sábado, 6 de junio de 2020

COMO LOS MISIONEROS CLÁSICOS


El trabajo incesante de las últimas semanas es en cierto modo como el cumplimiento de un sueño infantil, un candoroso deseo de ayudar a los demás. Ser misionero significaba viajar a países lejanos dejando todo atrás para socorrer a los más pobres del mundo y remediar el hambre, la ignorancia y la miseria. Noble ideal que al llegar se te desmonta y luego reaparece en versiones más realistas y atroces, como en esta pandemia.

Las huchas de las Misiones, con su metálico run run, acompañaban nuestras carreras por las calles de Mérida, preadolescentes de los Salesianos que invaden ascensores, tocan timbres y de paso gamberrean un poco por escaleras y rellanos. “Una peseta pal DOMUND”, pedíamos casi canturreando al estilo de los niños de la Lotería de Navidad. Pero en vez de dar millones, los recogíamos tacita a tacita, titánica tarea para tan magnánimo fin.

Las pegatinas con los negritos y los indiecitos recordaban a los donantes que gracias a su generosidad se construirían escuelas y dispensarios, se harían pozos de agua potable, los más abandonados tendrían comida y medicinas, tal vez luz eléctrica… Saldrían del subdesarrollo y la indigencia gracias a esos paladines de la fe, los misioneros, que salían en las diapositivas de clase de Religión y a veces hasta venían a darnos una charla rodeados de tapices, arcos, plumas y misteriosas máscaras de madera. Yo quería ser uno de ellos.

Cuando llegué al Perú, un compañero me dijo: “Olvídate de proyectos de educación o salud, para eso tiene plata el Estado”. Vaya por Dios. Parecía que lo nuestro era la “evangelización explícita”, o sea los sacramentos y la misa ante todo. Luego, ya en la selva, se trataba más de acompañar y de apoyar en lo que se podía, porque en el Yavarí la pobreza es apremiante. Pero sin caer en paternalismos trasnochados, con discreción. Hasta que se desencadenó esta horrenda crisis.

Han traído una carga del aeropuerto. Son equipos de protección personal que vamos a hacer llegar a través de nuestros misioneros a unos 70 puestos rurales de salud del territorio vicarial. Bajamos las cajas, las abrimos, contamos lentes, paquetes de mascarillas y guantes, overoles, mandiles… y volvemos a armar cajas para los diferentes lugares. Sellar, colocar rótulos, precintar, mandar por lancha, ponguero o avioneta. Prosaicas y urgentes faenas que nos jalan todo nuestro tiempo.

Si los “epps” se antojan un poco modernos, qué les parece esto: enviamos alimentos no perecederos, alcohol, lejía y productos de limpieza. Fideos, arroz, sacos de limón, jengibre, hojas de eucalipto, aceite, fósforo, jabón… Parece que estoy escuchando las canciones del Padre Carreño. Con las donaciones de la campaña compramos medicamentos específicos para COVID, y además paracetamol y aspirina en cantidad. Instrumentos de diagnóstico y oxígeno medicinal: balones y concentradores. Las jornadas pasan y nos agotamos en atender las necesidades más perentorias de la gente, como los antiguos.

Sin sutilezas ni disimulos: nos dedicamos a intentar que la gente viva. Lo demás no nos importa. Así de claro. Chambeamos con una mezcla de satisfacción y pesar, acogotados por la gravedad de lo que está ocurriendo y con el dejo agridulce de cumplir con nuestro deber. Llegamos hasta donde buenamente podemos con las ayudas que nos están remitiendo; los héroes los dejamos para los comics de Spiderman, nosotros hacemos lo que tenemos que hacer, con más consternación que romanticismo.

No hay misa ni catequesis, pero ¿puede haber una evangelización más explícita? Creo que no. Hemos regresado a la época de “las barbas floridas” por emergencia, no por devoción. Vuelta a lo que la Iglesia siempre se consagró: el bienestar de los más pequeños, a velar por la salud, a dar pan y educación cuando nadie lo hacía. Aquella Iglesia sobrevivió a la Inquisición, y esta tal vez resista los escándalos de pedofilia, pesadillas de distinto calibre histórico. No lo sé, no me importa; nosotros a lo nuestro. “No queda de otra”, decimos por acá.

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