sábado, 18 de abril de 2026

HISTORIAS AMAZÓNICAS DE FANTASMAS

 
Cuando la gente se arranca a contar relatos del tunchi, mis oídos se afinan y la risa se coloca en sus marcas, porque siempre esas conversas discurren entre lo chusco y lo espeluznante, entre la diversión y el respeto debido a los difuntos. Y es que el tunchi no es más que la versión amazónica de las almas en pena de toda la vida.

El antropólogo Jaime Regan dice que el tunchi “es el alma que está purgando sus pecados”*. Se presenta a menudo con un silbido característico que rasga el silencio de la noche y para los pelos (a quienes los tenga). En el imaginario popular, la explicación es que en general las almitas no se han ido en paz y siguen por acá porque tienen pendientes, asuntos no terminados o resueltos, no necesariamente pecados.

“En el pasillo que da a los cuartos donde usted duerme, padre, yo vi claramente a una sombra voltearse e ingresar”. Esto me lo contaron el otro día, con la consiguiente pregunta de si no tengo miedo de quedarme ahí solo en casa de los curas. No está claro si el tunchi es bueno o malo, se escuchan opiniones para todos los gustos (Regan dice que existen de las dos clases), pero sí hay unanimidad en que mejor no acercarse, porque si es maligno te puede matar.

Por el centro Papa Francisco, siempre en Caballo Cocha, parece que se pasea habitualmente una niña espectral. Y por supuesto hay quien afirma haberse topado con el fantasma del padre Real, porque en ese lugar estaba emplazada antes la casa en la que él vivió durante 30 años, y claro, sigue por ahí en sus dominios de alguna manera. Eso tiene lógica, ¿no?

¿Cómo despedir al tunchi? Con agua bendita. Lo he hecho ya varias veces, asperjando en lugares donde dormían quienes recientemente han muerto – especialmente si hubo suicidio -y cuyos espíritus ahora deambulan en la noche, haciéndose notar con ruidos, silbos, susurros y demás operaciones aterradoras para los moradores.

Un enfoque antropológico dice que el tunchi es un artefacto cultural para amedrentar, disuadir o proteger de ciertas situaciones nocivas, al estilo del hombre del saco. Eso explicaría que ataque preferentemente a personas que están saliendo de una fiesta a altas horas, en concreto borrachos; o a quienes se encuentran en culpabilidad: un hombre infiel, o que le pega a su mujer, alguien que acostumbra a robar, etc. ¿Solo un mito?

No es que sea siempre un espíritu al estilo de “Cazafantasmas”, puede adoptar muchas formas: un ave nocturna, un ser blanco, dos negritos que salen de una planta, o incluso la misma soga de la mortaja nada menos. Es algo habitual en la selva, donde el mundo espiritual y el material se solapan y conviven: muchos seres se transforman en otros, porque así es el fluir del río y de la vida.

Hay muchas leyendas. “Mi abuelo estaba regresando de una fiesta del pueblo, farol en mano, cuando delante de él, a lo largo del camino, estaba una mujer andando. Pensó que iba a ser una aventura más en su vida. Pero no sucedió así, la mujer caminaba rápido y él, por más que la llamaba, no le hacía caso, por el contrario, se alejaba rápido. Al llegar a La altura del puente, la mujer se convirtió en un enorme sapo que no le dejaba pasar, quería regresar y el sapo estaba en su delante. Entonces mi abuelo invocó a San Isidro, que era el santo de su devoción, y empezó a correr (…)”.

Nunca voy a olvidar a la joven profesora Johana Celestia, que fue a visitar Indiana, donde había trabajado, y a los pocos días falleció repentinamente, con apenas 24 años. Los vecinos decían tristes que había regresado “a recoger sus pasos” antes de morir, como si hubiera presentido su final.

Observo a la gente escuchando este tipo de narraciones. Muy serios y atentos, sonriendo de soslayo alguna vez, pero cuando aparecen el sapo gigante, el ser misterioso resplandeciente, la hamaca que se mueve sola sin que haya viento, el pájaro tenebroso o el bulto negro en la proa de la canoa, hay un silencio espeso y todos asienten circunspectos. Porque el tunchi, evidentemente y como todo el mundo sabe, es verdad.

* Las citas están tomadas de REGAN, J., Hacia la Tierra sin mal, CAAAP-CETA, Lima 20113. Pág. 185-189.

sábado, 11 de abril de 2026

GOL DE MEDIA CANCHA

 
A veces cantamos bingo. Se dan varias circunstancias favorables: buscamos hacer un bien, contamos con los recursos humanos y materiales necesarios, y además acertamos en tácticas y procedimientos; y a la vez las personas toman la iniciativa y se dejan ayudar, cosa que no es evidente. Resultado: situación resuelta, cien puntos en la diana, servicio cumplido y agradecimiento en ristre. Y hay que disfrutarlo.

A la Oficina de Defensa de la Vida y la Cultura del Vicariato vinieron desde el medio Yavarí, de una comunidad nativa llamada Limonero. Conozco bien esa zona: alejada a dos días de navegación desde Islandia, bastante desolada, perfecto escondite para los narcos, fuera ya del alcance de operadores turísticos, ejército, policía y demás eventuales transeúntes.

Una tierra de nadie justamente con ese problema endémico: no ser de nadie y por tanto poder ser del primer listo que se presente, o bien presa de los mafiosos traficantes de terrenos. Las comunidades batallan a veces años y no logran la titulación de sus territorios. Sus autoridades se fatigan, acuden una y otra vez a organismos y oficinas gastando fortunas en pasajes, coimean por acá y por allá con la esperanza de que les den sus títulos de propiedad… y nada.

La dra. Jaqueline, abogada de la Oficina, está disponible para una labor de asesoría, información y acompañamiento en estos laberintos administrativos a menudo indescifrables que son las instituciones públicas peruanas. Así ayudó a los de Limonero y las comunidades aledañas a lograr sus títulos; en unos casos tierras indígenas indivisibles, en otros, predios de comunidades campesinas.

La semana pasada, en una reunión con la Oficina, Jackie leyó los whatsapps que le habían enviado para darle las gracias después de semejante éxito. No requieren muchos comentarios:

“Buenas tardes. Dra me dirijo esta tarde para saludarle y agradecerle por la voluntad de escuchar las necesidades de los pueblos del Yavarí y por tener en su corazón a Dios y ayudarme en mi momento de necesidad ya estamos agradecidos contentos”.

(La transcripción es literal, copia-pega, por eso hay faltas de puntuación o de ortografía. Disculpen).

“La muestra de su apoyo está aquí”: (y envía los PDF con los flamantes títulos de propiedad escaneados). Evidencias y orgullo. Sonrisas y satisfacción. Algunos días más tarde, este mismo apu (autoridad tradicional indígena) contactó de nuevo a la doctora, después de que ella le había respondido:

“Muy buenos días hermana. Gracias por responder. Habrá un momento que vendré con los apus de las comunidades y vamos a visitarle.
Yo me fui a Yavarí, regresé de nuevo. Y hoy estoy viajando porque mi pasaje ya estaba comprado y espero vernos pronto.
Dios te bendiga y te engrandesca. Y a tús hijos y nietos. Que haya hombres y mujeres de corazón Bueno que escuchen la necesidad de los más humildes”.

“Usted no me pidió ni un céntimo por eso le agradezco. A diferencia de los abogados ingenieros en agricultura que solo necesitaban dinero. Por eso no me olvidaré”.

En resumidas cuentas: gol de media cancha. El Wikcionario lo define como “En América, acto o dicho que le reporta un enorme beneficio o ventaja a quien lo ejecuta”. En este caso, a todos: las comunidades y el Vicariato. Ellos felices, dueños de su terruño; nosotros ufanos por haber colaborado con eficacia y prestancia. Carambola a tres bandas. Triunfo rotundo. La gente, cuando quiere y se organiza, es imparable. Y nosotros afortunados de dar una mano y contemplar sus logros.

sábado, 4 de abril de 2026

UN PUEBLO ESPIRITUAL

 
“Ahora todos vamos a cerrar los ojos y a hacer un momento de silencio para acoger la Palabra que acabamos de escuchar”. Y entonces se produce el milagro de la conexión. De pronto, la iglesia está pletórica de apacible y absoluto silencio; a pesar del gentío que se ha congregado en este domingo de Ramos y el zumbido de los motocarros por la calle contigua. Silencio.

Es el silencio de la selva. Construido con el rumor del viento en las palmeras, trinos de aves lejanas, el murmullo sosegado del discurrir de algún agua, ecos de voces remotas… la respiración de la madre tierra, el sonido de su presencia quieta pero palmaria. Es ese silencio el de mi pueblo. Ancestral, contundente. Natural.

“En unos instantes de silencio, consideremos lo que hemos oído y realizado”. De nuevo ocurre el Jueves Santo. Se ha proclamado el evangelio y, dentro de él, después de que Jesús ha comenzado a lavar los pies y ha discutido con Pedro, la comunidad entera ha imitado el gesto del Maestro y todos hemos podido lavar y ser lavados. Después, reflexión, meditación, silencio.

Mi pueblo loretano es alegre, la gente sonríe siempre, y las risas festonean casi cada conversación. Pero a la vez es gente adiestrada en gustar la quietud. Pienso en las largas jornadas de los hombres en el monte, con el sigilo del cazador, o en la soledad de la chacra, lejos del pueblo. O las mujeres junto al río, lavando; a veces en compañía de las amigas, pero muchas horas mimetizándose con la calma del agua fluyendo.

Sin teléfono, en el silencio aplastante de la selva, en comunión queda con los espíritus que habitan cada ser viviente, expertos en observación, escucha atenta y contemplación serena. Acostumbrados desde hace miles de años al silencio como parte de su ADN. A pesar del ruido ensordecedor de los parlantes, la manía de la música atronadora que anuncia algo. Es una increíble contradicción, una gran paradoja o integración amazónica de contrarios.

El Viernes Santo es el día de más interiorización. En muchos lugares, los jóvenes representan las estaciones del via crucis por las calles, ataviados con vestimentas que han confeccionado ellos mismos. Se podría prestar a broma o burla, pero nada de eso: todo el mundo se lo toma muy en serio, los que caminan y los que miran desde fuera, hay mucho respeto. Y hartas fotos y videos.


No se puede retratar el silencio, pero se puede captar la veneración en los lenguajes corporales. La adoración de la cruz es impactante por la veracidad del gesto, la reverencia con que las personas se acercan, la patente carga emotiva. La tortura injusta de Jesús conecta con siglos de sufrimiento, de maltrato, de olvido; desde la conquista, la esclavitud, el genocidio del caucho, el despojo de la Amazonía, los abusos a los indígenas, la ausencia del Estado… hasta hoy. Un grito mudo y atronador.

El Viernes siempre hay el doble de asistencia que el Jueves. En cualquier comunidad lejana, en el fondo de la quebrada, los cristianos sacan su cruz; tal vez no habrá lavatorio de los pies, ni Vigilia Pascual, pero no faltará la celebración del dolor, tan vigente. Como en todo el mundo, la gente precisa la materialidad del rito, sobre todo del Bautismo, pero hay una necesidad más allá, más profunda, más visceral.

“Hacemos silencio y recordamos todo lo que hemos compartido esta tarde”. Y de nuevo, la magia. El shaman sopla sobre la persona para integrar las energías e invocar a los espíritus, con el silencio de fondo. La cruz está alzada en este río de silencio y presencia que forman nuestros corazones. Son todas nuestras vidas, unidas y redimidas en la Vida, en el Tiempo Sin Mal que es ayer y es ahora.

Beleza de pueblo, perito en penas, con el currículum de la vulnerabilidad y el abandono, pero inspirado y avezado en conectar con lo divino. Tal vez precisamente por eso. Gente pobre y profundamente espiritual, aunque no acuda mucho a misa. Pueblo menudo y lindo. Es mi pueblo.