lunes, 26 de agosto de 2019

HELADOS Y VOLEY CRUCIALES


A medida que voy acumulando experiencia en la selva me voy dando cuenta de que nuestra vida misionera desgasta más y es más dura que lo que a veces nos pensamos. Como dice el Papa, “naturalizamos” la lejanía, el rigor del clima, la pobreza y sus incomodidades, la separación de nuestras familias y la aparente aridez apostólica. De modo que nos cansamos sin percatarnos, y a veces vamos por ahí agotados pero inconscientes, como los protagonistas del cuento de Coelho, el hombre, el caballo y el perro a los que fulminó un rayo y seguían caminando muertos sin saberlo.

“Poner el piloto automático” ignorando síntomas de desfonde personal y pastoral a la larga no sale gratis. Pienso que es preciso atenderse sin egocentrismo ni desdén,  gestionando aquello de “Cuida de ti mismo” (1 Tim 4, 16) con lucidez y responsabilidad, pasando de falsos “radicalismos” y heroísmos trasnochados: si estamos hechos mazamorra no servimos para nada. Ni más ni menos.

Un ramillete de buenas estrategias de cuidado propio tiene que ver con la objetivación: saberse confrontar sanamente con otr@ que te haga de espejo (para que puedas verte con claridad) y pueda cuestionarte (para pulir justificaciones y destapar enredos); encontrar a alguien a quien confiarse y en quien confiar, capaz de escucharte sin juicios, con la incondicionalidad del compañerismo y la amistad, de forma que tu alma encuentre un remanso en el que bajar la guardia y  aflojar la espita para que se alivie la presión que todos arrostramos.

Paralelo a este, otro ingrediente esencial es no estar solo, contar con un buen equipo misionero. O mejor dicho, cultivar las actitudes indispensables para generar una vida en equipo constructiva y saludable. Estoy convencido de que muchos malos tragos y tropiezos se atenuarían si lográsemos forjar verdaderos equipos misioneros, familias de cariño y acción por el Reino. Y así lo expresé en el retiro que di a mis compañer@s del Vicariato dentro del encuentro anual de agosto.


Retiro que por cierto fue bien valorado en la evaluación final (¡gracias!), pero no tanto como el deporte. Cosa que no me sorprendió, porque yo mismo disfruté al máximo del partido de voley entre curas, monjas y laicos misioneros: reímos, bromeamos, competimos, nos fastidiamos unos a otros, sudamos, nos expandimos, nos liberamos. ¡Qué necesarios son estos ratos! ¡Cuánto bien nos hacen! Una semana en Punchana dio para temas, diálogos, oración, debates… pero lo mejor fue el deporte.

Y por la noche, salir a dar una vuelta por el centro de Iquitos y tomar un helado. Imprescindible para la salud y el equilibrio. Son las “horas vivas” de las que habla Khalil Gribran en “El Profeta” cuando trata de la amistad. Los momentos de espontaneidad, de compartir sencillo, en los que deponemos los roles y nos dedicamos a disfrutar de la compañía unos de otros. Esa carcajada de Monseñor Javier a punto de zamparse dos bolas sabor maracuyá y ron con pasas no tiene precio.

El equipo y el Vicariato cuajan a través del esmero en las horas vivas, las ocasiones de felicidad que nos concedemos, más allá del trabajo cotidiano y de la erosión que suponen viajes, responsabilidades y convivencia. Espacios para narrar en clave humorística peripecias, contratiempos y anécdotas de la misión, desatados de solemnidades y aderezados con la risa, que es remedio infalible contra la atonía y el individualismo.

Voley y helados, junto a “tranquilidad y buenos alimentos” que diría mi amigo Manolo Hurtado, son vitales. Y si el obispo invita a los helados, mejor 😁.

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