La narración (acá) de aquella visita en su casa de Sevilla expresa lo que pienso de don Antonio, y ahora, cuando miro la piedra debajo de la cual reposan sus restos, me emociono. Ha sido alguien con quien he tenido muy pocos encuentros personales pero que a la vez ha sido decisivo en mi vida.

Lo recuerdo en la Confirmación de mi hermana Berta, en la parroquia de San José. Nos acercamos al final de la Eucaristía, yo con 17 o 18 años. Mi mamá lo saludó besándole el anillo; se conocían de tiempo atrás, porque ella formaba parte del grupo de padres pionero en la reivindicación de hacer mixto el colegio salesiano (se logró al poco tiempo) y habían ido a ver al obispo varias veces.

Don Antonio recibía en Mérida, donde procuraba estar un par de días a la semana. La casa de mi amigo Antonio Amores, convertida en oficina del obispado desde los noventa, fue el escenario de mis escasas pero claves conversaciones con él. Tenía muy claro que debía estar presente en la sede histórica, y empujó mucho para la creación en 1994 de la nueva archidiócesis, que se llamaría Mérida-Badajoz. Creo que amaba Mérida y lo ha demostrado eligiéndola como última morada.

Ayudar a la parroquia de Calamonte supuso mi primer acercamiento a la archidiócesis, en 2003. Conversé con José Antonio Salguero, el vicario episcopal de Mérida entonces, y me contó que al párroco, don Oswaldo, ya mayorcito, le iban a operar, e iba a necesitar alguien para sustituirle durante su convalecencia. Así que fui a Calamonte, don Oswaldo me mostró las luces de la iglesia, me explicó las llaves, y se fue al hospital. Y durante la cirugía, murió. Don Antonio Montero fue a celebrar su entierro a Calamonte y, cuando acabó la misa, me llamó aparte, me puso la mano en el hombro y me dijo con suavidad: “Hijo, ya te encargas tú hasta final de curso”. Así de claro. Era febrero.

Al año siguiente me decidí a pedir mi incorporación ad experimentum como cura diocesano. El inspector salesiano, Juan Carlos, conocía a don Antonio de su etapa de obispo auxiliar de Sevilla, y el entendimiento entre ellos fue muy fácil. Don Antonio me escuchó con atención, no me hizo muchas preguntas, me animó y se mostró abierto a recibirme. “Vamos a esperar un par de meses, que en mayo hacemos los cambios. Te llamaré para decirte dónde irás a trabajar”.

Aproveché ese tiempito para hacer el camino de Santiago; solo un rato después de abrazar al santo, timbro a mi casa y mi mamá me dice que “José Antonio Salguero te ha llamado, dice que el obispo te quiere ver”. Regresé a Mérida de madrugada en autobús, me afeité con cuidado y recorrí las cinco cuadras de mi casa al despacho de Don Antonio con el corazón expectante: ¡mi primer destino! Jamás olvidaré aquel diálogo:

- Te voy a mandar de párroco a unos pueblos un poco tradicionales, pero de gente muy buena. Se trata de que los dinamices. ¿Qué te parece?
- Pero… es que no tengo mucha idea de ser párroco, don Antonio. ¿No sería mejor que usted me pusiera con otro compañero al principio, para que aprenda, y luego ya…?
(Pausa)
- ¿Cuántos años tienes?
- 34.
- Ya eres mayorcito. ¿Tienes coche?
- No.
- Pues cómprate uno.

Me lo dijo mirándome a los ojos y con una media sonrisa. No se le podía decir que no, como en Calamonte. Era grande y a su lado uno crecía. Lo que vino después es parte de mi historia y me parece una maravilla visto desde este instante. Gracias por confiar en mí, por valorarme sin conocerme y por facilitarme el regalo de ser cura de pueblo. Gracias para siempre, don Antonio.

sábado, 3 de septiembre de 2022

PASIVIDADES DE DISMINUCIÓN


Hace bastantes años que pasea por mis meninges esta expresión, arrostrando curiosidad y desazón en parecidas proporciones: algo que deseas conocer y a lo que a la vez no te quieres enfrentar. Quizá porque nombra lo inevitable, la inercia de aquello que nos es más propio: nuestra humanidad.

Así que en estas vacaciones he enfilado “El medio divino”, clásico del genio jesuita Teilhard de Chardin, para ir directamente a la fuente donde fue acuñada esta noción. Rescatando de paso el placer de leer, y de leer teología, que tengo un poco oxidado en la humedad de mi selva. Y descubro lo sugerente que es la categoría de pasividades, que constituyen la mitad de nuestra vida, complementaria a la de actividades.

Forman las pasividades todo aquello que nos sobreviene. Lo que nos acontece fuera de nuestro concurso, lo deseemos o no, lo que no podemos causar ni evitar ni manejar, eso que nunca tenemos bajo control y que por tanto escapa al campo de influencia de nuestras decisiones. Interesante y fieramente real. Teilhard hasta clasifica las pasividades en dos grupos*:

“Por un lado, están las fuerzas amigas y favorables, que sostienen nuestros esfuerzos y nos dirigen hacia el éxito: son las ‘pasividades de crecimiento’. Por otro, están las fuerzas enemigas, que interfieren penosamente con nuestras tendencias, lastran o desvían nuestra marcha hacia el ser-más, reducen nuestras capacidades reales o aparentes de desarrollo: son las ‘pasividades de disminución’” (p. 42).

Dentro de estas últimas, están por un lado las externas, que son los “obstáculos” (p. 46), accidentes, enfermedades sobrevenidas… Acá hemos de mencionar los fracasos, las situaciones en que no eres comprendido o eres rechazado, los reveses y bofetadas que te llevas sin merecerlas (que haberlas haylas). Pero las pasividades internas son las que más me interesan y más me hacen pensar: “disminución interior”, “procesos de desorganización” irreversibles. Teilhard distingue acá “depresiones, rebeliones, tiranías internas” (…) “que vienen del fondo de nosotros mismos a matar irresistiblemente la fuerza, la luz o el amor que nos hacen vivir” (p. 47), pero que “podemos evitar más o menos completamente”; o al menos mitigarlas, gestionarlas, neutralizarlas o minimizarlas.

Es cierto. Quien más y quien menos recuerda bajones, cansancios, episodios de melancolía, pérdidas de sentido, tristezas que te caen encima como una marea traicionera, sin motivo aparente o consciente. Cuántas veces te dices “estoy mal” y no sabes por qué, cuántos días no logramos poner nombre a lo que sentimos ni desciframos de dónde viene. Podemos llamar a un amigo, hacer terapia, desconectarnos, verbalizar, descansar; combatir o desarmar de alguna manera esas desolaciones para que no nos destruyan.

Pero Teilhard dice que “hay una alteración lenta y esencial a la que no podemos escapar: la edad, la vejez, que de instante en instante nos sustraen a nosotros mismos para empujarnos hacia el fin. Paso del tiempo que (…) nos arranca la alegría, que hace de todos nosotros unos condenados a muerte” (p. 47). La pasividad del transcurso del tiempo es inexorable y aterradora. Observo sus efectos en mi cuerpo, en su derrumbamiento progresivo, en mis limitaciones físicas y mentales, en todo lo que antes podía hacer y ahora ya no, incluso en la aparente caducidad de los ideales de la juventud. Intuyo su crueldad despiadada e implacable.

Las pasividades de disminución en el fondo son diversas manifestaciones del “mal” que es la muerte, la muerte que nos invade y que nos aniquilará, como “el resumen y la consumación de todas nuestras disminuciones” (p. 47). Wow… no muy alentador. Aunque la pasividad como experiencia y la disminución como metáfora me abren rendijas de esperanza. Más que hacer o hacer-se, recibir-se. Disminuir para ser vivido. Pactar con la minoración. Descubrir a Dios en lo recóndito de la oscuridad de la muerte. Hacerse amigo de ella y escuchar hoy, ya, la última palabra.

Tengo que reflexionar, sentipensar y profundizarlo más.

* Todas las citas están tomadas de DE CHARDIN, T., El medio divino, Trotta, Madrid 2021.