La primera vez que vine al Perú, hace trece
años, Paco Sayago, un compañero amigo de Javier desde la infancia, me recomendó
que no fuera de frente de Lima a Chachapoyas, sino que pasase por Trujillo para
conocer a Travieso. Y así llegué en bus a la Ciudad de la Eterna Primavera,
caminé hasta la plaza de armas, y le timbré con el celular chanchito que me
habían prestado. “Espérame ahí, que voy a recogerte”- me dijo. Y yo: ”Para
que usted me reconozca, tengo barba y voy vestido con una chompa roja”. “Pues
yo también tengo barba y voy vestido de obispo”.
Fue un bonito día, en el que le acompañé a un
par de parroquias y me sorprendió el cariño que le tenía la gente. Era un
obispo auxiliar cercano, que se recorría las comunidades y visitaba a los
sacerdotes, incluso en los confines más lejanos de la sierra, de muy buen
trato, afable y con capacidad de escucha. Con sus detalles, su amabilidad,
ese porte y esa sonrisa que conquistaba y comunicaba seguridad.
Un año después le nombraron obispo vicario
apostólico de San José del Amazonas. Yo llevaba poco más de un mes ya enviado al
Perú, pero nos habíamos caído bien. Cuando comunicaron la fecha de la
celebración de inicio de su servicio en Indiana, allá nos fuimos algunos
paisanos a acompañarle y de paso a conocer la selva; y ya he contado que
ese viaje fue definitivo para mí, me sentí irremediablemente atraído por la
Amazonía, hasta hoy.
Solo dos años más tarde pasé al Vicariato, por
supuesto con todos los permisos de los obispos implicados, porque así me
insistió Javier. No le hizo mucha gracia que me quisiera ir a trabajar al río Yavarí,
a Islandia, pero se dejó convencer con la suavidad que le caracteriza. Es un
español que, después de cuarenta años en este país, ha perdido las aristas y se
conduce con esa habilidad tan peruana de envolverte en una conversación en la
que expresa lo que desea con claridad y sin traza de violencia.
Le costó trabajo adaptarse a la vida en la
Amazonía. Durante muchos años sus tareas habían sido
parroquiales y, sobre todo, académicas en la ciudad, de modo que tuvo que hacer
acopio de toda su valentía y determinación para subir a los botes, afrontar los
rigores climáticos, llegar a los puestos de misión alejados y aceptar que en la
selva nunca hay grandes masas sino pequeñas asambleas.
Recuerdo cuando me habló de la idea de
nombrarme vicario general. Creo que sabía que me iba a espantar un poco, así
que lo hizo con casi un año de antelación para que me fuera preparando. ¿Cómo
decirle que no? Te gana con la bondad, la honestidad y la paciencia, te
seduce esgrimiendo su humildad y haciéndote sentir su confianza en ti. Me
fui a Indiana pues, y justo ahí se desencadenó la pandemia y el obispo fue de
los primeros en caer enfermo.
Su salud quedó ofendida y nunca ha vuelto a
ser el mismo. Le hemos visto experimentar cada vez más dificultades para las
visitas y mayor necesidad de cuidados médicos, que le hacían ausentarse del
Vicariato. Pero él tenía claro que debía prestar su servicio, cargando con
la cruz: “el Papa me ha enviado acá y yo tengo que hacer lo que pueda”.
Siervo fiel y sencillo; con sus defectos, por supuesto, pero creyente y
comprometido.
Desde agosto pasado sus dolencias le han
imposibilitado en la práctica ejercer su ministerio, hasta que tomó la decisión
de presentar su renuncia, que el Papa, que le conoce bien, ha aceptado hoy. En la Asamblea siempre entona una canción que ya le pedimos (porque
es compositor y cantautor desde joven) y cuyo estribillo cantamos con él: “Una
planta no está muerta mientras le quede raíz”. Me emociono en este momento al
recordarlo.
Querido Javier: gracias por tu entrega, por tu
testimonio, por tu bondad, por tu humildad. Tu vida no ha terminado; es cierto
que ya no podrás continuar en el Vicariato, pero harás todavía muchas cosas en
cuanto recobres energías y ánimos. Porque tú tienes una bella, profunda y
robusta raíz, que es la vida de Jesús presente en la tuya. Nosotros la
conocemos y la hemos disfrutado; estaremos siempre orgullosos de ser tus
misioneros.

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