Así podría titularse esta imagen. En ella vemos a un buen número de personas. Se encuentran en la maloka de Indiana (que por cierto ya presenta huecos, pronto hay que cambiar la hoja). La mayoría son adolescentes y jóvenes, aunque eso no se aprecia muy bien y ya lo cuento yo; porque estoy ahí, de espaldas, sentado, como todos. Y también está Jesús.
Los participantes se ven regados, diseminados en
un aparente desorden; si damos marcha atrás mentalmente, descubrimos que hace
unos minutos todos formábamos un círculo, y nos han invitado a separarnos, a buscar
cada uno nuestro espacio y quedarnos momentáneamente solos, aunque sigamos
juntos.
¿Quién nos da las indicaciones? Hay varios
misioneros, y una de ellos, la hermana Griselda, aparece en primer plano a la
izquierda, con un micrófono. Está guiando una contemplación, un rato de
oración en la que se trata de ejercitar la imaginación. De hecho, si
observamos con detenimiento, constatamos que ella es la única persona que
habla.
Estamos en el encuentro de pastoral juvenil,
que este año es por zonas; acá hay muchachos llegados de siete puestos de
misión. Dejémonos impactar por sus posturas de concentración, por su
recogimiento. Tienen entre 15 y 25 años, y aunque selváticos, pertenecen a la
generación del ruido instantáneo, del tik-tok, de las imágenes frenéticas y de
la IA. Pero acá han construido el silencio.
Podemos percibir el silencio en cada píxel,
rezuma por los cuatro costados de la foto. El silencio es el lenguaje universal
del encuentro con Dios. Respiran a Dios, le dan espacio y tiempo, le permiten
llegar hasta el corazón, le hallan allí, en el lugar de la intimidad más
alegre. Jóvenes amazónicos rodeados de naturaleza, envueltos en Dios.
La composición de lugar del relato está
ambientada en el río, hay una canoa en la que navegan, y a partir de un cierto
momento van subiendo personas importantes en su vida, hasta que se une Jesús.
La voz de Gris va sugiriendo elementos de diálogo y escucha, gestos de amistad
clara e incondicional, auténtica libertad. Abro un ojo y compruebo que lo
están viviendo. Advierto incluso algunas lágrimas.
La energía que me circunda me habla de presencia
y consciencia. La conversación con Jesús, su abrazo confiado, no son una
alucinación o un lindo cuento. Lo siento ahí, patente; lo puedo captar cuando
regreso hoy a la imagen, me sigue acariciando esa complicidad que se
multiplicaba y nos impregnaba. Fue un momento asombroso.
“Jesús te ha elegido porque te quiere”.
Se lo dije como quien traduce a palabras una conmoción interior. A mí también me
lo dijeron hace muchos años, y me llegó. “Te quiere y confía en ti, por eso
te envía con una misión; para que le ayudes”. Hasta hoy intento realizar la
misión, con muchos tropiezos; ellos, que son mucho mejores que yo, ¿cómo no lo
van a lograr, con la ayuda de Jesús?
Como tantas otras veces, he podido asistir a la
hermosura incomparable de Dios-con-los-jóvenes. No dejo de agradecer ese
premio inmerecido, que me reconcilia con la vida y me insufla empuje y
optimismo. Y qué orgullo contar con algunos chicos y chicas que conocí hace 7 u
8 años, y comprobar cómo han madurado y ahora son los coordinadores de los
grupos, referentes de sus compañeros.
Así que esta es una instantánea o captura de
pantalla de los jóvenes y Jesús; o de los jóvenes con Jesús; o de Jesús en
los jóvenes; o de los jóvenes que son Jesús. Son versiones de lo mismo,
como el agua de la quebrada es la misma que la de la cocha, y la misma que
fluye hasta el mar.

















