“Ahora todos vamos a cerrar los ojos y a hacer un momento de silencio para acoger la Palabra que acabamos de escuchar”. Y entonces se produce el milagro de la conexión. De pronto, la iglesia está pletórica de apacible y absoluto silencio; a pesar del gentío que se ha congregado en este domingo de Ramos y el zumbido de los motocarros por la calle contigua. Silencio.
Es el silencio de la selva. Construido con el
rumor del viento en las palmeras, trinos de aves lejanas, el murmullo sosegado
del discurrir de algún agua, ecos de voces remotas… la respiración de la
madre tierra, el sonido de su presencia quieta pero palmaria. Es ese silencio
el de mi pueblo. Ancestral, contundente. Natural.
“En unos instantes de silencio,
consideremos lo que hemos oído y realizado”. De nuevo
ocurre el Jueves Santo. Se ha proclamado el evangelio y, dentro de él, después
de que Jesús ha comenzado a lavar los pies y ha discutido con Pedro, la
comunidad entera ha imitado el gesto del Maestro y todos hemos podido lavar y
ser lavados. Después, reflexión, meditación, silencio.
Mi pueblo loretano es alegre, la gente
sonríe siempre, y las risas festonean casi cada conversación. Pero a la vez es
gente adiestrada en gustar la quietud. Pienso en las
largas jornadas de los hombres en el monte, con el sigilo del cazador, o en la
soledad de la chacra, lejos del pueblo. O las mujeres junto al río, lavando; a
veces en compañía de las amigas, pero muchas horas mimetizándose con la calma
del agua fluyendo.
Sin teléfono, en el silencio aplastante de la
selva, en comunión queda con los espíritus que habitan cada ser viviente,
expertos en observación, escucha atenta y contemplación serena. Acostumbrados
desde hace miles de años al silencio como parte de su ADN. A pesar del
ruido ensordecedor de los parlantes, la manía de la música atronadora que
anuncia algo. Es una increíble contradicción, una gran paradoja o integración amazónica
de contrarios.
El Viernes Santo es el día de más
interiorización. En muchos lugares, los jóvenes representan las estaciones
del via crucis por las calles, ataviados con vestimentas que han
confeccionado ellos mismos. Se podría prestar a broma o burla, pero nada de
eso: todo el mundo se lo toma muy en serio, los que caminan y los que miran
desde fuera, hay mucho respeto. Y hartas fotos y videos.
No se puede retratar el silencio, pero se
puede captar la veneración en los lenguajes corporales. La adoración de la
cruz es impactante por la veracidad del gesto, la reverencia con que las
personas se acercan, la patente carga emotiva. La tortura injusta de Jesús
conecta con siglos de sufrimiento, de maltrato, de olvido; desde la conquista,
la esclavitud, el genocidio del caucho, el despojo de la Amazonía, los abusos a
los indígenas, la ausencia del Estado… hasta hoy. Un grito mudo y atronador.
El Viernes siempre hay el doble de asistencia
que el Jueves. En cualquier comunidad lejana, en el fondo de la quebrada,
los cristianos sacan su cruz; tal vez no habrá lavatorio de los pies, ni
Vigilia Pascual, pero no faltará la celebración del dolor, tan vigente.
Como en todo el mundo, la gente precisa la materialidad del rito, sobre todo
del Bautismo, pero hay una necesidad más allá, más profunda, más visceral.
“Hacemos silencio y recordamos todo lo que
hemos compartido esta tarde”. Y de nuevo, la magia. El
shaman sopla sobre la persona para integrar las energías e invocar a los
espíritus, con el silencio de fondo. La cruz está alzada en este río de
silencio y presencia que forman nuestros corazones. Son todas nuestras
vidas, unidas y redimidas en la Vida, en el Tiempo Sin Mal que es ayer y es
ahora.
Beleza de
pueblo, perito en penas, con el currículum de la vulnerabilidad y el abandono,
pero inspirado y avezado en conectar con lo divino.
Tal vez precisamente por eso. Gente pobre y profundamente espiritual, aunque no
acuda mucho a misa. Pueblo menudo y lindo. Es mi pueblo.


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