Muchas veces a una de las misioneras camilas le
toca marchar acompañando al paciente, teniendo que dejar de improviso lo que traiga
entre manos. La hna. Lisbeth me avisó de que estaba volando a Iquitos con un
bebé de seis meses que habían llevado al hospital desde una comunidad en el río
Tambor, zona netamente kichwa a más o menos a un día de navegación en peque
desde Santa Clotilde.
Recibieron al pacientito y enseguida se
pusieron con él, pero llegó muy grave y al día siguiente murió. El doctor dijo
que habían hecho todo lo humanamente posible, pero tenía una sepsis extendida
por todo su pequeño organismo. ¿Cómo es posible que se llegara a ese extremo? La
criatura estaba sin vacunas, su mamá menor de edad incapaz de cuidar bien a su
hijo, sus abuelos maternos alcoholizados, todo ello sumado a la distancia… A
veces la vulnerabilidad y la miseria son estremecedoras.
“Por fortuna llegó una tía a la que casi
obligué a venir, porque si no iba a estar esa mamá sola”, me cuenta Lisbeth. Y yo añado: la mamá es realmente una huambra
que a duras penas entiende y logra expresarse en español, víctima de uno de los
muchísimos embarazos adolescentes que se dan en la región. Era la primera
vez que esa chica y su tía ponían un pie en la ciudad; podemos imaginar el
asombro y el desconcierto cuando aterrizaron, vieron esa mole de cemento,
olieron aire contaminado y se aturdieron con el ruido de los motocarros.
El cadáver lo guardaron en la morgue del
hospital esa noche, y a tía y sobrina las alojamos en la casa de salud del
Vicariato, donde tuvieron cena y no sé si lograron descansar con tales disgusto
y ajetreo. A la mañana siguiente, la hermana me pidió que la acompañara a
embarcarlas junto con el cuerpo del bebé, para que pudieran regresaran a su
casa y enterrarlo. Les compró su desayuno y nos fuimos los cuatro al puerto.
Sin bajar todavía al río, esperamos a la
camioneta de la funeraria que traía el féretro. Los chaucheros se
ofrecían a cargarlo, pero yo les decía que era nomás un llullito. Se
retrasaba, aunque si afloró algún nervio poco se notó, porque la mamá adolescente
se veía como bloqueada, seria e impasible, sin pronunciar palabra. Se puede
apreciar en la foto, que recoge el momento en que finalmente llegó: la muchacha
sosteniendo la cajita, su tía de negro, y la religiosa a su costado.
Caminábamos por la pasarela y bajábamos las
gradas, la tía portando con aplomo en brazos el pequeño ataúd (que el Vicariato
costeó) envuelto en plástico azul, la mamá tras ella, y yo detrás; y ahí, en
ese breve recorrido, envuelto en un momentáneo silencio mínimamente hendido por
los rumores del puerto, escuché unas lágrimas apenas esbozadas.
Era la joven. La cabeza baja y un llanto
menudo, tímido, discreto, pero que me llegó adentro y me emocionó. ¿Sería la
dimensión del sollozo proporcional al tamaño del difunto? Más bien lo percibí como
la señal de una tristeza prístina, la desolación por una vida truncada sin
casi comenzar, el dolor por la desgracia, la confusión por los estragos de la
injusticia.
Subieron la caja chiquita al portamaletas; nos
despedimos sin saber qué decirnos y ellas montaron en el bote. La pobreza es
la muerte prematura, la cruel cancelación del futuro. En ella nace la inmensa
mayoría de nuestro pueblo; este niño había nacido en la comunidad Santa
Elena y se llamaba Jhekson Sebastián. Aunque nunca vi su rostro, hasta ahora
siento por él pesar e impotencia.


1 comentario:
Que triste te quedas después de leer todo esto , como es posible que un mundo tan rico haya tanta pobreza y nos crucemos de brazos ante tanta injusticia , pobre mamá que tendrá edad para ir a la escuela convertida en madre que pierde a su hijo.
Necesitas mucha fuerza para acompañar a estas personas 🫂
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