Las cajas con mis viejos papeles y fotos están
en el altillo de mi cuarto, y cada año llega el momento de claudicar a su llamada
susurrante y abrirlas para echar un vistazo. De pronto me veo rodeado de
recuerdos, y bocanadas del pasado invaden el ahora.
La reciente mudanza me hizo desechar muchos
trastos, sobre todo antiguos apuntes ya inservibles, pero procuré guardar con
cuidado los tesoros que delinean la persona que fui y soy. El reencuentro
con ellos me sorprende, me hace atar cabos y sobre todo me arranca sonrisas.
Reconozco lo mucho que me ha gustado siempre
escribir. Acá hay redacciones escolares (“La ciudad
irrumpe” o “Don Félix de Montemar, un personaje romántico”), el magacín mensual
Cascanueces elaborado por un grupo de adolescentes de BUP que ya desde niños
éramos aficionados, y varias publicaciones de la época de la formación inicial
salesiana. En una de ellas el novicio César Caro dice: “a mí sí me gustaría ser
misionero”. Me he pasado la vida creando revistas, los de mis pueblos lo saben.
Doy con el folleto de la obra teatral “El
cianuro ¿solo o con leche?” de Alonso Millán, que un grupo de alumnos de COU
nos atrevimos a representar dirigiéndonos a nosotros mismos, porque los profes
que llevaban siempre el teatro se habían cansado aquel año. Papeles
mecanografiados, compuestos artesanalmente a base de recorta y pega, y
multiplicados con ciclostil. En los 80 no había computadoras ni celulares, ¡qué
suerte tuvimos!
Un viejo recorte de periódico con foto y el
titular: “Salesianos, a la final provincial de baloncesto”; y un dibujo a lápiz
de un César escayolado, la rodilla lesionada, realizado por mi amigo Antonio
Amores en noviembre del 87, ahí se terminó el basket para mí. Carnets del
instituto de idiomas de Jaén, donde nos examinábamos de inglés, un folleto del
ZX Spectrum y planos caseros de Avalon, mi videojuego favorito.
Un archivador entero está dedicado a la
dimensión espiritual: recuerdos de los campamentos ADS de Mazagón, documentos
de las pascuas juveniles en Puebla, cancioneros, temas, oraciones, textos de
retiros… Tuve una niñez y adolescencia en las que el conocimiento de Jesús
ocupó un lugar central; veo legajos de mis primeros pasos como catequista
con 16 años, y de mi preparación a la Confirmación antes de irme a la
universidad.
Me ha asombrado hallar mi diario, que comienza
el 29 de febrero de 1988: “No es un momento feliz de mi
vida”. Eran los últimos meses en el cole y escribía toditos los días,
aunque fuera un párrafo, y lo mantuve hasta el 25 de junio de aquel año;
después hay una pausa y lo retomo el 22 de septiembre del 89, cuando me fui a
Cádiz al postulantado. Creo que fue una juventud con vida interior, rica en
valores y profundidad.
Los escritos personales fueron evolucionando a
cuadernos de vida, que me compraba mi mamá marca Oxford, y hay una caja entera,
hasta hoy (voy por el número 13, me parece). Una carpeta colecciona sucesivas
versiones del proyecto personal; releo aspiraciones, objetivos y
esfuerzos por mejorar que me provocan, algunos, ternura por lo ingenuos e
idealistas. Son el testimonio de soñar la vida en grande y querer caminarla con
conciencia.
Hay papeles que abren a la evocación de mis
mayores cariños, que permanecen intactos en el cimiento del corazón. “Manuel y
Pilar. Bodas de oro”. Mis abuelos… nadie los ha superado en suscitar en mí
tal adoración.
Y me ha emocionado el lema de la invitación a nuestra
ordenación, en 2000: “Dadles vosotros de comer” (Mt 14, 16). ¿Por qué? Porque yo
adopté por mi cuenta otro diferente, pero más tarde, al pasar a la diócesis y a
través de la vida y el servicio en los pueblos, este se me fue imponiendo
como espiritualmente más emblemático y decisivo para mí… sin jamás acordarme de
que era el original.
Las imágenes, la escritura e incluso el olor
que despiden los papeles añejos me transportan a otros lugares, experiencias,
rostros y encrucijadas; son retazos de memoria y salpicones de nostalgia,
pero también balizas para el presente y el futuro.










