sábado, 21 de marzo de 2026

PRIMER DÍA DE CLASE

 
Fecha de sentimientos encontrados: nudo en la boca del estómago por la angustia de que se acaban las vacaciones y hay que ponerse a estudiar; y a la vez emoción por ver a los amigos, saber los profesores que vamos a tener y por fin, qué vacaciones tan largas, ya era hora de volver al cole. Todos hemos pasado por eso, y fue un gusto compartirlo y re-cordarlo el otro día en Indiana.

Los alumnos estaban ya perfectamente ubicados por grados cuando llegamos al coliseo. Se podían distinguir los primerinos por el tamaño y las caras de principiantes, y de ahí hasta quinto, la promoción, los veteranos casi con un pie fuera, seguros y orgullosos, encarando su último año de secundaria. Un mar de uniformes blancos y grises.

Los componentes de la mesa de autoridades, ordenada también con exactitud conforme a protocolo, fuimos presentados, antes que nada. Un momento de oración muy bien preparado y dirigido por los maestros de religión dio inicio al acto. Y en seguida, como mandan los cánones, el infaltable homenaje a los símbolos patrios: la bandera y el himno nacional, que todos entonamos rellenando la melodía electrónica de fondo. “Somos libres, seámoslo siempre”.

Los animadores, que eran la profesora Debra y el profesor Jorge, muy hábiles en la conducción del evento, dieron paso a las palabras de saludo. Tras la directora de la institución, era el turno del Administrador Apostólico, que me pregunto si alguien sabe qué cosa es eso. Pero ahí salí, y tras cumplimentar, invité a todos a imaginar que estábamos ya en el último día de clase, no el primero, y preguntarse: “¿Cómo me gustaría que hubiese sido este año escolar? ¿Cómo querría haber trabajado?”. Pues eso mismo, proponérselo en esta jornada de comienzos.

Recurso, por otra parte, inspirado en los números 186 o 340 de los Ejercicios Espirituales. Este colegio es uno de los cuatro que el Vicariato tiene en convenio con el Estado; son centros públicos de régimen gratuito confiados a la Iglesia, que es encargada de la administración y el desarrollo del proceso educativo. Por eso habíamos respondido a la convocatoria la directora de la ODEC (Oficina Diocesana de Educación Católica) y yo, además de la hna. Mª José, misionera delegada por el Vicariato para el acompañamiento de esta institución educativa.


Los potos empezaron a removerse en las gradas ante la longitud de algún discurso. Hubo alguna reconvención y llamada a “comportarse”, hasta que comenzó propiamente el programa deseado por la chavalería. Se fue presentando uno por uno a todos los profesores, entre bromas, aplausos y más o menos vítores según el caso. Se evidenciaron suspiros de alivio al ver al profe favorito de regreso, y también algún silencio espeso señal de “este año este-a otra vez acá, oh no”.

Y es que la mayoría de los docentes son contratados por un año, al final del cual son evaluados y se determina si volver a contar con ellos o no; una especie de “interinos”. Los que tienen plaza fija, o sea los “nombrados”, son bastante pocos. Ese trasiego supone un acicate para los temporales, que quieren trabajar bien para ganarse el puesto, pero a la vez genera inestabilidad y dificulta la continuidad en los colegios.

La temperatura física y emocional iba subiendo. Por supuesto que a los visitantes nos habían ofrecido una botella de agua bien heladita, y la estábamos tomando cuando se inició el desvelamiento de lo más esperado: quiénes serán los tutores de cada salón. Me hicieron reír los aullidos, aplausos y gritos cuando concordaban las preferencias de los escolares con los maestros que eran apelados a salir al frente. Siempre hubo popularidades y predilecciones.

Al final, el habitual fotocall del que dejo constancia (bien que se habían currado el fondo). Un rato muy divertido y un retorno fugaz a tiempos adolescentes, cuando la vida era casi intacta, más leve y acaso más colorida que ahora. Fui muy afortunado con mi colegio, mis compañeros y mis profesores. Ahí estuvo parte de mi ADN, en aquellos patios se fraguó el germen de lo que hoy se sigue desplegando. Me siento agradecido a Indiana y a mi cole.

sábado, 14 de marzo de 2026

POR LA CALLE


De pronto me encuentro en Caballo Cocha y me doy cuenta de que llevo como mes y medio encadenando “eventos eclesiales” varios (encuentro de los vicariatos, visita ad limina en Roma, asamblea vicarial…), que operan como una especie de burbuja dentro de la vida, con sus propios códigos, automatismos y pelaje. Así que salgo a la calle casi como un astronauta.

O asombrado, como Eduardo Noriega en la película Abre los ojos, pero no solo, desde luego que no: a mi lado veo a muchísimas personas que integran la legión que cada mañana empuja el engranaje de la vida cotidiana. Y es un gustazo colocarme mi gorra y sentirme nomás un miembro, un mero componente más de esa gigantesca y común peripecia; como cualquier otro.

Como he llegado acá antes que los misioneros, en la casa no hay nadies. Después de limpiar un poco el cuarto, he de ir a buscar almuerzo. Paseando veo “Rocoto”, pero me gusta más “Papaya”, un restaurante a una cuadra, típico de acá, mesas y sillas de plástico, ventilador lleno de mugre en el techo y música de Diego Torres. La mesera me anuncia los platillos y, como la preparación demora, me trae sonriente un vaso de refresco de camu-camu “de yapa, mientras espera, señor”.

Las telarañas de la casa de los curas (los misioneros llevan dos meses fuera) me animan a comprar cosas para el desayuno también. En una tiendita veo papayas. Hay un señor mayor sentado leyendo (¡!), que se levanta para atenderme. Examinamos toditas las papayas de la caja dialogando sobre lo maduras, picadas o buenazas que están, riendo de vez en cuando. Me llevo dos a ocho soles.

Sí, ya sé que lo que estoy contando no es nada del otro mundo. Pero hay que entender que la última época mi vida está armada de tal manera que no me da tiempo a limpiar mi cuarto, y menos a hacer la compra para preparar la comida, porque jamás cocino. Bueno, en las dos semanas que pasé en Yanashi en Navidad, sí que pude dedicar mucho a la cocina, sobre todo como pinche. Y vaya si lo disfruté.

Extraño esas pequeñas rutinas inevitables, que me recuerdan que soy igual que todo el mundo, con las mismas necesidades y urgencias, y que me huelen los pies como a cualquiera. Lo tenía cuando estaba en España, en mis pueblos, donde era un vecino más. Ahora, con este ajetreo de viajes y tareas, solo me queda el pequeño placer de lograr lavar y secar mi ropa, y no planeo dejarlo. Más bien el otro día me compré una tabla de la plancha. Por la calle no hay Administrador ni chorizos o leches fritas.

Llamo a Andrés Cueva y le invito a ir a cenar algo con Idahily y Cirela coordinadoras de la Pastoral Juvenil; ya lo hemos hecho otras veces cuando vengo acá. A las chicas se les chisporroteó y no aparecieron, de modo que estuvimos los dos solos. Andrés es un joven adulto, persona con formación, muy buenas cualidades y la cabeza primorosamente amueblada. Nos vamos al colombiano que está frente a la casa y pedimos unas hamburguesas. En la foto ya las habíamos devorado.

Andrés quería que yo le contase cosas de mi encuentro con el Papa, pero pronto me percaté que más bien él deseaba hablarme a mí, así que intenté emular a León y escucharle con todos mis sentidos. Conversamos de muchos temas: sucedidos del pueblo, circunstancias de la parroquia, proyectos personales suyos, el impacto que fue para él la asamblea de la Iglesia amazónica de Lima, planes para el grupo de jóvenes este año, experiencias en su trabajo en la municipalidad…

Y así fue transcurriendo la velada. Pedimos unas papas para completar (que sí están en la foto), y al rato nos despedimos. Pensaba yo que este chico es un excelente “producto” de nuestra Iglesia en lo que nos haya tocado. Y qué lindo había sido platicar tranquilamente, sin mirar el reloj y fuera de agenda. Y también que he de tener cuidado, no sea que con tantas ocupaciones y tanta “importancia”, me esté perdiendo ni más ni menos que la vida. Eso tan sencillo, tan pequeño, tan lento y tan ordinario. Pero que es lo único verdadero y lo que da la felicidad.

sábado, 7 de marzo de 2026

ME HA GUSTADO “LOS DOMINGOS”

 
Pues sí. Con todas las características, límites y virtualidades de una película, es decir, un relato de ficción y no un documental, lo cierto es que ha logrado atraerme y hasta emocionarme. Me agrada que alguien se haya atrevido a pisar terrenos tan movedizos y tan descaradamente “intraeclesiales” como la vocación, y más a la vida contemplativa.

Registro una intención descriptiva lograda creo que de forma eficiente: la vocación es aún posible hoy día, especialmente cuando se dan algunas coordenadas vitales: una familia católica, en este caso en Bilbao, educación en un colegio religioso, y por lo tanto contacto cercano con sacerdotes y religiosas, manejo de unos valores y aprendizaje de una jerga (“discernimiento” o “eucaristía”, por ejemplo) un tanto exótica hoy día.

Hay misa, hay ensayos del coro a varias voces, hay convivencias de fin de semana, y sin embargo Ainara es presentada como una chica lo más normal posible: en su grupo de iguales, primeros escarceos con el sexo, probar las drogas blandas, expectativas de ir a la universidad, inquietudes, preguntas… Y acá es donde se coloca el tema de la vocación.

¿Cómo expresar ese camino de búsqueda interior? Es algo muy complejo, y creo que el hilo de la historia buscaba reflejarlo a través de los diálogos de Ainara con el resto de personajes. Lo que más me ha interesado han sido las conversaciones de la joven con su papá, y sobre todo con su tía. Está muy bien traída la brecha de lenguajes, los registros absolutamente divergentes y los consiguientes diálogos para besugos. “Experimentar muchas cosas”, “felicidad”, “viajar”, “monjas locas”, “secta” etc. versus “Amor de/a Jesús”, “llamada”, “incondicional”, “director espiritual” etc.

Justo el curita superchachipiruli me chirrió un poco: inexperto y acudiendo a lugares comunes (“Jesús te quiere solo para Él”) nada convincentes. En cambio, el resto de personajes religiosos me parecieron bien construidos, siempre un pelín caricaturizados pero creíbles: la compañera que lleva un tiempo en el monasterio, el párroco del funeral de la abuela, las monjas y por supuesto la superiora, que es algo tajante, pero inspira confianza.

La dimensión de proceso de la vocación queda un poco chueca, a mi modo de ver. La estudiante de medicina está ahí un año en teoría descubriendo, pero de hecho lo tiene claro; Ainara reza y llora pidiendo a Dios nomás que “le diga algo”; para sor Isabel “simplemente lo sabrás”… No es tan sencillo, es un recorrido con muchos baches, luces y decepciones, uno va escuchando y entendiendo qué desea Dios, y disponiéndose a responder, requiere tiempo. Claro que puedes recordar el instante cero, el big-bang afectivo de tu vocación, pero eso es solo el comienzo de un largo camino. Además, echo de menos el encuentro con la pobreza como veta de discernimiento.

Se narra con pericia el cruce de circunstancias de unos y otros, el contraste de la encrucijada de Ainara, que está a punto de “tirar su porvenir”, y la realidad cotidiana de su familia, llena de desencuentros y heridas. Ninguna vida es perfecta, siempre hay desencanto, rutina y fracaso, y no se trata de escapar de nada sino de hallar y decidir cuál es mi propia partitura de la felicidad, e interpretarla lo más fielmente posible.

Todo se precipita al final con un estilo algo novelesco: el negocio del padre se frustra, la tía anticlerical reacciona desproporcionadamente desheredando a su hermano y su sobrina, muere la abuela y Ainara ve con claridad la luz, se corta los cabellos e ingresa en el monasterio con todo y velo (¿pasando de frente al noviciado?).

Ahí fue donde alguna lágrima afloró. Señal de que la película me llegó, con su realismo y con su desenlace. La música es excelente, el ritmo hábil, la fotografía lograda, y la historia está muy bien contada. ¿Obedece a un “renacer de lo religioso” entre los jóvenes? Creo que no tanto, pero me ha gustado y es destacable que un guion así tenga un espacio en el cine actual hasta el punto de ganar la Concha de Oro y el Goya.

sábado, 28 de febrero de 2026

MISIONEROS AUTÉNTICOS

 
Era una noche de agosto pasado, tal vez el día que regresamos de Indiana del taller de sinodalidad-reconciliadora. Me iba a la casa a dormir cuando vi luz en la maloka cercana y pensé que seguramente estaba Fernando mambeando, como suele hacer. Me acerqué a saludar, me encontré con esta estampa y no pude evitar tomar la foto.

Después la he enviado, ha dado algunas vueltas, hemos bromeado… pero quedó en mi retina como una veta de contemplación de la vida misionera y de lo que significa e implica lograr trabajar juntos, siendo a veces tan distintos.

De hecho, las diferencias son evidentes. Uno, enamorado de la cultura murui, dedica un tiempo al final de cada jornada a conectarse con Dios y con los demás a través de la coca y el tabaco, plantas sagradas. Colocado en la postura tradicional y medio calato, es un indígena genuino, un misionero que vive muy profundamente la inculturación (aunque él me rebatiría esto) y la interculturalidad.

La otra, Yanabel, vestida de arriba abajo con riguroso hábito de mangas largas y medias en este clima ardiente, es una enfermera servidora de los más vulnerables en un hospital en medio de la selva. Dedica horas sin cuento, llega tarde a almorzar, la llaman en la noche. Y aunque no es de fierro, suele exhibir esa sonrisa serena.

Son como dos gotas de agua, en expresión de Wislawa Szymborska: únicos y diferentes, pero a la vez tan similares. En su centro, en la sede de las motivaciones y deseos que los mueven, está Jesús y su Reino, no me cabe duda. He sido testigo de encrucijadas vitales en las que se han mostrado totalmente disponibles al querer de Dios, al servicio de la comunidad; son libres de posibles intereses personales para entregarse a un proyecto mayor.

Los dos son religiosos con votos de obediencia, pobreza y castidad: misionero de la Consolata e Hija de San Camilo respectivamente. Fueron formados en sus instituciones, ellos de estilo abierto y amplios horizontes misioneros, de mucha fraternidad y flexibilidad; ellas fuertes, de gran radicalidad en sus compromisos comunitarios, empeñadas en cuidar su vida espiritual, pero a la vez expertas en ternura para con los enfermos.

Ambos buscan el diálogo, escuchar, ser comprendidos. Parece que Yanabel se pegó una buena parrafada, necesitaba desahogarse, expresar lo que sentía. Seguro que Fernando le ofreció consejos para caminar por la senda del bien, del respeto al otro, y entre los dos hicieron amanecer la Palabra de forma renovada en sus vidas.

Son personas orantes, lo sé muy bien. Dedican diariamente espacios al encuentro con Diosito. Solo puede haber equipos de vida y acción con esa condición. La mayoría de los problemas entre nosotros sobrevienen porque nos faltan tiempos de meditación, oración, intercesión amorosa y conversación en el Espíritu, como están haciendo ellos dos. Solo así podemos sumar evangélicamente las diferencias, transformar conflictos y acertar con lo mejor posible, dadas las circunstancias.

La misión es finalmente mística. Sin contemplación no hay discernimiento, y sin discernimiento las personas formamos agregados meramente funcionales, y las tareas quedan desfiguradas en trabajos a secas. Pero no hay misión, y por tanto es muy posible que no se den frutos, y sí burnout, frustración y relaciones desgastadas y malogradas.

Pero ellos no. Me pareció que Yanabel y Fernando eran una pequeña comunidad misionera de fe, escuchante del evangelio de la vida, dispuesta al seguimiento sin condiciones; un susurro de profecía en estos tiempos precarios y confusos, un icono humilde pero radiante y cristalino de la misión.

sábado, 21 de febrero de 2026

RECORDANDO A GASTÓN HARVEY, MISIONERO LEGENDARIO DEL VICARIATO


La semana pasada falleció en Canadá el p. Gastón Harvey, clérigo de San Viator, misionero legendario del Vicariato, fundador del movimiento de los animadores en Orellana e incansable navegador de las riberas de Indiana. Cuando me nombraron encargado de los animadores, al poco de llegar a la selva, descubrí que el encuentro anual de formación se llamaba “Centro de Formación de animadores cristianos CEFAC Gastón Harvey”, nada menos… Tuve el honor de conocerlo en persona el año pasado, como ya conté, pero ya me era familiar a través de tantas personas como siempre me han hablado de él y de su labor misionera. Acá recojo dos de esos testimonios, llenos de admiración y cariño. Gracias, Gastón. Descansa en el abrazo de Dios.
 
La profesora Berta Quiñones, compañera de Gastón en Orellana:

Hoy, con el corazón conmovido, lleno de nostalgia y profunda gratitud, recuerdo algunas experiencias que marcaron la vida de muchos animadores cristianos, catequistas y líderes sociales de las comunidades de las parroquias de Indiana, Mazán y Orellana.

Su vida fue un largo caminar por la Amazonía, movido por la convicción y la fe de su vocación sacerdotal, al servicio de una pastoral social orientada a formar, con acompañamiento constante, a los líderes de las comunidades amazónicas, para que fueran agentes de su propio destino, defendiendo sus derechos como personas y los recursos naturales, inspirados en el Evangelio y guiados por una praxis nueva, coherente y solidaria.

Gastón, junto al equipo parroquial de entonces —P. Pierre, Hna. Marilú y Hna. Rosvitha—, trabajó arduamente para dar origen y fortalecer a los animadores y a las comunidades cristianas en las parroquias mencionadas.

Su aporte al Vicariato, junto con su congregación religiosa, se distinguió por la defensa firme y valiente de los derechos humanos, promoviendo la formación a través de encuentros zonales y parroquiales sobre temas de la coyuntura nacional. Fue un hombre intelectual, consejero, guía espiritual y pilar de fe, que supo testimoniar que el verdadero liderazgo nace de la humildad y se engrandece en la entrega desinteresada.

Hoy su partida nos llena de tristeza, pero confiamos en la misericordia infinita de Dios, que lo ha recibido con los brazos abiertos, reconociendo cada gesto de amor sembrado en nuestra Amazonía.
Que su legado nos impulse a seguir trabajando por una Iglesia autóctona, donde los sacerdotes de nuestro Vicariato sean verdaderos misioneros, cercanos y serviciales, a favor de los pobres, y nunca indiferentes ante las realidades sociales.
 

El P. Angel Saboya, sacerdote de Iquitos, cuenta:
 
Nos encontramos con el gran amigo, sacerdote y enamorado de la selva, en dos encuentros que llamábamos “Campesinos – Pueblos Jóvenes”. Fueron espacios profundamente populares, donde compartimos las realidades de pobreza y resistencia de nuestra gente de las riberas y de los sectores marginales de la ciudad.

Lo más importante era descubrir cómo se había sentido y encontrado a Cristo en medio de esas realidades. Trabajamos todo el día en pequeños grupos, mezclando participantes del río y de la ciudad, para escuchar directamente al pueblo pobre narrar su experiencia de fe vivida en medio de situaciones duras y desafiantes.

Allí comprobamos el inmenso potencial evangelizador de los pobres, que vivían una fe liberadora y de ningún modo alienante.

Éramos alrededor de 100 personas provenientes de Indiana, Orellana, Tamshiyacu, Mazán y otros caseríos. De Iquitos participaron hermanos y hermanas de los pueblos jóvenes: Primero de Febrero, Primero de Enero, Juan Isern, Belaunde, Nuevo Versalles, Nueve de Octubre, entre otros. Todos pertenecían a comunidades de base, y la mayoría eran animadores y coordinadores de sus respectivas comunidades.

Recordado P. Gastón, gracias por tu cariño a la selva peruana, donde enseñaste y también aprendiste que los pobres y sencillos son los verdaderos evangelizadores.

Hasta pronto, Gastón.