lunes, 1 de junio de 2026

EL PETRÓLEO VERTIDO CORROE AL SER HUMANO

 
Esa es la peor secuela de un derrame como el que estamos sufriendo en Yanashi. El crudo desparramado aterradoramente por la selva recrudece el lado tenebroso de las personas, envenena el clima comunitario, entorpece el fluir sereno de la vida. Porque no es más que el residuo visible de la codicia.

Ya desde las primeras reuniones, en medio de aquel desconcierto, nos enteramos de que iba a ser indispensable realizar una valorización económica del daño causado. El IDL nos pasó una publicación donde se explica el método y el resultado de la tasación llevada a cabo en el caso de Cuninico años atrás. Estableciendo unos criterios, se estiman las cantidades que los pobladores deberían percibir del operador como compensación por los perjuicios padecidos: peces que ya no se pescarán, cosechas que no se obtendrán, gastos por cuidados médicos… Un estudio laborioso y complejo que llevará su tiempo.

Pocos días después de mi visita, el comité de representantes de la población vino a Iquitos y los recibimos en el Vicariato. Cansados, impresionados, desolados. Llamamos a Defensoría del Pueblo, vinieron a asesorar con generosidad y competencia (¡gracias, dr. Abel Chiroque!). Había un denso programa de reuniones en diferentes organismos públicos; Bea y la doctora Jaqueline, de nuestra Oficina de Defensa de la Vida y de la Cultura, acompañaron al grupo. Fueron jornadas de trabajo arduo pero efectivo.

Poco después, por fin, apareció la empresa responsable, queriendo conversar. Se planteó inmediatamente la cuestión de las futuras indemnizaciones, y ahí parece que la unidad de la comisión delegada empezó a resquebrajarse. Según me contaron, de repente se presentaron personas queriendo formar parte del equipo; resurgieron viejas rencillas por motivos políticos; hubo cruce de agresiones verbales en las redes sociales, grabaciones secretas, clima social crispado.

El olor del dinero es el mismo que el del petróleo siniestrado, y provoca que a algunos les aparezca el signo del dólar ($) en las pupilas, como al tío Gilito, y salga lo peor del ser humano. Ya no importa la ofensa a la naturaleza o el dolor común, solo cuánta plata se puede ganar con el incidente. Normalmente los portavoces tenían que pagar sus pasajes, estadías y diligencias de su propio bolsillo (uno de ellos lo expresó al borde de las lágrimas), pero ahora alguien veía más bien oportunidad de negocio.

Incluso algún candidato también se metió, ofreciendo donaciones de agua y alimentos, adalid de la justicia y salvador de la situación, por supuesto a cambio de votos. Haciendo campaña y buscando ventajas a costa de la desgracia ajena. El bien común queda mancillado y tapado por una catarata de crudo sin control. El veneno negro marchita la bondad, corrompe la gratuidad y emborrona la decencia.

Felizmente, tras feroces discusiones, en Yanashi lograron definir los componentes de la delegación; regresaron a Iquitos y, con la mediación de Defensoría y del Vicariato, decidieron quién gestionaría la parte legal y alcanzaron algunos acuerdos con la empresa. Que tienen buena pinta, pero que habrá que hacer cumplir a cabalidad. Se prevé un proceso largo.

A esas alturas, ya se habían visto los primeros peces muertos, se habían registrado muchas reacciones y el Vicariato había emitido su pronunciamiento, que se puede leer acá. Pocas fechas después se reportaron casos severos de posible intoxicación: trastornos gástricos, problemas en la piel, pacientes con mareos… Es tarde para el agua, los animales, las plantas, la gente. Pasarán décadas hasta que se supere el trauma, si es que alguna vez se logra que esos lugares retornen a como eran antes.

El petróleo infligido contamina el ambiente natural y humano, porque corroe las relaciones. La avaricia desenfoca los intereses, ensucia las intenciones y, finalmente, socava la humanidad. Me parece la consecuencia más repugnante de este suceso aciago. Pero quiero fijarme en cómo también aflora lo mejor de muchas personas, que están dispuestas a sacrificarse por la salud y el bienestar de todos. Deseo mirar y reconocer para sentir esperanza.

sábado, 30 de mayo de 2026

LÍNEA 56


Este bus es de Buenos Aires, y será una de los miles de líneas 56 que seguro que hay por el planeta; pero solo esta sale cuando googleo. Somos únicos, y a la vez como todo el mundo. Así me siento yo en este día en que llego a 56 castañas. Un ser humano irrepetible, pero común y corriente. Gracias por las felicitaciones y buenos deseos.

El año pasado me fue bien con la numerología. Extrañamente, el 55 me inspiraba transformación, creatividad, retos, novedad y futuro. Y desde luego que en este tiempo he vivido circunstancias complejas y he aceptado una responsabilidad amplia y delicada que está suponiendo un cambio sensible para mí.

¿Qué sugiere el 56? Es muy parecido: simboliza la unión de la energía del cambio (5) con la necesidad de armonía y equilibrio (6), a menudo probando la estabilidad en situaciones de transición. Se asocia con el compromiso comunitario, la adaptabilidad y la superación personal.

Ha habido un cambio y va a venir otro cambio, porque este servicio que me han pedido es totalmente provisional. Siento este período como una travesía de aprendizaje y síntesis entre desafíos y cuidado, renovación y consistencia; se trata de aprovechar la coyuntura para reinventarme siendo más yo mismo.

Porque no todo tiene que ver con la magnitud o el carácter de esta tarea. La línea 56 viaja al centro de mí, recorre este proceso de crecimiento personal con sus baches, vías cortadas, tramos de poca visibilidad, obras, avenidas amplias, pistas por laderas de cerros junto a abismos, lluvia, semáforos, bajadas, paso por el taller, repostaje y estacionamiento. Es el conocimiento, profundización, acrisolado y bruñido de mi identidad, más allá de encargos transitorios.

La circulación de este colectivo no para, y como su nombre indica lleva en él a muchas personas, todo@s aquell@s para quienes significo algo en su vida. A ustedes les llevo conmigo siempre, me aportan mucho porque me siento muy querido y valorado, haga lo que haga. Gracias de corazón.

Esta mañana fui al banco y el vigilante de la puerta me dijo: “los adultos mayores a partir de 60 años, por la ventanilla preferencial de la izquierda”. “No todavía, gracias” – contesté con una sonrisa. Faltan muchos capítulos de esta aventura. Hay que prepararse para los próximos movimientos de la boa del Amazonas, siempre sorprendente.

Aunque ya con esto, sin duda ha merecido la pena, la evolución continúa.

sábado, 23 de mayo de 2026

LAS HORAS VIVAS


Entre los momentos más bonitos de las visitas a los puestos de misión están, sin duda ninguna, los tiempos sencillos y espontáneos compartidos con los misioneros. Por supuesto que el propósito es encontrarme con todo el pueblo de Dios en cada lugar, pero este año estoy disfrutando particularmente de la relación fraterna con mis compañeros y compañeras.

Ya sea porque la gente me tiene muy visto (llevo desde 2020 visitando todos y cada uno de los puestos de misión, y algunos varias veces al año), o porque eso de administrador apostólico no lo entiende casi nadies, el caso es que a menudo mi llegada no despierta pasión de multitudes precisamente. Desde luego lo comprendo, y en todo caso alivia mi timidez.

Las reuniones con los consejos de pastoral, catequistas, adultos o jóvenes han adquirido una pátina de saludable recurrencia. Nos conocemos sobradamente, hay menos novedad, y más bien en este cuarto año de plan pastoral se trata de persistir y profundizar en lo ya emprendido. Eso hace que todo me sepa más relajado y ligero.

No hay informe con sugerencias para el equipo misionero, como las primeras veces. Sí reuniones y conversaciones, pero menos formales. A estas alturas domino bien la cancha, voy aprendiendo a leer entre líneas y a hacer rendir la intuición. La convivencia es más llana, adornada con la naturalidad que da la costumbre. Es cierto que soy la máxima autoridad y los años anteriores no era así, pero me ayuda no ser obispo (que es lo que todo el mundo sí entiende) y que se sabe que este servicio es provisional.

En resumidas cuentas: vuelan muchas más risas. Las acostumbradas bromas salpican de humor diálogos y encuentros, y yo lo vivo con la sensación grata de un viajero que regresa a un paraje querido. Porque casi con cada grupo hay códigos para molestar ya clásicos, y modalidades de divertirse conmigo repetidas y afinadas en el tiempo. Es un vacilón.

La familiaridad alegre pasa en buena parte a través de la comida. Es un lenguaje de acogida y reconocimiento, te agasajan con lo mejor que tienen y saben preparar. Los viajes parecen pequeños itinerarios gastronómicos internacionales, porque los misioneros del Vicariato somos de once nacionalidades. Entonces disfruto de tacos y quesadillas mexicanos, carne con aderezo picante de la India, poutine canadiense, churrasco brasilero, sancocho de Colombia, alfajores argentinos, ceviche típico peruano, flan de Montse y, por supuesto, tortilla española. A veces la preparo yo, en un intento de corresponder alguito a esos cariños.

Mención aparte merecen el tequila, la caipirinha y el vodka de Polonia, que hacen que las carcajadas retumben más francas y cantarinas. Se cuentan anécdotas de la misión, caídas al barro, aquel día que hacía un calor que casi nos acaba, o cuando pusieron de comer mono, o el bote se malogró, o la lluvia nos agarró y nos empapamos, o en tal comunidad nos machacaron los ysangos…

Chismeamos, criticamos y nos metemos con este o con aquella en plan gracioso, solo para esparcirnos sanamente. A veces hay noticias en la tele o una película nocturna, con sus piqueos; o también paseo, salir juntos a caminar o a almorzar. Momentos de descanso, de estar juntos simplemente, dejando caer los roles y cultivando la confianza. Creo que es también labor del pastor propiciar eso.

Son, en hermosa expresión de Khalil Gibran, las “horas vivas”:

"No busquen a su amigo para matar el tiempo. Búsquenlo siempre para las horas vivas".*

Así fluye entre nosotros, a pesar de las dificultades, los desacuerdos y los problemas, que haberlos haylos. Aunque noto vínculos más estrechos que otros, toda esa experiencia tiene que ver con la amistad. Definitivamente, este año peculiar para mí los mejores ratos están siendo con los misioneros. Y vaya si estoy disfrutando.

* En su obra El Profeta (1923).

sábado, 16 de mayo de 2026

ATAÚD Y LLANTO CHIQUITOS


Cuando en el hospital de Santa Clotilde, en el río Napo, en medio de la selva, hay una emergencia o un caso que allá no pueden tratar por no contar con los medios, piden “una referencia” al hospital regional de Iquitos; es decir, solicitan permiso para trasladar al enfermo en ambulancia por el río, o de frente que acuda urgentemente la hidroavioneta a buscarlo. Y así ocurrió en esta historia.

Muchas veces a una de las misioneras camilas le toca marchar acompañando al paciente, teniendo que dejar de improviso lo que traiga entre manos. La hna. Lisbeth me avisó de que estaba volando a Iquitos con un bebé de seis meses que habían llevado al hospital desde una comunidad en el río Tambor, zona netamente kichwa a más o menos a un día de navegación en peque desde Santa Clotilde.

Recibieron al pacientito y enseguida se pusieron con él, pero llegó muy grave y al día siguiente murió. El doctor dijo que habían hecho todo lo humanamente posible, pero tenía una sepsis extendida por todo su pequeño organismo. ¿Cómo es posible que se llegara a ese extremo? La criatura estaba sin vacunas, su mamá menor de edad incapaz de cuidar bien a su hijo, sus abuelos maternos alcoholizados, todo ello sumado a la distancia… A veces la vulnerabilidad y la miseria son estremecedoras.

“Por fortuna llegó una tía a la que casi obligué a venir, porque si no iba a estar esa mamá sola”, me cuenta Lisbeth. Y yo añado: la mamá es realmente una huambra que a duras penas entiende y logra expresarse en español, víctima de uno de los muchísimos embarazos adolescentes que se dan en la región. Era la primera vez que esa chica y su tía ponían un pie en la ciudad; podemos imaginar el asombro y el desconcierto cuando aterrizaron, vieron esa mole de cemento, olieron aire contaminado y se aturdieron con el ruido de los motocarros.

El cadáver lo guardaron en la morgue del hospital esa noche, y a tía y sobrina las alojamos en la casa de salud del Vicariato, donde tuvieron cena y no sé si lograron descansar con tales disgusto y ajetreo. A la mañana siguiente, la hermana me pidió que la acompañara a embarcarlas junto con el cuerpo del bebé, para que pudieran regresaran a su casa y enterrarlo. Les compró su desayuno y nos fuimos los cuatro al puerto.

Sin bajar todavía al río, esperamos a la camioneta de la funeraria que traía el féretro. Los chaucheros se ofrecían a cargarlo, pero yo les decía que era nomás un llullito. Se retrasaba, aunque si afloró algún nervio poco se notó, porque la mamá adolescente se veía como bloqueada, seria e impasible, sin pronunciar palabra. Se puede apreciar en la foto, que recoge el momento en que finalmente llegó: la muchacha sosteniendo la cajita, su tía de negro, y la religiosa a su costado.

Caminábamos por la pasarela y bajábamos las gradas, la tía portando con aplomo en brazos el pequeño ataúd (que el Vicariato costeó) envuelto en plástico azul, la mamá tras ella, y yo detrás; y ahí, en ese breve recorrido, envuelto en un momentáneo silencio mínimamente hendido por los rumores del puerto, escuché unas lágrimas apenas esbozadas.

Era la joven. La cabeza baja y un llanto menudo, tímido, discreto, pero que me llegó adentro y me emocionó. ¿Sería la dimensión del sollozo proporcional al tamaño del difunto? Más bien lo percibí como la señal de una tristeza prístina, la desolación por una vida truncada sin casi comenzar, el dolor por la desgracia, la confusión por los estragos de la injusticia.

Subieron la caja chiquita al portamaletas; nos despedimos sin saber qué decirnos y ellas montaron en el bote. La pobreza es la muerte prematura, la cruel cancelación del futuro. En ella nace la inmensa mayoría de nuestro pueblo; este niño había nacido en la comunidad Santa Elena y se llamaba Jhekson Sebastián. Aunque nunca vi su rostro, hasta ahora siento por él pesar e impotencia.

sábado, 9 de mayo de 2026

ME CAUTIVAN LOS DESCANSOS SEMANALES DEL PAPA EN CASTELGANDOLFO

 
“A mí me ayuda mucho esta pausa en la semana”, dijo León XIV un martes noche a las puertas de la Villa Barberini, en la habitual conversación informal con los periodistas antes de regresar a Roma. Lo leo en RD y envidio esa posibilidad o esa convicción o esa fortuna o esa decisión de lograr tiempos de descanso de manera regular.

Y me pregunto: si el Papa puede, ¿por qué yo no? No creo que haya muchas personas en el mundo con tal carga de trabajo y responsabilidad. Y él ha elegido y conseguido organizar un ámbito en el que, aunque atiende mensajes o recibe llamadas urgentes, está claro que se desconecta: "es realmente una oportunidad para relajarse, y no tiene que llevar su hábito papal todo el tiempo", comenta su hermano John.

El primer ingrediente es que cambia de espacio geográfico y se traslada de su entorno habitual (el Vaticano, el palacio apostólico, los focos y las cámaras) a un lugar tranquilo y privado, con jardines y altos muros. El segundo y muy importante es el ejercicio físico: jugar al tenis, nadar o montar a caballo. Con otra indumentaria y otro ritmo, disfrutar del paseo, la lectura, la meditación… la calma (tercer aspecto clave).

Además, León XIV también recibe a sus amigos íntimos, algunos procedentes de Estados Unidos o incluso del Perú. Eso sugiere diálogos personales, recuerdos, momentos propicios para que Robert Francis, el experto en escucha, pueda ser escuchado.  Por tanto, confianza para dejar caer las defensas, libertad de poner en stand-by el personaje y contactar con él mismo. Sin duda ratos agradables.

Todo ello experiencias humanas muy básicas y necesarias para alcanzar un equilibrio que después se aprecia en las audiencias, apariciones públicas, discursos, liturgias… pero también en la distancia corta. Él me preguntó cómo lo veía yo, y le dije sin vacilar que “tranquilo y bien”, porque eso me transmitía su rostro en aquel encuentro.

Este descanso sistemático y preparado, ese cuidado de sí mismo convencido y dedicado, le permiten un desempeño eficaz, un servicio integral y profundo y una capacidad de escucha exhaustiva. Las horas en Castel Gandolfo son una inversión, un imperativo de salud y seguramente un gustazo. Y para mí, una inspiración y un cuestionamiento: ¿es realmente responsable trabajar por encima de las propias posibilidades? ¿No conduce eso a un agotamiento (burnout) imprudente e innecesario?

¿Cómo podría yo, que tengo obligaciones menos severas que León, asegurar un reposo parecido? En la misión no es fácil. No hay materialmente dónde escaparse; tal vez dar un salto a Lima, o como en la pasada Navidad en Yanashi, procurando ir más lento y pidiendo que me dejen tranquilo… Es complicado. En cuanto al deporte, el clima lo entorpece. Tiene que ser en la noche o de madrugada; si no, sudas a lo bestia y te deshidratas… Aun así, tengo mi bicicleta estática y algo intento.

La autoridad te somete a una soledad antes desconocida para mí. Extraño enormemente a mis amigos, poder hablar a corazón abierto, expresarme sin cautela, ser comprendido a fondo, respirar afecto incondicional. El celular ayuda, pero ese acompañamiento requiere la cercanía, la mirada y el abrazo. Estamos muy lejos…

Y además, el Papa cuenta con una persona encargada de ser “quien le ayuda en el trabajo diario y quien también lo protege para que logre realizar su trabajo con tranquilidad. Ayudarle también a buscar y a conseguir el descanso necesario para que el Santo Padre pueda continuar con su misión de guiar a la Iglesia”. Es su secretario, el peruano Edgard Rimaycuna, quien lo explica en una reciente entrevista.

¡Tener a alguien para protegerte y asegurar tu descanso! (Guau, ahí sí que no le puedo igualar. Normalmente me dan muchos consejos del estilo “tienes que cuidarte”, “delega”, “no te quemes”… para inmediatamente pedirte algún servicio, y por tanto dándote más tareas). ¡Qué suerte! Tengo que rumiarlo y corazonarlo, junto con la llamada “cuida de tí mismo” de 1 Tim 4, 16. Pero qué hermosura lo del p. Edgard; seguramente es una definición acabada y original de vivir en comunidad.