sábado, 18 de julio de 2026

EL ESTADO SE HA LLEVADO A LOS JÓVENES DE NUESTRO INTERNADO DE ESTRECHO (1ª parte)

 
En el río Putumayo profundo y lejano tenemos, desde hace más de sesenta años, un internado para jóvenes. Bueno… teníamos, porque el Estado nos lo ha quitado, en un ejemplo supremo de miopía institucional y necia rigidez. Resulta que las autoridades han empeorado las condiciones de vida de los estudiantes más vulnerables… con el fin de cumplir las nuevas leyes educativas.

Las Misioneras Parroquiales del Niño Jesús de Praga, brava congregación de las primeras que llegaron al Vicariato, en 1959, son las dueñas de la Residencia Estudiantil “Madre Angélica”, nuestro querido “internado” ahora desierto. En aquella época simplemente no existía la educación en estos territorios casi ignotos, el Estado no había llegado; fue la Iglesia la fundadora de escuelas, colegios y por supuesto, el internado.

Esta institución fue concebida desde su inicio como la oportunidad de cursar estudios para chicos y chicas de las comunidades lejanas. El Putumayo supera los 1300 kilómetros de longitud en territorio peruano, marcando la frontera con Colombia, y las distancias son tan enormes, que la única manera de que los alumnos de las comunidades pudieran proseguir en secundaria y soñar con una formación superior era venir a Estrecho a vivir en el internado.

Acá se les proporcionaba casa, manutención y, lo más importante, una segunda familia. Los papás y mamás dejaban a sus hijos “con las hermanas”, seguros de que, más allá del aspecto académico, en el internado recibirían una buena educación en valores. Las religiosas se entregaron con amor y delicadeza a los chicos y chicas; durante décadas les cuidaron, aconsejaron, recibieron sus lágrimas, escucharon las crisis adolescentes como auténticas madres. Siempre había un jaboncillo, unas sandalias, un cuaderno o una ropita para quien no recibía de sus papás porque la pobreza arreciaba.

Y así se han formado cuatro generaciones de jóvenes, con la figura de referencia de la hermana Guadalupe Filiberto, auténtica alma de este proyecto al que dedicó 50 años de su vida, que es historia de la misión en este río. Ella me contaba cuántas noches se quedaba vigilando la valla del internado con un palo en la mano para disuadir a los pretendientes de las chicas que intentaban ingresar furtivamente. Lupita falleció el pasado 19 de marzo… felizmente no ha tenido que asistir a este despropósito inaceptable.

Con el tiempo, el colegio primario, el secundario, el tecnológico y el resto de la educación en Estrecho fueron pasando de la Iglesia al Estado; solo quedó el internado, pero funcionando en convenio con la Dirección Regional de Educación, que proveía de profesionales y ayudaba con la alimentación. El resto lo seguían aportando las Misioneras Parroquiales y el Vicariato, incluyendo el mantenimiento de las instalaciones, la construcción de nuevos ambientes y el equipamiento.
 
En el año 2021, una resolución ministerial instauró la modalidad colegio-residencia, que permite a estudiantes de zonas rurales e indígenas vivir e internarse en su centro de estudios. Un año después, el Congreso priorizó por ley este modelo: determinados colegios debían incluir la residencia en sus instalaciones, y el personal debía ser único. Acá empezaron los problemas. En Estrecho, el colegio y la residencia eran desde hace años dos entes independientes, pero ahora de pronto tenían que organizarse para trabajar coordinadamente, sobre todo en lo referente a los promotores de bienestar, gestores educativos, trabajadores de cocina, guardianía, etc.

La UGEL (Unidad de Gestión Educativa Local) empezó a pelotear a las hermanas a la hora de renovar el convenio. En mis estancias navideñas yo mismo fui testigo, varios años, de los retrasos, observaciones, trabas, silencios administrativos… Y todo para firmar convenios anuales que después ellos incumplían sistemáticamente: profesores que debían de repente reubicarse en el colegio, obstáculos para que la Congregación pudiera participar en el proceso de contratación, partidas de alimentos no recibidas… De todo. Las hermanas estaban ya cansadas.

(Continúa en la próxima entrada)

sábado, 11 de julio de 2026

ME ADMIRA QUE EL PAPA HAYA REGRESADO AL PALACIO, Y CON TODO Y GIMNASIO


Suceder (que no reemplazar) a un papa tan distinto, tan rompedor y tan descollante como Francisco no debe ser fácil. Y menos para un hombre de características afines al perfil bajo, el silencio y la escucha, poco proclive al protagonismo y dotado de una naturalidad discreta. Pero también alguien que se ha mostrado seguro y fiel a sí mismo.

Las comparaciones, sobre todo al principio, fueron tan inevitables como rentables para los conseguidores de audiencia. En la vestimenta, la manera de expresión, los ademanes, las tendencias que supuestamente revelan los nombramientos, las declaraciones, el sentido de algunas decisiones… todo se podía utilizar para equiparar o distanciar a un papa de otro.

Ha pasado más de un año, y percibo que León no teme a las comparaciones con Francisco. Cuando se anunció que el Papa regresaría a vivir al palacio apostólico, algunas manos fueron llevadas a la cabeza. Francisco había renunciado a habitar en esa grandiosa obra de arte y había elegido la Casa Santa Marta, donde tenía nomás un humilde cuarto con recibidor; y ahora, aparente paso atrás hacia la riqueza y el lujo, según clamaron voces interesadas e ignorantes.

Obviamente León sopesaría con cuidado las ventajas, los inconvenientes y las repercusiones de mudarse a un sitio o a otro. No sabemos lo que consideró, pero el caso es que resolvió seguir la tradición y volver a la residencia oficial, aunque reformando profundamente el apartamento papal. Durante meses, el humo de las obras reemplazó a la fumata blanca y suministró combustible a comentarios de todo signo y pelaje.

No pareció importarle. Intuyo que él cree fundamental vivir en comunidad, y en el departamento está acompañado por sus secretarios, personas de confianza encargadas de velar por su reposo. Además, eligió utilizar la buhardilla del edificio como espacio de trabajo personal y área de ejercicio físico, que es una parte importante del cuidado de uno mismo.

Es decir, ahí logra compañía, intimidad y ámbito de descanso y de autocuidado. No hay imágenes de la nueva vivienda, pero parece que el Papa ha buscado disfrutar de una casa. Me figuro que la refacción habrá modificado esas altísimas puertas, esos pisos de mármol y esos muebles barrocos que pude conocer en el primer nivel el día que estuve con él. El cerebro de la maquinaria vaticana está emplazado en un monumento del siglo XVI, y Prevost lo acepta y continúa, pero al mismo tiempo necesita un hogar como todo ser humano.

Sin complejos. Siendo él mismo. El p. Edgard Rimaycuna lo define como “cercano, tranquilo y con una gran capacidad de escucha. Y que siempre está disponible. A pesar de la gran actividad de trabajo y el ritmo de las actividades, siempre encuentra un tiempo para atender, para escuchar”. Eso solo se puede lograr si se cuenta con escenarios de sosiego, silencio, privacidad y los reparadores tiempos de soledad para quien pasa horas atendiendo a personas.

Siempre se ve muy entero a León. Nunca sobresaltado ni estridente, constantemente sereno y cercano: “Busca saludar, sonreír, dar una palabra de aliento, una frase o un pequeño gesto, siempre”. En la mañana detalles cordiales, cercanos y afectuosos; en la tarde, una reunión productiva, como cuando nos recibió a los de la selva, todos intervinimos en el diálogo, con él fluía. Pero en la noche, conversación calmada tomando lonche, unas risas, quizás una llamada a alguien querido, alguna lectura, un programa; acaso de madrugada un rato en el pequeño gimnasio. El cuerpo relajado, la mente clara, el corazón vibrante.

Francisco sin vacaciones; León cada martes a Castel Gandolfo. Francisco en Santa Marta; León en un departamento con gimnasio; Francisco con Laudato Si; León con la IA. Cada uno en su ley, tratando de responder, siendo plenamente él mismo, al servicio que Dios le ha pedido. Conviene aprender para reflejar lo mejor de ellos y sacar lo más genuino de ti. Con agradecimiento, sencillez y seguridad. Y cuando más diverso, más divino.

sábado, 4 de julio de 2026

EL MINISTERIO CONFIADO A UNA FAMILIA

 
Fue un momento muy emocionante, un día para recordar siempre, un fogonazo de sinodalidad y evangelio, una ocasión feliz, un cariño divino; uno de esos escenarios en los que captas que todo está bien, que así es como deben ser las cosas, que el tiempo coloca a cada uno en su lugar y que Dios tiene un preciso y precioso estilo para escribir las historias personales y familiares.

Se trataba de la ordenación del primer diácono permanente de la archidiócesis de Mérida-Badajoz. Un acontecimiento histórico e inédito, sí. Pero era también la culminación de una vocación de servicio a los más pobres y a la Iglesia vivida durante muchos años por parte de un hombre entregado, comunicativo, paciente y fiel como Morke. La presencia de muchos sacerdotes confirmaba el reconocimiento de su trayectoria y el respaldo a este nuevo tramo del camino.

Cuando a Juan Antonio Morquecho, nuestro Morke, le propusieron el diaconado permanente, lo acogió como una llamada de la Iglesia. Sonrió y a la vez tembló, y se dispuso al discernimiento. Iba consultando con Diosito y a la par con su esposa Lucía y su hijo Juan, ¿o quizá Dios les hablaba a través de lo que iban dialogando, compartiendo, orando y descubriendo en familia? No hay duda de que sí.

Porque para que Morke recibiera el orden, no es que su cónyuge tenía que “consentir” o “estar de acuerdo”, sino que Diosito deseaba confiar el ministerio a esta familia entera. Es cierto que quien subiría al altar sería el esposo y padre, pero la misión debía ser asumida por los tres, Luci y Juan como facilitadores, acompañantes y soportes.

Por eso, el gesto más luminoso y emotivo de la celebración fue la imposición de los ornamentos diaconales. Lucía y Juan subieron al altar y revistieron a Morke con delicadeza y unción. Ahí, tras la imposición de las manos y la oración, quedó consumada la consagración de esta familia como servidora, y de este papá y marido como diácono de la Iglesia.

A esas alturas ya había yo llorado un par de veces -además lo veía todo en primera fila porque me pusieron como uno de los dos concelebrantes principales-, pero ahí me desbordé. Sentí una dulce combinación de orgullo, agradecimiento, regocijo y serenidad. Porque este único, inédito, pionero, etc. … es mi amigo.

Viajé con la memoria 21 años atrás, cuando en mi primer pueblo, Valencia del Ventoso, solicitamos el apoyo del equipo de animación comunitaria de Cáritas Diocesana para orientar el trabajo de un grupo de cáritas parroquial que llevaba tiempo inactivo. Y así, una tarde de octubre, apareció Morke en mi vida. Él con 34 años, juventud y ya algo de experiencia en el mundo de la caridad organizada; yo con 35, juventud y totalmente novato en lo que significaba ser párroco.

Fueron meses de reuniones mensuales, que continuaron después en los años de los Valles. Nos hicimos amigos. El asesoramiento de Morke fue excelente; todos, presbítero y laicos, aprendíamos cómo impulsar la solidaridad y atender a los más vulnerables. Él maneja una pedagogía que llega, y una dedicación que convence. A veces le tocaba regresar a casa a las 10 de la noche en invierno. Luci lleva años haciéndose experta en sostener, alentar y aconsejar; ella, con su generosidad activa, hizo posible aquella donación y ahora abre este nuevo horizonte.

“Morke va a ser capaz de comprender muchos problemas de las familias mejor que los curas”, me dijo alguien muy sensato y con recorrido parroquial. Y, sí. Esta imagen está cargada de ternura y de profecía. Sé que rompe algunas cabezas clericalistas recalcitrantes, que hasta pretenden enmendarle la plana al Espíritu Santo y a la Iglesia haciendo campaña contra el diaconado de hombres casados, como si supusiera un desmedro para el presbiterado. Pero es en vano: la acción de Dios es pacíficamente imparable.

Felicitación a Mérida-Badajoz, mi querida diócesis madre. Enhorabuena Morke, Luci y Juan. Van a ser una espléndida familia diaconal. Gracias por su testimonio limpio, sencillo y dichoso. Fue un privilegio compartir con ustedes su día, y tan de cerca. Los quiero mucho. Cuenten con mi amistad y mi oración.