De pronto me encuentro en Caballo Cocha y me
doy cuenta de que llevo como mes y medio encadenando “eventos eclesiales”
varios (encuentro de los vicariatos, visita ad limina en Roma, asamblea
vicarial…), que operan como una especie de burbuja dentro de la vida,
con sus propios códigos, automatismos y pelaje. Así que salgo a la calle casi como
un astronauta.
O asombrado, como Eduardo Noriega en la película
Abre los ojos, pero no solo, desde luego que no: a mi lado veo a muchísimas
personas que integran la legión que cada mañana empuja el engranaje de la vida
cotidiana. Y es un gustazo colocarme mi gorra y sentirme nomás un miembro,
un mero componente más de esa gigantesca y común peripecia; como
cualquier otro.
Como he llegado acá antes que los misioneros,
en la casa no hay nadies. Después de limpiar un poco el cuarto, he de ir
a buscar almuerzo. Paseando veo “Rocoto”, pero me gusta más “Papaya”, un
restaurante a una cuadra, típico de acá, mesas y sillas de plástico, ventilador
lleno de mugre en el techo y música de Diego Torres. La mesera me anuncia los
platillos y, como la preparación demora, me trae sonriente un vaso de refresco
de camu-camu “de yapa, mientras espera, señor”.
Las telarañas de la casa de los curas (los
misioneros llevan dos meses fuera) me animan a comprar cosas para el desayuno
también. En una tiendita veo papayas. Hay un señor mayor sentado leyendo (¡!),
que se levanta para atenderme. Examinamos toditas las papayas de la caja
dialogando sobre lo maduras, picadas o buenazas que están, riendo de vez
en cuando. Me llevo dos a ocho soles.
Sí, ya sé que lo que estoy contando no es nada
del otro mundo. Pero hay que entender que la última época mi vida está armada
de tal manera que no me da tiempo a limpiar mi cuarto, y menos a hacer la
compra para preparar la comida, porque jamás cocino. Bueno, en las dos
semanas que pasé en Yanashi en Navidad, sí que pude dedicar mucho a la cocina,
sobre todo como pinche. Y vaya si lo disfruté.
Extraño esas pequeñas rutinas inevitables,
que me recuerdan que soy igual que todo el mundo, con las mismas necesidades y
urgencias, y que me huelen los pies como a cualquiera.
Lo tenía cuando estaba en España, en mis pueblos, donde era un vecino más.
Ahora, con este ajetreo de viajes y tareas, solo me queda el pequeño placer de
lograr lavar y secar mi ropa, y no planeo dejarlo. Más bien el otro día me
compré una tabla de la plancha. Por la calle no hay Administrador ni chorizos o
leches fritas.
Llamo a Andrés Cueva y le invito a ir a cenar
algo con Idahily y Cirela coordinadoras de la Pastoral Juvenil; ya lo hemos
hecho otras veces cuando vengo acá. A las chicas se les chisporroteó y
no aparecieron, de modo que estuvimos los dos solos. Andrés es un joven
adulto, persona con formación, muy buenas cualidades y la cabeza primorosamente
amueblada. Nos vamos al colombiano que está frente a la casa y pedimos unas
hamburguesas. En la foto ya las habíamos devorado.
Andrés quería que yo le contase cosas de mi
encuentro con el Papa, pero pronto me percaté que más bien él deseaba hablarme
a mí, así que intenté emular a León y escucharle con todos mis sentidos. Conversamos de muchos temas: sucedidos del pueblo, circunstancias de
la parroquia, proyectos personales suyos, el impacto que fue para él la
asamblea de la Iglesia amazónica de Lima, planes para el grupo de jóvenes este
año, experiencias en su trabajo en la municipalidad…
Y así fue transcurriendo la velada. Pedimos
unas papas para completar (que sí están en la foto), y al rato nos despedimos.
Pensaba yo que este chico es un excelente “producto” de nuestra Iglesia en lo
que nos haya tocado. Y qué lindo había sido platicar tranquilamente, sin mirar
el reloj y fuera de agenda. Y también que he de tener cuidado, no sea
que con tantas ocupaciones y tanta “importancia”, me esté perdiendo ni más ni
menos que la vida. Eso tan sencillo, tan pequeño, tan lento y tan
ordinario. Pero que es lo único verdadero y lo que da la felicidad.

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